De cómo y por qué los invasores estadounidenses tildaron a la Isla de Puerto Rico de mendiga majadera / Rafael Rodríguez Cruz

Puerto Rico y la revista National Geographic, 1898-1907: De cómo a la bella princesa antillana le pusieron el mote de ‘mendicante majadera’

por Rafael Rodríguez Cruz

Tal como hermosa princesa antillana acabada de descubrir, la isla de Puerto Rico fue presentada al mundo de la ciencia estadounidense en la edición de marzo de 1899 de la revista National Geographic. Si es cierto eso que dicen, de que las primeras impresiones son las que cuentan, hay que decir que los editores de la prestigiosa publicación no escatimaron en 1899 en elogios para nuestra isla:

«Es la más oriental y más pequeña de las Antillas Mayores, siendo 500 millas cuadradas menor que Jamaica, en términos de área. Tiene 95 millas de largo, 35 millas de ancho, y posee un área de 3,668 millas cuadradas. Su línea de costa tiene una longitud de 300 millas. Su área es 300 millas cuadradas mayor que la de Delaware, Rhode Island y el Distrito de Columbia, combinadamente, y 300 millas cuadradas menos que la de Connecticut. Al mismo tiempo, es la más productiva en proporción al área, la más densamente poblada y la más establecida en sus costumbres e instituciones». (Traducción libre)

El autor de la edición de National Geographic dedicada a Puerto Rico no era un científico cualquiera. Se trataba de Robert T. Hill, uno de los exploradores más destacados en el campo de las investigaciones geológicas en Estados Unidos, desde la perspectiva de los intereses del gran capital monopolista. Entre 1886 y 1890, por ejemplo, este condujo estudios geológicos que hicieron posible los gigantescos proyectos de irrigación de las granjas agrícolas y comerciales en el estado de Texas, mediante la extracción de aguas subterráneas. También llevó a cabo investigaciones que sirvieron de base para la exploración petrolera en la costa de esa región. Al incrementarse el impulso imperialista de las corporaciones estadounidenses en la década final del siglo XIX, Hill estuvo en México, Jamaica y Cuba identificando yacimientos potenciales de oro y otros minerales. Además, en 1896 evaluó en detalle los aspectos geológicos del desarrollo de la «ruta del canal de Panamá». Su considerable conocimiento de la geología y exploración mineralógica siempre estuvo al servicio del capital. En parte por eso, Hill iba más allá que muchos científicos naturales y se interesaba en todos los aspectos de los países que visitaba, la historia, la economía, la política y las cuestiones raciales. Sus estudios científicos culminaban siempre con una valoración de conjunto e incluían recomendaciones basadas en lo que él llamaba la «geografía económica» determinante de la rentabilidad de las inversiones. Era de esperarse, pues, que al ocurrir la invasión de Puerto Rico en 1898, Hill llegara a nuestra isla para evaluar la posibilidad de explotar minerales como el oro y el cobre. Así fue.

Puerto Rico resultó doblemente exótico para Hill. Geológicamente, la isla no se parecía en nada a los lugares de ocurrencia de minerales metálicos en Estados Unidos. Más bien, era una extensión, en las Antillas, de las formaciones geológicas de América Central y, en particular de Colombia, lugar en que abundaba el platino. Lo recomendable era, pues, hacer un estudio más completo de la viabilidad de la minería de exportación en Puerto Rico, tomando en cuenta su matriz antillana. El prospector ordinario –señaló enfáticamente– habría de encontrar las condiciones locales tan distintas a las de Estados Unidos, que «estaría completamente desorientado en seguir las indicaciones normales de riqueza mineral».

En lo económico y social, Hill quedó hechizado con la isla. Aunque él era oriundo de Nashville, Tennessee, se desarrolló y vivió la mayor parte de su vida en Texas. De hecho, antes de ser una eminencia en el campo de la geología de las Grandes Praderas del Sur, Hill fue vaquero, literalmente, un cowboy. Durante su juventud, formó parte de las cuadrillas de trabajadores a caballo que movían reses desde Texas a Kansas, en viajes de meses de duración. Fue, precisamente, durante esas travesías a la intemperie que adquirió el pasatiempo de coleccionar fósiles y rocas. Sin saberlo, su colección contenía especímenes que nunca habían sido descritos en los textos de geología. Bastó con que un periódico los mostrara, para que cayeran en desuso todas las teorías propugnadas por el Manual de Geología, de James Dwight Baldwin, sobre las formaciones geológicas del sur de Estados Unidos. Hill no había ido aún a la universidad, y ya estaba en el centro de las controversias teóricas acerca de la evolución del continente de América de Norte.

Al llegar a la isla, Hill experimentó un segundo encuentro con lo desconocido. Las Grandes Llanuras del Sur, cuya geología él había estudiado para servir a los intereses de la gran agricultura comercial, se caracterizaban por la extensión y uniformidad topográfica. Un lugar de las llanuras era idéntico al otro, aunque mediara una distancia de cientos de millas. Además de lo aplanado del terreno, el elemento común allí era la escasez de lluvia. Él mismo, apenas graduado de la universidad de Cornell, trabajó en la región en la exploración de acuíferos y fuentes de agua subterráneas para usos agrícolas. Los estudios de Hill en Texas coinciden con una época en la evolución de la agricultura capitalista orientada hacia el uso intensivo de la irrigación y los fertilizantes artificiales. Era la época del fetiche capitalista de las granjas gigantescas, cuya productividad era función de la aplicación de la ciencia para dominar al mundo de lo natural.

