El Lienzo / por Roberto López

Al anochecer la fiesta se dio por concluida.  Atrapada por la observadora curiosidad de los pintores, Claricia tenía la mirada fija en Manolo el mesero.

Le siguió los pasos al verlo salir de la casona con el excedente de carne asada, camino hacia la desolada playa, donde los perros cansados y flacos descansaban en la vieja glorieta.

Los perros rodearon a Manolo y él los alimentó con la generosidad y ternura de San Roque.

Claricia quedó amelcochada y a toda prisa fue en busca de sus pinceles para dibujar aquella hermosa escena.

A su regreso ya las nubes habían cedido paso a luna llena y se tuvo que conformar con pintar el mundano paisaje de aquel humanoide velludo y con rabo bañándose en el mar.

Sin ningún desaliento, desde entonces y hasta el final de sus días alimentó y protegió a los perros desamparados.

©Roberto López

Llegó la Navidad

por Edwin Ferrer

 

perroscantando01Esta mañana me llevaron una parranda como diez perros satos. La mayoría de ellos cantaba frente a mi casa en notas altas y tenían las orejas semicaídas.

Uno era tuco y medio roncón, me imagino que hacia el bajo. El de mejor ladrido era uno flaco con la cola entre el prepucio que paraba el hocico mirando hacia el cielo anunciando los aires navideños.

Un niño que iba hacia la escuela me hizo reír cuando grito:

— ¡Canta como Mark Anthony!

Dos de ellos parecían gemelos excepto que uno de ellos no tenía dientes y cuando abría la boca se le salía la baba. A la jauría se añadieron dos más que parecían que estaban borrachos con pitorro y uno de ellos le dio un mordisco al tuco en la oreja y todos comenzaron a pelear.

Después que se separaron me di cuenta que Daisy, la sata de Maximina, estaba en celo debajo de mi camioneta… y se dañó la parranda.
© Kaminero

El sueño / Roberto Quiñones

gran-danes1Pocas veces sueño, pero cuando los tengo son de película.  La otra noche soñé que me encontraba en la Ciudad Perdida de mediados del siglo 20, cuando apenas  contaba con diez años de edad.  Durante ese viaje reviví tantos momentos gratos. Vi… al viandero Don Pulín  en su carreta repleta de viandas haciendo su recorrido diario por la barriada.  Observe a los nenes de Borinquen bañándose en la pluma pública que existía al final de la calle.  Me deleité escuchando la música de don Eusebio Rosa, el hombre orquesta del barrio, quien tocaba la guitarra, hacía sonar con la boca una armónica y con los pies controlaba  la percusión.

Pero el sueño se concentró en el perro de Dandy y Nelly, mis vecinos inmediatos. Era un perro de gran tamaño, mezcla de un Gran Danés con una perra sata del vecindario que en una noche de celo brincó la verja de la casa para disfrutar de su momento.

El perro de mis vecinos no solo intimidaba a los moradores del vecindario por su tamaño sino también por sus constantes ladridos que se oían hasta en la Plaza Las Delicias molestando con ellos la paz del día y la noche.

Al perro le llamaban Florencio y verdaderamente era un animal precioso pero no del agrado de los que allí vivían, ni de los merodeaban el lugar. Tal era el caso del deambulante Cacho que en ruta diaria a la barriada Borinquén pasaba por el lugar armado de una buena vara para su defensa personal.

En el vecindario se comentaba que el perro estaba poseído por un ser que reencarnó en este. Se decía que por obra maléfica la bruja del barrio le dio la facultad al animal de comportarse como el mismo diablo.  El supuesto ser que lo poseía era arrogante y se creía la última Coca-Cola del desierto. Por eso actuaba de forma irrespetuosa con todo el mundo  y por su tamaño y mezcla de raza se creía ser el dueño de la Ciudad Perdida, como todo un Gran Danés…

Pero todo tiene su final… Un día persiguiendo a Fifí, una perra callejera que también por allí se paseaba, esta compartió con el engreído Gran Danés un alimento que alguien proveyó enriquecido con una fuerte substancia llamaban “bola”.  Desde ese momento dejaron de oírse los terribles ladridos del que se creía ser un Gran Danés a pesar de llevar la sangre de una Chinga Puertorricencis…

 

©Roberto Quiñones

Tuco / por Edwin Ferrer

Perro tucoLas malas noticias tienen alas, vuelan desaforadas de lengua en lengua, hay cierta alegría en divulgarlas y así ocurrió con Tuco el de Pupo. Al sato no le gustaban las muertes repentinas, lo asustaban como una luz dramática de truenos y relámpagos. Hubiese sido feliz si el mundo no abrigase sarna, gusanos en el corazón, rabia y el parvo que les da a los perros cuando no los cuidan. Aunque cobarde, se veía saludable, dormía casi todo el día, era comelón y escupía de vez en cuando las hierbas de verdolaga para limpiar su estómago. Según Pupo nada podía causarle una muerte repentina.

Brutus era un Pitt Bull fornido como un toro criado en los arrabales del Bronx y Frankie, su dueño con tendencias políticas, lo decoraba con una cadena de oro muy gruesa. Tuco lloraba no ser inmortal y cada vez que pasaba el terrier frente a su casa escondía el pedacito de cola entre el prepucio y temblaba como los astros al caer la noche. Los ladridos del cabezón lo afligían y sentía la incertidumbre y la pavura de despertar en su boca triturado como el gofio. 

Una tarde, Daisy, la sata de Maximina, andaba en celo correteando por el malecón y toda la jauría la perseguía desenfrenados. Lo que no sabían era que Brutus había roto sus cadenas y quería ser parte de la conquista. Todos los satos al ver aquel quijudo animal comenzaron a huir y se perdieron en los cañaverales. Solo Tuco lo confrontó y con todo su nerviosismo se lanzó como un león a la batalla. Un solo mordisco fue el testigo de aquella tragedia y Tuco revertió su sueño. 

El Brutus terminó pegado y arrastró a Daisy de punta a punta por el malecón. Con el tiempo el pitbull murió famélico de una rara enfermedad en una institución de salud americana. Pupo echó de menos a su sato hasta que un día, un chillido de perritos que salía de un hueco del malecón lo despertó. Era Daisy con una docena de perritos tucos.  Una iguana con una cadena de oro y un símbolo de la Asociación “American Kennel” los escoltaba.

 

©Edwin Ferrer

Tribilín / Edwin Ferrer

perrosarnoso

 

Si fue un sato innecesario, no sé ni quiero saber, si de aquella sarna enrojecida  no quedó una huella bajo el puente, si se durmió bajo un banco de la plaza no supe; tampoco sabré. Yo vi el resplandor de su cola pinta dejando caer gotas infinitas en los arbustos y merodeando zafacones. Solo soñaba con longanizas extranjeras. Sus ladridos se habían deteriorado que no llegaban de su hocico a su garganta, ya era muy tarde, solo su amo ladraba con más fuerza cuando ganaron las elecciones.

©Edwin Ferrer.

La sata de Maximina / Edwin Ferrer

Era de madrugada y el barrio Borinquen lentamente volvía a la vida. Las garzas surcaba el cielo y el aroma del café despertaba con la mañana. En los cañaverales de la Isidora se comenzaban a escuchar a los picadores de caña que quitándose su modorra, afilaban sus machetes para ganarse el pan de cada día.

perro negroEn el malecón la mañana fue abruptamente interrumpida porque la sata de Maximina quedo pegada a Negro, el sato de don Pupo. Faltaba poco para las once, cuando a los satos los rodearon Gilbert, Papo, Kaminero, Güisin, Tito, Colorao, Servando, y los guares que entre gritos y risas maliciosas corrían tras los animales, cuando Jalata hizo un gran círculo con carbón bajo las escaleras del malecón y puso los perros en el medio para apostar quien halaba más.

— ¡Apuesto un mabí a negro!—Grito Güisin casi ahogado del cansancio.

—¡Pago! Yo voy a la sata de Maximina.—Convino Papo Estefanía que estaba igual de cansado.

Como alma que lleva el diablo la excitada pareja canina se cruzó con Petra B que entre gritos, pedradas y su bastón trató de alejarlos. Desde el balcón de doña Fermina, Putuca se reía a carcajadas al ver la escena mientras Padillón, que ese día se había bebido media caneca de pitorro, alzaba la botella en alto y reía tan fuerte que se le cayó su falsa dentadura.

Los perros pegados se concentraron en la esquina de la tienda de don Gero y comenzaron a halar. Entre mordiscos y quejidos las apuestas comenzaron a aumentar desde el bar de dona Sixta, que tenia la vellonera encendida con la música de Peñaranda. Todos los espectadores tomaban a su preferido mientras la sata arrastró al negro dentro de la tienda de don Gero.

— ¡Ganó la sata!

—No. ¡Eso es trampa!

En ese mismo momento Güisin y Papo comenzaron a pelear por la caneca de mabí y don Gero molesto, con un palo de escoba, trató de separar a los perros. La pobre sata perdió su fuerza y arrastrada por Negro aullando de dolor, se perdió en el pasto del indio. Los muchachos asustados se escondieron en la maleza del Río Niguas. Cuando dieron la cuatro de la tarde todo se detuvo y los picadores de caña hacían fila para bañarse en el sifón del lago de Valé para luego regresar a Borinquen.

Días después encontraron a la sata muerta entre los cañaverales a la misma vez en que murió la zafra. Desde ese día no hubo más despelotes en el malecón, el lago de Valé se secó, los sifones no botaban agua y un aullido de perros satos anunciaba la aurora dentro del engrandecido cementerio de la Isidora.

©Edwin Ferrer 11/27/10

Observación / María del Carmen Guzmán

 
 Tengo un gato masoquista y una perra  abusadora. Ella lo vio nacer,  de la barriga de su madre lo secuestra. Acostada sobre  la hierba, le deposita cerca de su vientre infértil. Lo crió como si su hijo fuera. El, la adiestró en el arte de cazar lagartos, gallinas de palo, o cuanta sabandija encuentra, que el,  gustosamente devora. Cuando ella quiere jugar, se escucha el lamentable quejido del pobre infeliz felino, quien lleva en su cuello las marcas de los colmillos de esa canina malvada. A las gatas que se acercan, ella las echa fuera. Pero a la hora de dormir la busca, necesita el calor de la  infame. Los observo y concluyo que en esta relación amorosa turbulenta, es mejor que nadie intervenga.
 
©María del Carmen Guzmán
 

Rebelde

Por Edwin Ferrer

Una mujer preñada y sin dientes que se chupaba la semilla de un mango aseguró que había muerto de combustión espontánea. Un policía con los ojos rojizos y la correa escondida bajo el ombligo andaba buscando testigos. La calle estaba repleta de gente anonadada.

—Creo que el carro de Ciclón tenía sangre en el parachoques. —testificó un billetero.

—A él  le daban mareos por la sarna. —musitó el vecino.

—A mí que no me pregunten, aunque creo que fue de SIDA. —dijo su mejor amigo.

—! Ah! Eso fue que le echaron bolas. Por eso explotó. —aseguró el fiscal.

Cuando lo voltearon tenía en su muslo izquierdo una aguja con la ampolleta llena de heroína. Entonces todos comenzaron a murmurar.

—Tan bueno que era, aunque se robaba las salchichas de la alacena.

— Me mató una gallina, pero era mansito.

Un escritor que repartía cuentos arrojó los papeles en una zanja y dijo:

—Hay que acabar con el abuso contra los animales.

Luego montaron a Rebelde en la perrera y se lo llevaron al cementerio de mascotas.

© Edwin Ferrer

Perro negro en Toledo / por David Arce

Toledo es una ciudad que parece transportada de la antigüedad a la era moderna. Tiene sus calles muy estrechas y empedradas. Los edificios muy altos, la mayoría reconstruidos, que en esta corta época de otoño, en que la mayoría de árboles y plantas se apresuran a deshojarse, permiten pasar los rayos solares de una manera muy peculiar. El Alcázar, destruido casi completamente durante la Guerra Civil, sigue imponente como símbolo de poder y de arte. El resto de edificios antiguos se ha convertido en tiendas de espadas antiguas y modernas, artesanía de oro en filigrana, reproducciones de guerreros medievales tamaño natural y con toda la armadura puesta. Además pululan por doquier los restaurantes y cervecerías con Internet incluido.

Apenas al llegar a Madrid me dieron una serie de recomendaciones; entre ellas, me repitieron varias veces, por ningún motivo te acerques a las gitanas, te leen la mano pero te esculcan los bolsillos. Yo no tenía miedo porque andaba sin un céntimo.

Al llegar a Toledo me quedé impresionado por la variedad racial y de idiomas. Entré a la primera pastelería donde vi unos churros riquísimos a través de la vitrina y, venciendo mi timidez, les pedí si podía trabajar durante el otoño a cambio de comida y un lugar donde dormir, que no les haría estorbo.

Y el primer día que llegué a Toledo ya tenía trabajo y la barriga llena. A las dos de la tarde en punto, ante mi asombro, me dijeron, ayúdame a cerrar la puerta que volveremos a abrir a las cinco; tienes tres horas para que pasees.

Y desde allí empecé a caminar y a tomar fotos de la ciudad con la cámara que me prestó Eva. Cruzaba el puente y tenía el tiempo suficiente para subir el cerro de enfrente, donde me sentaba a tomar fotos panorámicas.

Una tarde, caminando distraído, con la cámara encendida en la mano, doblando una esquina, unos ladridos retumbaron en mis oídos. Sobre una verja se asomaban dos ojos amarillos, un hocico y dos patas negras. Le tiré dos magdalenas, unos bizcochuelos que llevaba en los bolsillos, y me alejé apurando el paso pensando en la hermosa foto jamás tomada. Más allá, una gitana fumaba nerviosamente un cigarrillo.

Las demás tardes me dediqué a pasar por el mismo sitio con la secreta esperanza de tomarle una foto al perro negro. Las primeras veces me asustaba con su ladrido atronador. Luego se calmaba cuando le tiraba las dos magdalenas. La gitana seguía fumando sin atreverse a acercarse, tal vez por mi mala cara.

Después de una semana parecía que había un pacto entre el perro negro y yo: a la hora fijada le daba las magdalenas y sin ladrarme me permitía acariciarle la cabeza y mirarle de frente sus ojos amarillos. Pero la foto soñada nunca pude tomársela. La gitana con sus numerosas pulseras y collares me miraba de reojo sin decirme nada mientras aspiraba de su cigarrillo negro.

El dueño de la pastelería me encargó llevar unos panecillos especiales a unos personajes recién llegados, por lo que dejé de visitar al perro negro durante una semana.

Luego volví a pasar por el mismo sitio, pero ya no estaban ni el ladrido atronador, ni sus enormes patas ni sus ojos amarillos. Solamente la gitana, que con los ojos enrojecidos seguía fumando nerviosamente. Al verme se abalanzó sobre mí, llorando y repitiendo muchas veces: yo sé que usted la quería, yo se que usted la quería. Y me inundaba con su vaho mezclado de alcohol y tabaco. Yo aferraba fuertemente la cámara dentro de mi bolsillo. Sígame por favor, me dijo, y yo como un autómata la seguí por las estrechas calles de Toledo sin saber adónde me estaba llevando. Quiero hacerle un regalo porque tal vez nunca más lo vuelva a ver; mi vida corre peligro.

La mataron con mi propia espada de Santiago, me dijo sollozando. Tome, es para usted, me dijo cuando llegamos a una especie de tienda de astrología con cartas, sahumerios y frascos y piedras de colores. Mírela, la degollaron y arrojaron su cabeza delante de mi puerta, me dijo señalándome un gran frasco con la cabeza de la perra negra y sus ojos todavía amarillentos. Tome esta espada de Santiago y llévela con usted, a mí ya no me puede proteger; usted es el elegido. Solamente coloque la espada debajo del colchón donde siempre duerme. Salí con el corazón destrozado arrastrando la espada. A la semana me enteré de que la pobre gitana había muerto quemada en su propia casa. Al parecer un cortocircuito provocó un incendio y no tuvo tiempo para salvarse.

Regresé al Perú con la espada, me casé y tengo tres hijos. Y a veces, como en esta tarde, por ejemplo, saco con nostalgia la espada y la limpio cuidadosamente mientras tomo un té. Y recién ahora, mientras el menor de mis hijos está gateando, me doy cuenta de que junto a la empuñadura dos ojos amarillos me miran tiernamente.

©David Arce

Libertad / Edwin Ferrer

Un leñero sexagenario  que vivía solo en una pocilga salió a caminar por el pueblo y notó  que al viejo cuartel militar lo habían convertido en una casa de adopción para  animales. Curioso entró al establecimiento donde albergaban  perros  de todas las razas. Un veterinario le preguntó:

— ¿En que lo puedo ayudar?

—Me siento  solo y  me gustaría adoptar una mascota. —contestó impacientemente.

Los  ladridos de cientos de perros lo estaban volviendo loco.  Recorrió los pasillos hasta postrarse frente a una jaula en la que dormitaba un escuálido, maltratado y ensangrentado  animal, color rojizo, azul y blanco con una estrella en la frente.

— ¿Por qué  no ladras?—le pregunta al can.

Con la mirada afligida y a penas moviendo la cola  le contestó:

—Ladré toda mi vida hasta que llegué a casa blanca y allí me cayeron a palos.

— ¡Ya se!—Te adoptaré  y te llamaré  Libertad.

Esa misma tarde, antes de llegar a su casa, el viejito compró una hamburguesa doble  en Burger  King y le dio la mitad a su nuevo amigo.  Al caer la noche se oyeron ladridos de rabia y agonía. Temprano de madrugada el leñero se tropezó con una figura alargada y tiesa con una estrella apagada botando una espuma blanca parecida a la crema de afeitar.

©Edwin Ferrer

La jauría / Edwin Ferrer

   Correteaban de monte en monte dejando su paso marcado. Sus orines se derramaron desde lo alto hasta el valle. Toda la flora se secó y la jauría seguía esparciendo su veneno por toda la cordillera. Los lagos  se llenaron de espinas de bacalao, huesos de carne de res y una cruz arrastrada por la manada de  invasores que querían devorar al país. La soberbia del alfa[1] emanaba de su boca  como espuma contagiosa que manchaba los rostros de los demás perros al menear sus colitas.

— ¿Qué rayos sucede?

—Aquí hay muchos casquillos.

— ¿Estarán comiéndose el plomo? —Preguntó Pello el cojo.

—Creo que están marcando el terreno para hacer de las suyas.— Contestó Jagüey.

   Pello  agarró el cacharro y comenzó a tocarlo al compás de una danza. Cuando terminó “Mis Amores” se escuchó un aullido lúgubre y profundo desde la cima.  Poco a poco  bajaron las cuestas los caninos petrificados en los bonetes de camiones “Mack” y una maquina “Caterpillar” arrastraba al alfa porque le echaron “bolas” en las Tetas de Cayey.

©Edwin Ferrer 11/26/2009


[1] Alfa: jefe de la jauría y macho dominante.

Lamidos de Amor / Marinín Torregrosa Sánchez

Luni creció en el vecindario correteando por los patios y marcando territorio en cada jardín ajeno.  Su color negro azabache le permitía confundirse con la noche y salir entre los arbustos ladrando sorpresivamente, asustando a cualquier visitante del lugar, juguetón e inquieto. No se salvaba ropa en tendederos, chancletas o alfombras en su recorrido. Todo lo atrapaba entre sus colmillos, lo sacudía, lo tiraba, lo empujaba con el hocico y lo volvía a masticar. ¡Cuántas camisas, pelotas y zapatos llevó a mi puerta!  Con la basura era otro tormento. Vaciaba los zafacones y hacía estragos por toda la calle.  Sus dueños ya no sabían qué cara dar.

Si bien es cierto que nos traía a todos de cabeza, también tengo que reconocer que en mis días de ocio y esparcimiento, o en mis largos sueños en la hamaca, era él como duende con cascabel agitando su colita y lamiendo mis pies quien escribía en mi agenda vacía.

Poco a poco Luni se fue educando y acostumbrando al vecindario, o tal vez fuimos nosotros los que nos educamos y acostumbramos a él.  Con un fuerte ladrido me llama todas las mañanas a la misma hora para caminar. Ese paseo matutino lo hacemos juntos cuando el rocío baña las rosas y los zumbadores vuelan el jardín, con el sol radiante o con nubes compungidas a punto de estallar en un llanto de lluvia. La brisa lisonjera muchas veces vuela mi sombrero. Luni cortésmente me lo regresa sin interrumpir mis plegarias, las que voy recitando a lo largo del camino.

Saludamos al señor que toma café en su balcón, a la señora que barre la acera, vemos los chicos en uniforme partir a la escuela, la madre malhumorada, la muchacha bonita que siempre está hablando por su celular.  Los perros de la casa azul en la esquina salen a nuestro paso siempre furiosos. Tras la verja quedan allí hasta el día siguiente.

Luni tiene porte de caballero, tiene estilo, clase. Infunde respeto con su sola presencia, con su mirada inquisitiva intimida a los vendedores. En una ocasión al llegar a casa, Luni corrió a recibirme, como acostumbraba, de un brinco colocó sus patas delanteras en mi pecho. Caí sentada en la grama mientras me lamía la cara.

De repente se retiró y mirando hacia la calle lanzó un sonoro ladrido. Me percaté entonces que había un extraño observándonos.

—¡No, no!  No voy a hacerle nada.— dijo el hombre que cortaba los árboles del parquecito.

Luni gruñó, mostrando sus colmillos. Lo interpreté como un “¡Hum! Por si acaso.

Moviendo su cola me llevó hasta la puerta de mi casa y esperó hasta que me dejó encerrada.

Una mañana, cuando acudí a su llamado lo encontré acompañado. A su lado permanecía, como quien espera aprobación, una perra blanca de manchas negras. Lucía su mismo porte y una cara bonita (así la vi yo). Humilde y tímida bajó su cabeza como muchacha abochornada que se va con el novio.  ¡Vino a presentarme su novia!  ¡Qué delicadeza la suya de tomarme en cuenta!  Me enteré por los dueños de Luni que Manchita, así la llamaron, apareció en el parque. Alguien la dejó y nadie la procuró.

—-¡Dios! Ahora tendré que caminar con los dos— pensé.

No fue así. Manchita lo acompaña todos los días a la puerta de mi cocina.  Se despide en la acera, donde se queda hasta que regresamos de nuestro paseo. Allí con la mirada triste puesta en el horizonte, sabrá Dios los temores que encierra y que le asoman lágrimas a sus ojos de carbón. A nuestra llegada, hay que ver cómo se contorsiona en movimientos sensuales de colita y esos apapachos de hocico con los que prodiga a Luni al recibirlo. Ya más tranquilos, comparten unas salchichas que les doy porque no les gustan las galletitas de perro.

Luni vuelve a lamer mis piernas. Con mis dedos peino su lomo, tomo su hocico entre mis manos y leo esos ojos café que me cuentan de sus sueños o los míos, no sé.  Sólo sé que el tiempo pasa, que la vida es una, que los niños crecen y que el día de ayer no vuelve.

©Marinín Torregrosa Sánchez