Un par de mitos sobre la UPR / por Rima Brusi

Los que me conocen saben que ando un poco obsesionada con la defensa de la universidad pública de Puerto Rico, la UPR, que está bajo ataque, protegiéndose como puede de 1)los recortes draconianos impuestos por la Junta de Control Fiscal y 2) la potencial pérdida de acreditación que podría ocurrir debido, justamente, a esos recortes y la duda que los mismos arrojan sobre la capacidad de la institución para cumplir con su ambiciosa, importante, esencial y polifacética misión.

El otro día me preguntaron algo así: ¿qué te dice la gente que justifica estos recortes? Si son tan terribles y absurdos como dices, entonces cómo es que hay tanta gente que los acepta y hasta los celebra?

Me quedé pensando, y mi respuesta forma parte de las cosas que ando estudiando de momento, pero aquí van algunas respuestas preliminares que podrían contribuir a la discusión actual:

  1. Hay dos tipos básicos de personas que justifican los recortes. Los llamaré, por aquello de usar lenguaje pintoresco, los “haters” y los “pragmatists”. [Los “lovers” no justificamos los recortes. :)]
  2. Los “haters” se mueven en todas las esferas: algunos son decanos, otros analistas, otros troles de internet y gritones variopintos. Sus aseveraciones incluyen ideas como que la UPR es un bastión comunista, los estudiantes son unos vagos pelús elitistas, y la UPR le chupa los recursos al país. A estos le hemos respondido con creces, muchas personas que tratamos el tema, y en muchos medios distintos, demostrando que la universidad es una buena inversión, que genera más actividad económica que costos, que sus estudiantes tienen mayor aprovechamiento, que su alcance va mucho más allá de  sencillamente las clases e incluye cosas como hospitales, museos y prevención de desastres, en fin. En este post no me ocuparé demasiado de los “haters” porque la verdad es que se nos va la vida contestando sus locuras y lo hemos hecho tantastantas veces….De todos modos, cuando tenga tiempo entro y pongo por aquí una biblografía de recursos que prueban que la universidad es una buena inversión y posiblemente el proyecto cultural más importante y efectivo en la historia del país.
  3. Los “pragmatists” son más complicados, y algunos hasta tienen algo de “lover”, y atenderé sus reclamos en otros posts y espacios. Pero en esta ocasión quiero dirigirme a dos de esos reclamos, porque los usan mucho, y porque aunque los usan los “haters” también los usa gente que es en general gente buena y razonable, gente  que simplemente entiende que la universidad debe ser como las “del norte”, gente que habla de “sentido común” y de “ser prácticos” sin mirar los números muy de cerca.  Sin meterme con esa idea de que hay que parecerse a las universidades de Estados Unidos (eso es otro tema) atenderé dos mitos que se caen fácilmente al comparar universidades estadounidenses con la UPR.

MITO 1:”La UPR es demasiado barata”

Respuesta: NO. Cuando usted toma en cuenta el tamaño de los ingresos de nuestros habitantes, y el porcentaje de ese ingreso que el costo de matrícula representa, la verdad es que nuestro sistema es bastante caro, no “barato”. El Consejo de Educación Superior hizo un estudio reciente sobre esto, y puede leer el resumen de ese estudio aquí.

MITO 2: “La UPR es demasiado grande y/o tiene demasiados recintos, así que hay que achicarla.”

Respuesta: La UPR NO ES MAS GRANDE QUE OTROS SISTEMAS COMPARABLES. Fíjese, por ejemplo, en Nueva York: Según el censo, Puerto Rico tenía unos 3.3 millones de habitantes en el 2017. El sistema universitario público de Puerto Rico (es decir, la UPR) tiene once recintos. El estado de Nueva York tenía 19.8 millones de habitantes en el 2017. Sus dos sistemas públicos (CUNY y SUNY) tienen un total de 88 campuses. Es decir: Puerto Rico tiene un recinto por cada 0.3 millones de habitantes, más o menos. En Nueva York, hay un recinto por cada 0.23.