Puerto Rico le rompió todos los esquemas a Hill. Se trataba de un lugar diminuto, predominantemente montañoso y apenas cultivado por métodos científicos modernos. Sin embargo, era agrícolamente prospero. Las claves de esa prosperidad, a su juicio eran tres: la vasta productividad del suelo, la abundancia de lluvia y la energía de la pequeña agricultura diversificada:

«Probablemente, ningún otro lugar en todas las Antillas es tan fértil como Puerto Rico, y ninguno es más generalmente susceptible de cultivos y agricultura diversificada. Un solo acre de caña rinde aquí más azúcar que en ninguna otra de las islas, excepción hecha de Cuba. Poseedora de todas las variedades de escenarios tropicales, fértil desde la cima de las montañas hasta la mar, rica en tierras de pastoreo, sombreada por hermosos bosques de palmas magníficas, con la humedad de mil doscientas corrientes de agua dulce, sus posibilidades agrícolas son inmensas». (Traducción libre)

Quizás en una indiscreción inducida por sus primeras impresiones sobre Puerto Rico, Hill presentó una evaluación de la geografía económica de la isla no en función de criterios estrictamente imperialistas, sino de nuestra autosuficiencia. El sistema de la pequeña producción diversificada, calificado como un anatema por el pensamiento económico moderno estadounidense, hacía sentido en Puerto Rico. Nuestro país se destacaba, entre todas las Antillas, en que producía alimentos en cantidades suficientes para casi suplir las necesidades de sus habitantes, así como las de islas vecinas:

«Puerto Rico es esencialmente la tierra del agricultor y la más altamente cultivada de las Indias Occidentales. De hecho, es la única isla en que la agricultura es tan diversificada que produce suficiente comida para el consumo de sus habitantes, además de vastas cosechas de plantaciones en café, azúcar y tabaco para la exportación. Más aún, la tierra no está monopolizada por grandes plantaciones, sino que está dividida principalmente en pequeñas tenencias independientes». (Traducción libre)

Proveniente de Texas, la industria ganadera de la isla no pasó desapercibida para Hill. Nuevamente, hizo comparaciones interesantes con otras islas de El Caribe. Además, evaluó todo en el contexto del mercado caribeño:

«La agricultura diversificada de Puerto Rico está muy modificada por extensos intereses de pastoreo, que no solo suplen a sus habitantes de carne, sino que producen cientos de reses de excelente calidad para la exportación anual; especialmente para las Antillas menores, que son considerablemente dependientes de Puerto Rico para carne, así como bueyes de labor. Los principales consumidores son Martinica, Guadalupe, St. Thomas y Cuba. Las tierras de pastoreo son superiores a las demás de las Antillas. Están ubicadas principalmente en el sur y en el lado noroeste de la isla, y están cubiertas una nutritiva planta leguminosa, llamada malahojilla (Hymenachine striatum), que las reses consumen». (Traducción libre)

Con la misma energía y motivación intelectual con que dos décadas antes había estudiado los fósiles y rocas de la Grandes Llanuras del Sur de Estados Unidos, Hill se dio en 1899 a la tarea de estudiar el misterio de la prosperidad de Puerto Rico. Además de dos viajes exploratorios por la isla, revisó toda la literatura existente, en español e inglés, sobre la historia, economía, exportaciones, instituciones, cultura y demografía de nuestro país. También estudio los censos y las colecciones de la “Estadística General del Comercio Exterior”, entre 1887 y 1896. Las conclusiones a que llegó sorprendieron a los que lo conocían por su afán en encontrar avenidas para la inversión de capitales estadounidenses en el mundo entero. A su entender, la pequeña producción agrícola en Puerto Rico era tan eficiente, y su población estaba tan contenta, que lo mejor era dejarla quieta, salvo para viajes de recreación y placer:

«Unos cuantos árboles de café y matas de plátanos, una vaca y un caballo, un acre de maíz o batatas dulces, esa es toda la propiedad de lo que podríamos denominar un jíbaro que vive cómodamente; y quien, montado en su simple y fuerte caballo, con un machete largo asomándose de sus canastas, vestido con un sombrero de paja y borde ancho, abrigo de algodón, camisa limpia y pantalones gastados, sale animadamente de su cabaña para ir a misa, a las peleas de gallos, o a bailar, pensando que es el ser más feliz e independiente que existe […] No es del todo seguro que habrán muchas oportunidades de adquisición de riqueza en Puerto Rico, por medio de la explotación de los recursos agrícolas y minerales, por parte de inmigrantes de los Estados Unidos. Las condiciones que han prevalecido por siglos no pueden cambiarse en un día. Las tierras, cuya titularidad ha sido mantenida por cientos de años, no pueden apropiarse sino mediante su compra. Por otro lado, la isla sería una adquisición exquisita, desde el punto de vista estético, y sería un lugar deseado por la gente para recreación y placer». (Traducción libre)

