Ricki Martínez habla para Encuentro…al Sur

Ricky Martínez, el director musical de Los Panderos de Salinas, accedió a ser entrevistado por Encuentro… Al Sur sobre su trayectoria musical.   Se trata de una conversación guiada que iremos presentando por partes a nuestros lectores.  Nos motiva realzar los méritos de los salinenses que de una forma u otra realizan con entusiasmo su proyecto de vida y dejan huellas cultivando sus talentos.

La Banda de la Universidad de Puerto Rico o Banda del R.O.T.C. / Dante A. Rodríguez Sosa

Dedicado a Roberto Quiñones en el ejercicio del derecho a refrescarnos la memoria para combatir al Alzheimer.

La Banda del R.O.T.C. o Banda de la Universidad de Puerto Rico como se le llamaba, dependiendo del evento en que estuviera participando, era una institución que recogía y representaba todo el orgullo y sentido de pertenencia estudiantil al Alma Mater que era nuestra casa de estudios, la UPI. Esta organización conjuntamente con el Coro de la Universidad son dos símbolos valiosos que perduran en el recuerdo como tesoros de incalculable aprecio, de lo cual puedo dar fe, ahora que Roberto me insta a abrir el cofre.

En julio de 1957, nuestro Alcalde, Hon. Víctor Figueroa, estableció las bases para la fundación de la actual Banda Municipal de Salinas. El Alcalde siempre mantuvo una relación muy especial con la gente de Santa Isabel y trajo desde allá mucho talento para que le ayudaran a desarrollar áreas como las deportiva y cultural.

Así fue como convenció al profesor de música Don Demetrio Rodríguez para que viniera a Salinas a ocupar una plaza como empleado municipal a cargo de la Banda de Música Municipal, la cual tendría a su cargo fundar. La idea de una biblioteca municipal iba de la mano de la banda municipal y para ambas creó una sede que estaba localizada en un edificio del municipio que luego se vendió y hoy día lo ocupa Salicoop.

En el segundo piso de ese edificio se escucharon por primera vez los sonidos de los instrumentos de percusión y de viento proporcionados por el municipio. Eso ocurrió la segunda semana del mes de agosto de 1957 luego de que Don Demetrio, en un recorrido que hizo por los salones de la Escuela Luis Muñoz Rivera, lograra reclutar los estudiantes interesados y que él estimó podían salir adelante.

Su alto sentido de selectividad para identificar al vuelo potenciales talentos musicales quedó demostrado y basta para muestra mencionar a Heriberto Santiago, Antonio (Tito) Vázquez Ponce, trombonista que ha acompañado a Ricky Martín en sus recorridos internacionales y su hermano Víctor quien tambien es un trombonista muy sobresaliente, ambos hijos de Angélica Ponce y Tito Vázquez.

Algunos de los integrantes de aquella primera Banda Municipal que de momento recuerdo son entre otros, doctor Neftalí Rodríguez Amadeo, clarinetista, Luis Antonio Colón Rodríguez, saxofón alto, Harry Colón, trompetista y Carlitos López, quien se desarrolló como un extraordinario trompetista y guitarrista.

Don Demetrio me asignó a mí el saxofón barítono. El primer día de clase comenzó repartiendo unos papeles con una pieza musical sin ni siquiera haber comenzado con la teoría. Comenzó: —“Le he asegurado al Alcalde que no tiene que contratar músicos para tocar la diana de las Fiestas Patronales. Ustedes la van a tocar.”— Procedió a con la repartición de los instrumentos, que todavía estaban en sus cajas, nuevecitos. De inmediato definió lo que es música, en qué consiste la escala musical, qué es un pentagrama, cómo se llaman las notas que están en las líneas o en los espacios, qué son sostenidos y qué son bemoles. De ahí pasó a requerir “Soplen fuerte, dije que fuerte corazóóóón.” Uno por uno recibieron la lección de técnica y sus consabidos regaños.

Lo cierto es que en dos semanas estuvimos listos y en las Fiestas Patronales de 1957 por primera vez debutó la Banda Municipal interpretando la Diana. Nadie lo podía creer. Se oía precioso, caminábamos todo el pueblo a pie y nos sentíamos muy orgullosos.

Lamentablemente, sólo pude estar en la Banda por dos meses debido a que ocupaba el cargo de Presidente de la Clase Graduanda de Cuarto Año, había estado fuera de la escuela el año anterior y como desertor escolar estaba atrasado. Al tener aspiraciones de llegar a la Universidad de Puerto Rico, me vi en la obligación de enfocar la mayoría de mi tiempo en aprobar con buenas calificaciones mis asignaturas y de estudiar materias que cubriría el examen de ingreso para la universidad, además de otras asignaturas que yo tomaría mucho después de ese examen, en el verano de 1958. Esas fueron, Inglés 12 y Geometría del plano.

