Atrapasueños / Roberto López

Me contaron que un mercenario puertorriqueño que murió en la batalla del Álamo tenía un padecimiento crónico de pesadillas. Todas las noches soñaba que lo habían capturado y enjaulado con los leones hambrientos.

Y fue su fortuna que se enamoró de una india lipán, cazadora de búfalos y de sueños. En plena luna de miel, tuvo la pesadilla, y a gritos pidió auxilio y misericordia. La hermosa india no lo despertó, pero con un beso profundo, ahogó sus chillidos y se tragó el mal sueño, y así lo curó de espanto.

Y viene al caso que yo tengo el mismo padecimiento. Pues tengo un sueño demencial que se repite mucho. Sueño que unos encapuchados me meten en un ring de boxeo para que pelee con una momia llena de pulgas.

Cada vez que tengo esa pesadilla y grito pidiendo ayuda, mi negra me levanta con cuatro codazos al pecho, como si fuera lucha libre. Entonces pienso y hasta prefiero que se cumpla el sueño y fajarme con la momia, de lo contrario, la negra me va a matar.

©Roberto López

Sebastián / por Josué Santiago de la Cruz

dedos como cuernos (2)Aunque no formó parte del informe financiero de la alcaldesa, Salinas ha sido testigo de un BOOM! turístico inesperado, gracias a que Sebastián, el muchacho que le puso los cuernos al gobernador, se ha convertido, de la noche a la mañana, en toda una celebridad.

Es preciso ver la cantidad de turistas que acuden al municipio con el sólo propósito de que Sebastián los corone.

Se les ha asignado una cuota, que todos pagan de buena voluntad, y como el muchacho no da abasto con los requerimientos de su arte, un doble suyo, que contrataron sabe Dios dónde, hace las veces de él, al punto que ya ni sus familiares distinguen al verdadero Sebastián del falso.

Pero eso sí, la familia vive como le da la gana, hasta que Colón baje el dedo.

JSC

Un Escalamiento de Jueyes : anécdota en memoria de Fernando Ibarra

por Dante A. Rodríguez Sosa

Fernando Ibarra (2)
Fernando Ibarra

Recuerdo un suceso ocurrido en 1956. Fernando Ibarra ya trabajaba de policía en nuestro pueblo. Yo tenía 15 años y vino mi hermano Fui con unos primos desde Aibonito a fiestar en Salinas. Como a las 11:00 de la noche, lancé la idea de irnos para Aibonito a comernos unos jueyes que estaban en el corral de Ortiz. Los jueyes eran de mi hermano Edelmiro y hacía más de un mes que estaban enjaulados y muy gordos.

Llegamos al corral, abrimos la jaula y llenamos un saco mientras Edelmiro dormía. Cuando salíamos por el callejón que desembocaba frente al cine Monserrate, entre la farmacia Lugo y la heladería de don Pifo, y justo en el momento en que íbamos a arrancar en el Jeep de mi primo Cachi rumbo a Aibonito, apareció Ibarra y nos dio el alto.

«¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde son ustedes?»

Ibarra conocía a mi mamá. Me baje del Jeep y le dije: «Ellos son mis primos de Aibonito y van para allá ahora.»

«Pero están borrachos, no pueden guiar.»

¡Le dije al oficial policíaco que Cachi no bebía! Entonces Ibarra le quitó la llave a Fui y se la dio a Cachi.

«¡Se me van del pueblo ahora mismo!»

Nos montamos más rápido que la luz y fuimos a tener a casa del abuelo en La Sierra de Aibonito. Allí cocinamos los jueyes y nos amanecimos bebiendo y comiendo ese exclusivo manjar costanero.

jueyes1Toda la vida mi hermano Edelmiro me ha increpado por este tortuoso suceso. De hecho; la semana pasada en su oficina estábamos discutiendo unos asuntos legales y de momento trajo a colación este asunto y le dije:…«pero es que eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.» «Si, pero es que me acordé de momento y no quiero que se te olvide que me debes unos jueyes.»

