Grecia y el cambio de época / por Alfredo Serrano Mancilla)

Los “expertos” no contemplaron la variable “pueblo” en sus modelos econométricos. Todo estaba bajo control hasta que la mayoría ciudadana griega respaldó una propuesta política diferente a aquella dictada por la Troika. La democracia tiene este tipo de caprichos: depende de la voluntad de su pueblo. La economía sin política corre siempre el riesgo de descuidar esta particularidad creyendo que todo gira en torno a dogmas incuestionables, sin cabida para referéndum.

Y resulta que no. Resulta que a un país de la periferia europea, Grecia, de unos 11 millones de habitantes, se le ha ocurrido la trasnochada idea de consultar a su ciudadanía por qué camino seguir ante una situación verdaderamente insostenible.

La decisión es elegir entre: 1) seguir con lo que se ha venido haciendo por parte de los gobiernos anteriores (Nueva Democracia y PASOK) que ocasionó la caída del caída del 25 % del PIB, 26% de desempleo, 52% de desempleo juvenil (el más alto de Europa y tres veces superior al índice anterior a las medidas de austeridad), 45% de pensionistas pobres y 40% de los niños bajo el umbral de la pobreza; ó 2) al menos intentar otra forma de hacer las cosas aunque éstas no sean ni mucho menos fáciles dado que se arrastra una deuda elevadísima, tanto social como financiera, y con múltiples ataduras y condicionantes en el seno de la propia UE.

Contado así, parece natural que los griegos hayan decidido abogar por la opción “más vale lo desconocido que lo malo conocido”. Suena racional que la mayoría se haya decantado por nuevas recetas a sabiendas que las prescripciones del pasado han condenado a un empobrecimiento sin parangón en la historia del país heleno. Sin embargo, este hecho ha sorprendido a propios y extraños porque en casi 70 años de historia oficial del FMI, ningún país del primer mundo había llegado a este escenario, esto es, el impago del crédito.

Es la primera vez que un país-satélite en la zona central decide desacatar una orden dada. La periferia europea se revela así contra su centro de gravedad en la misma línea de lo que ha venido aconteciendo desde hace unos años en muchos otros países de la llamada periferia mundial. La diferencia estriba en que esta vez quien desobedece está inserto en uno de los epicentros mundiales, es decir, en la zona euro.

A la periferia-absoluta (afuera de los países centrales) se le suma a periferia-relativa (adentro) en este intento de emanciparse. La rebelión de las periferias caracteriza indudablemente a este cambio de época del siglo XXI. Lo que Marx llamaba el viejo topo está emergiendo crecientemente en estos años en los que el capitalismo mundial deja demasiadas heridas sin suturar.

Ese topo, hoy llamado Grecia, irrumpe desde las resistencias subterráneas negándose a seguir bajo el mandato de lo que determina Alemania. Mañana podría ser España; pasado, Portugal. Lo que ayer era de sentido común, ahora ha dejado de serlo. Lo que antes era objeto de obediencia con cabeza cabizbaja, hoy se cuestiona con dignidad.

En esta travesía Grecia no está sola. Lo excepcional de este caso es que Grecia lo hace desde las propias entrañas de la Unión Europea y no por afuera. Pero son muchos los países que en este siglo se han unido sucesivamente a ese otro espacio económico-político no controlado desde el norte. Ese nueva zona geoeconómica sigue sumando socios que progresivamente van tejiendo nuevas alianzas por afuera del hegemón y de sus anillos centrípetos.

Esa suerte de gran periferia conforma en la actualidad nuevos polos constituyentes de otros pivotes geopolíticos no tradicionales. Los BRICS son el mejor ejemplo, pero también lo es Unasur o la CELAC en América latina; el G77 más China, las nuevas alianzas en Africa.

Seguramente la Europa mediterránea no se quedará atrás. Grecia ha abierto las puertas, no para salir de Europa sino para que Europa sea realmente Europa y no un eufemismo que sirve como disfraz para que el gran capital transeuropeo se esconda detrás de él. Este cambio de época iniciado en Europa, de la mano de Grecia, abre una oportunidad histórica para que el Sur deje su rol periférico.

Europa está en disputa. Y los del norte lo saben. Lo que está en juego no es exactamente la cuota-Grecia en el pastel europeo porque apenas representa el 2% del PIB, ni tampoco el valor de la deuda griega. Lo verdaderamente sustantivo es saber si la UE tiene todavía capacidad para revivir su modelo fallido hacia delante y el FMI puede salir indemne de esta mancha en su currículum; o si por el contrario, ambos saldrán renqueante irreversiblemente de este envite perdiendo legitimidad en el tablero mundial.

