Una lectura a “Los que mecieron mi cuna” / Judymar Colón Díaz

Hace unos días atrás, mientras transitaba mi cotidiano camino de San Juan a Salinas, escuchaba un coloquio entre poetas y escritores, donde el invitado especial era el argentino Jorge Luis Borges. Los otros poetas procedían de México, Venezuela y si mal no recuerdo, de España. Una de las preguntas que intentaron abordar era sobre el oficio de escribir. ¿Para qué escribir? La pregunta levantó los ánimos y revolcó los pensamientos de cada sujeto allí presente. El venezolano, Adrián González León, muy convincente decía que el escritor latinoamericano debía dejar a un lado su experiencia íntima y adentrarse a los problemas colectivos del continente latinoamericano, y que, como escritor, debe participar de la vida y la historia de la Latinoamérica que ha sido profundamente humillada. Por su parte el escritor mexicano Juan José Arreola, expresaba que se escribe para saber quiénes somos, para conocerse a uno mismo; que la literatura debe formar parte del ser y debe promover transformación en las personas. Por la misma línea, Borges expresaba que escribía motivado por una necesidad íntima y para conocerse a sí mismo. Mientras que Salvador Elizondo, expresó que el fin de la poesía es la poesía misma. Acá tenemos el eterno dilema de: el Arte por el Arte vs el Arte comprometido con causas externas.

Bien, comienzo exponiendo esta disyuntiva porque me parece, según mi lectura, que el libro “Los que mecieron mi cuna” la resuelve muy bien. Tal parece que Lucía no tiene ese dilema, pues conforme uno va transitando el texto a través de la lectura, va encontrando distintas escrituras: las hay nostálgicas del barrio originario, hay escrituras que buscan atisbar el yo de la voz literaria que nos susurra dentro del pensamiento, hay escrituras combativas y rebeldes que gritan las injusticias, el coloniaje, la historia oculta, el deseo de libertad, hay escrituras de coraje y de indignación, hay escrituras de mujer, de niña, de juegos. Y, hay escrituras que navegan el mundo de la poesía, así sin más, dándonos una experiencia lectora de creación, de la puesta en palabras de lo que es el Ser, de sonidos afables, de liviana existencia, de pesadas preguntas, donde la poesía interroga a quien escribe, a quien lee y se interroga a sí misma. Porque como nos dice la autora en Secta de Mí: “¡Eres hecho de preguntas! ¡Eres salvo en la poesía!”.

La Lucía que yo leo a través de este texto, escribe para crear nuevos caminos, pero para retomar los ya trazados. Escribe desde la intimidad de su casa, desde la intimidad que emana del regazo de su madre, de la voz de su padre y el amor de un hombre. Escribe desde de la intimidad compartida entre las montañas de su barrio, de la intimidad que implica su experiencia salinense, desde la intimidad que gestó en ella una conciencia política e histórica que la mueve a salirse de su yo, para alzar la voz por la tierra herida y esclava, por la mujer bruja, la mujer caudilla, la mujer gestora de la Patria misma. Alzar la voz y ser eco de Albizu, de Lolita, de Oscar, de Rafael y todos los Héroes y Heroínas que han luchado por la libertad y dignidad de nuestro país. Pero también, escribe para darle voz al pueblo, a su gente, a los personajes del barrio. Y precisamente por eso es poeta. Porque encuentra en su familia y en su barrio, en el mundo y la naturaleza, en los juegos y en los héroes, pero también en la cotidianidad de los días, el ímpetu puro que le abre las puertas a la poesía. Y hablo de la poesía, porque el libro completo está revestido de ella. Recordemos que la poesía trasciende formas y géneros literarios, tal cual podemos leer en el poema ¿Eso crees?, referente a la poesía: “¿Crees que vive en el papel?”. El libro está compuesto de poemas y prosa, y en ambos la poesía se revuelca.

Entonces, habiendo dicho lo anterior, que da una descripción general del libro, quisiera detenerme en un asunto específico:

Los que mecieron mi cuna figura como un espejo en distintos niveles. Aquí las palabras se la pasan “rodeando abismos de espejos” tal cual se desprende del poema El tener. Y los versos se miran: “Agarré mi verso, lo miré al espejo” y luego ese mismo verso pregunta “¿Y tú de qué te escondes, si yo soy tu retrato?”. Hay un juego con el reflejo: se refleja el yo literario, la poesía se refleja en sí misma, hay un país que pudiera ver su reflejo en los versos de resistencia, lucha y gritos. El puertorriqueño tiene la posibilidad de verse reflejado, no solo para ver lo que ya sabe y lo que tiene, sino para dar cuenta de aquello que aún no ha podido divisar y entonces enfrentado a sí mismo, la palabra podrá mover y quizás transformar algo. Esto es, mirarse a través de la lectura y habiéndose reflejado, hacer algo con eso. Por ejemplo, en el poema Selfie  podemos leer:

“Mira el rostro que por décadas ha sido fusilado con mentiras. Fíjate en el fulgor de tus

ojos para ver si al fin encuentras lo que hoy nos hace falta: el valor y el sacrificio”.

Y bien, hay un espejo que a veces es color verde, otras, cristalino como agua de río o de mar, pero otras veces es azul o negro dependiendo del cielo. El poema Salinas surge como un espejo para el lector salinense. Es un recorrido geográfico, gastronómico, histórico, musical y religioso de nuestro pueblo. Un retrato de su gente, de los barrios, sus aguas saladas y sus aguas dulces, de los valles y montañas. Un canto a Salinas, donde cualquier compueblano podrá reconocerse en algún momento del poema.

Y, dentro de ese gran espejo del mar caribe, hay un reflejo que hoy quiero destacar: el del barrio nostálgico, el barrio del ritmo, de los rezos, de montañas y caminos. Barrio que tiene espejos de luna (y esto me hace recordar una cita de un fragmento persa que en una ocasión dicta Borges: “La luna es el espejo del tiempo”) Y es que este barrio, espacio mágico y literario, “todo lo ha visto en sus espejos de luna, pues su añeja sabiduría como el pitorro más fuerte se ha eternizado en refranes que son rumores de río”.

Lucía nos ha cantado como barrio y digo nos, porque yo soy de allí, del barrio La Plena. Hemos sido dichos por una poeta que, con su acto de escribir, nos ha puesto a dialogar con tantos espacios literarios que forman parte del caudal de obras escritas en la literatura universal. Tal cual Gabriel García Márquez hizo con su Aracataca colombiana, escribiéndola, transformándola, re-creándola, mistificándola y eternizándola en el Macondo de Cien Años de Soledad, Lucía lo ha hecho con su barrio. Que más allá de describir su entorno, su olor, sus espacios y caminos, le dio voz y eternidad a su gente: “En nuestro barrio La Plena, todos somos personajes. Habitamos en un manuscrito escondido entre serranías y por eso, no nos reconocemos entre sí; pensamos que somos seres de carne y hueso, siendo protagonistas fugaces en una narración de generaciones infinitas”. Pero, es importante no perder de perspectiva, que La Plena así, escrita, es Macondo, es Aracataca, es el Coco, las Ochentas, es cualquier barrio de Puerto Rico, es cualquier barrio de República Dominicana, de Cuba, de Brasil, de Francia, porque la literatura la ha hecho universal y cada persona podrá identificar a su Genaro, a su Camilo, su mama Lulú o su Panchita, que son algunos de los personajes que Lucía eterniza con sus palabras. No habrá que ser oriundo de allí, para sentirse convocado a ese espacio que cada lector transformará según sus experiencias y sus vivencias, pues parafraseando a Lucía, nuestro barrio en este libro, deviene en “una historia legendaria que siempre nos hará recordar de dónde somos y a qué libro pertenecemos” y esto le cae no solo a los pleneros, sino a toda la humanidad.

Judymar Colón Díaz, 15 noviembre 2019.

La autora, es escritora a la que le gusta tocar guitarra, cantar y vivir la poesía.  Hizo sus estudios subgraduados en psicología en la Universidad de Palermo, Argentina y en la UPR de Cayey. Cursa un doctorado en psicología clínica del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico y posee una maestría en literatura del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

 

Jalowín tricotrí / por Lucía Cruz

Nunca fui buena recogiendo dulces. Evitaba los disfraces, pues no servían de mucho por ser tan tímida, reconocible de una cuesta a otra por mi estatura, mi “flaquencia” y mis cuatro ojos.

Por eso, cada año mis padres llenaban una calabaza con chocolates y los mejores dulces sólo para mí. Sin embargo, como muchacha al fin, los “tricoltrí recogíos” eran los mejores y para obtener las golosinas más fácilmente, iba a la iglesia (si mai se entera).

