Los viejos tambien mueren de soledad / Lucia Cruz

Mientras esperaba en una oficina de gobierno, vi llegar a una señora, bastante mayor, con su hija. Al parecer vivían juntas. La hija sentó a su mamá a mi lado y se fue a hacer gestiones. Comenzamos a conversar. Tenía 91 años, era extremadamente linda y educada. Hablamos de historia y le enseñé una foto de Mamá Merín. La ancianita parecía estar muy a gusto con la conversación, hasta que su hija abnegada nos interrumpió:
-Mami, nos vamos.
—Pero… ¿para dónde?
– Mami, que nos vamos.
—Pero… ¿para casa?
-¡Ay, ya deja la preguntadera! Vente, mami.

La viejita no podía levantarse sola.

— Ah, ¿ya me voy? Es que ella y yo estábamos conversando mucho (sus ojos me miraron con agradecimiento).
–Ah, pues ¿qué quieres? ¿te dejo con ella?

La hija le hizo la pregunta con un tono grotesco.

La señora, sin poder y con mi ayuda, se levantó, me dijo: “encantada”, con ojos brillantes y una sonrisa inocente permanente; pero fugaz, porque su sangre la agarró y de un tirón la alejó de mí.
No pude contener unas lágrimas pasajeras, pues en aquellos minutos, también fui sometida a la soledad de la vejez.

©Lucia Cruz

Al despertar / por Roberto Lopez

Nos llamaron del asilo geriátrico porque al tío de la negra lo agolpearon en la sala de juegos. Dijeron que algún sentimiento amoroso lo impulsó a robarle un beso a una anciana y ella le dio un bastonazo.

Al llegar al asilo lo encontramos en la cama en estado inconsciente y a punto de entregarse.

La viejita que lo agolpeo vino a disculparse y cuando entró al cuarto sucedió un milagro. El tío despertó y sin disimular su alegría murmuró unas palabras dirigidas a la señora. Habló como un niño en dialecto extraño, que días después supe que era friulano, un lenguaje que él no hablaba desde los tres años.

La señora insistió en que le tradujera las palabras del Viejo. Ella estaba pintadita y arreglada como fina muñeca de porcelana y aludiendo una viaja frase le dije “El tío dice que a la edad que usted transita, su belleza es una obra de arte”
Ahora me echan la culpa, porque esos dos locos se quieren casar…

©Roberto López

Títán / Marinín Torregrosa Sánchez

A la memoria de Ramón (Moncho) Torregrosa, trabajador del cañaveral que estuvo con nosotros plenamente conciente casi 101 años

El cañaveral que fue tu afán

A machetazos venciste

Y a galope como jinete galán

La adversidad superabas

Sudando melao de cariño

Cuando tu amor regalabas

Tú también callado, erguido

Igual que la chimenea

De la hacienda azucarera

Como abuelo consentido

Cuentas a solas el tiempo

De los afanes ya idos

Centenario ya cumplido

Eres Moncho, noble Titán querido.

*

Marinín Torregrosa Sánchez

Con la colaboración de Sergio A. Rodríguez Sosa

Vejez campesina / por Jovino González

Rechina la vieja mecedora bajo su peso. Conversa consigo mismo,

“¿Mujer, por qué te marchaste? !Sabías lo que me esperaba! !Perdona!, no fue tu voluntad, tu jamás me hubieras abandonado. Los muchachos se mudaron todos a esa cárcel grande que llaman ciudad.”

“Trataron de que me fuera con ellos pero apenas pude resistir la semana que pase allá sin oír los coquíes, el cantar del ruiseñor ni de noche ver las estrellas.”

“!Si pudieran venir más a menudo a verme!, pero les queda demasiado lejos mi casucha.”

Se levanta y entra. Le pone la tranca a la puerta. Se tira en el camastro, cierra los ojos y casi en un sollozo dice,

“!Quizás mañana… dolerá menos la vida!”

