Habitación 2 / por Marinín Torregrosa Sánchez

El hombre marcó en el celular el número de la casa. Le contestó el hijo menor, más o menos de 12 años. Le dijo que su madre no había llegado del trabajo.

– Pues cuando llegue dile que me dejaron doblando el turno. Que tengo que visitar las otras plantas… la de Fajardo, Arecibo y Ponce… es una auditoria y me voy a quedar por acá.

– Entonces, ¡te vas a perder la transmisión del juego pai!

– Eso es lo que me encojona, pero dile a tu mai que mañana llego tempranito porque me van a tener que dejar ir antes porque… ¡esto ‘stá cabron!

– Esta bien pai. Que descanses.

– Te veo mañana mijo Dios te bendiga.

Dejo caer el celular y se acomodó de medio lado. Arropó con su mano derecha el seno completo de su acompañante. ¿Era María? ¿Sandra? ¿Lorena? No recordaba. Tendría que mirar nuevamente su directorio privado, sus contactos “comerciales”.

– Hay tiempo. De aquí a que termine… con decirle “mami” pasa.

Ella levantó su pierna hasta la cadera del hombre, sin dejar de besarlo. En un acto de acrobacia quedo arriba con sus cabellos ondulantes sueltos, libres al aire y en un movimiento desafiante quedan cara a cara. Ella le dice:

– Ay Robe…, Pedr…, Luis… ¡papi!

Fue necesario poner los celulares en silencio. Los contactos de ella se activaron y él no pudo superarlo.

© Marinín Torregrosa Sánchez, 2 de septiembre de 2017.

Veneno / Marinín Torregrosa Sánchez

La mujer decidió que era tiempo de mudarse. La computadora abrió donde no debía, mostró la foto de él con otra. Se veía tan feliz. Su rostro irradiaba la luz que te rejuvenece el alma. No lo esperaba, todo iba tan bien.
Ahora todas las nubes se apartaron de su entendimiento. La prisa, las excusas para no salir ni acompañarla.
-No quiero gastar, no me siento bien… –
Quiso enfrentarlo pero no debía. Perdería lo que había ganado.
-Callaré, cuando sea oportuno lo mencionaré. Mientras tanto ya sé lo que puedo esperar: mentiras. –
Guardó su dolor y enjugó la humillación en el silencio de su soledad. Nada sería igual.
Empaquetó su río de recuerdos, quemó cada una de las letras de su nombre, echó las cenizas por el escusado. Mudó su piel. Fría y tosca como superficie de piedra.
Desde entonces, en las noches le prepara un café antes de acostarse. Las ratas se multiplicaban cada día. Inexplicablemente el veneno no las mata.
© Marinín Torregrosa Sánchez

Amor de porcelana / Josué Santiago de la Cruz

No había transcurrido 1 hora de vuelo cuando la nave comenzó a descender estrepitosamente.

La aeromoza daba las instrucciones que nadie deseaba escuchar…

Con lágrimas corriéndoles por las mejillas, Jackie le dijo a Ronny la verdad del aborto de su primer embarazo y él le confesó su más íntimo secreto. Luego se fundieron en un tierno y conmovedor abrazo.

De súbito el avión empezó a ganar altura, por lo que a los pocos minutos se escuchó un mensaje que oxigenó el ánimo de los tripulantes:

—You can now feel free to move around the aircraft and operate your electronic devices.

Jackie le envió un mensaje de texto a su abogado y Ronny no despegó sus ojos de las nubes que allá abajo convulsionaban.


© Josué Santiago de la Cruz

Sí, acepto / Marinin Torregrosa Sánchez

Mujer ante el espejo litografiaSe miró en el espejo. Se vio pasada de moda. Ayer enfrentó la infidelidad de su esposo en una piel tersa y lozana, capullo de flor silvestre, en un cuerpo de curvas sin frenos para la lujuria y el deseo.

Trató de buscar en su reflejo algún atractivo que pudiera resaltar.  Encontró ojeras, grietas en el rostro, un estómago asomándose, flacidez y una corona de espigas blancas como guajana sobre su sien.

Detuvo su mirada en la mesa de noche donde exhibe enmarcada su juventud pasada, graduada de estrellas y aventuras soñadas. Vuelve al espejo. Con el lápiz labial se pinta la sonrisa, se aplica el rubor en las mejillas y cepilla su cabellera. Coloca los dedos en su cara estirando la piel, esconde la papada y sin respirar vuelve a ser esbelta.