Al igual que como ocurrió con Herbert Wilson, no sabemos si Hill regresó a Puerto Rico después de su trabajo de exploración mineralógica entre 1898 y 1899. Lo que sí sabemos es que alguna fuerza poderosa y oculta lo llevó a retractarse humillantemente de sus conclusiones iniciales sobre la isla, forzándolo a hacer en 1900 una alabanza pública de los proyectos agrícolas y militares del gobierno estadounidense. Los suelos de Puerto Rico eran inexplicablemente, en sus escritos revisados, «basura que solo podía ser rescatada por la magia de la química, el drenaje y la irrigación». Hill nunca más volvió a ocupar las páginas de National Geographic, salvo un breve intervalo en 1902 en que quizás buscando resarcir su lugar en el mundo científico estadounidense, se fue de voluntario a Martinica para ayudar a las víctimas de la erupción de Mont Peleé. Como en los viejos tiempos en que, aún un vaquero, describió formaciones geológicas desconocidas por la ciencia geológica en las llanuras del sur de Estados Unidos, Hill fue el primero en dar cuenta de los efectos devastadores de los nuée ardentes o flujos piroclásticos; o sea, la mezcla de gases volcánicos, sólidos calientes y aire atrapado que se mueven a altas velocidades y al nivel del suelo, en ciertos tipos de erupciones. Hasta estos flujos entonces eran desconocidos por los vulcanólogos.

La suerte de Hill, sin embargo, quedó echada con el «desliz» sobre la prosperidad de Puerto Rico antes de la invasión. El propio Alexander Graham Bell tuvo que intervenir para que le publicaran un último artículo en The National Geographic en 1902. No obstante su afirmación forzada de que la presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico era un «acto de guerra humanitario», y una bendición de Dios para un pequeño y empobrecido lugar en El Caribe, en 1903 Hill fue despedido del U.S. Geological Survey.

El 8 agosto de 1899 uno de los ciclones más violentos del siglo XIX, San Ciriaco, azotó a Puerto Rico. Los daños fueron inmensos. Más de 3,000 personas murieron por las inundaciones. La cosecha de café se perdió por completo. Sin embargo, nada aparece en los archivos digitales de National Geographic al respecto. La cortina de silencio impuesta por las tropas estadounidenses en la isla fue absoluta. Lo próximo que aparece sobre Puerto Rico en la revista data de diciembre de 1899. Su autor fue Hill, quien se limitó a intervenir, mediante una nota de una página, en el «debate» sobre el nombre oficial de la isla, «Porto Rico o Puerto Rico». ¿Qué eran 3,000 personas muertas en comparación con el nombre del collar que nos ponía el imperio en el cuello? Un mes después apareció otra nota en la revista, ahora anónima, anunciando que el presidente de Estados Unidos había puesto fin al debate, al declarar que el nombre oficial sería en adelante «Puerto Rico». De paso, la junta editorial de National Geographic criticó a Hill por su falta de «seriedad y capacidad» al tratar el tema de la nomenclatura apropiada para la isla, pues él había argumentado a favor del uso de «Porto Rico». Poco importa que Hill era (o había sido) una de las mentes geológicas más importantes de Estados Unidos. El error de nomenclatura era imperdonable.

En 1902, buscando congraciarse con las tropas militares en Puerto Rico, la revista National Geographic, dedicó su reunión anual al tema de la isla. ¿Quién fue el invitado especial para la ocasión? Pues, nada más y nada menos que William F. Willoughby, fundador del Instituto Brookings y exprofesor de economía en Harvard. Amigo cercano de Teodoro Roosevelt, Willoughby había sido nombrado tesorero del gobierno colonial de Puerto Rico en 1901, cargo que ocupó hasta 1909. Su mensaje a la National Geographic Society en Washington D. C. fue laudatorio de la administración del nuevo territorio: «En sus industrias, Puerto Rico avanza favorablemente. El azúcar y el ganado florecen». En la sesión de preguntas y respuestas, Willoughby afirmó que el huracán había sido «algo inusual». La verdadera «tormenta» era la falta de control emocional de los electores puertorriqueños, que se peleaban entre sí por asuntos electorales sin importancia. El resultado era la violencia en la colonia.

Entonces llegó el año del 1906. Una terrible sequía azotó a la agricultura de la isla. La competencia por los recursos de agua se tornó severa. Todavía en esa época el drenaje de agua dulce se mantenía en su estado casi natural. El agua abundaba en la Cordillera Central y escaseaba en las costas, particularmente en el sureste. Los grandes intereses azucareros, como la Central Aguirre, tenían sus propios pozos de agua dulce. El gobierno colonial hacía muy poco por aliviar el sufrimiento del agricultor puertorriqueño. Más aún, los proyectos gubernamentales de beneficio público se otorgaban, por lo general, a contratistas estadounidenses que se robaban el dinero y, a veces, ni llegaban a la isla. La prensa local comenzó a fustigar al gobernador designado por el presidente de Estados Unidos. El escándalo de corrupción en la administración de la colonia alcanzó la prensa de la nación imperial.

