Memorias de un hombre viejo / José Manuel Solá

Muchos que pasaban por la acera ocasionalmente lo veían tras el cristal de su ventana, ligeramente inclinado.

Una que otra vez volvía la mirada y se diría que saludaba con una suave sonrisa en los ojos o tal vez con una posible tristeza disimulada. No, no es un antisocial ni un amargado, -decían sus vecinos- él siempre saluda, siempre responde a nuestro saludo.

Era un hombre solo, eso es todo, eso lo explicaba todo. Se levantaba muy temprano y salía de su apartamento-jardín y al poco rato regresaba con un saquito con pan, algún jugo de naranjas, harina de café y un paquete de cigarros.

Al pasar, saludaba con la mano y con su sonrisa. Luego volvía a su encierro.

No se le conocía amigos ni familiares. Sí, se recuerda que tuvo un perro casi tan viejo como él; cuando murió, lo envolvió en un saco y lo llevó a enterrar sabrá Dios dónde. Cuando eso sucedió, única interrupción en su rutina, estuvo varios días caminando despacio frente a la ventana, fumando sus cigarros y contemplando el lozano árbol de laurel del patio. Pero en poco tiempo retomó sentado su actividad.

Escribía. Escribía cartas, breves algunas, profusas otras, que nunca enviaba. Escribía a amigos, muchos de los cuales habían fallecido años antes, otros más bien perdidos en el tiempo, sólo presentes en la memoria. Les escribía como la continuación de una conversación ocurrida el día antes. Escribía con pasión, se podría decir que casi eran poemas.

También escribía a sus hijos que nadie conoció y que, ¡quién sabe!, tal vez eran producto de su imaginación. La mayor parte de las cartas, no obstante, estaban dirigidas a dos mujeres de distintas etapas de su vida. Fueron, a juzgar por lo escrito, dos mujeres de gran belleza. ¿Cómo fueron esas relaciones? Las cartas no contenían reproches, sólo recuerdos de días felices de lugares, caricias, perfumes que ya pocos recuerdan, flores que acaso ya ni existen, amaneceres, días de lluvia, vino y aves migratorias. Cosas así. ¿Qué fue de la vida de aquellos amores? Quién sabe…

En la mañana del 2 de octubre salió, como era usual, a comprar pan. Esta vez iba protegido de las lloviznas con un paraguas entre azul y gris. Al poco rato se detuvo frente a la baranda del malecón y se entretuvo contemplando el mar. Pero no compró el pan ni los cigarros. Después de un gran suspiro volvió sobre sus pasos lentamente, como si estuviera contando sus pisadas. Tal vez olvidó sus compras o tal vez recordó algo que debía hacer.

Estuvo todo el día inclinado, sentado ante el viejo escritorio de caoba. Alrededor de las 4:00 de la tarde inclinó la cabeza aún más como si fuera a dormir sobre su mesa de trabajo. Así lo encontraron sus dos hijos, que de una u otra forma se enteraron. En el suelo, al lado del escritorio, había una caja de cartón con cartas perfumadas, meticulosamente dobladas dentro de sus sobres, cartas que nunca fueron llevadas a la oficina de correos. En la mano derecha reposaba la bella estilográfica, de esas que ya no se fabrican. Y bajo su frente, un papel en blanco.

Sus hijos no quisieron leer las cartas, en su lugar pusieron la caja junto a las cosas que se debería llevar el camión del recogido de basura.

(c) José Manuel Solá  /  9 de mayo del 2017

Quién sabe… es un poema / José Manuel Solá

En el amanecer de mi último otoño

no he de mirar nostálgico los tiempos que he vivido 
y sin embargo
sé que las primaveras viajarán la memoria
y me dirán adiós
como dice adiós 
un niño abandonado a un tren que se aleja
y alarga la mirada de espacios infinitos.
Y vendrán las canciones, las risas compartidas,
los poemas que yo quise escribir
y aquellos ideales…
y el vino.
Luego, no pensar nada
ni lamentar el sueño que murió a la intemperie
de los días perdidos. 
Luego… contemplar las montañas que cantan el silencio…
fumarme un cigarrillo…
y eso es todo…

José Manuel Solá
13 de octubre de 2015

Pasito Lento / Carlos Román Ramírez

     PASITO LENTO

 

Pasito lento, pasito lento,

allá va mi viejo camino adentro,

encorvado, pasito lento

conversando al viento.

Quién sabe si carga pecados,

el último fue sólo intento,

tal vez ya olvidó aquellos,

quizá pesan lamentos……

Allí regresa a su tiempo

del camino al sillón,

del sillón al cuarto,

del cuarto al silencio……

¡Ay, Señor, cómo lo pierdo!

ya no conversa conmigo,

no sé qué lleva por dentro,

¿por qué esperé tan tarde

para estrecharte mi viejo?

