El caso Rosenberg y la política de separación de familias indocumentadas en Estados Unidos / por Rafael Rodríguez Cruz

Recientemente me encontré con un viejo amigo activista: Robert Meeropol, hijo menor de Julius y Ethel Rosenberg. La ocasión no podía ser más apropiada. Ambos asistimos, en Springfield, Massachusetts, a un evento en repudio a la práctica de separación familiar y el encarcelamiento de los hijos e hijas de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. A Robert y a mí nos une una vieja amistad; de hecho, una amistad que se originó en los tiempos en que fui parte de la junta directiva de la Fundación Rosenberg Para Niños. Me animé, pues, a preguntarle sobre la coyuntura actual, en que todo parece indicar que la administración del presidente Trump ha dado un paso nuevo y significativo en su curso al fascismo.

Recordemos, brevemente, que Julius y Ethel Rosenberg fueron arrestados en Julio de 1950, acusados de conspirar para cometer espionaje a favor de la extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. El juicio se llevó a cabo en marzo de 1951. Julius y Ethel fueron encontrados culpables, y ejecutados, después de múltiples apelaciones y reclamos de clemencia, el 19 de junio de 1953. La pareja Rosenberg tenía dos hijos: Michael y Robert, entonces de 7 y 3 años, respectivamente. Durante todo el proceso, Robert y Michael vivieron con distintas familias, sin mucha estabilidad de vivienda. Pocas personas se atrevían a correrse el riesgo de ayudar a los niños Rosenberg. Finalmente, Robert y Michael terminaron en la residencia del poeta y compositor Abel Meeropol y su esposa, Anne, quienes comenzaron un proceso de adopción. Sin embargo, poco después de la ejecución de los Rosenberg, la policía federal removió a los niños de la casa de los Meeropol y los puso en un orfanatorio. El ensañamiento de la fiscalía federal con los dos niños tenía una base funesta: la fiscalía intentó manipular a Julius y Ethel para que cooperaran con el caso, a cambio de la posibilidad de ser parte de la vida de sus hijos. Los Rosenberg, por razones que más adelante se explican, no claudicaron.

Ante la pregunta de si el caso Rosenberg es relevante hoy, en que niños y niñas de hasta meses de edad son separados de sus padres y madres indocumentados por la fiscalía federal de Estados Unidos, Robert señala que en realidad no hay nada nuevo: «La fiscalía federal de Estados Unidos siempre ha utilizado a los niños para extorsionar a las personas inocentes que arrestan, o sea, para obligarlos a cooperar». En el caso de sus padres, la idea era que Julius y Ethel colaboraran con la fiscalía identificando miembros de una supuesta conspiración; aquí, en el caso de las familias indocumentadas, se trata de que abandonen toda petición de asilo, a cambio de una prometida reunificación familiar. Una promesa, no una garantía. (Hoy las cortes han intervenido ordenando la pronta reunificación de familias con niños de edad temprana, pero aun así la administración del presidente Trump ha objetado a la fecha del 26 de julio para completar los casos de 3,000 niños).

El pasado 2 de julio de 2018, Robert fue entrevistado sobre este tema por los periodistas del Proyecto Marshall, una agencia de noticias independiente y no comercial, que busca crear y mantener un sentido de urgencia nacional respecto al sistema criminal de Estados Unidos. Robert me pidió que tradujera sus declaraciones, para los medios de habla hispana. A continuación, reproducimos, con permiso, sus declaraciones al Proyecto Marshall:

Las imágenes perturbadoras, así como los llantos, de niños siendo arrancados forzosamente de los brazos de sus familiares han reabierto muchas heridas de mi niñez.

Mis padres, Ethel y Julius Rosenberg, fueron arrestados y encarcelados poco después de mi tercer cumpleaños en mayo de 1950. Hasta entonces, mi hermano Michael, quien tenía siete años, y yo vivíamos en lo que recuerdo como una familia calurosa y de mucho amor. Por los próximos tres años, fuimos movidos entre diferentes miembros de la familia extendida. Algunos estaban atemorizados de tenernos en sus casas, por el efecto del odio virulento difundido por las políticas del periodo del macartismo. Así que también pasamos un tiempo en orfelinatos.

Yo estaba perplejo y con el corazón roto. ¿Dónde estaban mis padres? No los vi por cerca de un año. En el albergue, incluso me separaron de mi hermano. Cuando a Michael y a mí, finalmente, nos permitieron visitar a nuestros padres en la prisión, mi primera pregunta fue: ¿Por qué no han venido a la casa?

Mucha gente conoce el caso de mis padres; ellos fueron encontrados culpables de conspirar para cometer espionaje y, al final, los ejecutaron en 1953 por supuestamente robar lo que el gobierno llamó el ‘secreto de la bomba atómica’.

La decisión absoluta del gobierno, de que ellos pagaran por sus actos y nombraran a otros, claramente tuvo mayor importancia que cualquier preocupación por nuestro bienestar como niños. Lo que Michael y yo no sabíamos entonces es que nos estaban usando también como fichas de extorsión. El expediente hoy público deja ver claramente que a nuestros padres les ofrecieron un acuerdo. Si cooperaban, y si implicaban a otras personas, a mi padre no lo ejecutaban y a mi madre la liberaban para que se hiciera cargo de nosotros.

Después de la ejecución, comenzamos a vivir con Anne y Abel Meeropol, quienes comenzaron el proceso de adopción. Pero las fuerzas del gobierno no habían acabado con nosotros. Nuestro guardián legal, Emmanuel Block, murió de un ataque al corazón antes de que él completara la trasferencia de tutela a los Meeropol. Los grupos de derecha se enteraron y radicaron una acción en la Corte de Menores; reclamando, correctamente, que los Meeropol no eran nuestros guardianes y alegando, falsamente, que estábamos siendo abusados políticamente. Luego de un mes de nuestra nueva vida con Anne y Abel, policías armados llegaron a la residencia para removernos. Al otro día, fuimos llevado a un orfanatorio.

Como mencioné en mis memorias, Una ejecución en la familia, ‘yo no le temía al monstruo debajo de la cama. En vez de eso, la casa, como Michael y yo llamábamos al orfanatorio, era un Bogeyman demasiado real. Teníamos que ser cuidadosos; nos estaban tanteando, y yo temía lo que podía pasar si fallábamos’.

