Orden de Desahucio contra la Asociación de Pescadores Raúl Maldonado de La Playa.

La controversia entre Asociación de Pescadores Raúl Maldonado y el gobierno tomó un nuevo giro cuando la secretaria de agricultura, Myrna Comas, ordenó el emplazamiento para que la entidad fuera desahuciada de la Villa Pesquera de La Playa de Salinas, aduciendo que el contrato de arrendamiento de las instalaciones venció el 6 de mayo de 2014.

La Villa Pesquera de La Playa está bajo la jurisdicción del Departamento de Agricultura. La controversia comenzó cuando la alcaldesa de Salinas Karilyn Bonilla solicito al Departamento de Agricultura que le traspasara las instalaciones de la villa pesquera al municipio alegando que estaban inoperante. La asociación, por su parte, expone que le comunicó a la secretaria Comas su intención de renovar el contrato.  Asimismo indica que realizó todos los trámites requeridos por el Departamento de Agricultura pero que la secretaria de agricultura revirtió su decisión ante la petición de la ejecutiva municipal. La pugna entre la asociación y el gobierno causó que la secretaria Comas abandonara repentinamente una reunión que sostenía con pescadores de la Asociación.

Ignacio del Valle Alvarado, presidente de la Directiva de la Asociación Raúl Maldonado expreso que lamentaba el “cambio de postura de la Secretaria de Agricultura, con la cual ya habíamos comenzado el proceso para seguir administrando las facilidades pesqueras. Nosotros, junto a la comunidad, rescatamos esas facilidades, las cuales estaban abandonadas, y las transformamos de un hospitalillo a una Villa Pesquera.  Y ahora la Secretaria, por un capricho de la alcaldesa, nos saca sin ningún motivo”, dijo.

Del Valle manifestó que la asociación mejoró las instalaciones así como los servicios a la comunidad: “Reparamos el muelle, tenemos venta de pescado todos los días, viajes a los cayos, alquiler de kayaks, estamos manteniendo el área de la pescadería, en nuestra más reciente asamblea integramos 20 nuevos pescadores, incluyendo una mujer, y construimos un kiosko. Hemos recibido reconocimientos a nivel personal como pescador y a nivel del grupo, incluso por el mismo Departamento de Agricultura que nos escogió para la “Ruta del Pescado” por nuestro funcionamiento.  Por eso es injusto la actitud actual de la Secretaria Comas”.

Por su parte, Víctor Alvarado Guzmán, portavoz del Comité Diálogo Ambiental y candidato alcalde por el Partido Independentista Puertorriqueño hizo declaraciones donde acusa a la administración de Bonilla Colón de discriminar contra la Asociación de Pescadores Raúl Maldonado.  “La alcaldesa le otorgó a otras organización de pescadores en Salinas $10,000.00, incluso a una que no tiene facilidades pesqueras. Además, dentro de los planes con los pescadores que dice tener la Oficina de Turismo, no incluyen a los pescadores de la Asociación.  A pesar de que es la mejor pescadería que está funcionando en Salinas”, expreso el también legislador municipal. El municipio alega que sus programas para pescadores beneficiam solo a los grupos que están bajo jurisdicción municipal.

La Asociación, deberá comparecer el 29 de diciembre de 2015 al Tribunal de Salinas para responder a la orden de desahucio. La Asociación es apoyada por organizaciones como la Iniciativa de Eco Desarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO), la Federación de Pescadores de Puerto Rico y Defensores del Mar, Inc. (FEPDEMAR) y el Comité Diálogo Ambiental.

 

Celebran Asamblea de la Asociación de Pescadores Raúl Maldonado de La Playa de Salinas

Comunicado de prensa

Impulsan un Centro Comunitario de Pesca y Turismo

Salinas, Puerto Rico – La Asociación de Pescadores Raúl Maldonado Inc. de la pescadería de la Playa de Salinas celebró su Asamblea de miembros el pasado viernes 9 de enero de 2015.

El presidente de la Asociación, Ignacio del Valle Alvarado, comenzó la Asamblea con una bienvenida y su agradecimiento por la participación de los presentes. Además, Del Valle hizo un informe de logros donde se destacó la obtención de kayaks adicionales y el seguro para los mismos, la ampliación de la estructura para guardar los kayaks, reconstrucción del muelle, creación de 14 empleos a través de propuestas, la redacción de un plan de negocios, el reconocimiento y aprobación por el Departamento de Agricultura como pescadería dentro de la “Ruta del Pescado”, y la construcción de un quiosco para diversificar la venta de pescado y marisco procesado.

La Asociación ha estado impulsando el concepto de Centro Comunitario de Pesca y Turismo de Base Comunitaria y Sostenible, y desarrollará este concepto en áreas como Manejo y Procesamiento de productos del mar, servicios de desembarco y mantenimiento, suministros pesqueros, construcción de equipos y estructuras de pesca, servicios de ecoturismo y comunitarios.

A la asamblea asistieron como facilitadores Víctor Alvarado Guzmán, miembro de la Iniciativa de Eco Desarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO), organización que colabora con la Asociación, el asesor en contabilidad, Carlos Santiago, quien rindió un informe parcial del estado financiero de la Asociación, acordandose que el informe final se presentara a la Asamblea el próximo 6 de febrero. También asistió la asesora legal de la Asociación, la Lcda. Tata Santiago, quien trabaja en el reglamento propuesto y el lider comunitario Nelsón Santos.

