Hallazgos arqueológicos de principio del siglo 20 en Salinas, Puerto Rico / por Francisco Meléndez Santiago

Serie Testimonios

Salinas fue reino del cacique Agüeybaná, cacique indio principal de Borikén, cómo llamaban a Puerto Rico, tenía en los valles extensos de Salinas a su lugarteniente, él también cacique Abey.

Debemos recordar que el máximo jefe indio era Agüeybaná, fue hermano del caudillo de la primera sublevación de los indios contra los españoles en Puerto Rico y tan pronto como fue muerto fue sustituido por Gueybaná[1], siendo este joven y valiente, preparado para combatir a muerte a los conquistadores.

Salinas fue parte del cacicazgo de Borinquen conocida con el nombre indígena de Abeyno y bajo el gobierno del cacique Abey.  Es decir, en Salinas como en otros pueblos del país floreció la cultura india cuya religión consistía en rendir culto a la naturaleza o el totismo, adorando las plantas, los animales y pájaros.

Sin embargo, tenían la creencia en un dios superior llamándole Yucayú[2], el cual creían reinaba en los altos picachos y era el dios del bien.

Creían también en un espíritu del mal llamado Juracán[3], palabras adaptada al castellano para designar los ciclones antillanos. Creían en fantasmas y en que los espíritus de los muertos regresaban a la Tierra de cuando en cuando.

Los Cemís eran los dioses titulares de los indios, eran hechos de barro[4]. Nos mueve el anexar esto, ante recuerdos de Salinas, el haber leído recientemente el hallazgo del cemí, más grande encontrado en la región sur cerca de Salinas.

Eso me llegó a los años 20, siendo mi abuelo don José Maldonado, mayordomo de la Hacienda Margarita. Recibió una orden del superintendente de la Hacienda Carmen don Paco Colón, a ponerse a las órdenes brindando hombres y equipo para una tarea de exploración bajo el mando de un arqueólogo norteamericano[5] con permiso de la Central Aguirre.

Así se hizo y el arqueólogo eligió la zona detrás de la vieja escuela del Bo Playa, llegando al mar Caribe, donde antes existía una cadena de ancla de goleta amarrada en la orilla, se creía había pertenecido a un barco del pirata Cofresí, al atracar al litoral para enterrar un tesoro.

Extrajo el arqueólogo una especie de plano, ordenando a los obreros cavar en forma de un rectángulo. A una profundidad como de 15 pies ordenó la detención de los trabajos. En la Central Aguirre se había fabricado una caja rectangular, de acuerdo con las medidas ordenadas por el explorador.

Se trajo al sitio, se colocó sobre el terreno preparado para la tarea y con una plancha de hierro se viró con toda la tierra adentro, se clavó y se llevó a la Central Aguirre. De ahí en adelante, pudimos asegura se trataba de un tesoro indio ya que no se informó sobre el contenido de la caja. Lo afirmamos porque después de abandonado el sitio dejaron una escalera, por la cual acompañados de unos compañeros de juego, bajamos al fondo de la excavación y encontramos un reguero de cosas indias.

Salimos y regresamos con una caja de madera donde se traía el gas (kerosene) y lo llenamos de esas cosas.  La noticia se esparció y llegó a oídos del doctor Montalvo Guenard[6], médico en Salinas y arqueólogo, residiendo en la calle de Ponce, donde todavía se encuentra la escalera de su residencia destruida por un incendio. Al contemplar el doctor Montalvo, lo que el cajón contenía, quedó maravillado y nos ofreció unos dólares por ellos. En nuestra inocencia se los vendimos creyendo haber realizado el mejor negocio, y creemos fueron a ingresar más tarde al museo indio del doctor Montalvo Guenard, el mejor privado de Puerto Rico. Había Cemíes, dándonos cuenta de ello años después al leer sobre el particular.

Recordamos que en la hacienda Margarita vivía una señora (espiritista) [que] fue al sitio y cayó en trance obsesionada (según ella) por un jefe indio. ¿Sería acaso el cacique Abey?

Creemos, tal vez todavía puedan existir personas en Salinas (Bo Playa) de nuestra edad pudiendo recordar el evento histórico en la lejanía de las memorias y el tiempo.

A pesar de los años pasados (68) todavía si no se han construido hogares en el sitio, nos atrevemos a señalar el sitio de la excavación. No sabemos si existe allí todavía la vieja cadena de la vela de la goleta atribuida a Cofresí.

©©por Francisco Meléndez Santiago

Tomado del libro del autor Añoranzas de mi pueblo Salinas, ©1991.  Este texto fue escrito en la segunda mitad de la década de 1980.

Notas por Sergio A. Rodríguez Sosa.

 

[1] También conocido como Agüeybaná, el Bravo (1470-1511)

[2] Yúcahu es una de las deidades de la mitología taína, también llamado Yokahu Vahya Maorocoti e hijo de la diosa Atabey o Atabeira y que habitaba en el Yunque.

[3] Juracán en la mitología caribeña era una deidad femenina, la señora de los vientos, que era conocida como Guabancex. Era una diosa malvada que dominaba las tormentas y vivía en el país de Aumatex, cacique de los vientos.

[4] Los cemís también se hacían con textiles y labrados en madera, hueso y piedra.

[5] Probablemente se refieren a las búsquedas arqueológica de las primeras décadas del siglo 20 en Salinas realizadas por el joven Samuel K. Lothrop, hijo de uno de los dueños bostonianos de la Central Aguirre, inspirado quizás por el afamado arqueólogo estadounidense de esa época Jesse Walter Fewkes, autor de estudios sobre los aborígenes de Puerto Rico y de las Antillas frutos de sus excavaciones en el sur del país.

[6] José Leandro Montalvo Guenard (1885-1950) médico, arqueólogo e historiador que según el censo de 1920 vivía en la calle Unión #90 de Salinas (llamada también calle de Ponce) con su esposa Bertha Krider Gebhart y sus hijos Ethel, Carlos y Rafael. A partir del primero de noviembre de 1919 fue electo al Consejo administrativo de Salinas como comisionado de Sanidad y Benificencia. Su libro más conocido lleva el título “Rectificaciones histórica: el descubrimiento de Boriquén”

 

Sucesos históricos de la política en Salinas

por Roberto Quiñonez Rivera

Recientemente publiqué un retrato en Facebook que trajo grandes recuerdos a varios amigos de los años juveniles.  El pasado es fuente de inspiración para retrotraernos a los recuerdos que añoramos provocados ya sea por una imagen, un escrito o el comentario de un amigo en las redes sociales.

En el verano, específicamente el 22 de julio, Salinas conmemora el aniversario de su fundación municipal, en este caso 179 años.  Usualmente aprovecho la ocasión para traer a conocimiento de muchos jóvenes situaciones ocurridas en la historia de nuestro pueblo que la mayoría desconocen, pero que comparan con situaciones que en este momento vemos pasar en nuestro país.

Volviendo a las redes, mis amigos, Dante, Nono, y Edelmiro entablaron una conversación relacionada con un suceso acaecido en nuestro pueblo hará cerca de 50 o más años, el evento de una división del Partido Popular Democrático que llevó a la creación de un partido local que se le conocía como “La Palmita” del que realmente yo no tengo recuerdo alguno pero mis amigos, menores que yo, por supuesto, tienen muy buenos recuerdos.  Entonces yo, al cucarme estos tres, me dije voy a buscar algo que sea histórico. Lo encontré en los Libros de nuestra hoy llamada Legislatura Municipal antes conocida como la Asamblea Municipal.  Encontré algo que considero se debe compartir para que los lectores vean que en el pasado ocurrieron situaciones similares a las que hoy ocurren en el mundo de la política.

Exactamente el 4 de marzo de 1940 el gobernador de Puerto Rico de esa época, William D. Leahy, basándose en una intervención a nuestro municipio por parte de la Oficina del Auditor de Puerto Rico, se entera de que el alcalde de nuestro pueblo don Francisco Ortiz, supuestamente había violado la ley municipal y le fórmula 18 cargos. Francisco Ortiz, hombre de grandes quilates, muy querido por ser hombre humilde, honrado, y de buenas costumbres ejercía el oficio de zapatero cuando incursionó en la política.  Fue electo alcalde por abrumadora mayoría en las elecciones de 1936 como candidato del Partido Socialista de Puerto Rico.

El auditor de Puerto Rico, en la auditoria del municipio de Salinas, encontró que el alcalde reclamó, mediante facturas supuestamente falsas, el costo de lo que pagaba por los alimentos que consumía cuando tenía que realizar gestiones oficiales inherentes a su posición en las oficinas centrales del gobierno en el área metropolitana.  Los costos reclamados nunca sobrepasaron los 25 dólares, pagados de su bolsillo, y por supuesto estaban incluidos los alimentos de quienes le acompañaban en las gestiones oficiales.  De los 18 cargos sometidos 17 de ellos eran gastos de alimentos consumidos en los restaurantes La Mallorquina y El Mesón.