Para decirlo clarito: El tamaño de la UPR, en términos de número de recintos, es comparable, de hecho hasta un poco menor, que el tamaño del sistema público en un estado que solemos utilizar con frecuencia como referente, el estado de Nueva York.

Otro tanto ocurre cuando miramos los números de California, otro estado con fuertes sistemas de educación superior pública. California tenía unos 40 millones de habitantes en el 2017. Sus tres sistemas públicos (CC, CSU y UC) suman 146 recintos. Es decir, California tiene un recinto por cada 0.27 millones, o sea que tiene más recintos por habitante que Puerto Rico.

Lamentablemente ando de prisa, pero quería compartir este dato rapidito tanto con los aliados como con los que piensan que la UPR tiene “demasiados recintos”. El tema es largo y hay tela para cortar, pero regreso en un par de semanas y lo tratamos con calma, añadimos más datos, y todo eso.  Hasta entonces.

Recibido de Parpadeando

foto por Gazir Sued

¿Por dónde parte la soga? / Rima Brusi

¿Por dónde parte la soga? Por lo más fino.  Y en el caso de las crisis, las externas y las internas, de la Universidad de Puerto Rico, lo “más fino” son las/los estudiantes.

Tome los cambios recientes, a nivel federal, en la elegibilidad de la beca Pell, la beca diseñada para que los estudiantes de escasos recursos económicos puedan estudiar.  El tope es ahora seis años para un grado de bachillerato.   Si en efecto los estudiantes en la UPR tuvieran acceso todos los semestres a los cursos que necesitan para mantenterse al día en su currículo y poder así graduarse en cuatro años, no habría problema.  Pero el caso es que el proceso de matrícula NO es así.  Todos los semestres, los cursos requisito se llenan y miles de estudiantes se quedan en lista de espera.  Todos los semestres, estudiantes que estarían dispuestos a tomar quince o dieciocho créditos se quedan con doce, si tienen suerte.  A veces no llegan a doce, y se tienen que ir, porque necesitan doce para obtener la beca.  De doce en doce, nadie puede graduarse en cuatro años.  Y el encarecimiento de los cursos de verano hace más difícil la alternativa de completar los créditos necesarios de ese modo.

La soga parte por lo más fino.  Y lo más fino, en el caso del tope de seis años de la beca Pell, son los estudiantes que necesitan de la beca para estudiar, esos estudiantes que van, no por elección sino porque no hay espacios suficientes, avanzando en su currículo de doce en doce.

Pero bien dicen que las tragedias no vienen solas.  Al tope de seis años, una crisis externa causada por la legislación federal, se le añaden medidas internas a nivel de sistema y de recinto.  En el sistema, los estudiantes enfrentan una cuota de $800 que aunque muchos insistan en no creerlo, hace que mucha gente se tenga que ir.  Mire el caso de un joven que llamaré Javier.  Buenas notas, estudioso, trabajando part time para ayudarse y mantener a su hijita bebé.  Residente de un caserío cercano a uno de los recintos grandes. Hace algún tiempo se tuvo que ir a trabajar, porque no tenía dinero para pagar la cuota y alguien en la oficina de asistencia económica le negó la prórroga necesaria para poder pagarla a plazos. No es sólo una pérdida (de oportunidad educativa y de movilidad social) para Javier: Es una pérdida (de talento y recurso humano) para el país.

Pero al parecer, al país no le importa que la soga parta por lo más fino, y que lo más fino sean los estudiantes.

A esas dos tragedias se les suma una tercera, completamente autoimpuesta y típica de los colectivos que deciden atender sus desafíos apuntando el dedo acusador y la medida represiva hacia algún chivo expiatorio.  En el recinto de Mayagüez , Colegio, al que amo y al que pertenezco, han pasado por ejemplo medidas recientes para atender el problema de las bajas parciales.  El subtexto de las medidas es claro: las bajas son culpa de los estudiantes, y los estudiantes que se dan de baja deben ser castigados.   De ahora en adelante, ha anunciado el decanato de Asuntos Académicos, si un estudiante se da de baja de un curso, independientemente de su turno pierde la oportunidad de matricularse en el mismo durante los primeros días de matrícula.