William H. Taft

William H. Taft

Fue en ese agrio contexto de crisis y múltiples revelaciones de actos de corrupción, que la revista National Geographic publicó su primer artículo de fondo sobre Puerto Rico, desde los tiempos de los maravillosos reportajes de Robert Hill. Ahora, sin embargo, el autor no era ni un geólogo ni un científico natural de renombre, sino el entonces secretario de guerra y también candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos: William H. Taft. Tan o más mentiroso que Donald Trump, el guerrerista Taft utilizó las páginas de National Geographic para presentar un cuadro totalmente falso no solo de la situación de la isla al momento de la invasión, sino también de lo que él llamó la «historia americana» de la isla por nueve años. En un lenguaje burdo y prepotente negó la condición colonial de Puerto Rico y le atribuyó, mentirosamente, al gobierno federal las ayudas que llegaron a Puerto Rico en respuesta a la devastación de San Ciriaco:«La soberanía de Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos el 18 de octubre de 1898, y esto con el pleno consentimiento de la gente de la isla […] Bien temprano en la historia americana de la isla, un ciclón pasó por encima de ella, destruyendo una buena parte de los cultivos de café; se gastaron $200,000 del fondo de emergencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para comprar raciones y alimentar a los que quedaron desamparados». (Traducción libre)

¡Qué mentiras no dijo Taft sobre Puerto Rico y acerca de la supuesta «benevolencia protectora» de Estados Unidos entre 1898 y 1907! Contestar sus patrañas tomaría días y semanas. El imperio, según él, no había hecho otra cosa en Puerto Rico que no fuera garantizar nuestro bienestar y, en particular, evitar que apareciéramos ante el mundo «tristes y prostrados», como pasaba, según él, con las islas británicas, francesas, holandesas y danesas circundantes.

¿Y que había recibido Estados Unidos a cambio de tantos esfuerzos, gastos y responsabilidades, entre 1898 y 1907? Nada, absolutamente nada. El problema de Puerto Rico no era ni económico ni político. Según el secretario de guerra, los conflictos brotaban del complejo de inferioridad de los puertorriqueños y de la falta de agradecimiento que estos exhibían frente el altruismo imperial:

«El carácter de los beneficios que nosotros hemos conferido a estas personas que hablan español es tal que, en ello, queda necesariamente implicado nuestro sentido de mayor capacidad para el gobierno propio, así como nuestra convicción de que representamos una civilización superior. Esto por sí mismo duele en el pecho de los nativos y les seca la flor de la gratitud. Es natural que sea así. Es inseparable de la tarea que tenemos que llevar a cabo». (Traducción libre)

Como si se tratara de un ‘Donald Trump’ de principios del siglo XX, Taft prosiguió en su artículo de National Geographic con expresiones pomposas acerca del significado de la presencia de Estados Unidos en Puerto Rico. Mintiendo sin reparos, se inventó datos para afirmar burdamente que la isla estaba en ruinas al momento de la invasión del 1898. Nada le importaron los artículos de Hill en la misma revista ocho años atrás. Lo único que importaba era su visión prepotente de lo que él llamaba la «historia americana de Puerto Rico», particularmente después de aprobada la ley Jones. En una afirmación que parece sacada de los twitteres modernos en la Casa Blanca, este futuro presidente de Estados Unidos afirmó que la benevolencia de su país hacia Puerto Rico era el «ejemplo más importante y más puro de altruismo en toda la historia de las naciones modernas». Y todo esto, hecho generosamente para el beneficio de un grupo de personas hispanohablantes, que maliciosamente abusaban de los derechos conferidos por la nación imperial. Ante todo, arremetió en contra de la prensa local:

«Los periódicos nativos unilateralmente se aprovechan de la libertad de prensa y abusan de este privilegio por medio de todo tipo de afirmaciones injustas diseñadas para agitar el prejuicio nativo en contra del gobierno y, por tanto, de los norteamericanos».

Fue así que a la isla de Puerto Rico, a aquella bella princesa que cautivó el corazón del vaquero texano convertido en geólogo al servicio del capital, le pusieron en 1907 el mote de ‘mendicante majadera’.

©Rafael Rodríguez Cruz

El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.

La Ruta de Herbert M. Wilson: topografía de la isla de Puerto Rico al momento de la firma del Tratado de París

por Rafael Rodríguez Cruz

Apenas se había firmado el Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898, cuando arribó a Puerto Rico uno de los más prominentes ingenieros de hidrología de Estados Unidos. Su nombre era Herbert M. Wilson. Venía con el encargo expreso de evaluar las características topográficas y los recursos de agua dulce, con miras a ofrecer recomendaciones para un desarrollo agrícola de exportación avanzado. El interés por la geografía de Puerto Rico era considerable, tanto entre los promotores de la agricultura capitalista de exportación como entre los que favorecían un uso ‘conservacionista’ de los recursos naturales en Estados Unidos. Herbert M. Wilson tenía de ambas cosas, pues era amante de la naturaleza y un científico al servicio del imperio.

Para bien o para mal, Wilson llegó Puerto Rico en un momento muy especial: enero de 1899. La isla llevaba varios años de un desarrollo económico y comercial saludable, gracias a las reformas monetarias de 1894-1895 y al efecto del régimen autonómico otorgado por España en 1897. Todavía el ‘peso’ puertorriqueño se intercambiaba favorablemente con la moneda española y la proveniente de México. Faltaban meses para que el gobierno de Estados Unidos introdujera medidas económicas dirigidas a destruir la floreciente economía de Puerto Rico; tales como la prohibición del crédito agrícola (agosto de 1899) y la devaluación de la moneda puertorriqueña (abril de 1900). Aún más importante, faltaban siete meses para la llegada del ciclón San Ciriaco.

