El Puente de Los Poleos

Los puentes existen desde tiempos remotos. La necesidad de salvar obstáculo y acortar distancia para toda clase de actividad humana provocó que los puentes se convirtieran en edificaciones obligadas. Se presume que la noción de puente surgió de árboles caídos sobre riachuelos. Su diseño y construcción evolucionó a través de la historia hasta convertirse algunos de ellos en íconos de la arquitectura de su época.  Pero también en anhelos de poetas y bohemios que no dejaban de trazar un puente de aquí a la Luna.

Pienso que deben existir millones de puentes en el mundo. La pregunta obligada es: ¿Cuántos  puentes habrá en Puerto Rico y en particular en nuestro pueblo de Salinas? Nuestro propósito no es averiguar esas cantidades.  Más bien, ofrecer a nuestros lectores información sobre el Puente de Los Poleos obtenida del libro Los puentes históricos de Puerto Rico, publicado en 1991 por el profesor Luis F. Pumarada O’Neill.

Puente de Los Poleos, 2010

Puente de Los Poleos, 2010

La vertiente sur de la zona montañosa que comprende los municipios de Aibonito, Cayey, Guayama, Coamo, Santa Isabel y Salinas alimenta las cuencas hidrográficas de los ríos y quebradas que cruzan al municipio de Salinas.  Salinas tiene dos ríos que desembocan en el Mar Caribe: El Río Salinas (Niguas) y el Río Jueyes.

La cuenca del Río Jueyes tiene unas 9.5 mi². Nace unos 300 metros de altura en los montes al noroeste de Barrio Río Jueyes y se alimente de unas quebradas que surgen a lo largo de los límites con Santa Isabel, Coamo y Aibonito. El río tiene unos 8 millas de largo y si la memoria no me falla  hay puentes en las carreteras #1, 52, 154 y 543. Claro, los ciudadanos comunes no pueden usar la carretera #154, porque está secuestrada por las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

La cuenca del Río Salinas (Niguas) tiene unas 52.8 mi² que comprende terrenos de los municipio de Aibonito, Cayey, Guayama y Salinas. Nace a unos 300 M de altura al norte del Barrio Lapa en terrenos militares del Campamento Santiago y tiene una longitud aproximada de nueve millas. Pero también se alimenta de las aguas de los ríos Lapa, Jájome y Majada.  El Río Jájome desciende desde Cayey y Guayama hasta desembocar en el Río Majada.  Más al oeste fluyen las aguas del Río Lapa hasta desembocar en el Rio Majada, cerca del Sector Rabo del Buey. En ese punto ambos afluentes se unen y vierten sus aguas en el Río Salinas el cual continúa descendiendo a través  del llano costanero hacia la zona urbana hasta desembocar en el Mar Caribe.  En toda esa zona de captación hay puentes en las carreteras principales y secundarias que la cruzan.

Puente de Los Poleos, 1970

Puente de Los Poleos, 1970

El más emblemático de eso puentes es el que cruza el Río Niguas en el sector Los Poleos. Tiene 75 años y se utiliza sin problema aunque sus fuertes cimientos han sido socavados por las crecientes. El Puente de Los Poleos está incluido en el libro Los Puentes Históricos de Puerto Rico, una selección realizada entre 1989 y 1991 por un panel compuesto por historiadores, ingenieros y arquitectos cuyo trabajo fue avalado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña y la Oficina Estatal de Preservación Histórica.

Esta poderosa estructura se terminó de construir en 1939. Tiene un total de 63.7 metros de largo con losa continua en hormigón que descansa sobre  8 pilotes.  Luis F. Pumarada O’Neill lo describe de la siguiente manera:

“Este puente-viaducto de caballetes, ubicado en el kilometro 91.2 de la Carretera Núm. 1, salida de Salinas hacia Santa Isabel, representa entre los puentes históricos los de losa de hormigón.  Es oblicuo, de pilastras en forma de muros masivos que suben desde los arquitrabes de los  pilotes, con tajamares triangulares inclinados y decorados sobriamente con impostas y torrecillas.  La superestructura se compone exclusivamente de la losa plana, con una moldura en la cara inferior y parapetos alargados en hilera. “

Puente de Los Poleos, 1970

Puente de Los Poleos, 1970

Es importante destacar que partiendo del pilote del este se construyó a principio de la década de 1940 un dique de hormigón de aproximadamente un kilometro de largo que protege al casco urbano de las grandes crecidas del Río Salinas.