En ese momento, recordé la bondad de Ibarra al darnos la oportunidad de arrancar e irnos, ante lo que era un caso claro de escalamiento de jueyes.  De hecho, muchos años después, en toda mi vida adulta, le recordé a Ibarra su noble gesto para con unos “jóvenes delincuentes”.

Descanse en paz el amigo Fernando Ibarra. Tremendo ser humano.
Mis condolencias a la familia.
RIP

 © Dante A. Rodríguez Sosa, 2016

La Llorona: / anécdota por Dante A. Rodríguez Sosa

Llorona 2 (3)

En enero de este año, con motivo de una afección pulmonar mi hijo, que ejerce la medicina en la zona de Arecibo, me recluyó en uno de los hospitales de dicha ciudad.

Sucedió que estando allí asilado, una noche escuche una lloradera y unos quejamientos  que al parecer venían desde la estación de las enfermeras.

Los quejidos y lloriqueos no paraban. Los lamentos no me dejaban conciliar el sueño.

Vencido por el cansancio me quedé dormido, hasta que de madrugada la enfermera de turno me despertó para sacarme una muestra de sangre.

Entonces le pregunté por el lloriqueo y los quejamientos que por horas escuché esa noche.., y con pasmosa tranquilidad me contestó:

─ No se preocupe que usted no es el primero que escucha a La Llorona. Murió llorando y quejándose en la cama que usted ocupa. Las cámaras la han retratado en varias ocasiones caminando por los pasillos.

Me quedé petrificado. Sin poder hablar, salí lentamente de la cama y me senté en la silla del cuarto, hasta que llegó mi hijo y le conté…

Con una ahogada carcajada gutural, me dijo: «No te apures, te estoy dando de alta ahora mismo»

© por Dante A. Rodríguez Sosa

Coincidencias / Roberto López

Cuando era niño, en mi pueblo había mucho espacio para potrear y siempre tenía conmigo la escopeta de colcho que no mataba ni el hambre, pero alimentaba mis fantasías de tenebroso vengador de la colonia.

Inundaciones puente de los poleosUna vez, debajo del puente de Los Poleos, traté de navegar una charca en una balsa improvisada con tablas apolilladas. Por mala suerte encallé antes de llegar a lo otra orilla y caí por la borda en las garras de una inhóspita arena movediza. Ya estaba hasta el cuello… y en un trance entre la vida y la muerte, que hasta vi mi esquela mortuoria y una violetera repartiendo flores sobre mi tumba. Suerte que mi amigo Gulliver, extendió sus enormes brazos para retrasar el desenlace de mis días.

Eso aconteció en el mismo lugar y muchos años después de que a mi abuelo Juan lo rescataran vivo cuando el rio proceloso lo arrastró hasta allí. Dicen que mi abuelo después del rescate caminó descalzo hasta el negocio de Luna y allí celebró la vida con ron Palo Viejo. El charco se chupó mis zapatos, también caminé descalzo hasta el ventorrillo de Luna y pedí un mabí.

©Roberto López

El Río Seco

por Roberto López

El olor a pólvora todavía circulaba el aire cuando Guillo Mono regresó de Cerrillo con una hermosa piedra, de color amarillo latón que estaba rajada por la mitad.

A mi amigo Güisín no le quedó una chispa de duda que aquello era oro.

Atrás quedaron las fracasadas y ciegas  excursiones sabatinas en busca de La cueva del indio. Ese sábado nos arrojamos a la desesperada búsqueda del preciado metal y fuimos para el Cerrillo donde dinamitaban los montes para construir la autopista. Allí con cada explosión, el oro parecía caer del cielo y llenamos dos sacos de piedras hermosas.

Queríamos regresar antes que cayera la noche y nos cruzara el paso el látigo negro, el jacho centeno o un chulo con corva en mano. Por eso enterramos el tesoro y marcamos el escondite con osamenta y mierda de vaca y regresamos de prisa para El Malecón.

