Reconciliación / por Aníbal Colón de la Vega

Después de largas batallas
y mil faltas perdonadas,
regreso a la vieja casa ―
la de las memorias gratas―
donde me tragó la infancia.
Al ritmo de la calzada,
abrazos espera mi alma,
o tal vez descarga de armas.
Junto a la antigua morada
y la falda de la montaña,
ya la ceiba centenaria
cubre la huerta preñada.
Para alivio de mis canas,
flotan en todas la ramas
sendas banderitas blancas.

Anibal Colon de La Vega

Comentando fotografías : Casona del Siglo 19

Casa en la calle Muños Rivera foto decada de 1940 001 copyLa casa que muestra la foto fue construida a fines del siglo 19.  Era de madera con techo de cinc, levantada en socos a más de 4 pies de alto, para evitar las inundaciones.  Como era usual, poseía un balcón a lo largo de la fachada.  La foto es de la década de 1940, y aunque se desconoce el nombre del fotógrafo, fue tomada desde el balcón de la alcaldía.  Esta casa fue residencia de Antonio Semidey, uno de los fundadores del pueblo.  En la década de 1910 fue sede del Casino de Salinas, entidad a la que pertenecían como socios, las personas pudientes de la zona.  Posteriormente, la casa fue propiedad del médico Juan P. Cardona y de su esposa Concepción Benvenutti (L. Vázquez, 2000).

A finales de la década de 1950, mudaron ahí el Cuartel de la Policía de Puerto Rico, que estaba ubicado en el 2do piso de una estructura que existió en la esquina sur de las calles Monserrate y Luis Muñoz Rivera, propiedad entonces de Blas Buono y su esposa Carmela Correa. La casa albergó el Cuartel de Policía hasta que se construyó el edificio que ocupa la fuerza policiaca actualmente. Según el testimonio de algunas personas, la casa fue ocupada luego por un club y posteriormente, se demolió en los años de 1960 para construir el edificio que se levanta hoy en ese solar.

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Comentando fotografías: las casas de pueblo

Según nuestra percepción, el tiempo sigue su curso sin vuelta atrás. Un caminante apresurado que devora gente y cosas.

Solo la memoria, por los medios a su alcance, proyecta a través del tiempo lo que el tiempo devoró. De esa manera, lo inexistente, alojado en el recuerdo transmitido, recupera la existencia.

La fotografía que sigue le da existencia a una estructura desaparecida del entorno pueblerino. La realidad del lugar en que ubicaba es otra ahora. Pero esta imagen resucita para la memoria conectada al medio fotográfico otra realidad de una realidad físicamente inexistente.  Le ganamos una batalla al devenir cuando este espécimen de nuestra arquitectura residencial revive ante nosotros. Invita a reflexionar sobre el misterio del pasado inexistente. De cómo el tiempo inmutable parece transcurrir, porque alteramos el paisaje.

Comentando fotografías; 69: Residencias de ayer

De la arquitectura doméstica tropical levantada en Salinas a principios del Siglo 20 queda aún algunos ejemplares dignos de admirar.  Pero lo cierto es que una considerable cantidad de esas residencias en la zona urbana y en las áreas rurales desaparecieron víctimas del deterioro causado por el pasar del tiempo o por el abandono que usualmente ocurre cuando faltan, o no la viven los dueños.  Entre las fotos que nos envían nuestros lectores, llegó la de una hermosa residencia de madera que estuvo ubicada en un solar en la calle Guayama. Desconocemos el año de construcción y el nombre de la persona que mandó a construirla.   Era una estructura más larga que ancha, de techo alto, con la típica fachada de balcón con puertas de dos hojas y persianas que llegaban casi al techo. La foto llama a la reflexión e invita a observar los rasgos peculiares que le daban vida a la estructura.  Según se informa, la casona que ilustra la foto perteneció a la familia Baerga Paravisini hasta su extinción.

Comentando fotografías, 36: La casona Mattei

Los  edificios, casas, puentes y otras estructura son testimonios del pasado que ayudan a reconstruir la historia.  La foto que presentamos revela una parte de la memoria edificada de Salinas ya desaparecida.  Sus trasfondos son el comercio y la producción agrícola que prevalecieron en la región sur de Puerto Rico en el siglo 19. El dueño original  fue el comerciante Domingo Mattei.  Para los que  la observamos únicamente en su etapa ruinosa final, antes de ser demolida, fue simplemente el billar de Abelardo o la propiedad de Blas Bouno.

Las abejas de doña Ketty: pinceladas de mis memorias / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Doña Ketty

Doña Ketty

 Las hermanas Ketty y Josefina Benvenutti pertenecían a una familia de rancio abolengo del sur de Puerto Rico.  Residían en una casona de una sola planta construida con maderas del país y techo de zinc. La casa estaba localizada en la calle Monserrate frente a la plaza Las Delicias de Salinas. Doña Tipín, que así apodaban a doña Josefina, había enviudado y tenía tres hijos de apellido Corretjer,  Otto, Tony y Chipo.  Doña Ketty nunca se casó, aunque era una esbelta dama de piel blanca con cabellos y ojos negros que seguramente llamó la atención de más de un caballero.  Doña Tipín por el contrario era de piel rosada, pelo rubio y ojos claros.

