El Sistema colonial estadounidense en Puerto Rico y la industria azucarera / por Rafael Rodríguez Cruz

Camino a la Central Aguirre

Robando bolas y palos de golf

Creo que fue para 1963 o 1964 que a mi primo Reuben le vino la idea de construir un campo de golf en el barrio «Hoyinglés» de Guayama. Si descabellada era la ocurrencia, más desmochado era el plan para lograrlo. Se trataba, según él, de robar bolas y palos de golf en las facilidades de atletismo de la Central Aguirre. El reto, naturalmente era cómo acceder al campo de juego de ese lugar; pues, membresía, lo que se dice membresía, no la teníamos ni la podíamos conseguir. Para superar el obstáculo, mi primo desarrolló un operativo que parecía sacado de las picardías del Lazarillo de Tormes: unirnos a la Liga Atlética Policíaca de Guayama, para así poder robar.

Efectivamente, los miembros de la mencionada organización policíaca, todos jovenzuelos como él y yo, gozaban de abundantes privilegios en Guayama. En primer lugar, entraban gratis a la matiné del Cine Calimano los domingos por la tarde. Claro, tenían que ir en uniforme de la Liga y no hacer las maldades acostumbradas, como comentar las películas y tirar trompetillas; pero, no tenían que pagar ni pasar por el trabajo de colarse. El segundo privilegio era el poder entrar a tomar agua de la fuente del cuartel de la policía, en la calle Ashford, sin que el guardia de turno les entrara a patadas. El tercero, y quizás más importante, era el poder ir a la Central Aguirre a los programas de la YMCA, incluyendo el nadar en la piscina. Para mí, que no sabía nada de natación, eso era un incentivo adicional. En menos de un minuto, me convencí de la infalibilidad del plan de mi primo, o sea, de hacernos «policías de embuste», para robar.

Fue así que un día de verano de 1963 o 1964 salimos en una guagua [bus] escolar para la Central Aguirre. En cuanto llegamos, sin embargo, comenzaron a surgir problemas con el plan de robo. Lo primero fue que acceso a la piscina del Club Aguirre, como tal, no tuvimos. Más bien, lo que hizo la YMCA fue habilitar una vagoneta de arrastre para que sirviera de alberca en el estacionamiento de uno de los edificios. El policía a cargo de la Liga Atlética, cuyo nombre no recuerdo, ya venía enfadado con nosotros desde que nos portamos mal durante la procesión de viernes Santo en Guayama. Ese día sagrado, y bajo el sol candente de mi pueblo, que licuaba el mazacote de brillantina Alka en nuestras cabezas, él había jurado, entre maldiciones y blasfemias, que algún día le habríamos de pagar el desplante. El momento del cobro de la deuda, creo yo, llegó con la visita a la piscina de la central. «Ahí está, tírense al agua, y no jodan más. El que no sepa nadar, mejor que aprenda o se ahoga en el vagón de mierda ese», dijo con una sinceridad que espantaba. Nadie murió, para contrariedad del jefe de la Liga Atlética Policíaca de Guayama. Y es que el menos atlético de los presentes era, precisamente yo y, al oír la advertencia del posible ahogamiento, me alejé lo más que pude del dronzote agua. Eso explica por qué hoy, aún ya viejo, no sé nadar. Las piscinas me dan un repelillo enorme y, si me meto en ellas, no paso de la cintura; especialmente si es un Viernes Santo, no vaya a ser que la maldición de ese policía endiablado brinque cinco décadas y venga a materializarse conmigo ahogado en una alberca, precisamente, un día de rezar. Brujo al fin, creo en las premoniciones.

De todos modos, yo tenía ese día otros riegos más grandes que confrontar en la Central Aguirre. Para robar las bolas de golf teníamos un plan que hoy me suena un poquito chiflado. Todo era asunto de esperar a que las bolas cayeran al suelo para recogerlas, sí, inmediatamente antes de que llegara el dueño. «Déjate llevar por el ruido del golpe del palo de golf, así sabrás adónde caerá la bola», me dijo mi primo en un tono que, al menos para mí, era más que convincente. Logramos con este método recoger diez o doce bolas, entre la gritería de varios jugadores que no querían tanto recuperar sus «golf balls», como matarnos. Uno que otro de ellos, de hecho, lo intentó, apuntando el tiro lejos del hoyo y en dirección a nosotros. De camino a Guayama, con los bolsillos llenos de bolas de golf, sentimos la satisfacción de haber logrado el plan. Pero fue entonces que nos acordamos del detalle que sin palos no se podía jugar golf.

Sea, como sea, en cuanto llegamos a la calle Duques, nos enfrascamos en la construcción del campo de golf de “Hoyinglés”. En nuestras mentes, el proyecto era mayor que en la vida real. Es un hecho inexplicable por qué los ojos de los niños lo amplifican todo, como si uno anduviera en la infancia con lupas. Ya de adultos, pues, nos quitan la lupas, y todo se achiquita; todo, menos los recuerdos. En fin, el patio de mi tía no era grande, pero eso no afectó el tamaño imaginario del campo de golf. En una esquina tenía su montañita con hoyo y bandera; en la otra, un terraplén para golpear la bola. De algún modo, y por medios extraños, cayó en nuestra posesión un fino palo de golf. Exactamente cómo, no lo sé. Será que es verdad eso de que Dios actúa por medios misteriosos, porque lo que fui yo nunca más volví a la central. Y así fue, como lo cuento, que el barrio ‘Hoyinglés’ tuvo su campo de golf mucho antes de que Chi Chi Rodríguez construyera el suyo a las afueras de Guayama.

Ahora, cincuenta años después del «gran robo» con mí primo, me toca volver a los predios de la antigua Central Aguirre para disfrutar de los eventos del Cuarto Libre Soberao, el 7 de abril. Es una gran fiesta cultural y de baile de bomba de los pobladores de El Coquí, el pueblito pequeño en que vivían los trabajadores de la caña y sus familias. Aunque me entusiasma la idea de volver a los predios de la central, también tengo sentimientos encontrados. De seguro, pienso yo, que todo se habrá achiquitado. Lo que hoy quede de aquellas casotas blancas y grandísimas de los administradores estadounidenses de la central, con sus balcones señoriales, y de aquellos grandes edificios de la molienda, me provocará la misma sensación que tengo cada vez que voy al sureste que me vio crecer. El mundo es más pequeño de lo que yo pensaba en mi niñez. Es como si la vida preparara a uno, poco a poco, y ajustándole la visión a uno para aceptar, algún día, que en realidad basta con un panteón pequeño para acomodar los huesos viejos hasta la eternidad.

Recuerdo, dicho sea de paso, que de niño mi abuelo solía llevarme por todo el litoral del sureste, central por central, buscando molasas frescas para beber con sangre de toro. Nunca probé la infusión. Pero sí vi a mi abuelo empinar un envase con sangre de buey y melao espeso, como si fuera la mejor miel. Me dijo que era cosa de la manera en que los negros, sus ancestros, cristalizaban el azúcar, con sangre fresca. La remembranza de la actividad en una central, justo en medio de la molienda, no es fácil de olvidar. El olor intenso del jugo de caña, el ruido de los vagones de tren, las grúas y cadenas chillando a toda voz, el ajetreo humano y los gestos de mi abuelo, con sus seis pies de negritud; todo eso , ni se olvida ni se achiquita en la mente. ¡Qué grande era todo aquello, ante mis ojos de niño! Un mundo alucinante de metal y gente. A escondidas, yo calmaba mi ansiedad, haciendo remolinos en los latones de melao fresco y chupándome los dedos ennegrecidos con el dulce elixir. Y luego, pues, llega la vida de adulto, y se le achiquita a uno el mundo real. Nada permanece grande, salvo en la memoria. En fin, ya la caña de azúcar no se cultiva en el sureste de mi país, ni en las centrales se exprime melao.