Wilson vino equipado de una buena cámara fotográfica, cuadernos para dibujos y libretas para anotar sus pasos por el país. Además de ingeniero hidrólogo, era experto en agrimensura y cartografía militar. Al otro día de su llegada, abordó un tren desde San Juan a Carolina, vía Río Piedras. De este último lugar, partió a caballo hasta Canóvanas. Subió el río de ese nombre hasta llegar a la Sierra de Luquillo. Escaló El Yunque. Ya de regreso a San Juan, viajó en un carretón por toda la antigua vía militar que llevaba a Ponce. Parándose en distintos lugares a ver los ríos y paisajes, visitó Caguas, Cayey, Abonito, Coamo, Juana Díaz y, finalmente, Ponce. El viaje de 80 millas, en el que atravesó diagonalmente la isla de noreste a suroeste, le tomó cuatro días. Ya en Ponce, Wilson contrató a varios cargadores y partió enseguida a ver el centro y oeste de la isla. Estuvo en Adjuntas, Lares, San Sebastián y Añasco, antes de llegar a Mayagüez. En las montañas, subió a las Tetas de Cerro Gordo y las Sillas de Calderón. Ya en la ‘sultana del oeste’, obtuvo una nueva montura de caballos y partió para Yauco, vía Hormigueros y San Germán. En Yauco tomó un tren para Ponce. Llegó a ver las lomas al norte de Guayama. Además de visitar las principales tierras de cultivo, Wilson estuvo en la cabecera de los principales ríos de Puerto Rico (24 en total), visitó los pueblos y habló con la gente. Su viaje por Puerto Rico es comparable, en propósito, al de los exploradores militares Lewis y Clark por todo el oeste de Estados Unidos en 1804. Se trataba, en ambos casos, de evaluar científicamente los recursos, en particular hidrológicos, de nuevos territorios adquiridos por el imperio.

La ruta de Wilson en 1899 es muy importante. Aunque se trata de un viaje olvidado por la academia, este hidrólogo ‘conservacionista’ fue la última persona en «pintar» un cuadro topográfico y social de Puerto Rico, en un momento en que la isla gozaba de bienestar económico y en que los recursos naturales estaban virtualmente intactos. No sabemos si Albizu Campos conoció la obra de Wilson, pero ambos coinciden grandemente en la valoración de la economía y geografía de Puerto Rico al momento de la invasión. Puerto Rico era el paraíso de la pequeña propiedad en El Caribe.

Además, y esto es central, la ruta de Wilson coincide con las áreas de mayor interés para el cultivo de la caña de azúcar: el noreste y el sur. Siendo un ingeniero hidrólogo, este se aseguró de visitar los principales ríos y fuentes de agua dulce. Puerto Rico no tenía entonces lagos naturales y cualquier proyecto de irrigación a gran escala dependería de un conocimiento detallado de los patrones de drenaje de la isla. Menos de una década después, comenzaría la construcción del moderno sistema de riego del sur. Wilson era, a escala internacional, uno de los expertos más reconocidos en diseños de sistemas de riego.

Wilson, por supuesto, entregó todos sus resultados al U. S. Geological Survey, pues al fin y al cabo trabajaba para ellos. Aun así, la verdad es que se detuvo a admirar la belleza natural de Puerto Rico. Conocedor de la geografía estadounidense y mundial, quedó enamorado de nuestros paisajes, los que describió en detalles en sus cuadernos y dibujos. Puerto Rico le pareció un edén increíble, cuya belleza y climas naturales superaban a muchos lugares del mundo, excepción hecha quizás de Hawái. Nuestras praderas no le parecieron inferiores a las del Medio-Oeste norteamericano. Nuestras montañas le iluminaron el alma con tanta intensidad como las del noroeste de su país. Nuestros suelos, apenas irrigados y sin fertilización, eran, a su juicio, de los más fértiles de todas las Américas. El tabaco de Puerto Rico era tan bueno que se revendía en La Habana como original de Pinar del Río, a un precio cinco veces mayor que en el mercado boricua. De ahí, nuestros ‘habanos’ llegaban a Europa y Estados Unidos, bajo la prestigiosa marca cubana Vuelta Abajo. Nuestro ganado solo era comparable, en tamaño y fortaleza, al de Texas y México. De hecho, era el mejor de El Caribe. Aquí la gente apenas tenía que rasgar la tierra con un palo, o sea con métodos heredados de los taínos, para cultivar productos alimenticios. Los suelos boricuas eran visiblemente superiores a los de Illinois, el «granero de maíz» del mundo. Nuestra agricultura era tan avanzada como la de las Grandes Praderas de Estados Unidos; esto, sin mucho esfuerzo, apenas sin irrigación y sin fertilizantes.

En muchos sentidos, Wilson fue de los científicos naturales que más detalladamente conoció la geografía natural de Puerto Rico, en un momento cercano a la invasión de 1898. Además, era magnífico tomando fotos, dibujando y redactando. No importa cuántas veces uno visite hoy los parajes de su ruta, maltratados como están por el desarrollismo insensato, da placer leer sus notas; pues sus descripciones son panorámicas e imaginativas. En una época en que no había el recurso de los «selfis», Wilson se hizo autorretratos a lápiz, caminando por nuestros montes. Un Puerto Rico, con la vitalidad de una nación joven, a punto de ser devastada por un gran ciclón y la avaricia del gran capital, eso fue lo que él pudo ver.