El cargo número 18 se le achacaba porque supuestamente habían arreglado un vehículo privado con fondos públicos, cargo que fue desestimado inmediatamente que se investigó a la persona que dio la orden sin que el alcalde tuviera conocimiento alguno.

Los cargos sometidos por el gobernador pasaron a la Asamblea Municipal para que fuera ese cuerpo el que determinara si se sostienen los cargos en contra del alcalde. La asamblea mediante resolución aprobada en sesión extraordinaria celebrada el 18 de marzo de 1940 decide comenzar un proceso de interpelación “impeachment” en contra del alcalde.

El 2 de abril de 1940, en sesión extraordinaria de la Asamblea, una batería de abogados compuesta por los Licenciados Juan Valdejully Rodríguez, Luis F. Camacho, Leopoldo Tormes García, Lic. Cabreras y Tomás Bernardini de la Huerta, era la defensa del alcalde.   El Gobernador estuvo representado por el Lic. Fernando Gallardo Díaz, Fiscal de Distrito de Guayama y por el Oficial Jurídico Carlos H. Juliá, quienes llevarían la parte acusatoria.

Luego de varias sesiones de interpelación la defensa logró probar las circunstancias de los diferentes viajes objeto de dudas señalados por el auditor.  También la defensa pidió se citarán al senador del Partido Liberal del Distrito de Guayama, don Julio Benvenutti, como también a don Ignacio López, miembro activo del Partido Popular Democrático, y a don Guillermo J. Godreau, hacendado del área y candidato a senador por la Unión Republicana por el distrito de Guayama.  Estos caballeros de diferentes ideologías políticas a don Francisco Ortiz, que era Socialista, sirvieron de Testigos de reputación en defensa del alcalde.

El 30 de diciembre de 1940, en sesión extraordinaria, la Asamblea Municipal de Salinas de forma unánime determinó que la buena fe del Gobernador fue sorprendida por la información llevada y absuelve totalmente de toda responsabilidad al alcalde don Francisco Ortiz permitiéndole completar su término como primer mandatario de Salinas en enero de 1941.

©©Roberto Quiñones Rivera.

Julio de 2020

Episodios históricos salinenses: La huelga agrícola de 1920 en Salinas

por Danilo Cruz Miranda

En el cementerio de Salinas existe un monumento funerario olvidado que da fe de la lucha desigual entre obreros hambrientos de justicia y las poderosas corporaciones extranjeras. Han transcurrido más de dos siglos de historia salinense y es prudente dar constancia de sucesos que enaltecen y dan contenido social al carácter y personalidad de este pueblo.

La historia de Salinas se desarrolla alrededor de una extensa zona agrícola que, a partir de la llegada de las tropas norteamericanas en 1898, hasta pasadas más de la mitad del siglo XX, se dedicó, casi exclusivamente, al cultivo de la caña de azúcar. Por lo tanto, puede decirse que la historia moderna de ese municipio estuvo inmersa en la zona ardiente del cañaveral. Como consecuencia en 1920 el movimiento obrero llegó a la mayoría de edad en la historia del sindicalismo en Salinas.

Este artículo es un bosquejo de ese periodo inicial del siglo XX, y en particular, la huelga agrícola de 1920 así como la trágica jornada obrera en las proximidades al río Niguas a la altura de la colonia Isidora propiedad entonces de la familia Sécola.

El 1898 marcó en comienzo de una transformación económica cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días.  Desde entonces los grandes consorcios azucareros desplegaron su dominio por todo Puerto Rico creando un modelo económico desigual, divorciado de justicia social.

Por primera vez en la historia de Puerto Rico se formaba una clase trabajadora amplia que desarrolló intereses definidos. La aparición de esa clase obrera es el punto de arranque de una organización y lucha sindical y política intensa en el país. Una de las primeras páginas heroicas de ese movimiento es la huelga agrícola de 1920.

La existencia de ese proletariado y las penosas condiciones socioeconómicas de principio de siglo propiciaron la formación de un movimiento obrero militante.  Entre los líderes obreros salinenses de esas primeras décadas del siglo pasado cabe mencionar a Francisco Ortiz, Máximo Santiago, Miguel Ten, Eduardo Soto, Jesús Sánchez, Juan Alvarado, Jorge Gautier y Agustín de Jesús. Se menciona de manera espacial a Leopoldo Semidey, que en opinión de don Felipe Suárez, un trabajador de la antigua Central Caribe que, en entrevista realizada a mediados de la década de 1970, expresó que Semidey era reconocido como un indómito luchador comprometido con los derechos de los obreros.

Entre los objetivos de aquel liderato obrero se pueden señalar los siguientes:  acabar con el agrego, abolir los salarios de miseria, reducir la jornada de trabajo, terminar con los atropellos de Aguirre Sugar Co., la cual por intermedio de capataces y mayordomos ultrajaba a diario la dignidad de los obreros; y poner fin a la injusta explotación de que eran víctimas.

La huelga agrícola de 1920 reclamo de los trabajadores grandes sacrificios, inclusive vidas. La mañana del 18 de febrero de 1920, aproximadamente a las 9:00. Al final de la calle Monserrate, pasado el río Niguas se desató un incidente desafortunado entre policías y trabajadores que concluyó en tragedia. Dos obreros desarmados que defendían junto a sus compañeros el derecho a la huelga resultaron asesinados por la policía.

Pedro Márquez y Francisco Santiago, dos obreros del cañaveral se convirtieron en los primeros mártires de la lucha sindical.  Según informa el boletín Unión Obrera, fueron ultimados por Francisco Franceschi y Francisco Vélez, jefe y cabo de la policía de Salinas respectivamente.

La huelga de 1920 adquirió enormes proporciones. En todo el país ocurrían combativas manifestaciones en las centrales azucareras, y el gobierno aliado del capital, desató la represión contra los obreros en huelga.  Para reprimir a los huelguistas y proteger a los rompehuelgas se envió a la fuerza de choque de la policía, conocida entonces como “la jaula de los leones”; efectivos paramilitares que invadían los cañaverales con camiones abiertos llenos de policías. De esa manera reprimían el movimiento sindical en huelga y les aseguraban a los colonos y centralistas la tranquilidad y el poder para retardar el conflicto obrero-patronal en perjuicio de los trabajadores, ahogados en la miseria y el hambre.

El día de los sucesos en el Río Niguas fueron encarcelado injustamente veinticinco obreros.  Los locales de la Federación Libre de Trabajadores y del Partido Socialista fueron igualmente intervenidos sin ninguna justificación legal. A pesar de la represión policiaca, el pueblo, indignado por los asesinatos y atropellos, se lanzo a las calles para evidenciar su repudio y manifestar su total apoyo a la causa obrera. Aunque la protesta popular no evitó que los crímenes del gobierno quedaran impunes perdura como ejemplo de indignación, sentido humano y solidaridad ante el asesinato y la injusticia.

En el cementerio de Salinas se levanta un monumento funerario olvidado que da fe de la lucha desigual entre obreros hambriento de justicia y las poderosas corporaciones extranjeras. Esa tumba, abandonada a los estragos del tiempo, y los carcomidos periódicos de la época, son testimonios, junto con los descendientes de los obreros que vivieron los hechos, de la veracidad e importancia histórica de la Huelga Agrícola de 1920. Dan constante testimonio de un periodo escrito con sangre y lágrimas; pero con coraje y del valor de un pueblo que supo indignarse ante la injusticia.

©© Danilo Cruz Miranda. El autor es un salinense radicado en el área metropolitana vinculado al movimiento sindical de Puerto Rico.

Foto de Edwin Ferrer

El terremoto de 1918 y la ciudadanía estadounidense


por Rafael Rodriguez Cruz

El 10 de octubre de 1918, nada parecía amenazar la situación general de Puerto Rico bajo la recién impuesta ciudadanía estadounidense. Sí, un gran contingente de puertorriqueños fue forzosamente reclutado para las operaciones bélicas y de apoyo a las tropas estadounidenses entre 1917 y 1918. Pero, al menos en la isla, estos fueron años de extraordinaria bonanza en la industria del azúcar. El volumen de las exportaciones de Puerto Rico al mercado estadounidense desafiaba todos los records anteriores. Además, ya las mismas tropas boricuas destacadas fuera del país intuían que el fin de la guerra estaba cerca. La gigantesca ofensiva alemana de la primavera de 1918 rindió muy pocos frutos en el Frente Occidental y, a partir de agosto, se hizo patente que Alemania sería derrotada. La celebración no tardaría en llegar.

