A propósito del llamado “día de la ciudadanía estadounidense” / por Rafael Rodríguez Cruz

 El servilismo de los anexionistas ha marcado la actitud de los estadounidenses hacia Puerto Rico

Ni se había efectuado la mitad del desembarco de las tropas estadounidenses en Guánica en 1898, cuando la clase política anexionista puertorriqueña proclamó que la isla no tenía los medios económicos para sobrevivir sin la presencia del imperio. Esta afirmación falsa, que inicialmente no fue ni tan siquiera solicitada por las fuerzas asaltantes, le dio a Estados Unidos lo que este todavía no tenía: una justificación ideológica para la violación de los derechos supremos de nuestra nación. En realidad, las primeras expresiones intervencionistas del imperio en Puerto Rico destacaban que el propósito de la acción militar era, pura y simplemente, el apoderarse de los recursos de una isla a todas luces rica y autosuficiente. Todas las investigaciones por geólogos, climatólogos e hidrólogos llegados con las tropas estadounidenses afirmaban, precisamente, que Puerto Rico mostraba una riqueza y desarrollo social sin par en El Caribe.

Habría que señalar que los primeros en sorprenderse con las expresiones de los anexionistas del patio probablemente fueron los mismos invasores estadounidenses. En ninguna otra región anexada entre 1860 y 1898 por el ejército de Estados Unidos, se había verificado tal grado de servilismo por fuerzas simpatizantes del imperio. La burguesía anglosajona dominante en Hawái, por ejemplo, condicionó su apoyo a la anexión en 1892, y exigió de Estados Unidos concesiones importantes, en lo económico y político. Primero, la plena inclusión de Hawái en la tarifa azucarera. Segundo, el monopolio político sobre todas las islas del archipiélago hawaiano. Ante la renuencia del gobierno de Estados Unidos a negociar los términos de la anexión, la burguesía azucarera de Hawái impulsó una revolución armada y se constituyó en república soberana en 1892. Esa forma política duró hasta 1898, cuando los grandes intereses azucareros del archipiélago se impusieron a la voluntad del Congreso. Igual pasó en todos los territorios que vinieron a conformar la expansión territorial de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX. Siempre hubo exigencias de los intereses locales y concesiones por parte del gobierno federal. Lo de Puerto Rico, la sumisión y falta de espina de los anexionistas, era algo único, que marcó un hito en la historia de expansión territorial del imperio.

¿A qué respondió esa afirmación falsa y alocada de los anexionistas del patio ante la invasión? Curiosamente, no respondía tanto a la presencia militar norteamericana, como a razones internas a nuestro país. Nos referimos al desarrollo desigual de la colonia en los últimos años de la dominación española. A partir de 1895, Puerto Rico había experimentado un rápido desarrollo económico, que se  alimentaba en gran medida de la fortaleza de nuestra moneda frente a la española. Aunque incipiente, por los estándares de los grandes países europeos, se trataba de un proceso de acumulación originaria de capital, que venía alimentado el comercio y la banca local. Los investigadores estadounidenses se dieron cuenta de esto y lo informaron sin dilación al Departamento de Guerra de Estados Unidos. Y todos, sin excepción, destacaron que las grandes oportunidades de inversión, así como los recursos más importantes, no estaban en San Juan ni al norte de la Cordillera Central, sino al sur. Desde el día 1 de la invasión, la atención de los inversionistas se centró en la región costera que va de Guayama a Cabo Rojo. Uno tras otro, los informes preparados para el U.S. Geological Survey destacaban a Ponce y Mayagüez como las ciudades no solo más bellas de Puerto Rico, sino como las más productivas económicamente. La Playa de Ponce y la bahía de Jobos llamaron en particular la atención de los intereses azucareros. Ponce interesaba por su dinamismo comercial y Mayagüez, por su clase de hacendados. En ese inventario de recursos y desarrollo urbano, la ciudad de San Juan salía siempre algo mal parada. La capital era vista por los invasores como la urbe puertorriqueña de mayor desigualdad social, la menos pulcra y la que tenía más políticos estériles. Mientras los investigadores estadounidenses no encontraban suficientes elogios para las ciudades del sur, era muy poco lo que decían efectivamente de la «ciudad de los políticos», o sea, de la capital, salvo por la majestuosidad de sus murallas.

