El recluta

Edwin Ferrer

Para un hombre cansado de tantas guerras Salinas es un oasis, un remanso encantador. El extensa planicie azul salpicada de gotas de algodón, el paso gracioso de las nubes cargadas por el viento, el rugir constante del mar, el centelleo de las estrellas en la noche, en fin, un cuadro de colores para distraer el alma sin cansarla nunca.

Antes de ser espiritista Chimino Abu–Dabi se distraía contemplando las formas esbeltas del Rio Niguas a las que los golpes de agua le imprimían oscilaciones armoniosas que grabadas en su memoria le sirvieron para perfeccionar sus facultades mentales. En especial, el gusto de entrar y salir de su cuerpo cuando le diera la gana.

De su altar brotaba, sobretodo, un placer misterioso que atraía al que ya no tenía ambición ni curiosidad en contemplar las bellezas de su pueblo y acudía donde el reclutador espiritual para buscar la forma de entrar en el ejército americano.

Tendido en el malecón apoyado de sus codos y moviendo el cuello de lado a lado observaba todos los movimientos de los que iban y los que venían con un solo fin: El de ser enterrados en la fértil tierra de “La Isidora” que los vio nacer.

©Edwin Ferrer

La Rebelión de los espíritus: Luna muerta

por Edwin Ferrer

luna muertaPoco después de terminar la misa nocturna, Petra Lafontaine bajo las escaleras del malecón y al llegar al último escalón fijo su mirada en el cielo de La Isidora y notó que la luna estaba pálida y triste, una luna exangüe y yerta. Se le figuraba desvaída y muerta; como la imagen que vio a media noche cruzar la calle de la plaza del mercado en medio de una cabalgata de 100 caballos montados por jovencitos de diferentes edades.

—¡Quítate esa cosa de la boca!—Le dijo a un sexagenario que agarraba una medalla en la mano y lucía una perla en la lengua.

Luego vio a una señora de setenta con un tatuaje en el cuello y no dijo nada, pero abrió los ojos y la miró fijamente,  y a la jovencita que la escoltaba.

Cruzando el Rio Niguas se encontró con un sapo concho lleno de verrugas y lo cogió en sus manos.

—No cambies tu ser, algún día serás un alcalde, más no seré yo quien te dé un beso, no creo en política.

Luego se dirigió a su pocilga y encendió las velas de su altar. A eso de las doce de la noche tembló la tierra y todo quedó inerte y oscuro .Por la madrugada, alguien casi tumba la puerta de su casita. Cuando abrió, un joven de dieciséis años con una niña en sus brazos le pidió que la reviviera porque se había caído de un caballo. Ella la miró y al contemplar su rostro de luna dijo:

—Ya es muy tarde, se la llevó la primavera.

©Edwin Ferrer

Recuérdeme una tarde de febrero / José Manuel Solá

Cuando me entierren, esto quiero:
que me entierren desnudo y que puedan

sembrar un árbol sobre mí
que dé sombra y florezca
bajo la buena lluvia de los tiempos.
Ah… que siembren sonrisas y poemas,
saludos, despedidas, atardeceres, sueños
y un puñado de cosas:
una camisa vieja, mis zapatos, una carta de amor
y una flor con su beso…
y después de enterrarme, ¡ay, por favor, olvídenme!
Pero,
si alguien, que ahora no imagino,
se empeña en recordarme,
recuérdeme una tarde de febrero,
recuérdenme descalzo, enamorado
de la vida, enamorado de las cosas que hice
y las que quise hacer,
recuérdenme pensando y siendo niño;
recuérdenme una tarde de febrero…

(c) josé manuel solá  /  17 de febrero de 2014

“The Pianist” hero W. Szpilman plays Chopin Nocturne op. 20 The Pianist HD Original Recording
de profslump20078

El Aguaje / por Marinín Torregrosa Sánchez

Aquella noche fría el camino se me hizo más largo. Tuve un poco de temor al pasar por la acera aledaña al viejo parque de pelota. La iluminación no era buena, solo las luces de los autos en el puesto de gasolina al otro lado de la carretera alumbraban a su paso. Nadie se detuvo, y fue mejor. ¡Escuché tantos cuentos de niñas secuestradas y hasta violadas que caminaban por ahí! Sí. Tenía temor, pero seguí avanzando para pasar rápido. Quería llegar ya.

