Madre / Edwin Ferrer

fetoNo sé si en tu vientre con mi rostro logré encender la vida en tu retrato. Navegué tu cuerpo buscando una imagen y mi barca encalló en la calle Monserrate.

Grabaste mi nombre en Salinas para que fuera libre como su verde bandera ondeando sobre el mar, libre como los peces que nadan en su escudo y como el pitirre que sobrevuela montes de sal.

Mi bautizo fue diminuto y mi primera comunión en el malecón mirando hacia La Isidora. Por eso mi sangre es dulce como la caña y mi cuerpo salado como el bacalao.

El flamboyán rojo de tu boca me ungió como misteriosa santa sobre el altar. Me diste por hostia pan sobao o de agua y por vino guarapo de caña.

Gracias madre por tu ternura, gracias por tu hermosura.
Y gracias a la partera que me haló por las piernas en el pueblo de la dulzura.

Kaminero

Madre / por Maritza Ledée Rivera

Madre

Elevando una oración: A las Madres que hacen honor a la palabra más hermosa. Es un don divino y hay que respetarlo, en reverencia si fuera necesario.

En honor a las madres hacendosas que todo lo dan por amor.

A todas las madres que tuvimos el privilegio de ser vehículo de vida; a todas las que no pudieron concebir.

A las madres a corto tiempo que se dedican a instruir, educar, criar y a regalar su amar sabiendo que vendrá el día esperado de separación, y aun ante el dolor sonríen porque hicieron su obra de caridad.

A las madres que fueron abandonadas por sus engendrados en el camposanto, y a quienes solo la lluvia, el viento y variedad de insectos le visitan.

A las madres que desprendieron de sus entrañas su rol de madre por seguir normas arcaicas de creencias y valores sin sentido.

A las madres que prestaron su vientre para ser a otras más felices.

A las madres que aprendieron a hacerlo a rompe dientes, sin ejemplo ni recuerdos.

A las madres que deambulan por las calles y son motivo injusto de charlas y risas de transeúntes cuando esperan que un alma dadivosa les provea el pan del día.

A las madres que se escapan en la noche a complacer a extraños para llevar el pan a su hogar mal dirigido.

A las madres a quienes le arrebataron su dignidad, y por salvar su honor están entre barrotes y paredes frías anhelando ver sus hijos algún día. Quienes volverán del viaje inventado por los suyos para crearle el orgullo por su progenitora a los hijos que preguntan por su ausencia.

Por mis dos hijas quienes tuvieron el valor de decirme frente a frente su secreto y la sorpresa que iba a ser abuela, y quienes aun sabiendo las consecuencias de falsos positivos, no interrumpieron su embarazo.

A todos los hombres que por razones poderosas reconocemos por este rol tan bien llevado. Por las madres que viven en dimensión divina y llamamos Ángeles.

Por las madres que a cada minuto se abrazan al manto de sus creencias. Ofreciendo promesa tras promesa, pidiendo por el hijo que arriesga su vida por lo que todavía no entiendo; madres que reciben a diario noticias de hombres en uniforme con decoraciones y en ocasiones carentes de compasión y sensibilidad.

A las madres del mundo y en especial a mi madre y a nuestras madres Salinenses. A todas las que menciono, y a las que no menciono también. A todas ustedes, felicidades; bendita sean y Gracias por enaltecer y exaltar este don divino y consagrado. Felicidades en el dia de la Madre!  Un abrazo apreta’o!                   

©  Maritza Ledée Rivera

Doña Pancha : in memoriam

Ramona Baerga de Jiménez m 2014Mamá Pancha

Mama Pancha fue para mí un ser especial. Dejó aqui muchos hijos, adoptivos en su mayoría, huérfanos de su maternal amor y cariño.

En mis años de universitaria, cuando regresaba en las tardes al Caserío Bella Vista sólo tenía que cruzar del apartamento 88 al apartamento de enfrente. Allí me esperaba mamá Pancha con un plato en la mesa. Mi madre no regresaba hasta la tarde del trabajo pero sus hijos no estaban solos porque allí enfrente estaba Mamá Pancha.

Casiano, su amado esposo de toda la vida solía sentarse en un sillón en el balcón a leer los periódicos del día y mientras mamá Pancha alimentaba a sus semejantes con sus suculentos manjares, Casiano alimentaba sus mentes. Su casa estuvo abierta a hijos, nietos e hijos de vecinos; grandes o chicos, ricos y pobres, a todos servía esta mujer humilde, sencilla, diáfana en todo y para con todos.

¡Un ángel se ha unido al coro Celeste!