El tiempo pasó rápido. Tomé el examen de la universidad en marzo o abril de 1958 y lo pasé con un percentil bien alto. Mi graduación de cuarto año fue un evento inolvidable. La dedicamos a resaltar nuestra cultura y nuestras tradiciones. La canción de la clase fue la danza Mis Amores, del guayamés Don Simón Madera. Mi compadre Luis A. Colón y yo cantamos la canción Ansias Locas, simulando una serenata y en la ventana se encontraba la preciosa Milagros Nieves. Cabe señalar que la letra y música de esa canción nos la enseñó a cantar a mi compadre y a mí, nada más y nada menos que el gran Julín Jiménez. El baile de graduación se celebró en los amplios y elegantes salones del Bocamar y lo amenizó la Orquesta de Carlos López de Mayagüez, que estaba entonces de moda.

En julio de 1958, recibí la tan ansiada carta de la Universidad de Puerto Rico, respondiendo a mi solicitud de ingreso. La contestación fue lo soñado y esperado: aceptación y beca.

El lunes 19 de agosto de 1958 me presenté por primera vez a clase en la Universidad de Puerto Rico. Fue un verdadero honor y un privilegio.

Estoy seguro que Roberto por su parte puede hablar lo mismo respecto de su experiencia, pues todos éramos jóvenes procedentes de familias de muy limitados recursos económicos pero soñadores de esperanzas de vida buena y afortunadamente teníamos el respaldo de un Luis Muñoz Marín, entonces gobernador de Puerto Rico.

Para esa época el R.O.T.C. era una asignatura obligatoria y nadie podía graduarse de la universidad sin aprobar esos cursos. Eran ocho créditos, cuatro semestres completos. Además de los cursos de teoría militar, se requería participar todos los martes y jueves de 5:00 a 6:00 PM en ejercicios marciales de marchas y caminatas dentro del campus de la Universidad. Nos uniformábamos de forma impecable, pues lo primero que se hacía era una inspección. El uniforme era una tela kaki sumamente calurosa y había que marchar con el rifle M-1, que era el arma básica del ejército en aquellos tiempos.

Los cursos de R.O.T.C. eran un lastre, porque nadie consideraba una buena idea meterse al ejército, salvo contadas excepciones como es el caso del amigo Eurípides Rubio, quien murió heroicamente en la Guerra de Vietnam. Acción por la cual fue condecorado con la Medalla de Honor de los Estados Unidos.

Tratando de sobrellevar de la manera más fácil la pesada y obligatoria carga militar se me ocurrió la ilusoria idea de que yo podía intentar ingresar a la Banda de la Universidad.  Fue así que al momento de matricularme en el dichoso curso militar señalé que yo tocaba saxofón barítono.

El martes 19 de agosto de1958 me presenté al lugar donde se reunía la banda, que era detrás del edificio del R.O.T.C. , un área boscosa, fresca, de mucha sombra, en fin, una delicia, comparada con el soleado campus donde se reunían los portadores de los rifles.

Allí pude distinguir la presencia de un hombre de baja estatura, cinco pies o menos, piel bronceada, aspecto gentil y carácter apacible. Resultó ser Don Rafael Alers, director de la orquesta que llevaba su nombre, compositor de la famosa danza Violeta y miembro ejecutante de la Orquesta del Festival Casals.

Me le acerqué, me identifiqué y le mencioné que yo era saxofonista y que tocaba barítono. Él, con una expresión de pena, me informó que lamentablemente todos los saxofones ya habían sido copados. Mi cara de frustración tiene que haber chocado con su sentido musical, el mismo que tenía Don Demetrio Rodríguez para identificar personas con algún grado de sentido musical. Entonces seguidamente me preguntó:— ¿Usted toca piano?— Sin vacilación de clase alguna le contesté: —Sí.— Dice entonces Don Rafael: —venga para acá.—

Entonces me llevó al almacén de los instrumentos y señaló hacia un instrumento que estaba enganchado en lo alto de los tablilleros y el cual sólo había visto en películas de guerra. Seguidamente me dice Don Rafael: —¿Usted ve esa Lira de Campana que está allá arriba?—

Le contesté sin titubear: —“Pues claro que la veo”.—Pero la realidad es que en ese momento fue que supe que ese instrumento se llamaba Lira de Campana.