Pero ese frío… mis dientes rechinaban, la espalda la llevaba encorvada porque el frío era insoportable.

la parcaNo recuerdo que extraño presentimiento me hizo mirar hacia atrás. Alcance a ver una silueta, de sombra alargada, cuando de uno de los autos aluzaba. Apresure mi paso hasta cruzar en dirección a la calle Héctor M. Hernández Suarez.

-Tal vez se desvió por la calle de La Guagüita. Debe ser alguien de Talas Viejas.- pensé.

Me equivoqué. Ahora le escuchaba golpear la acera como si llevara un pedazo de madera. Crucé al otro lado de la acera. No quería pasar por el solar vacío donde una vez estuvo la gran casona de los Paravisini porque los enormes arboles de mango que allí abundan podrían servirle de escondite y hacer conmigo picadillo.

¡Ah! ¡Qué alivio! Ya estaba cerca de la iglesia Evangélica, seguro que habría culto lleno, además con los postes de alumbrado estaba mejor expuesta. Aquella silueta seguía mis pasos, pero esta vez más lento. Aproveché y aligeré las piernas.

-Debe ser algún muchacho que va a encontrarse con alguien en la plaza. O tal vez algún monaguillo que va a servir en misa…sí eso debe ser. ¡Claro! Hoy es jueves eucarístico.

Crucé desde la esquina de los Sécola hasta la plaza deseando que fueran ciertos mis pensamientos.

Me equivoqué otra vez. Ya mis piernas apenas podían sostenerme. Temblaba toda y un escalofrío me recorrió el cuerpo completo cuando pasé por la Tienda Carmen.

-¡Ay Dios mío ayúdame! ¡Virgen de la Monserrate ampárame!- exclamé al llegar cerca del Agro centro.

Al fin llegué, y al voltear a ver, nadie me seguía. Me sentí más segura entonces.

Entré a la espaciosa sala todavía con mucho frío. Había mucha gente, pero demasiado frío para mí gusto. Caminé entre las sillas colocadas a ambos lados del salón, a la derecha e izquierda marcaban un pasillo que se dirigía al imponente escenario.

Sobre un pequeño podio se exhibía un jarrón de diferentes tonalidades verde y azul celeste.

Tenía pintados diseños de un cielo sobre un mar que rompía en olas espumosas. A los pies del jarrón sellado descansaban tres gardenias enlazadas con cinta dorada. A la izquierda del jarrón sellado un marco que exhibía… ¡era la foto mía!

¡Nadie se le escapa!

Marinín Torregrosa Sánchez, 30 de octubre de 2013

Las manos del albañil / Edwin Ferrer

—La paz sea con vosotros.

—Y con tu espíritu.

—¿Alguien tiene algo que decir?— dijo el cura al abrir el féretro en la capilla del cementerio.

Uno de sus hijos, aspirante a pastor, se acercó al cadáver y poniendo su mano sobre las entrelazadas de su padre comenzó su elegía cerrando los ojos.

—Las manos de mi padre pudieron ser un fusil; más fue rechazado en el ejército porque su dedo índice no entraba por el gatillo. No por eso fueron manos soberanas. Con ellas construyó la mayoría de los edificios de este pueblo. Como ven, están hechas de pico, pala, marrón y martillo. Mantuvo todos sus hijos de sol a sol, fue independiente y nunca se aferró a ningún partido político.

Luego de despegar sus manos y cerrar el ataúd el muerto abrió los ojos asombrado por una inusitada luz. Creó sobre los cañaverales su obra de cemento y cruzó sus brazos esperando el contrato de otro mundo. Recobró el tiempo verde de su infancia y nunca más existió junto al cañaveral.

©Edwin Ferrer

El viajero / Edwin Ferrer

pajaroSiempre decía que su vida estaba hecha pedazos. Luchando en el combate de tantos años su aliento cedía a la idea de la muerte que lo obsesionaba.