San Juan, sin embargo, sí tenía algo que podía servir al imperio: una clase política anexionista dispuesta a justificar el coloniaje. Además de no tener la más mínima fibra de integridad nacional, esta clase se erigió en la defensora de un coloniaje inclemente. Mintieron, lo pintaron como una  necesidad histórica, y se consagraron a defenderlo.

Hay que pensar detenidamente en cuál habrá sido el impacto emocional y psicológico de esta acción vil de los anexionistas sobre la conciencia de las masas trabajadoras y campesinas de la isla. Puerto Rico era en 1898 el paraíso de la pequeña propiedad campesina. Gracias a ello era, para usar las palabras de National Geographic, la más próspera de todas las islas antillanas. Ese sistema de pequeña propiedad, que tantos halagos recibió de U. S. Geological Survey, era el recurso económico principal de la mayoría de la población puertorriqueña. Además de suplir las necesidades alimenticias de la población, daba vida a una exportación de medios de vida a islas vecinas. De hecho, si algo era patente en los informes del U.S. Geological Survey era la relativa «felicidad colectiva» existente entre los puertorriqueños, particularmente en el campo. ¡No podía ser de otro modo! El modo de producción de la pequeña propiedad, dominante en Puerto Rico en 1898, no era un legado de las plantaciones esclavistas ni del feudalismo ni de los privilegios mercantiles de los españoles. Fue creado, mantenido y reproducido, desde la tercera década del siglo XIX, por la gran masa de trabajadores del país. Era, efectivamente, el sector económico más democrático de nuestra sociedad. Así lo sentía la gran masa de la población, y no hay una sola razón para ponerlo en duda.

En 1898, respondiendo a motivos completamente mezquinos, la clase política anexionista del país, enarboló la mentira de la pobreza de Puerto Rico para mostrarse útil ante el imperio. Fue un acto de una bajeza enorme, que en nada reflejaba la realidad económica y social del país, según los propios datos de las agencias federales. No se equivocaron, pues, los invasores cuando detectaron en San Juan la presencia de una clase política, corrupta, improductiva y dispuesta a todo para preservar un puesto en la administración de la colonia.

Hoy, los tataranietos de aquellos políticos infelices que, en el 1898, no tuvieron la valentía de defender la tradición democrática de nuestro país, reflejada ante todo el vibrante sistema de la pequeña propiedad, vuelven de nuevo a enarbolar la mentira como instrumento para seguir robando y viviendo del sufrimiento de nuestra nación. Y eso ha de seguir así, como dijera Albizu Campos, a menos que surja una reacción de intenso nacionalismo que logre sofrenarlo.

© Rafael Rodríguez Cruz

La pocilga de Guango

por Edwin Ferrer

Una  pocilga  que  se  parece  a  una  quimera.

Un  cuartito  verdaderamente  espiritual, cuyo ambiente está lleno de olores de alcanfor e incienso.

Allí Guango toma un aire de suspiros por el alza del arroz y las habichuelas. Es algo terrenal, la pobreza y la esperanza; un sueño de un mejor mañana, entre el cementerio y el techo.

CASUCHALa alacena tiene forma de un estadio de pelota donde las cucarachas esperan por los escuchas ambiciosos para poder volar. Los ratones parecen soñar; se diría que están destinados a una vida en la Florida para ser contratados por Disney World. Los murciélagos hablan por señas, como los mudos cuando extienden su mano apuntando al cielo. El búho duerme en el plafón y mira inteligentemente.

A la vecindad, ninguna caravana se acerca, tampoco ninguno de los tres partidos; porque el voto no cuenta para el que no tiene ni aporta nada. Todo aquí tiene la suficiente honradez y la deliciosa armonía de la pobreza.

Aquí el alcanfor y el incienso son fragancias que se mezcla con el sol ardiente de una realidad metafísica, donde las promesas duermen y el espíritu se endurece por la indiferencia política y el rechazo de la religión.

