Mariana : una historia de amor / Roberto López

Capítulo 4. – Los Barcos

El último domingo del verano, a nuestra playa llegaron muchos buques de guerra, que eran más grandes que los islotes y no dejaban espacio para las yolas de los pescadores. Las olas se fueron llenas de miedo y los caracoles guardaron silencio. Y de las palmas no escapó un murmullo.

Los helicópteros parecían abejas que iban y venían de su colmena en el monte Caroberto; en vez de miel, llenaban su panal con tanques, bombas y cañones.

De los aviones cayó una lluvia de soldados americanos directo al vientre del manso y hospitalario monte.

Una ráfaga de viento se llevó a unos cuantos y cayeron en el implacable Cerrillo, a donde vivía Mariana.  Los invasores se lo llevan todo y traen nada.  Celoso, sentí un miedo que aprieta el corazón. ¡Qué sería de mí, si aquellos piratas alcanzan a ver el tesoro de mi alma!

Quiso la suerte que unos toros salvajes que cuidaban un rebaño de cabras, con la ayuda de un chivo, recibieron a los soldados como fieras embestidas.  Unos poco se escaparon porque torearon mejor que El Cordobés y Manolete.  Otros pasaron la noche con las changas, trepados en un escambrón que los hincaba, mientras abajo dos toros pacientemente esperaban.barco de guerra

Comenzaron las maniobras, temblaron los montes y el cielo se cubrió de un esmalte negro, más negro que el cielos en tiempo de zafra.  Sentimos la misma pena que por muchos años sufrió La Isla Nena.

Llegó el primer día de clases en la escuela secundaria y Yo tenía un palacio de amor montado en mi mente.  Llegué dispuesto a perderle el miedo a las palabras y sin mucho rodeo y con mucha elocuencia le pediría que fuera mi novia.  Y, si intimidado por su belleza, me daba un ataque de pánico, aunque sudara frío, no dejaría de pedirle el Sí, “con ese mayúscula”.

No era nuestro destino.  Se derrumbó mi castillo cuando Isidra me dio la noticia.

Cerraron las fábricas de sostenes y de guantes.  Los padres de Mariana, perdieron sus trabajos y tomaron la triste decisión de irse a Nueva York, llevándose con ellos la hermosa doncella.

Con el espíritu en quebranto, llegué al taller de artes industriales de Mr. García.  Con el tono más serio del mundo, el maestro me presentó el Verdugo y apuntó a la pizarra donde estaba escrita la tarea del semestre.  Luego se sentó en una silla afuera del salón y no despegó los ojos del periódico hasta el día en que se jubiló.

Me senté al lado de Carlitos Pichón, y aquella cacatúa, con puñal de sal agravó mi herida cuando vilmente cantó:

-Oye Sorullo, -se te fue el Capullo.

-En una semana, -te olvidará Mariana.

-Cara de rana, -te quedaste con las ganas.

A Teté, la biónica prima de Mariana y pionera por ser la única niña del salón; no le gustaron las burlas de Carlitos.  Sin encomendarse a nadie, cogió el Verdugo y le dio un trancazo en la espalda dejándolo sin aire y rompiendo en pedazos aquel 4×4.

Después de ese día, aquel pájaro no volvió a volar por aquellos lares. Dicen que era alérgico a los salones nuevos de la escuela intermedia y que unas fibras de asbesto se le incrustaron en su cuerpo dejándolo “pasmao” en el desarrollo.

Lo único que se incrustó dentro de mí, fueron las fibras del recuerdo de Mariana, que como huellas de amor imprimieron su nombre en un rincón de mi corazón.

Los barcos zarparon, y los caracoles alegres cantaron al regresar las olas.

Un caracol, desconsolado lloró en silencio, y por siempre quedó esperando el regreso de Mariana.

Fin.

©Roberto López