Los ‘pauperizados’ del cañaveral

El gran año para la producción de azúcar en el sureste de Puerto Rico fue el 1915. En ese momento se consolidó, realmente, la siembra y molienda de caña en toda la región. Sí, centrales como la de Aguirre contaban con maquinaria de la más avanzada, desde hacía más de una década. Sin embargo, un estudio del Departamento de Comercio de Estados Unidos en 1907 señalaba que el problema de la azúcar de la isla durante la primera década del siglo XX no era la molienda, sino el rendimiento de toneladas de caña por acre, o sea, las técnicas de cultivo.[1]  Ya para 1906 en Puerto Rico, gracias a la concentración de capital, el número de centrales se había reducido a cuarenta y seis y la tecnología era de primera. El desarrollo entre 1899 y 1906 fue verdaderamente sorprendente:

«La ocupación estadounidense trajo una completa transformación de los métodos de molienda. Los molinos impulsados por fuerza animal casi han desaparecido, y el ‘tren jamaiquino’, con su sistema de pailas abiertas, está siendo desplazado por novedosas técnicas de evaporación, de manera que hoy, además de las innovaciones de las centrales mejor equipadas, muchas de la pequeñas están instalando maquinaria moderna y expanden su capacidad para moler la caña de azúcar de las plantaciones aledañas. Los molinos de nueve rodillos se han hecho comunes en los distritos en que, antes, la extracción por la vía de una o dos prensadas era considerada suficiente, y se están recibiendo órdenes de molinos de hasta 12 rodillos, precedidos por una prensa. En el período de 1905-1906, se abrieron dos nuevas centrales modernas y hay al menos dos más planeadas para 1908. La más grande, la Central Guánica, tiene una capacidad de 2,500 toneladas de caña diarias, y algunas otras procesan hasta 500 toneladas por día. El costo de erigir una de estas fábricas oscila entre $350,000 y $350,000, y algunas cuestan un millón y más».[2] (Traducción libre)

La realidad es que, a pesar de la sentencia del Departamento de Comercio, tampoco hay que minimizar el avance de la siembra y cultivo de caña de azúcar entre 1900 y 1906. Para este último año, la cosecha se tradujo en 203,000 toneladas de azúcar. Esto, a pesar de que la inmensa mayoría de los terrenos de la isla no eran naturalmente favorables al cultivo de esa planta. Aquí no hay que sentir vergüenza alguna. Cuba es el lugar, por excelencia, para el cultivo de caña por medios naturales. El mismo Departamento del Comercio de Estados Unidos lo reconoció en varios estudios: «En Cuba, la caña de azúcar se cultiva casi en su totalidad por medios naturales durante la época normal de lluvia de cuatros meses de duración».[3]  Además, sus vastas llanuras de terrenos húmedos y fértiles eran la envidia de los agrónomos del mundo entero en 1906. En esto, Puerto Rico y su isla hermana se parecían muy poco. J. T. Crawley, quien dirigía los estudios de suelos para las compañías azucareras estadounidenses en ambos lugares, señaló la clave de la distinción: «En Cuba, no hay una clara diferenciación entre distritos agrícolas, como ocurre en Puerto Rico y, por lo tanto, en Cuba hay más uniformidad en los tipos de suelos».[4]  ¡Precisamente lo que se necesita para el cultivo natural de la caña de azúcar!

Decimos que no hay que sentir vergüenza alguna, porque lo que le falta a una isla, le sobra a la otra. En Puerto Rico, escasean las llanuras húmedos con terrenos fértiles propicios para el cultivo de la caña (salvo en zonas de no mucha extensión, como Arecibo, Fajardo y valles del oeste).[5] Pero tenemos un interior montañoso de una riqueza natural incomparable en el Caribe. Basta con visitar los montes cercanos al oriente de Cuba para ver la diferencia y hacer la comparación. La fertilidad natural de nuestras pendientes montañosas es simplemente mayor. En eso, quizás, somos más hermanos de Martinica que de Cuba. Muy posiblemente, entonces, ya en 1906 la siembra y cultivo de caña en Puerto Rico había alcanzado su mayor desarrollo posible, al menos sobre la base de nuestra particular geografía y dadas las variedades de caña en uso.[6]

El empeño de transformar a Puerto Rico en una isla productora y exportadora de azúcar a gran escala fue, pues, un capricho del gran capital estadounidense y sus aliados anexionistas. Muy poco tenía que ver ese antojo con las condiciones geográficas e hidrológicas de la isla. Más que nada fue una aberración, dictada no por la voluntad libre de nuestro pueblo, sino por el antojo de los monopolios extranjeros. Nada de eso tenía ni debía de suceder, incluso por las leyes normales de la producción capitalista.

Para desgracia nuestra, la primera década del siglo XX estuvo marcada por una revolución en la agricultura estadounidense, fundada en la modificación por medios artificiales del rendimiento de la tierra.[7] Fue la consumación de lo que Marx llamó la transformación de la agricultura en una esfera más de la gran industria. El campo devino una fábrica, en cuyo espacio se fabricaba la fertilidad del suelo como se confeccionaba cualquier otra mercancía, científicamente, y sin medir las consecuencias para el ambiente y la sobrevivencia humana a largo plazo.

¿En qué lugar del planeta Tierra existía un modelo a seguir para tan siniestro proyecto? O sea, ¿dónde había un cultivo de caña de azúcar por métodos científicos exactos, que se impusieran a contrapelo a la aridez de los terrenos del sureste de Puerto Rico? Pues, nada más y nada menos que en Hawái. Mejor habríamos salido con una erupción volcánica, como la del Mont Pelée 1902 en Martinica, que con la implantación del modelo anglohawaiano en nuestra agricultura, a partir de 1906.

Las cuatros islas de mayor cultivo de caña de azúcar en el archipiélago hawaiano en 1906 eran Kauai, Oahu, Maui y Hawái.[8]  Estas compartían con Puerto Rico una geología predominantemente escarpada, ríos en números abundantes y llanuras no muy extensas dominadas por la aridez. Resulta interesante que tanto en Hawái como en Puerto Rico no había lagos naturales en 1906. En ambos lugares, el agua fluía libre y constantemente, por cauces naturales, desde las montañas hasta las costas. Hidrológicamente, ambos archipiélagos son casi gemelos. La única diferencia es que en los suelos montañosos de Hawái no se pueden construir lagos, pues son muy porosos y chupan el agua enseguida. En Puerto Rico, la situación es distinta.

Con la inclusión de Hawái en la tarifa azucarera, el cultivo de la caña cobró un auge tremendo en ese archipiélago. Para resolver el problema, parecido al de Puerto Rico, de la escasez de llanuras húmedas, la burguesía anglohawaiana se embarcó entre 1900 y 1906 en un proyecto de irrigación sin precedentes a nivel de Estados Unidos, y quizás del mundo. Aunque financiado exclusivamente por el capital privado de las compañías monopolistas azucareras de Hawái, conocidas como las Cinco Grandes, el resultado fue la canalización de la totalidad de las corrientes de agua dulce en las montañas. De hecho, la construcción de sistemas de regadíos en ese archipiélago devino rápidamente una esfera separada de inversión para la clase capitalista anglohawaiana. El tamaño de la obra no es fácil de describir, pues incluyó, entre otros detalles, canales y ‘flumes’ de millas y millas de distancia, túneles sin fin a través de las rocas más gigantescas y sifones aparatosos que elevaban el agua a miles de pies de altura (para luego dejarla caer, creando de este modo una fuente de energía electrifica). Ni Leonardo da Vinci, en su sueño frustrado de fabricar un gran canal que permitiera la navegación entre Florencia y el mar Mediterráneo, llegó a diseñar un monstruo de la ingeniería hídrica de semejante tamaño. Su marca distintiva era el sistema de «fluming», o sea, canales de riego tan anchos y potentes que transportaban barcazas cargadas de caña de azúcar por el agua, desde las plantaciones más remotas hasta la boca de la central. Nada de trenes ni camiones. Todo ello construido sobre la espalda de decenas de miles de trabajadores japoneses traídos al archipiélago en condiciones de semiesclavitud, desde fines del siglo XIX.[9]

Según los estándares corporativos de 1906-1917, el sistema de cultivo de caña de azúcar en Hawái era el «más científico e intensivo de la época».[10]  En un extremo tecnológico estaba Cuba, con su agricultura de caña extensiva y sus métodos naturales; en el otro, Hawái con sus cultivos intensivos, basados en la irrigación y los fertilizantes. En lo que toca a Puerto Rico, un estudio comparativo realizado en 1906 ya había indicado que el rendimiento de azúcar cruda por acre en Puerto Rico no pasaba de 2 toneladas, mientras que en Hawái, gracias a la aplicación «científica» de fertilizantes y la irrigación, llegaba a veces hasta 15. Ni en Hawái ni en Puerto Rico quedaban tierras vírgenes en 1906-1917; pero en Cuba, apenas se habían cultivado los extraordinariamente fértiles suelos de Oriente.