¿Qué podía reprochársele a esta gente que vivía en una isla tan rica en recursos, «en que apenas había que trabajar para lograr el sustento»? La falta de avaricia comercial; ese fue el único reproche que Wilson tuvo sobre nosotros, en algunos fragmentos de sus cuadernos en que nos tilda de «incivilizados» por no seguir el motivo de la ambición comercial dominante en Estados Unidos: «Tan fructíferos son el suelo y el clima de Puerto Rico, que a la gente se les va la vida en una existencia indolente y de vagancia, en un grado todavía mayor al que se observa en el resto de América Latina». (p. 34, traducción libre). A pesar de las acotaciones prepotentes de Wilson, sus observaciones topográficas e hidrológicas sobre Puerto Rico, no ocultan, como sí harían otros agentes del imperio, la maravilla natural de nuestra isla en enero de 1899; todo eso, apenas cinco meses después de la invasión militar estadounidense y a siete meses de llegar el devastador ciclón San Ciriaco. Sus reflexiones son ‘instantáneas’ de un momento breve en que, por fortuna, no éramos aún muy «civilizados».

A continuación, incluimos algunos extractos de su informe de 1899, Water Resources of Puerto Rico. Leer este escrito, redactado en inglés y nunca traducido al castellano, es una oportunidad única de ver a Puerto Rico, como fue en su estado casi natural. Muchos de los señalamientos de Wilson son relevantes para la época actual, en que nuestro medio ambiente natural es continuamente afectado, en sentido negativo, por las políticas del gobierno y la falta de sensibilidad ambiental de buena parte de nuestra población. También muestra lo que Wilson llamó la «resiliencia» de nuestra geografía natural, que parece siempre estar reverdeciendo. ¿Se atreverá alguien a repetir la ruta de Wilson para educarnos sobre nuestra riqueza geográfica?

Relieve topográfico: «La característica topográfica esencial de Puerto Rico es su aspecto excesivamente montañoso y altamente erosionado, a pesar de lo cual ninguna de sus cimas alcanza una gran altitud. Esta isla es notable por la manera abrupta con que los ramales de las pendientes montañosas caen súbitamente al mar, dejando virtualmente muy poca llanura costera; y por la variedad en las formas topográficas, resultantes de las grandes diferencias en actividad erosiva a cada extremo de la isla y de los cambios en las estructuras geológicas. Extendiéndose de manera irregular a través de todo lo largo de la isla, desde el extremo noreste, en la Cabeza de San Juan, hasta los puntos occidentales extremos, cerca de Rincón y Cabo Rojo, hay una serie de cordilleras montañosas interconectadas, que forman la principal división entre los drenajes de las costas del sur y del norte». (p. 11, traducción libre)

Paisaje de la carretera militar San Juan-Aibonito: «Toda la región de San Juan a Aibonito es pintoresca en extremo y posee un aspecto extremadamente pastoral y placentero. El valle de Caguas es idealmente bello. Es casi circular, con una dimensión aproximada de 3 por 4 millas; y a través de él se enroscan, en grandes curvas serpentinas, los ríos Caguitas y Turabo. El primero forma una larga espiral cerca de El Monte, una loma aislada que ocupa el centro del valle. Entre las cimas de los montes más altos de Aibonito, el país mantiene el mismo aspecto pintoresco, la misma placentera apariencia pastoral acentuada solamente por la inmensidad de las pendientes. Desde las cumbres más elevadas, se ve a plena vista el océano Atlántico, hacia el norte, y el mar Caribe, hacia el sur. Cada detalle de la topografía puede verse por millas en cada dirección, como si se estuviera viendo un mapa modelo […] Mas allá de Cayey, y de ahí a Coamo, las grandes masas de montañas se yerguen a tales alturas, o descienden tan abruptamente a las profundidades de los desfiladeros, como para ser en extremo majestuosas». (pp. 17-18, traducción libre)

Paisajes de Adjuntas, Las Marías y Lares: «Los distintos senderos que llevan hacia el oeste, desde Adjuntas hacia Las Marías y Lares, siguen, por una corta distancia, las cabeceras del río Blanco o del río Prieto. A partir de ahí, se remontan a altitudes de cerca de 2,000 pies, hasta las cumbres de la partición que separa las líneas de drenaje. Estas particiones son crestas montañosas de Tipo A, separadas por grandes cañones de Tipo V, con pendientes relativamente suaves de más de 1,000 pies de profundidad y bien cubiertas de vegetación. Por todas partes, a través de esta región, en las más elevadas cumbres y en las profundidades de los desfiladeros, se ven los asentamientos del campesinado, el cual disfruta de una vida cómoda, cultivando café, frutas y vegetales […] En una cima en Lares, cuya altitud es de 2,000 pies y que se llama La Torre, se obtiene una vista esplendorosa del paisaje alrededor. Hacia el este, sur y suroeste, pueden observarse grandes masas de montañas con las formas más abruptas. En la primera dirección, las altas y dentadas puntas de la Cordillera Central delimitan el horizonte. Hacia el sur, uno puede mirar al otro lado de la cañada del río Blanco, a solo una milla de distancia y 1,500 pies abajo, desde donde el ojo sube entonces un trecho, de apenas pocas millas, a las cumbres elevadísimas de El Guilarte y Las Sillas de Calderón. Hacia el norte y el noroeste, la campiña pierde intensidad en su descenso hasta un punto, en apariencia a solo pocas millas de distancia, en que el cielo y el mar se unen en una línea gris opaca». (pp. 19-20, traducción libre).

