La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

La espiritista / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Con el pasar del tiempo el rostro de Lalán Gutiérrez estaba surcado por profundas arrugas.  Era una mujer alta de pelo blanco y tez color indio taíno. Su nariz era grande y un poco encorvada hacia abajo. Siempre vestía de traje blanco que le llegaba hasta los tobillos.

Doña Lalán vivía en la calle que cruzaba por detrás de la Iglesia. Su casa, que hacía esquina con la calle que moría en el río, se elevada unos cinco pies sobre el nivel de la acera para escapar de las inundaciones. La fachada de dos aguas tenía una celosía en su centro para darle ventilación al plafón. Por los huecos entre los listones, al atardecer y antes de que saliera el sol, entraban y salían los murciélagos a su antojo.

A la casa se subía por una escalera que dividía el balcón en dos secciones iguales. La puerta de entrada daba directamente a la esquina de la acera. Dos ventanas a cada lado de la puerta adornadas con cuervos de aspecto siniestro le imprimían un tono sombrio.

Se decía que doña Lalán, que no tenía hijos, nació viuda.

Lalán era creyente del espiritismo y en su propia casa celebraba los enigmáticos ritual y convocaba los espíritus. A pesar de las advertencias del cura del pueblo, a ella acudían personas de todas las clases sociales, profesiones y oficios en busca de remedios espirituales.

Curaba el mal de ojo, santiguaba y preparaba y deshacía hechizos. Sus pócimas yerbateras, que curaban todo tipo de enfermedades, eran famosas en toda la comarca y allende los límites del pueblo. Las mujeres acudían a su consulta para amansar a sus esposos y los esposos para alejarlas de las chismosas.

Doña Lalán murió una noche de luna nueva, oscura y sin estrellas. El cielo se llenó de relámpagos, que aparentaban caer sobre su casa.  Truenos ensordecedores se escuchaban por doquier. Muchos en el pueblo dijeron que oían aullidos y quejas de almas en pena lamentando la muerte de doña Lalán. Decían que eran las almas que la espiritista invocaba en sus trances adivinatorios. Todos se encerraron en sus casas por temor a ser poseídos por esos espíritus.

Un pariente de Lalan ordenó que la cremaran y sus cenizas fueran esparcidas por todo el cementerio municipal.

Al mes de su muerte, en una noche de luna nueva y oscuridad tenebrosa, el guardián del cementerio vio como emergían cientos de fuegos fatuos en todo el campo santo. Luego escuchó un zumbido como de viento huracanado que le hería los oídos. Vio surgir un remolino que levantaba el polvo del cementerio. Corrió como un loco y al cruzar el puente sobre el río, cayó al cauce seco, sufriendo fracturas múltiples y hematomas en todo su cuerpo. Milagrosamente no murió en el trance y así pudo contar lo sucedido.

Desde entonces, se dice que cada mes, durante las noches lúgubres de luna nueva, en la oscuridad del cementerio surgen cientos de fuegos fatuos y un remolino aterrador eleva a los aires las cenizas de doña Lalán mientras decenas de espíritus venidos del más allá intentan reunir su alma dispersa por el camposanto para que pueda reencarnar.

 

Edelmiro J. Rodríguez Sosa

13 de agosto de 2012.

Eran tiempos de aparecidos / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

En más de  una ocasión se regó el rumor que puso a más de uno con los pelos de punta.  En las noches oscuras, del cañaveral que lindaba con la cancha de baloncesto y el parque de pelota del caserío Modesto Cintrón, surgían escalofriantes figuras que aterraban al más valiente. Más de un caminante nocturno juraba haber visto al cabezón, al hombre “esnú”, a la mujer preña, la llorona y al temido Correa Cotto.[1]  Eran tiempos de aparecidos. En los corrillos de la plaza del pueblo era usual escuchar algún fantasmal y estremecedor relato como el que narro a continuación.

Una noche de luna nueva Pancho, Toño y yo íbamos hacia La Playa por un trillo entre dos piezas de caña. De pronto un celaje nos pasó por el lado casi atropellándonos.  En Medio de la confusión logramos divisar, como elevándose, un caballo negro montado por un jinete, también vestido de negro, que parecía flotar sobre la silla adornada con una infinidad de resplandecientes botones plateados. De las narices del caballo salían chorros de vapor que producían un zumbido aterrador. De los belfos manaba una baba blanca espesa. El jinete llevaba en su mano derecha un foete de cuero que hacía estallar constantemente.  Con cada estallido brotaban llamas anaranjadas que se esparcían por el aire.

—Ese es Chuco que va embollao en busca de Panuco para ajustar una cuenta, gritó Pancho.

Al alejarse, el caballo dejó como una estela de fuego a cada lado del trillo.  Las cañas quedaron acostadas, pero sin quemarse.

Ante ese  espeluznante espectáculo, con los pelos erizados, dimos un viraje y salimos corriendo como alma que lleva el diablo. No paramos hasta llegar a la plaza del pueblo. Con el corazón latiendo, casi para estallar y los ojos desorbitados, nos sentamos en un banco con la esperanza de asimilar la visión y pasar el susto.

Freddy el bizco, se acercó y nos dijo- “hace un rato mataron a Chuco en Nueva York.”

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa

18 de noviembre de 2010.


[1] Prófugo de la justicia temido por lo sanguinario.