A qué le temes… / por Carlos Román Ramírez

¿A qué le temes…

a la vida? De todas maneras

tienes que vivirla, camínala,

respírala, afróntala, si tu voluntad

es grande la vida cede.

¿Le temes al olvido?

¿A que te olviden?

¿Acaso no has llegado a comprender

que todo pasa?

El olvido es alivio, tú también

has olvidado antes de que te olviden.

¿Le temes al sufrimiento?

¿No sabes que al igual

que la dicha a todos toca,

hoy a tí, mañana a mi?

¿Temes extraviarte?

Todos nos perdemos a veces,

es parte de la aventura.

¿Temes equivocarte, a eso le temes?

Me ha pasado tantas veces

y, mírame, aún estoy aquí

platicando contigo, mirándome

en tus ojos nocturnales,

paladeando el momento,

la casa nos cobija mientras la lluvia

acompasada cae sobre el tejado…..

tranquila, confía, reclínate, abrázame,

soy tuyo, mi amor te proteje.

               junio 2018

               Carlos Román Ramírez

Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015