Esta segunda separación forzosa resulta alarmantemente muy similar a lo que le ha pasado a miles de niños en nuestra frontera con México. Claro está, aquí hay una posibilidad de que ellos verán a sus padres de nuevo. Imagino que el terror que experimentan es incluso peor que el mío. Aunque nuestra remoción de la casa de Anne y Abel fue vigorosamente protestada y combatida, los Meeropol sabían en qué lugar estábamos. Además, nosotros nos encontrábamos en un territorio relativamente conocido. Hablábamos el idioma dominante. Las víctimas de hoy se encuentran en un país desconocido y no hablan inglés. Al menos dos trabajadores de cuido en los centros de detención han renunciado, al darse cuenta de la manera en que estos niños indocumentados son tratados. Ambos trabajadores informaron del llanto incesante de los niños y de que a los cuidadores no se les permite abrazarlos.

Al igual que ocurrió conmigo y con Michael 65 años atrás, estos niños están siendo victimizados como fichas de extorsión por un gobierno con una agenda política muy fuerte. Por ejemplo, hemos escuchado que las personas que buscan asilo han sido informadas de un posible acuerdo de corte nefasto: el retorno de sus hijos a cambio de que renuncien a todo reclamo de asilo y de que regresen a sus países.

La historia quizás no se esté repitiendo de nuevo, pero el eco del pasado se siente con fuerza. La manipulación salvaje de niños y niñas es una forma de abuso de los derechos humanos, una modalidad de terrorismo auspiciado por el estado. Para mí, es un asunto personal. Para todos nosotros y nosotras, la manipulación de niños debe de ser inaceptable. Actuando en conjunto, podemos y debemos de pararla.
Robert culminó su conversación conmigo expandiendo lo ya dicho en sus declaraciones a los periodistas del Proyecto Marshall. Su visión, claro está, es la de un adulto que fue victimizado por el gobierno de Estados Unidos cuando era un niño. La otra perspectiva, que tampoco debe de olvidarse, es la de los padres y madres de los niños y niñas inmigrantes. Sabemos del sufrimiento de Julius y Ethel, por la correspondencia que mantuvieron con Robert y Michael. Pero estos padres y madres indocumentados, también encarcelados, sufren la violación de sus derechos humanos. Y el dolor de la separación de sus hijos e hijas no puede ser sino inmenso. (Las porciones aquí citadas del Proyecto Marshall se publican con permiso del autor).

La crucifixión de Puerto Rico / por Rafael Rodríguez Cruz

El ingeniero hidrólogo Herbert Wilson estuvo en este lugar en 1898, evaluando los recursos hidrológicos de Puerto Rico. Desde esta cima pueden verse, simultáneamente, las represas de Guayabal y Toa Vaca, que devienen parte del sistema ampliado (y combinado) de riego y electricidad entre 1924 y 1930.

He visto pocos lugares tan hermosos como este; quizás, la vista desde el Ávila en Caracas o la de las Bad Lands, en la reservación de Wounded Knee, se pueden comparar en belleza. Entre 1924 y 1930 esta área de Puerto Rico habría de estar sometida a un crimen ecológico sin igual en nuestra historia, consistente en alterar los patrones de flujo de agua dulce para el beneficio de las grandes centrales azucareras del sureste. De paso, destruyeron la agricultura de subsistencia.

Ciertamente, todo fue hecho con un arte de ingeniería magnífico, pero, no por ello carente de morbosidad. Hoy, el desangre de los fluidos dulces de nuestra isla sigue rampante. Allá, en el fondo de esta vista, a la izquierda, apenas se divisan los nuevos sembradíos de la Dow Growers y de Monsanto, que calladamente se posicionan para ser las beneficiaras de lo que, sin duda, será la próxima canallada de la burguesía de Puerto Rico: la privatización del agua.

Y es que en mi país andamos como decía José Martí del aldeano vanidoso: «dando por bien el orden universal, y sin saber de los gigantes que llevan siete leguas encima y nos pueden poner la bota encima». En realidad, la pregunta fundamental no es por qué quieren privatizar la AEE ahora, sino por qué la hicieron pública en 1924-1929. ¡JA! El Diablo vive en los detalles. La década de 1920-1930 es el periodo clave de la historia moderna de nuestro país, pues ahí mismo, en las cimas de estos montes, y en una ceremonia que hace pensar en la crucifixión de Cristo (o en la matanza de los taínos por los conquistadores), los abuelos de los gobernantes de hoy, los Roselló, los Barceló, los Carrión, los Ferré, los Muñoz, y toda una caterva de buscones codiciosos e indecorosos, entregaron el futuro de Puerto Rico a cambio de treinta monedas que nunca compartieron con el pueblo. Esa historia está por revelarse…

 

(Fotos por RRC)

Libros: PR 3 Aguirre de Marta Aponte Alsina

por Rafael Rodriguez Cruz

Este libro es de lo mejor que he leído en mucho tiempo por un autor o autora puertorriqueña. Marta Aponte nos obsequia con su libro PR 3 Aguirre una delicia literaria, un manjar dulce. Escrito con un dominio magistral de la literatura, este libro asombra por su sencillez y tratamiento minucioso de los hechos.

Las ruinas de la central Aguirre súbitamente cobran vida ante nuestros ojos, a través de la historia real de los personajes que una vez estuvieron ligados al poblado Aguirre. Así es que hay que rescribir nuestra historia, con nombres y apellidos. Al fin y al cabo, el que solo queden ruinas del imperio de la central Aguirre no quiere decir que olvidemos a los seres humanos que lo formaron ni a los que lucharon en su contra. Esta autora trata las historias personales con la pasión propia de una novela detectivesca. Quizás es el anuncio de un género nuevo, que mezcle la novela con la crónica en nuestro país.

Federico Legrand: pionero de la educación farmacéutica en la Universidad de Puerto Rico

por Sergio A. Rodríguez Sosa

A lo largo del tiempo más y más puertorriqueños se han incorporado a las profesiones de las ciencias naturales.  Estos se han desempeñado aquí y fuera del país en profesiones como médicos, farmacéuticos, biólogos, microbiólogos, matemáticos, físicos, químicos, entre otras. Algunos de estos profesionales se han destacado como expertos y líderes en su campo.

Uno de esos profesionales fue Federico Legrand Rodriguez, al que incluimos en estas pinceladas biográficas diseñadas para divulgar las aportaciones de los puertorriqueños al quehacer profesional y cultural de la sociedad.

