Libros: PR 3 Aguirre de Marta Aponte Alsina

por Rafael Rodriguez Cruz

Este libro es de lo mejor que he leído en mucho tiempo por un autor o autora puertorriqueña. Marta Aponte nos obsequia con su libro PR 3 Aguirre una delicia literaria, un manjar dulce. Escrito con un dominio magistral de la literatura, este libro asombra por su sencillez y tratamiento minucioso de los hechos.

Las ruinas de la central Aguirre súbitamente cobran vida ante nuestros ojos, a través de la historia real de los personajes que una vez estuvieron ligados al poblado Aguirre. Así es que hay que rescribir nuestra historia, con nombres y apellidos. Al fin y al cabo, el que solo queden ruinas del imperio de la central Aguirre no quiere decir que olvidemos a los seres humanos que lo formaron ni a los que lucharon en su contra. Esta autora trata las historias personales con la pasión propia de una novela detectivesca. Quizás es el anuncio de un género nuevo, que mezcle la novela con la crónica en nuestro país.

Comentando fotografías: Aguirre

Está ahí,  la vieja estructura de la Central Aguirre, ostentando su idealizada imagen. Los furiosos vientos de María apenas la tocaron.  Ahí está, insistiendo en avasallar todas nuestras remembranzas. Confabulada para evitarnos internalizar toda la pesada carga de semiesclavitud y pillaje que desató a partir de 1899.  Se llevaron para Boston toda la ganancia que le pudieron arrancar a esta antilla dejando solo las migajas del costo de su operación y mantenimiento.  Y cuando el negocio se puso perdidoso vendieron caras las pérdidas al único cliente posible, al pueblo de Puerto Rico.  Negocio redondo aquella venta, ¡ahí les dejo ese desastre! Al cabo de tres décadas los corruptos esquilmaron el capital invertido durante su agonía.

El poblado que fue fabril continúa agonizando.  El comercio desapareció, los centros de diversión están en ruinas y el gran huracán del 20 de septiembre daño la mayoría de las casas de madera que construyó la Central.  El sueño de una zona histórica dinámica se desvanece.  Apenas un kiosco de carne frita alimenta a los turistas que visitan el poblado, la Reserva Estuarina y el Bosque de Aguirre.  Apenas algunos empleados de las centrales eléctricas comparten con los residentes de Montesoria, que de tanto exponerse a los ensordecedores silbidos de las plantas de la AEE ya ni los escuchan.

La riqueza que no pudieron robar fue el alma y el espíritu del pueblo.  Los tambores de aquí y los del más allá si se escuchan, sus golpes resuenan en el pecho de cada hijo del barrio, de cada hombre y mujer por cuyas venas fluye el picor del cañaveral y candente sol de mediodía.  En la placita del barrio y por las calles solitarias del poblado revive la auténtica espiritualidad popular, la que misteriosamente estremece aun a los que están por nacer.  Esa no se la pueden robar.  Esa permanece viva aun cuando desaminen nuestra cultura, ella florece en expresiones nuevas, creativas y potentes.  Siempre está latente, inexplicable, oculta como un tesoro aun en el calabozo más inhóspito en el que encierren nuestros cuerpos, aun en el más allá.

por Sergio A. Rodríguez Sosa

Foto María Zayas

El Sistema colonial estadounidense en Puerto Rico y la industria azucarera / por Rafael Rodríguez Cruz

Camino a la Central Aguirre

Robando bolas y palos de golf

Creo que fue para 1963 o 1964 que a mi primo Reuben le vino la idea de construir un campo de golf en el barrio «Hoyinglés» de Guayama. Si descabellada era la ocurrencia, más desmochado era el plan para lograrlo. Se trataba, según él, de robar bolas y palos de golf en las facilidades de atletismo de la Central Aguirre. El reto, naturalmente era cómo acceder al campo de juego de ese lugar; pues, membresía, lo que se dice membresía, no la teníamos ni la podíamos conseguir. Para superar el obstáculo, mi primo desarrolló un operativo que parecía sacado de las picardías del Lazarillo de Tormes: unirnos a la Liga Atlética Policíaca de Guayama, para así poder robar.

Efectivamente, los miembros de la mencionada organización policíaca, todos jovenzuelos como él y yo, gozaban de abundantes privilegios en Guayama. En primer lugar, entraban gratis a la matiné del Cine Calimano los domingos por la tarde. Claro, tenían que ir en uniforme de la Liga y no hacer las maldades acostumbradas, como comentar las películas y tirar trompetillas; pero, no tenían que pagar ni pasar por el trabajo de colarse. El segundo privilegio era el poder entrar a tomar agua de la fuente del cuartel de la policía, en la calle Ashford, sin que el guardia de turno les entrara a patadas. El tercero, y quizás más importante, era el poder ir a la Central Aguirre a los programas de la YMCA, incluyendo el nadar en la piscina. Para mí, que no sabía nada de natación, eso era un incentivo adicional. En menos de un minuto, me convencí de la infalibilidad del plan de mi primo, o sea, de hacernos «policías de embuste», para robar.

Fue así que un día de verano de 1963 o 1964 salimos en una guagua [bus] escolar para la Central Aguirre. En cuanto llegamos, sin embargo, comenzaron a surgir problemas con el plan de robo. Lo primero fue que acceso a la piscina del Club Aguirre, como tal, no tuvimos. Más bien, lo que hizo la YMCA fue habilitar una vagoneta de arrastre para que sirviera de alberca en el estacionamiento de uno de los edificios. El policía a cargo de la Liga Atlética, cuyo nombre no recuerdo, ya venía enfadado con nosotros desde que nos portamos mal durante la procesión de viernes Santo en Guayama. Ese día sagrado, y bajo el sol candente de mi pueblo, que licuaba el mazacote de brillantina Alka en nuestras cabezas, él había jurado, entre maldiciones y blasfemias, que algún día le habríamos de pagar el desplante. El momento del cobro de la deuda, creo yo, llegó con la visita a la piscina de la central. «Ahí está, tírense al agua, y no jodan más. El que no sepa nadar, mejor que aprenda o se ahoga en el vagón de mierda ese», dijo con una sinceridad que espantaba. Nadie murió, para contrariedad del jefe de la Liga Atlética Policíaca de Guayama. Y es que el menos atlético de los presentes era, precisamente yo y, al oír la advertencia del posible ahogamiento, me alejé lo más que pude del dronzote agua. Eso explica por qué hoy, aún ya viejo, no sé nadar. Las piscinas me dan un repelillo enorme y, si me meto en ellas, no paso de la cintura; especialmente si es un Viernes Santo, no vaya a ser que la maldición de ese policía endiablado brinque cinco décadas y venga a materializarse conmigo ahogado en una alberca, precisamente, un día de rezar. Brujo al fin, creo en las premoniciones.

De todos modos, yo tenía ese día otros riegos más grandes que confrontar en la Central Aguirre. Para robar las bolas de golf teníamos un plan que hoy me suena un poquito chiflado. Todo era asunto de esperar a que las bolas cayeran al suelo para recogerlas, sí, inmediatamente antes de que llegara el dueño. «Déjate llevar por el ruido del golpe del palo de golf, así sabrás adónde caerá la bola», me dijo mi primo en un tono que, al menos para mí, era más que convincente. Logramos con este método recoger diez o doce bolas, entre la gritería de varios jugadores que no querían tanto recuperar sus «golf balls», como matarnos. Uno que otro de ellos, de hecho, lo intentó, apuntando el tiro lejos del hoyo y en dirección a nosotros. De camino a Guayama, con los bolsillos llenos de bolas de golf, sentimos la satisfacción de haber logrado el plan. Pero fue entonces que nos acordamos del detalle que sin palos no se podía jugar golf.

Sea, como sea, en cuanto llegamos a la calle Duques, nos enfrascamos en la construcción del campo de golf de “Hoyinglés”. En nuestras mentes, el proyecto era mayor que en la vida real. Es un hecho inexplicable por qué los ojos de los niños lo amplifican todo, como si uno anduviera en la infancia con lupas. Ya de adultos, pues, nos quitan la lupas, y todo se achiquita; todo, menos los recuerdos. En fin, el patio de mi tía no era grande, pero eso no afectó el tamaño imaginario del campo de golf. En una esquina tenía su montañita con hoyo y bandera; en la otra, un terraplén para golpear la bola. De algún modo, y por medios extraños, cayó en nuestra posesión un fino palo de golf. Exactamente cómo, no lo sé. Será que es verdad eso de que Dios actúa por medios misteriosos, porque lo que fui yo nunca más volví a la central. Y así fue, como lo cuento, que el barrio ‘Hoyinglés’ tuvo su campo de golf mucho antes de que Chi Chi Rodríguez construyera el suyo a las afueras de Guayama.