—¡Uf!  No puedo más, mi estómago se vuelve a inflar.—

Como máquina programada, se sirve un café. El primer sorbo le supo amargo, los demás a traición, engaño.

—¿En qué tiempo me perdí? ¿Cuando me fui con él desafiando al mundo? ¿Cuando formamos el nido con celo?  Quizás aquella vez hundidos en el enjambre de problemas o tal vez cuando la varita mágica nos cubrió de gloria.  Si, a él lo cegó el fulgor de otra estrella, más joven y bella.  Yo me quedé atrapada en el marco del retrato familiar en nuestra sala… ¿A dónde fueron mis sueños? ¿Dónde quedó la mujer que dijo “sí, acepto?”—

Cerró los ojos y se perfumó con los recuerdos gratos.  Se puso de pie, cambio el café por una copa de vino tinto. Se recogió el cabello y descalza descubrió lo bonito de su pie pequeño.

—Sigo viva y decidida al reto. Triste pero no vencida.—

Abrió los botones de su escote. Se tocó el alma y la pasión.  Bailó a solas la danza de los amores.  Cabalgó en corceles de su fantasía hasta que el quejido se hizo canción.  Vibraron las cuerdas de su arpa interior.  Se quedó dormida…y entre sueños sonrió porque era él quien se moría.

© Marinin Torregrosa Sánchez

Ilustración: Mujer ante el espejo 1935. Litografía sobre papel, Lozzano

El Velorio de Marunga / Marinin Torregrosa Sánchez

—¿Te fijaste quién llegó?— le dijo Julia a Magdalena dándole un sendo codazo.

—Ésa es la que llaman “abuela” porque ha comido más lobos que los que se puedan encontrar en los cuentos de niños.—

-Mujer, si serás…—

—¿Qué, no me crees? Pregúntale a Zoraida que le pidió dedos prestados a un pulpo porque no le daban los de ella para contarle los maridos a ésa.—

Se acomodó los espejuelos mientras miraba de arriba abajo a la que acababa de llegar. Blusa blanca de seda, pantalón ceñido negro, zapatos de tirillas, maquillaje impecable y a su paso perfumaba y coloreaba el ambiente con su risa y su vaivén.

—Mira cómo viste, se cree que es una nena. Tan mosquita muerta que era. ¿No te acuerdas en la escuela? Ni hablaba. Bueno, ¡qué va a hablar, si con los ojos lo dice todo! Mírala como le coquetea a Virgilio, pero ¿te vas a quedar como si ná? Esa fregá te lo va a quitar.—

-Solamente lo saludó…—

-¿Pero tu no conoces el lenguaje corporal, chica? ¡Si se le sobró cuando le dio la mano, le mondó el diente, se mordió la lengua mientras le guiñó el ojo y se remeneó toda caminando hacia él. A la verdad que tu eres bien pasmá!  No hay que ver nada más en la manera en que viste.—

—Está bien elegante y guapa…—

—¡Ay mi‘ja las estiradas de cara que se habrá hecho, por eso es que usa las mangas zapatos4largas y el cuello hasta arriba, pero lo de coqueta por más que se tape…hummm! Mira ese color de pelo, y los labios. ¿A quién se le ocurre venir tan pintá a un velorio? Y esos zapatos…—

—Están bien lindos…—

—Son de puta. ¿No te acuerdas que en la casa de Isabel todas llevaban botas? Yo que tú agarras bien a Virgilio porque esa gavilana ya le puso el ojo. Seguro que le dio el numero de su teléfono y ya tienen que estar planeando donde verse. ¡Ja! A mí no se me escapa una.—

—Ni uno, por eso mataste a Rubén, lo despachaste con un ataque al corazón.—

-¿Cómo tú te atreves a decir eso? Tanto que yo amaba a ese hombre y como lo cuidé. Magdalena tú no sabes lo que dices, mide tus palabras mira que me has ofendido y todo por culpa de la Marunga esa desgraciada. Eso me pasa por querer abrirte los ojos…—

En eso se adelanta Marunga a darle el pésame a Julia.

—¡Ay Marunga! Gracias por venir, tú sabes como te queremos, gracias por acompañarme en este dolor tan grande. El amor de mi vida porque tú sabes que fue mi primer y único hombre. Yo no conocí otro hombre que no fuera Rubén. ¡Ay Dios Mío, por qué te lo llevaste! ¡Llévame a mí y no me dejes en este infierno!—

Magdalena abrió los ojos mientras el alma de Marunga se entregaba en sentimiento verdadero en un abrazo.

Julia a grito tendido y Rubén descansando en paz.

© Marinin Torregrosa Sánchez