La Asamblea acordo por unanimidad ratificar la actual junta directiva y elegir a Angel Rivera como subsecretario, que era la única posición vacante.

La Asamblea aprobó también por unanimidad una resolución que favorece que el Departamento de Agricultura mantenga la titularidad de la Villa Pesquera del Bo. Playa y oponiéndose a que se traspase la villa o su administración al Municipio de Salinas. .

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4ta Convivencia Ambiental de jóvenes en Salinas


Bajo el lema “Conociendo nuestras comunidades pesqueras”, se llevó a cabo la Convivencia Ambiental 2010, desde el  19 al 23 de julio.  Esta actividad, que se realizó por 4to año consecutivo, es coordinada por el Comité Diálogo Ambiental de Salinas.

Sobre 50 jóvenes tuvieron la oportunidad de convivir por una semana y participar de distintas actividades enfocadas en la educación ecológica, las relaciones comunitarias y la nueva visión de desarrollo sostenible promulgada por las pescaderías de la Bahía de Jobos.  Los jóvenes visitaron las pescaderías de Playita, Las Mareas y Mosquito-San Felipe donde, además de aprender sobre las artes de pesca, pudieron participar de caminatas en veredas, avistamiento de aves, paseos en kayak, entre otras actividades.  También participaron de talleres de bomba y plena, radio, artesanía con cristales recuperados, elaboración del mangó, talentos, etc.  Además, recibieron varias conferencias sobre la Reserva de Investigación Estuarina de Bahía de Jobos, el  Derecho Ambiental por la Asociación Nacional de Derecho Ambiental (ANDA), las cenizas de carbón a través  del corto metraje producido por comunidades del sur junto a Prensa Comunitaria, y relaciones sociales y comunitarias  por estudiantes de  psicología  de la Universidad de Puerto Rico  recinto de Río Piedras.

La Convivencia Ambiental fue dedicada a José Ortiz Agront “Cheo Blanco”, líder comunitario y sindical, quien era miembro del Comité Diálogo Ambiental y cooperó grandemente con el desarrollo de la convivencia en años anteriores.  Los jóvenes pernoctaron (dentro y en casetas) en el Centro de la UTIER en Aguirre, sindicato al cual perteneció Cheo y del cual llegó a ser presidente de la Local de Aguirre.

Contacto:  Víctor Alvarado Guzmán  (787)543-9981

Semana del Pescador Artesanal y el Ecodesarrollo / Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos

Comunicado de prensa

Te invitamos a participar a las actividades de la Semana del Pescador Artesanal y el Ecodesarrollo.

Durante las últimas tres décadas la pesca artesanal ha sido infravalorada por el gobierno. A ello se suma la comercialización cautiva (por intermediarios e importadores) y la degradación de los ecosistemas costero debido a un desarrollo desmedido que no toma en cuenta el recurso humano ni natural.

Los pescadores de Salinas y Guayama se han propuesto, junto a otras organizaciones comunitarias y entidades públicas y privada, avanzar por sendero del DESARROLLO SOSTENIBLE.  Por eso hemos creado la Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO) la cual tiene como propósito involucrar a los pescadores en proyectos sociales y empresariales más allá de la actividad pesquera, pero pivotando sobre ella. Se intenta así ayudarlos a descubrir su propio potencial y transmitir sus experiencias positivas de sostenibilidad social, económicas, culturales y ambientales a la comunidad y a las instituciones públicas y privadas.  De igual manera para que actuen como inicadores de proyectos de turismo natural y cultural, escuela taller de pesca, reservas marinas y una red de comunidades pesqueras para el DESARROLLO SOSTENIBLE alrededor de nuestra hermosa costa caribeña.

Te esperamos este domingo 7 de marzo, en la Escuela Elemental de Las Mareas de Salinas desde la 1:00 PM.  Estas son las actividades que se llevaran a cabo:

Exposición de pintura ‘Pescando Imágenes en el Mar Negro” y entrega de certificados por el artísta coquiense Nelson Sambolín.

Lectura y entrega de la proclama “Semana del Pescador Artesanal y Ecodesarrollo” por el Alcalde Carlos Rodríguez Mateo.

Homenaje póstumo a don Celestino Vázquez Torres.

Visita a Pescadería Mar Negro para que el público disfrute de la belleza del lugar y comparta con los pescadores.

Ven y disfruta con tu familia y amigos.

Los pescadores de jueyes / Dante A. Rodríguez Sosa

Siempre hablo con orgullo de mi primo segundo, Roberto Serrant Santiago, hijo de mi tía abuela Carmen Santiago Ortiz, tía Carmín.  Siendo muy joven ingresó en la marina mercante de Estados Unidos y por más de treinta años estuvo viajando alrededor del mundo. Eso le permitió visitar todos los continentes infinidad de veces y conocer las ciudades más importantes del globo terráqueo. Da gusto sentarse a escucharle contar sus aventuras por los siete mares y era mucho mejor cuando el tiempo no se había adelantado tanto y podíamos permanecer días y noches en ánimo “escuchandi bebendi”.

A propósito de la anécdota que voy a narrar, recuerdo que mencionaba lo mucho que le alegraba saber que una persona no podía viajar o ni siquiera montarse en un barco por razón de que se mareaba o vomitaba. Decía: —!Qué bueno que se marea, tenemos demasiado de hijoeputas a bordo!— La frase pretende reflejar la eterna aspiración de los marinos, de pasarla bien en las travesías sin estorbos que puedan perturbar la calidad de vida de que se goza en esos navíos y la felicidad que la vida en el mar conlleva.