¿Cuáles eran, pues, las alternativas que se presentaban para la clase política dirigente de Puerto Rico entre 1906-1917? ¿Rechazar el capricho de los monopolios extranjeros de convertir la isla en una gigantesca factoría de azúcar, por la vía de un cultivo intensivo en el sureste árido, y a contrapelo de nuestra geografía? ¿O promover el camino de la pequeña agricultura, incluso sobre bases capitalistas avanzadas, en las montañas fértiles de la Cordillera Central? ¿No era esto último lo que venía pasando en lugares como California, en que las granjas de menor extensión de terreno estaban a la cabeza del cambio tecnológico en la agricultura del imperio? El promedio de extensión de las granjas de avanzada en el noreste montañoso de Estados Unidos era de 64 acres; en Puerto Rico, predominaban numéricamente las granjas pequeñas de 50 acres. ¡Dónde manda el gran capital imperialista no manda el pequeño! La construcción del sistema de riego del sureste, una aberración de ingeniería que vendría a destruir la ecología de nuestros fértiles montes, comenzó en 1907 y se inauguró en 1914, condenándonos a la dependencia y a la gran agricultura de exportación de azúcar. Encima de eso, la canalización de los ríos se financió en Puerto Rico por la vía de la deuda pública. No le costó nada a los grandes monopolios del azúcar. Un regalo como pocos, en la historia agrícola moderna del imperio. Simultáneamente, la importación de fertilizantes para el cultivo local de caña de azúcar aumentó de 2,034 toneladas en 1906 a 24,290 en 1915, o sea, un incremento de 2,000 por ciento.[11]  Con ello, Puerto Rico hacía su debut en la modernidad.

¿Qué efecto tuvo la construcción del sistema público de regadío del sureste sobre la competitividad del azúcar producido en Puerto Rico? Entre 1915 y 1917 las ganancias de las compañías azucareras en la isla adquirieron niveles escandalosos, como resultado de los elevados precios de los alimentos durante la Primera Guerra Mundial. Respondiendo a los reclamos de los productores de azúcar en lugares como Louisiana, el Departamento del Comercio de Estados Unidos llevó a cabo un estudio detallado de los costos de la siembra, molienda y mercadeo del azúcar de Cuba, Puerto Rico y Hawái. La crema y nata de los empleados del sistema federal de censos visitó los tres lugares, obteniendo todo tipo de información, generalmente de los libros de contabilidad de las compañías. Fue publicado en 1917 con el título The Sugar Cane Industry, y contiene varios capítulos sobre Puerto Rico.[12]  Aquí, por supuesto, solo vamos a detenernos en la cuestión de la competitividad del azúcar boricua al llegar al mercado estadounidense.

De acuerdo con el citado estudio, en 1917 una libra de azúcar puertorriqueña entregada en el mercado de la metrópoli tenía un costo de 2,828 centavos; la de Hawái, 2,697 centavos y, la de Cuba, solo 1,719 centavos.[13]  La comparación entre Hawái y Puerto Rico no nos interesa, porque el mercado natural de los productores anglohawaianos era California, no Nueva York. Lo que nos interesa es la comparación entre Cuba y Puerto Rico. La diferencia del costo del azúcar proveniente de estas dos islas del Caribe era de 1,109 centavos por libra, al llegar a Estados Unidos. Obviamente, esta discrepancia reflejaba ante todo la extraordinaria fertilidad natural de la tierra llana de Cuba, en lo que concierne al cultivo de caña. ¿Cómo lograban los monopolios azucareros estadounidenses operando en Puerto Rico «competir» con el azúcar cubana? Pelo a pelo no podían. La clave era el aparato colonial, que subsidiaba agresivamente las operaciones de las centrales azucareras extranjeras, particularmente en el sureste de la isla.

Efectivamente, la producción de azúcar por los monopolios estadounidenses en la isla recibía tres beneficios inmediatos de la situación colonial. En primer lugar, y esto fue estudiado con profundidad por Pedro Albizu Campos,[14] estaba la bonificación arancelaria. En 1917, la libra de azúcar originada en Cuba estaba sujeta a un arancel punitivo de 1,0048 centavos. De entrada, esto elevaba su costo en el mercado estadounidense a 2,7238 centavos la unidad.

La construcción del sistema de irrigación público también operaba como un subsidio para las compañías estadounidenses en la isla. En Cuba, como sabemos, la irrigación era casi inexistente. Las pocas plantaciones pequeñas que irrigaban artificialmente los terrenos incurrían en un costo de $2,18 por acre o la cantidad de 8 centavos por tonelada de caña. Pero esto era una rareza. En Puerto Rico, dada la aridez de nuestros llanos del sureste, la irrigación era una técnica indispensable. El costo promedio de mantener un sistema privado de riego en la isla era de $50 el acre. La irrigación privada existía, pero no era la regla en el sureste. La central Aguirre y sus compinches en ese litoral gozaban desde 1914 de agua suministrada públicamente. ¿Cuánto le costaba este uso de un recurso natural perteneciente al pueblo de Puerto Rico? Teóricamente, el costo era de $2,50 el acre-pie entregado en el cañaveral. Pero esto era así únicamente en el caso de que no existieran concesiones otorgadas por el gobierno federal, que eximían a las compañías del pago de la tarifa. Las centrales del sureste, localizadas precisamente en la región más árida y monopolizada de Puerto Rico, aportaron en 1917 el 40% de toda la azúcar que se exportó al mercado estadounidense. Además, con el manipuleo de los contratos con los colonos, centrales como la Aguirre no incurrían en costo alguno por el agua. Y el azúcar es un producto que requiere mucha agua para el cultivo.

El subsidio mayor que recibían los monopolios azucareros operando en la isla en 1917, sin embargo, era la superexplotación de la fuerza de trabajo bajo el sistema colonial. Ya desde 1906, el gobierno federal reconoció que la destrucción de nuestra vibrante pequeña propiedad agraria (particularmente el café) era caldo de cultivo para una sobrepoblación relativa de trabajadores desesperados:

«Gran parte de la tierra cafetalera está revirtiendo a bosques, buena parte se vende para pagar impuestos, y, probablemente, mucha más tierra se venderá antes de que las condiciones mejoren. Muchos cultivadores continúan, sin mucha esperanza, trabajando en plantaciones que desde hace tiempo perdieron completamente su valor. Todas las partes competentes, interesadas en el bienestar de la isla y sus habitantes, lamentan la decadencia de esta otrora floreciente industria, que suplía un empleo relativamente fácil para los hombres, mujeres y niños, en la agradable y refrescante atmosfera del centro de la isla, impresionantemente libre de influencias negativas a la salud».[15] (Traducción libre)

Resulta penoso ver cómo, a veces, los propios investigadores del imperio muestran más empatía por la gente de la colonia, que los representantes políticos locales y los sindicatos corruptos. Así, mientras que algunos funcionarios federales se lamentaban de la condición de la industria cafetalera y de su impacto sobre las familias del campo, la Federación Libre de Trabajadores de Puerto Rico no escatimó esfuerzos para proporcionarle honras a Roosevelt durante su visita de 1906. Después de un pésame hipócrita a la Asociación de Caficultores, el presidente habló de su simpatía por la extensión de la ciudadanía estadounidense a los súbditos de la colonia y, allá en el Congreso, mencionó con agrado a la Federación.

Los datos, sin embargo, son tercos, como decía Marx. A pesar de las genuflexiones de la Federación Libre de Trabajadores, todavía en 1917 los salarios agrícolas y cañeros en Puerto Rico estaban muy por debajo de los de Cuba, Hawái y el sur de Estados Unidos. De acuerdo con el estudio del Departamento de Comercio, el salario promedio en los cañaverales de la isla, en 1917, era de 63 centavos por día para los cultivadores y, de 70 centavos por día para los cortadores. En Cuba, para la misma fecha, era de $1,26 por día para los cultivadores y, de $1,60 para los cortadores de caña. Incluso en Louisiana, con una fuerza de trabajo compuesta casi en su totalidad por negros en condiciones de opresión racial extrema, los sembradores varones recibían un promedio de 84 centavos diarios. En Hawái, el salario promedio era de 97 centavos al día para los sembradores, y de $1,04 para los cortadores. Además, dependiendo de las ventas, a los trabajadores de la caña en Hawái les pagaban un bono de fin de año.[16]

Naturalmente, la comparación de las tasas salariales únicamente nos da una imagen aproximada de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto es así, en particular, en el caso de Puerto Rico, en que la dependencia de medios de vida caros provenientes de Estados Unidos imponían una carga extra sobre los pobres y los trabajadores. Durante la Primera Guerra Mundial el valor de las importaciones de medios de vida a la isla creció sin que aumentara, simultáneamente, la cantidad de productos.[17]  Era pura inflación.