Candil de mi juventud,

lamparilla en mis tropiezos,

sin él fuera piélago de sombras

lo que fue mi comienzo.

Mientras la vida me llegaba

la de él se iba gastando

para que yo fuera creciendo.

Ahora va como en sueños,

pasito lento, pasito lento,

cómo le pesan los años,

cómo me pesa el silencio.

 

             

              Carlos Román Ramírez

La última página / Gloria Gayoso y Eva Lewitus

Foto Eva LewitusMil vueltas darán los calendarios,

como un tíovivo monótono y cansino;

soplarán ciegas tempestades;

se abrirán las entrañas del planeta…

Olas se volverán tus lágrimas

frente a las incógnitas no resueltas,

bajarán hasta el río, hasta el océano,

en salada pirueta.

Y por horas un tráfago de ensueños

rodeará tus mejillas coloreándolas;

te latirá la víscera del pecho con arritmia

frente al amor de un beso desvelado de almibar.

Se irán de tu vera los que amaste;

vendrán otros a poblarte el recuerdo sin prisa.

Soltarás las quimeras inconclusas,

tejerás esperanzas a punto de cruz línea por línea,

gritarás en las noches, junto a la almohada vacía.

Pronunciarás el nombre en salmodia bendita

y en la hora señalada, sentada en las orillas

de un banco de la plaza,

descubrirás golosa la página preciada

de la sabiduría

 

©Derechos reservados

Poema de Gloria Gayoso

Foto de Eva Lewitus, para foro”La esquina de las letras”

Vejez campesina / por Jovino González

Rechina la vieja mecedora bajo su peso. Conversa consigo mismo,

“¿Mujer, por qué te marchaste? !Sabías lo que me esperaba! !Perdona!, no fue tu voluntad, tu jamás me hubieras abandonado. Los muchachos se mudaron todos a esa cárcel grande que llaman ciudad.”

“Trataron de que me fuera con ellos pero apenas pude resistir la semana que pase allá sin oír los coquíes, el cantar del ruiseñor ni de noche ver las estrellas.”

“!Si pudieran venir más a menudo a verme!, pero les queda demasiado lejos mi casucha.”

Se levanta y entra. Le pone la tranca a la puerta. Se tira en el camastro, cierra los ojos y casi en un sollozo dice,

“!Quizás mañana… dolerá menos la vida!”

© Jovino González

 

Danny Rivera Presenta su Libro “Vejestud”

Las vivencias y las reflexiones de una vida intensa y sencilla marcan las páginas de lo que es “Vejestud”, el nuevo libro del cantante Danny Rivera.

La publicación que acaba de ver la luz bajo el ala de la Editorial Makarios, fue presentada el sábado, 9 de julio, en las Noches de Peña que produce el grupo Tepeu en la sede de la Fundación Nacional para la Cultura Popular, ubicado en la calle Fortaleza del Viejo San Juan, núm. 56.

De manera sencilla, el cantante y escritor compartió detalles de su obra en la que reflexiona sobre el privilegio de peinar canas. Y en tono sencillo – pero muy profundo – indaga sobre la vida después del medio siglo, y “la edad que se tiene, versus la que se siente”.

En su escrito, Danny manifiesta que la vejez debe ser llevada con gran alegría, regocijo y valentía. “Según el poeta Rubén Darío, la juventud es divino tesoro, entonces, ¿por qué no puede ser la vejez un divino tesoro?”

“La vejez está llena de juventud…No son los años lo que cuenta, sino su contenido.”

El libro VEJESTUD está a la venta a través de la tienda de la página www.prpop.org. Pronto estará disponible en www.dannyrivera.com.

http://www.prpop.org/noticias/jul11/danny-presenta-su-libro-en-la-pena.shtml

Eliminar / por Sergio A. Rodríguez Sosa

bosque-de-aguirre34

 

Como puedo eliminar
mi torpeza
para hincarme victorioso
antes las normas
escriturales
de este papel electrónico.

El tiempo inmovilizado
en mis neuronas
agotadas
llora el futuro,
temeroso de la hojarasca
e incapaz de
liberarse del ayer.

Del cielo penden

bejucos de esperanzas

devorados por ánimas de barro

para que el tiempo inexistente

se vuelva arrugas en mi rostro

y las palabras iluminadas

se apaguen detrás de la pantalla.


¿Está bien
abordar los navíos
que no regresan?
Misteriosa afirmación.
He visto tantos ancianos
recordar al filo de la nada
solo memorias infantiles.