Para mi madre, igual que para Roberto, el mar tenía un significado muy especial. Creo que fue por los viajes que hizo siendo muy niña de Puerto Rico a New York. Los nombres del Vapor Coamo, Carolina y otros de aquella época le eran muy familiares y como es natural a tono con su afinidad con el mar, le encantaban todos los mariscos.

Recuerdo de niño cuando llegaban al Pueblo los pescadores de La Playa de Salinas vendiendo pescado fresquecito: arrayaos y boquicoloraos, salmonetes y meros. Ella los esperaba puntualmente. Para mí, el pregón rutinario de los pescadores era como una canción de cuna a mis tiernos oídos de niño: —¡Pescao, pescaaaoooo, fresco pescaaaaoooo!— Los traían en una especie de carretilla de madera con una tapa enteriza que al levantarla dejaba expuestas las delicadas delicias marinas, acariciadas por los vidriosos pedazos del hielo de bloque picado a punzonazos, que traía el truck del hielo todos los días a Salinas desde Guayama. Gracias a que no había neveras ni freezers el pescado era el del día, fresquecito, para su consumo inmediato, sin alternativas. Bueno, corrijo, podía venderse poco después, a precio de pescao abombao.

Vendedor pescao En esa época, el pescao se vendía sin escamar entre quince y veinticinco centavos la libra. Confeccionarlo era una tarea artesanal. A mami le gustaba comérselo, pero no le gustaba escamarlo. Por eso, siempre le exigía al pescador una rebaja de precio, ya que según le decía: —Me lo tienes que dar más barato porque ahora tengo que esperar que pase por la calle un buen pendejo y pagarle para que lo escame.— Siempre pasaba alguien de ese talante, imagínense, la calle de Cayey, la arteria principal del comercio y punto de encuentro y de ebullición de la gente del pueblo y del campo en Salinas.

Una vez lograba que lo escamaran, lo salaba y procedía a guindarlo al sol en el cordel de secar la ropa, que se extendía por el patio pasando sobre el soleadero. Ya para las doce, el pescado estaba completamente seco y listo para el ceremonial de tirarlo al sartén, que astillaba a dúo con la candela del fogón. La forma del fogón era como la de una especie de altar con cuatro hornillas, construido en ladrillos pegados con una amalgama de cemento. Tenía cuatro huecos para sacar las cenizas y la pared de la parte de atrás era en lata, que estaba toda renegrida. Mi madre me dijo una sola vez: —¡no te acerques a la candela que eso está caliente y quema! —Nunca me quemé porque sólo toqué el fogón cuando estaba frío.

Realizados los movimientos oportunos a la confección y llegado el momento del ritual de la mesa, no me olvido de esa primera vez: —Dante, esto es pescao frito, tiene espinas que hincan y te pueden ahogar, ten cuidado al comerlo.—

Con esa instrucción sencilla, me lanzó a mi primera comunión con arrayao a los seis o siete años y “¡qué mucho pescao se comía!” Aprendí de memoria la anatomía de los peces, a saber dónde está la carne y dónde están las espinas. Para mí desde entonces disfrutar de un buen pescao frito equivale a oficiar una misa conmemorativa de aquel día sagrado en que mi madre me dijo, parafraseándola:—Come, pero recuerda: tiene carne y tiene espinas.—

Nos encontrábamos en plena Segunda Guerra Mundial. Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Los tanques, los troces llenos de soldados, los cañones, las sapas y los Jeeps era el espectáculo diario. Las sirenas en horas de la noche avisando un “blackout.” La escasez de arroz y de alimentos de primera necesidad era el tema diario de conversación. Era lo que yo oía. —¡Pronto llegará un barco con alimentos! ¡Pronto traerán arroz!— Mientras tanto, el rey de la mesa era el pescao y el arroz de Parcelas Vázquez. Cuando llegaba harina de trigo, entonces hacían pan en la panadería de Pepe Vélez, el tío de José Tomás Vázquez Vélez, apodado Bigball.  Yo tendría algunos cinco o seis años. Mi madre tranquilamente me decía: —Toma esos diez centavos y vete a la panadería y cómprame una libra de pan. Coge por esta calle hasta llegar al final y allí viras para este lado y sigues derecho, derecho hasta que veas mucha gente y ahí es. Haces la fila, das los chavos y esperas por la vuelta.—

La primera vez había casi un motín, la gente peleándose por ser primeros en la fila de despacho. Me las arreglé para defender mi turno y llegué a casa con el pan. Luego fue más fácil por la confianza ganada y la familiaridad con la ruta.

El gusto por los mariscos no era manifiesto sólo por el pescao. Para los años de 1950 y 1951 el tío Aníbal, que vivía en el Barrio Arenal, el de los Guapos, religiosamente en época de reboso de mar llegaba con un saco de caracoles que se conocen como bulgao: manjar desconocido para las nuevas generaciones, acondicionados a los “fast foods” quienes, tristemente engañados, creen que están saboreando una delicia. Esos caracoles se echaban a hervir en agua y luego se despegaban y preparaban con mucho aceitito, en ensalada. Para entonces desconocía eso de “gourmet” pero ciertamente le caía muy bien al plato la clasificación. Para ese tiempo ya nos habíamos mudado para el Caserío Francisco Modesto Cintrón, apartamento número 91.