Prosigue Don Rafael: —Hace seis años que no viene un estudiante que sepa tocarla, usted es el primero.—

—Venga el jueves que la voy a rectificar y a limpiar para tenérsela lista. Por hoy, quédese por ahí observando cómo se conduce esto.—

Entonces comencé a cavilar como un loco y sin ideas: “El maestro dice que yo toco Lira de Campana y yo guardé silencio” “Ayer empecé en la Universidad y mira por donde ando. Le dije que tocaba piano a Don Rafael Alers, Santo Dios” ¿Qué hago? ¿Dónde me meto? Me dije a mi mismo: Dante, tranquilízate y me puse a repetir una serie de mantras que había leído en unos paquines, llamados hoy comics. Entonces me puse a observar bien al maestro, su forma de decir, sus movimientos, sus acercamientos con todos, sus modales y concluí que lo único que podía pasar era que el maestro me dijera que no daba el grado para tocar en la banda, en cuyo caso lo que me esperaba era el rifle.

Llegó el jueves y ansioso me uniformé rigurosamente, bien planchado y acicalado. Me presenté ante Don Rafael, lira de campanasquien me entrego el instrumento con la libreta musical que contenía todo el repertorio de la banda y me dijo: —quédese por ahí practicando. Se lleva el instrumento para su casa este fin de semana y el próximo martes le voy a hacer una prueba.— Yo no sabía ni cómo agarrar el instrumento. Esperé a que él se fuera, para entonces empezar a buscarle la vuelta. Nada, todo era cuestión de ensillarse como un caballo, con un collarín donde hay un hueco para emplazar el instrumento más o menos a la cintura y aguantándolo con la izquierda para poder golpear con la mano derecha el teclado metálico con el macito de plástico.

Me pasé la hora huyendo de la vista de todo el mundo, haciendo como que estudiaba la libreta, ya que no quería que notaran mi analfabetismo musical. Entonces vino lo duro, que fue cargar el instrumento desde el edificio del R.O.T.C. hasta la calle Pastrana número 26 en el Barrio Amparo, que era donde me hospedaba. Para hacer el recorrido esperé que se fuera todo el mundo y atravesé por los lugares más inhóspitos del campus en dirección al hospedaje.

La manera más fácil de cargarlo era colocarlo en posición tal y como si lo estuvieras tocando. Pensé que me vería muy ridículo. Opté por cargarlo debajo del brazo y así lo hice la mayor parte del trayecto, cambiándolo de brazo a brazo para ir descansando. Otras veces, lo cargaba como si fuera un maletín y cuando pasé por sitios solitarios, me lo puse en la cabeza.

Cuando llegué al hospedaje, me hicieron rueda las muchachas y muchachos, que con mucha curiosidad examinaban la pieza como si fuera una reliquia traída de un museo. Lo malo fue que me pedían que tocara algo y llegaron a aplaudirme para motivarme a que los complaciera. Después coreaban:“—¡Que toque, que toque, que toque!”— Yo no encontraba qué hacerme, ni qué decirles. Sólo se me ocurrió alegar que el maestro de la banda me lo había asignado con la condición que se lo llevara a un señor que tenía un taller en la Parada 15 para que lo afinara. Insistí que en realidad el instrumento que yo dominaba era el piano y que la Lira de Campana sólo la toqué por un año, de los tres que estuve en la Banda Municipal de Salinas. Ello, a instancias de mi profesor de música Don Demetrio Rodríguez que era por cierto muy amigo de Don Rafael Alers, el director de la Banda de la UPI y aparte de haber estudiado juntos, había tocado en su orquesta por muchos años y hasta eran compadres de sacramento. De ahí salté a tejer, que por eso venía recomendado para formar parte de la banda y otras muy comprometedoras ideas, de las que me arrepiento haber dicho, todo hasta que pude lograr esconder el instrumento en mi cuarto y que se olvidaran de él.

Esa noche casi no dormí. Me pasé sacando cuenta de todo el enredo que sin tomar en cuenta posibles consecuencias que casi involuntariamente me estaba creando con mi insistencia en pertenecer a la Banda de la UPI. Opté por seguir adelante pero determinado a no seguir añadiendo datos ajenos a la realidad. Saqué cuenta de las cosas que había expresado que no se ajustaban a las sanas normas de veracidad. Las ordené mentalmente con el fin de memorizarlas y lograr una consistencia en cuanto a lo ya aseverado y evitar caer en contradicciones o en olvidos. Era una especie de poema o como el cantío de las tablas de multiplicar. Rendido, pero convencido de que había tomado el mejor curso de acción, me quedé dormido y desperté tarde, por lo que me perdí la clase de Ciencias Físicas.