El 11 de octubre de 1918, a las 10:15 A.M., sin embargo, la situación cambió dramáticamente para Puerto Rico. El primero de un ramillete de terremotos golpeó la costa del noroeste. Aunque se sintió por toda la isla, Mayagüez, Aguadilla, Añasco y Aguada fueron los pueblos más afectados. Tuvo una magnitud de 7.1 en la escala MMS y fue seguido de un tsunami que provocó muertes y destrucción en el área oeste. La isla seguiría temblando por todo un mes, incluyendo un temblor en octubre 24 y otro bien fuerte en noviembre 12.

De acuerdo con el informe del gobernador militar de Puerto Rico, Arthur Yager, murieron enseguida 116 personas y 241 resultaron heridas. Las pérdidas en propiedad ascendieron a $3,472,159, y de estas casi 40% fueron edificios públicos, incluyendo escuelas. Como si fuera poco, el terremoto fue seguido de manera rápida por una intensa epidemia de gripe que en poco tiempo cobró 10,888 vidas.

Firmado el armisticio el 11 de noviembre de 1918, comenzaron a llegar a Puerto Rico, según el gobernador Yager, contingentes gigantescos de trabajadores que habían sido reclutados a la fuerza para trabajar en Estados Unidos, como parte del esfuerzo bélico. Además, se inició la desmovilización de los soldados. Esto creó una crisis de desempleo y marginalización de la población acabada de llegar de la guerra.

¿Qué hizo el Congreso de Estados Unidos ante este cuadro de muerte y destrucción imperante en Puerto Rico? ¿No se trababa acaso de ciudadanos estadounidenses que, por la fuerza, tuvieron que participar en el conflicto bélico europeo? ¿Qué de las propiedades destruidas, incluyendo las escuelas? El mismo Yager contesta la pregunta de manera incisiva: “Congress did not see fit to make any appropriation to aid in this relief or reconstruction work”. O sea, ni un centavo de ayuda. La única alternativa que quedó fue el endeudamiento masivo del gobierno local y las municipalidades. Eso en agradecimiento a un pueblo que había sido forzado a pelear en la Primera Guerra Mundial.

El caso más triste fue el de las facilidades escolares destruidas por el terremoto. Aquí la legislatura colonial le pasó la “papa caliente” a los municipios y juntas escolares. Una resolución conjunta aprobada el 10 de diciembre proveyó para la deuda municipal y escolar, como mecanismo fiscal para reconstruir las escuelas.

Al gobernador Yager no se le puede acusar de haber albergado simpatías por la nación de Puerto Rico. Él fue, precisamente, el principal proponente de la ley Jones, que impuso la ciudadanía sobre la población puertorriqueña. Sin embargo, hay en su mensaje anual de 1919 una cierta ambigüedad que merece destacarse. Por un lado, Yager tiene un lenguaje duro para la decisión del Congreso de negarle ayuda a Puerto Rico ante la tragedia de destrucción y muerte de 1918. Del otro, habla con un cierto afecto de un grupo de boricuas que sí salieron, en medio de la crisis a ayudar al país: los soldados boricuas acabados de llegar de la guerra.

Agrupados en lo que se conocía como el “Porto Rico Regiment of Infantry”, estos fueron asignados desde 1917 a batallones racialmente segregados. Siempre bajo el mando de un comandante blanco, los oficiales menores y suboficiales eran boricuas. A pesar de la llamada ciudadanía estadounidense eran víctimas del racismo y el abuso al interior del ejército.

Pues bien, Yager reconoce que, ya de regreso en la isla, estos soldados, una y otra vez vilipendiados por el imperio, no titubearon en dar la mano con el esfuerzo de reconstrucción de Puerto Rico. La nobleza obliga. Ahora no estaban peleando por una ciudadanía ajena e impuesta, sino por la patria que los había visto nacer. A ese regimiento perteneció Don Pedro Albizu Campos.

Rafael Rodriguez Cruz

Héroes proletarios del sureste : mártires de las huelgas cañeras del siglo 20

por Rafael Rodriguez Cruz

Pocas personas conocen el sureste de Puerto Rico, desde Salinas a Maunabo, como mi primo Reuben Rivera Cruz. Siempre lo consulto y siempre verifico los datos “oficiales” con él. Lo interesante es que es un conocimiento que le viene, en no poca medida, de su personalidad. Desde que éramos jovenzuelos inseparables en la región, visitando lugares permitidos y prohibidos, noté que Reuben que tenía un gran don para escuchar a la gente. Conozco pocas personas con esa cualidad, especialmente porque le brinda la misma atención al pobre que al rico, al loco que al cuerdo. El resultado es que mi primo guarda en su cabeza montones de historias, que recogen la vivencia de la gente del sureste tal y como se las narraron en primera persona. A eso se añade un poder de observación envidiable, acompañado de su curiosidad por los detalles. Con la edad, pienso yo, las cualidades que aquí describo se han refinado. De él he aprendido, por ejemplo, que de nada sirven los datos de la historia escrita si no hay referencias visibles en la cotidianidad.

Así fue como, el otro día, en su merodear incansable por la región de Guayama, se encontró con un punto de referencia muy interesante. Lo cito: “Caminante, como soy siempre, mientras buscaba la tumba de mamita Julia (nuestra bisabuela), me topé con este panteón totalmente abandonado. Me estuvo curioso que las placas fueran en bronce y opté por leer el contenido, enterándome del evento que conmemoraron en el año de nuestro nacimiento, 1953. Sería super buscar más información y rescatar el momento acontecido. Caminante”.

Dígame usted, a quién se le ocurren estas cosas, de irse por el cementerio de Guayama, bajo ese sol que le fríe el cerebro a cualquiera, en un día de semana en que no hay ni piragüero, a conducir investigaciones históricas. Pues, bien, y para no dilatar más el asunto, comprueba Reuben que estas son las tumbas de los héroes proletarios que Marta Aponte menciona en su libro sobre Aguirre. Lo recito, como si fuera mi relato, que es algo que vengo haciendo desde hace tiempo con las narraciones fantásticas de mi primo: “Hoy de regreso de Jacksonville, donde estuve visitando a nuestro hermano Papo, continúe con la lectura del Libro PR3 Aguirre, de Marta Aponte. En el capítulo 6, relata parte de la historia acontecida durante la huelga de la caña de azúcar, en que menciona dos personas asesinadas en la misma: un tal Justiniano Ortiz Aponte y un tal Delfín Alicea Sánchez. Ambos están enterrados en la fosa común del cementerio de Guayama”.

Hablamos de la idea de encontrar a los familiares de estos héroes proletarios de la región y de arreglar la tumba. Sería penoso, me dice, que se quede en el olvido. A ver si encontramos quien nos dé la mano. La nobleza obliga…

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Los antepasados: ¿Quiénes vivían en Salinas en 1870? / por Sergio A. Rodríguez Sosa

En el Archivo General de Puerto Rico (AGPR) nos topamos con varios documentos sobre las cédulas de vecindad de Salinas. Dos de ellos tenían la lista de los vecinos a los que se les expidió ese documento de identidad, uno de tantos tipos de ID como lo son hoy el certificado de nacimiento, la licencia de guiar, la tarjeta electoral y el número de seguro social.   Los aficionados a la genealogía valoran este tipo de documento pues es un medio para rastrear los antepasados.

Crear registros de los habitantes de una localidad es una práctica implantada desde tiempos remotos.  Se formaban esas listas de nombres con la finalidad de mantener controlado a los moradores y acreditar la entrega de los tributos, en fin, para la seguridad y el financiamiento de los gobernantes

Los primeros sistemas de identificación personal se conocieron como salvoconductos y se expedían a mandatarios, clérigos, navegantes y mercaderes.   Existían distintas categorías de salvoconductos para facilitar viajar de un lugar a otro bajo la protección de una autoridad superior.

Las identificaciones personales surgen en el siglo 18 sustituyendo los salvoconductos interiores quedando como pasaporte para la movilidad entre naciones. En España las cédulas de identidad quedaron instituidas en 1854 en toda la península y sus colonias de ultramar. Se les conoció primero como Padrón de vecindad o cédulas de vecindad y a partir de 1874 pasaron a ser denominadas cédulas personales.