Como era muy natural y por costumbre, cuando uno llegaba a los once o doce años, los padres concedían permisos limitados para realizar ciertas andanzas, pero terminantemente prohibían acciones como bañarse en lagos, canales o ríos, entrar a piezas de caña o alejarse demasiado del área del Pueblo. Así comenzaron los recorridos de exploración por el Río Nigua a pescar camarones y sagas, comer higos de una tuna que crecía silvestre en el cauce, cazar tórtolas, recoger pepinillos, cundeamores, tomatitos silvestres y otros productos para reforzar la despensa de la casa y de paso se balanceaba la dieta.

Siempre me fue imposible resistir la tentación de un chapuzón en la Poza del Húcar, la Poza de la Moca, la Poza de los Tubos, el Charco del Puente de la salida para Santa Isabel y la Poza del Campamento, entre otras muy famosas entre los muchachos de aquellos tiempos. Todavía mejor era bañarse en lugares como el Lago de Calolo, Lago de Magero, Lago de La Playa, Lago de Caribe, el Lago de Valé o en el Canal de Riego de Las Marías, la Bomba de La Margarita o del Peligro y en La Nevera. Ésta última era una charca que estaba en el mismo cauce de la Boquita del Rio Nigua. Había crecido allí una Ceiba milenaria y por debajo del propio tronco salía un agua cristalina de manantial completamente fría que se podía beber. No era una poza muy honda, pero era rico bañarse en ella y de paso coger unos buenos camarones. Invariablemente mi madre al yo llegar a tiempo, con sólo mirarme sabía de la transgresión y la reprimenda y castigo eran inevitables y contundentes.

¿Y qué tiene ésto que ver con los pescadores de jueyes?

Inexplicablemente, no fue sino hasta que pasamos a vivir a la calle Federico Degetau número 89, de la Ciudad Perdida, en la mismísima orilla del IMG_0148Malecón, que por primera vez tuve la oportunidad de entrar en contacto con mis siempre reverenciados crustáceos, los divinos jueyes. Ocurrió un día, a eso de las dos de la tarde. Los trajo Arcadio Rivera (Cayo), un chofer de guagua pública de la Lapa que tenía una relación amorosa con Iraida García del Real (Toña), una amiga de mi mamá que vivía con nosotros. De inmediato, ante la presencia de mi mamá, Toña, Edelmiro, mi hermano y yo informó: —Los tengo ahí, tienen más de dos semanas en corral y están bien gordos.— Me quedé en babia pues no sabía a qué se refería el dichoso comentario. Sí me di cuenta que se trataba de algo bueno por las caras de alegría y excitación que presentaron Toña y Mami, quienes casi al unísono gritaron: —¡Échalos pa ca! ¡Échalos pa ca!—

Seguidamente, Toña salió para la parte de atrás de la casa y se aprestó a preparar las tres piedras donde se cocinaba con leña en las ocasiones cuando no había dinero para comprar gas kerosene. Me llamó la atención porque ese día había gas. Mami salió disparada para la alacena y de allá me gritó: —“Dante, dile a Pepe (Melero) que me mande un pote de sal.”— Poco después entró Cayo, con un saco muy pesado según se veía porque casi no podía con el mismo. Lo dejó en el patio y volvió a su auto para regresar con un latón de aquellos en que se envasaba la manteca de puerco, que fue la que comimos hasta que se inventaron el cuento del aceite de maíz Mazzola.

El proceso fue muy sencillo. Prender la leña fue cuestión de encharcarla con un poco de gas y esperar que se avivara el fuego para seguir atizando. Se colocó el latón con agua en posición firme. Cuando el agua ya estaba hirviendo a borbotones empezó el sacrificio de los delicados animalitos. Un verdadero espectáculo eso de ir cogiéndolos uno a uno para sumergirlos en el agua hirviendo. Luego se le echó la sal, orégano, cebolla, recao y otros condimentos de lugar. Para la ocasión el periodo de espera pareció no tener fin, pues se acordó darle una hora como garantía de limpieza total. Olvidaba mencionar que en una olla aparte se pusieron a sancochar unos gajos de guineítos verdes conjuntamente con unas yautiítas. Mientras se le daba candela a los animalitos noté que sus cascos asumieron unos un color rosadito tirando a amarillo, otros eran color grisaceo y otros eran azulitos. Ese espectáculo de tanto colorido se me quedó grabado de manera imborrable y es verdaderamente emocionante dar “rewind” para revivir la ocasión.

Habiendo transcurrido el tiempo requerido, estuvieron de acuerdo en que ya deberían estar y se acordó hacer la prueba maestra que comprueba que el juey está listo para comer. Fue algo muy sencillo. Mi mamá fue al latón y extrajo varias patas de jueyes y las trajo hasta la mesa, lugar donde nos habíamos mantenido todos en vigilia anticipatoria de algo grande que estaba por ocurrir.

Por derecho de principiante, la primera patita me la dieron a mí con las debidas instrucciones. Pártela en tres. A la parte más grande, pícale con los dientes un pedacito de cada punta y luego chupa. Así fue que lo hice; al pie de la letra. Cuando chupé, extraje toda la carne de un sólo cantazo y el casco quedó vacío. Así lo anuncié a todos los presentes. Fue un momento de real euforia tal y como la llegada de un atleta triunfante a la meta que se desplaza hacia el lugar a reclamar su trofeo.