Ahora, cincuenta años después del «gran robo» con mí primo, me toca volver a los predios de la antigua Central Aguirre para disfrutar de los eventos del Cuarto Libre Soberao, el 7 de abril. Es una gran fiesta cultural y de baile de bomba de los pobladores de El Coquí, el pueblito pequeño en que vivían los trabajadores de la caña y sus familias. Aunque me entusiasma la idea de volver a los predios de la central, también tengo sentimientos encontrados. De seguro, pienso yo, que todo se habrá achiquitado. Lo que hoy quede de aquellas casotas blancas y grandísimas de los administradores estadounidenses de la central, con sus balcones señoriales, y de aquellos grandes edificios de la molienda, me provocará la misma sensación que tengo cada vez que voy al sureste que me vio crecer. El mundo es más pequeño de lo que yo pensaba en mi niñez. Es como si la vida preparara a uno, poco a poco, y ajustándole la visión a uno para aceptar, algún día, que en realidad basta con un panteón pequeño para acomodar los huesos viejos hasta la eternidad.

Recuerdo, dicho sea de paso, que de niño mi abuelo solía llevarme por todo el litoral del sureste, central por central, buscando molasas frescas para beber con sangre de toro. Nunca probé la infusión. Pero sí vi a mi abuelo empinar un envase con sangre de buey y melao espeso, como si fuera la mejor miel. Me dijo que era cosa de la manera en que los negros, sus ancestros, cristalizaban el azúcar, con sangre fresca. La remembranza de la actividad en una central, justo en medio de la molienda, no es fácil de olvidar. El olor intenso del jugo de caña, el ruido de los vagones de tren, las grúas y cadenas chillando a toda voz, el ajetreo humano y los gestos de mi abuelo, con sus seis pies de negritud; todo eso , ni se olvida ni se achiquita en la mente. ¡Qué grande era todo aquello, ante mis ojos de niño! Un mundo alucinante de metal y gente. A escondidas, yo calmaba mi ansiedad, haciendo remolinos en los latones de melao fresco y chupándome los dedos ennegrecidos con el dulce elixir. Y luego, pues, llega la vida de adulto, y se le achiquita a uno el mundo real. Nada permanece grande, salvo en la memoria. En fin, ya la caña de azúcar no se cultiva en el sureste de mi país, ni en las centrales se exprime melao.

Los ‘pauperizados’ del cañaveral

El gran año para la producción de azúcar en el sureste de Puerto Rico fue el 1915. En ese momento se consolidó, realmente, la siembra y molienda de caña en toda la región. Sí, centrales como la de Aguirre contaban con maquinaria de la más avanzada, desde hacía más de una década. Sin embargo, un estudio del Departamento de Comercio de Estados Unidos en 1907 señalaba que el problema de la azúcar de la isla durante la primera década del siglo XX no era la molienda, sino el rendimiento de toneladas de caña por acre, o sea, las técnicas de cultivo.[1]  Ya para 1906 en Puerto Rico, gracias a la concentración de capital, el número de centrales se había reducido a cuarenta y seis y la tecnología era de primera. El desarrollo entre 1899 y 1906 fue verdaderamente sorprendente:

«La ocupación estadounidense trajo una completa transformación de los métodos de molienda. Los molinos impulsados por fuerza animal casi han desaparecido, y el ‘tren jamaiquino’, con su sistema de pailas abiertas, está siendo desplazado por novedosas técnicas de evaporación, de manera que hoy, además de las innovaciones de las centrales mejor equipadas, muchas de la pequeñas están instalando maquinaria moderna y expanden su capacidad para moler la caña de azúcar de las plantaciones aledañas. Los molinos de nueve rodillos se han hecho comunes en los distritos en que, antes, la extracción por la vía de una o dos prensadas era considerada suficiente, y se están recibiendo órdenes de molinos de hasta 12 rodillos, precedidos por una prensa. En el período de 1905-1906, se abrieron dos nuevas centrales modernas y hay al menos dos más planeadas para 1908. La más grande, la Central Guánica, tiene una capacidad de 2,500 toneladas de caña diarias, y algunas otras procesan hasta 500 toneladas por día. El costo de erigir una de estas fábricas oscila entre $350,000 y $350,000, y algunas cuestan un millón y más».[2] (Traducción libre)

La realidad es que, a pesar de la sentencia del Departamento de Comercio, tampoco hay que minimizar el avance de la siembra y cultivo de caña de azúcar entre 1900 y 1906. Para este último año, la cosecha se tradujo en 203,000 toneladas de azúcar. Esto, a pesar de que la inmensa mayoría de los terrenos de la isla no eran naturalmente favorables al cultivo de esa planta. Aquí no hay que sentir vergüenza alguna. Cuba es el lugar, por excelencia, para el cultivo de caña por medios naturales. El mismo Departamento del Comercio de Estados Unidos lo reconoció en varios estudios: «En Cuba, la caña de azúcar se cultiva casi en su totalidad por medios naturales durante la época normal de lluvia de cuatros meses de duración».[3]  Además, sus vastas llanuras de terrenos húmedos y fértiles eran la envidia de los agrónomos del mundo entero en 1906. En esto, Puerto Rico y su isla hermana se parecían muy poco. J. T. Crawley, quien dirigía los estudios de suelos para las compañías azucareras estadounidenses en ambos lugares, señaló la clave de la distinción: «En Cuba, no hay una clara diferenciación entre distritos agrícolas, como ocurre en Puerto Rico y, por lo tanto, en Cuba hay más uniformidad en los tipos de suelos».[4]  ¡Precisamente lo que se necesita para el cultivo natural de la caña de azúcar!

Decimos que no hay que sentir vergüenza alguna, porque lo que le falta a una isla, le sobra a la otra. En Puerto Rico, escasean las llanuras húmedos con terrenos fértiles propicios para el cultivo de la caña (salvo en zonas de no mucha extensión, como Arecibo, Fajardo y valles del oeste).[5] Pero tenemos un interior montañoso de una riqueza natural incomparable en el Caribe. Basta con visitar los montes cercanos al oriente de Cuba para ver la diferencia y hacer la comparación. La fertilidad natural de nuestras pendientes montañosas es simplemente mayor. En eso, quizás, somos más hermanos de Martinica que de Cuba. Muy posiblemente, entonces, ya en 1906 la siembra y cultivo de caña en Puerto Rico había alcanzado su mayor desarrollo posible, al menos sobre la base de nuestra particular geografía y dadas las variedades de caña en uso.[6]

El empeño de transformar a Puerto Rico en una isla productora y exportadora de azúcar a gran escala fue, pues, un capricho del gran capital estadounidense y sus aliados anexionistas. Muy poco tenía que ver ese antojo con las condiciones geográficas e hidrológicas de la isla. Más que nada fue una aberración, dictada no por la voluntad libre de nuestro pueblo, sino por el antojo de los monopolios extranjeros. Nada de eso tenía ni debía de suceder, incluso por las leyes normales de la producción capitalista.

Para desgracia nuestra, la primera década del siglo XX estuvo marcada por una revolución en la agricultura estadounidense, fundada en la modificación por medios artificiales del rendimiento de la tierra.[7] Fue la consumación de lo que Marx llamó la transformación de la agricultura en una esfera más de la gran industria. El campo devino una fábrica, en cuyo espacio se fabricaba la fertilidad del suelo como se confeccionaba cualquier otra mercancía, científicamente, y sin medir las consecuencias para el ambiente y la sobrevivencia humana a largo plazo.

¿En qué lugar del planeta Tierra existía un modelo a seguir para tan siniestro proyecto? O sea, ¿dónde había un cultivo de caña de azúcar por métodos científicos exactos, que se impusieran a contrapelo a la aridez de los terrenos del sureste de Puerto Rico? Pues, nada más y nada menos que en Hawái. Mejor habríamos salido con una erupción volcánica, como la del Mont Pelée 1902 en Martinica, que con la implantación del modelo anglohawaiano en nuestra agricultura, a partir de 1906.

Las cuatros islas de mayor cultivo de caña de azúcar en el archipiélago hawaiano en 1906 eran Kauai, Oahu, Maui y Hawái.[8]  Estas compartían con Puerto Rico una geología predominantemente escarpada, ríos en números abundantes y llanuras no muy extensas dominadas por la aridez. Resulta interesante que tanto en Hawái como en Puerto Rico no había lagos naturales en 1906. En ambos lugares, el agua fluía libre y constantemente, por cauces naturales, desde las montañas hasta las costas. Hidrológicamente, ambos archipiélagos son casi gemelos. La única diferencia es que en los suelos montañosos de Hawái no se pueden construir lagos, pues son muy porosos y chupan el agua enseguida. En Puerto Rico, la situación es distinta.

