Coincidencias / Roberto López

Cuando era niño, en mi pueblo había mucho espacio para potrear y siempre tenía conmigo la escopeta de colcho que no mataba ni el hambre, pero alimentaba mis fantasías de tenebroso vengador de la colonia.

Inundaciones puente de los poleosUna vez, debajo del puente de Los Poleos, traté de navegar una charca en una balsa improvisada con tablas apolilladas. Por mala suerte encallé antes de llegar a lo otra orilla y caí por la borda en las garras de una inhóspita arena movediza. Ya estaba hasta el cuello… y en un trance entre la vida y la muerte, que hasta vi mi esquela mortuoria y una violetera repartiendo flores sobre mi tumba. Suerte que mi amigo Gulliver, extendió sus enormes brazos para retrasar el desenlace de mis días.

Eso aconteció en el mismo lugar y muchos años después de que a mi abuelo Juan lo rescataran vivo cuando el rio proceloso lo arrastró hasta allí. Dicen que mi abuelo después del rescate caminó descalzo hasta el negocio de Luna y allí celebró la vida con ron Palo Viejo. El charco se chupó mis zapatos, también caminé descalzo hasta el ventorrillo de Luna y pedí un mabí.

©Roberto López

Treinta y tres / por David Arce

Los treinta y tres nos quedamos atrapados en el fondo de la mina. Fue casualidad que nos reuniéramos a la hora de la comida cuando ocurrió el estruendo del desplome y luego nos invadió la oscuridad total que solamente era rasgada por las luces de nuestros cascos. Los más jóvenes sentimos pánico de morir enterrados y lloramos. Luego nos organizamos y racionamos los pocos alimentos enlatados. La temperatura era tan alta que tuvimos que despojarnos de nuestras ropas y aprovechar las aguas que filtraban a través de las paredes de la mina. Pensábamos que nunca más volveríamos a ver a nuestras familias. Inventamos juegos para matar el tiempo. Esperamos.

El milagro del primer contacto ocurrió a los diecisiete días. Lo sabíamos porque empezamos a rayar las paredes día por día para llevar la cuenta del paso del tiempo. Algunos de nosotros teníamos relojes y eso nos impedía desorientarnos en el tiempo. Ese día escuchamos el golpetear de un martillo. Hicimos silencio y luego nos reímos como locos. Tomamos un papel y escribimos: Estamos bien en el refugio los 33.

Entonces renovamos las esperanzas, poco a poco nos proporcionaron alimentos y después comida caliente y útiles de aseo. También nos dispusieron horarios para comunicarnos con nuestras familias, pero todavía quedaba la duda de nuestro rescate. Nos decían que los de arriba trabajaban duro, día y noche, para rescatarnos salvos a todos los treinta y tres.La roca era muy dura e hicimos varios planes para rescatar a los treinta y tres. Los ingenieros diseñaron una cápsula en forma de misil para introducirla al fondo de la mina con la ayuda de instrumentos de precisión parecidos a los que se usan en las películas futuristas.

Los periodistas entrevistaban a los familiares, les mostraban fotos de los mineros atrapados, los filmaban en esos momentos emotivos, cuando derramaban lágrimas, y desde ese campamento en el desierto de Atacama, enviaban a sus respectivos países las noticias frescas. Hasta que llegó el día especial, el 13 de octubre, y, por orden del Presidente, descendió el primer rescatista hasta el fondo de la mina y luego la cápsula Fénix sacó consigo uno por uno a los mineros, pertrechados con uniformes que nunca usamos cuando estamos en la mina y con lentes oscuros para no deslumbrarnos ante los flashes de la prensa mundial. Todo el día demoró nuestro rescate. Nos llevaron a clínicas limpias y hasta los dientes nos examinaron.

A todos nos han hecho muchas ofertas y regalos, aparatos tecnológicos de punta, GPS, teléfonos satelitales, ordenadores portátiles, viajes a Florencia, estudios de por vida para nuestros hijos y nos han dicho que saldremos en el libro Guinness de récords. Nos hemos alegrado con cada abrazo y conmocionado por haber resucitado.

Aunque en el fondo, muy en el fondo, creemos que no somos solamente treinta y tres los mineros que quedamos atrapados; creemos que todavía hay muchos más bajo tierra, tanto en Chile como en el resto del mundo. Y los que escribimos esta nota, como si fuera una botella al mar, todavía permanecemos encerrados en el peor de los encierros: el del anonimato y la indiferencia de los demás.

Aunque tenemos la secreta esperanza de que esta nota llegará a tus oídos.

©David Arce