Así, como bólidos salieron Toña a apagar la candela, Mami con una olla vacía a sacar jueyes del latón y Cayo por su parte a botar el agua de la vianda para colocarla en un divino platón. Llegaron los jueyes, la vianda, el ajilimójili, cucharitas y tenedores y un juey en cada plato. La mesa se hizo chiquita. Edelmiro y yo continuamos con las patitas. Eso fue lo primero, por consejos de alguien del grupo. —“Hay que dejar que se enfríen un poco.”— Al ratito vi cuando Toña abrió el primero. Estaba amarillito. Cuando yo abrí el mío estaba verdoso y negruzco. Pregunté: —¿Y qué es lo que se come de esto?— La respuesta fue unánime: —cómete todo, menos los cascos.—

Cuando empecé a comer sentí un amargor y así lo hice saber. Como que no sentía el gusto bueno. Parece que mi mamá lo adivinó y me dijo: —Moja el guineo dentro del casco y después te lo comes y verás. Échale salsita con el platanito pintón. Sigue, sigue con las patitas.— Poco a poco se me fue pegando el sabor y a cada prueba el gusto era mejor.

Mientras tanto, todo en la mesa era un chupa que chupa. Eso era lo que yo oía, sumado a los macetazos que se daban sin piedad, directo a la mesa de construcción casera en tabla bruta, para romper las bocas y cuerpos. El latón de jueyes que yo hacía cuenta que era muchísimo resultó pequeño. Cayo alegó que no quería más, ya que una docena era suficiente, Edelmiro y yo nos comimos dos cada uno y el resto del latón se lo comieron entre Toña, una vecina de nombre Iris y mami. Ese primer holocausto de jueyes fue suficiente para quedar prendado de la exquisitez del delicado crustáceo.

Pasaron los años y mi hermano Edelmiro y yo desarrollamos una gran afición por la pesca de jueyes. De momento recuerdo dos experiencias que merecen mención. La primera trata de una expedición de pesca de jueyes que organizó Martin Porrata. Esa tarde, nos reunimos en la casa de Jova localizada en un callejoncito que cruzaba de la calle de Guayama hasta frente del negocio La Guagüita de Juilín Jiménez. Entre otros aspirantes a pescadores de jueyes estaban Martín Porrata, Felix Ortiz, Efrin Ramos, otros dos o tres que no recuerdo, y yo. Martín se pasó hablando desde la seis de la tarde hasta que oscureció del banquete que nos íbamos a dar con los muchos jueyes que habríamos de pescar y de la gran fiesta que se organizaría ese día.

Alrededor de las siete, Jova nos preparó unos tazones de café prieto pues la noche sería una muy larga y debíamos mantenernos despiertos y alertas y qué mejor para eso que un café negro bien cargado.

Es curioso recordar la parafernalia que conllevaba uniformarse de pescador de jueyes. Pantalón largo amarrado con hollejos de mata de plátano a la altura del tobillo para evitar los ciempiés y otros insectos rastreros, camisa de manga larga abrochada en el cuello para defensa del zancual pululante en el área, una gorra que llamaban “burra” que tapaba los oídos y el cuello, un machete amolao hasta el cabo que le decían “perrillo”, un saco de los que se usaban para envasar cien libras de arroz , unos “bueyes”, que eran unas botas de cuero indomable, que hicieron que miles y miles de puertorriqueños mutilaran su pies con los malditos callos que ocasionaban, y un jacho de gas kerosene para alumbrase el camino. Algunos usaban gabanes viejos utilizando los bolsillos para cargar jachos o mechones adicionales. Todos en la tropa estábamos vestidos a la usanza del estereotipo del jueyero.

Tan pronto oscureció, salimos por la Calle Guayama, directo hacia la Colonia Carmen en donde doblamos hacia el Barrio Playita. Atravesando por una pieza de caña, salimos bien arriba en ese barrio para enfilarnos hacia el caño. En cuestión de una hora ya estábamos en pleno territorio jueyero. Caminábamos en fila en los trillos y cuando el camino era ancho lo arropábamos de frente. Cada jueyero o aspirante a jueyero era responsable de mirar con minucia hacia su lado para no perder de detectar un ejemplar. No era noche de luna, la visibilidad era algo escasa y de ahí lo escurridizos que estaban los perseguidos animalitos.

Seguimos la peregrinación hasta llegar a la casa de Don Rejo, que era la única en todo ese sector y ni señas de juey alguno. Pareciera como si alguien misterioso, tal como ocurre hoy en los caseríos, les hubiera avisado que íbamos para el lugar a realizar una redada que los llevaría directo al cadalso. Según avanzaba la noche, la frustración crecía. Ni rastros de jueyes ni de jueyeros, sólo nuestra partida como almas en pena camino al Barrio las Mareas.

A alguien se le ocurrió afirmar que si no había jueyes en el Barrio Las Mareas era porque se habían movido hacia la Central Aguirre, al pasto de Montesoria o por la Hacienda Vieja. Sugirió cruzar por el Bosque de Aguirre y así lo hicimos. En cuestión de minutos nos encontramos perdidos, sin saber si íbamos hacia Aguirre, hacia el pueblo, hacia Las Mareas o hacia dónde carajo. Por el momento, la pesca de jueyes pasó a segundo plano y nos concentramos en rescatar la ruta o dirección. La verdad es que en ese momento nos dimos cuenta de que nadie sabía dónde estábamos ni que azimuto tomar. En un momento dado, llegamos a una quebrada y entonces tomamos la ruta del agua hacia el mar. Entre una cosa y otra habían pasado las horas.