Para los colegiales que han pasado por el proceso de matrícula, ya sea como estudiantes o como administradores, las implicaciones de esa regla están claras: Si usted se da de baja de un curso de alta demanda (matemáticas básicas, por ejemplo), a usted se le hará doblemente difícil conseguir ese curso y si lo consigue, será con el profesor que nadie quiere o en el salón dónde la voz del docente no se oye o la pizarra no se ve.

Todo esto en un mundo donde la educación universitaria se vuelve cada vez más crítica para obtener empleos y mover países hacia adelante, y en un país en donde la universidad pública al parecer ha decidido achicarse. Supongo que hemos decidido que nuestros estudiantes más pobres, y sus becas, deben irse a los institutos y universidades privadas.  Que la educación pública se reducirá en alcance y tamaño.  La “reforma universitaria” se hace a punta de tijera y puñal, y con la complicidad de los profesores y empleados que al parecer estamos más dispuestos a dar la batalla por el plan médico y los derechos adquiridos en el convenio que por los miles de estudiantes que se escapan por los agujeros de certificaciones punitivas, incompetencia administrativa, dejadez docente, y reducción de espacios y de ayudas financieras.

Recuerde el número fatídico que la Junta de Síndicos y el pasado presidente De la Torre usaron con tanta frecuencia en los medios: 50,000.  Todos sus cálculos estaban basados en una universidad con 50,000 estudiantes.  Y la universidad, a su llegada, tenía aproximadamente 65,000.  ¿Cuántos se han tenido que ir? No lo sé.  Y al parecer no preguntamos.  El conocimiento es poder, dice el refrán, pero estamos a oscuras.  ¿A dónde se han ido?  Tal vez a su casa.  Tal vez a chiripear en la calle, y digo chiripear, porque trabajo formal sabemos que no hay. Tal vez a una universidad privada, donde pagan más y se gradúan menos.

Si de verdad estuviéramos buscando soluciones, y no chivos expiatorios, a problemas como las bajas, estaríamos mirando como buenos ingenieros (no en balde, pensaría uno, que somos el recinto especializado en las ingenerías) el problema en su conjunto, identificando cursos requisito con alto volumen de bajas, e invirtiendo en esos cursos nuestros mejores profesores, nuestros mejores salones, y nuestras mejores tecnologías para maximizar el impacto de ambos.

En el Colegio, por cierto, hicimos un experimento así.  La combinación de una profesora efectiva, avalúo continuo mediado con tecnología de clickers, y sesiones adicionales de práctica, logró aumentar las buenas notas y reducir significativamente los fracasos y las bajas en un curso de pre-cálculo.  La inversión quedó más que compensada por los ahorros netos de las repeticiones evitadas.  A pesar de sus buenos resultados, aún no se ha implantado de manera más amplia.

Y es que el punto, al parecer, no es solucionar: preferimos buscar el chivo expiatorio, y dejar que la soga parta por lo más fino.  Y lo más fino, señores, son los estudiantes más pobres del país, que necesitan de la beca para estudiar y que mientras más pobres, más probablemente llegan con el tipo de necesidad académica que conduce a una baja en un curso “filtro” típico como las matemáticas.  Los profesores hablan con frecuencia de “aquel estudiante” que se daba de baja de todos los cursos que no le gustaban, irresponsablemente.  Ese estudiante existe, pero NO es la norma.  ¿Cómo es que no hablamos de los casos en dónde dos profesores distintos, con el mismo curso, y los mismos exámenes, obtienen resultados radicalmente distintos en términos de bajas y fracasos?  ¿Cómo es que no identificamos a los profesores exitosos y les damos el apoyo que necesitan para enseñarle a más estudiantes?  Y a los que presiden cursos con excesivas bajas y fracasos, ¿cómo es que no les proveemos desarrollo profesional para hacer un mejor trabajo en el salón de clases, o alternativas de enseñanza lidiando con estudiantes menos vulnerables, o con cursos más avanzados?