La casona, la recuerdo siempre pintada de amarillo. A lo largo de toda su fachada tenía un balcón con balaustres. En la parte posterior había una terraza que servía de sala de estar en los días calurosos y de comedor casual.  Estaba rodeada por árboles frutales de mangós, cerezas, anones, quenepas y hasta hubo una parra. 

La ramas de algunos árboles de mangós y cerezas colgaban hacía la casa de mi mamá Tilita.  Hugo, hijo del doctor Cardona y de doña Conchita, hermana menor de las Benvenutti, solia buscar frutas en la casa de sus tías. Asomados por la verja, mis hermanos Dante, Lola, Koko y yo le pedíamos cerezas.  El grito era: “Hugo tírame una cerecita.” Hugo siempre correspondió abundantemente a ese pedido.

Muchas veces a Ariel Ortiz y mí nos contrataba doña Ketty para recoger las hojas caídas en el extenso patio.  Era una tarea agotadora.  Al final de la jornada, completamente extenuados, recibíamos como compensación tres reales, es decir, setenta y cinco centavos para ambos, lo que parecía ser en la mente de ellas la paga justa de un peón. Un día, a mitad de trabajo, abandonamos la tarea cuando teníamos el bofe por fuera y comprendimos que nuestros cuerpos infantiles no resistían tan agotador trabajo. Desertamos sin comunicarle ese sentir nuestro a doña Ketty. Lo cierto es que, aunque la empezamos, doña Ketty nos castigó y no recibimos compensación alguna por la mitad del trabajo.

Lo peculiar de la casa de las hermanas Benvenutti era una colmena alojada entre el doble seto y el techo de la pared oeste que daba hacia el edificio de mi madre. Nunca supe cuando las abejas se apoderaron de ese lugar. Para mí siempre estuvieron ahí.  Desenfadadamente y sin pedir permiso formaron su colonia y allí entre las maderas añejadas por la miel estuvieron por años de años.

Muchas veces intentaron sacarlas, pero invariablemente las abejas regresaban a aquel lugar a destilar su sabrosa y ambarina miel.  Repetidas veces observé a Eusebio Rosa en el intento inútil de acabar con aquellas abejas.  Cansada de que Eusebio no pudiera extinguir la colmena, doña Ketty contrató a otros expertos apicultores.  El resultado siempre fue el mismo, las abejas volvían a colonizar la parte de la casona que presumo creían el mejor lugar para fabricar su delicioso panal.

Cuando por alguna razón el enjambre se revolcaba o cuando enloquecidas por el instinto reproductor iniciaban su vuelo nupcial, era una odisea pasar por el frente de la casa.  Las abejas se adueñaban de la calle y revoloteaban por la plaza. Fueron muchos los que, por atrevimiento o por  inadvertencia al pasar por esos predios,  recibieron la himenóptera ponzoña de las prolíficas productoras de miel de doña Ketty.

Varias veces al día la madre naturaleza imponía su sabio equilibrio. Una bandada de diestros pitirres  se daba un banquete de abejas.  Lanzaban al aire su cántico y descendían en picada y con maestría inigualable capturaban las abejas en vuelo y  una vez engullida la presa, volvían a entonar su triunfal cántico. Iban y venían en oleadas, como los aviones cazas atacando un objetivo militar.  Era un espectáculo de acrobacia que deleitaba a los embelesados observadores.

Por las noches las abejas, atraídas por el calor de las bombillas incandescentes, visitaban las casas vecinas.  Era una visita no deseada y una inconveniencia para sus moradores.  Para deshacerse de ellas  guindaban de las bombillas un papel untado con pega donde quedaban atrapadas.

Al morir doña Tipín  doña Ketty, cargada en años, quedó sola y angustiada en la enorme casona. No pasó mucho tiempo cuando Bimba que así apodaban a su sobrina Carmen Margarita Sosa Benvenutti, se la llevó para Naguabo donde residía junto a su esposo, un farmacéutico de aquella comunidad.  La vieja casona y doña Ketty envejecieron juntas, una lejos de la otra. El paso del tiempo marcó el inevitable derrotero, en la casona solo se escuchaba el zumbido de las abejas.  Finalmente sucumbió y con ella la más famosa colmena de Puerto Rico, las abejas de doña Ketty.

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 14/sept./2009

Comentando fotografías, 17: La tasación

En la década de 1940 se realizó en todo Puerto Rico una retasación de la propiedad inmueble con propósitos contributivos.  En ese proceso se le tomaba una fotografía a las estructuras para que los tasadores tuvieran un punto de referencia al realizar su trabajo.  De esa manera, se creó un extraordinario acervo de fotografías de época, que lamentablemente desconocemos su paradero. Por diversas razones, algunas personas obtuvieron ejemplares de dichas fotos, una de las cuales presentamos a continuación.  Se trata de una casa que ubicó en la calle Celso Barbosa en la Barriada conocida como La Ciudad Perdida.  Su dueño la conserva con amorosa nostalgia porque presenta la imagen de la casita donde nació.

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 A mediados de la década de 1950 la casita de Panchita Rivera fue reconstruida como se observa en la segunda fotografía.  Esta foto fue tomada unos cuatro años atrás.  Además del cambio de fachada se cambió el techo totalmente a dos aguas de izquierda a derecha.  Luego de este cambio los nuevos dueños tiraron el piso y las paredes en cemento. Fotografías: Colección de Roberto Quiñones.CasaPanchita[1]