Al día siguiente recogimos nuestra fortuna y bajo el candente sol arrastramos aquellos sacos de piedra por 5 horas desde Las Marías hasta Borinquen. El río seco era como un desierto y remolinos de arena castigaban nuestras caras hiriendo los ojos y la boca.

No sé si era la fiebre de oro o la sed, pero Güisin deliraba cuando dijo que iba a comprar un unicornio de color negro azabache, con silla de plata y riendas de oro para ir a Las Ochenta a conquistar unas  muchachas guerreras, que según Guillo Mono, tenían la piel canela, los labios carnosos, el pelo sedoso y unas curvas de diosa.   Yo tenía los pies firmes sobre la tierra, y solo entretenía la idea de ir para las machinas y comprar cien taquillas para mí y para Nancy, una rubia del caserío que me tenía loco y la que siempre quise que se montara en el gusano conmigo en pos de un primer beso.

Dejamos de hablar aquellos disparates de bucéfalos y amazonas cuando divisamos, con la ansiedad del que  descubre un oasis, una humilde casa a la entrada de Borinquen, donde una señora de porte agradable vendía guarapo de caña envasado en canecas. Llegamos hasta allí y pedimos tres canecas para cada uno y ofrecimos pagar con una piedra que seguro era suficiente para que ella se comprara una lavadora de ropa, una estufa de gas, un traje nuevo y con todo y eso le sobraría un montón.

Ella en cambio, nos regaló una sonrisa y una caneca del delicioso néctar y llamó a Paíto para que fuera el ministro de las malas noticias. Paíto era un melonero que había viajado mucho.  En esos viajes por los campos del norte adquirió mucha sabiduría y era gran conocedor de metales preciosos, cosa que atestiguaba su dentadura de oro que cuando él se reía, opacaba al sol.

Y se nos nubló el cielo por su risotada después que nos dijo que las piedras eran oro del bobo.

No todo fue perdido, pues la viejita nos compró los dos sacos de piedra por cincuenta centavos. Y le ayudamos a espetar en la tierra una vara de junco que usó para ondear orgullosamente una bandera verde y blanca que le trajo Cachola el independentista. Las piedras y sus destellos de esperanza sirvieron de base y apoyo para que el junco jamás se doblegara ante los vientos del norte.

De regreso al Malecón vi a Nancy montada en el “manubrio” de la bicicleta de Josecito.  Y con el corazón roto fui y le pregunté a Guillo Mono si era verdad lo de las amazonas en Las Ochenta.

©Roberto López

El sueño / Roberto Quiñones

gran-danes1Pocas veces sueño, pero cuando los tengo son de película.  La otra noche soñé que me encontraba en la Ciudad Perdida de mediados del siglo 20, cuando apenas  contaba con diez años de edad.  Durante ese viaje reviví tantos momentos gratos. Vi… al viandero Don Pulín  en su carreta repleta de viandas haciendo su recorrido diario por la barriada.  Observe a los nenes de Borinquen bañándose en la pluma pública que existía al final de la calle.  Me deleité escuchando la música de don Eusebio Rosa, el hombre orquesta del barrio, quien tocaba la guitarra, hacía sonar con la boca una armónica y con los pies controlaba  la percusión.

Pero el sueño se concentró en el perro de Dandy y Nelly, mis vecinos inmediatos. Era un perro de gran tamaño, mezcla de un Gran Danés con una perra sata del vecindario que en una noche de celo brincó la verja de la casa para disfrutar de su momento.

El perro de mis vecinos no solo intimidaba a los moradores del vecindario por su tamaño sino también por sus constantes ladridos que se oían hasta en la Plaza Las Delicias molestando con ellos la paz del día y la noche.

Al perro le llamaban Florencio y verdaderamente era un animal precioso pero no del agrado de los que allí vivían, ni de los merodeaban el lugar. Tal era el caso del deambulante Cacho que en ruta diaria a la barriada Borinquén pasaba por el lugar armado de una buena vara para su defensa personal.