Puente sobre el Rió Niguas de Salinas 2008

Puente de Los Poleos, 2010

Actualmente se construye al sur de la estructura el nuevo puente que sustituirá al antiguo Puente de Los Poleos, aunque hay quienes aseguran que sin siquiera reforzar sus cimientos el viejo puente tendría otros 75 años de vida útil. Ahora lo que la gente pide es que lo conviertan en un puente peatonal. 

por Sergio A. Rodríguez Sosa

Los Papuchos: el río de la muerte / David Arce

— ¡Mira —dice con voz susurrante, ronca, Papucho—, esos hombres que navegan en el río están llenos de sangre, roja como la saliva de Mamita!

—No mires, Papucho —también susurrante el hermanito mayor—. Es gente muerta que está navegando en el río de la muerte.

—No es gente muerta —reclamó Papucho—. ¿No ves que está naciendo un niño?

—Te he dicho que no mires —volvió a ordenar el hermanito mayor—. Ese niño también está muerto, como nosotros.

—El que va adelante se parece a Papito, y no quiere mirarnos. Solamente el pez y el barco nos miran.

—Te he dicho que no mires, Papucho —molesto el hermanito mayor—, no puedes recordar a Papito, porque cuando él se fue tú todavía no nacías.

—Sí, me acuerdo de él. Escuché cuando él dijo cuida a mis hijos, que me voy para la guerra. En ese tiempo yo no sabía lo que era la guerra, tampoco ahora —dice triste Papucho—. Solamente sé que la gente se muere y que navega por el río de la muerte hacia el mar donde vamos a ver a Mamita.

—No te lo quería decir, Papucho, pero en el mar también está Papito, junto con Mamita. Él no se fue: se lo llevaron a la guerra. Ahora duerme, que mañana veremos a los dos.

David Arce

La mar y el río / Marinín Torregrosa Sánchez

Soy la mar dónde  desembocas con furia y viertes tus placeres.
Tu eres río; corriente  alegre que se  lanza al romance de mis olas  en un vals de perlas y espuma.
Conoces tu camino, donde te aguarda la sombra, los troncos, las piedras y hasta el pez que nadará desafiando la corriente.
Pero nunca navegarás tan profundo en mis entrañas. Seré siempre el misterio que te recibe pero no se entrega. La que guarda bien adentro su historia en un buque hundido en arenas impregnadas de recuerdos. La de la fortuna escondida entre arrecifes y corales. La que duerme en el crepúsculo y al encuentro se torna indomable.
© Marinín Torregrosa  Sánchez

Los Utrilones* / Edwin Ferrer

Cuando el niño de los utrilones entró al salón, todo el mundo se echó a reír. Los deditos de Esteban sobresalían de la parte superior del calzado semejando las garras de un oso. Lo que no sabían los estudiantes era que él utilizaba aquellos zapatos de hule para llevar a su casa parte de la dieta. Todos los días iba al río Abey a pescar camarones y en una posa frente a Borinquen, se los quitaba, los sumergía en el agua y media hora más tarde pescaba cinco o seis crustáceos. Era una especie de trampa para asegurar la mestura del día.

Pasó el tiempo y el río se secó, dejando al niño sin la ilusión de aquel manjar rico en fósforo. Sólo el ruido de las maquinas excavadoras ensordecían toda la vecindad cuando extraían relleno para hacer urbanizaciones. Desde entonces, Esteban guardó sus utrilones e iba en chancletas a la escuela, esperando que el río volviera a crecer.

