Huerfana en tiempos de pandemia / por Virgenmina Sosa, Tilita

Dicen que con lágrimas se pasa la vida. 

Surgen cuando sufres,

surgen cuando ríes.

Cuantas veces se conmueve

tu fibra espiritual. 

Dicen que las manitas de los huérfanos

irradian el frío de la muerte

la sombra misteriosa

que reparte soledad

cuando levanta vuelo

el amor maternal.

Dejando tras de sí

llantos de orfandad.

SRS

Comparto con ustedes el relato que hace mi madre, Tilita Sosa, de su recuerdo cuando la pandemia de influenza de 1918 la separó de su madre para siempre.  Homenaje a mi madre en la eternidad de la existencia.

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Madre / Edwin Ferrer

fetoNo sé si en tu vientre con mi rostro logré encender la vida en tu retrato. Navegué tu cuerpo buscando una imagen y mi barca encalló en la calle Monserrate.

Grabaste mi nombre en Salinas para que fuera libre como su verde bandera ondeando sobre el mar, libre como los peces que nadan en su escudo y como el pitirre que sobrevuela montes de sal.

Mi bautizo fue diminuto y mi primera comunión en el malecón mirando hacia La Isidora. Por eso mi sangre es dulce como la caña y mi cuerpo salado como el bacalao.

El flamboyán rojo de tu boca me ungió como misteriosa santa sobre el altar. Me diste por hostia pan sobao o de agua y por vino guarapo de caña.

Gracias madre por tu ternura, gracias por tu hermosura.
Y gracias a la partera que me haló por las piernas en el pueblo de la dulzura.

Kaminero

Madre / por Maritza Ledée Rivera

Madre

Elevando una oración: A las Madres que hacen honor a la palabra más hermosa. Es un don divino y hay que respetarlo, en reverencia si fuera necesario.

En honor a las madres hacendosas que todo lo dan por amor.

A todas las madres que tuvimos el privilegio de ser vehículo de vida; a todas las que no pudieron concebir.

A las madres a corto tiempo que se dedican a instruir, educar, criar y a regalar su amar sabiendo que vendrá el día esperado de separación, y aun ante el dolor sonríen porque hicieron su obra de caridad.

A las madres que fueron abandonadas por sus engendrados en el camposanto, y a quienes solo la lluvia, el viento y variedad de insectos le visitan.

A las madres que desprendieron de sus entrañas su rol de madre por seguir normas arcaicas de creencias y valores sin sentido.

A las madres que prestaron su vientre para ser a otras más felices.

A las madres que aprendieron a hacerlo a rompe dientes, sin ejemplo ni recuerdos.

A las madres que deambulan por las calles y son motivo injusto de charlas y risas de transeúntes cuando esperan que un alma dadivosa les provea el pan del día.

A las madres que se escapan en la noche a complacer a extraños para llevar el pan a su hogar mal dirigido.

A las madres a quienes le arrebataron su dignidad, y por salvar su honor están entre barrotes y paredes frías anhelando ver sus hijos algún día. Quienes volverán del viaje inventado por los suyos para crearle el orgullo por su progenitora a los hijos que preguntan por su ausencia.

Por mis dos hijas quienes tuvieron el valor de decirme frente a frente su secreto y la sorpresa que iba a ser abuela, y quienes aun sabiendo las consecuencias de falsos positivos, no interrumpieron su embarazo.

A todos los hombres que por razones poderosas reconocemos por este rol tan bien llevado. Por las madres que viven en dimensión divina y llamamos Ángeles.

Por las madres que a cada minuto se abrazan al manto de sus creencias. Ofreciendo promesa tras promesa, pidiendo por el hijo que arriesga su vida por lo que todavía no entiendo; madres que reciben a diario noticias de hombres en uniforme con decoraciones y en ocasiones carentes de compasión y sensibilidad.

A las madres del mundo y en especial a mi madre y a nuestras madres Salinenses. A todas las que menciono, y a las que no menciono también. A todas ustedes, felicidades; bendita sean y Gracias por enaltecer y exaltar este don divino y consagrado. Felicidades en el dia de la Madre!  Un abrazo apreta’o!                   

©  Maritza Ledée Rivera

Doña Pancha : in memoriam

Ramona Baerga de Jiménez m 2014Mamá Pancha

Mama Pancha fue para mí un ser especial. Dejó aqui muchos hijos, adoptivos en su mayoría, huérfanos de su maternal amor y cariño.

En mis años de universitaria, cuando regresaba en las tardes al Caserío Bella Vista sólo tenía que cruzar del apartamento 88 al apartamento de enfrente. Allí me esperaba mamá Pancha con un plato en la mesa. Mi madre no regresaba hasta la tarde del trabajo pero sus hijos no estaban solos porque allí enfrente estaba Mamá Pancha.

Casiano, su amado esposo de toda la vida solía sentarse en un sillón en el balcón a leer los periódicos del día y mientras mamá Pancha alimentaba a sus semejantes con sus suculentos manjares, Casiano alimentaba sus mentes. Su casa estuvo abierta a hijos, nietos e hijos de vecinos; grandes o chicos, ricos y pobres, a todos servía esta mujer humilde, sencilla, diáfana en todo y para con todos.