Con la inclusión de Hawái en la tarifa azucarera, el cultivo de la caña cobró un auge tremendo en ese archipiélago. Para resolver el problema, parecido al de Puerto Rico, de la escasez de llanuras húmedas, la burguesía anglohawaiana se embarcó entre 1900 y 1906 en un proyecto de irrigación sin precedentes a nivel de Estados Unidos, y quizás del mundo. Aunque financiado exclusivamente por el capital privado de las compañías monopolistas azucareras de Hawái, conocidas como las Cinco Grandes, el resultado fue la canalización de la totalidad de las corrientes de agua dulce en las montañas. De hecho, la construcción de sistemas de regadíos en ese archipiélago devino rápidamente una esfera separada de inversión para la clase capitalista anglohawaiana. El tamaño de la obra no es fácil de describir, pues incluyó, entre otros detalles, canales y ‘flumes’ de millas y millas de distancia, túneles sin fin a través de las rocas más gigantescas y sifones aparatosos que elevaban el agua a miles de pies de altura (para luego dejarla caer, creando de este modo una fuente de energía electrifica). Ni Leonardo da Vinci, en su sueño frustrado de fabricar un gran canal que permitiera la navegación entre Florencia y el mar Mediterráneo, llegó a diseñar un monstruo de la ingeniería hídrica de semejante tamaño. Su marca distintiva era el sistema de «fluming», o sea, canales de riego tan anchos y potentes que transportaban barcazas cargadas de caña de azúcar por el agua, desde las plantaciones más remotas hasta la boca de la central. Nada de trenes ni camiones. Todo ello construido sobre la espalda de decenas de miles de trabajadores japoneses traídos al archipiélago en condiciones de semiesclavitud, desde fines del siglo XIX.[9]

Según los estándares corporativos de 1906-1917, el sistema de cultivo de caña de azúcar en Hawái era el «más científico e intensivo de la época».[10]  En un extremo tecnológico estaba Cuba, con su agricultura de caña extensiva y sus métodos naturales; en el otro, Hawái con sus cultivos intensivos, basados en la irrigación y los fertilizantes. En lo que toca a Puerto Rico, un estudio comparativo realizado en 1906 ya había indicado que el rendimiento de azúcar cruda por acre en Puerto Rico no pasaba de 2 toneladas, mientras que en Hawái, gracias a la aplicación «científica» de fertilizantes y la irrigación, llegaba a veces hasta 15. Ni en Hawái ni en Puerto Rico quedaban tierras vírgenes en 1906-1917; pero en Cuba, apenas se habían cultivado los extraordinariamente fértiles suelos de Oriente.

¿Cuáles eran, pues, las alternativas que se presentaban para la clase política dirigente de Puerto Rico entre 1906-1917? ¿Rechazar el capricho de los monopolios extranjeros de convertir la isla en una gigantesca factoría de azúcar, por la vía de un cultivo intensivo en el sureste árido, y a contrapelo de nuestra geografía? ¿O promover el camino de la pequeña agricultura, incluso sobre bases capitalistas avanzadas, en las montañas fértiles de la Cordillera Central? ¿No era esto último lo que venía pasando en lugares como California, en que las granjas de menor extensión de terreno estaban a la cabeza del cambio tecnológico en la agricultura del imperio? El promedio de extensión de las granjas de avanzada en el noreste montañoso de Estados Unidos era de 64 acres; en Puerto Rico, predominaban numéricamente las granjas pequeñas de 50 acres. ¡Dónde manda el gran capital imperialista no manda el pequeño! La construcción del sistema de riego del sureste, una aberración de ingeniería que vendría a destruir la ecología de nuestros fértiles montes, comenzó en 1907 y se inauguró en 1914, condenándonos a la dependencia y a la gran agricultura de exportación de azúcar. Encima de eso, la canalización de los ríos se financió en Puerto Rico por la vía de la deuda pública. No le costó nada a los grandes monopolios del azúcar. Un regalo como pocos, en la historia agrícola moderna del imperio. Simultáneamente, la importación de fertilizantes para el cultivo local de caña de azúcar aumentó de 2,034 toneladas en 1906 a 24,290 en 1915, o sea, un incremento de 2,000 por ciento.[11]  Con ello, Puerto Rico hacía su debut en la modernidad.

¿Qué efecto tuvo la construcción del sistema público de regadío del sureste sobre la competitividad del azúcar producido en Puerto Rico? Entre 1915 y 1917 las ganancias de las compañías azucareras en la isla adquirieron niveles escandalosos, como resultado de los elevados precios de los alimentos durante la Primera Guerra Mundial. Respondiendo a los reclamos de los productores de azúcar en lugares como Louisiana, el Departamento del Comercio de Estados Unidos llevó a cabo un estudio detallado de los costos de la siembra, molienda y mercadeo del azúcar de Cuba, Puerto Rico y Hawái. La crema y nata de los empleados del sistema federal de censos visitó los tres lugares, obteniendo todo tipo de información, generalmente de los libros de contabilidad de las compañías. Fue publicado en 1917 con el título The Sugar Cane Industry, y contiene varios capítulos sobre Puerto Rico.[12]  Aquí, por supuesto, solo vamos a detenernos en la cuestión de la competitividad del azúcar boricua al llegar al mercado estadounidense.

De acuerdo con el citado estudio, en 1917 una libra de azúcar puertorriqueña entregada en el mercado de la metrópoli tenía un costo de 2,828 centavos; la de Hawái, 2,697 centavos y, la de Cuba, solo 1,719 centavos.[13]  La comparación entre Hawái y Puerto Rico no nos interesa, porque el mercado natural de los productores anglohawaianos era California, no Nueva York. Lo que nos interesa es la comparación entre Cuba y Puerto Rico. La diferencia del costo del azúcar proveniente de estas dos islas del Caribe era de 1,109 centavos por libra, al llegar a Estados Unidos. Obviamente, esta discrepancia reflejaba ante todo la extraordinaria fertilidad natural de la tierra llana de Cuba, en lo que concierne al cultivo de caña. ¿Cómo lograban los monopolios azucareros estadounidenses operando en Puerto Rico «competir» con el azúcar cubana? Pelo a pelo no podían. La clave era el aparato colonial, que subsidiaba agresivamente las operaciones de las centrales azucareras extranjeras, particularmente en el sureste de la isla.

Efectivamente, la producción de azúcar por los monopolios estadounidenses en la isla recibía tres beneficios inmediatos de la situación colonial. En primer lugar, y esto fue estudiado con profundidad por Pedro Albizu Campos,[14] estaba la bonificación arancelaria. En 1917, la libra de azúcar originada en Cuba estaba sujeta a un arancel punitivo de 1,0048 centavos. De entrada, esto elevaba su costo en el mercado estadounidense a 2,7238 centavos la unidad.

La construcción del sistema de irrigación público también operaba como un subsidio para las compañías estadounidenses en la isla. En Cuba, como sabemos, la irrigación era casi inexistente. Las pocas plantaciones pequeñas que irrigaban artificialmente los terrenos incurrían en un costo de $2,18 por acre o la cantidad de 8 centavos por tonelada de caña. Pero esto era una rareza. En Puerto Rico, dada la aridez de nuestros llanos del sureste, la irrigación era una técnica indispensable. El costo promedio de mantener un sistema privado de riego en la isla era de $50 el acre. La irrigación privada existía, pero no era la regla en el sureste. La central Aguirre y sus compinches en ese litoral gozaban desde 1914 de agua suministrada públicamente. ¿Cuánto le costaba este uso de un recurso natural perteneciente al pueblo de Puerto Rico? Teóricamente, el costo era de $2,50 el acre-pie entregado en el cañaveral. Pero esto era así únicamente en el caso de que no existieran concesiones otorgadas por el gobierno federal, que eximían a las compañías del pago de la tarifa. Las centrales del sureste, localizadas precisamente en la región más árida y monopolizada de Puerto Rico, aportaron en 1917 el 40% de toda la azúcar que se exportó al mercado estadounidense. Además, con el manipuleo de los contratos con los colonos, centrales como la Aguirre no incurrían en costo alguno por el agua. Y el azúcar es un producto que requiere mucha agua para el cultivo.

El subsidio mayor que recibían los monopolios azucareros operando en la isla en 1917, sin embargo, era la superexplotación de la fuerza de trabajo bajo el sistema colonial. Ya desde 1906, el gobierno federal reconoció que la destrucción de nuestra vibrante pequeña propiedad agraria (particularmente el café) era caldo de cultivo para una sobrepoblación relativa de trabajadores desesperados:

«Gran parte de la tierra cafetalera está revirtiendo a bosques, buena parte se vende para pagar impuestos, y, probablemente, mucha más tierra se venderá antes de que las condiciones mejoren. Muchos cultivadores continúan, sin mucha esperanza, trabajando en plantaciones que desde hace tiempo perdieron completamente su valor. Todas las partes competentes, interesadas en el bienestar de la isla y sus habitantes, lamentan la decadencia de esta otrora floreciente industria, que suplía un empleo relativamente fácil para los hombres, mujeres y niños, en la agradable y refrescante atmosfera del centro de la isla, impresionantemente libre de influencias negativas a la salud».[15] (Traducción libre)

Resulta penoso ver cómo, a veces, los propios investigadores del imperio muestran más empatía por la gente de la colonia, que los representantes políticos locales y los sindicatos corruptos. Así, mientras que algunos funcionarios federales se lamentaban de la condición de la industria cafetalera y de su impacto sobre las familias del campo, la Federación Libre de Trabajadores de Puerto Rico no escatimó esfuerzos para proporcionarle honras a Roosevelt durante su visita de 1906. Después de un pésame hipócrita a la Asociación de Caficultores, el presidente habló de su simpatía por la extensión de la ciudadanía estadounidense a los súbditos de la colonia y, allá en el Congreso, mencionó con agrado a la Federación.