En el vecindario se comentaba que el perro estaba poseído por un ser que reencarnó en este. Se decía que por obra maléfica la bruja del barrio le dio la facultad al animal de comportarse como el mismo diablo.  El supuesto ser que lo poseía era arrogante y se creía la última Coca-Cola del desierto. Por eso actuaba de forma irrespetuosa con todo el mundo  y por su tamaño y mezcla de raza se creía ser el dueño de la Ciudad Perdida, como todo un Gran Danés…

Pero todo tiene su final… Un día persiguiendo a Fifí, una perra callejera que también por allí se paseaba, esta compartió con el engreído Gran Danés un alimento que alguien proveyó enriquecido con una fuerte substancia llamaban “bola”.  Desde ese momento dejaron de oírse los terribles ladridos del que se creía ser un Gran Danés a pesar de llevar la sangre de una Chinga Puertorricencis…

 

©Roberto Quiñones

Anécdota de un secretario y guía turístico / Roberto Quiñones Rivera

TirismoHace varios años atrás mi compadre y concuñado, Nandy Rodríguez y Yo, decidimos hacer un viaje de placer junto a nuestras esposas a una país muy concurrido por los puertorriqueños.

Ya establecidos en el hotel decidimos salir a explorar el ambiente. Para sorpresa nuestra se acercó un joven y se ofreció como nuestro secretario para ayudarnos con la carga de lo que compráramos. En realidad no nos sorprendió su ofrecimiento ya que notamos de inmediato que el chico era muy educado y decidimos permitirle que cargara los paquetes y nos acompañara por la ciudad.

Verdaderamente fue un acierto tenerlo con nosotros. Se conocía al dedillo la ciudad y la historia de su país. Muchos detalles que tanto Nandy, como yo, conocíamos del país los comentábamos y sorprendía como era capaz de responder, aclarar y abundar sobre los mismos.

Como indique al principio nuestro grupo estaba compuesto de gente mayor y acompañados por nuestras esposas. Este joven se comportaba de manera extraordinaria y se ajustaba a nuestros pedidos de lo que queríamos ver y al tiempo que queríamos dedicarle. Varias veces se le dijo que no era necesario que nos acompañara todo el tiempo si no eran de su agrado los lugares que queríamos visitar, pero nunca quiso dejarnos solos. Al amanecer ya estaba en el vestíbulo del hotel esperando por nuestro grupo.

Cuento esta historia como una anécdota porque el chiquillo, del cual no recuerdo su nombre, en un momento donde se entabló la conversación clásica, ya que las esposas estaban retrasadas, de que los puertorriqueños iban a ese país pendiente a cierto grupo de féminas dedicada a complacer al hombre visitante, el chico, demostrando vasta experiencia, nos dijo que también conocía ese campo.

Sorprendidos por su afirmación y para matar nuestra curiosidad, porque solo fue curiosidad, le preguntamos que sabía de ese campo. El sin pensarlo mucho dijo que dejáramos a las niñas entretenidas en el hotel y complacía nuestra curiosidad. Por supuesto simplemente la curiosidad nos permitió seguir preguntando sobre el tema, en lo que las esposas bajaban del cuarto.

Para probar su conocimiento le pregunté cuánto me costaría una odisea en ese campo. Me respondió que hiciera una oferta para determinar el sitio adecuado. En forma de broma le digo que disponía únicamente de cinco dólares, de inmediato reaccionó indicando que eso sería para una porquería. Yo le digo entonces que hasta cien. Su reacción entonces fue de imposibilidad de su parte porque esa oferta seria por la chica del Presidente. En ese momento bajaron nuestras esposas y cambiamos el tema.

©Roberto Quiñones Rivera

Los pollitos de colores / María Charito Ibarra

pollitos de coloresOcurrió hace muchos años mientras los niños disfrutaban las vacaciones de verano. Cuatro hermanitos recibieron de regalo un pollito de color para cada uno. El padre trajo a la casa las nuevas mascotas en unas bolsitas de papel con rotitos para que pudieran respirar y evitar que se asfixiaran.