Las cédulas personales eran un documento obligatorio para toda persona de 15 años o más.  El registro se llevaba a cabo anualmente y recogía datos relativo a la persona como: nombre y apellidos, estado civil, trabajo, domicilio, lugar de nacimiento, provincia y el tipo de cédula y su costo. Los alcaldes y comisarios de barrio eran responsable de inscribir a todos los habitantes que determinaba el decreto real. Mediante la cédula se clasificaba la población según su nivel económico. Las cédulas las emitían los ayuntamiento o autoridades provinciales.  El costo de la cédula dependía del nivel económico del portador por lo que necesariamente había mucha gente que no la obtenía.  Sin embargo, este documento había que presentarlo obligatoriamente en todo tipo de tramite con el gobierno. No tenerlo afectaba grandemente a las clases excluidas. Como remedio a esa situación posteriormente se emitían gratuitamente, aunque usualmente no se registraba la totalidad de los individuos de una jurisdicción.

No se expedían cédulas a los menores de 14 años, ni tenían que pagar por las mismas los pobres de solemnidad, los peregrinos, los trabajadores que subsistían con el jornal diario y tampoco viudas y huérfanos con pensiones menores de 1.500 reales.

El documento que aquí presentamos es el registro de cédulas de vecindad del Municipio de Salinas correspondiente al año de 1870. El registro recoge datos de 862 personas que residían en Salinas en dicho año y que pagaron el costo de la cédula.  Hay que mencionar que en esa época en el territorio de Salinas vivían como menos tres veces la cantidad de personas a los que se le emitió cédulas personales. Cabe reiterar que se excluida del registro los menores de 14 años y que usualmente una buena cantidad de personas por diversas razones y extrema pobreza no se preocupaban por obtener la cédula personal.

El documento que hacemos disponible seguramente levantará la curiosidad de aquellos que consideren encontrar algún antepasado en la lista. Si usted piensa que su familia tiene raíces en tierras salinenses hace más de 130 años puede entretenerse hojeando las páginas de esta lista.  En mi caso, en la lista aparece mi tatarabuelo Francisco Ortiz al que se le expidió su cédula de vecindad el 20 de enero de 1870, cuando por su certificado de defunción se calcula que tenía 49 años.

ver: Registro de cédulas de vecindad de Salinas, 1870

Sergio A. Rodríguez Sosa

Fuentes consultadas:

AGPR. Documentos municipales. Guayama. Caja 58b.

España. Cuerpo Nacional de Policía. La cédula de vecindad (1854). 18 dic. 2017. (Consultado en: http://cnpjefb.blogspot.com/2017/12/la-cedula-de-vecindad-1854.html)

Fiestas Patronales 2018

*Alrededor del 8 de septiembre de cada año se celebran en Salinas las Fiestas Patronales dedicadas a la Virgen de la Monserrate.  Esta fiesta centenaria se celebró por primera vez del 29 de agosto al 8 de septiembre de 1854.

En 1851 se logró construir en Salinas un templo de madera, paja, tapicería y argamasa (Tesauro de datos históricos de Puerto Rico, 1995)  en el cual se celebró en septiembre de 1854 la primera novena a la Virgen de la Monserrate. Era cura párroco José Monserrate Lugo y el alcalde Francisco Martínez.

Como era costumbre a la novena la acompañaba la verbena, que es la fiesta popular nocturna al aire libre con música, baile, bebidas y refrigerios. Cercano al primer aniversario del huracán María hay que recordar que a lo largo de la historia de las patronales de Salinas el aviso de tempestades tropicales obligaba a suspender las fiestas dejando con ganas a los salinenses de disfrutar de los espectáculos y bailes programados.

Aunque esta tradición va perdiendo terreno en todo Puerto Rico frente a otros festivales la fama y colorido de las fiestas patronales de antaño quedan plasmadas en las artes y la literatura puertorriqueña.

Aquí presentamos un programa de las Fiestas Patronales de 1984 que brinda  una idea de cómo se celebraba esa tradición en Salinas en la segunda mitad del siglo 20.

Ver programa

por Sergio A. Rodríguez Sosa

Filosofía caribeña y creación literaria en el sureste de Puerto Rico / por Rafael Rodríguez Cruz

La negritud es el polo definitorio de las relaciones raciales en el sureste de Puerto Rico.

Según Hegel, las cosas son susceptibles de muchas definiciones. Todo depende del aspecto que se destaque. La labor de la filosofía consiste precisamente en servir de guía a quienes trabajan en la formulación de distinciones sobre lo real. Es decir, a los historiadores, escritores y poetas.

Pocas regiones de Puerto Rico han sido objeto de tanto esfuerzo de definición como el sureste. No es para menos. Entre 1898 y 1932, la comarca vivió un gran drama. Podríamos definirlo como el drama de la producción de azúcar en gran escala. Tal definición, si bien va al punto, deja de lado aspectos cruciales de lo vivido en la zona durante esos años. En primer lugar, podemos mencionar el aspecto cultural, resultante de la interacción entre la negritud caribeña y el criollismo de ciudades como Guayama. Las élites de esa región, gente de ascendencia europea variada, se enfrentaron siempre a una negritud expresamente antillana, también de ascendencia isleña diversa. Sí, sobrevivieron ambas tradiciones, pero al final la negritud fue la de mayor energía cultural. Los ricos del sureste eran de origen español, francés, anglo y hasta canadiense. Pero los negros del litoral, además de sus raíces africanas, mantuvieron viva la gran espiritualidad afroantillana de lugares como Haití y Martinica. El negro, por su bagaje cultural y su visión de mundo, fue quien mejor se adaptó a nuestra geografía y clima. La negritud es el polo definitorio de las relaciones raciales en el sureste de Puerto Rico.

Igualmente importante fue el aspecto literario del drama regional de esos años. El sureste fue el epicentro de la gran poesía escrita de Puerto Rico durante la primera mitad del siglo XX, particularmente en las obras de Lloréns y Luis Palés Matos. Líricamente ciclópea, la obra de ambos fue temáticamente extensa. Esto fue importante, pues no hubo aspecto de nuestra identidad espiritual que el imperialismo no acorralara con intención genocida. Lloréns, primero, y Palés, después, cobijaron en sus versos y prosa los elementos básicos de nuestra identidad de pueblo antillano. ¿En qué consiste el ser boricua?; esa era la interrogante. En muchos sentidos, estos dos escritores fueron nuestros grandes filósofos de la primera mitad del siglo XX. La filosofía, por razones del imperialismo cultural anglosajón, se refugió en la literatura.

No se puede caer en la sordidez. La filosofía puertorriqueña, es decir, la interrogante acerca de quiénes somos espiritualmente, encontró en Lloréns y Palés dos intelectuales gigantes. No solo fueron pilares fundamentales de la creación literaria en el sureste, sino que dieron definición a la poesía nacional y a la temática de la identidad. El tema de la negritud, por ejemplo, está presente en la lírica y prosa de ambos. Con Llorens y Palés quedaron «puestos para el pensamiento» los momentos centrales de nuestro paradigma de pueblo antillano culturalmente enfrentado al imperialismo más poderoso del planeta. Estos autores hermanaron la literatura y la filosofía. Lloréns nos dio, en su metafísica, la idea de la puertorriqueñidad pura. Palés, en su visión dialéctica, nos legó la idea del Estar, como elemento de la identidad. Del criollismo crepuscular del juanadino, al Estar en boricua del guayamés, de la metafísica a la dialéctica.

Más recientemente el sureste se ha posicionado a la vanguardia del renacer cultural y literario de la isla. Me atrevo a incluir en este proceso tanto a las nuevas expresiones de la bomba de la región, con su contenido francoantillano, como el reciente libro de Marta Aponte, PR 3 Aguirre. De nuevo, todas las cosas, incluyendo las experiencias humanas, son susceptibles de múltiples definiciones. En PR 3 Aguirre, Aponte nos brinda una visión, literariamente engalanada, del diario vivir de los personajes que construyeron (y combatieron) la gran industria y sociedad del azúcar. El sustrato de lo que hemos llamado “el gran drama del sureste” es el azúcar, pero esto adquirió materialidad a través de la actividad pensada de seres humanos concretos.

Despojado de todo adorno social, es decir, en su expresión más básica, el drama del sureste implicaba la siempre mal comprendida geografía de la región. Nos referimos al capricho del capital monopolista estadounidense de transformar el litoral en una vulgar fábrica de azúcar para la exportación a gran escala. Ese proyecto chocó de inmediato con la topografía, hidrología y clima del sureste. Árida y seca en su exterior, la costa que va de Santa Isabel a Yabucoa es uno de los sistemas ecológicos más delicados del Caribe. Además, es parte integral de la cordillera de montañas que le quedan al norte, y de cuyas aguas se nutre gracias a las empinadas montañas. El gran drama del sureste fue, y sigue siendo, también el agua. Al fin y al cabo, para producir una libra de azúcar se requerían, en 1915, cuatrocientos galones de agua.