Los datos, sin embargo, son tercos, como decía Marx. A pesar de las genuflexiones de la Federación Libre de Trabajadores, todavía en 1917 los salarios agrícolas y cañeros en Puerto Rico estaban muy por debajo de los de Cuba, Hawái y el sur de Estados Unidos. De acuerdo con el estudio del Departamento de Comercio, el salario promedio en los cañaverales de la isla, en 1917, era de 63 centavos por día para los cultivadores y, de 70 centavos por día para los cortadores. En Cuba, para la misma fecha, era de $1,26 por día para los cultivadores y, de $1,60 para los cortadores de caña. Incluso en Louisiana, con una fuerza de trabajo compuesta casi en su totalidad por negros en condiciones de opresión racial extrema, los sembradores varones recibían un promedio de 84 centavos diarios. En Hawái, el salario promedio era de 97 centavos al día para los sembradores, y de $1,04 para los cortadores. Además, dependiendo de las ventas, a los trabajadores de la caña en Hawái les pagaban un bono de fin de año.[16]

Naturalmente, la comparación de las tasas salariales únicamente nos da una imagen aproximada de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto es así, en particular, en el caso de Puerto Rico, en que la dependencia de medios de vida caros provenientes de Estados Unidos imponían una carga extra sobre los pobres y los trabajadores. Durante la Primera Guerra Mundial el valor de las importaciones de medios de vida a la isla creció sin que aumentara, simultáneamente, la cantidad de productos.[17]  Era pura inflación.

En nuestra isla, la pobreza de los trabajadores se agudizaba por el fenómeno del «tiempo muerto», es decir, los siete meses del año en que no había corte y molienda. En Hawái, por el contrario, no se daba el fenómeno del tiempo muerto. El corte y la molienda se extendían de 208 a 306 días al año en ese archipiélago.[18] La clase obrera hawaiana, a pesar de su condición semifeudal, presionaba al patrono los doce meses del año. En Puerto Rico, el proletariado agrícola sufría una dolorosa transmutación conforme avanzaba el ciclo. Por cinco meses, conformaba propiamente un proletariado agrícola, empleado en el corte y molienda; el resto del tiempo, oscilaba entre las dos formas más penosas de existencia de lo que Marx llamó la sobrepoblación relativa: la estancada y la pauperizada.[19]  Bajo la primera, formaba un ejército de desempleados siempre disponible para las necesidades de cualquier empleo agrícola, donde fuera y con los salarios más bajos; bajo la segunda, los trabajadores caían en la mendicidad y completa marginación social, víctimas de la pobreza más extrema y las enfermedades, como la anemia. El fenómeno de los bajos salarios alimentaba la pobreza, y viceversa.

¿Cuál era, según el cinismo del informe del Departamento del Comercio, el principal obstáculo a una mayor competitividad de la industria azucarera de Puerto Rico en 1917? Pues, la supuesta «ineficiencia comparativa» de los trabajadores boricuas. ¡El estudio de 1917 le dedica una sección entera al tema, confiriéndoles una dudosa distinción a nuestros trabajadores de la caña: la de ser mendigos![20]  Y aunque falla en no destacar el vínculo entre la destrucción de la pequeña propiedad agrícola y la superexplotación en los cañaverales, el estudio sí muestra una cierta preocupación humanística con la desaparición física de la clase trabajadora del azúcar, «cuyo futuro es todo menos prometedor».[21]  A los bajos salarios se suma la mala alimentación. Por suerte, nos dice el informe, hay quienes se compadecen: «Algunas de las plantaciones más grandes informan que, con motivo de mejorar la condición física de sus trabajadores de campo y factoría, les dan carnes para que coman tan frecuentemente como dos veces a la semana».[22]

La tarifa azucarera, el sistema de riego del sureste y la superexplotación de la clase trabajadora puertorriqueña eran, pues, los tres pilares sobre los cuales descansaba la fortuna de la industria del azúcar en Puerto Rico. Ninguna de estos tres factores les costó nada a las grandes compañías extranjeras que se adueñaron de nuestro país. Mejor habríamos salido siendo independientes. 

Retorno al comienzo

Llegado este punto, el lector o lectora probablemente habrá olvidado que nuestra narración comenzó con la referencia a un hurto inocente por dos pilluelos. Y es que quizás el robo mayor en nuestra patria, del cual aún no nos hemos recuperado, ha sido de conciencia: borraron de nuestras mentes la historia real del despojo a que fuimos sometidos en el siglo XX. Como en el poema ‘El patito feo’, de Luis Lloréns Torres, cada día nos toca desleír la bruma de los mitos de nuestra incapacidad de ser libres. Y esto no se puede lograr sin una reflexión sobre el comienzo, el punto de partida del engaño: la llegada del invasor.

La industria azucarera del sureste de Puerto Rico, centrada alrededor de la otrora gigantesca Central Aguirre, fue, en realidad, una gran máquina de robarle los recursos naturales a un pueblo rico en belleza y potencial humano. Los tentáculos de esta factoría de azúcar se extendieron, por medio de las finanzas, a todo el litoral sur y, por medio del sistema de riego, a nuestro centro montañoso y fértil. Incluso llegaron a la costa norte, a la desembocadura del río La Plata. Como un tumor parasitario, la Central Aguirre se alojó en uno de los lugares más bellos del Caribe: la costa de Salinas.

La edición de marzo de 2018 de la revista National Geographic, curiosamente, fue dedicada a Puerto Rico y, con cierta particularidad, al sureste.[23]  El tema, por supuesto, es la devastación causada por el huracán María y la resiliencia de nuestra gente, ante lo que los editores bautizan como la interrupción de energía eléctrica más duradera en la historia de Estados Unidos. El cuadro que dibujan es conmovedor:

«La tormenta más fuerte en azotar a Puerto Rico en los últimos 80 años, los vientos de fuerza de tornado del huracán María golpearon con violencia a la isla. Las lluvias masivas trajeron inundaciones catastróficas, llevándose los puentes e inundando barrios enteros. La infraestructura de la isla, ya debilitada por años de inatención, quedó devastada».[24]

Quizás valdría la pena remontarnos aquí, por medio de los archivos de la revista National Geographic, al momento mismo del comienzo de la pesadilla colonial que vive Puerto Rico bajo Estados Unidos. Precisamente el mismo año del desembarco de las tropas estadounidenses, uno de los reporteros más prominentes de la mencionada publicación, el geólogo Robert Hill, escribió sobre el sur de la isla, expresando admiración por sus ciudades costeras, «que eran de considerable importancia como centros de comercio y agricultura».[25]

O, tal vez, podríamos ser más específicos y retomar la descripción que hizo para National Geographic el capitán Whitney, un espía militar estadounidense en la isla que, meses antes del desembarco de julio de 1898, informó a los altos mandos militares estadounidenses acerca de las riquezas de nuestro país. De particular valor e importancia le pareció a Whitney, precisamente, la bahía de Jobos en Salinas, así como toda la costa cercana, donde pronto se establecería la gran Central Aguirre. Nada extraño, ya que Whitney conocía el texto titulado ‘Hanbuch der Goegraphie’, publicado en Europa en 1868, que identificaba la bahía de Jobos como un lugar ideal para «establecer un puerto marítimo de gran importancia». Sin perder tiempo, el U.S. Coast and Geodesic Survey y su barco el Blake, visitaron en 1898 la costa entre Guayama y Salinas, para desarrollar mapas y guías de navegación. Sobre la bahía de Jobos y sus alrededores, la edición de junio de 1899 de la revista National Geographic expresó lo siguiente:

«La entrada occidental de la bahía está cerca de 25 millas al este de Ponce. La bahía, como tal, está formada por una hilera o línea de arrecife de coral con baja vegetación, entre el cual y la orilla de la tierra hay un paso de mar perfectamente resguardado con amplia profundidad para naves de calado moderado. Las embarcaciones de mayor calado pueden entrar por el acceso occidental, pero nuestro conocimiento actual nos deja con dudas acerca de la amplitud del canal en el interior, y no será hasta que acabe el trabajo de la nave Blake que aquilataremos toda la importancia de la bahía. Una segunda entrada, cuatro millas al este, lleva el nombre sugestivo de ‘Boca de infierno’, y carga 12 pies de agua. Desde esta entrada, la sonda se extiende por dos millas al norte y, por tres millas en dirección al este, formando una ensenada en la cual el agua es decididamente menos profunda que en la parte occidental».[26]

Es imposible no percibir una cierta circularidad en la temática del coloniaje estadounidense en Puerto Rico, no importa el nivel de concreción del análisis. Todo, absolutamente todo, parece remitirnos directamente al comienzo, al año funesto ese del 1898. Es decir, al momento en que un imperio avaricioso se encaprichó con nosotros y nos invadió la patria, interrumpiéndonos, porque sí, una existencia aldeana próspera, pero ajena al curso de la historia. ¡Y año también, con carga ominosa, de todo lo demás: de la respuesta cobarde de una burguesía local, pusilánime como pocas en todo el continente; de la llegada de una oleada de geólogos, hidrólogos, y hasta espías, que produjeron subrepticiamente una valoración exacta de nuestros recursos; de la previsión del capital azucarero estadounidense, que se ubicó estratégicamente en la región llana del sureste; de la exageración de la naturaleza boricua, que puso abundante agua dulce en nuestras fértiles montañas (¡ni sequía tuvimos en el 1898!); de la conducta ingenua de nuestro medio ambiente, que se mostró virgen y fructífero, ante el ojo invasor; de la muerte del padre de la patria, Ramón Emeterio Betances, y de las otras tantas ‘casualidades’ que se dieron cita ese 1898 en una coyuntura de fin de siglo, que no parecía tanto producto de las leyes de la historia, como de la puñetera mala suerte! Y ahora, en pleno siglo XXI, con una circularidad inclemente, se nos repite el tema del gran huracán, 119 años después.