El cura nos hablaba de perdón y de no juzgar al descarrilado, mientras se escuchaba a lo lejos el “jalowín tricotrí”. Mi mirada se iba a la ventana más cercana con deseos de ser parte de la “fiesta pagana”, pero mi madre me tocaba por algún lado para ubicarme en el sermón.

Esperaba los dulces con ansias; pero mi extrema cortesía, para los niños afligidos como yo, me dejaba sin los caramelos esperados. Salía del templo sin agarrar ni uno, sin haber entendido lo que el sacerdote había querido decir sobre las máscaras y con ganas de unirme a alguna “secta” de las que por allí rondaban para comerme un “bombón”.

©Lucía Cruz

lucia-cruz

La autora es una salinense de La Plena; es estudiante doctoral de literatura puertorriqueña y  se desempeña como profesora en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.

Enrique Vivoni: uno de los ingenieros de la Central Aguirre  / por Edric Vivoni

Edric Vivoni nos presenta un perfil de su padre Enrique E. Vivoni Acosta, uno de los ingeniero que laboraron en la desaparecida Central Aguirre.

Mi primer recuerdo de Papá [y de Mamá] está unido a La Manguera; en San Germán.  Para quienes no saben, La Manguera era el nombre por el cual se conocía la casa de mis abuelos Vivoni Acosta.   Yo era muy pequeño, estaba acostado en la cama de ellos: y veo a Papá y a Mamá despidiéndose, unidos en un abrazo; Papá vestido de militar, en uniforme caqui.  Estoy seguro que Víctor, Enrique, Jorge y Maritza (y todos ustedes) tienen sus propios primeros recuerdos.

La esquela que apareció en el periódico contenía una frase, vivió cabalmente; en la cual me gustaría abundar.

Papá, fue a Virginia a ‘estudiar’ ingeniería.  Estando allá se compró una motora y formó parte de un club de motociclista;  además fue piloto de aviones.  Ambas actividades apuntan, entre otras cosas, a una persona a quien le gustaba la aventura y el riesgo.

Enrique Vivoni y esposa en su casa en las afueras de Aguirre 17 ENERO 85

Enrique Vivoni y esposa en su casa en la carretera #3 cerca de San Felipe, 1985

Tras su regreso a San Germán abre una oficina de ingeniería y diseña y construye varias casas, entre ellas la del Dr. Torres Oliver y la de su hermano Alfredo.  Realizó los trabajos de diseño y construcción de la  Urbanización Vivoni y construyó la Farmacia Vivoni.  Esa labor como ingeniero la continuó en la Central Aguirre, a donde se mudó en 1951.   Siempre estaba inventando.  A las dos casas en que vivimos en Aguirre le hizo cambios; a la segunda le construyó un dormitorio, un garaje, una oficina y hasta una pequeña cancha de volley ball.  Estuvo a cargo del diseño y construcción del Club Rotarios de Guayama.  Finalmente diseñó y construyó su propia casa contigua a la carretera número 3 que conduce de Salinas a Guayama.

Así que Papá, además de será venturero y arriesgado, tenía la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero que diseña y construye…un poco, o bastante sazonada, por su experiencia como soldado de rango durante la Segunda Guerra Mundial.

A Papá, desde muy joven, le gustaba el dibujo y la pintura. Fuese en lápiz, crayola, óleo o acrílico, las paredes de su casa estaban llenas de sus obras. Inclusive, hizo una exhibición de ellas aquí en San Germán. Los plafones y setos de su casa fueron pintados a mano con diseños, banderas y escudos.  Así que Papá, además de ser aventurero y arriesgado, de tener la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero, tenía la sensibilidad y la creatividad del pintor-artista.

Estando en Aguirre, junto a Mami establece la Farmacia La Milagrosa; de manera que incursionó como pequeño empresario durante más de una veintena de años. ¿Quién llevaba las cuentas del negocio?  Papá. De manera que también fue… emprendedor.   Creó una tropa de niños escuchas en Aguirre y fue su Scout Master.  Fundó un capítulo de la Fraternidad Phi Sigma Alpha en Guayama.  Fue gran maestro de la Respetable Logia Esfuerzo #82 de Salinas.

Papá y Mamá eran los bailadores y la pareja bonita en los bailes del Casino de San Germán y de Mayagüez; aún  – muchos años después-  en las fiestas de fin de zafra y de Navidades en el Club de Golf en Aguirre.

Como hijo, desde que yo recuerde, y hasta donde no puedo recordar; cada dos semanas viajábamos a visitar a mis 4 abuelos.  Esas estadías frecuentes en La Manguera eran además motivo de reuniones informales entre hermanos, primos, parientes y amistades. Recuerdo a  los Ramírez, los Acosta, los Tió, los Martín, los Quiñones, los Balzac, los Gelpí y los Irizarry.   Así que Papá, fue además, un hombre de familia.  Fue esposo… de una sola mujer, y junto a ella echó hacia adelante a 5 hijos. Siempre estuvo presente en casa y nos enseñó a respetar a mamá.  En casa se hablaba… limpio, y toda la familia se sentaba a la mesa a compartir los alimentos, cada cual en su lugar.

Viajó con Mamá y con nosotros. Aquellos viajes eran meticulosamente planificados por él durante semanas frente a mapas de carreteras y apuntaba los lugares de interés, de estadía y las millas que había que recorrer cada día.  Recuerdo especialmente el viaje en auto por toda la costa Este de los EEUU, desde la Florida hasta Canadá, y luego bajando por el oeste de los grandes lagos y terminando en la Feria Mundial del 64 en Nueva York.  (Para mí, más de un mes de suplicios como su co-piloto.)

En cuanto a la familia más extendida, organizó las ‘primadas’ (aquellas fiestas de los primos de su generación) y luego, las Vivonadas.  Papá se dedicó durante más de 40 años a estudiar y organizar la historia y genealogía de la familia Vivoni-Acosta, al igual que la de los Farage.  Fundó y celosamente trabajó en la Fundación Vivosta.

Papá nos enseñó a disfrutar y amar el mar. Tuvo su propia lancha (La Marvick) y durante los veranos se ocupó de que pasásemos por lo menos 2 semanas con sus padres, nuestros abuelos, en la casa de celosías y zocos altos en la loma de La Parguera.

Así que Papá, además de ser aventurero y arriesgado, de tener la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero,  de poseer la sensibilidad y la creatividad del pintor-artista, fue un hombre fiel y dedicado a la familia.

Luego de su retiro de la Central Aguirre, Papá fue servidor público. Fue director regional de Obras Públicas estatal en el distrito de Guayama y luego director de la Autoridad Metropolitana de Autobuses. Destaco el hecho que estando en la AMA viajaba 5 días a la semana desde Aguirre hasta San Juan.

Así que Papá, además de aventurero, arriesgadometiculoso, disciplinado, paciente, tener sensibilidad y la creatividad, de ser fiel y dedicado a la familia, fue servidor público.

Papá fue además un hombre de sueños y esperanzas.  Jugaba un billete de la lotería extraordinaria y compartía con nosotros todas las cosas que iba a realizar cuando se pegara.  Lo decía disfrutándolo, como quien ya poseía parte de aquello que esperaba.  Aún sin haber ganado ese premio, logró la mayoría de las metas que se propuso.

Toda esa combinación de cualidades, se encontraban presentes en Papá; un hombre resuelto y decidido, que defendía lo que pensaba y creía, y que casi siempre tenía la razón… aun cuando no la tenía.

Creo que un buen testimonio de quién fue Papá, lo podemos encontrar en nosotros;  sus 5 hijos.  Reconociendo la gran aportación y enseñanzas de Mamá en nuestras vidas, hay mucho de Papá en Mari, en Jorge, en Enrique, en Víctor y en mí; así que además de todas sus cualidades,  Papá supo ser un buen sembrador. Hoy reconocemos su vida, la recordaremos siempre; porque hay parte de ella en nosotros.  ¡Damos gracias a Dios por Papá!

Edric Vivoni© Edric Vivoni

Carta de un setentón

Es lunes 3 de noviembre de 2014. En agosto cumplí 70 años, algo que en la niñez o en mi juventud hubiese creído inconcebible. Entonces yo pensaba que nadie debería cumplir más de cincuenta años.

Pero hasta aquí he llegado. Estoy, me parece así, en paz conmigo mismo y con mi entorno. (Aunque,claro, no siempre pienso igual y ya eso depende de lo cotidiano).