Grecia tiene en su mano, al igual que España podrá tenerlo en unos meses, la posibilidad histórica de escribir su propia Historia, reinsertándose soberanamente tanto en Europa como en el mundo, siendo parte de un nuevo Sur no periférico. El triunfo del No abre esa puerta.

Reblogueado de Público.es (España)

Qué Significa la Degradación del Crédito del Gobierno

por Rolando Emmanuelli Jiménez, JD, LLM

La matemática no puede ser más desalentadora. El gobierno tiene que conseguir un mínimo de $3,400 millones para la deuda que vence este año, $940 millones para pagar las penalidades y aceleraciones de la degradación, y $820 millones para balancear el presupuesto. Es decir, $5,140 millones, lo que dejará solo $2,890 millones para cubrir todos los demás gastos del gobierno. Esto conllevará al descalabro total y la quiebra de las finanzas del Estado.

Para muchos puertorriqueños la degradación por varias agencias clasificadoras del crédito de Puerto Rico parece un evento ajeno y problema exclusivo del gobierno.

Sin embargo, la degradación tendrá efectos trágicos en la totalidad del tejido económico y social.

El efecto directo de la degradación de la deuda es que el gobierno no podrá tomar más dinero prestado. Esto es así, porque los inversionistas no tendrán interés en comprar unas obligaciones del gobierno de Puerto Rico que están llenas de incertidumbre, porque no se sabe si las va a poder honrar.

Por otro lado, si el gobierno pudiera emitir nueva deuda, tendría que pagar unos intereses tan altos, que junto al principal a pagar, podría hacer imposible el saldo a los inversionistas, lo que profundizaría la crisis.

A primera vista, el que el gobierno no pueda tomar prestado es algo positivo. Puerto Rico ha sufrido de décadas de endeudamiento compulsivo que han elevado la deuda pública a niveles impagables de más de $70,000 millones.

El gobierno, sus corporaciones públicas y municipios encaran un déficit acumulado, es decir, una deficiencia entre activos y obligaciones, de más de $40,000 millones. Si se vendiera o liquidara todo lo que tiene el gobierno, no daría para saldar las deudas.

Anualmente el pago, o como le llaman los financieros, el servicio a esta deuda, es decir, lo que derrochamos para no caer en incumplimiento, alcanza los $3,400 millones. Algunos economistas dicen que es cerca de $4,000 millones.

Estos pagos, normalmente, lo que satisfacen son intereses y vencimientos parciales, y se saldan mediante refinanciamientos. Es decir, emitiendo deuda nueva para cubrir la vieja. Esto ha disparado el déficit acumulado y nos ha llevado a la insolvencia.

El que el gobierno no pueda tomar dinero prestado ocasionará que no pueda cumplir con el servicio a la deuda de no menos de $3,400 millones. Si no puede refinaciar para poder cumplir, tendrá que sacar este dinero del presupuesto del fondo general: el mismo que suple los gastos operacionales del gobierno de Puerto Rico. Es decir, nómina, salud, educación, infraestructura, entre otros.

El gobierno se encuentra ahora en esfuerzos desenfrenados por lograr emitir más deuda para cubrir esta suma. Pero como explicamos, el acceso a los mercados de bonos podría ser impráctico o imposible.

Por otro lado, tampoco el gobierno podrá cubrir el déficit estructural que tiene en su presupuesto anual de operaciones. Desde hace décadas, el presupuesto de Puerto Rico ha operado con más gastos que ingresos.

Esta diferencia entre gastos e ingresos fue cubierta de forma irresponsable con emisiones de nueva deuda. Es decir, Puerto Rico gastó más de lo que podía. Tomó de la tarjeta de crédito para pagar sus gastos operacionales ordinarios.

Y los gobernantes de turno nos enredaron en este entuerto por razones político partidistas. Querían comprar, comprar y comprar para ganar elecciones, y que los que vinieran después resolvieran.

Esta degradación obliga a que por primera vez en mucho tiempo el gobierno tenga la necesidad de establecer un presupuesto balanceado. Es decir, que tenga igualdad entre ingresos y gastos.

Esto, evidentemente resultará en recortes profundos en el gasto del gobierno que se estiman en alrededor de $820 millones y que van a perjudicar a empleados, suplidores, contratistas y otras personas o entidades a las cuales el gobierno les debe dinero.