Paisajes de Añasco, Aguadilla, Hormigueros y Mayagüez: «Al norte de Añasco, una elevada y dentada cadena de lomas mantiene su masa hasta llegar a la orilla del mar, al cual se zambulle en pendientes abruptas. Lo mismo es cierto de las cadenas de lomas que se arriman al océano al norte de Aguadilla y, aunque en menor grado, de aquellas al norte y sur de Mayagüez. Todas las desembocaduras de los ríos en la vecindad de Aguadilla, Añasco y Hormigueros son playas aluviales, altamente cultivadas de caña de azúcar». (pp. 20-21, traducción libre)

Climatología: «Situada la isla como está, con una latitud media de cerca de 18 ̊ 15’N., lo que es bien dentro de la zona tórrida, se ve que queda en la misma latitud aproximada de la ciudad de México, las islas hawaianas, el desierto de Sahara y Bombay, India. Sin embargo, por ser la más oriental de la Grandes Antillas, su clima es de tal manera atenuado por los vientos alisios, como para resultar el más húmedo y sano de todas las regiones mencionadas, salvo Hawái». (p. 21, traducción libre)

Temperatura: «La temperatura resulta muy bien distribuida, en términos de elevación y variaciones. No tiene que discutirse en detalle, ya que tiene muy poco impacto sobre los problemas conectados con los usos agrícolas, el desarrollo de la irrigación o la construcción de carreteras. Es interesante, ante todo, por su uniformidad y la resultante salubridad del clima». (p. 24, traducción libre)

Hidrografía: «A pesar de la pequeñez de la isla, y la consecuente limitada extensión de sus ríos y cuencas, Puerto Rico está inusualmente bien provisto de agua. Esto, debido a la humedad comparativa del clima. Más aun, debido a lo empinado de sus pendientes y el carácter impermeable del suelo arcilloso que las cubren, la proporción de precipitación lluviosa que corre les da a sus ríos un volumen mayor que el que podría esperarse bajo las condiciones correspondientes. Hacia el océano del norte, fluyen 12 corrientes de magnitud considerable; hacia la costa oeste, 4 de tamaño relativamente idéntico; al mar oriental, 5 de menor tamaño y, hacia el mar del sur, fluyen 17 de magnitud considerable, pero comparativamente bajo volumen constante. Además, hay entre mil doscientas y mil trecientas corrientes de menos volumen, aunque de suficiente tamaño como para tener sus propios nombres». (p. 24-25, traducción libre)

Irrigación: « Los españoles, quienes en el pasado fueron los principales dueños de terrenos, eran conocedores de los requisitos y procesos de irrigación, tal y como se practicaba en España. Rápidos para apreciar las ventajas de la aplicación artificial del agua, ya han construido numerosas zanjas de tamaño moderado, y mucha de la más valiosa tierra de azúcar, especialmente entre Guayama y Ponce, se cultiva exclusivamente con la ayuda de irrigación. A pesar de lo mucho que se ha hecho ya en esta dirección, hay todavía margen para un desarrollo ulterior. Únicamente se ha apropiado una porción de las fuentes de agua, y solamente una porción pequeña de la tierras irrigables están siendo provistas artificialmente de agua». (p. 29, traducción libre)

Suelos y terrenos agrícolas: «Los valles aislados, y especialmente las ‘playas’ llanas, son por lo general bastante extensas y constituyen la principal parte de las tierras azucareras y pastos que bordean las costas. De las praderas agrícolas, las más grandes están hacia el este de San Juan, en lugares tan lejanos como Luquillo, e incluyen amplias depresiones que se extienden arriba hasta el valle de Loíza. Hay ‘playas’ más pequeñas entre Fajardo y Humacao, y entre Guayama y Ponce […] El aspecto agrícola más interesante de la isla es, sin embargo, lo empinado de las cuestas de la principal cordillera, las cuales están por todas partes cultivadas, y recubiertas de un manto de suelo profundo que agarra con firmeza la vegetación exuberante». (p. 32, traducción libre)

Productos agrícolas: «El suelo de Puerto Rico es tan profundo y fértil, la precipitación tan abundante, y su temperatura, aunque tropical, tan templada, que resulta posible cultivar la casi totalidad de la tierra en esta isla. Más aun, cada pulgada de terreno está o ha sido ya cultivada. Esta es esencialmente la tierra del pequeño agricultor, porque, limitada como es la isla en extensión, los registros oficiales muestran que está dividida en 36,650 propiedades individuales. Su distribución es la siguiente: plantaciones de tabaco, 66; plantaciones de azúcar, 435; pequeñas fincas de café, 4,185; pequeñas granjas mixtas de café, frutas y vegetales, 16,990. Al menos 21, 000 de estas tenencias son del tamaño más pequeño, la propiedad de las cuales está en manos de los campesinos más pobres. Tales posesiones oscilan en tamaño entre 5 y 50 acres, aunque raramente alcanzan el último. Las restantes 5,000 granjas van entre 100 y 5,000 acres e incluso más. La mayor parte de ellas son relativamente pequeñas y están dedicadas al cultivo del café; las más grandes, al azúcar». (p. 34, traducción libre)

Exportaciones: «Al presente, los productos agrícolas de exportación están limitados casi exclusivamente al azúcar (molasas y ron), café, tabaco, y cueros, en el orden mencionado. En valor, sin embargo, el café excede al azúcar en una proporción de 3 a 1. El total de las exportaciones ascendió en 1897 a $18, 574,678». (p. 35 traducción libre)