Hasta aquí he llegado, dije. ¿Cómo lo logré? No me pregunten, no estoy nada seguro. Sólo sé que la ruta no me fue nada fácil. Bueno, en ocasiones sí pero no siempre. Repito, mi lucha no fue fácil ni venturosa. De lágrimas conozco, de angustias infinitas. Ya no pesan o acaso es que a estas alturas de mi vida ya no importan. Podría decir que hasta aquí llegué como el mundo quiso que yo llegara.

Mas, no del todo así. Libré mis luchas, reí, rabié, incendié mi camino con aquellas estrellas que estuvieron a mi alcance. Ha sido un trajinar con los zapatos rotos y remiendos en el corazón que en su momento dolieron. Pero también canté: de alegría y amor o de tristeza, dependiendo de las circunstancias… pero canté y aún sigo cantando.

¿Golpes? Uy…. muchos, muchos. No obstante, ninguno pudo derribarme, bueno, digamos que no del todo. ¿Caricias?, también he recibido. ¿Amor?… ¿y qué sé yo qué es eso? Lo importante es que he estado rodeado de seres humanos de esos que surgen en el camino como por combustión espontánea y que cuando menos lo esperas, desaparecen, se extinguen como el fuego. Los buenos fueron más, quiero pensar. Aún así no miro a mi pasado con nostalgia… digamos que no siempre, pues lo cierto es que hay días con sus noches….

Nací, crecí, en medio de una gran pobreza. Una pobreza que muchas veces me pareció irremediable. De la misma, aprendí. Aprendí lo bueno y lo malo. Pero siempre quise ser bueno o digamos que quise ser mejor que los roles que el mundo se empeñaba en asignarme. Algo de eso creo haber logrado. Al menos, esa es mi percepción. Si otras personas difieren, pues…. ¿qué puedo hacer al respecto? No puedo ni me interesa hacer nada: no es mi problema, en todo caso eso es problema de los otros.

¿Si he sido difamado? ¿Si he tropezado con persona inescrupulosas? Dije que en el camino conocí lo bueno y lo malo y si algo aprendí de lo malo fue a reconocer el mal allí donde aparecía. Y me sirvió para apartarme de esa infamia. Que no es huirle cobardemente sino evitarla.

¿Mis creencias? Creo en Dios, un Dios que no puedo explicar. Creencias tontas, autoengaño, dirán algunos. No me importa qué piensen; yo pienso y yo creo en lo que quiero. Y sé, me consta, que en aquellos momentos en que, como ya dije, no caí del todo, se debió a que Él sostenía mi mano.

¿Qué espero del mañana? Nada. Naturalmente, hay muchas cosas que, humano como soy, me gustaría hacer u obtener o lograr. Pero ninguna me causa afán alguno. A veces, las pienso y les sonrío y ocasionalmente les digo adiós. Yo tengo lo que tengo, soy lo que soy y vivo como quiero. (O como puedo, vamos….) Pero digo como Amado Nervo: “¡Vida,  nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

Y por hoy, eso es todo. ¿Mañana? Ya veremos….

José Manuel Solá  /  3 de noviembre de 2014

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Salinas en mi recuerdo / por Ana María Losada

Saturado de cañas de azúcar y brisas de mar mi pueblo se tiende sobre la inmovilidad del llano. Las montañas lo miran mañana y tarde envuelto en velos azules o liliáceos. De noche, la serenidad augusta de la cordillera lo contempla rompiendo sombras con sus lucecitas artificiales que clarean apenas su corazón nocturno.

La vida late en mi pueblo con pulsaciones lentas.  Se siente el tiempo transcurrir en las campanadas claras del reloj de la alcaldía.

La plaza, gran rectángulo de cemento perforado con césped, plantas y árboles corpulentos, contempla a todas horas la iglesia, la alcaldía, el teatro, las casas de comercio y viviendas.  Las barriadas, cinturón de casas viejas y nuevas, rodean el pueblo con tradición y progreso.

Son sus moradores trabajadores y hospitalarios. En las mañanas laborables las calles florecen de uniformes escolares y hombres y mujeres que se encaminan a sus trabajos. Dan una nota pintoresca al cuadro animado los vendedores de pescado, aves y frutos menores.

Nadie se siente extraño en Salinas.  Aquí el corazón forastero gana afectos para toda la vida.

Con entusiasmo señalado, sus habitantes se ocupan de mantener el pueblo limpio, reluciente y despierto al progreso.

Ante algún acontecimiento extraordinario, ya festivo o religioso, el pueblo se desborda por las calles con alegría sincera.

Sus fiestas patronales en honor a la Virgen de la Monserrate tienen fama reconocida. Y ya Salinas, trae a San Juan a probar los sabrosos platos de mariscos que se sirven a la orillita de su mar.

Este es Salinas

Este es mi pueblo

Su nombre sonoro

De grato sonar

Cautiva mi alma

Hoy sensitiva

A su azúcar, sus palmas

Su vida tranquila

Y a lo lejos, sonoro,

Su plácido mar.

 

©Ana María Losada. La autora nació en Salinas. Residió allí hasta la década del 1940 junto a sus padres en la casa ubicada a la izquierda de la Iglesia Católica de Nuestra Señora de la Monserrate. Este escrito aparece en su libro Por caminos del recuerdo, publicado en 1975 por la Editorial Cordillera. En 1952 presenta su tesis conducente al grado de maestria en estudios hispánicos de la UPR titulada El mar en la poesía de Rafael Alberti.

Mis Abuelos / por Virgenmina (Tilita) Sosa Santiago

Tillita Sosa

Tilita Sosa

Mi abuelo materno llevó por nombre Gregorio Santiago. Lo apodaban Goyo. Era hijo de María de la Paz Santiago, quien, según escuché decir en el seno de la familia, era hija natural del agricultor corso Antonio Carattini y de la comerieña Concepción Santiago, “Concha”.  María de la Paz Santiago, según la describe Panchito Meléndez, era una mujer alta, de cabellos rubios y de porte altivo y señorial. Su ascendencia corsa seguramente la distinguía del común de la población, donde el mestizaje es el rasgo sobresaliente.

Mi abuelo Goyo heredó físicamente esos rasgos, aunque otros le atribuían parecido a un tal Juan Mundo, de quien se decía que era hijo, hecho que nunca escuché confirmar.

Abuelo tenía una hermana llamada Petronila (Petrona) Santiago, entre cuyos descendientes figuran el educador Diosdado Dones, el periodista radial Panchito Meléndez y el líder recreativo José Aníbal Soto.

Abuelo Goyo, además de atender el acueducto (el pipote ubicado en el Patio Ortiz), era gallero y mayormente criador de gallos de pelea. Era analfabeto, pero mi tía Luisa, una de sus hijas, contaba que había que leerle el periódico religiosamente todos los días. Mientras fue empleado del acueducto municipal vivió en una casa construida por el municipio que existió en la calle San Miguel, al lado izquierdo del Parque de Bombas, donde vivió después también Cabo Lalo Lebrón con Elba. A su casa llegaban de visita el juez, el médico y la “aristocracia” del pueblo porque, a pesar de ser analfabeto, propiciaba exquisitas tertulias sobre cualquier tema, en una época en que conversar era el pasatiempo favorito. Recuerdo que era alto, como los Carattini, y con ojos entre verdes y azules. Murió de pulmonía cuando yo tenía once años.

Mi abuela materna se llamaba Aurelia Ortiz Díaz, hija de Francisco Ortiz y Carmen Díaz. Le decían Nena. Era una mujer de baja estatura, de tez parda y cabellos negros largos.

Abuela Nena le tenía terror a las tormentas. Cuando anunciaban la presencia de una tormenta en el Caribe, la ansiedad se apoderaba de su existencia. Su intranquilidad exasperaba a sus hijos y se la pasaba de un lado para otro enliando[1] ropas y protegiendo sus pertenencias. Su miedo no era infundado: le nació durante el devastador huracán San Ciriaco, justo en el último mes de uno de sus embarazos. En medio de los fuertes vientos a la abuela le dio con parir. Cuando comenzaron sus dolores de parto, la furia del huracán destruyó la casa de madera, dejando sólo el piso que se levantaba sobre socos. Los que estaban en la casa se refugiaron debajo del piso. La abuela se estaba retorciendo con los dolores de parto. A punto de dar a luz, la colocaron sobre una plancha de zinc y desafiando los vientos y la lluvia de San Ciriaco, con el agua a los tobillos, la cargaron hasta la casa grande de sus padres, donde parió.

Aurelia Ortiz Díaz

Aurelia Ortiz Díaz

Después de la muerte de abuelo Goyo, abuela Nena mantuvo la costumbre de que se leyera el periódico en voz alta en varios momentos del día. A las tres de la tarde, solíamos tomar café y parte del ritual era leer secciones del periódico El Mundo para la abuela.