Hastiado del ruido de las máquinas, las risas y el polvorín, corrió hacia La Isidora y en una zanja arrojó sus utrilones.  Un capataz que andaba cabalgando cerca le preguntó por qué se deshizo de sus zapatos. El contestó que no le servían para nada. El hombre de cabello blanco le dijo que no se desanimara, que tuviera fe; y quedó pensativo.

anguilasMedia hora más tarde sacó del agua uno de sus utrilones y encontró dentro una anguila. Trató de pescarla y como era tan resbalosa no supo qué hacer. Pasó horas tratando de pescar aquel animal parecido a una culebra y casi dado por vencido, se echó tierra pulverizada en las manos y pudo capturarla. Cruzando el río cerca del malecón, la anguila se le resbaló de las manos y una máquina Caterpillar le pasó por encima triturándola en pedacitos. Esteban enfurecido, le tiró con los utrilones al maquinista y se fue corriendo rumbo a su casa, entristecido.

Veinte años más tarde hubo unos torrenciales aguaceros y el río comenzó a crecer de una manera tsunámica.  Toda la gente del pueblo de Salinas se aglomeró en el malecón a ver el gran espectáculo. Un hombre que estaba cerca de las escaleras al final de la calle Monserrate se acercó al río y dos perros satos que bogaban en el agua se acercaron a él con dos utrilones repletos de camarones. El ingeniero se puso contento, dio las gracias a los perros y puso sus utrilones en una caja de cristal en su oficina donde hacía campaña a favor del medio ambiente.

©Edwin Ferrer 11/10/2009

*Utrilones –zapatos hechos de hule vendidos por medio dólar en los años 1960 a estudiantes de bajos recursos económicos de Puerto Rico.

Las pozas del Río Abey: pinceladas de mis memorias / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

El río que discurre contiguo al oeste del casco urbano de Salinas se le ha conocido con tres nombres a lo largo de la historia: Abey,  Niguas y Salinas.  El más antiguo nombre que se registra es Río Abey y el que aparece en los actuales mapas es Río Salinas.[1]

Personalmente prefiero llamarlo Abey, primero porque deriva del valeroso nombre del cacique de la región y segundo porque las niguas[2] no me son de grato recuerdo.

El río Abey se forma por la confluencia, en el sector Rabo del Buey de dos afluentes, el Río Majada y el Río Lapa.  Otro afluente de nuestro río es la quebrada llamada “La Joya”[3] que entra al río a la altura de la barriada Caño  Verde y que nace en los terrenos del Campamento Santiago jurisdicción de Coamo. El afluente Majada que después de Las Lapas recibe el nombre de Río Jácome, nace en Carite jurisdicción de Guayama. Por su parte el Río Lapa nace en las vertientes de la Cordillera Central  y la Sierra salinas_(76)3de Cayey.  Además nutren al río las pequeñas corrientes que el excelso poeta salinense, Antonio Ferrer Atilano (Ferranto), llamó polícromas cascadas en su poema dedicado a Salinas.

El río  Abey. Como muchos otros de la costa sur de la isla, es intermitente y de poca extensión. Cuando llueve torrencialmente en sus cuencas, inicia un rápido descenso arrastrando todo lo que encuentra en su camino, se hincha y al chocar con el mar tiñe sus aguas marinas de rojo achocolatado. En esa lid, Neptuno, blandiendo su tridente, le dificulta vaciarse en las profundidades marinas.  Entonces,  el Abey, como engañando a quien le cortan el paso, se desborda y arropa gran parte de la comarca. El torrente suele inundar las tierras de La Margarita, La Playa, La Playita, Los Poleos, El Coco y las antiguas colonia cañeras.  A veces en su deseo de fecundizar a la mar llega hasta El Arenal.

Sin embargo en tiempos de sequía es un cauce sin río. Sus afluentes Lapa y Majada tienen todo el año un débil hilo de agua, pero en su discurrir hacia el mar desaparecen en el cauce  y no llegan a su destino.

