Lo se todo / Josué Santiago de la Cruz

La Reportera lo vio sentado en el último escalón de una escalera de concreto armado, único testigo de un hogar en ruinas.

–No se desespere que la vida le sonríe.

Sin apartar la mirada de algún punto indeterminado en lontananza, el hombre pareció no escuchar las palabras de aliento.

–Usted no está solo. Vamos a ayudarlo a reconstruir su hogar y su vida.

Luego el camarógrafo enfocó el lente para captar la angustia de aquel hombre que en estado de shock parecía afrontar, desesperanzado, la pérdida de todo lo acumulado en años.

Los vecinos no salían de su asombro al ver cómo le entregaban bolsa tras bolsa de suministros a un hombre al que ellos nunca habían visto por el vecindario.

©JSC
07/10/2017

 

La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

Ascende equum (Súbete al caballo) / Gloria Gayoso Rodríguez

Ascende equum (Súbete al caballo)

_Oye, amigo!!¿Qué tal si dejamos de pastar?
_ ¿Con qué nos alimentaríamos?
_ ¡Sólo eleva el hocico y fíjate en esos verdes celestiales!
_¿Estás deprimido?
_ No, es que envidio a las nubes; aunque algunas toman nuestra forma
no tienen que soportar las ancas de los humanos por un puñado de hierbas…

©Gloria Gayoso
Foto de Eva Lewitus

La protuberancia : un cuento de la calle / por José Santiago

Cumplidos sus siete años, Mercedes, fue removida del hogar de sus padres por una agencia de gobierno expertos en relaciones de familia. Vivió once años en diferentes hogares sustitutos sin conocer del paradero de sus dos hermanos, ni de sus padres.  Fueron tiempos difíciles fuera del calor familiar y sin nadie en quien confiar.

A su mayoría de edad se matriculó en un curso de enfermería, gracias a las gestiones de una institución sin fines de lucro. Completada la parte teórica, es asignada a una entidad hospitalaria a completar la práctica que le permitiría completar una certificación en enfermería.

Cada domingo, luego del culto religioso, Juan Antonio acompañaba a su abuelo a la panadería que ubicaba a varias cuadras. Aun cuando disfrutaba a plenitud aquellos suculentos emparedados, siempre tenía la misma molestia al salir. El mendigo hambriento, parado justamente a la salida del concurrido comercio con su mano extendida pidiendo dinero; su ropa raída, calzando tenis rotas y tan sucias como su cuerpo. Desaliñado, mugriento y de aspecto asqueante era una molestia para muchos parroquianos. Juan Antonio siempre evitó mirarlo al salir y contenía la respiración para evitar el pestilente olor, ignorando a su vez aquel pedido de ayuda para saciar el hambre.

El abuelo pasó a ser de un buen cristiano a un extremista; cambió su profunda fe cristiana por fanatismo religioso. El poco tiempo que dedicó a su nieto, no fue suficiente ante su necesidad de cariño. La falta de atención, la poca comunicación y sin dirección para mantenerse en el camino correcto lo fueron desviando.

Luego del divorcio de sus padres, su papá emigró a los Estados Unidos y su madre se unió a un malandro quien nunca aceptó a su hijo. Juan Antonio queda bajo la custodia de su abuelo, quien viejo y cansado trató de imponerle la religión para mantenerlo en el camino del bien. Cuando se trata de imponer en vez de convencer, los resultados son nefastos. La religión lo asqueó y con los amigos de la calle su futuro descarriló.

Libre como el viento, la calle le ofreció lo que a muchos jóvenes; una vida de lujos y comodidades sin mucho esfuerzo, a cambio de una corta existencia. Autos de lujo, dinero en abundancia, mujeres despampanantes y la envidia de otros jóvenes quienes con el tiempo los emularan.

Agonizando en una camilla de aquella institución hospitalaria, última oportunidad para personas en condiciones de salud crítica, Juan Antonio, comienza a divagar. Llegan a su memoria recuerdos de lo ocurrido, cuando fue emboscado por dos gatilleros que dos días antes habían tratado de liquidarlo. Su reacción inmediata fue correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran. Sintió un leve ardor y un olor a carne quemada cuando aquella primera bala penetró su costado. Un segundo proyectil traspasó su muslo derecho dejándolo tendido en el pavimento, justo frente a la puerta de la panadería donde cada domingo comía suculentos emparedados. Se arrastró hasta la puerta tratando de encontrar acceso a su interior, mas esta había sido cerrada con llave. Las marcas de sus manos ensangrentadas sobre la puerta de cristal; la soledad que lo invadió, la sensación de abandono en la que se encontraba y luego sentirse arrastrado fueron sus últimos recuerdos.

¿Dónde estaba; cómo llegó a ese lugar? ¿Quién era la joven vestida de blanco parada frente a él? No sentía su cuerpo, como si solo su cabeza estuviera en la camilla. Un miedo terrible lo invadió, lágrimas rodaron por sus mejillas. Desconocía si estaba vivo o luchando por su vida, por primera vez sintió la necesidad de Dios en su existencia, creer en Él y en sus promesas de sanación y salvación.