Tanto impresiona echar un vistazo al mar Caribe desde los elevados picos de la Cordillera Central, como observar la muralla de montes desde la costa. Llanos y montañas son aquí dos colindancias tajantes, sin miramientos y sin transiciones. El agua dulce las une. Poco se piensa en esto, o sea, en la geología y geografía del sureste. En la costa escasea el agua; en los montes, abunda. Por su configuración topográfica, los ríos de la región son secos y breves. Andan siempre con prisa. Tan pronto se crecen con una llovizna, como desaparecen en sus cauces llenos de piedras volcánicas. Derechito al mar se va el agua, con una prontitud que asusta. La sequedad, la aridez es lo que define el sureste; sí, pero no es una sequedad cualquiera. Es un truco de magia: «Basta un palmetazo de lluvia para que todo despierte a un mágico verdor. Es como una ilusión, como un espejismo vegetal y radiante que apenas dura un momento», al menos eso dicen en Guayama. El sureste es la región de la literatura mágica de Puerto Rico. Uno de los componentes esenciales es el agua; el otro, la dialéctica de raza.

En su novela Litoral, Palés Matos nos da su noción de que «pueblo es acomodación básica entre raza y paisaje». Durante siglos antes de la colonización no hubo en la región sureste otro elemento cultural que no fuera el susurro indígena de la «leyenda del Guamaní». Incluso el negro, traído por la fuerza bruta de los conquistadores después del exterminio de los taínos, se adaptó a la fingida infecundidad de los suelos. Allí, todavía abiertas las heridas de los latigazos del mayoral, el negro encontró una forma de desenvolverse como en su propia casa. El europeo, sin embargo, nunca dejó de ser un extraño en las jóvenes tierras: «En el proceso original de nuestra formación psicológica, nos encontramos con dos fuerzas cardinales en lucha: una, la actitud hispánica, huidiza, inconforme, inadaptable; otra, la actitud negroide, firme y resueltamente afincada en el ambiente nuevo».

A partir del 1898, y ante la perspectiva de enriquecimiento con la gran siembra de caña de azúcar para la exportación, lo que antes había sido una lucha contenida en los límites de un imperio decadente, devino una terrible tragedia. El sureste, con sus suelos áridos pero fértiles, sería en adelante tan solo un objeto, una cosa, una mercancía. Para el capital estadounidense, la naturaleza semidesértica del litoral no era más que otra oportunidad de doblegar las fuerzas del medio ambiente, de someterlas a la voluntad del hombre moderno y su ciencia objetiva. Había que traer agua a los llanos de la costa sur, por los medios que fuera.

Miradas con el corazón abierto y de frente, particularmente desde la bahía de Jobos, los topes de la Cordillera Central nos obsequian la imagen de un animal alargado en reposo. Lo que vemos es su espalda extendida, como ocurre al observar un caballo joven y fuerte reposando en el suelo. Entre 1900 y 1915, precisamente durante la época en que discurre el drama social de que nos habla Marta Aponte en su libro, el hombre blanco, con su tecnología y ciencia, perturbaría la paz milenaria de esos campos. Buscando el agua dulce, siempre necesaria para la producción de azúcar, los nuevos capitalistas invasores ascenderían el cauce del río Guamaní con la misma mentalidad violenta del antiguo conquistador español, sometiendo el majestuoso Carite a sus designios. No es que el agua no llegara nunca a la costa; es que la magia del río Guamaní no le encajaba a las necesidades regularizadas de la producción de azúcar.

Para hacer su voluntad, el nuevo invasor no tardó en revertir por la fuerza los cauces y riachuelos de toda la región montañosa de Guayama. Al río de la Plata, acostumbrado como estaba a desembocar en el norte, le puso un bozal en la boca y lo obligó a mirar al sur. Como si se tratara de domar a un joven alazán, le puso gríngolas, le amarró sus patas y su crin. No conforme con eso, apresó sus remolinos y creó lagos y represas en una región hasta entonces desprovista de aguas estancadas. Igual suerte correría, entre 1909 y 1929, toda la hidrología dulce en las altas montañas que van de Patillas a Villalba, casi una quinta parte del país. Había que mirar al sur, porque el sur ahora pertenecía al norte imperial.

La época de oro de la industria azucarera de Puerto Rico comprende los años 1915-1932. Durante ese periodo, las fuentes de agua dulce del sureste fueron expoliadas para alimentar las necesidades de las centrales estadounidenses. El proceso, en realidad, no tenía mucho de original. Algo análogo ocurrió en Estados Unidos, en las regiones semiáridas de las Grandes Llanuras. Eufemísticamente, se le bautizó con el término «reclamación» y se aprobaron leyes para reclamarle a la Madre Tierra los terrenos desprovistos naturalmente de humedad. ¡Casi como si la naturaleza hubiera incumplido un vulgar contrato! El agua es vida, decían los pobladores originales de las Grandes Llanuras, acostumbrados a sequías tan severas como las del sureste de Puerto Rico. Mas, de lo que se trataba a principios del siglo XX era de industrializar la agricultura sobre bases capitalistas. El campo habría de convertirse en una extensión de la fábrica urbana. Para ello, el capital contaba entre otras cosas con la máquina de vapor, invención que se aplicó tanto a los tractores de arado como a las operaciones de extracción de agua subterránea en las vastas extensiones de las Llanuras del Sur de Estados Unidos. En Puerto Rico, dada la configuración topográfica del sureste, con llanos contiguos a inclinadas pendientes de montes repletos de agua, se recurrió a la irrigación por gravedad.

El término irrigación por gravedad puede llevarnos a un error. Ciertamente, la irrigación no llegó al sureste de Puerto Rico con la invasión del 1898 y las compañías azucareras estadounidenses. Los españoles eran internacionalmente famosos por sus técnicas de diseño de riego y, como era de esperarse, en la isla se empleó la irrigación por canales desde principios del siglo XIX. Pero lo ocurrido entre 1906 y 1932 fue otro asunto, tanto en escala como en fundamento tecnológico. Aquí no se trataba ya de crear líneas de riego con métodos artesanales, bellamente diseñadas y respetando la tradición agrícola europea; sino de alterar la hidrología de una cuarta parte de la isla, o sea de su corazón montañoso, para suplir millones de galones de agua a los cultivos y modernas centrales azucareras estadounidenses. Esto solo se podía hacer sobre la base de la gran industria y con métodos industriales modernos.

Justamente entre 1909 y 1929 se utilizó en la isla la tecnología capitalista más avanzada para la remoción de tierra y creación de lagos y represas. En total se construyeron ocho grandes lagos artificiales, con sus lagunas secundarias, que vendrían a conformar el sistema de irrigación del sureste. A eso hay que añadir todo el sistema de canales, tuberías y túneles subterráneos para la conducción del agua. Realizar esa empresa gigantesca suponía el uso de las grandes máquinas de vapor de principios de siglo XX. Y así se hizo. En particular, el gran capital se las ingenió para subir, imaginamos que por la fuerza bruta, poderosas locomotoras de vapor a los picos de las montañas más elevadas de nuestra Cordillera Central. Conocidas como «dinkey trains», estas máquinas formidables transportaban la tierra extraída de los montes, para así hacer espacio a millones y millones de galones de agua represadas. Aún hoy, en pleno siglo XXI, estos montes solo son accesibles por carretas estrechas; de hecho, mal pavimentadas y a una altura de 3,000 pies sobre el mar. Miles y miles de trabajadores raquíticos y padeciendo de anemia fueron movilizados por contratistas estadounidenses y del patio que se subdividieron repartieron porciones específicas de las obras de construcción, incluyendo la transportación y abastecimiento de materiales de construcción. Dice la gente más supersticiosa del centro de la isla que los quejidos desgarradores de las mulas, arrastrando sus pesadas cargas por las empinadas montañas, aún pueden escucharse en las noches sin luna de Villalba.

En rigor, la edificación de la obra del riego del sureste se extendió por dos periodos, de 1909 a 1914 y de 1924 a 1929. Fue financiada mediante la emisión de bonos a nombre de la colonia, o sea, por el endeudamiento obligatorio de los súbditos del imperio, que quedaron empeñados por 46 años. El costo total, con intereses, no ha sido cuantificado, pero es probable que represente billones de dólares en precios actuales.