Volver al comienzo, para lograr un mejor avanzar; tal parece ser el camino obligado para comprender el maleficio de la dominación imperialista de nuestro país. Y he de llegar, así, a mi encuentro con la vieja Central Aguirre este abril de 2018: buscando claves para desleír la aparente fatalidad de un pueblo que nunca ha conocido la libertad. ¡Qué no nos subestime el rubio avaricioso del norte! Ya no somos mero «cisne de azul pluma y rojo pico», inermes en el nido del águila imperial, ni pilluelos inocentes que roban bolas y palos de golf.

El huracán María ha inyectado vida en nuestra espiritualidad antillana y rebelde. ¡En el sur, suenan de nuevo los tambores ancestrales, instrumentos mágicos que invitan al combate en la tierra de Palés! Y por todos los rincones de este sufrido y mágico litoral de mi infancia, la juventud despierta hoy a los versos que Luis Lloréns Torres escribiera, casi cien años atrás, en la ciudad sureña de Juana Díaz:

Alma de la patria mía,

cisne azul puertorriqueño,

si quieres vivir el sueño

de tu honor y tu hidalguía,

escucha la voz bravía

de tu independencia santa

cuando el cielo la levanta

el huracán del Caribe

que con rayos la escribe

y con sus truenos la canta.

© Rafael Rodríguez Cruz

Encuentro al Sur ha publicado este artículo con el permiso del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

[1] U. S. Department of Commerce. (1907). Commercial Porto Rico in 1906. Washington: Government Printing Office, p. 18.

[2] Ibid., p. 19.

[3] U. S. Department of Commerce. (1917). The Sugar cane Industry: Agricultural, Manufacturing, and Marketing Costs in Hawaii, Porto Rico, Louisiana, and Cuba. Washington: Government Printing Office, p. 26.

[4] Ibid., p.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Ibid., pp. 257-258.

[7] Hurt, R. D. (2002). American Agriculture: A brief History. Purdue: Purdue University Press, pp. 221-280.

[8] Wilcox, C. (1996). Sugar water: Hawaii’s Plantation Ditches. Honolulu: University of Hawai’i Press, p. 43.

[9] Kent, N. J. (1883). Hawaii: Islands under the Influence. New York: Monthly Review Press, pp. 69-94.

[10] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 25.

[11] Ibid., p. 260.

[12] Ibid., pp. 11-24.

[13] Ibid., p. 27.

[14] Albizu Campos, P. (1975). Obras Escogidas, 1923-1936. Tomo I. San Juan: Editorial Jelofe, pp. 11-114.

[15] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 20.

[16] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[17] Annual Report of The governor of Porto Rico. (1918). Washington: Government Printing Office, p. 15.

[18] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[19] Marx, K. (1887). Capital: A Critique of Political Economy. Volume 1, Section 4, online: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1867-c1/ch25.htm#S4.

[20] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 261.

[21] Ibidem.

[22] Ibidem.

[23] National Geographic. (March 2018). Puerto Rico Still Struggling in the Dark. Online: https://www.nationalgeographic.com/magazine/2018/03/puerto-rico-after-hurricane-maria-dispatches/.

[24] Ibid.

[25] Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other islands of the West Indies. New York: The Century Co., pp. 179-180.

[26] National Geographic (June 1899). Jobos Harbor. Vol. X, No. 6, p. 206.

 

Fotos

Jobos Bay in Port Jobos, Salinas and Guayama Puerto Rico. (2018). Marinas.com. https://img.marinas.com/v2/390ef0bb8d99be147645204ba23e25ee01faf900cb941292def6031c79dec45b.jpg

David Jusino, Ricardo. (2011) Entrada Principal a Aguirre-Salinas.  GeoViews Puerto Rico. http://mw2.google.com/mw-panoramio/photos/medium/53465478.jpg

Fernández, Héctor. (2016). Current view at the Aguirre Golf Club. Puerto Rico Golf Association, Facebook.  https://www.facebook.com/prga1954/photos/a.208492142525033.52460.118234928217422/1387785171262385/?type=3&theater

 

 

Rebeldía y negritud en El Coquí de Salinas

Por Rafael Rodríguez Cruz

Plaza del poblado El CoquíAdemás de poseer una apreciable tradición de rebeldía social, El Coquí de Salinas es una comunidad orgullosa de su origen afroantillano. La historia de este poblado, con su gente negra y rebelde, está aún por escribirse. Habría que remontarse a las huelgas de los obreros de los cañaverales a principios del siglo XX, para comenzar a narrar la rica tradición de lucha proletaria de El Coquí. A mí me tocó conocer directamente un poco de ese espíritu de lucha en 1975, año en que los residentes del lugar eran parte de un conflicto huelguístico que marcó para siempre la lucha de los trabajadores y barriadas pobres en la comarca sur de Puerto Rico. Me refiero a la huelga de la General Electric, ocurrida apenas un año después de inaugurada la central termoeléctrica de Aguirre. Durante dos intensas semanas en 1975, la violencia patronal asumió formas extremas en contra de los trabajadores y sus aliados en Salinas y Guayama. Una huelga algo olvidada, pero que sigue viva en la memoria de los habitantes de El Coquí…

Nelson Santos Torres

Recuerdo que para los tiempos de la huelga en contra de la compañía General Electric conocí a un luchador y revolucionario del área de El Coquí, cuyas cualidades organizativas ya eran admirables: Nelson Santos Torres. Todavía trabaja y vive en El Coquí. Me honra con su amistad. Fui a verlo hace poco. Hoy, más de cuatro décadas después de nuestro primer encuentro, Nelson Santos sigue siendo un hijo noble de estas tierras semiáridas de la costa sur de Puerto Rico. Al igual que en sus años de su juventud, él sigue impactando, con su potente energía y dedicación, los sueños y esperanzas de los habitantes de toda la comarca que va desde Salinas hasta Guayama. Lo de él es soñar y repartir sueños.

La estirpe proletaria y afroboricua de Nelson es impresionante. Su familia, por el lado materno, estuvo siempre ligada al trabajo de la caña de azúcar en la Central Aguirre. Y no solo los hombres, sino también las mujeres. La mamá de Nelson, Zenaida Torres, trabajó desde los trece años como cocinera en la «casa de los americanos», la residencia de lujo de los administradores estadounidenses de la Central Aguirre, cuando ese molino era uno de los más importantes y modernos en El Caribe entero. Ella y su familia vivían en la casa de los sirvientes. La bisabuela de Nelson, Clotilde Antonetti, se desempeñó en la difícil labor del regadío de la caña. El abuelo de Nelson, Jerónimo Torres, fue picador de caña (además de trabajar en el regadío). Los tíos de Nelson, todos de ascendencia negra, eran trabajadores de la Central Aguirre, bien fuera picando caña o en labores de hojalatería. En ese sentido, Nelson es un verdadero «hijo del cañaveral».

Muy de joven, yo solía visitar el poblado El Coquí con familiares míos. Frente al vecindario estaba la gran Central Aguirre. El contraste entre un lugar y otro parecía sacado del sur de Estados Unidos. La central era una urbe en sí misma, con un hospital moderno, casas blancas amplias y de rejillas verdes, un campo de golf, un cine y una piscina. Todo, para el disfrute exclusivo de los administradores de la compañía azucarera, quienes vivían protegidos y socialmente aislados de los trabajadores negros y sus familias. Mirándolo bien, Aguirre era como un pedazo del sur racista incrustado artificialmente en El Caribe; el «intermedio del hombre blanco», con capacete y todo, de que nos hablaba Luis Palés Matos en sus versos. Exactamente al norte de la entrada de la carretera que llevaba a la central, quedó ubicada bien temprano la vibrante comunidad afroboricua de El Coquí.

Habría que estudiar el tema más a fondo, pero este poblado de Salinas quizás era, en las décadas de 1910-1930, una de las concentraciones más puras de proletarios agrícolas modernos en El Caribe entero. Se podía escribir entonces un tratado de economía política con meramente cruzar la carretera número 3. Y así como Aguirre era un pueblo ideal para los administradores y técnicos de la moderna central, El Coquí lo era para los trabajadores del litoral. El poblado tenía varias plazas de baile de bomba, no muy distintas de las «plazas de conga» en Nueva Orleáns, lo que ya de por sí apunta a la cuestión racial en el sur. En sus calles se podía respirar la solidaridad y chismorreo cultural de los habitantes de El Caribe. Apenas un jovenzuelo, y escapado de mis padres, llegué a ir al teatro de la comunidad, así como a las fiestas patronales de El Coquí. Hoy el teatro de la comunidad continúa activo. En su sala se efectúan eventos del Centro Cunyabe.