Volví a reflexionar y a exigirme más compromiso y más formalidad. Era mi primera semana en la UPI y ya había empezado a fallar. Sin embargo, los dilemas que pasaban por mi mente tenían menos fuerza que las ilusiones que por años me había insuflado en la mente mi madre, a quien veía frente a mí, mirándome con el ceño fruncido cada vez que metía la pata y el martilleo estruendoso de sus palabras dentro de mi cabeza, algunas de las cuales a veces no lograba entender y otras que me parecían contradictorias. No voy a decir aquí cuales, pero ciertamente el tiempo se ha encargado de que las entienda y que sólo en apariencia parecían ser contrapuestas.

Era viernes, fin de la primera semana en la UPI y como era la costumbre de los privilegiados jóvenes admitidos a estudiar en la universidad más prestigiosa del país, había que regresar al pueblo natal a exhibirse todo el fin de semana con una camiseta del Alma Mater. Era una forma que teníamos los jóvenes de ganarnos el respeto de grandes y chiquitos, de las autoridades y sobre todo, la carta de presentación que aseguraba la aceptación por parte de cualquier pretendida que venía dándose puesto hasta el momento.

Empecé mi peregrinaje a Salinas desde Río Piedras a eso de las 4:00 PM. La última clase de los viernes era a las tres. Salí del Barrio Amparo, bajando por la Calle Pastrana para llegar a la Avenida Ponce de León. De ahí por toda esa avenida hasta llegar a la Plaza de la Concordia, en pleno corazón de Río Piedras. Primero pasé frente al Hogar Masónico, una residencia de señoritas. Agradecí al sol la fuerte resolana que estaba dando en el balcón donde siempre se reunía un grupo de las residentes, pues todavía sentía cierta aprensión por verme cargando un aparato del cual no tenía la más mínima idea y el temor de que me hicieran preguntas distintas a las que ya me habían hecho y tuviera que crear nuevas y distintas explicaciones, complicación que no quería agravar.

En el lateral norte de la Iglesia Del Pilar, se estacionaban las pisicorres que viajaban hasta la Plaza de Recreo Gautier Benítez de Caguas. Cobraban una peseta pero un poco más palante estaba la parada de las guaguas grandes que tenían el mismo destino y sólo cobraban diez centavos y claro ésta, tardaban mucho más. Decidí correrme el chance de irme en la guagua grande para economizar y para mayor comodidad y seguridad para transportar el instrumento.

La guagua iba a paso de tortuga recogiendo y dejando pasajeros. Mientras tanto, me extasiaba mirando el paisaje, muy desconocido para mí, por cierto. Habían sido contadas las ocasiones en que había viajado a San Juan. Creo que era la cuarta o quinta vez que había estado en San Juan y concretamente en Río Piedras, la segunda.

Al filo de las cinco llegamos a Caguas y de inmediato partí avanzando hacia el extremo más al sur del pueblo, salida a Cayey. Era el sitio ideal para coger pon para Cayey o para Salinas. Todos los carros que iban dirección a Ponce tenían que pasar por ese sitio. Era obligatorio entrar y pasar por el centro de Caguas. No existía la autopista. El viaje era por la carretera número 1, pasando por las cuestas de Las Cruces y bajando por la Piquiña hasta Salinas.

Caminé hasta la esquina de la Escuela Superior Gautier Benítez, que allí era que tenían que virar todos los carros y tal y como fue siempre en esa época, tan pronto llegué me ofreció pon un señor desconocido de Ponce. No había que pedir pon porque la solidaridad del pueblo reconocía que jóvenes con bultos, libros o paquetes eran estudiantes de escasos recursos y se sentían motivados a prestarle la ayuda necesaria, motivados por la idea de que estaban contribuyendo a hacer un mejor país. En muchas ocasiones inclusive le pagaban al estudiante hasta la comida en medio de la ruta.

Tan pronto me monté, empezó el acostumbrado diálogo sobre identificación personal, de la familia, dónde estaba estudiando, desde cuándo, qué pensaba estudiar, dónde vivía y otras preguntas de rutina. Sólo faltaba una, la esperada y preocupante, la única que no sabía la contestación correcta, precisa ni verdadera. Mientras contestaba las fáciles, en el otro carril de mi mente elaboraba sobre qué decir y cómo, cuando bajara la automática. ¿Le digo toda la verdad? ¿O sigo la misma línea que llevaba? ¿Le cuento mi problema a este extraño? ¿Le pido un consejo? Hasta que llegó el momento…

—¿Y ese instrumento que usted lleva, sabe tocarlo?—interpeló el Don de Ponce.