Eran pasadas las doce de la noche, no habíamos pescado ni un solo juey y estábamos perdidos, pero esperanzados en llegar al mar. Una hora adicional nos encontró dando bandazos en la maleza, que no podía ser más espesa. Al final, salimos a un camino y para sorpresa de todos apareció la casa de Don Rejo. Habíamos estado caminando en círculos, por lo que estábamos en el mismo sitio.

Pasado el susto, reanudamos la pesca. Alguien gritó: —¡uuunnn Juuueeeeyyy!—Martín era el afortunado. Había encontrado el primer juey. —“De ahora en adelante es que van a empezar a salir de sus cuevas,”— dijo con aire optimista. Acercándose al grupo juey en mano, listo para echarlo al saco, lo mostró. Entonces Efrin gritó: —¡Ese es un juey barbú, esos no se comen.!— Félix Ortiz dijo: —“No lo suelten, que yo lo afeito y me lo como.”— Siguió la discusión y finalmente se incluyó en el saco como la primera captura.

Mientras tanto, el cansancio se empezó a apoderar de toda la tropa. La frustración crecía y al final se decretó el fracaso de la expedición, su terminación y el inicio del regreso al pueblo. Nunca jamás he sentido un cansancio más grande que el de aquella noche regresando al pueblo desde Las Mareas. Los caminos no tenían fin. Me pesaba la ropa, los pies eran como dos pedazos de plomo, me picaba todo el cuerpo, sentía una frialdad desconcertante pues estaba enchumbao. Realmente casi me estaba arrastrando. Los demás iban en condiciones similares. —“Una noche perdida y un solo juey y pelú, digo barbú— balbuceaba entre dientes, Martín” Y seguía —¿Qué le voy a decir a Jova mañana? Todos los planes se han ido al piso. La comelata de jueyes no va.”— Era una especie de Lamento Borincano pero asociado a los jueyes.

Cuando ya estaba a punto de desfallecer, Efrin indico con regocijo: —¡Estamos llegando, miren las luces del Garaje Lanausse!”— En efecto estábamos próximos al pueblo, sacando fuerzas, ya de madrugada llegamos a la calle de Guayama y ahí nos despedimos para cada cual dirigirse a sus casa y a meditar qué habría de inventar para minimizar los devastadores efecto de una fracasada noche de pesca de jueyes.

Caí rendido en la cama y desperté al otro día en la tarde. La primera noticia fue que me había venido a buscar Efrin para que fuera con él y los otros muchachos a una comelata de jueyes. No lo creí. Sin embargo, por si las moscas llegue hasta la casa de Jova y Elena. Cuál no fue mi sorpresa al encontrar un latón de jueyes hirviendo y guineítos y todo. Nunca había comido tantos jueyes y tan buenos.  Ello en parte porque sobraron algunos debido a que dos invitados a la comelata resultaron ser alérgicos a los jueyes ya qye su ingesta le provocaba piquiña en la garganta y le salían ronchas en todo el cuerpo.  Recordé entonces, en el correcto buen sentido, el cuento de mi primo segundo, el marino Roberto Serrant Santiago, cuando alegre decía:  —!Qué bueno que se marea, tenemos demasiado de hijoeputas a bordo!—

Acabado el banquete pregunté quien había conseguido los jueyes. Efrin, elegantemente contestó que los había pescado en la jueyera de mi hermano Edelmiro.

¿Cóoooooomoooooo? Al llegar a casa, mi hermano Edelmiro estaba rabiando porque le habían robado unos jueyes y él decía que había sido yo. Nunca se lo acepté. Han pasado cincuenta y cuatro años y el otro día cuando visité a Edelmiro en su oficina de abogado, volvió por enésima vez a reclamarme y a increparme, alegando que yo le robé esos jueyes.

Me defendí lo mejor que pude diciéndole que los de ese día no fui yo pero el día de las cuatro docenas que me lleve para Aibonito con mis primo Cachy y nuestro hermano Fui, en ese caso era verdad pero que me considerara como un enfermo, simplemente un adicto a los jueyes.

No le costó otro remedio que reírse. Son cosas de jueyeros y él siempre fue un buen jueyero, un pescador de jueyes de verdad. Yo, simplemente un adicto.

La Tintorera / Edwin Ferrer

En el Conuco se escuchó un grito, uno de de esos que al rayar el sol anuncian la trama de la vida. Era parecido al de los pelicanos, que se arriman a las playas a pescar para sobrevivir. El negro Romualdo quien halaba soga, gritaba con fuerza.

— ¡Halen soga! ¡Halen soga! ¡Halen soga! Que el chinchorro se encalló.

pescadorPor la mañanita tiraban las redes de su esperanza, cuyo tejido hacia buche en la boca del arenal, para sostener a sus hijos con el pan de cada día; el regalo más preciado del mar.  Hubo políticos que les hablaron de libertad, pero juraban que eran más libres que los vientos del mar Caribe.  Su independencia descansaba en sus manos que estaban habituadas en las redes de su chinchorro.  Lo único que los podría atrapar en el sistema de la dependencia seria perder su propia malla hecha de cordoncillo.  Las que tejió Romualdo como una araña durante su juventud, atrapándolo en los encanto de la pesca.