Café: «La variedad cultivada en la isla es de excelente sabor. Hasta ahora muy poco llega a los mercados estadounidenses, principalmente debido a la tarifa de exportación que ahora se le ha puesto y porque obtiene un precio mucho mayor en el mercado de Europa». (p. 39, traducción libre)

Ganado: «De los animales domesticados, el ganado es el más importante. Las reses son de un tamaño inusualmente grande, siendo mucho más fuertes y masivas que cualquiera de las observadas en América Central, América del Sur tropical o en otro lugar de las Antillas; y, de hecho, son mayores en tamaño que las reses de los estados del sur de Estados Unidos. Poseen cuernos extendidos y, en general, una apariencia muy cercana al mejor ganado de Texas y de las tierras altas de México». (p. 35, traducción libre)

Tabaco: «Por todas partes en esta isla, crece un tabaco de excelente calidad. Las mejores variedades son cultivadas para la exportación y se siembran, ante todo, en los valles y los ‘bajos’ de los riachuelos, en las cabeceras de los ríos Loíza y La Plata. La cultura del tabaco está especialmente diseminada en los valles y en pendientes de las montañas de Caguas, Cayey, Comerío y Juncos. De gran interés resultan las siembras en las cuestas más empinadas de las lomas de mayor elevación. Allí, se pueden observar grupos de diez a veinte trabajadores adheridos como hormigas a las laderas escabrosas de las montañas, mientras pasan la azada, arrancan las hojas o acopian el producto […] El tabaco que crece en la región mencionada es de excelente sabor. Se vende en Puerto Rico a un precio que oscila entre $25 y $30 el quintal. La mayor parte es enviada a Estados Unidos y Europa, a través de Cuba, donde se le hace pasar como ‘tabaco habanero’, de la altamente cotizada calidad marca Vuelta Abajo. En La Habana obtiene un precio no menor de $100 a $125 el quintal». (pp. 36-37, traducción libre)

No hay información al respecto de si Wilson regresó a Puerto Rico con posterioridad a sus trabajos exploratorios en enero de 1899. Sus comentarios sobre la isla luego de la terrible devastación del ciclón San Ciriaco y, en particular después del acaparamiento de los terrenos agrícolas por los monopolios estadounidenses del azúcar, habrían sido iluminadores. También habría sido interesante conocer su reacción a la construcción del sistema de riego en el sur de Villalba a Patillas entre 1908 y 1914.

Lo que sí sabemos de Wilson es que al regresar a Estados Unidos dedicó sus energías a la labor de conservación y protección del medio ambiente. Partidario del ‘progresismo” en boga en el país, alimentaba la ilusión de un desarrollo capitalista inocuo a la naturaleza. Una de las áreas de mayor preocupación era el impacto de la quema de combustibles fósiles sobre la calidad del aire en las ciudades de Estados Unidos. Wilson creía que el mayor obstáculo no era social, o sea, el capitalismo, sino la renuencia cultural de las industrias a adoptar las tecnologías ‘limpias’ que ya existían en el país. Su visión era la de una economía basada en la quema de carbón, libre de emisiones dañinas. El asunto, era en su opinión, estrictamente tecnológico y de cultura. ¿Qué habría pensado Wilson de la quema de carbón en Guayama y de la acumulación de cenizas toxicas en Peñuelas?

Wilson murió en 1920. Un año después, Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico y comenzó su denuncia del acaparamiento y explotación norteamericana de los abundantes recursos naturales. Desde los tiempos de Wilson no se hablaba de nuestros campos y agricultura de manera realmente positiva, o sea, de la capacidad de los puertorriqueños para ser independientes. A contracorriente de la visión del imperio y sus lacayos del patio, que nos catalogaban de vagos y naturalmente pobres, Albizu Campos sentenció en medio de la crisis: «La tragedia de miseria, hambre y muerte, se debe al acaparamiento de la riqueza nacional por el invasor y otros extranjeros privilegiados». Wilson, probablemente, le habría dado la razón.

© Rafael Rodríguez Cruz

Mapas de Google Earth

Casco urbano (1) google earthGoogle Earth brinda la posibilidad de construir mapas 3D. Hasta ahora el gigante cibernético ofrecía tres modalidades para mirar desde arriba al planeta Tierra, es decir el mapa convencional, el mapa satelital y el mapa híbrido, construido sobreponiendo los dos anteriores.

Google Earth brinda a sus clientes una buena cantidad de mapas actualizados en sus niveles de detalles. Cuando se recorre un mapa 3D de las principales ciudades se tiene la sensación de estar volando entre los edificios. Como es usual, a la izquierda de la pantalla hay comandos para construir sus propios mapas, marcar puntos de interés, agregar negocios y generar rutas.

Dentro del mapa hay dispositivos para acercar o alejar la cámara y para cambiar el punto de vista cuando utiliza la rutina de Earth. Así como también navegar en el mapa y mostrar los elementos multimedios que el usuario haya cargado en una ubicación particular.

Para fines educativos es una valiosa herramienta que permite contextualizar geográficamente cualquier asunto, marcar lugares de interés, generar rutas de viajes y compartir fotos con estudiosos o viajeros respecto a un lugar determinado.

srs