Recuerdo que para mucha gente de mi generación, El Coquí no era ni de Salinas ni de Guayama. Más allá de las fronteras administrativas entre los municipios del sureste de Puerto Rico, lo cierto es que todos estos poblados proletarios, con su fuerte ascendencia negra, vivían al compás del impulso centralizador de la gran central. Era la central la que centralizaba, valga la redundancia. El gran molino de azúcar de Aguirre, con su chimenea echando humo, al modo de un gigante fumando un tabaco frente al mar Caribe, era el verdadero corazón de la vida económica de la comarca que va de Salinas a Maunabo. Las centrales Machete, en Guayama, y Lafayette, en Arroyo, eran sus hermanitas menores, atadas a la mayor por las finanzas y las vías del tren. Además, si algo había entre El Coquí y los demás poblados negros de la región era continuidad cultural. Ya fuera El Coquí, Mosquito, Las Mareas, San Felipe, Puente de Jobos o El Puerto, aquí imperaba la negritud antillana. Y negritud antillana en el poblado de El Coquí, como todos los lugares de El Caribe, siempre ha sido sinónima de rebeldía frente a la opresión económica y racial.

En cuanto llegué a la plaza de El Coquí el 11 de diciembre de 2017, pregunté por Nelson. No nos habíamos dado un abrazo fraternal desde mediados de la década de los setenta. Todavía bajo el calor del fuerte apretón de manos, retomamos espontáneamente una conversación que dejamos inconclusa casi medio siglo atrás. El tiempo no había pasado. ¿De qué hablar sino del tema organizativo en los poblados negros y proletarios de la comarca? Lo escuché atentamente. Nelson conserva la manera de hablar calmada que hace sentir a gusto a quien lo escucha. «Horizontalidad, delegación y participación», son hoy sus principios de organización comunitaria. Estamos allí, en un día soleado, en el Centro Comunal El Coquí. No hay electricidad ni comodidades presuntuosas. Un grupo de mujeres y hombres mantienen un cuchicheo animado, mientras distribuyen botellas de agua, linternas de baterías y otras ayudas a la comunidad. La conversación que mantienen es como la de todo taller de trabajo, no le pertenece a nadie.

Me invade la nostalgia, y le hablo a Nelson de sus hazañas organizativas en la década de los setenta. Pero él es demasiado noble como para no destacar, sobre todo, a los compañeros tiroteados durante la huelga en contra de la GE en 1975. Viene a la mente de Nelson el recuerdo de una ocasión en que a él y a su esposa, Letty Ramos, les tocó socorrer, como asunto de vida o muerte, a un compañero herido de un balazo, en medio del conflicto huelguístico. La bala, que se incrustó en el estómago del herido, era en realidad para Nelson; pero, el sicario le disparó a la persona equivocada, un guayamés de nombre Arturo Rivera Jeremías.

Creo que he contagiado a Nelson del sentimiento perenne de melancolía que nos afecta a los hijos de la diáspora. Mas la conversación se torna ahora en un evento comunitario. Ismenia y Ada se acercan a la mesa. Lo mismo hacen otros miembros de la dirección del centro. Aquí nada parece pertenecer a nadie, ni las palabras ni las ideas. La visión de estos compañeros y compañeras es intercomunitaria. No hablan de El Coquí, sin hablar de Las Mareas o de Aguirre o de San Felipe; y por ahí siguen, poblado por poblado, hasta llegar a la orilla del mar.

Le comenté entonces a Nelson sobre mi viaje reciente al río Guamaní. Recalqué lo obvio: que sin la destrucción de ese maravilloso cuerpo de agua nunca habría existido la gran industria azucarera del sureste. La sección oriental del riego Guamaní (el llamado canal del este) suplía las necesidades de agua de todos los cañaverales desde Guayama a Patillas. La sección occidental, todas las de Aguirre y Salinas. En un principio, la Central Aguirre dependía de la extracción de agua subterránea. El sistema de riego del sureste se configuró en 1913, al modo de un cangrejo, cuya cabeza estaba en los montes de Carite. Tenía dos patas extendidas de este a oeste, de las cuales salían canales secundarios, que como arterias vivas suplían el vital líquido. Para producir una libra de azúcar en esa época, se requerían 4,000 libras de agua (500 galones). Además, las plantas hidroeléctricas Carite 1, 2 y 3, daban energía eléctrica a toda la comarca. El río Guamaní y el sistema de riego del sureste hicieron posible la tremenda explosión de cultura negra y proletaria en la comarca sur entre 1913 y 1930. Esa es la teoría que ronda en mi cabeza. ¿Tiene historia la negritud? ¿Cuáles son sus parámetros? El tambor retumba al calor de las luchas sociales concretas.

Entonces, como si estuviera en medio de una celada, Nelson me preguntó sobre la cultura de la región: ¿Crees que es un fenómeno que se puede reducir a que somos “los hijos del cañaveral”? Apenas logré amarrar algunas ideas superficiales, cuando él mismo entró en una reflexión interesante sobre el tema de la pesca en el mar Caribe y su conexión con los tiempos muertos del corte, transporte y molienda de caña. Me explicó que el llamado tiempo muerto de la caña era, para los trabajadores más pobres de la comarca, un período verdaderamente difícil, en que estos estaban obligados a sobrevivir de la pesca. «En un país en que nunca ha habido una industria pesquera», añadió con cierto resentimiento en los ojos. Los técnicos y administradores de la central no sufrían, pues tan pronto acababa el corte y la molienda emigraban a Tennessee. El patrón migratorio del tiempo muerto era un reflejo de la estructura de la industria azucarera y de la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos. Concluida la zafra, había que pescar; pero siempre sobre bases artesanales y restringidas por el imperio.

Resulta, pues, que lo que Palés llamó el «escocotamiento» del río Guamaní, el crimen ecológico que permitió la creación del sistema masivo de riego del sureste en 1913-1914, condenó a los habitantes de la región a sobrevivir en la miseria, sin acceso al agua dulce y al margen de la tierra acaparada por los latifundios. En el regadío, el agua se vende por pulgadas y minutos. La pesca de subsistencia era la única alternativa viable para las familias pobres del litoral. Ahí está una de las claves que explican el fenómeno de la cultura negra de la región sureste de Puerto Rico en el siglo XX, su persistencia y vitalidad en lugares como El Coquí, Las Mareas y Puente de Jobos. Ya desde bien temprano en la colonización, y más aún durante la invasión del 1898, el negro del Caribe chocó con la idea del gran latifundio cañero. Así pasó en Jamaica y en Cuba. Puerto Rico no fue la excepción.

Canales de riego

Canales de riego

Un joven sanjuanero que ayuda en el Centro Comunal de El Coquí nos mira con curiosidad. Nelson y yo tocamos temas que parecen de universitarios jóvenes. Carcajeo y le menciono al grupo que, de acuerdo con los informes de los gobernadores de la colonia entre 1911 y 1916, la creación del sistema de riego para suplir los cañaverales de la costa del sureste de Puerto Rico fue el evento financiero más importante de la segunda década del siglo XX. La burguesía azucarera hawaiana, todavía en pugna con la California Sugar Refining Company en 1911-1916, jamás habría cedido el financiamiento, control y diseño del sistema de riego del archipiélago de Hawái a intereses monopolistas extranjeros. Como lo dijo el alcalde Tortoise John en la película Rango, de Jonny Depp: «controlas el agua, y lo controlas todo».

Suena de repente el celular de Nelson. Este se excusa, pues tiene que ir a cumplir con veinte obligaciones. La comunidad necesita agua potable, comida y linternas. Medio Coquí está todavía sin energía eléctrica. Comencé así lo que no podía ser sino una despedida no deseada. En medio de ella, un abrazo apretado, una invitación al reencuentro, y palabras que sellan el interés común por la liberación de nuestro pueblo. En fin, una conversación aún inconclusa con un compañero, amigo y hermano…

El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.

 

 

Enrique Vivoni: uno de los ingenieros de la Central Aguirre  / por Edric Vivoni

Edric Vivoni nos presenta un perfil de su padre Enrique E. Vivoni Acosta, uno de los ingeniero que laboraron en la desaparecida Central Aguirre.

Mi primer recuerdo de Papá [y de Mamá] está unido a La Manguera; en San Germán.  Para quienes no saben, La Manguera era el nombre por el cual se conocía la casa de mis abuelos Vivoni Acosta.   Yo era muy pequeño, estaba acostado en la cama de ellos: y veo a Papá y a Mamá despidiéndose, unidos en un abrazo; Papá vestido de militar, en uniforme caqui.  Estoy seguro que Víctor, Enrique, Jorge y Maritza (y todos ustedes) tienen sus propios primeros recuerdos.

La esquela que apareció en el periódico contenía una frase, vivió cabalmente; en la cual me gustaría abundar.