—Quisiera salirme de mí, morir conmigo mismo. Hacer una cruz sobre mi frente y sin saber de lo bueno o de lo malo apartarme de todo y no caer en las garras del exilio. Que me entierren en tierra fértil. En una tumba que mire hacia la Isidora, aunque la hagan al revés. Donde la verde montaña quiebre desde su altura un rebaño de cabras sin pastores. Y al final, que hagan con mi levadura un místico pan y se lo den a los pichoncitos del nido de la Iglesia de la Virgen de la Monserrate.

Cuando despertó llamo a la Rosa del Monte para embarcar su mudanza desde Texas y se puso a rezar.

©Edwin Ferrer

Exhumación de la última tumba

por Edwin Ferrer

Los niños se pusieron tristes cuando anunciaron que iban a trasladar los cadáveres del cementerio viejo del Campito al cementerio de La Isidora.

—No puede ser que destruyan mi escondite—Dijo Tatito temiendo que ya no podríamos jugar a las escondidas.

Se refugiaba en una tumba de ladrillos parecida a una cueva de osos hibernando, era profunda y se perdía en ella. Había cráneos, pelos largos y uñas crecidas regadas como el crisol, aunque no le importaba, se sentía seguro en aquel recoveco; hasta que Don Tibidabo lo sacaba a correazos.

—Pues yo soy el llanero solitario, alegó Papo Estefanía mientras cabalgaba entre las tumbas llenas de musgos.

Toda la muchachada, grandes y pequeños, se refugiaba en la gran muralla de ladrillos para planear quienes serían los indios, los vaqueros y por supuesto “el muchacho” de la película.

El cementerio viejo revivía el Día de Reyes. La noche antes, hasta los más pobres colocaban hierbas para los camellos debajo de la cama.

Ese día, los jóvenes de mi barrio exhibían los juguetes bélicos con los que jugábamos a matarnos; juego que se tornó realidad cuando tomé parte en la Guerra del Golfo Pérsico.

En Irak había tumbas diferentes. Los cuerpos empapados con sangre flotaban sobre pozos de petróleo tiñendo la arena de marrón obscuro.

Un día, mientras el convoy en el que iba se movia por carreteras arenosas, estalló una bomba frente a nuestro vehículo. Cuando salté tras al bombazo, me parecía estar brincando las tumbas del Campito, saltando sobre los cadáveres exhumados que llevarían a La Isidora, entonces rehusé ser víctima del aceite encarnizado.

©Edwin Ferrer

guerra del golfo

La viuda

por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Verónica solo tenía treinta y cinco años de edad. Era hermosísima. De cuerpo esbelto, pelo azabache y ojos verdes. Estaba en la flor de su femineidad, pero todos le temían.

Parece que su profesión era ser viuda. Había enviudado siete veces. Su primer marido murió de anemia, el segundo de desgaste físico, el tercero de tuberculosis, el cuarto se ahorcó, el quinto murió en un accidente de automóvil, el sexto de cinco puñaladas, y el séptimo se suicidó.

En el pueblo nadie quería ser el octavo.

Un día llegó al pueblo un extranjero no se sabe de donde. Antes de conocer la historia fatídica de Verónica se prendó de ella y ya no pudo soltarse de las amarras del amor. Ella correspondía a sus requiebros. Finalmente se casaron en una ceremonia privada. No hubo invitados ni fiesta.

Una vez los citadinos se enteraron del matrimonio entre los tortolitos, comenzaron las apuestas de cómo iba a morir el extranjero.  Se apostó por infinidad de formas de morir.

Murió de un ataque masivo fulminante. Con el pasaje de avión en la mano sepultó el cadaver en el cementerio del pueblo y se fue como mismo llegó.

© EJRS, 17 de septiembre de 2012.

Disarray / Lila Mar Santiago

There’s a crash…

I wake up to find myself in a tight and opaque compartment. The air feels musty. I’m losing oxygen. I struggle to find an opening.

“Hello?”

No response.