—Ruma, regálame las muñamitas.  Pidió un niño escuálido con la piel curtida por el sol de Salinas.

—Llévatelas todas y toma también. Tirándole una picúa de aproximadamente pie y medio.

—Gracias, que dios te lo pague.

—Y  tú también.  Mañana me ayudarás a sacarles las algas al chinchorro. Exigió el pescador.

—Está bien.

Rolo se marchó y su madre lo esperaba subiéndose la mitad de la falda para cargar sus peces, en su canasta improvisada.

Un día, a eso de las cuatro de la mañana Romualdo salió en su yolita a tirar las redes como de costumbre. De pronto una gran ola resbalosa lo arrojó de su embarcación quedando atrapado en sus propias redes.  La gente se preguntaba:  ¿Cómo pudo ser posible que el negro pereciera siendo tremendo nadador?  La mar estaba tranquila.  Lo inusual aquel día fue el paso apresurado de una barcaza que transportaba petróleo desde Peñuelas hasta Aguirre, llamada “La Tintorera”.  Desde aquel día el mar del Arenal se marchitó y los chinchorros se secaron, perdiendo los pescadores su libertad por culpa de aquel monstruo de aceite.

Vocabulario

Picúa-Pez barracuda
Muñamitas-Peces pequeños para freír de color plateado.
Gallaretas -especie de pájaro que abunda en las costas del sur de Puerto Rico.
Chinchorro de buche-Red de pesca con un redondel en el medio donde quedan atrapados los peces.
©Edwin Ferrer 05/31/2009

El Jacho Centeno: un cuento basado en la leyenda playera / por Eileen Ocasio

Juan Antonio Centeno Martínez era un hombre humilde, de apenas unos treinta y siete años de edad; el cual el destino y los escasos recursos económicos lo forzaron a vivir en pobreza junto a su mujer y su hijo Carlitos. Su casa, ubicada en la playa de Salinas, estaba construida con retazos de tablas y planchas de cinc que algunos del barrio le regalaron. Su hogar, aunque humilde, era su más preciado templo. La mayoría de sus figuras decorativas, reparadas con pegamento, habían adornado las casas de los más afortunados del pueblo.

Juan Antoniyolao no sabía de letras ni números, pues dedicó su niñez a ayudar a sus padres aportando los centavos que ganaba brillando las botas de los soldados que bajaban al pueblo en busca de diversión. Ya cuando alcanzó la pubertad, su padre le enseñó el oficio de la pesca, pero al morir éste, Juan tuvo que encargarse de traer el pan para mantener a su madre y sus hermanos.


Un sábado en la mañana, mientr
as se disponía a vender el producto de la pesca de esa madrugada en una esquina de la Plaza del Mercado, fijó sus ojos en una muchacha de largos y ondulados cabellos negros, piel trigueña y de apenas unos quince años, que barría las colillas de cigarrillo dejadas sobre el áspero piso de cemento.

A Juan, a pesar de sus veintitrés años, apenas le sobraba tiempo para fijarse en mujeres. Pero esa mañana quedó hipnotizado por el rítmico vaivén de caderas armonizado con el movimiento hábil y diestro de los brazos que sujetaban aquella escoba. Se fijó en su vestido viejo, corto, algo ceñido, ajado por el sol y las frecuentes lavadas en el río. Pero sobre todo, en lo bien que a través de su transparencia se apreciaba el delicado cuerpo de aquella niña, a punto de ser una mujer. Juan clavó la mirada en las torneadas y femeninas piernas. En ese momento, como ráfaga de viento, una extraña y placentera sensación nunca antes sentida al contemplar a una mujer, corrió por sus venas.

Fantaseó por un segundo, pero éste placentero encuentro con su subconsciente fue interrumpido por la voz chillona de doña Panchita que le preguntaba si había tenido una buena pesca esa madrugada.


– ¿Qué se lleva hoy doña Panchita? – Preguntó Juan algo perturbado.


–Pues mi’jo dame siete arrayaitos que los quiero pa’ freirlos pal almuerzo con una *viandita por el lao — contestó Panchita.

Después de seleccionar el pedido de su cliente, Juan envolvió muy diestramente los peces en papel, y los colocó en su canasta, despidiendo apresuradamente a Pachita con una sonrisa forzada.

 
Regresó la mirada al sitio donde unos minutos atrás estaba la chica. Quería encontrarse de nuevo con aquél pensamiento que casi lo hace avergonzar ante la presencia de doña Panchita y a la misma vez buscar la oportunidad para conocerla. Sin embargo, para su desdicha, la muchacha ya había desaparecido del lugar, dejando solo en su mente el recuerdo de una doncella cuya inocencia había sido inadvertidamente profanada en la mente de aquél extraño.


Sintió una mezcla de angustia y rabia por haber perdido esa mañana la oportunidad de acercarse y preguntarle a la chica su nombre. Se reprochó una y otra vez haberse extasiado con pensamientos mundanos y dejar pasar quizás la única oportunidad de conocerla.

–La vida es así, un cajón lleno de ironías. Pensando en eso, recogió sus peces y demás pertenencias, y se marchó a su casa sonando las cinco monedas que doña Panchita le había pagado. Finalmente, las guardó celosamente en el bolsillo derecho de su pantalón.

Pasaron tres años, y la vida para Juan se hacía cada vez más difícil. Su hermano menor, ya tenía suficiente edad para ir a la escuela. Ese era su primordial deseo, que ellos se educaran ya que él nunca tuvo esa oportunidad.