Aunque el gobierno podría hacer un esfuerzo por mantener sus aportaciones para los presupuestos de salud, educación y otros servicios esenciales, la situación se agrava al tomar en cuenta que, además de las deudas ordinarias del gobierno, hay que pagar las penalidades que se impusieron por la degradación de los bonos.

Se estima que el efecto de la degradación por penalidades y aceleraciones de deudas, obligará al gobierno este año a tener que conseguir $940 millones adicionales: $940 millones que tienen que restarse del fondo general y que se suman al recorte de $820 millones indispensable para cuadrar el presupuesto.

Por lo tanto, como mínimo, el gobierno tendrá que restar $1,740 millones de su dinero para atender directamente el problema de la degradación. Es decir, que si tomamos de referencia los $9,770 millones del presupuesto de este año fiscal 2013-14, quedarán $8,030 millones para cubrir todos los gastos del gobierno.

La matemática no puede ser más desalentadora. El gobierno tiene que conseguir un mínimo de $3,400 millones para la deuda que vence este año, $940 millones para pagar las penalidades y aceleraciones de la degradación y $820 millones para balancear el presupuesto. Es decir, $5,140 millones, lo que dejará solo $2,890 millones para cubrir todos los demás gastos del gobierno.

Esto conllevará al descalabro total y quiebra de las finanzas del gobierno.

No es posible conseguir este dinero en tan poco tiempo, sin recurrir a emitir nueva deuda. Sin duda emitir deuda nueva agravará el problema y lo que hará será posponer, otra vez, la toma de decisiones fundamentales para corregir el problema.

Para entender la gravedad del problema, solo hay que mirar un dato. Fuentes gubernamentales estiman que podrían tener que despedir más de 20 mil empleados públicos. El gobierno tendrá que hacer un esfuerzo definitivo por cuadrar su presupuesto, pero será a costa de muchas entidades, personas y empleados que confían en la operación fiscal saludable para poder sobrevivir económicamente.

Además, estos recortes presupuestarios van a afectar la calidad de los servicios, las reparaciones de los edificios públicos y de las carreteras.

Un problema adicional que tiene el gobierno es que la Constitución establece que primero hay que pagar la deuda pública antes de pagar cualquier otra cosa. Nos obliga a pagar la financiera, incluso, antes que comer.

Tal parece que estamos en un callejón sin salida. Las alternativas no son muchas, pero todavía existen algunas efectivas. Si no tomamos acción inmediata, llegaremos a lo que el economista Luis Rey Quiñones Soto ha denominado “La Miseria”.

Retumban las palabras de Rey: “Rolando, nos comeremos hasta las raíces”.

En la próxima columna abordaremos alternativas viables a esta crisis de grandes proporciones que nos tiene al borde del abismo social y económico.

El autor es abogado notario, Presidente del Bufete Emmanuelli, C.S.P. Para mayor información vea: http://www.bufete-emmanuelli.com

La guerra es un latrocinio: columna de Amy Goodman

Esta columna de Amy Goodman destapa varias verdades que los ciudadanos de los Estados Unidos deberían repudiar sin vacilar.

1. Las guerras de Estados Unidos son una estafa, un robo y un fraude perpetrado en contra de los intereses de la inmensa mayoría del pueblo estadounidense, es decir un negocio que beneficia a unos pocos.

Así lo evidencia el caso de Bunny Greenhouse, una empleada del Ejercito de los Estados Unidos que denunció la concesión por el Cuerpo de Ingeniero de un contrato ilegal de 7 mil millones a una compañía conocida como Kellog, Brown and Root, antes de que el pueblo estadounidense supiera que Estados Unidos invadiría Irak.  Lo más descarado es que dicha compañía pertenecía a la Empresa  Halliburton, cuyo presidente hasta el año 2000 fue nada menos que Dick Cheney, la persona que ocupaba entonces el cargo de Vicepresidente de la nación.

2. Que los gobernantes republicanos y demócratas esconden el hecho de que el actual déficit presupuestario de los Estados Unidos tiene como una de sus causas principales los enormes gastos militares de las guerras en Afganistán e Irak, y ahora en Libia

El economista ganador del Premio Nobel Joe Stiglitz dice que los costos de las guerras en Irak y Afganistán superarán los cinco mil millones de dólares. Por lo que resulta inexplicable que en el debate nacional sobre la deuda no se incluyen los gastos de la guerra.