©Kaminero

La pobreza avanza en los Estados Unidos

Casi la mitad de los estadounidenses viven en la pobreza o con bajos ingresos

Nuevas cifras muestran que el hambre, la pobreza y el declive económico aumentan a niveles récord en Estados Unidos. La Oficina del Censo informa que casi la mitad de los estadounidenses se encuentra bajo la línea de pobreza o en la categoría de “bajos ingresos”. La cifra de habitantes con bajos ingresos es de 97.3 millones de personas, junto a 49.1 millones de personas bajo la línea de pobreza, lo que hace un total de 146.4 millones de personas. La cifra marca un aumento de cuatro millones con respecto al año 2009. Sin embargo, la Conferencia de Alcaldes de Estados Unidos informa que solo cuatro de 29 grandes ciudades registraron un incremento en las solicitudes de asistencia alimenticia entre septiembre de 2010 y agosto de 2011.

CC democracynow.org

Dominique / Edwin Ferrer

Un anciano se sentó sobre su nuca en una roca frente al mar hablando en silencio mientras el cielo le tornaba sus ojos a un pálido amarillento. Había perdido la fe y si le contaban que un ciego recuperaba la vista, que un mudo hablara o un muerto resucitara, no era milagro.

Para el negro Dominique los milagros se habían convertido en una cifra bancaria y el cielo ante sus ojos había dejado de ser un misterio. Sonreía aunque su boca no tenía labios cuando los periodistas venían a tomarle fotos porque aseguraban que era un zombi.

Ese mismo dia el aire se sentía pesado y un grupo de misioneros extranjeros que estaban más cerca de sus narices a sus ojos lo usaban como excusa a la pesadumbre de su pobreza.

—Esta poseído por el demonio, por eso su país no progresa.—Dijo un pastor en la televisión.

—En el camposanto hay una cruz con su nombre.—aseguró un periodista.

Esa misma tarde la tierra comenzó a temblar y todo el país se derrumbó. Caminando sobre las aguas del mar, Dominique fijó su mirada al cielo y se llenó de aviones repletos de ayudas extranjeras cubiertos de cruces rojas. Después de la tragedia, con una lágrima en sus ojos el anciano ascendió al cielo cumpliéndose el milagro después de una catástrofe que duró más de doscientos años.

© Edwin Ferrer 01/22/2010

Foto tomada de Haití por descubrir

Chicken a la Carte / Ferdinand Dimadura

En febrero de 2006,  el 56º Festival Internacional de Cine de Berlín invitó a cineastas a participar en un certamen de cortometrajes con el tema: Comida, sabor y hambre.
AAA
3,600 cineastas de todo el mundo dijeron presente, pero sólo 32 películas fueron escogidas para presentarse en el “Berlinale Talent Campus”.
AAA
La película que se presenta fue seleccionada como el cortometraje más popular.
AAA
Este film trata sobre el hambre y la pobreza provocada por la globalización. Diez mil personas mueren  de hambre y desnutrición todos los días. El cortometraje muestra una porción olvidada de la sociedad: la gente que sobrevive de los desechos de otra gente. Lo que es inspirador es la esperanza y la espiritualidad que nunca los ha abandonado.
AAA
Les invitamos a visitar el sitio Culture Unplugged, para ver otros cortometrajes que delatan temas sociales, realizados por cineastas no conocidos en la industria cinematográfica.
AAA

Petra / por Edwin Ferrer

En los fangales del río se le perdieron las piernas
por un latón que llevaba en su cabeza amarrado.

Era corona de espinas el almuadín rellenado
aroma de hiel de jueyes, mariscos desperdiciados.

Lleva su cuerpo torcido como un bejuco amarrado
por el peso de la comida que botan los afortunados.

Ganancia del cerdo era, su cuello ya entortugado,
parecidas sus arrugas
a surcos descultivados.

Se convertía en un tronco
y se dejaba
flotar,
su cuerpo para cruzar
de la pobreza el umbral.

Un cerdo blanco se arrima
como un perro anonadado,
come el manjar de su
muerte
de chicharrones tostados.

A la negra no le importa
tiene que buscarse el pan
y mantener su negrito
lombriciento del
arrabal.

Ya cerca de navidad
encontró su cerdo
ahogado,
se entierra Petra de nuevo
con su latón estibado.

Esperanzas de cáscaras
son de un sopón
achiotado

Flotando en el río Niguas
sus sueños ya
destrozados.

  

                                                                                Edwin Ferrer