Durante el siglo 19 decenas de ciudadanos franceses o sus descendientes nacidos en América emigraron a Puerto Rico atraídos por las oportunidades de riqueza que ofrecía la Isla. Una buena parte de esos ciudadanos franceses procedía de Córcega y otros de los territorios americanos usurpados por Francia. Algunos de ellos poseían capital, destrezas y relaciones comerciales que les ganaron una posición privilegiada entre la clase propietaria criolla y española.   Ya a  mediados del siglo 19 sobresalían en actividades económicas y alcanzaban influencia política por medios de alianzas comercial y nexos matrimoniales con las familias del país. Su presencia en pueblos como Salinas llegó a ser comercialmente notable al punto que el gobierno francés nombraba un agente consular en dicho pueblo.

Entre los franceses que arribaron a la isla favorecidos por la Cédula de Gracias estuvo Juan Bautista Legrand quien se estableció en Salinas en 1816 con un capital de 500 pesos[1]. Posteriormente procrea con María Luisa Filier[2] un varón llamado Adolfo Legrand Filier, que nace  en Filadelfia.[3]

Juan Federico Legrand Rodríguez, hijo de Adolfo Legrand-Fillien y Catalina Rodríguez Colón, natural de Juana Díaz, Puerto Rico[4] nació en Salinas el 20 de octubre de 1858[5], donde estaban residiendo sus progenitores.  Unos años después sus padres aparecen residiendo como propietarios en el barrio Río Abajo de Utuado con sus otros dos hijos Antonia y Guillermo.

Juan Federico se casa en San Juan en 1891[6] con Elvira García Ero a la que presumimos conoció cuando estudiaba su licenciatura en la Real Subdelegación de Farmacia de la ciudad capital de Puerto Rico.   Los recién casados luego se trasladan a Utuado donde el esposo ejercía de farmacéutico y donde en 1894 nació su hijo Adolfo Federico Legrand García.  Según el censo de 1910 Federico Legrand Rodríguez residía en Utuado y era dueño de una farmacia. Su padre había fallecido en 1903[7] y su madre Catalina residía en la casa de los Legrand-Garcia.

En 1904 Federico Legrand se convierte en profesor de la recién fundada Universidad de Puerto Rico. Como profesor imparte a los normalistas clases de biología, botánica e historia natural.[8] Durante el año fiscal de 1904-1905 figura como contratado por el gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico[9].

En 1913 al médico Luis Salivia, recién graduado de la Escuela de Medicina de la Universidad Estatal de Ohio, se le encargó establecer un programa de farmacia en la Universidad de Puerto Rico.   El 22 de septiembre de 1913 el doctor Salivia y los  profesores Juan Federico Legrand, Cornelio Duffy y Luis Hernández se constituyeron en la facultad pionera del Departamento de Farmacia de la UPR.  El primer profesor en ejercer la cátedra en el nuevo departamento fue Juan Federico Legrand[10].

En esa década surgieron las primeras manufactureras de medicamentos de Puerto Rico.  Una de ellas fue el Laboratorio Legrand  fundado por Juan Federico Legrand.   Su activismo profesional y sus investigaciones en el campo de la farmacia le merecieron ganar once medallas en exposiciones locales e  internacionales por colecciones botánicas y preparaciones farmacéuticas.  Entre sus publicaciones hay artículos en la Revista Farmacéutica y una importante obra titulada Estudio de la flora puertorriqueña en relación con la materia médica.[11]

El primer profesor de la Escuela de Farmacia de la Universidad de Puerto Rico, Juan Federico Legrand Rodríguez falleció en Santurce, Puerto Rico el 6 de junio de 1928 a la edad de 70 años[12]. Su memoria y aportaciones a la farmacia puertorriqueña y al campo de las ciencias de la salud en Puerto Rico se hallan consignado a través de su colección de objetos farmacéuticos y memorables albergados en el Museo de Farmacia de la de la Universidad de Puerto Rico, así como, en la colección de sus escritos que posee el Centro de Documentación Histórica del Recinto de Río Piedras.

© Sergio A. Rodríguez Sosa

[1] Cifre de Loubriel, Estela.  “Catálogo de extranjeros residentes en Puerto Rico en el siglo XIX”. Río Piedras: Universidad de Puerto Rico, 1962. p. 61

[2] El apellido aparece escrito en los documentos consultados con las variantes Filier, Fillien, Telier, Tillier, Tilier usaremos en cada caso la variante que aparece en el documento referido.

[3] Ancestry.com. Puerto Rico Civil Registration, 1805-2001. Utuado, Defunciones, 1901-1903, núm 241, p 42, imagen 608. Juzgado Municipal de Utuado. Libro de defunciones 1901-1903, Acta de defunción de Adolfo Legrand Telier, folio 42.

[4] En el acta  de defunción de Adolfo Legrand Fillien el segundo apellido cambia a Telier y se indica que su esposa Catalina Rodríguez Colón es natural de Aibonito.

[5] Archivo de la Parroquia de la Monserrate de Salinas, Puerto Rico. Libro de bautismo 1-A, 1854-1867, pág. 158, partida 349.

[6]  Ancestry.com – 1910 United States Federal Census – Name: The Generations Network, Inc.; – http://www.ancestry.com – – United States of America, Bureau of the Census, Thirteenth Census of the United States, 1910, Washington, D.C.: National Archives and Records Administration, 1910 – Database online. Year: 1910; Census Place: Utuado, Puerto Rico; Roll: T624_1781; Page: 3B; Enumeration District: 220; Image: 9. – Record for Federico J Legránd y Rodríguez.

[7] Vid. nota 3

[8] “Historia de la Farmacia en Puerto Rico: parte 2,”  Video de YouTube, 14:46, Publicado por “BorikenTv”, 18 de marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=uaUZWmzp_yw

[9] Ancestry.com. U.S., Register of Civil, Military and Naval Services 1863-1959, 1905, vol. 2, p 1883, imagen 1897.

[10] Maldonado Dávila, Wanda T. “University of Puerto Rico – School of Pharmacy: One Hundred Years of History and Service.”   Puerto Rico Health Sciences Journal, v.  32, n 3; dec. 2013.  pags, 206-208.

