Sí, acepto / Marinin Torregrosa Sánchez

Mujer ante el espejo litografiaSe miró en el espejo. Se vio pasada de moda. Ayer enfrentó la infidelidad de su esposo en una piel tersa y lozana, capullo de flor silvestre, en un cuerpo de curvas sin frenos para la lujuria y el deseo.

Trató de buscar en su reflejo algún atractivo que pudiera resaltar.  Encontró ojeras, grietas en el rostro, un estómago asomándose, flacidez y una corona de espigas blancas como guajana sobre su sien.

Detuvo su mirada en la mesa de noche donde exhibe enmarcada su juventud pasada, graduada de estrellas y aventuras soñadas. Vuelve al espejo. Con el lápiz labial se pinta la sonrisa, se aplica el rubor en las mejillas y cepilla su cabellera. Coloca los dedos en su cara estirando la piel, esconde la papada y sin respirar vuelve a ser esbelta.

—¡Uf!  No puedo más, mi estómago se vuelve a inflar.—

Como máquina programada, se sirve un café. El primer sorbo le supo amargo, los demás a traición, engaño.

—¿En qué tiempo me perdí? ¿Cuando me fui con él desafiando al mundo? ¿Cuando formamos el nido con celo?  Quizás aquella vez hundidos en el enjambre de problemas o tal vez cuando la varita mágica nos cubrió de gloria.  Si, a él lo cegó el fulgor de otra estrella, más joven y bella.  Yo me quedé atrapada en el marco del retrato familiar en nuestra sala… ¿A dónde fueron mis sueños? ¿Dónde quedó la mujer que dijo “sí, acepto?”—

Cerró los ojos y se perfumó con los recuerdos gratos.  Se puso de pie, cambio el café por una copa de vino tinto. Se recogió el cabello y descalza descubrió lo bonito de su pie pequeño.

—Sigo viva y decidida al reto. Triste pero no vencida.—

Abrió los botones de su escote. Se tocó el alma y la pasión.  Bailó a solas la danza de los amores.  Cabalgó en corceles de su fantasía hasta que el quejido se hizo canción.  Vibraron las cuerdas de su arpa interior.  Se quedó dormida…y entre sueños sonrió porque era él quien se moría.

© Marinin Torregrosa Sánchez

Ilustración: Mujer ante el espejo 1935. Litografía sobre papel, Lozzano