Amy Goodman afirma “que mientras el Presidente Obama y el Congreso argumentan que la Salud Pública y la Seguridad Social son los dos factores que desestabilizan el presupuesto, el pueblo debería exigirles a ellos que dejen de gastar en la guerra”. 

Los políticos y los medios de comunicación estadounidenses han convencido al pueblo que el déficit presupuestario es causado por los gastos del plan de salud de Obama, las ayudas que se distribuyen en becas para los estudiantes y los subsidios a familias pobres. Inclusive dicen que se debe al Seguro Social, que es dinero que pagan todos los trabajadores. Nada más lejos de la verdad, el enorme gasto militar es razón principalísima en la debacle presupuestaria y la enorme deuda externa de los Estados Unidos. Todos sabemos que el incremento en los costos de los beneficios sociales no se debe a los beneficiarios sino a la avaricia de los proveedores resguardada por la dejadez del propio gobierno y por funcionarios corruptos.

Procede citar lo que escribe Amy Goodman: “El dos veces ganador de la Medalla de Honor del Congreso Mayor Smedley Butler tenía razón hace setenta y cinco años cuando dijo sobre la guerra: «Probablemente, es la estafa más vieja, de lejos, la que deja más ganancia y seguramente, la más despiadada. Es la única cuyas ganancias se cuentan en dólares y sus pérdidas en vidas y que se lleva a cabo para beneficio de unos pocos, a expensas de muchos».”

srs

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La guerra es un latrocinio.

MY FIN DE SEMANA EN YONKERS, PART ONE / por Josué Santiago de la Cruz

Cuando caminaba por ahí a cuerpo de camisa y pelao de la risa, Freddy Veras Goyco, hacía mear al más recatao y a las menos reservadas las ponía a “cagá pal seto”. Perdonen mi abrupta displicencia, pues me parece un imperdonable acto de cursilería barata no abordar el tema que les quiero contar y de la persona que mejor lo contó si comienzo esto de otra manera.

Empecemos por el comienzo para no enredar la cosa.

Resulta que acabo de llegar de Yonkers, NY, donde compartimos, la más que manda (mi mujer) y su subalterna, su aprendiz (mi hija), con un matrimonio amigo que accidentalmente son dominicanos, de Santiago de los Caballeros. Digo accidentalmente porque muy bien pudieron haber sido del carajo viejo.

En su hogar pasamos un fin de semana de a galón, sin ron ni cervezas, pero con un embolle de carcajadas que acabé la muda de pantaloncillos mucho antes de lo programado.

“Yo lo que quiero es ver la televisión dominicana (la doña me tiró una de sus miradas filosas) pa ver cómo se bate el cobre allá”, le dije a los anfitriones.

Enseguida Félix, el señorón de la casa, me puso un show de variedades y otro de comedia, un talk show, uno de turismo e intentó espetarme una película donde “Boca de Piano”, actor cómico de su país. En eso, recordó que tenía grabadas unas apariciones de Freddy Veras Goyco, a quien siempre tuve entre los grandes comediantes del mundo hispánico, y ahí comenzó lo que les quiero contar.

Resulta que en ese momento, año, día y hora, llovía con cojones en la República Dominicana y cuenta Freddy que, además del diluvio, el pueblo dominicano se hundía desastrosamente en la deuda nacional.

A causa del torrencial aguacero y por la falta de dinero para darle mantenimiento al techo, el Palacio Nacional hacía agua. Era un río, coño, lo que bajaba de las grietas en los tejados del palacio y uno de los alcahuetes de Leonel Fernández le arremangó los pantalones para que no se le mojaran.

Con los pantalones arremangados Leonel arribó a su despacho en donde iba a reunirse con el presidente del banco internacional, con quienes su gobierno estaba adeudado hasta el joyete y antes de que el invitado atravesara la puerta otro de sus muchos alzacolas le dice:

“Sr. Presidente, bájese los pantalones”

Leonel se tomó un tiempito para digerir lo que sus oídos acababan de oí y cuando entró en tiempo, dijo:

“¿Y es tanto lo que debemos?”

Eso lo contó Veras Goyco. No yo.

En otro momento del show, Veras Goyco dijo que la cosa de la economía en dominicana estaba tan descojoná que cuando uno llama al teléfono del Banco Central, una contestadora le dice a uno:

“Para recibir este mensaje en Español, apriete en 1; para recibirlo en Inglés, apriete el 2; para depósitos, apriete el 3; para sustracciones, apriete el culo porque aquí no ni un chele”.

Freddy Veras Goyco era un fuera de liga.

©JSC