¡Un ángel se ha unido al coro Celeste!

 María del Carmen Guzmán

Anoche te soñe… / José Manuel Solá

Texto # 8 – De mi locura, en Sol Mayor…

Madre, anoche te soñé y en mi sueño venías caminando sobre jazmines

grandes como lunas, igual a cuando mi padre regresaba

en la tarde proclamando evangelios de amor con la mirada…

¡Te soñé viva, madre, te soñé viva!… como se sueña con

los días de la pobreza que todos compartíamos sobre el mantel más limpio,

como cuando cantábamos junto a mis hermanos,

como el día en que encontramos el nido de la alondra,

como cuando mi hermano peinaba mis cabellos…

Te soñé como el milagro del pan y de los peces que sólo tú sabías.

Te vi caminar con tu paz hacia mi sueño con un quinqué encendido en la mano

una noche oscura en que llovía intensamente sobre todo el planeta.

Y soñé el mismo aroma de lavanda y tibieza que tenían tus brazos

al abrir las ventanas.

Anoche te soñé irradiando mariposas de luz sobre mi mundo…

(c) josé manuel solá – 2012

Madre / Edwin Ferrer

madres2No sé si en tu vientre con mi rostro logré encender la vida en tu retrato. Navegué tu cuerpo buscando una imagen y mi barca encalló en la calle Monserrate.

Grabaste mi nombre en Salinas para que fuera libre como su verde bandera ondeando sobre el mar, libre como los peces que nadan en su escudo y como el pitirre que sobrevuela montes de sal.

Mi bautizo fue diminuto y mi primera comunión en el malecón mirando hacia la Isidora. Por eso mi sangre es dulce como la caña y mi cuerpo salado como el bacalao.

El flamboyán rojo de tu boca me ungió como misteriosa santa sobre el altar. Me diste por hostia pan sobao o de agua y por vino guarapo de caña.

Gracias madre por tu ternura, gracias por tu hermosura.

Y gracias a la partera que me jaló por las piernas en el pueblo de la dulzura.

 ©Edwin Ferrer

Carteando: poema a la madre / Gladys Castelvecchi

CARTEANDO

Señora la mi madre,clavel

doña Braulia González:

qué lindo nombre para milonga criolla

vivió usté, doña Braulia.

 

Qué bien vivió su nombre de paridora fuerte,

de vientre siempre en fruto,

cómo estaba su nombre en sus manos tan fieles,

en los pies afanándose por un lado de la cuna,

por el otro en la máquina de hacer nuevo lo viejo,

déle fuerza y fuerzaza

sin parar, doña Braulia.

 

Usted ahora sabe,

señora la mi madre,

cómo yo me moría por algo tierno suyo.

Eso que tienen todos; un beso, una caricia.

Aprendí muy de a poco

que su vida de pobre, sus tareas de pobre,

su cocina de pobre, su dignidad de pobre

(me inclino, doña Braulia),

eran todo lo tierno que tenía a su alcance.

Uno aprende despacio.

 

Aquí la estoy pensando como la vi por años,

su aguja, su dedal,

boca seria, ojos mansos

y el libro que leía

para llorar de tristezas no suyas,

hoy pienso.

 

Aunque heredé su nombre,

nadie me llamará como a usté, doña Braulia,

y es justo:

hay que ser mucha cosa para llamarse Braulia.

 

Y en usted había algo

como de agua en cántaro,

como tierra impregnada,

como de hoja silvestre con un secreto adentro,

como de india, vamos.

Siempre me he preguntado

cuántos indios habría sostenido su sangre.

A canoa por sus venas, jadeando y por las mías,

anda un indio, me juego.

Un indio muy formal, tatarabuelo,

muerto de hambre en su río,

codicioso de peces que se escapan, se escurren

(uno de ellos, justamente,

es el que viene a rebullir mi sangre aún,

de vez en cuando).

 

Yo le escribo esta carta

nada más de nostalgia.

Bien pocas lunas hace se me asomó en un sueño

y estaba trabajando

sin sacarle ni un poco de reposo

a ésa, su eternidad.

 

Y quiero aconsejarle que descanse,

señora Doña Braulia.

Deje de acicalarle las alas a los ángeles

o esponjarle blancuras al Espíritu Santo.

(Yo la pienso en un cielo

como usted lo pensaba.

Infierno y purgatorio

los vivió en estos pagos).

 

Y mire que no me olvido que usté era manilarga.

Modérese mi madre.

Pobre angelito que andando por su lado

se las pase de diablo.

 

Porque esto tengo cierto:

donde está usted, hay ángeles.

 

Como hubo en su jardín,

en su quinta de verduras

y pasteles caseros en las festividades.

 

Ternura, doña Braulia,

Ternuras. Se agradecen,

aunque se entiendan tarde.

 

Y hasta más ver, señora.

Gladys Castelvecchi, uruguaya