Papá, fue a Virginia a ‘estudiar’ ingeniería.  Estando allá se compró una motora y formó parte de un club de motociclista;  además fue piloto de aviones.  Ambas actividades apuntan, entre otras cosas, a una persona a quien le gustaba la aventura y el riesgo.

Enrique Vivoni y esposa en su casa en las afueras de Aguirre 17 ENERO 85

Enrique Vivoni y esposa en su casa en la carretera #3 cerca de San Felipe, 1985

Tras su regreso a San Germán abre una oficina de ingeniería y diseña y construye varias casas, entre ellas la del Dr. Torres Oliver y la de su hermano Alfredo.  Realizó los trabajos de diseño y construcción de la  Urbanización Vivoni y construyó la Farmacia Vivoni.  Esa labor como ingeniero la continuó en la Central Aguirre, a donde se mudó en 1951.   Siempre estaba inventando.  A las dos casas en que vivimos en Aguirre le hizo cambios; a la segunda le construyó un dormitorio, un garaje, una oficina y hasta una pequeña cancha de volley ball.  Estuvo a cargo del diseño y construcción del Club Rotarios de Guayama.  Finalmente diseñó y construyó su propia casa contigua a la carretera número 3 que conduce de Salinas a Guayama.

Así que Papá, además de será venturero y arriesgado, tenía la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero que diseña y construye…un poco, o bastante sazonada, por su experiencia como soldado de rango durante la Segunda Guerra Mundial.

A Papá, desde muy joven, le gustaba el dibujo y la pintura. Fuese en lápiz, crayola, óleo o acrílico, las paredes de su casa estaban llenas de sus obras. Inclusive, hizo una exhibición de ellas aquí en San Germán. Los plafones y setos de su casa fueron pintados a mano con diseños, banderas y escudos.  Así que Papá, además de ser aventurero y arriesgado, de tener la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero, tenía la sensibilidad y la creatividad del pintor-artista.

Estando en Aguirre, junto a Mami establece la Farmacia La Milagrosa; de manera que incursionó como pequeño empresario durante más de una veintena de años. ¿Quién llevaba las cuentas del negocio?  Papá. De manera que también fue… emprendedor.   Creó una tropa de niños escuchas en Aguirre y fue su Scout Master.  Fundó un capítulo de la Fraternidad Phi Sigma Alpha en Guayama.  Fue gran maestro de la Respetable Logia Esfuerzo #82 de Salinas.

Papá y Mamá eran los bailadores y la pareja bonita en los bailes del Casino de San Germán y de Mayagüez; aún  – muchos años después-  en las fiestas de fin de zafra y de Navidades en el Club de Golf en Aguirre.

Como hijo, desde que yo recuerde, y hasta donde no puedo recordar; cada dos semanas viajábamos a visitar a mis 4 abuelos.  Esas estadías frecuentes en La Manguera eran además motivo de reuniones informales entre hermanos, primos, parientes y amistades. Recuerdo a  los Ramírez, los Acosta, los Tió, los Martín, los Quiñones, los Balzac, los Gelpí y los Irizarry.   Así que Papá, fue además, un hombre de familia.  Fue esposo… de una sola mujer, y junto a ella echó hacia adelante a 5 hijos. Siempre estuvo presente en casa y nos enseñó a respetar a mamá.  En casa se hablaba… limpio, y toda la familia se sentaba a la mesa a compartir los alimentos, cada cual en su lugar.

Viajó con Mamá y con nosotros. Aquellos viajes eran meticulosamente planificados por él durante semanas frente a mapas de carreteras y apuntaba los lugares de interés, de estadía y las millas que había que recorrer cada día.  Recuerdo especialmente el viaje en auto por toda la costa Este de los EEUU, desde la Florida hasta Canadá, y luego bajando por el oeste de los grandes lagos y terminando en la Feria Mundial del 64 en Nueva York.  (Para mí, más de un mes de suplicios como su co-piloto.)

En cuanto a la familia más extendida, organizó las ‘primadas’ (aquellas fiestas de los primos de su generación) y luego, las Vivonadas.  Papá se dedicó durante más de 40 años a estudiar y organizar la historia y genealogía de la familia Vivoni-Acosta, al igual que la de los Farage.  Fundó y celosamente trabajó en la Fundación Vivosta.

Papá nos enseñó a disfrutar y amar el mar. Tuvo su propia lancha (La Marvick) y durante los veranos se ocupó de que pasásemos por lo menos 2 semanas con sus padres, nuestros abuelos, en la casa de celosías y zocos altos en la loma de La Parguera.

Así que Papá, además de ser aventurero y arriesgado, de tener la meticulosidad, la disciplina y la paciencia del ingeniero,  de poseer la sensibilidad y la creatividad del pintor-artista, fue un hombre fiel y dedicado a la familia.

Luego de su retiro de la Central Aguirre, Papá fue servidor público. Fue director regional de Obras Públicas estatal en el distrito de Guayama y luego director de la Autoridad Metropolitana de Autobuses. Destaco el hecho que estando en la AMA viajaba 5 días a la semana desde Aguirre hasta San Juan.

Así que Papá, además de aventurero, arriesgadometiculoso, disciplinado, paciente, tener sensibilidad y la creatividad, de ser fiel y dedicado a la familia, fue servidor público.

Papá fue además un hombre de sueños y esperanzas.  Jugaba un billete de la lotería extraordinaria y compartía con nosotros todas las cosas que iba a realizar cuando se pegara.  Lo decía disfrutándolo, como quien ya poseía parte de aquello que esperaba.  Aún sin haber ganado ese premio, logró la mayoría de las metas que se propuso.

Toda esa combinación de cualidades, se encontraban presentes en Papá; un hombre resuelto y decidido, que defendía lo que pensaba y creía, y que casi siempre tenía la razón… aun cuando no la tenía.

Creo que un buen testimonio de quién fue Papá, lo podemos encontrar en nosotros;  sus 5 hijos.  Reconociendo la gran aportación y enseñanzas de Mamá en nuestras vidas, hay mucho de Papá en Mari, en Jorge, en Enrique, en Víctor y en mí; así que además de todas sus cualidades,  Papá supo ser un buen sembrador. Hoy reconocemos su vida, la recordaremos siempre; porque hay parte de ella en nosotros.  ¡Damos gracias a Dios por Papá!

Edric Vivoni© Edric Vivoni

Comentando fotografías: Voz fotográfica de Aguirre


Photo Voice Aguirre

Seguramente ninguno de estos chicos vio la estela de humo que brotaba de las erguidas chimeneas. Ni escucharon la bocina estridente de la carioca o el chasquido de las ruedas de la locomotora en su recorrido por los rieles de acero. Tampoco percibieron el olor de la melaza hirviente ni saborearon los granos de la azúcar negras aún caliente.  Quizás nunca comieron caña 1012, ni padecieron el molestoso ardor tras los arañazos de las hojas del cañaveral.

Pero estos Jóvenes Iluminados de Aguirre tuvieron un encuentro con el pasado de su comunidad a través de las voces que las imágenes fotográficas les contaban.  Se volvieron investigadores de la historia de su comunidad y conocieron el sentido mismo de su presente, algo que inexorablemente alimentó su identidad.

Estos jóvenes salinenses del poblado Aguirre aprendieron que se puede tocar al alma desde el conocimiento y recobraron el orgullo al saberse parte de una comunidad con mucha historia que contar.  Así, una noche de verano compartieron con otros su viaje al yo colectivo y descubrieron que la mezcla gloriosa del ser es saberse parte de un pueblo que habita un hermoso ecosistema, riqueza que hay que que proteger para construir un buen presente y para disfrutar un mejor futuro.

“Gloria a las manos que ayer trabajaron…” y a las voces fotográficas que nos hablan las historias.

srs

Foto cortesía de Photo Voice Aguirre

Esperando la segunda Tanda / Penelope A. Griffin

A mediado de junio de este año se presentó en el Museo del Cuartel Ballaja una exposición de Penelope A. Griffin titulada El Teatro presenta… Esperando la Segunda Tanda. La exposición giró en torno a la historia de la Central Aguirre de Salinas. No complace reproducir en Encuentro Al Sur un video  de 12 minutos que formó parte de la exposición. En esta producción la exponente recoge tres videos cortos y varios comerciales “vintages” de productos puertorriqueños.

Los videos compilados son una panorámica visual de los sucesos históricos vinculados con la historia de la industria azucarera en Salinas.  Empieza con la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico en el 1898, continúa con la historia de la caña de azúcar en Puerto Rico y finaliza con la historia de La Central Aguirre.  Griffin advierte que el video fue concebido con propósitos educativos y sin fines de lucro. Todo el material presentado en el corto retiene los derechos de cada autor.

La 8 / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

¡Por ahí viene La 8, viene por Los Poleos a toda velocidad y trae caña diez doce![1], gritaba Ariel.  A lo lejos se oía el trac trac de las ruedas al cruzar las divisiones de los rieles acompañado del chaca chaca cha del impulso del motor.