Abuela Nena y Gregorio Santiago se casaron en el verano de 1885. Creo que tuvieron siete hijos. El primero fue una niña, a la cual se le puso por nombre Carmen, igual que el de la bisabuela. Tía Carmín emigró a Detroit donde se criaron sus tres hijos Teté, Roberto y Warren. En los Estados Unidos vivieron gran parte de sus vidas, hasta que mi prima Teté decidió regresar con ella a Salinas. Tía Carmín vivió sus últimos años en la urbanización La Margarita. Falleció recientemente de casi cien años de edad.

Sobre mis abuelos paternos no puedo decir prácticamente nada. No los conocí. Sólo sé que eran del noroeste de la Isla. Mi abuelo paterno se llamó Augusto Sosa y era de Isabela, supuestamente del barrio Jobos. Papá solía decir que sus antepasados habían emigrado desde Ibiza, una de las Islas Baleares. Mi abuela paterna era de Quebradillas y se llamaba Desideria Medina. Es todo lo que sé sobre ellos.

© Virgenmina Sosa Santiago (Tejido Solariego, Editorial Abeyno, 1999)


[1] Expresión coloquial por liando

Vivencias y querencias, 2: La niñez / Dante A. Rodríguez Sosa

Para mí, resulta sorprendente poder relatar, después de más de sesenta años, vivencias infantiles que nunca han estado ocultas en mi memoria, más bien me han acompañado y guiado. Creo que mis hermanos, cada uno desde su propia perspectiva, pueden aportar a lo que ahora relato.

Aunque contaba con apenas cuatro o cinco años de edad, tengo viva en la memoria la imagen de la gente haciendo fila para recibir la orientación espiritual, que como espiritista reconocida así en Salinas, ofrecía mi madre en aquella casa en que vivimos. Ella trabajaba con barajas españolas y un altar que presidía un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. En el entorno se podían ver cuadros de San Marcos de León, San Miguel Arcángel y la Virgen de la Milagrosa. Mi madre fue muy devota de esa  manifestación. Los cuadros nos acompañaron por muchísimo años. Debó recordar un pan de San Expedito que colgaba en lo alto de una de las puertas de la casa. Pero lo que más me llamaba la atención de aquel ambiente, que inexplicablemente a esa edad percibía místico, era el altar levantado en una mesa redonda, no muy grande, sobre el cual había una copa llena de agua y un libro color rojo, que con el correr del tiempo supe que era El Evangelio según el espiritismo, de Allan Kardec.  En esa época a mami le encantaba hacer desajumerios con incienso, y meditar caminando desde el frente de la casa hasta la parte de atrás; eran cerca de cuarenta pies cada viaje.

Dante A. Rodríguez Sosa, niñez 001El tiempo pasó y en agosto de 1946 mi madre me llevó a la Escuela Santiago R. Palmer, para comenzar a estudiar el primer grado. Allí  literalmente me entregó a su amiga la maestra  Rosa Anselmi. De forma sencilla, como siempre: “Rosa, este es Dante: si se porta mal, arréale dos cantazos, que cuando llegue a casa va a coger dos más.”  Ese traspaso de autoridad, que entonces era la costumbre, fue carta de garantía para que nunca tuvieran que llamarme la atención y para aprender a leer en varias semanas. Recuerdo que miss Anselmi, me sacó al vestíbulo de la escuela para que otros maestros me oyeran leer y supieran de mi aprovechamiento escolar.

Mi madre, ya segura de que sabía leer, dio el próximo paso en su plan, y un domingo me llevó a la IglesiaDante A. Rodríguez Sosa, niñez 002 Católica de la Virgen de Monserrate, que quedaba más cerca que la escuela Palmer, diríamos al cruzar la calle (tómese en consideración que en Salinas habían muy pocos automóviles para ese tiempo). Allí, me puso en contacto con la catequista del momento, Teresa La Larga. Enseguida me pusieron en el programa de los niños que iban a hacer la primera comunión. La doctrina estaba en un papelito, me la aprendí y nunca se me ha olvidado: “¿Existe un solo Dios? Sí Señor, existe un solo Dios. ¿Quién es Dios?  Dios es un Ser purísimo, perfectísimo, principio y fin de todas las cosas. ¿Dónde está Dios? Dios está en el cielo, en la tierra y en todas las partes.” Después de aprender toda la doctrina, entonces se memorizaba el  “Oh Dios Mío”.

Por razón de una deuda contributiva heredada de su padre, mi madre se vio precisada a vender su casa de la calle Luis Muñoz Rivera.  Momentáneamente, Tilita vivió en la casa de los bisabuelos Francisco Ortiz y Carmen García. Para entonces, la casa ancestral tenía mucho más de cien años y estaba prácticamente abandonada.  Luego, tras verse obligada a vender su casa, Tilita fue a vivir con sus cinco hijos al caserío Modesto Cintrón por primera vez.

Debo señalar al margen de este recuento que, en o cerca del año de 1951, mi madre Tilita Sosa, por razón de absurdas reglamentaciones del gobierno, que escondían realmente motivaciones políticas atinentes a sus consistentes expresiones a favor de la independencia de Puerto Rico, se vio obligada a abandonar el residencial público conocido como caserío Modesto Cintrón, apartamento núm. 89. Se alegó que tenía una propiedad frente a la plaza en Salinas y por eso no cualificaba para ocupar un apartamento de vivienda pública. Mi madre se vio obligada a alquilar a una casa, localizada en la calle Degetau de la Ciudad Perdida de Salinas. La casa era propiedad de la Sucesión de Valentín Lorenzi, quien se había tenido que ahorcar en el palo de quenepa, que aún está en la parte de atrás de la casa, alegadamente por razón de insolvencia súbita. Al momento de alquilarla, la casa la administraba su viuda Doña María, quien a la sazón vivía en Ponce. Curiosamente, con el correr de los años, Doña María pasó a ocupar el apartamento que desalojó mi madre en el caserío Modesto Cintrón. Hoy por hoy, habiendo el gobierno concedido el título de propiedad sobre dicho apartamento, su sucesión es la dueña.

Ahora puedo afirmar que los cambios de vecindario, le dieron un giro positivo a la vida de todos los miembros de nuestra familia. Nos permitió ampliar el espectro de  enriquecimiento social, al entrar en contacto con otro entorno y personas de otros estilos de vida, que a fin de cuentas, modelaron la visión que inconscientemente teníamos sobre la vida en sociedad.  Como indiqué, luego de residir en el caserío nos mudamos a la calle Degetau en la Ciudad Perdida, justo al pie del malecón, que es la frontera con la histórica barriada Borinquén. Este último entorno, como de algún modo los demás, fue muy definitorio de la visión social-política-religiosa que tiene cada uno de los miembros del núcleo Rodríguez-Sosa.

Calle Degetau

Calle Degetau

Cuando en el año 1952 nos mudamos a la calle Degetau número 52 en el Sector Ciudad Perdida, estábamos  en plena Guerra de Corea. Los pueblos, cuando perciben que afloran dificultades, se apegan mucho más a la religión, y la nación puertorriqueña no es la excepción.

La Ciudad Perdida fue el tercer entorno en el que tocó desarrollarme, y al igual que los dos ambientes anteriores, dejo huellas imborrables en mi manera de pensar y de ver la vida. En 1952 recuerdo aquel lugar como una pequeña metrópolis. Diría que era el corazón del pueblo. El sugestivo nombre había surgido de unos  episodios del cine norteamericano titulados “The Lost City”  que al momento de la distribución de los solares del sector, se estaban proyectando en el Cine Luri. Aquel cine, considerado por algunos como el primero que hubo en Salinas, llevaba el nombre del pueblo de procedencia de su dueño, un ciudadano corso de apellido Paravisini.