José Martí solía decir que «es ley que anuncia lo uno en lo alto, y lo eterno en lo análogo», que todo organismo que invente el ser humano, y avasalle o fecunde la tierra, esté dispuesto a semejanza de los seres humanos. Efectivamente, el sistema de riego creado entre 1906 y 1929 en el sureste de Puerto Rico es una copia o imagen muy cercana del sistema sanguíneo de un hombre o una mujer. Las arterias y venas naturales del flujo hidrológico de nuestras fértiles montañas fueron sustituidas por venas y arterias de concreto y metal, muchas de ellas subterráneas, otras suspendidas en el aire a 1,000 pies de altura; a través de las cuales se logró forzar a presión el agua para que moviera las poderosas turbinas de generar electricidad, uno de los componentes esenciales de los modernos sistemas de riego. Del lago El Guineo, por ejemplo, a 900 metros de altura sobre el mar, sale todavía una tubería de 36 pulgadas de ancho que desciende rápidamente por 200 metros de distancia, en un proceso de progresivo achicamiento, hasta no tener más de 18 pulgadas. Esa caída forzada de agua, genera 300 libras de presión y entra de cantazo en lo que se conoce como la planta hidroeléctrica Toro Negro II. Allí mueve los generadores de electricidad, que ya en 1937 producían 4,320 kilovatios. El azúcar era el principal consumidor de electricidad, tanto para el bombeo de agua a través de 40 millas de sembradíos, como para operaciones auxiliares en la central.

Más abajo, en lo que constituye una de las obras de ingeniería hidrológicas mejor pensadas en la historia de Puerto Rico, se encuentra lo que quizás sea la válvula más importante del sistema de irrigación del sureste. Se trata del splitter, o caja de separación, en la que convergen tres grandes arterias de tuberías de metal y canales, que recogen el agua de tres municipios de la región montañosa del centro de Puerto Rico: Ciales, Villalba y Orocovis. Por el lado occidental del splitter, o cámara de cemento, entran las corrientes de dos represas secundarias (Las Delicias y la Mina) localizadas a 750 metros de altura sobre el mar. La caída es de 100 metros por una tubería de 24 pulgadas, formando, pocos metros antes de entrar, la antigua represa Toro Negro. Por el lado oriental, ingresa, a modo de chorro ruidoso, el agua de la represa Matrullas. Aquí también hay una caída de 100 metros por una tubería de 24 pulgadas. A Matrullas se unen, por el camino, las corrientes de tres represas secundarias, conocidas como La Torre, Molina y Navaja.

Sin embargo, la verdadera carga de presión llega por el centro del splitter; mediante un orificio por el cual penetra el agua proveniente del lago El Guineo, una vez ha movido las turbinas de la planta Toro Negro II. En el interior de la caja de convergencia, las corrientes se juntan en un remolino potente que, por virtud de la ley de gravedad, no tiene otro remedio que escaparse por la entrada de un tubo 42 pulgadas, para caer ahora 500 metros más. La imponente tubería se achiquita progresivamente, de 42 pulgadas a 30, hasta llegar a la planta hidroeléctrica Toro Negro I. De allí, y solo después de mover las turbinas poderosas de Toro Negro I, con sus tres generadores de miles de kilovatios, la corriente va a parar a los lagos Toa Vaca y Guayabal en la cuenca del río Jacaguas. El agua de esos dos embalses suple el canal de Juana Díaz, el embalse de Coamo y todo el sistema de regadío de Santa Isabel, la parte occidental del sistema del sureste. Carite y Patillas, en el extremo oriental de la región, hacen lo suyo para suplir la costa que va de Salinas a Arroyo. Así, por este medio, se completa el sistema de riego del sureste. Gravedad, remolinos, válvulas y presión, ¿qué son estos sino los mismos principios del sistema circulatorio de los seres humanos? Todo el sistema parece la obra de un cirujano que ha implantado, con precisión, venas, arterias y hasta un corazón monumental y mecanizado en el cuerpo de la Cordillera Central de Puerto Rico.

El pensamiento formalista, insistía Hegel, se aferra a las categorías del pensamiento y las toma como fijas, carentes de movimiento. Así, la sociología en nuestro país, incluyendo la progresista, adoptó la visión equivocada de que la producción de azúcar en el sureste era una actividad esencialmente agrícola. Por eso, el análisis de la conexión interna del sistema de riego con la moderna acumulación de capital no se estableció nunca. La verdad es otra. Entre 1898 y 1930, el sureste de Puerto Rico fue convertido en una gran fábrica, comprensible únicamente por el enlace entre sus partes. Las labores de siembra y cosecha, conducidas por métodos capitalistas de fundamento manufacturero, suplían la caña que era molida en una fábrica de alta tecnología casi automatizada. En la base de toda esa actividad estaba la «producción» de agua para usos de la agroindustria. No es que crearan artificialmente el agua; es que por medio de un complejo sistema de riego automatizado (la energía de la gravedad es tan poderosa como el vapor) suplían una de las materias primas fundamentales que entran en la producción de azúcar: el agua. Tan avanzado, o por así decirlo tan industrial, fue el sistema de riego creado entre 1909 y 1929 que aún hoy, casi un siglo después, continúa funcionando, como si fuera un corazón artificial que bombea agua dulce y pura por todo el sureste. Un verdadero autómata.

Y es, precisamente, la base industrial de nuestro sistema de riego lo que explica que compañías como Monsanto y Dow Growers lo hayan integrado a sus gigantescas operaciones agroindustriales en la isla en pleno siglo XXI. Apenas tuvieron que reparar las viejas compuertas y lagunas de retención. El sureste de Puerto Rico sigue siendo objeto de codicia del gran capital que produce alimentos para el imperio. Toda la región es una gran fábrica que concentra la población más pobre y proletarizada de Puerto Rico.

¡Acompáñenos, lector o lectora, al lado sur de la represa El Guineo, en las colindancias de Ciales, Villalba y Orocovis, los montes más elevados de la Cordillera Central de Puerto Rico! Allí, al sur del hermoso y gigantesco lago, está la placa de 1929 que conmemora el trabajo de los ingenieros directores de la magna obra. Pero ¿y qué de los trabajadores, de las miles de vidas proletarias que trabajaron en ella? ¿No fueron estos acaso los verdaderos héroes? ¿Y qué de las mujeres que subían los empinados montes para llevar comida y trabajar en la construcción? ¿Es que acaso no importan? Ya lo decía José Martí, al hablar de las manos proletarias que crean las grandes obras de la modernidad, aun bajo la esclavitud capitalista: «Oh trabajadores desconocidos, oh mártires hermosos, entrañas de la grandeza, cimiento de la fábrica eterna, gusanos de la gloria».

¿Qué filosofía y literatura podían surgir, entonces, en medio de tanta violencia económica y ecológica por parte del invasor en el sureste? ¿Qué podían hacer nuestros poetas y escritores sino producir una prosa y una poesía de amor al ser humano y a la naturaleza ultrajada? También, de identidad caribeña y afroantillana. Compungidos por el terrible drama que vivió la región en esos años, nuestros bardos fueron los filósofos de los montes y del mar Caribe. Sin la obra de Lloréns y, en particular, sin la obra gigantesca de Luis Palés Matos, no podríamos hablar en el siglo XXI de la lucha por nuestra identidad como pueblo antillano y subyugado por el imperio. Ambos poetas le cantaron al mar Caribe, desde una perspectiva universal. En ellos, el tema de la identidad boricua en el sureste era uno con la creación lírica y literaria nacional. ¡Filósofos fueron! ¡Y también poetas y prosistas!

© Rafael Rodriguez Cruz

El caso Rosenberg y la política de separación de familias indocumentadas en Estados Unidos / por Rafael Rodríguez Cruz

Recientemente me encontré con un viejo amigo activista: Robert Meeropol, hijo menor de Julius y Ethel Rosenberg. La ocasión no podía ser más apropiada. Ambos asistimos, en Springfield, Massachusetts, a un evento en repudio a la práctica de separación familiar y el encarcelamiento de los hijos e hijas de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. A Robert y a mí nos une una vieja amistad; de hecho, una amistad que se originó en los tiempos en que fui parte de la junta directiva de la Fundación Rosenberg Para Niños. Me animé, pues, a preguntarle sobre la coyuntura actual, en que todo parece indicar que la administración del presidente Trump ha dado un paso nuevo y significativo en su curso al fascismo.

Recordemos, brevemente, que Julius y Ethel Rosenberg fueron arrestados en Julio de 1950, acusados de conspirar para cometer espionaje a favor de la extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. El juicio se llevó a cabo en marzo de 1951. Julius y Ethel fueron encontrados culpables, y ejecutados, después de múltiples apelaciones y reclamos de clemencia, el 19 de junio de 1953. La pareja Rosenberg tenía dos hijos: Michael y Robert, entonces de 7 y 3 años, respectivamente. Durante todo el proceso, Robert y Michael vivieron con distintas familias, sin mucha estabilidad de vivienda. Pocas personas se atrevían a correrse el riesgo de ayudar a los niños Rosenberg. Finalmente, Robert y Michael terminaron en la residencia del poeta y compositor Abel Meeropol y su esposa, Anne, quienes comenzaron un proceso de adopción. Sin embargo, poco después de la ejecución de los Rosenberg, la policía federal removió a los niños de la casa de los Meeropol y los puso en un orfanatorio. El ensañamiento de la fiscalía federal con los dos niños tenía una base funesta: la fiscalía intentó manipular a Julius y Ethel para que cooperaran con el caso, a cambio de la posibilidad de ser parte de la vida de sus hijos. Los Rosenberg, por razones que más adelante se explican, no claudicaron.