[11] “Historia de la Farmacia en Puerto Rico: parte 2,”  Video de YouTube, 14:46, Publicado por “BorikenTv”, 18 de marzo de 2013, https://www.youtube.com/watch?v=uaUZWmzp_yw

[12] Vid. nota 3

El Sistema colonial estadounidense en Puerto Rico y la industria azucarera / por Rafael Rodríguez Cruz

Camino a la Central Aguirre

Robando bolas y palos de golf

Creo que fue para 1963 o 1964 que a mi primo Reuben le vino la idea de construir un campo de golf en el barrio «Hoyinglés» de Guayama. Si descabellada era la ocurrencia, más desmochado era el plan para lograrlo. Se trataba, según él, de robar bolas y palos de golf en las facilidades de atletismo de la Central Aguirre. El reto, naturalmente era cómo acceder al campo de juego de ese lugar; pues, membresía, lo que se dice membresía, no la teníamos ni la podíamos conseguir. Para superar el obstáculo, mi primo desarrolló un operativo que parecía sacado de las picardías del Lazarillo de Tormes: unirnos a la Liga Atlética Policíaca de Guayama, para así poder robar.

Efectivamente, los miembros de la mencionada organización policíaca, todos jovenzuelos como él y yo, gozaban de abundantes privilegios en Guayama. En primer lugar, entraban gratis a la matiné del Cine Calimano los domingos por la tarde. Claro, tenían que ir en uniforme de la Liga y no hacer las maldades acostumbradas, como comentar las películas y tirar trompetillas; pero, no tenían que pagar ni pasar por el trabajo de colarse. El segundo privilegio era el poder entrar a tomar agua de la fuente del cuartel de la policía, en la calle Ashford, sin que el guardia de turno les entrara a patadas. El tercero, y quizás más importante, era el poder ir a la Central Aguirre a los programas de la YMCA, incluyendo el nadar en la piscina. Para mí, que no sabía nada de natación, eso era un incentivo adicional. En menos de un minuto, me convencí de la infalibilidad del plan de mi primo, o sea, de hacernos «policías de embuste», para robar.

Fue así que un día de verano de 1963 o 1964 salimos en una guagua [bus] escolar para la Central Aguirre. En cuanto llegamos, sin embargo, comenzaron a surgir problemas con el plan de robo. Lo primero fue que acceso a la piscina del Club Aguirre, como tal, no tuvimos. Más bien, lo que hizo la YMCA fue habilitar una vagoneta de arrastre para que sirviera de alberca en el estacionamiento de uno de los edificios. El policía a cargo de la Liga Atlética, cuyo nombre no recuerdo, ya venía enfadado con nosotros desde que nos portamos mal durante la procesión de viernes Santo en Guayama. Ese día sagrado, y bajo el sol candente de mi pueblo, que licuaba el mazacote de brillantina Alka en nuestras cabezas, él había jurado, entre maldiciones y blasfemias, que algún día le habríamos de pagar el desplante. El momento del cobro de la deuda, creo yo, llegó con la visita a la piscina de la central. «Ahí está, tírense al agua, y no jodan más. El que no sepa nadar, mejor que aprenda o se ahoga en el vagón de mierda ese», dijo con una sinceridad que espantaba. Nadie murió, para contrariedad del jefe de la Liga Atlética Policíaca de Guayama. Y es que el menos atlético de los presentes era, precisamente yo y, al oír la advertencia del posible ahogamiento, me alejé lo más que pude del dronzote agua. Eso explica por qué hoy, aún ya viejo, no sé nadar. Las piscinas me dan un repelillo enorme y, si me meto en ellas, no paso de la cintura; especialmente si es un Viernes Santo, no vaya a ser que la maldición de ese policía endiablado brinque cinco décadas y venga a materializarse conmigo ahogado en una alberca, precisamente, un día de rezar. Brujo al fin, creo en las premoniciones.

De todos modos, yo tenía ese día otros riegos más grandes que confrontar en la Central Aguirre. Para robar las bolas de golf teníamos un plan que hoy me suena un poquito chiflado. Todo era asunto de esperar a que las bolas cayeran al suelo para recogerlas, sí, inmediatamente antes de que llegara el dueño. «Déjate llevar por el ruido del golpe del palo de golf, así sabrás adónde caerá la bola», me dijo mi primo en un tono que, al menos para mí, era más que convincente. Logramos con este método recoger diez o doce bolas, entre la gritería de varios jugadores que no querían tanto recuperar sus «golf balls», como matarnos. Uno que otro de ellos, de hecho, lo intentó, apuntando el tiro lejos del hoyo y en dirección a nosotros. De camino a Guayama, con los bolsillos llenos de bolas de golf, sentimos la satisfacción de haber logrado el plan. Pero fue entonces que nos acordamos del detalle que sin palos no se podía jugar golf.

Sea, como sea, en cuanto llegamos a la calle Duques, nos enfrascamos en la construcción del campo de golf de “Hoyinglés”. En nuestras mentes, el proyecto era mayor que en la vida real. Es un hecho inexplicable por qué los ojos de los niños lo amplifican todo, como si uno anduviera en la infancia con lupas. Ya de adultos, pues, nos quitan la lupas, y todo se achiquita; todo, menos los recuerdos. En fin, el patio de mi tía no era grande, pero eso no afectó el tamaño imaginario del campo de golf. En una esquina tenía su montañita con hoyo y bandera; en la otra, un terraplén para golpear la bola. De algún modo, y por medios extraños, cayó en nuestra posesión un fino palo de golf. Exactamente cómo, no lo sé. Será que es verdad eso de que Dios actúa por medios misteriosos, porque lo que fui yo nunca más volví a la central. Y así fue, como lo cuento, que el barrio ‘Hoyinglés’ tuvo su campo de golf mucho antes de que Chi Chi Rodríguez construyera el suyo a las afueras de Guayama.

Ahora, cincuenta años después del «gran robo» con mí primo, me toca volver a los predios de la antigua Central Aguirre para disfrutar de los eventos del Cuarto Libre Soberao, el 7 de abril. Es una gran fiesta cultural y de baile de bomba de los pobladores de El Coquí, el pueblito pequeño en que vivían los trabajadores de la caña y sus familias. Aunque me entusiasma la idea de volver a los predios de la central, también tengo sentimientos encontrados. De seguro, pienso yo, que todo se habrá achiquitado. Lo que hoy quede de aquellas casotas blancas y grandísimas de los administradores estadounidenses de la central, con sus balcones señoriales, y de aquellos grandes edificios de la molienda, me provocará la misma sensación que tengo cada vez que voy al sureste que me vio crecer. El mundo es más pequeño de lo que yo pensaba en mi niñez. Es como si la vida preparara a uno, poco a poco, y ajustándole la visión a uno para aceptar, algún día, que en realidad basta con un panteón pequeño para acomodar los huesos viejos hasta la eternidad.