En nuestra isla, la pobreza de los trabajadores se agudizaba por el fenómeno del «tiempo muerto», es decir, los siete meses del año en que no había corte y molienda. En Hawái, por el contrario, no se daba el fenómeno del tiempo muerto. El corte y la molienda se extendían de 208 a 306 días al año en ese archipiélago.[18] La clase obrera hawaiana, a pesar de su condición semifeudal, presionaba al patrono los doce meses del año. En Puerto Rico, el proletariado agrícola sufría una dolorosa transmutación conforme avanzaba el ciclo. Por cinco meses, conformaba propiamente un proletariado agrícola, empleado en el corte y molienda; el resto del tiempo, oscilaba entre las dos formas más penosas de existencia de lo que Marx llamó la sobrepoblación relativa: la estancada y la pauperizada.[19]  Bajo la primera, formaba un ejército de desempleados siempre disponible para las necesidades de cualquier empleo agrícola, donde fuera y con los salarios más bajos; bajo la segunda, los trabajadores caían en la mendicidad y completa marginación social, víctimas de la pobreza más extrema y las enfermedades, como la anemia. El fenómeno de los bajos salarios alimentaba la pobreza, y viceversa.

¿Cuál era, según el cinismo del informe del Departamento del Comercio, el principal obstáculo a una mayor competitividad de la industria azucarera de Puerto Rico en 1917? Pues, la supuesta «ineficiencia comparativa» de los trabajadores boricuas. ¡El estudio de 1917 le dedica una sección entera al tema, confiriéndoles una dudosa distinción a nuestros trabajadores de la caña: la de ser mendigos![20]  Y aunque falla en no destacar el vínculo entre la destrucción de la pequeña propiedad agrícola y la superexplotación en los cañaverales, el estudio sí muestra una cierta preocupación humanística con la desaparición física de la clase trabajadora del azúcar, «cuyo futuro es todo menos prometedor».[21]  A los bajos salarios se suma la mala alimentación. Por suerte, nos dice el informe, hay quienes se compadecen: «Algunas de las plantaciones más grandes informan que, con motivo de mejorar la condición física de sus trabajadores de campo y factoría, les dan carnes para que coman tan frecuentemente como dos veces a la semana».[22]

La tarifa azucarera, el sistema de riego del sureste y la superexplotación de la clase trabajadora puertorriqueña eran, pues, los tres pilares sobre los cuales descansaba la fortuna de la industria del azúcar en Puerto Rico. Ninguna de estos tres factores les costó nada a las grandes compañías extranjeras que se adueñaron de nuestro país. Mejor habríamos salido siendo independientes. 

Retorno al comienzo

Llegado este punto, el lector o lectora probablemente habrá olvidado que nuestra narración comenzó con la referencia a un hurto inocente por dos pilluelos. Y es que quizás el robo mayor en nuestra patria, del cual aún no nos hemos recuperado, ha sido de conciencia: borraron de nuestras mentes la historia real del despojo a que fuimos sometidos en el siglo XX. Como en el poema ‘El patito feo’, de Luis Lloréns Torres, cada día nos toca desleír la bruma de los mitos de nuestra incapacidad de ser libres. Y esto no se puede lograr sin una reflexión sobre el comienzo, el punto de partida del engaño: la llegada del invasor.

La industria azucarera del sureste de Puerto Rico, centrada alrededor de la otrora gigantesca Central Aguirre, fue, en realidad, una gran máquina de robarle los recursos naturales a un pueblo rico en belleza y potencial humano. Los tentáculos de esta factoría de azúcar se extendieron, por medio de las finanzas, a todo el litoral sur y, por medio del sistema de riego, a nuestro centro montañoso y fértil. Incluso llegaron a la costa norte, a la desembocadura del río La Plata. Como un tumor parasitario, la Central Aguirre se alojó en uno de los lugares más bellos del Caribe: la costa de Salinas.

La edición de marzo de 2018 de la revista National Geographic, curiosamente, fue dedicada a Puerto Rico y, con cierta particularidad, al sureste.[23]  El tema, por supuesto, es la devastación causada por el huracán María y la resiliencia de nuestra gente, ante lo que los editores bautizan como la interrupción de energía eléctrica más duradera en la historia de Estados Unidos. El cuadro que dibujan es conmovedor:

«La tormenta más fuerte en azotar a Puerto Rico en los últimos 80 años, los vientos de fuerza de tornado del huracán María golpearon con violencia a la isla. Las lluvias masivas trajeron inundaciones catastróficas, llevándose los puentes e inundando barrios enteros. La infraestructura de la isla, ya debilitada por años de inatención, quedó devastada».[24]

Quizás valdría la pena remontarnos aquí, por medio de los archivos de la revista National Geographic, al momento mismo del comienzo de la pesadilla colonial que vive Puerto Rico bajo Estados Unidos. Precisamente el mismo año del desembarco de las tropas estadounidenses, uno de los reporteros más prominentes de la mencionada publicación, el geólogo Robert Hill, escribió sobre el sur de la isla, expresando admiración por sus ciudades costeras, «que eran de considerable importancia como centros de comercio y agricultura».[25]

O, tal vez, podríamos ser más específicos y retomar la descripción que hizo para National Geographic el capitán Whitney, un espía militar estadounidense en la isla que, meses antes del desembarco de julio de 1898, informó a los altos mandos militares estadounidenses acerca de las riquezas de nuestro país. De particular valor e importancia le pareció a Whitney, precisamente, la bahía de Jobos en Salinas, así como toda la costa cercana, donde pronto se establecería la gran Central Aguirre. Nada extraño, ya que Whitney conocía el texto titulado ‘Hanbuch der Goegraphie’, publicado en Europa en 1868, que identificaba la bahía de Jobos como un lugar ideal para «establecer un puerto marítimo de gran importancia». Sin perder tiempo, el U.S. Coast and Geodesic Survey y su barco el Blake, visitaron en 1898 la costa entre Guayama y Salinas, para desarrollar mapas y guías de navegación. Sobre la bahía de Jobos y sus alrededores, la edición de junio de 1899 de la revista National Geographic expresó lo siguiente:

«La entrada occidental de la bahía está cerca de 25 millas al este de Ponce. La bahía, como tal, está formada por una hilera o línea de arrecife de coral con baja vegetación, entre el cual y la orilla de la tierra hay un paso de mar perfectamente resguardado con amplia profundidad para naves de calado moderado. Las embarcaciones de mayor calado pueden entrar por el acceso occidental, pero nuestro conocimiento actual nos deja con dudas acerca de la amplitud del canal en el interior, y no será hasta que acabe el trabajo de la nave Blake que aquilataremos toda la importancia de la bahía. Una segunda entrada, cuatro millas al este, lleva el nombre sugestivo de ‘Boca de infierno’, y carga 12 pies de agua. Desde esta entrada, la sonda se extiende por dos millas al norte y, por tres millas en dirección al este, formando una ensenada en la cual el agua es decididamente menos profunda que en la parte occidental».[26]

Es imposible no percibir una cierta circularidad en la temática del coloniaje estadounidense en Puerto Rico, no importa el nivel de concreción del análisis. Todo, absolutamente todo, parece remitirnos directamente al comienzo, al año funesto ese del 1898. Es decir, al momento en que un imperio avaricioso se encaprichó con nosotros y nos invadió la patria, interrumpiéndonos, porque sí, una existencia aldeana próspera, pero ajena al curso de la historia. ¡Y año también, con carga ominosa, de todo lo demás: de la respuesta cobarde de una burguesía local, pusilánime como pocas en todo el continente; de la llegada de una oleada de geólogos, hidrólogos, y hasta espías, que produjeron subrepticiamente una valoración exacta de nuestros recursos; de la previsión del capital azucarero estadounidense, que se ubicó estratégicamente en la región llana del sureste; de la exageración de la naturaleza boricua, que puso abundante agua dulce en nuestras fértiles montañas (¡ni sequía tuvimos en el 1898!); de la conducta ingenua de nuestro medio ambiente, que se mostró virgen y fructífero, ante el ojo invasor; de la muerte del padre de la patria, Ramón Emeterio Betances, y de las otras tantas ‘casualidades’ que se dieron cita ese 1898 en una coyuntura de fin de siglo, que no parecía tanto producto de las leyes de la historia, como de la puñetera mala suerte! Y ahora, en pleno siglo XXI, con una circularidad inclemente, se nos repite el tema del gran huracán, 119 años después.