La Ciudad Perdida era la comunidad más representativa del casco urbano de Salinas. En aquella barriada, entre nuestros vecinos estaban: José (Pepe Melero), Juez de Paz, que recién había iniciado un negocio de provisiones contiguo a nuestra casa; Eusebio Rosa, chofer de ambulancias municipal; Miguel (El Broco) Cruz; dueño de un camión que cargaba mercancías de los muelles; don Pedro Collazo, gerente de Valdelluly & Segarra, una tienda por departamentos, que durante años controló el negocio de ropa, zapatos, muebles, enseres y artículos escolares en Salinas. Era como una especie de Sears o JC Penney. míster Mateo, profesor de ciencias y matemáticas en la escuela superior, conocido entre los estudiantes como “Galileo”; Pablo López, sanidad del gobierno; míster Agostini y Helen; maestro y telegrafista respectivamente; Hilario González, contratista de obras que prácticamente construyó en Salinas todo lo que de aquellos años es de cemento; Manolo Otero, marshall de la Corte de Salinas; Gerónimo Colón poderoso comerciante, quincallero en carreta tirada por caballo y luego en una guagua roja que nunca pudo dominar a la perfección; míster Restituto Santiago, maestro de ciencias y matemáticas;  misis Alomar, maestra de ciencias; Tonito Cruz, chofer de carro público de la Lapa; don Lalo Rojas, placero, don Antonio Amadeo, placero, Epifanio Rivera, maestro de pompas fúnebres; Maximiliano (Sanito) Reyes, poderoso comerciante; doña Estefania, matrona de la familia Rivera y que operaba una lechería en el lugar; Luis Mateo, cobrador de A.A.A.; don Víctor Figueroa, alcalde del pueblo; doña Panchita, reconocida costurera de la comunidad; Genaro Hoyos, cirujano menor que por años fungió como médico en el Hospital Municipal  con sorprendente asertividad, en fin, una gama de expresiones sociales, profesionales y comerciales en convivencia con otras personas “respetables”, que calladamente vendían pitorro y bolita; jugaban juegos de azar en cantidades a nivel de casino y patrocinaban los negocios de prostitución que lost cityproliferaban en el entorno.

Los negocios del vecindario eran: el Bar de doña Sixta; Los Latones de doña Petra, El Colmado Braña; El Negocito de don Ángel Moreno;  La Tiendita de Cámara; La Tienda de don Sixto, al final de la Degetau y más allá en la distancia el Restaurant El Almendro de don Valentín y el salón de bailes Under The Trees de Enriquito Boss.  Para completar, y casi en medio de todo esto estaba el Manicomio Municipal muy cerca de casa y un poco más allá, La Panadería de Pepe Vélez y el Hospital Municipal. La Ciudad Perdida, le hacía honor a su nombre: se trataba de un New York en pequeña escala, si le añadimos entre sus suburbios a la barriada Borinquen, un arrabal que divisado a la distancia desde el malecón, me lucía precioso y atrayente, misterioso y subyugante. Estoy convencido de que ningún otro lugar del mundo me hubiera proporcionado este abanico de posibilidades para interactuar en tanta diversidad al mismo tiempo y con entera tranquilidad y seguridad.

No recuerdo días o noches más interesantes y divertidas que las que pase en la Ciudad Perdida.  En cualquier anochecer, en los tiempos de la zafra, llegar hasta la vía del tren que discurría por el camino de la Hacienda La Margarita era aventura obligada.  Se llegaba hasta la vía entrando por el restaurante El Almendro, cerca de Radio WHOY, para esperar el paso de la locomotora de las 6:00 de la tarde y con gran pericia y coordinación en pies y manos, asumir el riesgo de jalar de la máquina  8 o 9 varas de caña 10-12. Esa era una caña blandísima, rica para complementar la deficiente dieta de aquellos días.

Llegada la noche, las alternativas disponibles para entretenerse no tenían límites. Los más osados jugábamos de esconder en el viejo Cementerio Católico del Campito, al que lográbamos fácil acceso desde el malecón por un solar vacío cerca del negocio de Sixta. Echar carreras por el oscuro Malecón, o por la calle Barbosa y otros juegos tradicionales, no parecían cansarnos.

Pero una de las actividades más rentables en aquellos tiempos de guerra, era guiar a los soldados americanos fugados del Salinas Training Area. Cobrábamos 50 centavos por cruzarlos a través del río, en dirección a La Joya y por la falda del Cerro de los Modesto, hasta llevarlos de vuelta a la base militar.

Dante A. Rodríguez Sosa, niñez 003Otra gran preferida era escuchar a Rafa Rodríguez, de la barriada Borinquen, relatar episodios fantásticos sobre sus imaginadas correrías por el mundo. Sus cuentos eran verdaderamente interesantes y deliciosos. Nosotros, el grupo de adolescentes del vecindario, éramos una clientela ideal para él. Debemos recordar que reunirnos para escuchar embelesados cuentos era posible porque a Puerto Rico no había llegado la televisión. Al final, todo concluía mondando y chupando caña en cualquier acera de las calles de la Ciudad Perdida.      

Los fines de semana  y las tardes después del horario escolar, tenían un destino muy particular: ir a buscar yerba en las piezas de caña de la Colonia Isidora, en el llamado Pasto de Borinquen. Aunque vivíamos en la zona urbana, en casi todas las casas siempre había gallinas, patos y palomas; así era desde la Segunda Guerra Mundial. Las yerbas preferidas eran la verdolaga, la peseta, y malojillo cuando había cabros. 

Otras veces íbamos a bañarnos en las charcas del río, en el Lago de Vale, en el Canal de la Joya o en el lago de Calolo.  A veces, íbamos a la boca del río a pescar, o jugábamos pelota en la ribera del río donde el terreno era arenoso. En otras ocasiones, cruzábamos el cauce del río, luego de bajar por las escalinatas del malecón, hasta llegar a Borinquen a visitar a Dona Geña, la mamá de Santin, Vitín y de Rafa. Vivía en una  casa de madera, muy humilde pero limpiecita y el patio era una delicia de jardín.

La barriada Borinquen era un lugar muy especial. Parecía una especie de laberinto, formado por casas aglomeradas. Tenía únicamente una calle, a la que se llegaba a través de unos callejones, delimitados por linderos de arbustos y árboles, algunas  empalizadas de planchas de zinc viejo, alambres de púas y setos.  Era un enjambre de callejones, creo que hechos a propósito, para escapar de la persecución de la policía, habida cuenta de que el lugar era el centro de excelencia desde cual se practicaba la prostitución, el juego, la venta de bolita y de ron pitorro.

Me resulta curioso ahora notar que me movía entre dos círculos de amigos. Los  que íbamos a Borinquen como algo muy natural y los que por las razones que fuera, se mantenían alejados de aquel pecaminoso ambiente. Entre los amigos de Borinquen, recuerdo a  Fernando Rivera Meléndez (Tati Palomilla) , Merejo, Israel, Rafa Rodríguez, Carlitos Gero Cintrón, Ángel Luis Amadeo(Pantera)  y muchos otros. Entre los de la Ciudad Perdida estaban: Luis Mateo, Celso Rosa, Esteban Rosa, Arnaldo y Che Casalduc, Tincy Torres, Orlando Jiménez y su hermana y los hijos de un farmacéutico de Ponce, que vivía frente a casa.

A partir del momento en que pasamos a vivir a la Ciudad Perdida  alrededor del año 1951, los diferentes desarrollos familiares estuvieron influenciados por diversas corrientes de ideas y de acontecimientos, entre otros:  la Guerra de Corea, marcada por la presencia del ejército de los Estados Unidos, con jóvenes reclutas puertorriqueños sin alternativas, ni otras oportunidades de vida que no fuera la emigración a recoger tomates en las fincas del continente, y el crecimiento de la vida social nocturna en todas las esquinas del pueblo y algunos barrios, con sus ribetes de prostitución discreta y abierta .

Es  dentro de todo este acontecer y en ese entorno que  se desplegaba y destacaba el decidido, avasallador, marcado e insoslayable control sobre toda la vida social, política y hasta económica de Salinas, de un sacerdote puertorriqueño del que les hablaré más adelante: el Padre José Torres Rodríguez.

Debo redondear ésta perspectiva añadiendo que nos vimos obligados a regresar a vivir al centro del pueblo de Salinas, frente a la Plaza de las Delicias, al zaguán del edificio de mi madre en la calle de Cayey. Nos mudamos debido a que Doña María, la dueña de la casa en la calle Degetau, la necesitaba porque había decidido volver a vivir en Salinas. Ese retorno al centro del pueblo fue un reencuentro con viejas amistades y un cambio muy favorable, pues entre otras cosas positivas, comenzaba la televisión en Puerto Rico y los que tenían televisores eran las familias acomodadas, precisamente nuestros vecinos, a donde acudíamos a disfrutar de la sorprendente  información que producía ese medio. Además, previo a eso, nos dedicábamos a escuchar educativos programas de radio y a participar, como oyentes, de  las enriquecedoras tertulias entre profesionales, en la Plaza las Delicias.

En 1957 regresamos a vivir al Modesto Cintrón y para el 1959 volvimos al centro del pueblo, esta vez al Patio Ortiz, en la casa de la sucesión de doña Tita (Vicenta Ortiz Díaz, una de las dos tías abuelas de mi madre Tilita Sosa). Ya para esta época, uno tras otro de los miembros de la familia, entramos a cursar estudios en la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras. 

