Parpadeando : recorrido / por Rima Brusi

Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.

El Gavetero / por Roberto López

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Se conocieron en una pizzería en el Bronx de Nueva York. Ella le preguntó al hombre, “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?” Él contestó, “llegué con aromas de cariño eterno para abrigarte en mi pecho”.

Ha pasado una pila de años y ahora ella es dueña y señora del hogar. El juego de cuarto tiene 8 gavetas, y ninguna le pertenece al hombre que como un nómada guarda su ropa en bolsas plásticas.

La vecina del frente tiró a la basura un viejo gavetero de buena madera y el hombre fue y lo rescató. Todo el fin de semana, sin reposo le dio lija, lo encoló, lo barnizó y hasta compró agarraderas nuevas para que hiciera juego con la cama y el tocador.

El domingo por la tarde se lo echo en la espalda y lo cargó por veinte escalones hasta llegar al cuarto. Cogió un Descanso y se fue a tomar café. Y cuando regresó al cuarto, ya el gavetero estaba lleno con la ropa de invierno de ella.

No tanto por miedo a que ella blandiera alguna manifestación satánica, más bien por amor, el poeta de pizzería guardó silencio.

Pero en su mente bullía otra vez aquella pregunta “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?”

Sacó un pañuelo de una bolsa plástica para secarse el sudor y despejar su mente. Para que dar otra vuelta a esa tuerca si ella está convencida que el hombre vino de Puerto Rico empujando el avión.

©Roberto López

Tal día como hoy… reflexión.

Juan C. Ramos

34 años atrás, salimos de Puerto Rico con nuestros tres niños y boletos de ida solamente. Estimábamos entonces que las cosas en Puerto Rico (en varios frentes) se “estaban poniendo malas”. Fue una decisión Quijotesca ya que no teníamos ofertas de trabajo, ni vivienda y solo conocíamos dos amigos que habían salido de la isla uno o dos años antes. De Puerto Rico a un hotel en Houston. ¿Y por qué Houston? Solo por que una queridísima amiga, ya fallecida nos indicó que “su hijo residía en Houston y le iba muy bien ya que Houston era un “boom town”.

No pretenderé resumir 34 años en este escrito. ¡Tomaría volúmenes el hacerlo! Concluyo diciendo que la “jugadita” nos salió bien, aunque los dos o tres primeros años fueron fuertes y cuesta arriba, bien arriba. Tuvimos que hacer acopio de fuerzas físicas y espirituales. Hoy nuestros hijos, aquellos niños que al principio de vez en cuando nos decían con cierto grado de frustración: “es que no entiendo lo que me están diciendo”, tienen sus propias familias, sus profesiones y hasta ya tenemos nietos.

En retrospectiva lo único que a veces echamos de menos es el calor y la amistad de algunos buenos amigos que todavía residen en la isla y que por alguna razón a veces nos sentimos que nos han excluido del sitial que creíamos teníamos en su corazón. No sabemos si la distancia ha tenido que ver algo, o la falta de comunicación diaria, o sus propios problemas o situaciones, en fin, ¿quién sabe?

Mientras tanto el grupo de “expatriados” en “exilio voluntario” aquí en Houston, nos reunimos de vez en cuando a cantar, declamar, o tocar algún instrumento, engullir nuestros típicos platos y disfrutamos de la compañía mutua. Seguimos recordando la isla con el mismo cariño, con el mismo amor; y sus montes, valles o colinas o cualquiera otro de los símbolos que la identifican, decoran nuestras salas u otros lugares de prominencia en nuestros hogares.

Inevitablemente y durante nuestras reuniones, tertulias o bohemias en un momento dado se cruzan nuestras miradas y nuestros pensamientos hablan los unos con los otros:

“¿Por qué tuvo que ser así?”

Juan Carlos

Todos vuelven

He recibido decenas de mensajes de boricuas que están allá afuera enfermos con nostalgitis aguda, un mal más doloroso que el chikungunya.  Los síntomas son ataques de pánico causados por la posibilidad de no poder regresar a Puerto Rico para jartarse de lechón, arroz con gandules, tembleque y pitorro.  Además angustia por la imposibilidad de amanecerse trullando aunque sea con un iPad pegado a bocinas ensordecedoras.   El síndrome causa en algunos fríos intensos aunque no esté nevando, agudizamiento de la adicción a internet y abuso del celular, por no mencionar los que se encierran a escuchar Los Reyes no llegaron en voz de Felipe Rodríguez.