Volver al comienzo, para lograr un mejor avanzar; tal parece ser el camino obligado para comprender el maleficio de la dominación imperialista de nuestro país. Y he de llegar, así, a mi encuentro con la vieja Central Aguirre este abril de 2018: buscando claves para desleír la aparente fatalidad de un pueblo que nunca ha conocido la libertad. ¡Qué no nos subestime el rubio avaricioso del norte! Ya no somos mero «cisne de azul pluma y rojo pico», inermes en el nido del águila imperial, ni pilluelos inocentes que roban bolas y palos de golf.

El huracán María ha inyectado vida en nuestra espiritualidad antillana y rebelde. ¡En el sur, suenan de nuevo los tambores ancestrales, instrumentos mágicos que invitan al combate en la tierra de Palés! Y por todos los rincones de este sufrido y mágico litoral de mi infancia, la juventud despierta hoy a los versos que Luis Lloréns Torres escribiera, casi cien años atrás, en la ciudad sureña de Juana Díaz:

Alma de la patria mía,

cisne azul puertorriqueño,

si quieres vivir el sueño

de tu honor y tu hidalguía,

escucha la voz bravía

de tu independencia santa

cuando el cielo la levanta

el huracán del Caribe

que con rayos la escribe

y con sus truenos la canta.

© Rafael Rodríguez Cruz

Encuentro al Sur ha publicado este artículo con el permiso del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

[1] U. S. Department of Commerce. (1907). Commercial Porto Rico in 1906. Washington: Government Printing Office, p. 18.

[2] Ibid., p. 19.

[3] U. S. Department of Commerce. (1917). The Sugar cane Industry: Agricultural, Manufacturing, and Marketing Costs in Hawaii, Porto Rico, Louisiana, and Cuba. Washington: Government Printing Office, p. 26.

[4] Ibid., p.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Ibid., pp. 257-258.

[7] Hurt, R. D. (2002). American Agriculture: A brief History. Purdue: Purdue University Press, pp. 221-280.

[8] Wilcox, C. (1996). Sugar water: Hawaii’s Plantation Ditches. Honolulu: University of Hawai’i Press, p. 43.

[9] Kent, N. J. (1883). Hawaii: Islands under the Influence. New York: Monthly Review Press, pp. 69-94.

[10] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 25.

[11] Ibid., p. 260.

[12] Ibid., pp. 11-24.

[13] Ibid., p. 27.

[14] Albizu Campos, P. (1975). Obras Escogidas, 1923-1936. Tomo I. San Juan: Editorial Jelofe, pp. 11-114.

[15] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 20.

[16] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[17] Annual Report of The governor of Porto Rico. (1918). Washington: Government Printing Office, p. 15.

[18] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[19] Marx, K. (1887). Capital: A Critique of Political Economy. Volume 1, Section 4, online: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1867-c1/ch25.htm#S4.

[20] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 261.

[21] Ibidem.

[22] Ibidem.

[23] National Geographic. (March 2018). Puerto Rico Still Struggling in the Dark. Online: https://www.nationalgeographic.com/magazine/2018/03/puerto-rico-after-hurricane-maria-dispatches/.

[24] Ibid.

[25] Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other islands of the West Indies. New York: The Century Co., pp. 179-180.

[26] National Geographic (June 1899). Jobos Harbor. Vol. X, No. 6, p. 206.

 

Fotos

Jobos Bay in Port Jobos, Salinas and Guayama Puerto Rico. (2018). Marinas.com. https://img.marinas.com/v2/390ef0bb8d99be147645204ba23e25ee01faf900cb941292def6031c79dec45b.jpg

David Jusino, Ricardo. (2011) Entrada Principal a Aguirre-Salinas.  GeoViews Puerto Rico. http://mw2.google.com/mw-panoramio/photos/medium/53465478.jpg

Fernández, Héctor. (2016). Current view at the Aguirre Golf Club. Puerto Rico Golf Association, Facebook.  https://www.facebook.com/prga1954/photos/a.208492142525033.52460.118234928217422/1387785171262385/?type=3&theater

 

 

A propósito del llamado “día de la ciudadanía estadounidense” / por Rafael Rodríguez Cruz

 El servilismo de los anexionistas ha marcado la actitud de los estadounidenses hacia Puerto Rico

Ni se había efectuado la mitad del desembarco de las tropas estadounidenses en Guánica en 1898, cuando la clase política anexionista puertorriqueña proclamó que la isla no tenía los medios económicos para sobrevivir sin la presencia del imperio. Esta afirmación falsa, que inicialmente no fue ni tan siquiera solicitada por las fuerzas asaltantes, le dio a Estados Unidos lo que este todavía no tenía: una justificación ideológica para la violación de los derechos supremos de nuestra nación. En realidad, las primeras expresiones intervencionistas del imperio en Puerto Rico destacaban que el propósito de la acción militar era, pura y simplemente, el apoderarse de los recursos de una isla a todas luces rica y autosuficiente. Todas las investigaciones por geólogos, climatólogos e hidrólogos llegados con las tropas estadounidenses afirmaban, precisamente, que Puerto Rico mostraba una riqueza y desarrollo social sin par en El Caribe.

Habría que señalar que los primeros en sorprenderse con las expresiones de los anexionistas del patio probablemente fueron los mismos invasores estadounidenses. En ninguna otra región anexada entre 1860 y 1898 por el ejército de Estados Unidos, se había verificado tal grado de servilismo por fuerzas simpatizantes del imperio. La burguesía anglosajona dominante en Hawái, por ejemplo, condicionó su apoyo a la anexión en 1892, y exigió de Estados Unidos concesiones importantes, en lo económico y político. Primero, la plena inclusión de Hawái en la tarifa azucarera. Segundo, el monopolio político sobre todas las islas del archipiélago hawaiano. Ante la renuencia del gobierno de Estados Unidos a negociar los términos de la anexión, la burguesía azucarera de Hawái impulsó una revolución armada y se constituyó en república soberana en 1892. Esa forma política duró hasta 1898, cuando los grandes intereses azucareros del archipiélago se impusieron a la voluntad del Congreso. Igual pasó en todos los territorios que vinieron a conformar la expansión territorial de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX. Siempre hubo exigencias de los intereses locales y concesiones por parte del gobierno federal. Lo de Puerto Rico, la sumisión y falta de espina de los anexionistas, era algo único, que marcó un hito en la historia de expansión territorial del imperio.

¿A qué respondió esa afirmación falsa y alocada de los anexionistas del patio ante la invasión? Curiosamente, no respondía tanto a la presencia militar norteamericana, como a razones internas a nuestro país. Nos referimos al desarrollo desigual de la colonia en los últimos años de la dominación española. A partir de 1895, Puerto Rico había experimentado un rápido desarrollo económico, que se  alimentaba en gran medida de la fortaleza de nuestra moneda frente a la española. Aunque incipiente, por los estándares de los grandes países europeos, se trataba de un proceso de acumulación originaria de capital, que venía alimentado el comercio y la banca local. Los investigadores estadounidenses se dieron cuenta de esto y lo informaron sin dilación al Departamento de Guerra de Estados Unidos. Y todos, sin excepción, destacaron que las grandes oportunidades de inversión, así como los recursos más importantes, no estaban en San Juan ni al norte de la Cordillera Central, sino al sur. Desde el día 1 de la invasión, la atención de los inversionistas se centró en la región costera que va de Guayama a Cabo Rojo. Uno tras otro, los informes preparados para el U.S. Geological Survey destacaban a Ponce y Mayagüez como las ciudades no solo más bellas de Puerto Rico, sino como las más productivas económicamente. La Playa de Ponce y la bahía de Jobos llamaron en particular la atención de los intereses azucareros. Ponce interesaba por su dinamismo comercial y Mayagüez, por su clase de hacendados. En ese inventario de recursos y desarrollo urbano, la ciudad de San Juan salía siempre algo mal parada. La capital era vista por los invasores como la urbe puertorriqueña de mayor desigualdad social, la menos pulcra y la que tenía más políticos estériles. Mientras los investigadores estadounidenses no encontraban suficientes elogios para las ciudades del sur, era muy poco lo que decían efectivamente de la «ciudad de los políticos», o sea, de la capital, salvo por la majestuosidad de sus murallas.

San Juan, sin embargo, sí tenía algo que podía servir al imperio: una clase política anexionista dispuesta a justificar el coloniaje. Además de no tener la más mínima fibra de integridad nacional, esta clase se erigió en la defensora de un coloniaje inclemente. Mintieron, lo pintaron como una  necesidad histórica, y se consagraron a defenderlo.