 María del Carmen Guzmán

Anoche te soñe… / José Manuel Solá

Texto # 8 – De mi locura, en Sol Mayor…

Madre, anoche te soñé y en mi sueño venías caminando sobre jazmines

grandes como lunas, igual a cuando mi padre regresaba

en la tarde proclamando evangelios de amor con la mirada…

¡Te soñé viva, madre, te soñé viva!… como se sueña con

los días de la pobreza que todos compartíamos sobre el mantel más limpio,

como cuando cantábamos junto a mis hermanos,

como el día en que encontramos el nido de la alondra,

como cuando mi hermano peinaba mis cabellos…

Te soñé como el milagro del pan y de los peces que sólo tú sabías.

Te vi caminar con tu paz hacia mi sueño con un quinqué encendido en la mano

una noche oscura en que llovía intensamente sobre todo el planeta.

Y soñé el mismo aroma de lavanda y tibieza que tenían tus brazos

al abrir las ventanas.

Anoche te soñé irradiando mariposas de luz sobre mi mundo…

(c) josé manuel solá – 2012

Madre / Edwin Ferrer

madres2No sé si en tu vientre con mi rostro logré encender la vida en tu retrato. Navegué tu cuerpo buscando una imagen y mi barca encalló en la calle Monserrate.

Grabaste mi nombre en Salinas para que fuera libre como su verde bandera ondeando sobre el mar, libre como los peces que nadan en su escudo y como el pitirre que sobrevuela montes de sal.

Mi bautizo fue diminuto y mi primera comunión en el malecón mirando hacia la Isidora. Por eso mi sangre es dulce como la caña y mi cuerpo salado como el bacalao.

El flamboyán rojo de tu boca me ungió como misteriosa santa sobre el altar. Me diste por hostia pan sobao o de agua y por vino guarapo de caña.

Gracias madre por tu ternura, gracias por tu hermosura.

Y gracias a la partera que me jaló por las piernas en el pueblo de la dulzura.

 ©Edwin Ferrer

Carteando: poema a la madre / Gladys Castelvecchi

CARTEANDO

Señora la mi madre,clavel

doña Braulia González:

qué lindo nombre para milonga criolla

vivió usté, doña Braulia.

 

Qué bien vivió su nombre de paridora fuerte,

de vientre siempre en fruto,

cómo estaba su nombre en sus manos tan fieles,

en los pies afanándose por un lado de la cuna,

por el otro en la máquina de hacer nuevo lo viejo,

déle fuerza y fuerzaza

sin parar, doña Braulia.

 

Usted ahora sabe,

señora la mi madre,

cómo yo me moría por algo tierno suyo.

Eso que tienen todos; un beso, una caricia.

Aprendí muy de a poco

que su vida de pobre, sus tareas de pobre,

su cocina de pobre, su dignidad de pobre

(me inclino, doña Braulia),

eran todo lo tierno que tenía a su alcance.

Uno aprende despacio.

 

Aquí la estoy pensando como la vi por años,

su aguja, su dedal,

boca seria, ojos mansos

y el libro que leía

para llorar de tristezas no suyas,

hoy pienso.

 

Aunque heredé su nombre,

nadie me llamará como a usté, doña Braulia,

y es justo:

hay que ser mucha cosa para llamarse Braulia.

 

Y en usted había algo

como de agua en cántaro,

como tierra impregnada,

como de hoja silvestre con un secreto adentro,

como de india, vamos.

Siempre me he preguntado

cuántos indios habría sostenido su sangre.

A canoa por sus venas, jadeando y por las mías,

anda un indio, me juego.

Un indio muy formal, tatarabuelo,

muerto de hambre en su río,

codicioso de peces que se escapan, se escurren

(uno de ellos, justamente,

es el que viene a rebullir mi sangre aún,

de vez en cuando).

 

Yo le escribo esta carta

nada más de nostalgia.

Bien pocas lunas hace se me asomó en un sueño

y estaba trabajando

sin sacarle ni un poco de reposo

a ésa, su eternidad.

 

Y quiero aconsejarle que descanse,

señora Doña Braulia.

Deje de acicalarle las alas a los ángeles

o esponjarle blancuras al Espíritu Santo.

(Yo la pienso en un cielo

como usted lo pensaba.

Infierno y purgatorio

los vivió en estos pagos).

 

Y mire que no me olvido que usté era manilarga.

Modérese mi madre.

Pobre angelito que andando por su lado

se las pase de diablo.

 

Porque esto tengo cierto:

donde está usted, hay ángeles.

 

Como hubo en su jardín,

en su quinta de verduras

y pasteles caseros en las festividades.

 

Ternura, doña Braulia,

Ternuras. Se agradecen,

aunque se entiendan tarde.

 

Y hasta más ver, señora.

