Reclaman oportunidades de empleo

Comunicado enviado por Wanda I. Rodríguez

DesempleoUn grupo de vecinos de las comunidades El Coquí, Las Mareas, Aguirre y San Felipe, todas en Salinas, reclamaron a la alcaldesa de su pueblo Karilyn Bonilla la contratación de trabajadores(as) de las comunidades marginadas del municipio en los proyectos que se están desarrollando actualmente y los que están próximos a comenzar.

El Municipio de Salinas atraviesa por un índice elevado de un 27% de desempleo. El grupo de vecinos de este pueblo en busca de trabajo, que al momento sobrepasa las 250 personas identificadas, tiene el respaldo de la Junta Comunitaria de El Coquí en Salinas y la Iniciativa para el Eco Desarrollo de la Bahía de Jobos. El grupo se propone además realizar un censo del nivel de desempleo en las comunidades y desarrollar un comité que potencie la exigencia de esta población para que el Municipio y su legislatura garanticen que los proyectos que se están desarrollando en Salinas den prioridad de trabajo a los sectores desfavorecidos del municipio.

“Los distintos proyectos de desarrollo económico en el municipio de Salinas utilizan nuestros recursos, ocupan nuestros terrenos pero no toman en cuenta a la población y su falta de empleo para ocupar dichos puestos de trabajo. Instamos a la Honorable Alcaldesa y la legislatura municipal a que promuevan que los contratistas empleen a las personas que pertenecen a los sectores más desfavorecidos, especialmente a los jóvenes y las mujeres madres solteras.

“Quien está desempleado o empleado parcialmente, padece efectos y consecuencias profundamente negativas y corremos el riesgo de quedar al margen de la sociedad y de mantenernos en la exclusión social. Además de los jóvenes, este drama afecta también a las mujeres, que encuentran en mayores dificultades en la búsqueda de empleo. Esto redunda en un menor desarrollo económico y social del municipio. El trabajo es vital para formar y mantener a la familia, adquirir una vivienda y contribuir al desarrollo de nuestras comunidades”, expresó Carlos Colón Beltrán, residente de El Coquí.

El grupo hizo llegar a la alcaldesa cartas firmadas por las personas desempleadas de El Coquí, Las Mareas, Aguirre y San Felipe, y no descartaron realizar actividades para llamar la atención sobre sus reclamos.

El desempleado

por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Llegó a la plaza de recreo a eso de las ocho de la noche, hora y media antes de lo planeado, y se sentó frente a la alcaldía. Había un carro amarillo estacionado a un lado de la plaza y una persona sacaba dinero de una ATH. Varios transeúntes pasaron por su lado, lo saludaron y siguieron de largo. A lo lejos se oía la música de un bar.

Llegaron a su mente recuerdos tristes. La mañana en que recibió la carta de despido de la agencia gubernamental en la que había trabajado por veintitrés largos años.

Aquella mañana el reloj marcaba las diez menos diez minutos.  Al leerla se desencajó su rostro, palideció y rodaron copiosas lágrimas por sus mejillas. Se apoyó en el escritorio y así estuvo sin recordar cuanto tiempo. Sus compañeros de trabajo, visiblemente perturbados y acosados por el miedo revisaban la correspondencia recibida sin saber que decir.

Sentado en aquel banco, como otras tantas veces, vinieron a su mente los rostros de su esposa y de sus hijos. Su corazón quería explotar. Volvió a experimentar una profunda rabia contra el gobierno que lo despidió, el mismo que respaldo con su voto.

Recordó los momentos amargos cuando le ejecutaron la casa y se llevaron el carro. Cuando su esposa e hijos tuvieron que irse a vivir a la casa de su suegra en la que él no cabía. Los días deambulando por el pueblo durmiendo donde le cogía la noche y buscando un trabajo que no conseguía.

Todo en su vida se había derrumbado. No sabía cómo enfrentar su nueva situación. Odiaba coger cupones y el pago por desempleo apenas daba para los gastos básicos de su familia. Un cúmulo de pensamientos suicidas se agolpaban en su mente.

Los martes acudía temprano a la alcaldía en buscar trabajo.  Era el día que el alcalde atendía a la gente. Dejaba su mochila, con sus escasas pertenencias, al lado del escritorio de la secretaria. Ya en la lujosa oficina del alcalde, se sometía al minucioso interrogatorio del primer ejecutivo, quien al final le entregaba un papel refiriéndolo a alguna agencia gubernamental.

Esa mañana se presentó en la alcaldía como todos los martes. Antes de entrar miró el reloj que adorna la torre del ayuntamiento. Las manecillas marcaban las diez menos diez minutos, a esa hora dejó de funcionar hace cincuenta años.

Cuando le tocó su turno entró a la oficina del alcalde. Como de costumbre dejó su mochila junto al escritorio de la secretaria. El alcalde lo atendió como siempre y le dio el referido y una palmadita en el hombro. Al salir tiró el papel en el primer zafacón que encontró y salió abandonando sus pertenencias.

Ese martes, antes de medianoche se escuchó una estruendosa  explosión que retumbó en todo el pueblo. La Alcaldía se vino abajo. Solo quedó intacta la torre con el reloj marcando las diez menos diez minutos, de la mañana o de la noche, ¿quién sabe?

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 26 junio 2012

Modas Versacce / Edwin Ferrer

Juana era muy religiosa. Vivió para Cristo, murió por él y resucitó. Su voz clamó en una esquina del Condado como si fuera otro llamado ardiendo con un fuego desconocido. Pidió sombra en telas de seda, pero colgó sus recuerdos en un maniquí. Sus amigos y amigas se habían marchado sin despedirse. Un grito quedó atrapado en las vitrinas de una boutique que dejó un eco que se fermentó con la duda.

— ¿Quién vio lo que sucedió aquí?—Preguntó la voz que se escucha después de la muerte.

—Pregúntale a l gobernador. ¿No vas a llamar la ambulancia?—Preguntó un borracho.

— ¡Cállese!— Exclamó el oficial.

—Dicen que estaba desesperada.—Musitó la vecina.

Al otro día salieron noticias de desempleo. Mientras tanto en la televisión estaba ella; en pareja, con su jefe bailando bomba y plena.

© Edwin Ferrer 09/29/2009