After what seemed like hours, I’m let out by a man that I don’t recognize, but I feel I know…

“Welcome to my Kingdom”.

por Lila Mar Santiago

Lucid Disarray I, 2008, oil on canvas, 183x275cm Sean Dawson

La muerte viene dulce, como la chicha / David Arce

A pesar del reumatismo y del dolor de rodillas y de todas las coyunturas, la abuela Mercedes, desde comienzos de año, pensaba entusiasmada en la celebración de su cumpleaños número setenta y tres y se lo participaba a su vecina y comadre doña Doralisa Seminario, con quien no paraba de hablar por horas, desde que caía el sol y se refrescaba un poco la tarde, hasta muy entrada la noche en que, asustadas por el ulular de las lechuzas, recogían las perezosas, se persignaban y se decían hasta mañana comadrita. Así estuvieron todas las noches de ese verano seco, sin lluvias, rogando que lloviera para que no fuera otro año como los anteriores. San José nunca nos abandona, siempre llueve para el 19 de marzo, por lo menos una pasadita de nubes. Sí pues vecina, ya es tiempo de que el Señor se apiade de nosotros.

Desde su matrimonio con Alejandro Valdivieso, este, amante de las fiestas, bailes y jolgorios, no dejó pasar ningún cumpleaños por celebrar, con sus siete días reglamentarios: la antevíspera, la víspera, el santo, la joroba, la recorcova, el jorobete y el andavete.

¡Y estas mujeres qué tanto hablarán todas las noches!, se quejaba don Alejandro Valdivieso, cosas de mujeres le respondían las dos a la vez, entonces manden a jugar al muchacho que se queda como embobado escuchándolas hablar, ven toma una peseta y ándate al circo Jorgito, no papá, ya fui cuatro veces y siempre repiten lo mismo. ¿Y acaso estas mujeres no repiten lo mismo?

Y ellas no le hacían caso y seguían hablando de comidas diferentes para cada día. Doralisa Seminario muchas veces dejaba pasar algunas cosas repetidas que decía la abuela Mercedes; comprendía que desde hacía varios años tenía olvidos frecuentes. Para la antevíspera haremos unos tamalitos de choclo verde, contrataremos a Osquitar el guitarrista y que él mismo se consiga una banda para bailar unas cumbias, tonderos y huaynos, decía la abuela Mercedes, y tú Doralisa, con tus dos tinajas de chicha no te va a alcanzar, será mejor que te vayas para Simbilá y te traigas diez tinajones, cuarenta jarras de barro y por allí le digo al Alejo que me consiga unos potos para servir la chicha, total él lo único que hace es ir a la chacra a dormir, flojo me ha salido este hombre. Vamos a necesitar varias manos, solas las dos no podremos atender a toda la gente que va a llenar la casa. Le dices a María Candela que venga con tu hijo, yo le diré a mi Dora, a la Chabela y a los demás. Hasta el Eugenio puede ayudarnos a desgranar los choclos y los frejolitos verdes para el pepián. Y tus otros seis hijos nos pueden echar una mano, siempre te he dicho que eres una loca al ponerles el mismo nombre a todos tus siete hijos.

Y de no haber ocurrido la desgracia de la muerte de Domingo Seminario, el hijo mayor de Doralisa Seminario, ellas habrían seguido hablando y haciendo planes para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

Para el día de San José se vino un aguacero que nadie lo esperaba. Inundó casas, malogró las pocas plantas que quedaban en pie y el río trajo multitud de ramas, plátanos desgajados de raíz, alguna res muerta con la panza arriba y partes de una choza con un gallo cantando encima. Una semana después de la desgracia encontraron el cuerpo de Domingo, completamente hinchado, irreconocible. Y antes de que lo despanzurraran los gallinazos, lo llevaron a la pequeña morgue junto a la capilla dentro del cementerio para que don Heráclito Seminario le realizara la autopsia de ley. Los seis hermanos lo cargaron a casa, lo acomodaron en un ataúd del doble de lo normal y, sin las exequias correspondientes, lo enterraron de inmediato debido al avanzado estado de putrefacción. Esta vez no hubo las lloronas que acompañaban a los difuntos hasta su última morada, solamente una pequeña banda tocando música de pena.