Precisamente el día en que acudió a la escuela de la Playita a matricular a su hermanito se topó nuevamente con ella. En ese momento se propuso que aquella doncella sería algún día la madre de sus hijos. Esta vez no vaciló en acercarse, el destino le ofrecía una segunda oportunidad, y estaba decidido a no perderla.


–Oiga, señorita. Perdone ¿A onde tengo que ir pa’ matricular al nene? — dijo Juan con voz temblorosa, tratando de disfrazar su conocimiento con una máscara de ignorancia.

–Eh por allá — le respondió con una sonrisa

– Si quiere sígame pues yo también tengo que ir pá allá.

-¡Qué perfecta oportunidad! — pensó Juan, no puedo dejarla escapar.

Así entre preguntas y respuestas Juan y Mercedes se conocieron. Todas las tardes Juan buscaba una excusa para recoger a su hermano después de clase. Necesitaba ver a Mercedes, hablar con ella, mirarle a los ojos, y contemplar su belleza. Mercedes por otro lado, mostraba un cierto interés disimulado hacia Juan. Se percibía por la forma en que lo seguía con la mirada, en la forma especial en que le sonreía, en las largas conversaciones que ambos entablaban, queriendo cada uno así detener el tiempo como se detienen las manecillas de un viejo reloj, al cual alguien olvidó darle cuerda.

Llegó el día en que Juan no pudo aguantarse más. Esa tarde, alcanzó a Mercedes en el callejón que conduce a la escuelita. Y allí, declarándole su amor le pidió que fuera su novia. Ella no vaciló en darle el sí, pues Juan se había apoderado de su corazón, y también de sus pensamientos. Sin esperar un segundo mas, Juan la tomó de la cintura, acercó sus temblorosos labios a los de ella, y en un tierno, y prolongado beso, juró amarla para toda la vida.

Para Juan, en ese momento, se disipó el tiempo. El menudo cuerpo de Mercedes, acompañado de los fuertes latidos de su corazón, lo hicieron estremecer. Un año mas tarde le propuso matrimonio y se casaron.

Construyó Juan una casita en La Playa, y después de un año de casados Mercedes dio a luz su primer y único hijo varón, al que llamaron Carlos. El sustento de la familia provenía de la pesca, y de las *chiripitas que Juan hacía cuando alguien lo ocupaba.

Un sábado de madrugada, como de costumbre, cuando se preparaba para salir a pescar, su mujer le dijo:


– ¿Por qué no te quedas hoy? Sabes que el tiempo está un poco malo. Tengo miedo que algo malo te pase.

–Mercedes — respondió Juan tratando de calmar su intranquilidad, necesito ir, algo me dice que hoy va a haber buena pesca.

– Sabes que necesitamos el dinero para la leche del nene. Además no te preocupes, yo he salido a pescar otras veces con el tiempo más malo. Nada va a pasar, ya verás.

–Es más, para que te quedes tranquila me llevaré la cruz de madera que cuelga de la pared de la salita para que Dios me libre de todo peligro.


Diciendo esto se despidió de su esposa. Recogió algunas cosas, entre ellas su linterna, gas kerosene y algunos fósforos, los cuales metió en una bolsa. Seguidamente, descolgó la cruz de la pared, y tomo el camino que se dirige al mar.

temporalAl llegar a la orilla, la borrasca metía miedo. Por un instante dudo. Pensó si sería bueno lanzarse a la mar, recordó lo que Mercedes le había suplicado, pero también pensó en las necesidades de su hijo. Sin más demora montó todo en su yola y se dirigió a alta mar.

Mientras mas avanzaba, el oleaje se hacía más y más fuerte. Juan trataba inútilmente de estabilizar su pequeña embarcación. Como péndulo de reloj, todas sus cosas se movían de un lado a otro, en un descuido la linterna que lo alumbraba cayó al agua y de un solo bocado se la tragaron las olas.

Esa noche había luna nueva… ¿cómo, iba lograr llegar a tierra si había perdido su linterna? recordó los fósforos que tenía en el bolsillo y la cruz de madera que lo acompañaba en su viaje. Luchando contra el oleaje, abrió la lata de gas, remojó la cruz de madera con gas, y encendió la misma con un fósforo. A millas de distancia se pudo escuchar un estallido.

Juan fue encontrado a la mañana siguiente por unos pescadores, el mar había devuelto su cuerpo calcinado a la orilla de la playa. Sujetaba en su mano izquierda algo que semejaba una cruz de madera y en su rostro quedó petrificada la imagen grotesca del dolor, desesperación y el miedo.

Su alma fue sentenciada a cumplir una condena. Por haber quemado la cruz, no tenía derecho de descansar en paz, hasta encontrar todas las cenizas.


Por eso, en las noches de luna nueva, algunos pescadores salinenses afirman haber visto a Juan, a quién ellos le pusieron de apodo el Jacho Centeno, sujetando un pedazo de palo encendido en su mano izquierda. Desde entonces el espectro de un
pescador errante con hachón en mano deambula por la playa buscando las cenizas de una cruz quemada.

Si alguna vez lo ves, no temas, solo ora por su alma.

© Eileen Lebrón Ocasio de Ferrer

 

Arrayao – nombre de peces que abundan en el área
Viandita- variedad de raíces que se hierven acompañadas de otras verduras, y se aderezan con sal y aceite.
Chiripa- dinero que se gana haciendo trabajos simples