© Dante A. Rodríguez Sosa

Vivencias y querencias 1: El inicio

Cuando caiga el telón / José Manuel Solá

Por supuesto, un día nos iremos. Es lo natural. En cuanto a mi respecta, payaso en el circo de tres pistas de esta vida, no me iré del todo pues los payasos, cuando son auténticos, no mueren, no se retiran permanentemente. Sencillamente, al caer el telón, hacen mutis. Es lo que haré. Recogeré mis zapatones, mi peluca, mi nariz de goma roja, los pondré en el morral y saludando con la mano daré la espalda y echaré a caminar.

Ese día está dispuesto por Dios. No sé cuándo será, que, en fin, ni lo busco ni lo rechazo. Tampoco lo temo. Sé que tras bambalinas está el escenario mayor. En éste, en el que ahora habito, he cumplido con la función de buen payaso; ya caminé sobre la cuerda floja, ya fui malabarista, ya tropecé y caí no sé cuántas veces, ya recibí manotazos en la cara… en fin, ya hice reír a todos. Escuché los aplausos pero también la burla. Y todo esto duró hasta que la carpa quedaba vacía, hasta que se alejaba el último espectador. O hasta limpiar el maquillaje y la soledad me abrazaba sin decir cosa alguna: sin elogios y sin censuras. Por eso siempre amé mi soledad. Aunque a veces, antes de despojarme de mis máscaras, me miraba al espejo y me preguntaba: ¿quién soy?

Yo no lo sabía. Pero Dios lo sabía.

Cuando caía en la pista, yo no sabía si tendría la fuerza para ponerme de pie. Pero Dios me tomaba de la mano y me levantaba. Y aquellas lágrimas eran lágrimas de amor a mi Señor. Pero el público aplaudía  y reía hasta el delirio, porque no lo sabían. En fin… ese era mi trabajo, esa era mi función y –gracias, Dios mío- creo haber cumplido con la tarea asignada.

Del otro lado de la cortina me esperas Tú. El escenario es más grande y está lleno de luz. Ahora solamente estoy listo para cuando sea tu voluntad llamarme.

Sólo entonces haré mutis.

José Manuel Solá

Sábado 11 de agosto de 2012

11:00 a. m.

Vivencias y querencias, 1: El inicio / Dante A. Rodríguez Sosa

Nací el 28 de septiembre de 1940 en el centro del casco urbano del pueblo de Salinas. La comadrona que atendió el parto la conocí pasados mis cincuenta años. Ella había regresado de New York, lugar a donde fue a residir alrededor de 1948 y en el que permaneció hasta la década de 1990.

Dante, 5 meses

Dante, 5 meses

Se llamaba Adela Soto, miembro de una distinguida familia afroboricua, algunos de cuyos miembros todavía viven en la calle Palmer de Salinas. Mi madre tenía una relación muy especial con esta familia y particularmente con Adela. Por eso, a la hora de los partos la comadrona siempre fue Adela.

Un día visité en su casa de la calle Palmer a Madrina Adela (así se dirigía uno a quien lo levantó en alto para agitar el soplo de vida, precipitando así la primera bocanada de aire y al mismo tiempo el primer llanto de tantos que acompañan las complicaciones de la existencia) Ese día estuve conversando toda la tarde con ella. Hablamos sobre el momento en que llegué a este mundo, cómo se desarrolló el parto, el ambiente, el comportamiento de mi madre y de su experiencia como partera, particularmente en mi caso.

Me contó que mi madre, no obstante la natural preocupación que surge en este momento de tensión y de los intensos dolores que siempre acompañan un parto natural, tenía por costumbre recurrir a cierto ejercicios espirituales para sobrellevar el trance de ese momento. A ella personalmente como comadrona, esos ejercicios espirituales le transmitían una particular confianza y tranquilidad. A pesar de que Tilita era primeriza, fue un parto natural, como todos los otros cuatro partos en que la asistió, sin complicaciones ni sucesos fuera de lo común, sólo los acostumbrados.

Luego hablamos con detalles de la época en que mami vivía en una casa de su propiedad, localizada en la calle de Cayey, hoy calle Luis Muñoz Rivera. La casa estaba ubicada en el solar donde más tarde se construyó un edificio que ocupó una tienda de ropa de Toño Lozada, luego fue la Farmacia San Carlos, la que más tarde compró el Lcdo. Néstor Pabón y ahora es el local de una financiera. La casa colindaba por el norte con la Farmacia Lugo. En el patio había un árbol de flamboyán precioso y en la esquina colindante con el edificio del farmacéutico Pedro R. Lugo, había un árbol de lilayo, que otros llaman amansaguapo o arrasacontó.

Puedo decir que en esa casa de la calle de Cayey comenzó el peregrinaje social de la familia. Estaba localizada en el mismo centro del pueblo, esquina con la Plaza de las Delicias, a pasos de los cines y de los comercios más poderosos de la época. Esta centralidad implicaba el fluir continuo de toda clase de personas del campo y del pueblo y justamente residir al lado de los ricos y acomodados del pueblo.

En los alrededores residían, además del cura y familiares de mi madre, familias y personajes como los Benvenutti, los Sécola, los Monserrate, los Miranda, los Braña, los Paravisini, los Godreau, los Vega, los Vázquez, los Mateo, los Colorado, los Lanausse, el doctor Juan P. Cardona, las maestras Stella y Palmira Márquez, Gudelia Rodríguez, Paquín Carrera y el abogado Carlos M. Dávila, entre otros.

Vale decir también que el entorno ese, además de las entidades gubernamentales, también incluía la Plaza del Mercado, la fonda de Doña María, El Choferito, El Blue Room, La Maricutana, El Coamito, las farmacias Lugo, Márquez y San Carlos, El Escambrón, El Picolino, El Chanos Bar, la tienda de Miguel Vázquez, la tienda de Antonio Lozada, la fonda de Domitila, la fonda de Manolo Centeno, La Mascota, el Colmado Braña, La Jaguita, y otros.

Esa conversación con Madrina Adela, como muchas otras que tuve con mi madre, me llevó a recordar sucesos y situaciones que a veces considero imposibles recuperar de la memoria, dado el tiempo trascurrido, pero que en mi caso es una realidad objetiva que recuerdo con entera claridad, a pesar de que se refieren a cuando sólo contaba 2, 3, 4, 5, 6 y 7 años.

Como ejemplo, recuerdo la cuna en que dormía cuando tenía dos años, el lugar donde ubicaba, la frazada que me abrigaba y la intensa sensación de frío que sufría cada vez que me orinaba y el hule mantenía húmeda la cuna, hasta que venía mi madre y me cambiaba el culero de tela.

Recuerdo el ruido de los tanques de guerra cuando pasaban frente a casa y ver pasar a los soldados, ya fuera en troces del ejército o a pie, por la calle principal del pueblo.

Recuerdo las estruendosas sirenas durante la noche, indicativas de un “Blackout”, y que mi madre explicaba diciendo que tenía que estar todo a oscuras y ni siquiera se permitía encender una vela.

Recuerdo las conversaciones sobre el desarrollo de la guerra, y la carestía de alimentos que entablaban los clientes del frigorífico que ubicaba en el zaguán contiguo a la casa. Ese frigorífico de vender hielo lo atendía un hijo del contratista de obras Hilario González, de nombre Frank, que murió siendo muy joven.

Recuerdo que mi hermano Edelmiro y yo dormíamos uno al lado del otro, en unas pequeñas camitas con colchonetas que llamaban “pisicorres.” Solíamos hablar todas las noches, aunque sólo contábamos entre cinco o seis años, de los planes que habríamos de desarrollar en el futuro. Con el fin de poder realizar los ostentosos y portentosos planes, ambos a coro repetíamos: “primero trabajar, trabajar, trabajar.”

Luego de las repeticiones de la palabra clave en forma alternada Edelmiro o yo pronunciábamos como un hecho dado por realizado determinado aspecto del plan. Ejemplo: “y compramos una casa, y viajamos por el mundo, y compramos un automóvil”, y así por el estilo.

El entorno en que viví mi niñez modeló mucho la forma en que he visualizado la vida, y ha sido siempre así hasta hoy. Las conversaciones y

discusiones en la Barbería de Don Tomás, las acostumbradas tertulias frente a la Farmacia Lugo, las multitudes haciendo fuerza para sacar taquillas, artistas de reconocimiento internacional pasando frente a los ojos de uno, son aspectos que sin lugar a dudas impactan la sensibilidad de cualquier ser humano.

Pero de todo este mundo infantil muy peculiar, que mi madre me comprobó en toda su dimensión que en efecto todo ocurrió como lo relato aquí, hay un detalle que sobresale de manera impactante e imperecedera.