Son pocos los jóvenes que, calmadas las aguas de un río, no gustan de bañarse en una buena poza o charca.  A lo largo del río Abey y sus afluentes existieron pozas y charcas que fueron el deleite de la juventud de mi época.[4] El río en sus crecidas moldeaba y deshacía las pozas a su antojo, pero algunas de ellas permanecían crecidas tras crecidas. Cada una de las pozas tenía un nombre, ya fuera tomado de la flora o de la fauna distintiva del lugar o surgido de la relación con la topografía, edificaciones, personas y sucesos.

Claveles fue la poza más famosa.  Estaba localizada en el afluente Majada en el barrio La Plena. La ribera de la poza era un llano que utilizaban anualmente para acampar los Niños Escuchas, capitaneados por míster Ramos.  La poza era la más profunda y estaba bordeada por enormes rocas, excepto por el lado sur. La roca del Este tenía tres picos, el más alto de unos quince pies sobre el nivel del agua. Desde esas tres piedras nos tirábamos al río.

Entre los bañistas que frecuentábamos Claveles estaban Edwin Luna, al que apodábamos Torito, Julio Lleras, Ariel Ortiz, Abraham Santiago y muchos otros jóvenes.  Llegábamos temprano y salíamos por la tarde.  Muchas veces hacíamos el recorrido de ida y vuelta a pie recolectando frutas por el camino. Abundaban las guanábanas, corazones, anones y tamarindos.  Algunas veces regresábamos corriendo una maratón hasta el pueblo.

Entre el sector Rabo del Buey y Sabana Llana había una poza que la llamábamos La Muralla.  La llamábamos así porque se formaba contigua a una estructura de cemento construida para evitar que el río se saliera de su cauce y destruyera la Carretera Número Uno.  En esa poza se bañaban, mayormente, los jóvenes de los barrios adyacentes.  Me bañé ahí solo un par de veces.

Los intentos de controlar al río y tomar el territorio que le pertenece, fallaron una y otra vez.  El río, con el correr del tiempo se llevó la muralla y la carretera.

La poza más antigua de que tengo recuerdo se llamaba Los Ausubos.  Estaba ubicada dentro de los límites del “Salinas Training Area”, hoy, Campamento Santiago. Se llegaba a ellaNo Trespassing atravesando los barrios Las Marías y Caño Verde y violando el No Trespassing del campamento militar.  El nombre de la poza se derivaba del barrio allí existente antes de la expropiación militar, que a su vez surgía de los árboles del mismo nombre que abundaban en aquel lugar.

En una ocasión fui a la poza Los Ausubos con Rey Ortiz, el hijo de Mingo El Cabro. En aquel lugar lavaban ropa las mujeres del sector. Ese día fue la primera vez que me bañe en el río.  Yo tenía unos ocho años de edad y no sabía nadar.  Ese día me aplicaron el método obligado de aprender a nadar. Rey me tiró a la poza sin contemplación alguna. No sé como, pero salí nadando.  Desde entonces me gustó nadar en el río y me metía en cuanta poza había.

Otra de las pozas famosas de aquel entonces quedaba en el recodo que hace el río luego de pasar la barriada Borinquen y antes de llegar al puente de Los Poleos. Se le conocía como La Moca, por un árbol de moca que había en ese lugar.  Esta poza duró poco tiempo.  Una crecida del río tumbó el árbol y la allanó para siempre.

También se formaron pozas aledañas a los puentes de la Carretera Número Uno y de la vía del tren. El puente de la carretera se elevaba unos diez pies sobre el nivel del agua y el de la vía unos ocho.  Lo excitante y peligroso eran los clavados desde ambos  puentes.

Por debajo del puente de la vía cruzaba de un extremo a otro del cauce del río una tubería de cemento de forma cuadrada. La tubería sobresalía unas seis pulgadas sobre el nivel del agua.  La usábamos como trono en un juego que consistía en una especie de lucha para tumbarnos al agua. El que quedaba sobre el trono ganaba el juego.

En una ocasión improvisamos un trampolín con una barra de metal grueso.  Creo que la idea se le ocurrió a Félix Ortiz.  Lo sujetamos al puente y de ahí nos lanzábamos al agua. Los clavados que hacíamos eran dignos de las Olimpiadas.