—Dios mío, si estoy vivo sana mis heridas, te lo suplico. Si estoy muerto, no permitas que arda en el infierno, condúceme a la tierra prometida, perdóname mi Dios. Luego de estas últimas palabras, sintió que se ahogaba, el aire no le llegaba, no podía respirar. En ese momento comprendió que estaba vivo y la expresión de terror reflejada en su rostro asustó de tal manera a la joven que lo acompañaba, quien en su desesperó cerró ambos puños y lo golpeó en el pecho. Los coágulos de sangre vomitados permitieron la entrada de aire a sus pulmones y el regreso a la vida. Entendió que Dios le había concedido una nueva oportunidad.

Su recuperación tardó meses. Tiempo de reflexión, de lección de vida y de un nuevo comienzo. Mercedes, la joven enfermera, que salvó su vida cuando golpeó su pecho y quien lo acompañó en su larga estadía en el hospital es hoy su esposa. El mendigo de todos los domingos frente a la panadería, que tanto le asqueaba y a quien nunca le brindó ayuda para mitigar su hambre; fue quien lo arrastró a la calle. Allí obligó a una joven conductora a detenerse, lo subió ensangrentado al asiento trasero y lo condujeron a sala de emergencias. Aquella protuberancia que observó su esposa en el cuello, es el plomo de la tercera bala, de la cual no sabía ni había sentido cuando entró por su boca, destrozando parte de su dentadura y alojándose en la cervical tan cerca de la columna vertebral que imposibilitó su extracción. Quedó en su cuello como diario recordatorio de lo ocurrido el día que Dios cambió sus vidas.

 

© José Santiago, Sebastiopolo

Micro relatos de temática bíblica de Josué Santiago de la Cruz

Sus progenitores eran lectores voraces de la Biblia, y desde esa tradición hogareña con su pincel literario traza nuevas lecturas bíblicas. Aquí una muestra.

GÉNESIS

En el principio el hombre vio que todo a su alrededor era bueno y armonioso y para tener en que entretenerse creó el caos y lo llamó Dios.

 

LOS HIJOS DE SIMÓN

Aconteció que Jesús dijo a sus discípulos que en Jerusalén sufriría grande aflicción y muerte y que al tercer día, de entre los muertos se alzaría, y Pedro lo atrajo hacia sí y le dijo:

-No acudas al llamado de la muerte.

-¡Apártate de mí, Satanás! -dijo Jesús a Pedro- Me eres piedra de tropiezo…

Y sobre esa roca, cuentan los hijos de Simón, que hasta aquí nada habían dicho, edificó su Iglesia el Cordero de Dios.

 

ÚLTIMO DESEO

La lectura de Apocalipsis 21.21* cambió, para siempre, su vida.

Desde entonces fue hombre piadoso, celoso de sus buenas obras y amor al prójimo.

Sólo pidió para sí, que al momento de su muerte, lo enterraran con un pico, una alforja y un

par de zapatillas.

 

© Josué Santiago de la Cruz

*Apo. 21.21. Las doce puertas eran doce perlas, y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calleprincipal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente.

Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015

Habitación 2 / por Marinín Torregrosa Sánchez

El hombre marcó en el celular el número de la casa. Le contestó el hijo menor, más o menos de 12 años. Le dijo que su madre no había llegado del trabajo.

– Pues cuando llegue dile que me dejaron doblando el turno. Que tengo que visitar las otras plantas… la de Fajardo, Arecibo y Ponce… es una auditoria y me voy a quedar por acá.

– Entonces, ¡te vas a perder la transmisión del juego pai!

– Eso es lo que me encojona, pero dile a tu mai que mañana llego tempranito porque me van a tener que dejar ir antes porque… ¡esto ‘stá cabron!

– Esta bien pai. Que descanses.

– Te veo mañana mijo Dios te bendiga.

Dejo caer el celular y se acomodó de medio lado. Arropó con su mano derecha el seno completo de su acompañante. ¿Era María? ¿Sandra? ¿Lorena? No recordaba. Tendría que mirar nuevamente su directorio privado, sus contactos “comerciales”.

– Hay tiempo. De aquí a que termine… con decirle “mami” pasa.

Ella levantó su pierna hasta la cadera del hombre, sin dejar de besarlo. En un acto de acrobacia quedo arriba con sus cabellos ondulantes sueltos, libres al aire y en un movimiento desafiante quedan cara a cara. Ella le dice:

– Ay Robe…, Pedr…, Luis… ¡papi!

Fue necesario poner los celulares en silencio. Los contactos de ella se activaron y él no pudo superarlo.

© Marinín Torregrosa Sánchez, 2 de septiembre de 2017.

El Pan Nuestro de Todos los Días

por Josué Santiago de la Cruz

A Calixto se lo pintaron de lo más lindo:

—Allá se vive bien chévere, tío Caly —le dijo la sobrina camino al pueblo, acompañada de un sujeto parecido a los personajes de las películas de bandoleros, que tanto aborrecía.

Él imaginó que no podía vivirse del todo mal, porque parecía modelo, forrada en oro de arriba abajo. Pero no le preguntó quién era su pareja. No tuvo necesidad de hacerlo.