Ante la pregunta de si el caso Rosenberg es relevante hoy, en que niños y niñas de hasta meses de edad son separados de sus padres y madres indocumentados por la fiscalía federal de Estados Unidos, Robert señala que en realidad no hay nada nuevo: «La fiscalía federal de Estados Unidos siempre ha utilizado a los niños para extorsionar a las personas inocentes que arrestan, o sea, para obligarlos a cooperar». En el caso de sus padres, la idea era que Julius y Ethel colaboraran con la fiscalía identificando miembros de una supuesta conspiración; aquí, en el caso de las familias indocumentadas, se trata de que abandonen toda petición de asilo, a cambio de una prometida reunificación familiar. Una promesa, no una garantía. (Hoy las cortes han intervenido ordenando la pronta reunificación de familias con niños de edad temprana, pero aun así la administración del presidente Trump ha objetado a la fecha del 26 de julio para completar los casos de 3,000 niños).

El pasado 2 de julio de 2018, Robert fue entrevistado sobre este tema por los periodistas del Proyecto Marshall, una agencia de noticias independiente y no comercial, que busca crear y mantener un sentido de urgencia nacional respecto al sistema criminal de Estados Unidos. Robert me pidió que tradujera sus declaraciones, para los medios de habla hispana. A continuación, reproducimos, con permiso, sus declaraciones al Proyecto Marshall:

Las imágenes perturbadoras, así como los llantos, de niños siendo arrancados forzosamente de los brazos de sus familiares han reabierto muchas heridas de mi niñez.

Mis padres, Ethel y Julius Rosenberg, fueron arrestados y encarcelados poco después de mi tercer cumpleaños en mayo de 1950. Hasta entonces, mi hermano Michael, quien tenía siete años, y yo vivíamos en lo que recuerdo como una familia calurosa y de mucho amor. Por los próximos tres años, fuimos movidos entre diferentes miembros de la familia extendida. Algunos estaban atemorizados de tenernos en sus casas, por el efecto del odio virulento difundido por las políticas del periodo del macartismo. Así que también pasamos un tiempo en orfelinatos.

Yo estaba perplejo y con el corazón roto. ¿Dónde estaban mis padres? No los vi por cerca de un año. En el albergue, incluso me separaron de mi hermano. Cuando a Michael y a mí, finalmente, nos permitieron visitar a nuestros padres en la prisión, mi primera pregunta fue: ¿Por qué no han venido a la casa?

Mucha gente conoce el caso de mis padres; ellos fueron encontrados culpables de conspirar para cometer espionaje y, al final, los ejecutaron en 1953 por supuestamente robar lo que el gobierno llamó el ‘secreto de la bomba atómica’.

La decisión absoluta del gobierno, de que ellos pagaran por sus actos y nombraran a otros, claramente tuvo mayor importancia que cualquier preocupación por nuestro bienestar como niños. Lo que Michael y yo no sabíamos entonces es que nos estaban usando también como fichas de extorsión. El expediente hoy público deja ver claramente que a nuestros padres les ofrecieron un acuerdo. Si cooperaban, y si implicaban a otras personas, a mi padre no lo ejecutaban y a mi madre la liberaban para que se hiciera cargo de nosotros.

Después de la ejecución, comenzamos a vivir con Anne y Abel Meeropol, quienes comenzaron el proceso de adopción. Pero las fuerzas del gobierno no habían acabado con nosotros. Nuestro guardián legal, Emmanuel Block, murió de un ataque al corazón antes de que él completara la trasferencia de tutela a los Meeropol. Los grupos de derecha se enteraron y radicaron una acción en la Corte de Menores; reclamando, correctamente, que los Meeropol no eran nuestros guardianes y alegando, falsamente, que estábamos siendo abusados políticamente. Luego de un mes de nuestra nueva vida con Anne y Abel, policías armados llegaron a la residencia para removernos. Al otro día, fuimos llevado a un orfanatorio.

Como mencioné en mis memorias, Una ejecución en la familia, ‘yo no le temía al monstruo debajo de la cama. En vez de eso, la casa, como Michael y yo llamábamos al orfanatorio, era un Bogeyman demasiado real. Teníamos que ser cuidadosos; nos estaban tanteando, y yo temía lo que podía pasar si fallábamos’.

Esta segunda separación forzosa resulta alarmantemente muy similar a lo que le ha pasado a miles de niños en nuestra frontera con México. Claro está, aquí hay una posibilidad de que ellos verán a sus padres de nuevo. Imagino que el terror que experimentan es incluso peor que el mío. Aunque nuestra remoción de la casa de Anne y Abel fue vigorosamente protestada y combatida, los Meeropol sabían en qué lugar estábamos. Además, nosotros nos encontrábamos en un territorio relativamente conocido. Hablábamos el idioma dominante. Las víctimas de hoy se encuentran en un país desconocido y no hablan inglés. Al menos dos trabajadores de cuido en los centros de detención han renunciado, al darse cuenta de la manera en que estos niños indocumentados son tratados. Ambos trabajadores informaron del llanto incesante de los niños y de que a los cuidadores no se les permite abrazarlos.

Al igual que ocurrió conmigo y con Michael 65 años atrás, estos niños están siendo victimizados como fichas de extorsión por un gobierno con una agenda política muy fuerte. Por ejemplo, hemos escuchado que las personas que buscan asilo han sido informadas de un posible acuerdo de corte nefasto: el retorno de sus hijos a cambio de que renuncien a todo reclamo de asilo y de que regresen a sus países.

La historia quizás no se esté repitiendo de nuevo, pero el eco del pasado se siente con fuerza. La manipulación salvaje de niños y niñas es una forma de abuso de los derechos humanos, una modalidad de terrorismo auspiciado por el estado. Para mí, es un asunto personal. Para todos nosotros y nosotras, la manipulación de niños debe de ser inaceptable. Actuando en conjunto, podemos y debemos de pararla.
Robert culminó su conversación conmigo expandiendo lo ya dicho en sus declaraciones a los periodistas del Proyecto Marshall. Su visión, claro está, es la de un adulto que fue victimizado por el gobierno de Estados Unidos cuando era un niño. La otra perspectiva, que tampoco debe de olvidarse, es la de los padres y madres de los niños y niñas inmigrantes. Sabemos del sufrimiento de Julius y Ethel, por la correspondencia que mantuvieron con Robert y Michael. Pero estos padres y madres indocumentados, también encarcelados, sufren la violación de sus derechos humanos. Y el dolor de la separación de sus hijos e hijas no puede ser sino inmenso. (Las porciones aquí citadas del Proyecto Marshall se publican con permiso del autor).

La crucifixión de Puerto Rico / por Rafael Rodríguez Cruz

El ingeniero hidrólogo Herbert Wilson estuvo en este lugar en 1898, evaluando los recursos hidrológicos de Puerto Rico. Desde esta cima pueden verse, simultáneamente, las represas de Guayabal y Toa Vaca, que devienen parte del sistema ampliado (y combinado) de riego y electricidad entre 1924 y 1930.

He visto pocos lugares tan hermosos como este; quizás, la vista desde el Ávila en Caracas o la de las Bad Lands, en la reservación de Wounded Knee, se pueden comparar en belleza. Entre 1924 y 1930 esta área de Puerto Rico habría de estar sometida a un crimen ecológico sin igual en nuestra historia, consistente en alterar los patrones de flujo de agua dulce para el beneficio de las grandes centrales azucareras del sureste. De paso, destruyeron la agricultura de subsistencia.

Ciertamente, todo fue hecho con un arte de ingeniería magnífico, pero, no por ello carente de morbosidad. Hoy, el desangre de los fluidos dulces de nuestra isla sigue rampante. Allá, en el fondo de esta vista, a la izquierda, apenas se divisan los nuevos sembradíos de la Dow Growers y de Monsanto, que calladamente se posicionan para ser las beneficiaras de lo que, sin duda, será la próxima canallada de la burguesía de Puerto Rico: la privatización del agua.