El río continuaba su imperturbable viaje hacía el mar y más allá de Los Poleos formaba una poza de agua salobre.  Esa poza permanecía aun cuando el río se secaba. La utilizábamos para bañarnos en tiempos de sequía.

Además de proporcionarnos la alegría de bañarnos en sus frescas aguas, el río nos proporcionaba alimento.  En los tiempos de crecida abundaban los camarones, sagas y anguilas.

Las crecidas del río Abey eran temidas y celebradas.  Eso llevó a que se construyera el malecón, una imponente barrera de cemento que impide que las aguas se desborden hacia el pueblo. Sin embargo, en algunas crecidas el río amenazaba con superar la barrera. En tiempos de crecida, la gente del pueblo se arremolinaba a lo largo del malecón para ver las aguas embravecidas del Río Abey.

Los más afectados por las crecientes del río eran los habitantes de Borinquen. La barriada estaba habitada por gente pobre.  Las condiciones de vida eran difíciles.  Para mayor desgracia era sede de bares a los que acudían los soldados y gente del pueblo buscando favores sexuales.  Eran muchos los cuartuchos que servían de tálamos de placer que se utilizaban para saciar los apetitos sexuales de clientes, con o sin rostros, y proporcionar unos míseros dólares a las trabajadoras del sexo.  Cuando en son de broma se le preguntaba a alguien si había cruzado la frontera, se quería decir si había ido a Borinquen a divertirse.

Cuando la crecida bajaba, surgían empresarios de Borinquen que improvisaban unos puentes rudimentarios de madera y cobraban algunas monedas para pasar al otro lado.

En una ocasión el río creció tanto que amenazaba pasar sobre el malecón.  Como sucedía en estas situaciones, la gente se arremolinó en el malecón para ver las embravecidas aguas.

Ya el río había pasado sobre el puente de la carretera y sobre el de la vía y se había metido a Borinquen.  En su vorágine, comenzó a arrastrar algunas de las casuchas que estaban en su orilla. Cada vez que se llevaba una de las casitas, la gente del malecón comenzaba a celebrar y gritar: —¡una más!—.  Los de Borinquen, ante la insensibilidad y falta de caridad de los que estaban en el malecón, comenzaron a lanzar piedras contra los gritones. Un joven llamado Paíto demostró tener una excelente puntería.  Al instante quedó desierto el malecón.

En otra ocasión, el río crecido rebasó el puente de la carretera e inundó la vega donde está enclavada la emisora Radio Hoy y un garaje de gasolina.  Juan López, el dueño de La Españolita, de manera temeraria, se metió al río por ese lugar.  La corriente lo arrastró hacia una verja de alambres de púas.  Juan no salía a la superficie y la gente comenzó a preocuparse.  Pasados unos minutos, emergió del agua como a unos treinta metros del lugar donde lo arrastraron las aguas embravecidas.  La gente suspiró de alivio, pero Juan estaba extenuado y la corriente amenazaba con llevárselo.  Alguien fue al rescate con una soga, logrando salir de aquel percance. Lo primero que hizo fue ir al negocio de Pepe Melero, que quedaba cerca del lugar, se dio un trago grande de ron y celebrando el acontecimiento dijo: —Nací de nuevo.—

Muchas otras historias de alegrías y tristezas como éstas se han tejido a la vera del río Abey.

El rumor del río y el olor de sus aguas achocolatadas por la creciente, infundían en mí una gran fascinación.  Todavía siento la misma sensación ante la creciente de un río.

Al igual que el Río Grande de Loíza, al que cantara nuestra Julia de Burgos, el Río Abey, el mío, es un río macho, impetuoso y bravío que corre libremente hacia el encuentro con la Madre Mar, donde se inicia el eterno ciclo del agua.

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa


[1] Sergio A. Rodríguez Sosa, comunicación personal.

[2] Insecto semejante a la pulga que pone huevos bajo la piel del hombre y animales.  En el hombre causa gran picor.

[3] Corrupción de la palabra hoya que significa concavidad u hondura grande formada en la tierra.

[4] Década del 1950-60