Tilita Sosa

Tilita Sosa

Mi madre mantuvo a través de su vida una exploración continua en torno al papel del ser humano en la creación. ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es el fin último de la existencia? ¿Las religiones y sus finalidades? ¿El rol de Jesucristo y de la Virgen María? ¿Las capacidades del ser humano para representar la esencia divina? ¿Su poder para hacer contacto con el más allá? ¿El poder de la mente? ¿La meditación? Dominaba todos estos temas de manera sencilla y sin rebuscamientos filosóficos ininteligibles y ciertamente con contradicciones.

Yo viví intensamente las contradicciones de Virgenmina Sosa Santiago: Tilita. Las vi y percibí en momentos de aparentes grandes convicciones, pero también en épocas de dolorosas e insondables dudas. Entonces la sentí protestar de forma rebelde y con coraje en los tantos momentos en que tuvo que confrontarse, absolutamente sola, con las duras realidades de la vida.

Yo pienso que ese creer y ese dudar le dieron una tremenda ventaja para desarrollarse espiritualmente. Ese fue un gran logro en su vida, pero además un gran ejemplo. Su prédica continua en contra del dogmatismo y la necesidad de ajustarse a la realidad, es vehículo que sugiere un ritmo de acción aconsejable para todos sus descendientes y de aquellos con oídos para oír.

Personalmente y para mi fortuna, ese enfoque vital me marcó para siempre. No importa que a veces se tenga que transar en aras de la sana convivencia social, tal como lo tuvo que hacer Galileo: “I PUOR SI MUOVE”.

Dante A. Rodríguez Sosa

Vivencias y querencias 2: La niñez

Mis memorias: Agua de colonia / por Marinín Torregrosa Sánchez

Agua de Colonia

Perfume de alelí, de canela, de caña ahumada y estiércol de vacas lecheras. Tunas de higo, manjar dulce, que crecía silvestre en los pastos cercados, dónde a pesar del límite se respiraba libertad.

La casa grande de La Teresa. En la planta baja, construida en ladrillos, había cuartos de almacenar las sillas de montar a caballos, la pileta, el garaje para guardar el jeep y hasta caballos. La planta alta de la vivienda estaba hecha de madera y zinc. Un balcón ancho a lo largo de la fachada, sala y cuartos amplios. Un pasillo que albergaba los fantasmas de las películas de terror. La cocina larga donde se podía formar una reunión sin problema de espacio.

Su majestuosa entrada la marcaban árboles florecidos de gallitos, rosas, pascuas, palmas y el árbol de guanábana al final del camino, detrás de la rueda grande de carreta. Moncho la montó sobre una base de hierro para que diera vueltas; era nuestro carrusel.

Recuerdo la escalera en forma de la letra L que nos llevaba al balcón de los juegos de dominó y cuentos de misterio. Como aquel del pirata que escondió monedas de oro bajo los cimientos de la escalera. Las horas que pasé en el jardín haciendo hoyos para desenterrar el botín.

Bajo la sombra del árbol de grosellas y el tamarindo descansaban los cerdos en su corral. Los cabros se alineaban al ladrido de mi perro Cariño. Sábado, la gata, dormía su siesta siempre a los pies de la escalera de la cocina. Desde allí velaba las palomas, los pollitos, pero no se metía con los gansos.

¡Ah! No puedo dejar de mencionar las palmeras a la orilla de la zanja de riego marcando el limite, donde comenzaba el cañaveral del lado sur del patio. En una de ellas, uno de mis hermanos por poco deja la vida: subiéndola se ósin aire y en el hospital de Aguirre le hicieron un pequeño hueco en el pecho. Le quedó una cicatriz que usaba para engañar a las muchachas, diciéndoles que había sido un tiro en la guerra… ¡no fue ni cobito de los Boy Scouts! Pero soñaba con ser piloto.

Todas las mañanas temprano llegaba Don Victorio a ordeñar las vacas. Se hervía en unas ollas grandes por mucho rato. La nata de la leche se recogía en un envase, añadiendo sal y batiendo se hacía la mantequilla más rica que mi paladar ha probado. Con una lata de galletas y café con leche aprendí que no hay estrechez en el amor.

Cómo nos reíamos cuando Ramona decía:

-Gracias le doy a ese Padre Celestial, mis hijos estudiaron con los animales.

Ella se refería al producto de la venta de cerdos, cabros, terneros, con eso pagaba la matrícula. Pero nosotros no dejábamos de molestarla hasta que terminábamos todos miándonos de la risa.

¿Dije miándonos? Sí, antes sanamente y sin abochornarnos podíamos mearnos de la risa.

Al frente de la casa estaba el ranchón, una estructura de columnas de madera y techo de zinc donde se guardaban las máquinas utilizadas en el cultivo de la caña de azúcar. El Zancú arrastraba los carretones llenos de pedazos de caña hasta la grúa. Allí se pesaban y se colocaban en vagones arrastrados por las máquinas de estrías hasta la central para procesarla. También llegaban a través del tren.

Con botas de goma, pantalones enrollados, sombreros de burra (de piel gruesa) y camisa de manga larga se protegían del sol y las raspaduras, los picadores de caña. A la hora de almuerzo se reunían a la sombra de un árbol, a la orilla del camino de tierra se sentaban con las mujeres y niños que le llevaban viandas, harina, bacalao o un caldo largo. Las fiambreras envueltas en paños para guardar el calor de la comida, sobre la cabeza de las mujeres de faldas largas, descalzos los niños con los pies curados del pedregal. Un rato de asueto, sonreídos, haciendo cuentos, pasando el macho y compartiendo la caneca de pitrinche.

El día de cobro, los quincalleros rondaban y las mujeres con sus mejores galas llegaban al invite del cortejo, otros en la jugada de topos y los más responsables a pagar la nota pendiente en la Tienda de la Jagua.

Familia Torregrosa Sánchez

La Tienda de la Jagua debió ser de las primeras tiendas por departamento en el litoral de Salinas. Sus dueños eran gallegos y estaba surtida desde comidas, ropa, zapatos, telas, muebles, sillas para montar caballo, herramientas… Recuerdo cuando mi madre me sentaba en el mostrador, mientras le despachaban la nota de comestibles. Yo me empachaba de bolas de chocolate con galleta por dentro y dulces de vaca lechera a montón por chavo.

Catorce hermanos, primos, Chamburín y los agregados, porque siempre en el caldero se echaba de más por si acaso… Bajo la sombra de un roble y un titán con los brazos amorosos de Ramona, siempre juntos bautizados con las aguas de La Colonia. Apuntando a destinos desconocidos todos con el mismo origen.

“Mis hijos no se pueden quejar… se bañan con agua de colonia” – decía Ramón Torregrosa Díaz.

Perfume de colonia, de café con leche, de mar y caña ahumada… perfume de los recuerdos de mi infancia.

Continuaremos…

Marinín Torregrosa Sánchez, 10 de julio de 2011.

Vocabulario

Colonia: nombre con el que se conocieron las haciendas cañeras luego con el establecimiento de los emporios azucareros tras la invasión estadounidense de 1898. En Salinas haciendas como Carmen, Margarita, La Teresa, Isidora, Providencia, etc. pasaron a denominarse colonia, ejemplo: Colonia La Teresa.

Agua de colonia: tipo de perfume creado en la ciudad de Colonia, Alemania.

Zancú: máquina

Pitrinche: rón elaborado clandestinamente.

Mi encuentro al sur / Lilia E. Méndez Vázquez

Yo no soy de Salinas; sin embargo, el color ocre de sus paisajes y suelos está en mi registro genético: resuena en mí desde que bajo la cuesta de Cayey, y al ver el valle me parece que llegué a un lugar conocido desde siglos atrás. Y es que mis antepasados, por la cepa de mi madre, son oriundos de Barina, el barrio más al sur de Yauco, que colinda con el mar Caribe y comparte con Salinas su topografía y sus colores, aunque sus respectivas historias no son del todo iguales. Creo que de tanto oír las vivencias de mis abuelos y de la infancia de mi madre, ese entorno sureño permeó en mí, aún sin conocerlo.

Yo nací en pleno corazón de “la losa”, cuando todavía el Hospital Pavía era una casona rodeada de balcones. Descubrí a Salinas cuando hice mi primer viaje al sur en mi temprana adolescencia, de paso para ir al funeral de una tía abuela en Yauco.

En aquella época no existía la autopista y la ruta más cercana desde San Juan era la temida ruta de La Piquiña. Entonces, no entendía el recelo de los adultos a la ruta, porque para mí la cadenciosa carretera fue un descubrimiento maravilloso.