El grito de Ariel servía para que nos apostáramos a un lado de la vía, antes del puente sobre el río Abey cercano al cuartel El Peligro[2]. Al pasar los vagones repletos de caña, arriesgando la vida, halábamos las varas que sobresalían. Al terminar, cual colibríes chupándole a una flor el néctar azucarado, disfrutábamos del botín arrancado a La 8.

La locomotora número 8 era la más potente de la Central Aguirre. Corría como un bólido, alegre y campechana, por el valle costero del sur como dueña y señora de los rieles. En sus entrañas ígneas quemaba carbón produciendo el vapor de agua que la impulsaba veloz cargada de caña de azúcar.  Toda de acero pintado de negro mate. Resaltaban en la frente de la caldera el blanco y resplandeciente número que la identificaba y el enorme ojo ciclópeo que en las noches alumbraba la oscura vía férrea. Cual dragón intimidante avanzaba dejando una estela de humo negro en el espacio y  bocanadas de hirviente vapor blanco por sus costados.  Lucía más amenazante cuando sonaba su ensordecedor pito.

Cuando el monstruo, sediento a consecuencia de las millas recorridas, paraba en la cambija para llenar su barriga de agua, se desinflaba deshaciéndose del vapor que tenía apretado en sus entrañas. Descansaba de un agitado viaje mientras la muchachada, aprovechando la parada, robaba cañas a escondidas del chuchero.[3]

Aquella máquina era una asesina vengativa. Devoraba animales y hombres. Más abajo de El Peligro mató a Julia, que venía ebria cantando su canción de vida. Sus restos los esparció por un largo trecho dejando un rastro de tristeza. En el cruce de la calle de La Playa, quizás por venganza, mató a dos transportistas de víveres que por diversión se dedicaban a asustar a los niños. Pasando la calle de La playa mató a una hermosa  yegua alazana y su potrillo, los hizo hilos. Más allá de la Hacienda La Carmen mató a Arielito, dejando al pueblo en un profundo pesar y a su padre Ariel ahogado en el grito “¡Por ahí viene La 8!”. Sabe Dios a cuantos otros mató en su sed de sangre.

En su último recorrido anual, cuando terminaba la zafra y comenzaba el invernazo, lloraba como una novia abandonada por el novio a los pies del altar de la iglesia.  De su pito salían ayes lastimeros que conmovían al más duro corazón. Para ella comenzaba un período de descanso y reparaciones para venir con más bríos el próximo año. 

Un día no hubo más zafras.  Las cañas dejaron de exhibir sus enhiestas guajanas en el valle costero del sur. Ya no se escuchaba el trac trac ni el chaca chaca cha de La 8. Algunos pensaron que se había muerto. Pero la triste realidad fue que corrió el mismo destino del valeroso cacique Abey, fue desterrada de Boriquén.  Nunca más se supo de ella.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 4 de agosto de 2010


[1] Variedad de caña de azúcar muy dulce y blanda.

[2] Edificio de apartamentos muy reducidos, que albergaba a los obreros de la caña y sus familias.

[3] Celador que generalmente iba en el último vagón del tren.

Lamento obrero / Luis A. Reyes

Al anunciarse el cierre de la Central Aguirre

Adiós Aguirre querida
por el cierre de tu Central
yo me voy a sentir mal
y lloraré tu partida
porque me diste mucha vida
y a bastantes unionados
por el dolor que la aqueja
porque te vas y nos dejas
tristes y desamparados.
 
Comentan los romaneros
y en toda la factoría
oficina y ferrovía
en los tachos azucareros
con pena veo los obreros
sentirse desconsolados
muchos serán afectados
en toda la fase fabril
nos dejarás en abril
tristes y desamparados.
 
No se escuchará el silbato
ni el ruido de las calderas
que estremecía de veras
a tu ingenio de inmediato
ni se discutirá el contrato
de muchos asalariados
se verán perjudicados
almacenes y talleres
quedando hombres y mujeres
tristes y desamparados
 
No se verán los camiones
que acarrean la caña
casi cerca de la montaña
cruzando nuestras regiones
en la plaza amontonados
por la falta de trabajo
andan de arriba a bajo
tristes y desamparados

 

Luis A. Reyes

Salinas Hoy, marzo de 1990.

Documental sobre la Central Aguirre

Este es un Avance del documental  Aguirre 0231: El Último Vagón, que se televisó el 26 de octubre de 2009 por SíTV Canal 40

image001Documental Aguirre 0231: El Último Vagón, por SíTV SíTV – Canal Universitario Ana G. Méndez

SíTV – Canal Universitario Ana G. Méndez y 1-Idea Films presentan el Documental Aguirre 0231: El Último Vagón, que destaca uno de los ingenios azucareros más importantes de Puerto Rico: la Central Aguirre, ubicada en el poblado que lleva el mismo nombre, del municipio de Salinas.

Esta producción se transmitirá esta noche, a las 8:00 p.m. El documental trata sobre la cultura dentro del poblado corporativo de Aguirre, los relatos, anécdotas y convivencia de los residentes dentro de la Central.

La historia comienza desde la invasión norteamericana en el País de 1898, el cambio de soberanía, la implantación de las industrias norteamericanas, la esclavitud, el establecimiento de la Central Aguirre y su cierre, hasta el proceso de emigración y otros temas, como el futuro de la caña Etanol y las tradiciones que aún se conservan en este sector.

Entre los lugares de filmación, se utilizaron paisajes de la Central El Porvenir en La Romana, República Dominicana y escenarios naturales de la ciudad de Nueva York. En este último, se documentó el testimonio de algunos emigrantes puertorriqueños que, al cerrar las centrales, tuvieron que buscar mejor vida fuera de la patria. No se lo pierda.

Grabar esta historia alimentará nuestra memoria

El mayordomo / Edwin Ferrer

Perro en cementerioLos ladridos  de su  perro sato sonaban como relámpagos secos cerca de su  tumba,  su famélico cuerpo semejaba a la antigua locomotora de la Central Aguirre; esquelética y envejecida debajo de sus ruedas de óxido olvidado. Del viejo  cementerio del Campito,  salía un olor a caña añejada y sobre la lápida  del terrateniente, había una anotación sin nombre ni color.

Cuando abrió el ataúd estalló la barriga putrefacta del capataz y una nube de profecías se deshizo en su cuerpo, dejando un intenso olor que distorsionó el rostro de sus  peones.

–Que innecesarios somos– dijo la Bobona, sin abandonar la tarea de exhumar el cadáver.

Su muerte empezó a acercarse al mismo ritmo que su trapiche envejecía y era remplazado por la maquinaria moderna de los franceses que huyeron de Haití y las innovaciones de la tecnología  americana, que años después marcharían para siempre…

Resultaba difícil, casi  imposible, creer que los augurios de estos restos se basaban sólo en una llamarada de caña de azúcar.

— ¿Por qué no sembró otras ilusiones? —susurró Pello Judío, quien exhumaba los restos del cadáver, que luego colocaba en una caja negra para trasladarlos a su nueva morada.

—- Lo veo fatigao; tratando de lanzar machetazos al aire como si quisiera matar al invasor, tal como lo describieron sus sueños años atrás,– dijo  la Bobona, cubriéndose la nariz.

—- Helo aquí tendío, olvidó todos los  caminos que lo conducían a una revuelta con sus competidores y coronao en su espejismo quedó dormío pa  siempre. Tejió sus días con la noche al zis zas de su  machete veraz  para sustentar a su familia. Nunca pensó  que un día vendrían dos de los cuatro jinetes del apocalipsis a tragarse la quinta que hubo heredao de sus padres. Era igual a los otros, a quienes había devorao la chispa del cañaveral, por no haber invertío su tiempo en otros productos. Su sato siempre fue fiel, perro sato en tumba decora su victoria con su hocico gimiente, guardando su nueva tumba y donde descansa cautivo; “el mayordomo de Aguirre.”—recitó Pello luego de apagar su cigarro.—

© Edwin Ferrer 3/28/2009

La última zafra / Edwin Ferrer

zafra2La tarde obscureció triste, llorando el cielo lágrimas negras. Cayeron las últimas pajas de caña quemada en el valle costero. La zafra existió para comenzar su tiempo muerto, lúgubre, sin esperanza. Un fantasma que persiguió a Flor hasta el sifón donde se sumergía. Allí dejó el machete, las tiras de las mangas, la de los pantalones y dejó su pava encima de sus zapatos de hule.

Ese mismo día le preguntó su mujer:

— ¿Flor, que haces?—

— Busco la forma de echar raíces en esta zanja para quedar sembrado para siempre en mis recuerdos—contestó.

— ¿Qué quieres decir con eso?— Preguntó otra vez.

— Con un machete en la mano logré conquistarte, cultivé el fruto de mi vida y endulcé mis entrañas con su melao. En un cañaveral encontré mi pasión, mis ilusiones y hoy mueren para siempre… —

— ¡Abran la compuertaaa!— Gritó el capataz.

En un momento de distracción, Flor se dejó arrastrar por la corriente. Entonces su esposa se desmayó, cayendo en cuenta que el picador añoró echar raíces en aquellos surcos de la difunta Central Aguirre.

© 07/10/2009  Edwin Ferrer

Foto: Trabajador de la caña, 1942, por Jack Delano.