Hay que pensar detenidamente en cuál habrá sido el impacto emocional y psicológico de esta acción vil de los anexionistas sobre la conciencia de las masas trabajadoras y campesinas de la isla. Puerto Rico era en 1898 el paraíso de la pequeña propiedad campesina. Gracias a ello era, para usar las palabras de National Geographic, la más próspera de todas las islas antillanas. Ese sistema de pequeña propiedad, que tantos halagos recibió de U. S. Geological Survey, era el recurso económico principal de la mayoría de la población puertorriqueña. Además de suplir las necesidades alimenticias de la población, daba vida a una exportación de medios de vida a islas vecinas. De hecho, si algo era patente en los informes del U.S. Geological Survey era la relativa «felicidad colectiva» existente entre los puertorriqueños, particularmente en el campo. ¡No podía ser de otro modo! El modo de producción de la pequeña propiedad, dominante en Puerto Rico en 1898, no era un legado de las plantaciones esclavistas ni del feudalismo ni de los privilegios mercantiles de los españoles. Fue creado, mantenido y reproducido, desde la tercera década del siglo XIX, por la gran masa de trabajadores del país. Era, efectivamente, el sector económico más democrático de nuestra sociedad. Así lo sentía la gran masa de la población, y no hay una sola razón para ponerlo en duda.

En 1898, respondiendo a motivos completamente mezquinos, la clase política anexionista del país, enarboló la mentira de la pobreza de Puerto Rico para mostrarse útil ante el imperio. Fue un acto de una bajeza enorme, que en nada reflejaba la realidad económica y social del país, según los propios datos de las agencias federales. No se equivocaron, pues, los invasores cuando detectaron en San Juan la presencia de una clase política, corrupta, improductiva y dispuesta a todo para preservar un puesto en la administración de la colonia.

Hoy, los tataranietos de aquellos políticos infelices que, en el 1898, no tuvieron la valentía de defender la tradición democrática de nuestro país, reflejada ante todo el vibrante sistema de la pequeña propiedad, vuelven de nuevo a enarbolar la mentira como instrumento para seguir robando y viviendo del sufrimiento de nuestra nación. Y eso ha de seguir así, como dijera Albizu Campos, a menos que surja una reacción de intenso nacionalismo que logre sofrenarlo.

© Rafael Rodríguez Cruz

Lo que somos desde 1493

Opinión

por José Pepo Santiago

El 19 de noviembre de 1493 una flota al mando de Cristóbal Colón llegó a una isla llamada Boriquén, la  cual posteriormente invadieron, subyugando a sus habitantes mediante la fuerza y el engaño. Durante el proceso de dominación utilizaron la evangelización para esclavizar y las balas para someter a los indígenas de la isla. Violaron sus mujeres, robaron sus riquezas y se adueñaron de sus tierras. Convirtieron la hermosa isla en una colonia de España. En aquel entonces, el taíno temió a los invasores cual si fueran dioses hasta el ahogamiento de Diego de Salcedo. Convencidos de que eran tan mortales como ellos los combatieron, más cayeron derrotados frente la superioridad en armas y malicia del conquistador.

Cuatrocientos cinco años después un nuevo invasor arribó a las costas de la isla. Ya no llamada Boriquén, sino Puerto Rico, y sus nativos llamados puertorriqueños. A esos nuevos conquistadores no se les vio como enemigos. Los nativos vieron en ellos, cual si fueran dioses, la salvación. Conquistadores que los sacarían de la miseria y los abusos a los que eran sometidos por los españoles. No tardaron en darse cuenta de que los nuevos invasores se apoderaban y despojaban al país de sus riquezas, igual que los anteriores. Ante esta realidad, resurge la indignación en un sector de la población y con ello la resistencia, plasmada históricamente en el Partido Nacionalista.

Otro sector de la población, seducido por las dádivas y conveniencias, se somete como mansos corderos a las reglas y caprichos del nuevo invasor. Estos se agrupan en dos partidos que se alternan el poder desde 1900. En esa mendicidad llevan más de un siglo, con los desastrosos resultados que vemos en el país.

Con el régimen establecido por los norteamericanos no mejoró en la primera mitad del siglo 20 la calidad de vida del puertorriqueño, ni los derechos como país. Las nuevas imposiciones arancelarias a los productos importados, a los exportados y las leyes de cabotaje encarecieron e hicieron menos accesibles los productos de primera necesidad; aumentando la miseria en la población. Puerto Rico se convirtió en un buen negocio, tanto en el aspecto económico como en el militar. El establecimiento de industrias de capital norteamericano que explotaba al obrero puertorriqueño. Bases militares en Vieques, Culebra, Roosevelt Road en Ceiba, Buchanan en el área metropolitana, la Base Ramey en Aguadilla, Campamento Henry Barracks en Cayey, El Fuerte Allen en Juana Díaz, El Campamento Santiago en Salinas y la Base Aérea Muñiz entre otros, revistieron de importancia a nuestra isla desde la segunda guerra mundial hasta el final de la guerra fría. Ni aun con las ventajas de aquella época, el imperio se tomó la molestia de anexar a Puerto Rico como estado.

Al día de hoy sin las ventajas de otros tiempos, con un país en bancarrota por las malas gobernanzas y la política colonial restrictiva, ¿pensará seriamente algún congresista en los Estados Unidos en la posibilidad de que Puerto Rico pueda convertirse en el estado 51?

Congresistas y políticos norteamericanos, legisladores y políticos puertorriqueños son todos parte de una misma fauna. Individualistas, sus intereses personales o ambiciones van por encima de los intereses del país. Un ejemplo clásico es el del congresista por el primer distrito de Idaho y nacido en Puerto Rico, Raúl Rafael Labrador, quien ha tomado la iniciativa entre los republicanos para bloquear cualquier posible ayuda a la crisis en la isla, argumentando que por los malos manejos de los dineros del país y por los excesos y despilfarros de los gobernantes, ellos no van a brindar ayuda. Que, aunque nació en Puerto Rico no piensa en ayudar a los puertorriqueños y tampoco le preocupa como ellos piensen, pues él se debe a sus constituyentes del primer distrito de Idaho y allí la población de boricuas no llega al uno por ciento. Pretende, dentro de su pobre calidad humana, castigar a la población por los abusos cometidos por políticos de su misma honorabilidad.

Lo más penoso es que esa fauna política malévola, se perpetúan en el poder gracias al voto de electores individualistas, conformistas y sin visión de futuro. El descaro ha llegado a tal magnitud que ya no solo se perpetúan en las posiciones electivas, ahora son dueños de ellas y se las dejan en herencia a sus descendientes. ¿Ante este escenario existirá alguna posibilidad de salir de la crisis?

La política tradicional norteamericana ha recibido un duro revés con el estilo del candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos Donald Trump. Tal vez no sea la persona más honesta, pero políticamente no hay otro más sincero, dice las cosas como las piensa no importa las consecuencias.

Quien piense que si Hillary Clinton gana la presidencia estará abriendo camino a la estadidad y si gana Donald Trump estará más cerca que nunca la independencia, se equivocan, por el momento ninguna de las dos alternativas de estatus tiene posibilidades. Si en el mejor momento de desarrollo de la isla no lo tomaron en cuenta para la estadidad después de tanto cabildeo, sumisión y mendicidad, ahora menos.  En lo referente a la independencia, los políticos locales y los del imperio por décadas adoctrinaron a la población de los males de esta. El cuco de la independencia está tan arraigado en la mente de la mayoría que, al primer indicio de soberanía, la generalidad del pueblo con libre acceso a la nación norteamericana, emigraría. Esto crearía un disloque en muchos estados con grandes concentraciones de puertorriqueños, lo que descarta que el americano lo avale.

La potestad para convertirnos en el estado 51 reside en la voluntad del congreso. Por el contrario, la decisión de convertirnos en un país independiente la tiene el pueblo puertorriqueño. Para la primera, el rechazo congresional es mayoritario, y para la segunda, con más de cien años de adoctrinamiento en contra de la independencia, difícil lograrla. Tendremos colonia para buen rato.  Superar la mentalidad colonial  no es fácil, pero tampoco imposible, se empieza tomando control real de los asuntos del país.

La historia no registra casos de imperios regalando o compartiendo sus riquezas. Es una falacia de que Estados Unidos nos da o regala, solo nos devuelve parte de lo que nos quita para mantener la hegemonía. El resto de lo que queda se lo reparten quienes han gobernado y sus allegados.