Hacer un viaje de San Juan a Ponce era un proyecto que se planificaba con días de antelación y se hacía por tramos, parando para estirar las piernas en La Muda, más adelante en Caguas y luego en Cayey, en un restaurante que si mal no recuerdo se llamaba La Unión de Todos. Allí se recuperaban fuerzas para emprender la gran hazaña de atravesar La Piquiña.

Recuerdo que íbamos en el carro de mi tío, porque era el único apto para el viaje y por eso iba estibado de gente como un carro público. Yo tenía unos diez u once años y contrastaba con el resto del grupo, compuesto de padres, tíos y abuela, extrañados por mi interés en ir al funeral de una parienta desconocida. Mi interés, a decir verdad, era encontrarme con aquellas fascinantes vivencias y no dejar escapar la oportunidad de recrearlas. A partir de ese viaje, siempre decía presente en cuanto funeral de pariente se mencionara, porque lamentablemente sólo se viajaba cuando había un funeral, y como la familia de mi madre era numerosa, fueron muchas las veces que pude disfrutar de los viajes a los velorios.

clip_image004Durante el trayecto me la pasaba brincando de una esquina a otra, asomándome por la ventana para admirar los árboles de flamboyán y almendra, que eran los que reconocía, y divisar el color plateado del yagrumo, destacándose entre el verdor del monte. Devoraba el paisaje de las abundantes miramelindas con sus tonos rosados y blancos que alfombraban todo el borde de la ruta. Contaba los muros de las alcantarillas de las tantas quebradas que pasábamos, que yo imaginaba banquitos puestos ahí para sentarse a admirar el paisaje, los mojones blancos de cemento que indicaban cada kilómetro que recorríamos y las cruces rodeadas de flores plásticas que aparecían cada dos o tres curvas, recordando la víctima de un accidente fatal. No fueron pocos los regaños que me llevé de mi padre, quien temía que las cañas que sobresalían de los camiones que repechaban por allí, me azotaran la cara, pero seguía asomándome para ver hacia abajo el final de los barrancos o hacia arriba las murallas que formaban las montañas que la carretera bordeaba.

Una de esas montañas quedaba tan cerca, que por más que me asomaba no la veía completa. Como la montaña no dejaba de atraerme, bajo la protesta de tías y abuelas, me arrodillaba en el asiento para seguir admirándola por el cristal trasero, hasta que desaparecía repentinamente en una curva del camino. Años más tarde supe que se trataba de las Tetas de Cayey.

clip_image006Ya cuando la carretera empezaba a enderezarse, la tensión desaparecía y podíamos entonces detenernos en algún puesto improvisado a la orilla para comprar frutas y viandas. Comprábamos fresas silvestres acomodadas en canastitas de paja, guineos niños, mangós, ñame y cuanta verdura no fuese cotidiana en nuestro menú.

Con el baúl cargado de olores, comenzábamos el tramo de la recta hacia Salinas y ahí aparecía el canal de riego que corría a lo largo de la carretera. Yo me entretenía persiguiéndolo con la mirada, brincando de una puerta a otra, cuando el canal cambiaba de rumbo. A veces se me perdía. Entonces localizaba a las lavanderas y le seguía la pista hasta que volvía a aparecer a la orilla de la carretera. Ya casi llegando al pueblo, el canal y yo, nos despedíamos hasta el viaje de regreso.

A la derecha, divisaba la cordillera, tan cerca y tan lejos, con sus montañas doradas que se me antojaban de plasticina y sacaba las manos queriéndolas moldear.

A través de la calle principal del pueblo y luego al doblar hacia Santa Isabel, mi diversión era delatar los negocios rotulados “Off limits” y “On limits” a pesar de la disimulada indiferencia de los mayores ante mis insistentes preguntas sobre su significado.

Más adelante, a la izquierda, un mar manso, cuya playa se adivinaba al borde de la carretera y el olor a salitre que se mezclaba con el intenso aroma proveniente del mar de cañaverales situados a la derecha del camino. En ese tramo perseguía la vía del tren que por ratos corría paralela a nuestro rumbo y observaba, por largos kilómetros, el cañaveral bailando al son del viento del Caribe, hasta que el sueño me vencía.

Luego de más de tres horas de viaje, despertaba al llegar a casa de las tías abuelas, quienes a pesar de su tristeza, se regocijaban al verme, convirtiéndome en el centro de sus mimos, y yo las acogía como si las conociera de toda la vida…

 

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Lilia E. Méndez Vázquez es bibliotecóloga. Trabajó durante 35 años en la Universidad de Puerto Rico, recintos de Río Piedras, Arecibo y Humacao. Es presidenta de Indices CONUCO, la base de datos que indiza revistas puertorriqueñas. Actualmente cursa el Certificado en Edición y Artes Editoriales en la UPR y diseño gráfico en la Escuela Vocacional de Trujillo Alto.

Valeriano Amadeo, custodio del riego en La Isidora / Dante A. Rodríguez Sosa

Valeriano Amadeo, Valé, pasa a la inmortalidad por vía de la función de trabajo que le tocó desempeñar en la Colonia La Isidora, perteneciente a la Familia Godreau.  Fue por muchísimos años el custodio de los niveles de agua y del regadío programado para las distintas piezas de caña del lago artificial creado para dar vida a los cultivos.  A fuerza de tantos años de vivir en la cercanía del lago, la gente bautizó a ese cuerpo de agua como el Lago de Valé, diminutivo de Valeriano.

A diferencia de otros encargados, capataces y lambeojos, siempre fue muy permisivo en el uso de su lago.  Siempre y cuando se pidiera permiso, lo daba sin reparos.  Eso convirtió el lugar en el sitio predilecto para un chapuzón en cualquier época del año. HPIM2562

El lago estaba rodeado de una vegetación maravillosamente revestida de los más variados matices de verde, en las miles de plantas con diversa formas de hojas.  Era agua acumulada sobre tierra, pero era agua clara y limpia, y para mayor goce, era mejor bañarse en horas en que estaba llenándose, para disfrutar del chorro mientras las bombas de succión estaban prendidas y el tubo de 12 pulgadas tiraba su plena capacidad de caudal.  Meter la cabeza debajo del chorro era lo mejor y también tirarse de cabeza desde el borde de la compuerta.  La frustración que nos causaba a Luis Alberto Mateo Martínez y a mí llegar al Lago de Valé y encontrarlo lleno, pero con la bomba apagada, todavía la percibo.  Luis y yo entonces íbamos hasta el final de uno de los tubos, que se prolongaban desde la bomba hasta unas piezas de caña bien lejanas, para ya en la boca del tubo, cuestionarle a la bomba el por qué no estaba tirando agua.  Curiosamente el eco repetía la frase o pregunta que se hiciera de forma inexplicable tres o cuatro veces.  No teníamos alternativa, había que, a regañadientes, bañarse en el agua muerta.

Lo cierto es que el punto tomó notoriedad como refugio de enamorados, particularmente de jóvenes buscando un sitio adecuado para romper el coco y que nadie se enterara, aparte de que no hay hotel ni motel ni casa que supere la experiencia de una cita romántica en la forma primigenia.  Además hace falta, y digo que hace falta, el Lago de Valé para curar a los entumecidos cerebros de los adictos a la artificialidad como remedio para lograr cumplir el mandamiento.  En honor a la verdad Valé, quien con el correr de los años fue mi amigo, al que visitaba ocasionalmente, me confesó que solía tener siempre un poco de pitorro para la venta, y que sus mejores clientes eran las parejas asustadas.  Se hacía de la vista larga, pues tenía una visión muy afinada de lo que eran las circunstancias de la vida de frente a las fiebres humanas.  Por eso, la inmortalidad de Valé en el recuerdo del Lago de Valé, vale y valga la redundancia.  El miró su lago con espíritu humano, como uno de servicio propiciador del placer humano natural.

Penosamente hay que decir que otros como Matute y antes que él Indio, espantadores de ilusiones, de sueños y de querencias, no guardan la misma estatura de rememoración ni afloran al recuerdo cariñoso en verdad.

El Lago de Valé desapareció de la faz de la Colonia La Isidora y de ésta sólo queda nombrado el Cementerio Municipal de Salinas. Tarea mala la imitación del Lago de Valé con modernas y costosas piscinas: la Piscina de Campamento, la piscina del Albergue y no sé cuántas otras, que en nada llenan la sensibilidad humana. Su frialdad conmueve a la viagra y le resta a la vida sencilla. Gloria al Lago de Valé y a sus recuerdos.

© Dante A. Rodríguez Sosa