Recuerdo, dicho sea de paso, que de niño mi abuelo solía llevarme por todo el litoral del sureste, central por central, buscando molasas frescas para beber con sangre de toro. Nunca probé la infusión. Pero sí vi a mi abuelo empinar un envase con sangre de buey y melao espeso, como si fuera la mejor miel. Me dijo que era cosa de la manera en que los negros, sus ancestros, cristalizaban el azúcar, con sangre fresca. La remembranza de la actividad en una central, justo en medio de la molienda, no es fácil de olvidar. El olor intenso del jugo de caña, el ruido de los vagones de tren, las grúas y cadenas chillando a toda voz, el ajetreo humano y los gestos de mi abuelo, con sus seis pies de negritud; todo eso , ni se olvida ni se achiquita en la mente. ¡Qué grande era todo aquello, ante mis ojos de niño! Un mundo alucinante de metal y gente. A escondidas, yo calmaba mi ansiedad, haciendo remolinos en los latones de melao fresco y chupándome los dedos ennegrecidos con el dulce elixir. Y luego, pues, llega la vida de adulto, y se le achiquita a uno el mundo real. Nada permanece grande, salvo en la memoria. En fin, ya la caña de azúcar no se cultiva en el sureste de mi país, ni en las centrales se exprime melao.

Los ‘pauperizados’ del cañaveral

El gran año para la producción de azúcar en el sureste de Puerto Rico fue el 1915. En ese momento se consolidó, realmente, la siembra y molienda de caña en toda la región. Sí, centrales como la de Aguirre contaban con maquinaria de la más avanzada, desde hacía más de una década. Sin embargo, un estudio del Departamento de Comercio de Estados Unidos en 1907 señalaba que el problema de la azúcar de la isla durante la primera década del siglo XX no era la molienda, sino el rendimiento de toneladas de caña por acre, o sea, las técnicas de cultivo.[1]  Ya para 1906 en Puerto Rico, gracias a la concentración de capital, el número de centrales se había reducido a cuarenta y seis y la tecnología era de primera. El desarrollo entre 1899 y 1906 fue verdaderamente sorprendente:

«La ocupación estadounidense trajo una completa transformación de los métodos de molienda. Los molinos impulsados por fuerza animal casi han desaparecido, y el ‘tren jamaiquino’, con su sistema de pailas abiertas, está siendo desplazado por novedosas técnicas de evaporación, de manera que hoy, además de las innovaciones de las centrales mejor equipadas, muchas de la pequeñas están instalando maquinaria moderna y expanden su capacidad para moler la caña de azúcar de las plantaciones aledañas. Los molinos de nueve rodillos se han hecho comunes en los distritos en que, antes, la extracción por la vía de una o dos prensadas era considerada suficiente, y se están recibiendo órdenes de molinos de hasta 12 rodillos, precedidos por una prensa. En el período de 1905-1906, se abrieron dos nuevas centrales modernas y hay al menos dos más planeadas para 1908. La más grande, la Central Guánica, tiene una capacidad de 2,500 toneladas de caña diarias, y algunas otras procesan hasta 500 toneladas por día. El costo de erigir una de estas fábricas oscila entre $350,000 y $350,000, y algunas cuestan un millón y más».[2] (Traducción libre)

La realidad es que, a pesar de la sentencia del Departamento de Comercio, tampoco hay que minimizar el avance de la siembra y cultivo de caña de azúcar entre 1900 y 1906. Para este último año, la cosecha se tradujo en 203,000 toneladas de azúcar. Esto, a pesar de que la inmensa mayoría de los terrenos de la isla no eran naturalmente favorables al cultivo de esa planta. Aquí no hay que sentir vergüenza alguna. Cuba es el lugar, por excelencia, para el cultivo de caña por medios naturales. El mismo Departamento del Comercio de Estados Unidos lo reconoció en varios estudios: «En Cuba, la caña de azúcar se cultiva casi en su totalidad por medios naturales durante la época normal de lluvia de cuatros meses de duración».[3]  Además, sus vastas llanuras de terrenos húmedos y fértiles eran la envidia de los agrónomos del mundo entero en 1906. En esto, Puerto Rico y su isla hermana se parecían muy poco. J. T. Crawley, quien dirigía los estudios de suelos para las compañías azucareras estadounidenses en ambos lugares, señaló la clave de la distinción: «En Cuba, no hay una clara diferenciación entre distritos agrícolas, como ocurre en Puerto Rico y, por lo tanto, en Cuba hay más uniformidad en los tipos de suelos».[4]  ¡Precisamente lo que se necesita para el cultivo natural de la caña de azúcar!

Decimos que no hay que sentir vergüenza alguna, porque lo que le falta a una isla, le sobra a la otra. En Puerto Rico, escasean las llanuras húmedos con terrenos fértiles propicios para el cultivo de la caña (salvo en zonas de no mucha extensión, como Arecibo, Fajardo y valles del oeste).[5] Pero tenemos un interior montañoso de una riqueza natural incomparable en el Caribe. Basta con visitar los montes cercanos al oriente de Cuba para ver la diferencia y hacer la comparación. La fertilidad natural de nuestras pendientes montañosas es simplemente mayor. En eso, quizás, somos más hermanos de Martinica que de Cuba. Muy posiblemente, entonces, ya en 1906 la siembra y cultivo de caña en Puerto Rico había alcanzado su mayor desarrollo posible, al menos sobre la base de nuestra particular geografía y dadas las variedades de caña en uso.[6]

El empeño de transformar a Puerto Rico en una isla productora y exportadora de azúcar a gran escala fue, pues, un capricho del gran capital estadounidense y sus aliados anexionistas. Muy poco tenía que ver ese antojo con las condiciones geográficas e hidrológicas de la isla. Más que nada fue una aberración, dictada no por la voluntad libre de nuestro pueblo, sino por el antojo de los monopolios extranjeros. Nada de eso tenía ni debía de suceder, incluso por las leyes normales de la producción capitalista.