Cavaron una fosa grande y ya estaban bajando el cajón cuando algunos de los presentes, asustados, llorando, pidieron que no se lo enterrara con las manos entrecruzadas, que se las soltaran y se las pusieran a los costados, si no lo hacían, el difunto se llevaría al resto de la familia. Uno de los hermanos se armó de valor, le descruzó los brazos, le estiró los dedos uno por uno y colocó los brazos a los costados sin creer mucho en esa superstición.

Aunque Doralisa Seminario llevaba puesta una mantilla negra, todos los que fueron al entierro se asombraron de que el negro azabache de su cabello hubiera dado paso al más blanco de los cabellos, casi parecido al de la abuela Mercedes. Algunos dijeron que era por la pena.

Doralisa Seminario no durmió durante los siete días que estuvo desaparecido su hijo más amado ni lo hizo hasta mucho después de que lo enterraran. Los seis hijos caminaban como sombras a su alrededor, como esperando una palabra o una orden de la madre. Lo primero que dijo fue: Domingo, alcánzame un jarro de agua. Y los seis hermanos se quedaron paralizados. No alcanzaron a distinguir el matiz de voz con que los llamaba. Y después de un momento de confusión, los seis se dirigieron a la tinaja de agua.

Varias personas, entre ellas el vendedor de sebo de culebras, le habían reclamado que por qué les colocaba de nombre Domingo a todos sus hijos, habiendo tantos nombres bonitos y tú pareces loca repitiendo el nombre en cada uno. ¿Es que no te acuerdas de que domingo era el día en que te veía en el mercado? Y ya sabes que aquí en Chulucanas todas tenemos un montón de hijos porque una nunca sabe, a veces viene una peste y te los mata a todos y te quedas más sola que alma en pena. Y además porque a mí me gusta y sanseacabó.

Y no les colocó un segundo nombre a los siete Domingos; lo que hizo fue acostumbrarlos a un matiz diferente de su voz y cada uno de los muchachos llegó a saber cuándo se dirigía a él. Por eso les pareció muy extraño cuando les pidió el jarro de agua en una forma que no le pertenecía sino al muerto. Entre ellos se gastaban bromas a solas llamándose por los apodos más inverosímiles que, por supuesto, no llegaban a oídos de la madre que decía que eso de ponerse sobrenombres era cosa de delincuentes.

Durante los tres primeros meses, Doralisa Seminario nunca salió de la casa y su cabello nunca volvió a tener el negro de antes. A fines de junio solo se asomó a la ventana cuando pasaron los Diablicos con Lencho a la cabeza y le pareció una repetición de tiempos pasados.

Se dirigió al corral, recogió los huevos más grandes, los puso en la canasta y tomó el camino de la casa de María Candela, teniendo cuidado esta vez de no pisar el asfalto, no fuera a suceder como cuando se asustó con una iguana enorme que pasó rápido por la carretera corriendo sobre sus uñas, el sol caía a plomo y el asfalto parecía melcocha, saltó descalza a la berma y desde allí miró a través de sus lágrimas cómo se derretían y desaparecían sus sandalias dentro del asfalto, mientras encima, los huevos desparramados chisporroteaban sobre la pista haciendo globitos. Cuando cruzó el río vio una garza blanca en actitud inmóvil sobre una rama caída de sauce y, al regresar, dos horas después, la vio en la misma posición. Pensó, qué extraño animal, cómo no se cansa, parece una estatua.

Para el mes de agosto se dirigió al pueblo de alfareros de Simbilá con sus seis hijos, de donde regresó con un cargamento de dieciocho tinajones, cuarenta jarras de barro, ochenta potos, y más herramientas para hacer chicha como para un mes, trajo varios guas, humaz, cedazos, cucharas de madera, maíz especial, y todo lo necesario para preparar la chicha para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

No, mujer, este año no voy a celebrar mi cumpleaños, cómo has creído que con tanto dolor en tu corazón voy a permitir hacer bulla… —alcanzó a decir la abuela Mercedes antes de que la mano de Doralisa Seminario se posara sobre sus labios. Aunque yo esté de luto, no voy a dejar que arruines tu celebración, además ya compré todo para hacer la mejor chicha de Chulucanas, como para un mes. Vas a tener un cumpleaños como nunca lo has tenido. No acepto negativas, doña Mechita.