Los pollitos recibieron trato especial. Desde alimento adecuado hasta dormitorios hechos de caja de zapato para que durmieran cómodos; cada pollito tenía su habitación. Los niños se deleitaban escuchando el “pio, pio” de los nuevos miembros de la familia y hasta los corrían por toda la casa para ver cuál de los pollitos era el más veloz. Pero, lo que nadie imaginó fue que a pesar del amor y cuidado que se les ofrecía a los pollitos, su destino final terminaría tristemente por la natural curiosidad de uno de sus dueños-una niña voluntariosa quien quiso hacer más de lo que los pollitos realmente necesitaban.

Sucedió que una tarde, a la hora de la siesta, mientras todos dormían, la niña curiosa transporto a los pollitos hasta una pileta de concreto colocada detrás de las casas, al lado de la lavadora, lugar para iniciar los trabajos de limpieza del hogar y lavar ropa. Asumiendo que los pollitos tenían calor, y que un baño refrescante les vendría bien, la niña sumergió a los pollitos en agua y luego los echo a la lavadora. La niña en su curiosidad, prefirió hacerlo en secreto pues pensó que esto era lo debido y apropiado. Los pollitos tuvieron que dar muchas vueltas en la lavadora, pues para sorpresa de la niña, estos salieron mareados, vomitando, con los ojos al revés y temblando de frío. ¡Que tristeza! ¡Que dolor para aquella niña! ¡Y que crueldad para los pollitos!

Entre el llanto de la niña y el “pio, pio” desgarrador de los pollitos despertaron a todo el que estaban tomando la siesta. La madre y la abuela corrieron a ver que había sucedido. Cuando llegaron a la escena se dieron cuenta de lo ocurrido. La niña fue castigada y quedo en su cuarto por el resto del día. La niña seguía triste y lloraba diciendo, “es que yo quise refrescar a los pollitos porque tenían calor.” Pero los pollitos seguían como locos y arrebatados. Mientras tanto, la madre y la abuela de la niña trataban de salvar a los pollitos, pero estos perecieron antes de caer la noche. La niña lloraba de dolor por lo que hizo pero más lloraba por el dolor que causo a sus hermanitos y por la represalia que venía de su papa cuando este llegara a casa de su trabajo.

Antes de echar a los fallecidos animalitos al zafacón se les rezo un Santo Rosario de difuntos con todo y letanías, para ejemplarizar el respeto a la vida que merecen todas las criaturas del universo.

Maria “Charito” Ibarra

El barbero cascarabia / María del Carmen Guzmán

En los velorios de pueblo se escuchan las mejores historias de personajes pueblerinos ya idos. Las que reproducimos aquí, querido lector, son remembranzas de barberos.

Llevaban largo rato hablando de los barberos que hubo en el pueblo, hombres como don Tomás, don Frank y otros cuyos nombres ahora se me escapan.

— El barbero más rebelde que tuvo este pueblo fue Mare, dijo Pedro Juan, aportando su grano a la conversación.

¡Ja…, Mare! Rieron todos de muy buena gana.

Hubo un momentáneo silencio, cada uno sumido en su memoria rebuscando los recuerdos  con dicho barbero. Tras el silencio comenzó  la mejor historia barberil que haya escuchado.

Recuerdo que un día, se apresuró a decir uno de los tertuliantes, mientras esperaba que llegara mi turno, el cliente a quien recortaba le pidió:

—Arrégleme la barba, por favor—. A lo que Mare ripostó gruñón:

— ¡No le toco la cara a nadie!

Y cuando alguien traía un niño a recortar decía,

¡Aquí no me traigan niños, que yo no brego con niños!.

Deo puso la mano sobre su cabeza rapada como queriendo revivir su experiencia en la barbería de Mare.