Evidentemente preferimos que la soga parta por lo más fino, aunque lo más fino sean los estudiantes.  Los cambios en legislación federal los atacan desde afuera. La cuota los ataca desde la administración central.  Las medidas punitivas y la dejadez de nosotros los empleados los atacan desde sus recintos.  El resultado de tanto ataque al estudiantado más vulnerable no será una mejor universidad, sino un peor país.

Tomado de Parpadeando

Primavera y democracia, parte dos / Rima Brusi

En “Ensayo sobre la Lucidez”, que no es un ensayo sino una novela, uno de mis autores favoritos describe un proceso electoral. Un proceso ficticio, pero a la vez real de una manera que lo “real” no llega a ser (como suele suceder con los buenos mitos).  En la historia-mito de Saramago, y bajo la lluvia incle­mente, los habitantes de una Ciudad (ninguna, todas, cualquiera) votan como nunca, votan más que nunca y votan todos…en blanco.  Así comienza la novela.

La vota­ción de hoy en el recinto tuvo también algo de novelesco.  Una premisa conflictiva: la pregunta y el proceso elegidos parecían inclinar la balanza en una dirección particular, una que favorecía al status quo.  Un periodo de suspenso: esperando por los votos, y su cuenta, mientras (como en la novela de Saramago) llovía.  Otras tramas y actores paralelos: estudiantes, emplea­dos, profesores, que hacían democracia de otros modos antes, durante y después de la vota­ción.  Y una “mayoría silente” que muchos actores vocales alega­ban conocer pero que al final del día, nos sorprendió a todos.

La frase “mayoría silente” ha estado en muchas bocas protagóni­cas última­mente.  Administra­dores universita­rios, profesores, estudiantes, políti­cos.  Asumir la existencia de una mayoría silente que no se manifiesta pero que piensa de manera alineada con el poder de turno ha sido una estrategia discursiva utilizada durante mucho tiempo.  Nixon decía que había una mayoría silente que que­ría la guerra de Vietnam, y contrastaba esa gran masa silenciosa con el (según él) menor, peludo y gritón grupo de opositores a la guerra.  Cuarenta años más tarde, Fortuño, Rodríguez Ema, Figueroa Sancha y otros nos indican que los estudiantes que hablan de huelga en la UPR son un “grupúsculo” diminuto, siempre los mismos,  peludos y gritones.  En el mensaje de presupuesto los llama­ban el “minúsculo grupo que protesta” y lo contrasta­ban con la “inmensísima mayoría que quiere que las cla­ses continúen”.

Tal vez todos creía­mos en la mayoría silente.  Cuando supe que habría un referéndum con una pregunta tan simplona como “quiere usted huelga, sí o no”, pensé que la “mayoría silente” reacciona­ría diciendo que no.  Después de todo, así, en términos absolutos, nadie quiere “huelga”.  Las personas optan por la huelga como recurso porque quieren otra cosa, no como un fin en sí misma.

Pero resulta que más de la mitad de los votos fueron de SI a la huelga. La cacareada “mayoría silente” resultó no existir. A pesar de que la democracia, en su sentido más amplio, no estaba demasiado presente en el diseño del proceso, los estudiantes individuales participantes re-definieron las reglas del juego, convirtieron este voto en parte de otra cosa más amplia, más compleja, más democrática, más universitaria.

En la novela de Saramago, las autoridades optan por la mano dura como respuesta al voto en blanco, que interpretan como terrible­mente subversivo.  Los resulta­dos de esa mano dura, por supuesto, son desastro­sos para la democracia  (para la vida) en la Ciudad.  Y eso es cierto en la novela-y en la historia. Que en la UPR impere el diálogo, el uso del espacio universita­rio como plataforma para una conversa­ción nacional, la creatividad y el raciocinio.

Rima Brusi (Tomado de Parpadeando)

La autora es catedrática del Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico.