Libros: La casa de los cachorros, de David Arce

por Miguel Garnett

Cuando se lee una novela, no siempre se presta mayor atención al epígrafe o a las palabras de la dedicatoria, y, en el caso de esta novela de David Arce, eso es fatal. El poema que constituye el meollo de la dedicatoria habla de Macondo y es a través de la lupa del realismo-mágico simbolizado por aquel pueblo creado por Gabriel García Márquez que se debe leer esta obra ubicada en Chulucanas y sus alrededores. La novela de David Arce ofrece un espejismo y una fantasía a veces de jolgorio o de gracia, y a veces de un ambiente lúgubre. Este último se encuentra simbolizado casi al principio con la muerte del Negro Otero que se colgó del badajo de la campana mayor de la catedral, y “Ese día las chirocas no cantaron”. Una escena graciosa se encuentra cuando la dueña del prostíbulo llama a Carmelo Seminario en pleno acto de amor, anunciando que le busca un chico guapísimo que dice que es su hijo: “Es urgente, don Carmelo”. Él contesta: “Carajo! Uno no puede estar tranquilo en ninguna parte sin que lo jodan!” El chico luego le informa que lo ha buscado por todas partes, y “Vengo a decirte que la abuela Mercedes acaba de fallecer.” Así, los goces de la vida y las sombras de la muerte se encuentran.

La novela tiene una estructura especial y consiste de una serie de viñetas. En cada una de estas hay una pequeña historia en torno de uno u otro de los personajes que llenan las páginas de la obra. Mayormente son personajes pintorescos como vemos en el relato del nacimiento de Domingo Seminario que se encuentra cerca del principio de la novela. Él es hijo de un tramposo vendedor de cebo de culebras y Doralisa Seminario. Ella da a luz sin la ayuda de nadie y su hermana la encuentra con el hijo “envuelto como un tamal y chupando la teta como un bendito”. A los 16 años, Domingo provoca un gran escándalo porque roba a María Candela, una mujer mucho mayor que él. Sus amoríos son fuente de bastante chisme, y hasta de sermones de parte del cura, aunque más tarde vemos que este señor no es tan santo que digamos. Domingo muere salvando a cuatro niños de ser ahogados en el río Ñácara, son los cuatro cachorros y son ellos que dan el nombre a la casa que Domingo había estado construyendo con María Candela. Pasan seis años y María Candela convierte la casa en un prostíbulo después de la llegada de uno de los cachorros que le dice: “He venido a dormir contigo”. Él tiene solo 14 años y ella “solo sentía la firmeza y los latidos de aquel miembro formidable”. Una escena en el prostíbulo hace recordar otra parecida en la novela “No se lo digas a nadie” de Jaime Bayly; sucede que Carmelo Seminario quiere iniciar a su hijo, Jorge, en “los escarceos del amor”. “Jorge, asustado, miró a todas las chicas de todas las razas y no supo a quién escoger. María Candela lo tomó cariñosamente de la mano y lo llevó a su habitación, mientras el padre acariciaba a la Pepa Rengifo. ‘¿Por qué será tan cojudo este huevón? Con tantas pichoncitas escoge la más vieja’.” María Candela no delata a Jorge a su padre por su incapacidad de cumplir sexualmente como hombre y, en agradecimiento, Jorge lleva a sus compañeros del colegio militar, así que “con tanto cadete como cliente, el nombre de la Casa de los Cachorros adquirió mayor fama”.

Un prostíbulo es un buen espejo del mundo o aún se puede decir que es “el gran teatro del mundo”. La dueña es casi siempre una persona formidable en todo sentido de la palabra; y así es María Candela. Las chicas que trabajan allí ofrecen un abanico de la condición de la mujer desde las pobres esclavas sexuales explotadas por gente despiadada e involucrada al fondo en el horrendo trato de personas, hasta las chicas elegantes que gozan de su profesión y ganan buen dinero. De los clientes ni se diga. Literalmente acude todo el mundo, ricos y pobres, gordos y flacos, hombres sin problemas y hombres desesperados, hombres buenos y hombres malos, hombres cariñosos y hombres abusivos, jóvenes ya experimentados y jóvenes tímidos. Probablemente la novela más famosa que utiliza este escenario es “Nana” de Emile Zola. Zola fue el primer escritor “naturalista” –una corriente literaria dedicada a retratar la verdad de la vida humana, cueste lo que cuesta. Zola lo hizo con una honestidad excepcional retratando la corrupción y la decadencia del imperio de Napoleón III. En “La Casa de los Cachorros” David Arce retrata el Perú que es un país de profundos contrastes de gozo y de tristeza, de riqueza y de pobreza, de piedad y de hipocresía, de humor chispeante y de pomposidad aburridísima, y su obra, aunque marcadamente diferente, encuentra un vínculo con “La Casa Verde” y “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa, con sus respectivos caleidoscopios de todas las sangres.

Precisamente porque “La Casa de los Cachorros” es escrita como una serie de viñetas es un libro que se lee con facilidad. Se puede leer una viñeta, releerla, saborearla y meditarla si quiera. Con frecuencia se considera que una novela sea buena, cuando el lector se encuentra tan atrapado que tiene que seguir leyendo; y cuando llega al fin de un capítulo le urge comenzar el próximo. “La Casa de los Cachorros” no es así. Permite otro ritmo de lectura. Como ya he dicho, cada viñeta provoca no sólo una lectura sino un repase, y aún se puede decir que después de leer varias viñetas el lector se encuentra impulsado a volver hacia atrás para captar de nuevo lo que hace o dice tal o cual personaje, y gozar de los contrastes que David Arce nos ofrece. Por ejemplo, el nuevo maestro, Manuel María es un “blanquiñoso recién llegado de Lima que pedía las cosas, modulando siempre la voz, pidiendo por favor, nunca se le escuchó un carajo, ninguna mierda, nada, ni una sola lisura”. Pero lisuras hay cuando el gay, Siete Leches Madeleine, pelea con Ciro (con seis nombres más) Cherres Pacherres, que es un peleador temido. Ciro le dice: “maricón de mierda, no te metas en asunto de marido y mujer” –es que Siete Leches busca bronca a Ciro porque lo ha escuchado gritar y pegar a su mujer, Aurora Canales, que es lisiada. Siete Leches da a Ciro la paliza de su vida, y cuando Aurora se molesta con su defensor, este reacciona diciendo: “¡Qué mujer para cojuda, la defienden y todavía se molesta!”

En total, son 47 viñetas. 47 mini-historias que se relacionan y entretienen al lector, que muy bien pueda acompañar su lectura con un buen trago para lubricar el gozo que provoca este libro.

©Miguel Garnett,

Cajamarca, abril de 2019