¡Ea rayos! Más contundente no pudo haber sido. Con la velocidad de la luz, como un relámpago, movido por la intuición destellé:—¡Sííí, ¿cómo? noo!— Pienso que el Don entendió que yo había contestado que sí sabía pero yo me reservé, para propósitos aclaratorios, que también contesté que no sabía. Un simple mal entendido.

Afortunadamente, el señor no tenía afinidad alguna por la música y cambió a temas de política, que fue equivalente a tirar un pescao al agua. Me sentí más refrescaíto y el viaje, de no haber sido por el momento de tensión que me levantó la odiosa pregunta, hubiera sido, sin excepción, uno totalmente placentero.

Para ese tiempo, vivíamos por segunda ocasión en el Caserío Francisco Modesto Cintrón, esta vez en el número 89. Llegué con la curiosa pieza y tanto mis hermanos como los vecinos tuvieron algo que ver con el dichoso instrumento. Esta vez no cometí el desliz de atribuirme dotes de músico y a todos les dije que se trataba de un experimento de acústica que me había asignado el maestro de mi clase de ciencias físicas y pedí excusas por adelantado en caso de sentir alguna molestia durante mis experimentos.

Como ya era muy tarde para comenzar con los experimentos sobre velocidad de sonido en metales, me dediqué a tratar de desentrañar el repertorio que aparecía en la libreta de música que me había entregado el maestro Alers. Me quedé atónito y completamente confundido y más que nada, asustado.

No entendía nada de lo que aparecía en los papeles escritos en notación musical. Se me parecía más a una escritura faraónica egipcia o jeroglíficos de la edad de piedra tal vez. Mientras miraba los papeles pensaba en el examen a que me iba a someter el profesor Rafael Alers el próximo martes a las 5:00 PM. No salía de mi turbación y preocupación. Yo lo resolvía todo resignándome a que sería rechazado como aspirante a tocar en la banda por incompetencia y como resultado, tendría que confrontar la realidad de tener que cargar el rifle M-1 bajo el sol candente de Río Piedras todos los martes y jueves de los próximos dos años.

Con Virgenmina Sosa Santiago, Doña Tila, la cosa fue muy distinta. Después que la cosa se tranquilizó y pasó la euforia de todos y de ella misma, entonces, mi madre y yo nos sentamos a dialogar sobre las actividades y experiencias en la primera semana de clases en la UPI. Le expliqué todo, de los maestros, los libros, los salones, las distancias en los cambios de clases, el hospedaje, las comidas, bueno todo, todo. Vano empeño. Ella me preguntó: —¿y qué pasa con ese instrumento? —Sabía que esa ficha venía. Le conté con lujo de detalles la situación y “Bingo” Mi madre me dijo:—¡olvídate y canta un tango!—

—- ¿Cómo?—

— Como lo oyes.—

—Ya el maestro te evaluó. Te dio la oportunidad para que te familiarices con el instrumento. ¿O tú piensas que él no sabe que tú no sabes ni pío de esa cosa? Algo él vio en tí, vamos le caíste bien. Además, acuérdate que ¡de los pendejos nunca se ha escrito ná!—

Ese refuerzo me envalentonó al grado de que comencé a pensar a actuar como si en realidad supiera tocar y que lo que me faltaba era practicar. Ya en una ocasión anterior, mi madre me había motivado para aprender a tocar guitarra y salí adelante solo. Luego les cuento.

Mi compadre Luis A. Colón (Nono) años atrás había comprado un disco de marchas de John Phillip Soussa, autor de las más célebres marchas del Ejército de Estados Unidos y acostumbrábamos a oírlas en su casa de vez en cuando en la época en que estábamos en la High. Al revisar la libreta, cuál no fue mi sorpresa al ver que casi todas las marchas las conocía y sabía la música de memoria pero no sabía cuál era cuál por sus títulos solamente, así que el sábado por la mañana fui a la casa de Doña Gudelia Rodríguez, mi maestra de cuarto grado y le solicité que me dejara escuchar el disco.

Hablamos de mi compadre Nono quien se encontraba estudiando arquitectura en la Universidad de Gainsville, en la Florida y de varios otro temas, menos de la Lira de Campana. Me limité a decirle que en la clase de apreciación musical que estaba tomando como electiva se incluían, además de danzas, (ella era loca con las danzas,) marchas militares. Cuando le dije así casi brinca pa’ arriba: —¡No lo puedo creer! ¡Los maestros se han vuelto locos! ¡Marchas militares, eso es una herejía! —Me costó decirle para calmarla que el propósito del maestro era establecer una diferencia entre la música refinada y culta y la música que como las marchas militares, no era clásica y se hacía con propósitos incendiarios y bélicos.