Y es que en mi país andamos como decía José Martí del aldeano vanidoso: «dando por bien el orden universal, y sin saber de los gigantes que llevan siete leguas encima y nos pueden poner la bota encima». En realidad, la pregunta fundamental no es por qué quieren privatizar la AEE ahora, sino por qué la hicieron pública en 1924-1929. ¡JA! El Diablo vive en los detalles. La década de 1920-1930 es el periodo clave de la historia moderna de nuestro país, pues ahí mismo, en las cimas de estos montes, y en una ceremonia que hace pensar en la crucifixión de Cristo (o en la matanza de los taínos por los conquistadores), los abuelos de los gobernantes de hoy, los Roselló, los Barceló, los Carrión, los Ferré, los Muñoz, y toda una caterva de buscones codiciosos e indecorosos, entregaron el futuro de Puerto Rico a cambio de treinta monedas que nunca compartieron con el pueblo. Esa historia está por revelarse…

 

(Fotos por RRC)

Libros: PR 3 Aguirre de Marta Aponte Alsina

por Rafael Rodriguez Cruz

Este libro es de lo mejor que he leído en mucho tiempo por un autor o autora puertorriqueña. Marta Aponte nos obsequia con su libro PR 3 Aguirre una delicia literaria, un manjar dulce. Escrito con un dominio magistral de la literatura, este libro asombra por su sencillez y tratamiento minucioso de los hechos.

Las ruinas de la central Aguirre súbitamente cobran vida ante nuestros ojos, a través de la historia real de los personajes que una vez estuvieron ligados al poblado Aguirre. Así es que hay que rescribir nuestra historia, con nombres y apellidos. Al fin y al cabo, el que solo queden ruinas del imperio de la central Aguirre no quiere decir que olvidemos a los seres humanos que lo formaron ni a los que lucharon en su contra. Esta autora trata las historias personales con la pasión propia de una novela detectivesca. Quizás es el anuncio de un género nuevo, que mezcle la novela con la crónica en nuestro país.

Federico Legrand: pionero de la educación farmacéutica en la Universidad de Puerto Rico

por Sergio A. Rodríguez Sosa

A lo largo del tiempo más y más puertorriqueños se han incorporado a las profesiones de las ciencias naturales.  Estos se han desempeñado aquí y fuera del país en profesiones como médicos, farmacéuticos, biólogos, microbiólogos, matemáticos, físicos, químicos, entre otras. Algunos de estos profesionales se han destacado como expertos y líderes en su campo.

Uno de esos profesionales fue Federico Legrand Rodriguez, al que incluimos en estas pinceladas biográficas diseñadas para divulgar las aportaciones de los puertorriqueños al quehacer profesional y cultural de la sociedad.

Durante el siglo 19 decenas de ciudadanos franceses o sus descendientes nacidos en América emigraron a Puerto Rico atraídos por las oportunidades de riqueza que ofrecía la Isla. Una buena parte de esos ciudadanos franceses procedía de Córcega y otros de los territorios americanos usurpados por Francia. Algunos de ellos poseían capital, destrezas y relaciones comerciales que les ganaron una posición privilegiada entre la clase propietaria criolla y española.   Ya a  mediados del siglo 19 sobresalían en actividades económicas y alcanzaban influencia política por medios de alianzas comercial y nexos matrimoniales con las familias del país. Su presencia en pueblos como Salinas llegó a ser comercialmente notable al punto que el gobierno francés nombraba un agente consular en dicho pueblo.

Entre los franceses que arribaron a la isla favorecidos por la Cédula de Gracias estuvo Juan Bautista Legrand quien se estableció en Salinas en 1816 con un capital de 500 pesos[1]. Posteriormente procrea con María Luisa Filier[2] un varón llamado Adolfo Legrand Filier, que nace  en Filadelfia.[3]

Juan Federico Legrand Rodríguez, hijo de Adolfo Legrand-Fillien y Catalina Rodríguez Colón, natural de Juana Díaz, Puerto Rico[4] nació en Salinas el 20 de octubre de 1858[5], donde estaban residiendo sus progenitores.  Unos años después sus padres aparecen residiendo como propietarios en el barrio Río Abajo de Utuado con sus otros dos hijos Antonia y Guillermo.

Juan Federico se casa en San Juan en 1891[6] con Elvira García Ero a la que presumimos conoció cuando estudiaba su licenciatura en la Real Subdelegación de Farmacia de la ciudad capital de Puerto Rico.   Los recién casados luego se trasladan a Utuado donde el esposo ejercía de farmacéutico y donde en 1894 nació su hijo Adolfo Federico Legrand García.  Según el censo de 1910 Federico Legrand Rodríguez residía en Utuado y era dueño de una farmacia. Su padre había fallecido en 1903[7] y su madre Catalina residía en la casa de los Legrand-Garcia.

En 1904 Federico Legrand se convierte en profesor de la recién fundada Universidad de Puerto Rico. Como profesor imparte a los normalistas clases de biología, botánica e historia natural.[8] Durante el año fiscal de 1904-1905 figura como contratado por el gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico[9].

En 1913 al médico Luis Salivia, recién graduado de la Escuela de Medicina de la Universidad Estatal de Ohio, se le encargó establecer un programa de farmacia en la Universidad de Puerto Rico.   El 22 de septiembre de 1913 el doctor Salivia y los  profesores Juan Federico Legrand, Cornelio Duffy y Luis Hernández se constituyeron en la facultad pionera del Departamento de Farmacia de la UPR.  El primer profesor en ejercer la cátedra en el nuevo departamento fue Juan Federico Legrand[10].

En esa década surgieron las primeras manufactureras de medicamentos de Puerto Rico.  Una de ellas fue el Laboratorio Legrand  fundado por Juan Federico Legrand.   Su activismo profesional y sus investigaciones en el campo de la farmacia le merecieron ganar once medallas en exposiciones locales e  internacionales por colecciones botánicas y preparaciones farmacéuticas.  Entre sus publicaciones hay artículos en la Revista Farmacéutica y una importante obra titulada Estudio de la flora puertorriqueña en relación con la materia médica.[11]

El primer profesor de la Escuela de Farmacia de la Universidad de Puerto Rico, Juan Federico Legrand Rodríguez falleció en Santurce, Puerto Rico el 6 de junio de 1928 a la edad de 70 años[12]. Su memoria y aportaciones a la farmacia puertorriqueña y al campo de las ciencias de la salud en Puerto Rico se hallan consignado a través de su colección de objetos farmacéuticos y memorables albergados en el Museo de Farmacia de la de la Universidad de Puerto Rico, así como, en la colección de sus escritos que posee el Centro de Documentación Histórica del Recinto de Río Piedras.

© Sergio A. Rodríguez Sosa

[1] Cifre de Loubriel, Estela.  “Catálogo de extranjeros residentes en Puerto Rico en el siglo XIX”. Río Piedras: Universidad de Puerto Rico, 1962. p. 61

[2] El apellido aparece escrito en los documentos consultados con las variantes Filier, Fillien, Telier, Tillier, Tilier usaremos en cada caso la variante que aparece en el documento referido.

[3] Ancestry.com. Puerto Rico Civil Registration, 1805-2001. Utuado, Defunciones, 1901-1903, núm 241, p 42, imagen 608. Juzgado Municipal de Utuado. Libro de defunciones 1901-1903, Acta de defunción de Adolfo Legrand Telier, folio 42.

[4] En el acta  de defunción de Adolfo Legrand Fillien el segundo apellido cambia a Telier y se indica que su esposa Catalina Rodríguez Colón es natural de Aibonito.

[5] Archivo de la Parroquia de la Monserrate de Salinas, Puerto Rico. Libro de bautismo 1-A, 1854-1867, pág. 158, partida 349.

[6]  Ancestry.com – 1910 United States Federal Census – Name: The Generations Network, Inc.; – http://www.ancestry.com – – United States of America, Bureau of the Census, Thirteenth Census of the United States, 1910, Washington, D.C.: National Archives and Records Administration, 1910 – Database online. Year: 1910; Census Place: Utuado, Puerto Rico; Roll: T624_1781; Page: 3B; Enumeration District: 220; Image: 9. – Record for Federico J Legránd y Rodríguez.

[7] Vid. nota 3

[8] “Historia de la Farmacia en Puerto Rico: parte 2,”  Video de YouTube, 14:46, Publicado por “BorikenTv”, 18 de marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=uaUZWmzp_yw

[9] Ancestry.com. U.S., Register of Civil, Military and Naval Services 1863-1959, 1905, vol. 2, p 1883, imagen 1897.

[10] Maldonado Dávila, Wanda T. “University of Puerto Rico – School of Pharmacy: One Hundred Years of History and Service.”   Puerto Rico Health Sciences Journal, v.  32, n 3; dec. 2013.  pags, 206-208.

[11] “Historia de la Farmacia en Puerto Rico: parte 2,”  Video de YouTube, 14:46, Publicado por “BorikenTv”, 18 de marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=uaUZWmzp_yw

[12] Vid. nota 3