©José Santiago Rivera

Documento histórico: La verdad sencilla sobre el status político / por Luis Muñoz Marín el 4 de julio de 1948

Javier R. Almeyda-Loucil publicó en la Biblioteca Virtual de Puerto Rico:

“En la víspera de la discusión en el Tribunal Supremo de Estados Unidos de dos caso en los cuales tendrá que definir la verdadera relación de status de Puerto Rico, este discurso de Muñoz Marín previo al Estado Libre Asociado resulta revelador. Las aspiraciones, la realidad del momento o la venta de un sueño de gobierno propio que tal vez nunca se cristalizó aún en el 1952 esta plasmado en ese folleto.

Biblioteca Virtual de Puerto Rico

La verdad sencilla sobre el status político por Luis Muñoz Marín el 4 de julio de 1948

Digitalizado por Javier R. Almeyda-Loucil

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Ver documento en: http://issuu.com/coleccionpuertorriquena/docs/la-verdad-sencilla-1948?e=16656678/31847859

El Problema Colonial de Puerto Rico y La Asamblea Constitucional de Estatus

por Rolando Emmanuelli Jiménez, JD. LL.M

Editora: Naomi Jusino Girón, J.D.

El problema del colonizado es de tal gravedad que se afecta la psiquis individual y colectiva.

Albert Memmi en El Retrato del Colonizado nos dice: “El rechazo de sí y la estima por el otro son rasgos comunes a todo candidato a la asimilación. Y los dos componentes de este intento de liberación están fuertemente ligados: el amor por el colonizador está cimentado sobre un complejo de sentimientos que van desde la vergüenza hasta el odio hacia sí… Para liberarse, al menos así lo cree, admite su propia destrucción.”

Este es el ser o no ser que nos mantiene en parálisis esquizofrénica sumidos en profunda crisis social, política y económica. Mientras el problema del status nos divide y destruye, para gran conveniencia del poder norteamericano, no podemos discutir sosegadamente los asuntos de política pública que nos lleven por la vía del desarrollo sustentable y sostenido hacia la calidad de vida.

Después de la Constitución de 1952, se creó un falso paradigma de que la Ley 600 había corregido el problema colonial de Puerto Rico. Más de 60 años después ese paradigma se ha derrumbado y todos los sectores entienden en mayor o en menos grado, que Puerto Rico tiene un problema colonial.

Sin embargo, a estas alturas prevalece otro falso paradigma. Grandes sectores de los tres partidos políticos de Puerto Rico piensan que el problema colonial de Puerto Rico lo va a resolver el Congreso voluntariamente. Por eso acuden a vistas sobre el status de Puerto Rico y cabildean a favor y en contra de las diferentes propuestas que se presentan en el Congreso. Sin embargo, no llevan a cabo las acciones dentro de la sociedad necesarias para promover un verdadero cambio en la situación colonial.

La vieja creencia de que el Congreso resolverá sin más el centenario problema debe cambiar. Mientras el pueblo de Puerto Rico no se organice para iniciar el proceso de cambio de la relación colonial y acuda con una sola voz al Congreso, Estados Unidos no tomará acción sobre nuestro problema.

Existe el mecanismo jurídico para llevar a cabo ese cambio paradigmático de reclamar como una sola voz la solución del problema colonial. Ese mecanismo es la Asamblea Constitucional de Status.

La Asamblea Constitucional de Status es un mecanismo mediante el cual se convoca a elecciones para escoger a representantes del pueblo que se postulan a la luz de sus diferentes visiones sobre cómo debe resolverse el problema colonial de Puerto Rico. Estas visiones deben estar claras en el sentido de que cualquier solución de la situación colonial tiene que ser fuera de la cláusula territorial de la constitución federal que establece que el Congreso es dueño y señor de los destinos de la Isla. Por ende, no puede abogarse por soluciones que son de naturaleza colonial.

La Asamblea sesionaría el tiempo que fuera necesario para que se puedan aclarar los mitos y realidades de cada posible solución y que se pueda llegar a un consenso sobre qué es lo que se va a reclamar a Estados Unidos.   El reclamo puede ser sustantivo o procesal.

Por sustantivo, debe entenderse a que el reclamo puede incluir una solución específica a la situación colonial. En cuanto al reclamo procesal, se refiere a que la propuesta puede ser un mecanismo específico para solucionar el status que conduciría de manera justa a cualquiera de las soluciones viables.

La Asamblea Constitucional de Status debe estar compuesta por personas de conocimiento y experiencia en asuntos sociales, jurídicos, económicos y debe elegirse mediante verdadera representatividad donde exista espacio para los pensamientos mayoritarios y minoritarios. Solo cuando el pueblo se una a reclamar la terminación de la relación colonial el Congreso escuchará nuestros reclamos. El ejemplo evidente es la lucha de Vieques. Ese tipo de lucha es la que podría conducir a la solución del problema colonial.

 

© Rolando Emmanuelli Jiménez. El autor es abogado notario, Presidente del Bufete Emmanuelli, C.S.P. Para mayor información vea:http://www.bufete-emmanuelli.com 

 

 

Quousque tándem* / Aníbal Colón de la Vega

 
Quousque tándem*
 
Tus mansos taínos,
Borinquen amada,
fueron co-caribes,
reos a la mala.
A fuerza de palos,
se unieron a España.
 
La sangre criolla,
crisol de las razas,
madura en la venas,
tras largas añadas.
Y termina siendo
co-americana,
en guerra violenta,
desigual batalla.
 
Señores, presiento
que tal vez mañana,
la colonia eterna
co-china se haga.
Aunque la vergüenza
columbra esperanza,
¿morarán las islas
en la mar en calma
de los seres libres
entre las galaxias?
 
©Aníbal Colón de La Vega
*hasta cuando
 

El Retrato del Colonizado de Albert Memmi

Nuestro retrato colonial

Por Enrique Vázquez Quintana

En 1957, Albert Memmi escribió “El Retrato del Colonizado”, mientras ocurría el proceso de descolonización en África del Norte. Tunisia, su país de origen, y Algeria se independizaron de Francia. El autor tenía un conflicto de identidad terrible: era judío, tunisio y francés. Su libro, “El Retrato del Colonizado”, ha resultado ser un clásico al describir muy acertadamente la relación entre el país colonizador y el país colonizado. Sus observaciones se aplican a toda relación colonial, no importa cuál sea el colonizador o el colonizado. Da lo mismo que el colonizador sea Inglaterra, Francia, España, Holanda o Estados Unidos. La actitud del colonizador con respecto al colonizado tiene unas características que se reproducen en cualquier lugar del mundo donde ocurra el colonialismo.

La cultura del colonizador permea en toda la colonia: al igual que los días festivos, las comunicaciones y la bandera ondeando en los monumentos públicos. Hay tres elementos que tipifican al colonizador -la ganancia, el privilegio y la usurpación. Para el colonizador, la colonia es el lugar donde se gana mucho y se invierte poco. En la metrópoli, el colonizado es considerado como un mediocre aunque sea intelectualmente superior a la mayoría de los colonizadores. En la colonia, el colonizador tiene privilegios y un nivel de vida superior al del colonizado. El colonizador comprende que sus privilegios son ilegítimos; por tanto, es un usurpador. Además, se siente superior, resalta su cultura para impresionar al colonizado.

Algunos colonizados rechazan su propia cultura a favor de la del colonizador. El colonizador está dispuesto a reescribir la historia y extinguir las memorias del colonizado, todo para legitimar su usurpación. El colonizado es removido de la historia; a los hijos del colonizado no se les enseña su propia historia, sino la del colonizador. Se crea un vacío en el sistema educativo del colonizado. El colonizado está confundido y divorciado de la realidad. Por el racismo, en la colonia la gente y sus costumbres son siempre consideradas inferiores a las del colonizador. Todos los historiadores del colonialismo nos revelan que el motivo económico es el factor primordial en la relación entre el colonizador y el colonizado. El colonizado se reproduce más rápidamente que el colonizador, el desempleo siempre es más alto en la colonia que en la metrópoli.

