De la cantidad de guisos que puede hacer un músico boricua: Contesta al retrato del músico colonizado / por Wilhem Echevarría Navarro

Este escrito es una respuesta a un ensayo escrito por mi amigo Ricardo Pons en la revista en línea 80 Grados. Para leer el artículo original pulse aquí. http://www.80grados.net/2011/12/retrato-musical-del-colonizado/

Ricardo Pons acaba de publicar un artículo, Retrato (musical) del Colonizado, en donde alude al asimilismo que permea el desarrollo de la música en Puerto Rico. Es una idea con la que he jugado de manera informal hace un tiempo ya  y que siempre ha sido recibida por mis compañeros músicos como una falta de respeto de mi parte. Personas que quiero y admiro mucho han hasta sugerido que padezco de mis facultades mentales por esbozar la idea de que parte del problema con los estilos musicales puertorriqueños tiene su origen en las taras (falta de identidad, desprecio a lo propio, valorar más lo de afuera que lo nuestro) que la situación colonial ha traído a Puerto Rico. El artículo de Pons me hace poner en  papel algunas de las ideas al respecto ya que, aunque en esencia comparto sus razonamientos creo que hay elementos que están ligados a la situación política de la isla sólo de manera tangencial y que no han sido tratados en la ecuación que propone Pons.

Como antídoto a la falta de conocimiento y la ausencia de cultivo de los productos culturales nacionales entre las nuevas generaciones boricuas, Pons propone la enseñanza de “nuestra historia […] nuestras artes”. Definitivamente existe en Puerto Rico un problema educativo. Si nos circunscribimos a lo cultural, es patente que el desconocimiento que de su propia historia tiene el estudiante promedio en Puerto Rico deja mucho que desear.  Aún así, y a pesar del bombardeo anti-nación al que Puerto Rico ha sido sometido desde la invasión norteamericana (vamos a obviar por ahora los problemas que teníamos con España antes del 1898) es admirable que todavía haya puertorriqueños  que se mantengan conectados con los productos culturales nacionales.

Es cierto que hemos sido satélite de la música cubana, y también es cierto que hemos asumido el papel musical de dominicanos y rockeros. Sin embargo, todavía hay y siguen surgiendo obreros de la cultura, como los llama Ricardo Pons. Si proveer más educación en las artes nacionales va a inclinar la balanza hacia el otro lado está por verse. Hay que tener cuidado con hacer de las artes populares el centro de una agenda educativa. Por un lado crea conciencia de los orígenes de la cultura nacional y, presumiblemente, ayudaría a fortalecer la identidad nacional. Pero hay que tomar en cuenta que uno de los resultados potenciales de una educación excelente y efectiva es el desarrollo de la individualidad y originalidad del estudiante. Esto, inevitablemente, traería como resultado el desarrollo de las formas y los estilos hacia derroteros lejanos a las formas originales.

Cuando se habla de cultivar los géneros nacionales se piensa en formas culturales definidas. Estudiantes dedicados en estudiar a fondo estos géneros van a moverse a hacer cosas diferentes con ellos. Es parte inherente del proceso creativo. Es algo que se da naturalmente en la historia de las artes. Tal vez no haya nada malo con acelerar esos procesos a través de la educación, pero es concebible que los productos finales sean totalmente diferentes a las formas que estamos pretendiendo defender. Tal y como ha sucedido con la música clásica y como está sucediendo con el jazz. Dicho de otra manera: las artes populares podrían dejar de serlo para convertirse en arte abstracto, académico. Artes que, dicho sea de paso, también son desconocidas y/o ignoradas por la mayoría. La preocupación aquí no es que los géneros evolucionen (algo que me parece que va a pasar de todas maneras) sino que, reinventándose (que es la palabra que usa Pons), sigan siendo arte de minorías. Terminaríamos otra vez con falta de popularidad.

No estoy proponiendo que los géneros se queden igual, anquilosados, anclados en el tiempo. La música, todas las artes, tienen en su código genético el impulso de moverse hacia adelante, no pocas veces cambiando de semblante y de señas de identidad. Lo contrario implicaría homogeneidad, que me parece es parte del problema actual. La urbanización y modernización de Puerto Rico ha impuesto una homogeneidad en los productos culturales que ha logrado echar a un lado todo aquello que muestra originalidad. Lo original no desaparece, no se condena al olvido o al ostracismo; pero no se le considera digno de pararse al lado, en igualdad de condiciones, de lo que es el mainstream.