Al calmarse pensé que la explicación había sido razonable aunque se mantuvieran ciertas dudas en ella. Enseguida llamó a Toño, su hermano de crianza muy querido, al que cariñosamente conocíamos como Toño Velocidad por su riguroso ajuste al cumplimiento con las normas de tránsito. Le explicó, Toño buscó el disco y pude escucharlo varias veces identificando música y título. Relevantemente recuerdo: “The Thunderer, Gloria, Washinton Post, Colonel Boogey, Stars & Stripes Forever” y muchas más, que ahora que las recuerdo se me comprime el alma por la añoranza.

El resto de ese sábado lo pasé practicando el manejo del instrumento, cómo acomodármelo, cómo quitármelo, cómo cargarlo, hasta desarrollar una soltura que proyectara un cierto dominio “físico” de la cosa. Luego me familiaricé con los sonidos de todos los “hierritos” e intenté empezar a sacar las melodías de las marchas, pero de oído, porque la lectura de la música en la libreta jamás sería posible. Mami me dijo: —Sigue, que ya saliste al otro lao.— De lo demás, me encargo yo. Yo sabía lo que me estaba diciendo y más confianza me llegó a mi espíritu.

Llegó el tan esperado martes y con el instrumento en mano me personé al lugar de reunión de la banda. El profesor Alers, como director al fin, me colocó de frente a él, en la tercera fila, o sea, la fila central de las cinco filas de músicos que tenía la banda. Todo el mundo se puso en atención, en respuesta a su llamado. Entonces se me acercó por detrás y me gritó:—“¡SI BEMOL!”.— Intuitivamente levante la mano y con el macito plástico golpeé, sin saberlo, por pura determinación providencial divina, la tecla metálica correspondiente a esa nota.

—-Eso es, eso es, usted sabe lo que está haciendo—ripostó el profesor Alers.

A mí me subieron y me bajaron. Ese resultó ser todo el temido examen y lo había pasado con un golpe guiado, según ciegamente siempre he creído, por una fuerza invisible, la misma que siempre me ha acompañado a través de toda mi vida. La que mi madre siempre decía que estaría a mi lado siempre, al mismo tiempo que me conminaba a nunca tener miedo a nada. Su predicción, como todas, siempre se ha cumplido al pie de la letra.

La banda comenzó los ensayos y yo de oído me ajusté a los arreglos. Aunque siempre tenía el papel de música de cada pieza que se iba a tocar al frente, nunca lo leí. Simplemente no lo leía porque no sabía leerlo. Pero tampoco me hice de la idea de que pudiera estar engañando al profesor Alers. Fue una época de gloria. Participé en conciertos, en los carnavales de San Juan, marchando por toda la calle Fortaleza hasta la Mansión del Gobernador, paradas en toda la isla, en las Justas Intercolegiales y en decenas y decenas de paradas dentro del campus de la UPI todos los martes y jueves.

rafael alers El profesor Rafael Alers me llegó a querer como un hijo y yo lo quise como un padre. Teníamos una gran confianza y debo decir que esa relación conmigo no fue exclusiva, la tuvo también con muchos otros. Sin embargo, a mí me invitaba a tomar algunas cervezas después de cada ejercicio o ensayo. Íbamos al “Green Room”; al “Harold”, a la calle Roble y otros sitios de estudiantes. Era muy jovial y chistoso. Hablaba con nosotros sintiéndose, según mi percepción, como igual a nosotros, no obstante que ya tenía sobre sesenta años largos. El profesor Alers, nunca me cuestionó mi conocimiento musical, ni me preguntó nada, ni siquiera hablamos de música. Sólo una vez pasó algo que me dejó sin aliento y quedo como un mal recuerdo.

En una ocasión yo me le acerqué y empecé a entonar las estrofas de su famosa danza Violeta. Yo cantaba esa danza desde niño. La había escuchado cientos de veces en la voz de soprano más linda que he escuchado, la de mi madre. Y comencé:

“En mi existir, como una estela, dejo el dolor, cruento sufrir y fuiste tú linda Violeta, sobre mis noches, luna de abril. Saben las aves del mar gigante, cuánto te quiere mi corazón y cuando escuches su voz gigante piensa un instante en mi pasión. Y si en tus noches miras al cielo, desde ese cielo te miro yo. Pues las estrellas y los luceros son compañeros de mi dolor. Por más lejos que me lleve el hado cruel que me condena a padecer sin tí, linda Violeta, flor de ilusión que no muere, aquel cariño vivirá en mí. Saben……………..”

