Un mea culpa / Roberto Quiñones Rivera

Siento necesidad de expresar un sentimiento o parcho pegado a los recuerdos de mi vida como hijo.  Celebramos el Día de los Padres y personalmente sé lo que sucederá a mi derredor,  este día mis hijos y nietos me harán sentir el ser más feliz de la tierra.  Será un día donde abundarán los abrazos, regalos, y alegría en cantidades astronómicas.

Pero personalmente en mi interior, en lo más recóndito de mí ser hay un parcho pegado que no he podido despegar y me impide pasar la página.

No sé si clasificar este parcho como uno que me gané o si llegó a mí como consecuencia de la situación que el destino puso en mi camino. Para empezar, confieso que no considero haber sido un buen hijo, a pesar de haber estado presente en todas las ocasiones en que un padre necesitaba el apoyo de un hijo.  Pocas veces estuve presente de frente, pero sí detrás de la cortina en todas las ocasiones donde mi presencia fue necesaria.

Pero para explicar esto tengo que retrotraerme a la niñez.  Reconstruir como yo percibía lo que era la relación de padre e hijo.  Dejo establecido que no tuve la dicha de disfrutar una vida familiar usual, ya que nací y me crie en un hogar donde mi padre estuvo ausente.  No recuerdo haber visto a mi padre en los momentos claves de mi vida. No lo recuerdo llevándome ese primer día de clase a la escuela; como tampoco lo vi en la ceremonia de mi primera comunión.  No lo vi el día que contraje matrimonio y menos cuando nació mi primera hija.   En otras palabras, un padre totalmente ausente de mi vida, cuando más anhelaba tenerlo a mi lado.

Pero todo esto sucedía viendo a mi padre a diario en mi entorno y escuchando a mi vieja suspirar por un amor no correspondido, por alguien que en algún momento la abandonó sin una razón de peso.  Ella con la esperanza eterna de que el regresara al hogar y yo recibiendo el cariño limitado de mi padre, cuando lo encontraba por casualidad en su área de supervivencia.

Así fueron los contactos con mi viejo, puras casualidades.  Al correr de los años, ya con mi mente madura, trate de llevar una relación normal con mi padre pero no fue fácil; no recuerdo un abrazo, pero si muchas recriminaciones.  Reproches que fueron alejándome, llegando un momento en que no tuve relación alguna con mi padre por muchos años, a pesar de verlo muchas veces de lejos, en los espacios de nuestro mismo pueblo.

Así fue mi vida de niño, de joven, y al momento de empezar a desarrollarme como profesional hubo un intento de reconciliación entre padre e hijo pero siempre imperando su trato dominante y falta consideración a mi madre, quien desde el día uno vivió amando al viejo hasta su partida física.

Ya en la etapa en la que decaía su salud, y cuando mi padre estaba dando bandazos solo por la vida, fui cambiando mi manera de verlo y de vez en cuando había periodos de paz entre nosotros en los que yo decía presente.  Pero su carácter de hombre fuerte y dominante era su marca de fábrica y llegó el retraimiento de nuevo. Pero esta vez, estuve presente siempre detrás de la cortina.  Nunca lo deje solo, aunque él desconocía de mi presencia.  Sus amigos me conocían y sabían de la situación que me mantenía como ausente.  A través de ellos pude hacer mi parte como hijo hasta que el Creador determinó que él  ya no fuera parte terrenal… entonces sentado al borde de su cama, esperando por el traslado de su cuerpo a la funeraria, pude darle lo que tantas veces quise hacer en vida,  darle un fuerte abrazo como sé que mis hijos y nietos me darán hoy, el día dedicado a los padres.

©Roberto Quiñones Rivera