Aquí es que creo que  la situación colonial se combina fatalmente con cierta actitud de glotonería económica que ha hecho que mucha producción cultural en el país sea homogénea. Tiende todo a parecerse porque el éxito y la excelencia se han equiparado con lo masivo, con lo que se pega. Y  para ser masivo, para que le guste a la mayor cantidad de gente posible, para que venda mucho, para que esté pegao, el producto tiene que contar con unas características definidas. La letra tiene que hablar de cosas universales, que las entienda todo el mundo. Las melodías tienen que se cantables, que todo el mundo las pueda cantar. La armonía lo más diáfana posible, que no haga uso de disonancias ni de texturas polivalentes. El ritmo tiene que bailarse fácilmente; de ahí que el merengue se convirtiera en su momento en el baile de cuanto Senior Prom se celebraba. La calidad del producto puede ser excelente (muchas veces lo es) como puede no serlo; ese no es el punto. El punto es que por la manera en que se da el proceso, el producto va a resultar homogéneo.

Si un artista logra esto, y lo puede repetir consistentemente, puede alcanzar mucha notoriedad y mucho dinero. El que utiliza la música-desde productores hasta compositores e instrumentistas-para pagar la renta tiene ahí una oportunidad de ser bien remunerado y reconocido. Y el atractivo de la carrera no está necesariamente en la creación y en la evolución sino en replicar el producto que pegue. Parte de esto explica por qué en Puerto Rico la producción de ofertas originales no es tan numerosa como la cantidad de músicos de fila que son capaces de interpretar, a diario y sin dificultades, música de mucha complejidad técnica. No sólo no se fomenta la creación original, esta tampoco paga. Mas la competencia para lograr “estar en el guiso” crea una disciplina de estudio que ha hecho de los puertorriqueños músicos de un calibre técnico realmente impresionante.

Parte primordial de “estar en el guiso” es sonar en la radio. La situación que presenta la radio es a la vez sencilla y compleja. Sencilla porque parece lógico concebir que la radio funcione como un medio que ofrezca oportunidad a productos nacionales. Se ponen en la radio el disco nuevo de Edwin Colon Zayas, se lo machaca mucho, y el público se va a acostumbrando a lo que es un producto cultural boricua genuino y le va cogiendo el gustito a la cosa. La realidad es que, para bien o para mal, somos mucho más complicados que eso. ¿Hacia qué lado la balanza se inclina más? ¿La radio controla lo que la gente oye?  ¿La radio pone lo que la gente pide? ¿O suceden ambas cosas?

Me parece que si nos referimos a música popular, los elementos más determinantes para la popularidad de ciertos estilos son el baile y las letras de las canciones. Generalmente la bomba, la plena, la danza y la música jibara ni se bailan masivamente ni se han cultivado desde el punto de vista del songwriting, visto el songwriting como una empresa que específicamente genera para el gusto de la mayor cantidad de personas posibles. Hay algo de círculo vicioso en todo esto. Ya sabemos que el nivel técnico de los músicos en Puerto Rico es bien alto, muy sofisticado. Ese alto desarrollo técnico se ha puesto al servicio de interpretar y reinterpretar lo que es de gusto popular. Y en Puerto Rico lo que ha dominado en el gusto popular, históricamente, han sido estilos extranjeros. Si los géneros folklóricos nacionales gozaran de mucha popularidad no solo los músicos harían fila para tocar esos estilos (siempre ha habido músicos de primera categoría trabajando con Plena Libre, para poner un ejemplo) pero habría mucha composición y creación, tanto instrumental como lirica.

El que la tendencia del público a apoyar géneros extranjeros y la de los músicos a tocarlos se deba a taras asimilistas o coloniales implica, creo, un problema que va mas allá de lo cultural-artístico; refleja un problema sicológico que afecta en realidad todos los aspectos de la sociedad puertorriqueña. Si educar a las nuevas generaciones en los estilos nacionales resuelve el problema del poco apoyo y la falta de popularidad de esos géneros, que para bien sea. Sin embargo, me parece que mientras hayan otras condiciones de carácter eminentemente económico (que no estoy seguro se eliminen cambiando el enfoque educativo de los músicos que vienen subiendo) el problema va a seguir presentándose. Más cantidad de músicos generando oferta sin demanda no va a mejorar el panorama. Puede que creando nuevos patrones el músico puertorriqueño adquiera una experiencia nueva, idealmente más conectada con la raíz, con lo autóctono. Pero la experiencia, esos hábitos y costumbres tan  enraizados ya que los tomamos como segunda naturaleza, es la que no nos deja cambiar. Más de cien años de experiencia y contando, valga la pena aclarar. La raíz de ese problema la compartimos todos los boricuas, no sólo los músicos.

© Wilhem Echevarría Navarro