Para desgracia nuestra, la primera década del siglo XX estuvo marcada por una revolución en la agricultura estadounidense, fundada en la modificación por medios artificiales del rendimiento de la tierra.[7] Fue la consumación de lo que Marx llamó la transformación de la agricultura en una esfera más de la gran industria. El campo devino una fábrica, en cuyo espacio se fabricaba la fertilidad del suelo como se confeccionaba cualquier otra mercancía, científicamente, y sin medir las consecuencias para el ambiente y la sobrevivencia humana a largo plazo.

¿En qué lugar del planeta Tierra existía un modelo a seguir para tan siniestro proyecto? O sea, ¿dónde había un cultivo de caña de azúcar por métodos científicos exactos, que se impusieran a contrapelo a la aridez de los terrenos del sureste de Puerto Rico? Pues, nada más y nada menos que en Hawái. Mejor habríamos salido con una erupción volcánica, como la del Mont Pelée 1902 en Martinica, que con la implantación del modelo anglohawaiano en nuestra agricultura, a partir de 1906.

Las cuatros islas de mayor cultivo de caña de azúcar en el archipiélago hawaiano en 1906 eran Kauai, Oahu, Maui y Hawái.[8]  Estas compartían con Puerto Rico una geología predominantemente escarpada, ríos en números abundantes y llanuras no muy extensas dominadas por la aridez. Resulta interesante que tanto en Hawái como en Puerto Rico no había lagos naturales en 1906. En ambos lugares, el agua fluía libre y constantemente, por cauces naturales, desde las montañas hasta las costas. Hidrológicamente, ambos archipiélagos son casi gemelos. La única diferencia es que en los suelos montañosos de Hawái no se pueden construir lagos, pues son muy porosos y chupan el agua enseguida. En Puerto Rico, la situación es distinta.

Con la inclusión de Hawái en la tarifa azucarera, el cultivo de la caña cobró un auge tremendo en ese archipiélago. Para resolver el problema, parecido al de Puerto Rico, de la escasez de llanuras húmedas, la burguesía anglohawaiana se embarcó entre 1900 y 1906 en un proyecto de irrigación sin precedentes a nivel de Estados Unidos, y quizás del mundo. Aunque financiado exclusivamente por el capital privado de las compañías monopolistas azucareras de Hawái, conocidas como las Cinco Grandes, el resultado fue la canalización de la totalidad de las corrientes de agua dulce en las montañas. De hecho, la construcción de sistemas de regadíos en ese archipiélago devino rápidamente una esfera separada de inversión para la clase capitalista anglohawaiana. El tamaño de la obra no es fácil de describir, pues incluyó, entre otros detalles, canales y ‘flumes’ de millas y millas de distancia, túneles sin fin a través de las rocas más gigantescas y sifones aparatosos que elevaban el agua a miles de pies de altura (para luego dejarla caer, creando de este modo una fuente de energía electrifica). Ni Leonardo da Vinci, en su sueño frustrado de fabricar un gran canal que permitiera la navegación entre Florencia y el mar Mediterráneo, llegó a diseñar un monstruo de la ingeniería hídrica de semejante tamaño. Su marca distintiva era el sistema de «fluming», o sea, canales de riego tan anchos y potentes que transportaban barcazas cargadas de caña de azúcar por el agua, desde las plantaciones más remotas hasta la boca de la central. Nada de trenes ni camiones. Todo ello construido sobre la espalda de decenas de miles de trabajadores japoneses traídos al archipiélago en condiciones de semiesclavitud, desde fines del siglo XIX.[9]

Según los estándares corporativos de 1906-1917, el sistema de cultivo de caña de azúcar en Hawái era el «más científico e intensivo de la época».[10]  En un extremo tecnológico estaba Cuba, con su agricultura de caña extensiva y sus métodos naturales; en el otro, Hawái con sus cultivos intensivos, basados en la irrigación y los fertilizantes. En lo que toca a Puerto Rico, un estudio comparativo realizado en 1906 ya había indicado que el rendimiento de azúcar cruda por acre en Puerto Rico no pasaba de 2 toneladas, mientras que en Hawái, gracias a la aplicación «científica» de fertilizantes y la irrigación, llegaba a veces hasta 15. Ni en Hawái ni en Puerto Rico quedaban tierras vírgenes en 1906-1917; pero en Cuba, apenas se habían cultivado los extraordinariamente fértiles suelos de Oriente.

¿Cuáles eran, pues, las alternativas que se presentaban para la clase política dirigente de Puerto Rico entre 1906-1917? ¿Rechazar el capricho de los monopolios extranjeros de convertir la isla en una gigantesca factoría de azúcar, por la vía de un cultivo intensivo en el sureste árido, y a contrapelo de nuestra geografía? ¿O promover el camino de la pequeña agricultura, incluso sobre bases capitalistas avanzadas, en las montañas fértiles de la Cordillera Central? ¿No era esto último lo que venía pasando en lugares como California, en que las granjas de menor extensión de terreno estaban a la cabeza del cambio tecnológico en la agricultura del imperio? El promedio de extensión de las granjas de avanzada en el noreste montañoso de Estados Unidos era de 64 acres; en Puerto Rico, predominaban numéricamente las granjas pequeñas de 50 acres. ¡Dónde manda el gran capital imperialista no manda el pequeño! La construcción del sistema de riego del sureste, una aberración de ingeniería que vendría a destruir la ecología de nuestros fértiles montes, comenzó en 1907 y se inauguró en 1914, condenándonos a la dependencia y a la gran agricultura de exportación de azúcar. Encima de eso, la canalización de los ríos se financió en Puerto Rico por la vía de la deuda pública. No le costó nada a los grandes monopolios del azúcar. Un regalo como pocos, en la historia agrícola moderna del imperio. Simultáneamente, la importación de fertilizantes para el cultivo local de caña de azúcar aumentó de 2,034 toneladas en 1906 a 24,290 en 1915, o sea, un incremento de 2,000 por ciento.[11]  Con ello, Puerto Rico hacía su debut en la modernidad.