Los más afortunados se alivian trasladándose unos días a Puerto Rico, aunque el virus permanece en estado latente y de cuando en cuando despierta para atacar con más vehemencia e intensidad.  En muchos casos se convierte en una condición crónica que solo se cura con el regreso a la tierra en que nacieron.

El amigo José Manuel Solá nos recuerda que esta condición es común en los emigrantes de todas partes del mundo.  Pero aprovecha para destacar que, como en el caso de otras condiciones, de las historias que se tejen en torno a quienes la padecen,  han surgido espectaculares creaciones artísticas.  Tal es el caso del poeta peruano Carlos Miró que le legó a Perú y al mundo los versos para la canción de una malograda película que con sublime sencillez afirma lo que todo emigrante aspira alcanzar. Así surgió el vals  peruano Todos Vuelven, creado con los versos de Carlos Miró  y la música de Alcides Carreño.

TODOS VUELVEN

Todos vuelven a la tierra en que nacieron,

al embrujo incomparable de su sol,

todos vuelven al rincón donde vivieron,

donde acaso floreció más de un amor.

Bajo el árbol solitario del silencio,

cuantas veces nos ponemos a soñar,

todos vuelven por la ruta del recuerdo,

pero el tiempo del amor no vuelve más.

El aire que trae en sus manos,

la flor del pasado, su aroma de ayer,

nos dice muy quedo al oído,

su canto aprendido al atardecer,

nos dice su voz misteriosa,

de nardo y de rosa,

de luna y de miel:

que es santo el amor de la tierra,

que triste es la ausencia que deja el ayer.

En 1941, la cantante Jesús Vásquez estrenó dicha canción cuyo video incluimos a continuación.

Posteriormente se han grabado cientos de versiones hasta que llegó a manos de músicos caribeños que lo transformaron en un son sabroso.  Al ritmo de salsa se han grabado diversas versiones entre las que suelen mencionarse las de Celio González y la Sonora Alegre, Lito Peña y su Orquesta Panamericana, Jimmy Urbina y la Orquesta Revolución, la Orquesta Power, Rubén Blade, entre otros.  Aquí un ejemplo de Todos Vuelven en ritmo de salsa.

Para los pacientes de nostalgitis aguda.

srs

Puerto Rico en el Barrio / María del C. Guzmán

[1] El Barrio Latino en Nueva York.

[2] Pedro Ortiz Dávila.

[3] El Lamento Borincano de Rafael Hernández.

[4] 102 y Quinta Avenida en la ciudad de Nueva York.

[5] Entre la 102 y 103 en el Parque Central de la ciudad de Nueva York.

[6] Del inglés market. Se extendía desde la 112 hasta la 115 y Park Ave. en la ciudad de Nueva York.

[7]Alimentos fritos preparados de carne de cerdo principalmente. Originados en la  cocina puertorriqueña de la ciudad de Nueva York. Se incluye una variedad de platos tales como morcillas, papas rellenas, chicharrón, mofongo, empanadillas, alcapurrias, entre otros. Los vendedores  de cuchifritos  también típicamente sirven jugos y bebidas como la parcha, piña y coco, así como ajonjolí .

[8] Tito Puente Way

[9] Julia de Burgos Boulevard

Estampa 84. John Doe / María del C. Guzmán

A Axel Reyes                                                        

—Madre, tengo que irme, le dijo.

Vestido de negro, caminó hacia ella para perderse en sus brazos.

—Me llamas tan pronto llegues, hijo.

Le dio un beso y lo vio perderse en dirección al vehículo que lo llevaría al aeropuerto.

La última vez que lo vieron, deambulaba a lo largo de la avenida Knickerbocker de Brooklyn.

Sentada frente a la ventana con el auricular al alcance de su mano, la sorprendio la ancianidad sin saber siquiera que  en el archivo de una morgue hay una caja rotulada John Doe.duelo

©María del C. Guzmán