—Un día, agarro mi cabeza con los cinco dedos de su mano, la volteó inclemente, primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Pasó por mi cuello la vieja navaja de acero cuyo filo había desaparecido con los años deslizándola hacia arriba y luego hacia abajo. Cuando intenté enderezar mi cabeza, recibí un fuerte golpe en la misma acompañado de un: “¡Que no te muevas, te dije!” Que me dejó atontado.

—Cuando terminó el recorte, tomó alcohol y lo derramó sobre mi maltrecho cuello que estaba al rojo vivo. Me dejó ‘loco y sin idea— finalizó Deo entre risas y carcajadas que llenaron el ambiente y por unos instantes todos olvidamos la pena.

Pedro Juan retomó la historia de Mare diciendo:

—Salía del trabajo y aprovechaba para darme un recorte antes de regresar a casa. Al sentarme en la silla, tiró Mare la capa sobre mí y exclamó con aspereza:

—La gente viene sin bañarse y apestosos a sudor. ¡Luego quieren que uno haga Milagros!

Las horas trascurrían reviviendo el pasado.

Así son los velatorios de la gente humilde de pueblo.

©María del Carmen Guzmán

April fools day (Día de los tontos) / María del Carmen Guzmán

 Los norteamericanos celebran el día de los tontos el primero de abril de cada año. Nosotros, contrario a ellos, pensamos que “todos los días se  tira un tonto a la calle.”

Este primero de abril desperté lista para la lucha diaria. Como “Superman” o su contra parte “Wonder Woman.” Vestida con la armadura de los hombres de este siglo, me levanté de la cama lista para atacar la adversidad que fuese. Pero sucedió lo que jamás pensé pudiera sucederme.

Recibí una llamada telefónica pidiendo información sobre mi hijo. Hice algunas preguntas y al quedar satisfecha con las respuestas, le indiqué que ésta no era su residencia y le di su número de  teléfono para que se comunicaran con él directamente.

Cuando me disponía a salir de la casa, recibo un correo electrónico indicando que mi pedido a través del internet fue procesado y un débito fue cargado a mi tarjeta de crédito. En lo que me tomó dilucidar que no había comprado absolutamente nada por internet usando la tarjeta de crédito, apareció otro cargo y en lo que me tomó llamar al banco, apareció el tercero.

Histérica por el tiempo transcurrido antes de que me contestará un ser humano, le grité a la gente de servicio al cliente:

―Alguien está comprando con mi tarjeta de crédito, por favor hagan algo.

―¡ Cálmese señora y permítame ayudarle!

―Tenemos que cancelar su tarjeta ―dijo sosegadamente.

― ¡Cancélela, pero dese prisa antes de que me agoten los míseros dólares que me quedan!

En otro lugar del universo, tras las rejas de una prisión, se reunía un grupo de confinados en su centro de operaciones  cibernéticas a la hora de comunicación con sus familiares.

― ¡Busquemos otro tonto que ya esta descubrió el “truquito” y el día apenas comienza!―le gritó un confinado a sus compinches.

 

©María del Carmen Guzmán

Una de las anécdotas de Héctor Lavoe / María del Carmen Guzmán

 “Yo tenía una Luz que a mí me alumbraba…[1]

 Durante la época navideña, el ya desaparecido Club Salinas contrató a Héctor Lavoe para dar un concierto en nuestro pueblo.

Como era su costumbre, llegó tarde.

Para “colmo de males,” tan pronto comenzó a cantar nos quedamos a oscuras.

Sin micrófono y “a cappella” cantó:

“Yo tenía una Luz que a mí me alumbraba, Yo tenía una Luz que a mí me alumbraba, y venía la brisa y fuá y me la apagaba…”[2]

Fue lo único que pudo hacer para mantener a los pocos espectadores, interesados.

María del Carmen Guzmán

 


[1] Yo tenía una Luz que a mí me alumbraba-José Donato y Alfonso Vélez

[2] Ibid