Gladys Castelvecchi, uruguaya

A un año de tu partida… Cierro los ojos para poder verte

Por: Víctor A. Alvarado Guzmán

Luego de reflexionar, pensar, recordar, llorar y revivir a mi madre Esperanza durante un año, descubrí que la realidad más especial que ella me enseñó fue el saber que, después de Dios, la familia está primero que cualquier otra cosa.

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En el mes de noviembre, mi hijo Víctor Daniel participó de su primera carrera del pavo en el Colegio Perpetuo Socorro. Es uno de esos momentos en la vida, al igual que el primer día de clases, que los padres nunca deben perderse en la vida de su hijo. Al sonar el silbato, los niños salieron corriendo y desde el principio Víctor Daniel se colocó en segundo lugar. El niño que iba en primer lugar mantenía una buena distancia del resto. Los niños debían dar una vuelta, haciendo un círculo, y al final correr como 100 pies adicionales hasta la meta. Padres, madres, tíos, tías, abuelos, todos gritaban apoyando a su niño. Mi esposa Litzy, su hermana Nancy y yo nos habíamos colocado en el lugar donde se cerraba el círculo de la carrera. Al acercarse el primer niño, Víctor Daniel venía aún segundo. De pronto, el primer niño se desorientó, miraba hacia las personas (pienso que buscaba a su madre) y desaceleró. En ese momento, Víctor Daniel miró hacia nosotros y le gritamos que siguiera corriendo hasta la meta. Así lo hizo, le pasó por el lado al niño que iba primero, y ganó la carrera. El estaba contento, más lo estábamos sus padres al verlo con su cinta de primer lugar y con el pavo que luego le entregaron.

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En nuestra vida, muchas veces comenzamos carreras y/o proyectos con mucho entusiasmo. Le dedicamos gran parte de nuestro esfuerzo, tiempo y vida, y al acercarnos al punto donde “se cierra el círculo de la carrera”, a veces nos desenfocamos, perdemos de vista la meta y miramos a un lado buscando un apoyo que nos guíe. Que importante es en esos momentos tener a nuestra familia en el camino. Un buen amigo o amiga, o alguien especial que nos anime es algo bueno. Pero, cuando es nuestro padre o madre, tus hermanos o hermanas, los que están ahí para ayudarte y mostrarte el camino, para los que vamos en “la carrera” no tiene precio. Gracias a Dios, mi mamá Esperanza siempre estuvo en los momentos de mi vida al llegar al cierre del círculo de la carrera. Incluso, cuando mami no comprendía o no estaba de acuerdo con mis decisiones o acciones, ahí estaba ella. Como cuando decidí cambiarme de estudiar ingeniería a psicología, y durante años me peleó por tomar esa decisión. Cuando me gradué de bachillerato en psicología en la Inter Metro, allí estuvo mami, papi, mi hermana Gloria y hasta mi tío Freddy. En ese momento no entendí por qué si me peleó tanto por el cambio, entonces estuvo presente en la graduación. Ahora lo entiendo…era la familia. Por encima de las discrepancias, enojos, desacuerdos y discusiones, la familia es primero. Y más que decirlo, hay que demostrarlo. Aún me falta mucho por llegar al nivel de mami, pero al estar presente ese día, cuando Víctor Daniel nos miró, al cerrar el círculo de la carrera, y ayudarle a llegar a la meta, entendí que voy por buen camino.

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Varios días después de la carrera del pavo, acosté a Víctor Daniel en su cama y apagué la luz. En seguida me dijo: “Papá, no te veo”. Yo le decía que allí estaba, pero el insistía en decir que no me veía. Entonces, le expliqué que para ver a alguien, no hay que tener luz. Le pedí que cerrara los ojos y así lo hizo. Luego le pregunté que si él se acordaba como era “abuela Pepe” (así le decía a su abuela Esperanza) y me dijo que sí. Entonces le dije que a veces para ver a alguien sólo necesitamos cerrar los ojos y verlos con la mente y el corazón. Que así también sería con su papá y su mamá, que aunque no estuviéramos con él, sólo tenía que cerrar los ojos y nos vería. Le pregunté si me entendió y me dijo que sí.

A veces enseñando, aprendemos. En este primer año de la partida de mami al cielo, he aprendido a cerrar los ojos para poder verla. A veces despierto, a veces en sueños. Y aunque añore siempre poder escucharla echándome la bendición, cada noche, cuando Víctor Daniel le pide que nos proteja, entiendo que ella sigue estando al cerrar el círculo de la carrera de nuestra vida. Que no importa los obstáculos y desenfoques que tengamos, la familia es primero y ella seguirá gritándonos y dándonos su apoyo, mostrándonos la meta. Sólo hay que cerrar los ojos para poder verla…

Víctor Alvarado Guzmán, 2012

Publicado originalmente en: El Patriota del Sur