© Jovino González

 

Fricasé de conejo / por Roberto López

Conrado era un poco viejo con rizos blancos y piel bronceada por el sol. Trabajó por muchos años lavando coches en un garaje del pueblo.  Todas las tardes solía llegar a la fonda de mi abuelo para que le llenaran la fiambrera. Le gustaba hablar mucho de su padre y siempre pedía que avanzaran porque el viejo estaba solito y hambriento.  Mientras esperaba por la orden, cantaba salmos, bien bajito, como para no molestar a nadie. 

Se me hacía que para Conrado, su viejo era todo.

“Mi apá hoy quiere carne guisa”,  “Mi apá quiere bacalao”,  “Avanza que apá me espera”, “ Mondongo  no, que se enferma mi apá”. 

De alguna manera me enteré que hacía mucho tiempo el viejo pasaba los días en su lecho de enfermo.

Un día le pregunté a Conrado, “ Oye y tú, tienes mujer?  “Apá es lo único que tengo, Y yo lo baño, lo afeito, lo visto,  lo calzo, lo mimo y le cambio el colchón”  me dijo cantando.

Cuando pasó una semana sin ver a Conrado, le pregunté a Conejo si sabía algo de él.  “A Conrado le dio una pendejá repentina”, contestó.

Ese tipo de pendejaces  causan embeleso, y entonces  hice una de esas preguntas de las que uno no quiere la contestación.   “Ah, qué será de la suerte del viejo?”  

Conejo parecía reflexionar con los ojos fijos en la botella. Para él la suerte del viejo ya estaba echada y con la misma liviandad que se espetaba los tragos, susurró  “fuego al colchón”. 

Como es posible evocar esa cruel sentencia?  Tal vez la poca fe o quizá fue un entendimiento colectivo concebido en el culo del mundo?  No sé. 

Solo sé que Yo estaba amolando un hacha para picar  gandinga, pero me antojé de fricasé de Conejo.

©Roberto López

Los misterios de la vida / Roberto Quiñones Rivera

Mi querida suegra Doña Pancha tiene 106 años y ya está encamada.  Dada su condición y ancianidad solo Dios nos dirá hasta cuándo podremos disfrutar de su presencia física.  La visito todos los días y durante esas visitas he sido testigo de muchas expresiones de ella que ha dejado perpleja a toda la familia.  Me consta de propio conocimiento el oírla hablar de hechos no conocido por ella. Supuestamente se ha enterado por medio de su esposo fallecido hace cerca de treinta años con el cual, según ella, conversa con frecuencia.  Un ejemplo de esas  misteriosas comunicaciones es una donde expresa que su fallecido esposo la puso en conocimiento de la muerte reciente de uno de sus yernos, hecho  que por razón de no agravarle su condición no se le informó a ella.  Sorprendentemente un día, estando presente sus hijas, nos dio un discurso de consuelo a todos por la muerte de su yerno.

Pocos saben cuan “pesado” es para nuestros ancianos el vivir tantos años.  No les es pesado porque son muchos años sino porque han sido de mucha responsabilidad.  Primero son el centro, columna y apoyo de sus familias, y en ocasiones de familias numerosas.  Luego viven preocupados por la gente de la comunidad  que les rodea y después por todo el mundo.  En su evolución como ser humano de la preocupación pasan a la oración constante.  Cuando les empieza a fallar la memoria entran a la reflexión y la comunicación espiritual directa.  Etapa muy personal, tanto así que los que están a su alrededor no sabrán nunca el contenido de esa comunicación, excepto aquellos que les rodean que tienen la misma sensibilidad y pueden percatarse de la importancia de lo dicho.

Estas personas vivieron en su vida grandes luchas y en todo momento confiaron plenamente en el Señor. Esa confianza los condujo a triunfar en la vida.  Cumplieron con los mandamientos, fundamentos, conceptos, y preceptos del mensaje divino.  Lo hicieron de la forma más humilde y sincera; cosecharon amor porque eso fue lo que sembraron.

Se habla de la demencia senil y el Alzheimer y es cierto que el organismo se deteriora, pero el alma o espíritu no.  Por eso es bien importante estar bien pendientes de lo que expresan en estas últimas etapas de sus existencia porque en sus “desvaríos” pueden decir cosas muy ciertas y como no son lógicas para nosotros no le damos importancia.  Cerramos así una ventana a la sabiduría que nos brindan los misterios de la vida.