¿Qué efecto tuvo la construcción del sistema público de regadío del sureste sobre la competitividad del azúcar producido en Puerto Rico? Entre 1915 y 1917 las ganancias de las compañías azucareras en la isla adquirieron niveles escandalosos, como resultado de los elevados precios de los alimentos durante la Primera Guerra Mundial. Respondiendo a los reclamos de los productores de azúcar en lugares como Louisiana, el Departamento del Comercio de Estados Unidos llevó a cabo un estudio detallado de los costos de la siembra, molienda y mercadeo del azúcar de Cuba, Puerto Rico y Hawái. La crema y nata de los empleados del sistema federal de censos visitó los tres lugares, obteniendo todo tipo de información, generalmente de los libros de contabilidad de las compañías. Fue publicado en 1917 con el título The Sugar Cane Industry, y contiene varios capítulos sobre Puerto Rico.[12]  Aquí, por supuesto, solo vamos a detenernos en la cuestión de la competitividad del azúcar boricua al llegar al mercado estadounidense.

De acuerdo con el citado estudio, en 1917 una libra de azúcar puertorriqueña entregada en el mercado de la metrópoli tenía un costo de 2,828 centavos; la de Hawái, 2,697 centavos y, la de Cuba, solo 1,719 centavos.[13]  La comparación entre Hawái y Puerto Rico no nos interesa, porque el mercado natural de los productores anglohawaianos era California, no Nueva York. Lo que nos interesa es la comparación entre Cuba y Puerto Rico. La diferencia del costo del azúcar proveniente de estas dos islas del Caribe era de 1,109 centavos por libra, al llegar a Estados Unidos. Obviamente, esta discrepancia reflejaba ante todo la extraordinaria fertilidad natural de la tierra llana de Cuba, en lo que concierne al cultivo de caña. ¿Cómo lograban los monopolios azucareros estadounidenses operando en Puerto Rico «competir» con el azúcar cubana? Pelo a pelo no podían. La clave era el aparato colonial, que subsidiaba agresivamente las operaciones de las centrales azucareras extranjeras, particularmente en el sureste de la isla.

Efectivamente, la producción de azúcar por los monopolios estadounidenses en la isla recibía tres beneficios inmediatos de la situación colonial. En primer lugar, y esto fue estudiado con profundidad por Pedro Albizu Campos,[14] estaba la bonificación arancelaria. En 1917, la libra de azúcar originada en Cuba estaba sujeta a un arancel punitivo de 1,0048 centavos. De entrada, esto elevaba su costo en el mercado estadounidense a 2,7238 centavos la unidad.

La construcción del sistema de irrigación público también operaba como un subsidio para las compañías estadounidenses en la isla. En Cuba, como sabemos, la irrigación era casi inexistente. Las pocas plantaciones pequeñas que irrigaban artificialmente los terrenos incurrían en un costo de $2,18 por acre o la cantidad de 8 centavos por tonelada de caña. Pero esto era una rareza. En Puerto Rico, dada la aridez de nuestros llanos del sureste, la irrigación era una técnica indispensable. El costo promedio de mantener un sistema privado de riego en la isla era de $50 el acre. La irrigación privada existía, pero no era la regla en el sureste. La central Aguirre y sus compinches en ese litoral gozaban desde 1914 de agua suministrada públicamente. ¿Cuánto le costaba este uso de un recurso natural perteneciente al pueblo de Puerto Rico? Teóricamente, el costo era de $2,50 el acre-pie entregado en el cañaveral. Pero esto era así únicamente en el caso de que no existieran concesiones otorgadas por el gobierno federal, que eximían a las compañías del pago de la tarifa. Las centrales del sureste, localizadas precisamente en la región más árida y monopolizada de Puerto Rico, aportaron en 1917 el 40% de toda la azúcar que se exportó al mercado estadounidense. Además, con el manipuleo de los contratos con los colonos, centrales como la Aguirre no incurrían en costo alguno por el agua. Y el azúcar es un producto que requiere mucha agua para el cultivo.

El subsidio mayor que recibían los monopolios azucareros operando en la isla en 1917, sin embargo, era la superexplotación de la fuerza de trabajo bajo el sistema colonial. Ya desde 1906, el gobierno federal reconoció que la destrucción de nuestra vibrante pequeña propiedad agraria (particularmente el café) era caldo de cultivo para una sobrepoblación relativa de trabajadores desesperados:

«Gran parte de la tierra cafetalera está revirtiendo a bosques, buena parte se vende para pagar impuestos, y, probablemente, mucha más tierra se venderá antes de que las condiciones mejoren. Muchos cultivadores continúan, sin mucha esperanza, trabajando en plantaciones que desde hace tiempo perdieron completamente su valor. Todas las partes competentes, interesadas en el bienestar de la isla y sus habitantes, lamentan la decadencia de esta otrora floreciente industria, que suplía un empleo relativamente fácil para los hombres, mujeres y niños, en la agradable y refrescante atmosfera del centro de la isla, impresionantemente libre de influencias negativas a la salud».[15] (Traducción libre)

Resulta penoso ver cómo, a veces, los propios investigadores del imperio muestran más empatía por la gente de la colonia, que los representantes políticos locales y los sindicatos corruptos. Así, mientras que algunos funcionarios federales se lamentaban de la condición de la industria cafetalera y de su impacto sobre las familias del campo, la Federación Libre de Trabajadores de Puerto Rico no escatimó esfuerzos para proporcionarle honras a Roosevelt durante su visita de 1906. Después de un pésame hipócrita a la Asociación de Caficultores, el presidente habló de su simpatía por la extensión de la ciudadanía estadounidense a los súbditos de la colonia y, allá en el Congreso, mencionó con agrado a la Federación.

Los datos, sin embargo, son tercos, como decía Marx. A pesar de las genuflexiones de la Federación Libre de Trabajadores, todavía en 1917 los salarios agrícolas y cañeros en Puerto Rico estaban muy por debajo de los de Cuba, Hawái y el sur de Estados Unidos. De acuerdo con el estudio del Departamento de Comercio, el salario promedio en los cañaverales de la isla, en 1917, era de 63 centavos por día para los cultivadores y, de 70 centavos por día para los cortadores. En Cuba, para la misma fecha, era de $1,26 por día para los cultivadores y, de $1,60 para los cortadores de caña. Incluso en Louisiana, con una fuerza de trabajo compuesta casi en su totalidad por negros en condiciones de opresión racial extrema, los sembradores varones recibían un promedio de 84 centavos diarios. En Hawái, el salario promedio era de 97 centavos al día para los sembradores, y de $1,04 para los cortadores. Además, dependiendo de las ventas, a los trabajadores de la caña en Hawái les pagaban un bono de fin de año.[16]

Naturalmente, la comparación de las tasas salariales únicamente nos da una imagen aproximada de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto es así, en particular, en el caso de Puerto Rico, en que la dependencia de medios de vida caros provenientes de Estados Unidos imponían una carga extra sobre los pobres y los trabajadores. Durante la Primera Guerra Mundial el valor de las importaciones de medios de vida a la isla creció sin que aumentara, simultáneamente, la cantidad de productos.[17]  Era pura inflación.