Música Danza Violeta

Al terminar de cantar el profesor elogió la interpretación que había hecho. Ocurre entonces algo que no pude anticipar y que no sé si debí haberlo pensado o no. Le pregunté cándidamente al profesor lo siguiente: —Profesor, ¿de dónde le surgió la inspiración para componer esa “dancita” Violeta?— Él me miró sorprendido y con tono muy firme me ripostó: —¿dancita? ¡DANZOTA!— Yo no encontraba donde meter la cara ante ese que pensé un fuerte agravio.

Total, al terminar el ensayo, como si nada, el profesor me llamó para que, como de costumbre, lo acompañara a compartir las consabidas cervezas Corona de botella verde que tanto le agradaban. Me llama la atención que nunca más me tocó el tema y yo tampoco menos. Quedó en el aire en lo que a mí respecta la contestación a esa pregunta y porqué no levantó el tema de su danza más famosa y dejó el asunto de mi interpretación cantada a un lado.

Como les mencioné el maestro Alers nunca tocó el tema de mi conocimientos musicales a pesar de que compartiamos a menudo.  Creo que sabía de mis escasos saberes sobre  música pero providencialmente tuvo la gentileza de no someterme a un interrogatorio del que saldría mal parado.  En honor a la verdad, solo me dijo pasada una semana de aceptarme en la banda “Lo único que quiero que toques son notitas”.  Eso fue presisamente lo que hice todo el tiempo, tocar notitas de oído, además de exhibirme con el vistoso instrumento  al frente de la banda.  El maestro nunca más me volvio hablar de música, nunca más.  Tampoco mis compañeros de banda comentaron sobre mi ejecución, que era de oído.  Mas bien me pareció que era una ejecución aceptable por todos, pues se trataba de notitas que cuidadosamente escogía.

Tiempo después le conté a Julín Jiménez esta anécdota y él se rió a carcajadas y desde entonces en cuanta actividad estábamos solía contarla como un chiste. Bueno, ciertamente las malas experiencias cuando quedan atrás, se convierten en chistes. Nunca olvidaré a mi querido profesor Demetrio Rodríguez ni a mi querido profesor Rafael Alers.

ROTC6Considero importante señalar que en la Banda de la Universidad de Puerto Rico tocamos varios de los discípulos del maestro Demetrio Rodríguez que empezamos con él en agosto de 1957. Tengo los retratos y entre ellos menciono al doctor Neftalí Rodríguez, clarinetista, Harry Colón, trompetista, Rigoberto Rivera, percusionista y yo tocaba… ¿qué?…

Voces de pueblo: Ruddy Rodríguez, Guampo y Julín Jiménez

israel-martinezDon Israel Martínez es uno de esos patriotas silenciosos que a lo largo de siete décadas, peregrina por estas  tierras tratando de levantar a una familia y de relacionarse positivamente con el prójimo. Reside en la comunidad Coco del barrio Lapa de Salinas, donde es miembro de un clan familiar que integran sus 12 hermanos con los respectivos hijos, nietos y biznietos.

Durante más de veinte años se dedicó con esmero a cuidar a su esposa enferma. Por esa entrega de amor, se ganó la admiración de todos sus vecinos y amigos. Actualmente, cuida de su anciana madre y acude a la Iglesia de la Monserrate toda las semanas. Es una persona muy sociable, por lo que suele vérsele en rosarios, velorios, entierros, festividades religiosas y fiestas sociales.

Don Israel Martínez fue mecánico industrial por más de 30 años en la Phillips PR Core, en Guayama. Ahí cultivó una gran amistad con Guampo, Checo y otros compañeros de trabajo. El gusto por la música romántica, entre otras cosas, los hermanaba. A Don Israel  le gusta coleccionar música y es un conocedor de letras de canciones e intérpretes. En ese sentido ha influido en el desarrollo musical de su hijo Ricki Martínez y de otros  miembros de la familia. Pero además le gusta coleccionar fotos y grabar eventos de su interés o de envergadura para el País.

La grabación que aquí incluimos pertenece a su colección. Se trata de un segmento del programa Date prisa realizado por Ruddy Rodríguez en ocasión del fallecimiento de Julín Jiménez. Aunque apenas es una memoria fugaz, este documento tiene especial significado para el Colectivo de Encuentro …Al Sur, porque recuerda a tres compueblanos que dejaron huellas en la historia cotidiana, radial y musical de nuestro pueblo.