 Personalmente para mi esta experiencia, que vivimos todos a diario con mi suegra, ha sido algo extraordinario para nuestro crecimiento espiritual.  Percibo a cada momento que ella está abriendo un camino espiritual, no solo para ella, sino para todos sus seres queridos. 

 ©Roberto Quiñones Rivera

Con la sensible colaboración de Adminda Pérez.

El Puerto Rico “denantes” / Juan Carlos Ramos

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Sumido en sus pensamientos sentados en el balcón,
una pareja de ancianos contemplaban el atardecer,
en el pueblo de Rincón. Un ruido ensordecedor los sacó de su visión.
Con gran bulla y por la acera dos jóvenes de esa juventud burguesa,
arrastraban un “boom box”, escuchando un reggaetón!
Se miraron los ancianos elevando sus miradas.
¡Qué drástico cambio a la Isla del Encanto habría de sobrecoger!
¿A dónde fueron Tavárez, Pedro Flores y Morell?
No se oye ya a Rafael, ni el canto del jibarito,
que de mañana se oía, cuando arreaba los bueyes para salir a vender.
 
No se habían percatado del tiempo que había pasado.
Mirando a los jóvenes, perderse acera abajo
con sus cuerpos ya violados por tatuajes y ropaje,
y volvieron a sumergirse, en los tiempos ya pasados.
¿Te acuerdas, le dijo ella, las reuniones del domingo,
toda la familia presente, y los vecinos del frente
también eran invitados? Las viandas y el bacalao, siempre decían presente,
y no faltaba el mabí en pote de metal bien frío
y sin ningún desvarío el café negro al final
cada cual tenía en mente. No marcábamos, dijo él, nuestros cuerpos,
para indicar nuestro amor. De nuestro amor fue testigo el árbol de flamboyán
donde escribí yo con afán tu nombre al lado del mío.
Le dijo ella: Me acuerdo también viejito
que de vez en cuando, nos dábamos un traguito.
Ah, pero con moderación. Que para encender nuestro amor,
solo bastaba la chispa prendida en el corazón…
No poseíamos carro, contestó él, ni falta que nos hacía.
Porque a la luz de la luna, y cogiditos de mano
llegábamos a nuestro destino cuando así se disponía.
La política no era perfecta nunca lo fue ni será.
Pero no faltaba más que ahora con insultos,
calumnias, tiros y gritos, se forja nuestro destino
y no se sabe mañana lo que aquí sucederá.
Hombres como Muñoz, Antonini, Concepción,
Garcia-Méndez y otros, nos miraban a los rostros
debatiendo con honor. El público de su fervor
con sapiencia y alta estima, mirándolos en la tarima,
tomaba su decisión. No había televisión
que ninguna falta hacia. El radio con sus programas
de poesías y boleros,  llenaba nuestros corazones
de amor pasión y fantasía, y esto nos permitía
gozarnos la vida en pleno. Los periódicos, del bochinche
no devengaban dinero. Tampoco eran los voceros
del partido en el poder, y nunca dieron su integridad a torcer,
con tal de ser los primeros. Nuestras playas, añadió ella, arenas blancas.
Nuestro mar nítido y bravío. Y como lo dijo ya el bardo,
después del rigor y el duro estío nos esperaban las aguas
del tranquilo y manso río.
 
Caía el anochecer, se escucharon los coquíes.
 Las estrellas salieron a coquetear
con el sol (que al final del arduo día), ya se iba a descansar.
La pareja se levantó del sofá con miradas de querer.
Y le dijo ella a él con guiñada picaresca:
Vamos ya a acostarnos. Ya se fue el atardecer.
Nuestra vida ha sido plena aunque fue duro el quehacer.
¡Pero para cómo está la Isla ahora, viejito,
no quiero yo, ni espero que tu, tener que volver a nacer!
 
© Juan Carlos Ramos, 2007