Veinte días antes de la antevíspera, Doralisa Seminario puso a remojar cuarenta quintales de maíz pachucho, los dejó cuatro días a la sombra para que germinaran y luego los asoleó cuatro días más sobre sábanas en el corral, cuidando de espantar a las gallinas no se fueran a atragantar con ese maíz que ya no era para pollos. Ayudada por sus seis hijos colocó en el batán el maíz asoleado y lo molió como harina gruesa. Ayúdenme a cubrir los espacios libres con las callanas para que no escape el fuego, les decía Doralisa a sus seis hijos, esta es la taberna más grande que he hecho, dieciocho tinajones en dos hileras, carbón de algarrobo, del bueno. Apenas hierva el agua me avisan para echarles el pachucho y nos vamos a turnar para cuidar el fuego, quiero cocinar la harina durante dos días, luego lo venteamos con el guas y con el humaz y lo enfriamos para masticar el afrecho, menos mal que todos tenemos la dentadura intacta. Luego no se olviden de remover constantemente con «la vieja», ese palo de zapote colgado encima de los tinajones. Todas las noches vamos a probar la chichita y cuando ya esté un poquito acidita la taqueamos, o sea la colamos y la hervimos durante dos días más. Volvemos a colar la chicha verde y la colocamos en los cántaros de fermentación. Ya ven, muchachos, hacer chicha es muy fácil. A mí no me vengan con querer echarle azúcar, plátanos, muñecos o patas de res.

Y la fiesta empezó y nadie más vio a Doralisa Seminario con vida. Los seis hijos se fueron desde el 22 en la madrugada para la casa de María Candela. No podían soportar que alguien estuviera riéndose y bailando cuando ellos estaban tan tristes por la muerte del hermano amado.

Don Heráclito Seminario calculó que Doralisa había fallecido el mismo día 24 de setiembre, el día del santo de la abuela Mercedes. Algunos afirmaron que la vieron servir el clarito para la antevíspera; para la víspera le pidió a su hermana Micaela Lalaquiz que le ayudara a repartir la chicha. El día del santo alguien aseguró haberla visto por la mañana, pero ya no por la tarde. Los demás días, los concurrentes, borrachos por la chicha, la música y la comida, armaban todo tipo de escándalos. Para la joroba sacaron plátanos maduros horneados y un delicioso copús bajo tierra. La recorcova fue salpicada con seco de res y los concurrentes notaron que la chicha estaba mucho más deliciosa que al comienzo. Y ni hablar para el día del jorobete, ni el arroz con pato ni los músicos calmaron los ánimos decaídos; más bien empezaron a tocar los pasillos más tristes jamás escuchados. El día del andavete por la tarde, cuando el pequeño Jorge se acercó a sacar una jarra de chicha, se extrañó de que estuviera más dulce que en el primer día y descubrió unas enormes hormigas translúcidas del color del ámbar, que vomitaban miel dentro de la chicha. Hizo el recorrido inverso de las hormigas que iban y venían en líneas paralelas, ordenadas, por detrás de los cántaros, por los recovecos de las paredes, por el canal del desagüe para las lluvias, por la pared del dormitorio principal, por el abrevadero de los burros, por los nidos de las gallinas, rodeando el tronco del naranjo en flor, siguiendo en línea recta hasta el fondo del corral, donde estaba el cuerpo extendido de Doralisa Seminario con una bacinica en una mano y la boca abierta por donde entraban y salían las hormigas luminosas.

© David Arce

Cuento premiado en 2011 en el Concurso Nacional de Cuentos del Colegio Médico del Perú..

Destino / por Maileen Torres Rodríguez

Destino…
Entre las paredes de la sombra
Sólo queda mi cuerpo desnudo
Entran los ojazos del tiempo
Como si no existiera piel
Entre la atmósfera de mis huesos.

No lloro por dolor,
Ni por el sufrimiento.
Solo grito entre el frio
Qué se penetra en la raíces.
Emana belleza en verano
Y en invierno solo muerto queda.
Triste valle
Con los caminos desconocido
Para que los perros olfateen
El terrón que yace en mi tierra.

Por Maileen Torres Rodríguez
01 de mayo del 2011.