Sergio A. Rodríguez Sosa

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El violinista / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Juan Antonio Cruz salió de Salinas hacia San Juan para asistir a un concierto de danzas que se celebraría en el teatro del Conservatorio de Música. Cuando iba por el desvío de Caguas, cerca de la salida de Aguas Buenas, sufrió un aparatoso accidente. Un conductor que venía a exceso de velocidad perdió el control, su carro saltó la valla divisoria de la carretera e impactó el auto que conducía Juan.  El conductor, Johnny Veloz, luego de practicársele la prueba, arrojó un nivel de 26% de alcohol en la sangre. Juan resultó con múltiples heridas y fracturas y tuvo que ser transportado en helicóptero al Centro Médico de Río Piedras. Ambos carros resultaron en pérdida total. El joven Johnny Veloz resultó con heridas leves que no ameritaron que fuera llevado al hospital. Así reza el informe del Policía Fulgencio Santiago, Placa 8225.

Como resultado del desgraciado accidente, Juan sufrió traumas cerebrales severos y quedó cuadrapléjico.  Podía oler, oír y ver, pero no podía hablar.

Luego de los tratamientos intensos que le salvaron la vida, comenzó el lento, tedioso y prolongado procedimiento de terapias para su rehabilitación.  En el proceso se dio cuenta que no perdió ni su excelente memoria ni su prolífica imaginación.

Se preguntaba para qué servirían esas terapias si jamás podría moverse, si iba a estar confinado para siempre en una silla de ruedas y de su violín no iban a brotar hermosas melodías. De qué servirían esas terapias si no podría acariciar a su bella y joven mujer ni podría abrazar a sus hijos.

Estaba convencido que era mejor morir, pero ni siquiera podía intentar privarse de la vida. Entonces lo invadió el penoso síndrome del encierro.

En sus noches de mayor angustia y desesperación, para calmarse, se imaginaba haciendo el amor con su mujer. Inventaba las palabras amorosas más dulces y arrulladoras para seducirla y libaba los mejores vinos espumosos de Francia.

Se transportaba a parajes idílicos, a bosques lluviosos, a picos de eternas nieves y a playas tropicales. En un instante estaba en París junto a la Torre Eiffel, en otro en Times Square celebrando el año nuevo o en la Viena de sus amores oyendo la Quinta de Beethoven o los valses de Strauss. Pero siempre terminaba su viaje imaginario en un desierto extremadamente seco.

Se imaginaba tocando el violín, instrumento del que era reconocido mundialmente como un virtuoso.  Sus conciertos los celebraba en las capitales del mundo y con las mejores orquestas sinfónicas. Pero, siempre terminaba en su realidad existencial, encerrado en un cuerpo sin movimiento, sin vida útil.

Se transportaba a los jardines mejor cuidados.  Allí aspiraba los aromas de las orquídeas más olorosas, las rosas más exquisitas y de todas las flores que brindan su olor.  Pero, siempre terminaba cuestionándose su absurda existencia.

Nunca practicó religión alguna.  Consideraba que sus logros se debían a su solo esfuerzo y que nunca medió intervención divina en ellos.

Al cabo de dos años de confinamiento y sin que las terapias mostraran resultados positivos comenzó a pensar en Dios. Al principio cuestionaba su existencia. Le culpaba por el accidente. Luego comenzó a hablarle quedamente, casi en susurros, tímidamente.

Más adelante fue ganando confianza. Le hizo mil preguntas que no produjeron respuestas, sino silencio absoluto.

Un día despertó temprano, oyó el canto melodioso de las aves que se asomaban por su ventana y le parecieron más hermosas que nunca.  El ruiseñor, imitador por excelencia, lo obsequió con su canto propio y uno similar al del coquí, el pitirre lanzó al aire su triunfal canto guerrero, la paloma torcaz su ronroneo y el bienteveo su onomatopéyica melodía.  No faltó la reinita ni el pájaro carpintero con sus vivos colores.

Aquel día el alba le obsequió sus más bellos colores.  Una paz y alegría no experimentada desde hacia largo tiempo inundó su espíritu.

silla de ruedasY ocurrió el milagro más apoteósico.  Se levantó del sillón de ruedas, caminó, alzó sus brazos, tocó en su violín las más hermosas danzas puertorriqueñas: Felices Días, Recuerdos de Borinquen, Bajo la Sombra de Un Pino, Sara, Laura y Georgina, Virginia y con arreglo de danza, su amada canción Verde Luz.

Le parecía que flotaba en el aire, que era más liviano que una pluma de ave empujada por el fresco viento.  Se fue elevando poco a poco, levemente, sin prisa,  hasta llegar al infinito.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de Mayo de 2009