—Este es Raphy. Él también vino a visitar la familia.

Ya en la casa, empezó a desempacar y a contarles a las primas, que la miraban, embobadas, del carro de lujo que se compró:

—Es una chulería, si lo vieran. Lo compré custom made, con asientos de pure leather, pa joder a los haters. Me costó una maleta e chavos. How much, hony?, ochenta mil. Y lo pagué cash. I always pay cash…

Tampoco le preguntó cómo le hizo para conseguir tanto dinero, si ella, hasta donde él sabía, vive del WELFARE.

©JSC

Atrapasueños / Roberto López

Me contaron que un mercenario puertorriqueño que murió en la batalla del Álamo tenía un padecimiento crónico de pesadillas. Todas las noches soñaba que lo habían capturado y enjaulado con los leones hambrientos.

Y fue su fortuna que se enamoró de una india lipán, cazadora de búfalos y de sueños. En plena luna de miel, tuvo la pesadilla, y a gritos pidió auxilio y misericordia. La hermosa india no lo despertó, pero con un beso profundo, ahogó sus chillidos y se tragó el mal sueño, y así lo curó de espanto.

Y viene al caso que yo tengo el mismo padecimiento. Pues tengo un sueño demencial que se repite mucho. Sueño que unos encapuchados me meten en un ring de boxeo para que pelee con una momia llena de pulgas.

Cada vez que tengo esa pesadilla y grito pidiendo ayuda, mi negra me levanta con cuatro codazos al pecho, como si fuera lucha libre. Entonces pienso y hasta prefiero que se cumpla el sueño y fajarme con la momia, de lo contrario, la negra me va a matar.

©Roberto López

Memorias de un hombre viejo / José Manuel Solá

Muchos que pasaban por la acera ocasionalmente lo veían tras el cristal de su ventana, ligeramente inclinado.

Una que otra vez volvía la mirada y se diría que saludaba con una suave sonrisa en los ojos o tal vez con una posible tristeza disimulada. No, no es un antisocial ni un amargado, -decían sus vecinos- él siempre saluda, siempre responde a nuestro saludo.

Era un hombre solo, eso es todo, eso lo explicaba todo. Se levantaba muy temprano y salía de su apartamento-jardín y al poco rato regresaba con un saquito con pan, algún jugo de naranjas, harina de café y un paquete de cigarros.

Al pasar, saludaba con la mano y con su sonrisa. Luego volvía a su encierro.

No se le conocía amigos ni familiares. Sí, se recuerda que tuvo un perro casi tan viejo como él; cuando murió, lo envolvió en un saco y lo llevó a enterrar sabrá Dios dónde. Cuando eso sucedió, única interrupción en su rutina, estuvo varios días caminando despacio frente a la ventana, fumando sus cigarros y contemplando el lozano árbol de laurel del patio. Pero en poco tiempo retomó sentado su actividad.

Escribía. Escribía cartas, breves algunas, profusas otras, que nunca enviaba. Escribía a amigos, muchos de los cuales habían fallecido años antes, otros más bien perdidos en el tiempo, sólo presentes en la memoria. Les escribía como la continuación de una conversación ocurrida el día antes. Escribía con pasión, se podría decir que casi eran poemas.

También escribía a sus hijos que nadie conoció y que, ¡quién sabe!, tal vez eran producto de su imaginación. La mayor parte de las cartas, no obstante, estaban dirigidas a dos mujeres de distintas etapas de su vida. Fueron, a juzgar por lo escrito, dos mujeres de gran belleza. ¿Cómo fueron esas relaciones? Las cartas no contenían reproches, sólo recuerdos de días felices de lugares, caricias, perfumes que ya pocos recuerdan, flores que acaso ya ni existen, amaneceres, días de lluvia, vino y aves migratorias. Cosas así. ¿Qué fue de la vida de aquellos amores? Quién sabe…

En la mañana del 2 de octubre salió, como era usual, a comprar pan. Esta vez iba protegido de las lloviznas con un paraguas entre azul y gris. Al poco rato se detuvo frente a la baranda del malecón y se entretuvo contemplando el mar. Pero no compró el pan ni los cigarros. Después de un gran suspiro volvió sobre sus pasos lentamente, como si estuviera contando sus pisadas. Tal vez olvidó sus compras o tal vez recordó algo que debía hacer.

Estuvo todo el día inclinado, sentado ante el viejo escritorio de caoba. Alrededor de las 4:00 de la tarde inclinó la cabeza aún más como si fuera a dormir sobre su mesa de trabajo. Así lo encontraron sus dos hijos, que de una u otra forma se enteraron. En el suelo, al lado del escritorio, había una caja de cartón con cartas perfumadas, meticulosamente dobladas dentro de sus sobres, cartas que nunca fueron llevadas a la oficina de correos. En la mano derecha reposaba la bella estilográfica, de esas que ya no se fabrican. Y bajo su frente, un papel en blanco.

Sus hijos no quisieron leer las cartas, en su lugar pusieron la caja junto a las cosas que se debería llevar el camión del recogido de basura.

(c) José Manuel Solá  /  9 de mayo del 2017