La religión es en ocasiones utilizada para acelerar la asimilación del colonizado. Por otro lado, la ambición del colonizado es convertirse en igual al modelo “espléndido” del colonizador -parecerse a él hasta el punto de desaparecer dentro de él. Sin embargo, para ser asimilado, no sólo es necesario separarse de un grupo, sino que hay que entrar en otro; y es allí donde el colonizado encuentra el rechazo del colonizador. El colonizado desea la asimilación y es el colonizador quien lo rechazará. Estados Unidos no sabe qué hacer con Puerto Rico luego del embrollo que ellos han causado en la Isla al tomarnos como botín de guerra y después darnos la ciudadanía americana. Como resultado de la colonización, el colonizado prácticamente nunca experimenta su nacionalidad y ciudadanía.

Si analizamos nuestros más de 500 años de historia bajo los gobiernos español y norteamericano vemos nuestro retrato colonial. Bajo ambos regímenes se nos ha considerado como inferiores, ignorantes, dóciles, vagos y cobardes. Jean Paul Sartre, el existencialista francés, autor del prólogo del libro de Memmi, indica que el colonizador nunca le dará equidad política al colonizado pues si tuvieran derecho a votar, su superioridad numérica haría estallar (would shatter) el sistema político del colonizador. Cuando leí este prólogo, comprendí que esa es la razón principal por la cual Puerto Rico nunca será aceptado como estado. El poder político de Puerto Rico, sembrado en el Caribe, con otro idioma, con cultura y tradiciones diferentes a las del anglosajón sería extraordinario en el Congreso norteamericano. Nosotros debemos ir hacia atrás en la historia, encontrar nuestra identidad, salirnos de las tres tribus, romper las cadenas y entonces lanzarnos con fuerza y pasión reclamando nuestra soberanía.

Enrique Vázquez Quintana, el autor es candidato a gobernador por el Movimiento Unión Soberanista

¿Retrato del Colonizado?

Por José Manuel Solá

En estos días, ante las cosas de la política de nuestra ínsula, no he podido evitar recordar el trabajo del tunecino Albert Memmi, Retrato del colonizado. Y me pregunto, ¿nos conoció Albert Memmi? ¿Alguien le habló de nosotros, los puertorriqueños? ¿O era un vidente?

Lo que mayor curiosidad me provoca es ver cómo un sector del independentismo avala la estadidad como una fórmula descolonizadora. Esto no está cuestionado: somos una colonia de los Estados Unidos. Ahora, de ahí a que se vea la estadidad como la tierra prometida de la descolonización y que ello sea aceptado como una verdad por los herederos históricos del pensamiento y la lucha de Betances, Hostos, Ruiz Belvis, Pedro Albizu Campos, Gilberto Concepción de Gracia, Juan Antonio Corretjer, Blanca Canales… y tantos y tantos más, no cesa de dejarme perplejo…

Aquí se está cociendo una mogolla. Lo inaudito es que muchos de los mismos asimilistas utilizan descaradamente ese discurso: “para acabar con la colonia hay que pedir la estadidá… sí señor”. Como si la “estadidá” no comprendiese la más degradante forma de coloniaje. Como si la dichosa “estadidá  no fuese la desnaturalización más terrible de toda una nación, la más abyecta forma de degradación del ser humano. ¡Habrase visto!

Si pudiera, compraría una edición completa de Retrato del colonizado y la repartiría gratis casa por casa. Aunque no lo lean. (El colonizado sólo lee El Vocero, la revista Time, el Reader’s Digest y de vez en cuando Playboy) Pero, por los huesos de mi madre, que lo haría. A ver si por un minuto de lucidez ven su retrato.

Pero, bueno, sólo estoy pensando en voz alta. Al fin y al cabo, hoy se celebra el “Presidents Day”.

 

José Manuel Solá

Deja eso Rafael, 2da edición / por Josué Santiago de la Cruz

(Nota: En el 2009 escribí lo que sigue y ahora, con el anuncio que hace el autor del libro (Lcdo. Rafael Cox Alomar) que denuncio, sin haberlo leído porque al pasajero se reconoce por su maleta, como al pájaro por la churreta, vuelve a cobrar actualidad: Quiere ser Comisionado Residente. Pide mucho por una sola lambía)

El colonialismo se reinventa a cada rato. Es una bestia que no siempre parece lo que es y casi siempre es peor de lo que parece. Pero si algo es cierto sobre el colonialismo, es que “por más que lo vistan de seda, mono se queda”.

Otra de sus características es el cinismo con que busca revestirse cuando ya su desnudez se hace tan evidente que ni el ilusorio ropaje constitucional puede encubrir.

Igual que el crimen organizado, tiene en su nomina pseudoperiodistas e igual similitud de escritores, educadores, you name it (pa que vean que les sigo el rastro), que a cambio de favores y $$$$, como los bufones de antaño, lo hacen parecer una monería cuando en verdad no es más que una porquería.

Todo lo anterior viene a consecuencia de un libro que en pocos días llegará a Puerto Rico (“Revisiting the Transatlantic Triangle: The Constitutional Decolonization of the Eastern Caribbean”), que si lo dejamos así, sin fijarnos en la lista de invitados al party, hasta nos animaríamos a comprarlo para hacer de su lectura un catecismo. Pero como los verdaderos escritores no se casan ni con sus mujeres ni con sus maridos y mucho menos se dejan cazar, vamos a denunciar aquí la posibilidad de engaño que esta obra encarna, porque, sin haberla leído ni tan siquiera tener el libro, físicamente, en mis manos, no es necesario hacer mucha labor detectivesca para inferir que si guinda de las ramas, se la pasa de palo en palo, le pican las costillas, come guineos y guarda cierta similitud con algunos seres humanos, ha de ser, seguramente, mono y si no lo es, de seguro hace monerías.

Rafael Cox Alomar, abogado puertorriqueño, porque no hay peor cuña, ¡Carajo!, que la del propio palo, es el autor de este nuevo engendro que será bautizado por su tocayo, Rafael Hernández Colón y el Partido Popular Democrático, en la Fundación Luis Muñoz Marín, que se ha convertido en el Santuario del Coloniaje en América.

Si bien es verdad que el colonialismo se reinventa a cada rato, como señaláramos al principio, no es menos cierto que una cosa es el coloniaje y otra los colonialistas. El primero condiciona y distorsiona, se mueve y adopta diversas formas y los segundos, como la divinidad, son los mismos hoy, ayer, mañana y siempre.

¡Deja eso Rafael!

© Josué Santiago de la Cruz

10/5/09

Deja eso Rafael / Josué Santiago de la Cruz

El colonialismo se reinventa a cada rato. Es una bestia que no siempre parece lo que es y casi siempre es peor de lo que parece. Pero si algo es cierto sobre el colonialismo, es que “por más que lo vistan de seda, mono se queda”.

Otra de sus características es el cinismo con que busca revestirse cuando ya su desnudez se hace tan evidente que ni el ilusorio ropaje constitucional puede encubrir.libro2

Igual que el crimen organizado, tiene en su nómina pseudoperiodistas e igual similitud de escritores, educadores, you name it (pa que vean que les sigo el rastro), que a cambio de favores y $$$$$$$, como los bufones de antaño, lo hacen parecer una monería cuando en verdad no es más que una porquería.

Todo lo anterior viene a consecuencia de un libro que en pocos días llegará a Puerto Rico (“Revisiting the Transatlantic Triangle: The Constitutional Decolonization of the Eastern Caribbean”), que si lo dejamos así, sin fijarnos en la lista de invitados al party, hasta nos animaríamos a comprarlo para hacer de su lectura un catecismo. Pero como los verdaderos escritores no se casan ni con sus mujeres ni con sus maridos y mucho menos se dejan cazar, vamos a denunciar aquí la posibilidad de engaño que esta obra encarna, porque, sin haberlo leído ni tan siquiera tenerlo, físicamente, en mis manos, no es necesario hacer mucha labor detectivesca para inferir que si guinda de las ramas, se la pasa de palo en palo, le pican las costillas, come guineos y guarda cierta similitud con algunos seres humanos, ha de ser, seguramente, mono y si no lo es, de seguro hace monerías.

Rafael Cox Alomar, abogado puertorriqueño, porque no hay peor cuña, ¡Carajo!, que la del propio palo, es el autor de este nuevo engendro que será bautizado por su tocayo, Rafael Hernández Colón y el Partido Popular Democrático, en la Fundación Luis Muñoz Marín, que es el Santuario del Coloniaje en América.

Si bien es verdad que el colonialismo se reinventa a cada rato, no es menos cierto que una cosa es el coloniaje y otra los colonialistas. El primero condiciona y distorsiona, se mueve y adopta diversas formas y los segundos, como la divinidad, son los mismos hoy, ayer, mañana y siempre.

¡Deja eso Rafael!

© Josué Santiago de la Cruz