En nuestra isla, la pobreza de los trabajadores se agudizaba por el fenómeno del «tiempo muerto», es decir, los siete meses del año en que no había corte y molienda. En Hawái, por el contrario, no se daba el fenómeno del tiempo muerto. El corte y la molienda se extendían de 208 a 306 días al año en ese archipiélago.[18] La clase obrera hawaiana, a pesar de su condición semifeudal, presionaba al patrono los doce meses del año. En Puerto Rico, el proletariado agrícola sufría una dolorosa transmutación conforme avanzaba el ciclo. Por cinco meses, conformaba propiamente un proletariado agrícola, empleado en el corte y molienda; el resto del tiempo, oscilaba entre las dos formas más penosas de existencia de lo que Marx llamó la sobrepoblación relativa: la estancada y la pauperizada.[19]  Bajo la primera, formaba un ejército de desempleados siempre disponible para las necesidades de cualquier empleo agrícola, donde fuera y con los salarios más bajos; bajo la segunda, los trabajadores caían en la mendicidad y completa marginación social, víctimas de la pobreza más extrema y las enfermedades, como la anemia. El fenómeno de los bajos salarios alimentaba la pobreza, y viceversa.

¿Cuál era, según el cinismo del informe del Departamento del Comercio, el principal obstáculo a una mayor competitividad de la industria azucarera de Puerto Rico en 1917? Pues, la supuesta «ineficiencia comparativa» de los trabajadores boricuas. ¡El estudio de 1917 le dedica una sección entera al tema, confiriéndoles una dudosa distinción a nuestros trabajadores de la caña: la de ser mendigos![20]  Y aunque falla en no destacar el vínculo entre la destrucción de la pequeña propiedad agrícola y la superexplotación en los cañaverales, el estudio sí muestra una cierta preocupación humanística con la desaparición física de la clase trabajadora del azúcar, «cuyo futuro es todo menos prometedor».[21]  A los bajos salarios se suma la mala alimentación. Por suerte, nos dice el informe, hay quienes se compadecen: «Algunas de las plantaciones más grandes informan que, con motivo de mejorar la condición física de sus trabajadores de campo y factoría, les dan carnes para que coman tan frecuentemente como dos veces a la semana».[22]

La tarifa azucarera, el sistema de riego del sureste y la superexplotación de la clase trabajadora puertorriqueña eran, pues, los tres pilares sobre los cuales descansaba la fortuna de la industria del azúcar en Puerto Rico. Ninguna de estos tres factores les costó nada a las grandes compañías extranjeras que se adueñaron de nuestro país. Mejor habríamos salido siendo independientes. 

Retorno al comienzo

Llegado este punto, el lector o lectora probablemente habrá olvidado que nuestra narración comenzó con la referencia a un hurto inocente por dos pilluelos. Y es que quizás el robo mayor en nuestra patria, del cual aún no nos hemos recuperado, ha sido de conciencia: borraron de nuestras mentes la historia real del despojo a que fuimos sometidos en el siglo XX. Como en el poema ‘El patito feo’, de Luis Lloréns Torres, cada día nos toca desleír la bruma de los mitos de nuestra incapacidad de ser libres. Y esto no se puede lograr sin una reflexión sobre el comienzo, el punto de partida del engaño: la llegada del invasor.

La industria azucarera del sureste de Puerto Rico, centrada alrededor de la otrora gigantesca Central Aguirre, fue, en realidad, una gran máquina de robarle los recursos naturales a un pueblo rico en belleza y potencial humano. Los tentáculos de esta factoría de azúcar se extendieron, por medio de las finanzas, a todo el litoral sur y, por medio del sistema de riego, a nuestro centro montañoso y fértil. Incluso llegaron a la costa norte, a la desembocadura del río La Plata. Como un tumor parasitario, la Central Aguirre se alojó en uno de los lugares más bellos del Caribe: la costa de Salinas.

La edición de marzo de 2018 de la revista National Geographic, curiosamente, fue dedicada a Puerto Rico y, con cierta particularidad, al sureste.[23]  El tema, por supuesto, es la devastación causada por el huracán María y la resiliencia de nuestra gente, ante lo que los editores bautizan como la interrupción de energía eléctrica más duradera en la historia de Estados Unidos. El cuadro que dibujan es conmovedor:

«La tormenta más fuerte en azotar a Puerto Rico en los últimos 80 años, los vientos de fuerza de tornado del huracán María golpearon con violencia a la isla. Las lluvias masivas trajeron inundaciones catastróficas, llevándose los puentes e inundando barrios enteros. La infraestructura de la isla, ya debilitada por años de inatención, quedó devastada».[24]

Quizás valdría la pena remontarnos aquí, por medio de los archivos de la revista National Geographic, al momento mismo del comienzo de la pesadilla colonial que vive Puerto Rico bajo Estados Unidos. Precisamente el mismo año del desembarco de las tropas estadounidenses, uno de los reporteros más prominentes de la mencionada publicación, el geólogo Robert Hill, escribió sobre el sur de la isla, expresando admiración por sus ciudades costeras, «que eran de considerable importancia como centros de comercio y agricultura».[25]

O, tal vez, podríamos ser más específicos y retomar la descripción que hizo para National Geographic el capitán Whitney, un espía militar estadounidense en la isla que, meses antes del desembarco de julio de 1898, informó a los altos mandos militares estadounidenses acerca de las riquezas de nuestro país. De particular valor e importancia le pareció a Whitney, precisamente, la bahía de Jobos en Salinas, así como toda la costa cercana, donde pronto se establecería la gran Central Aguirre. Nada extraño, ya que Whitney conocía el texto titulado ‘Hanbuch der Goegraphie’, publicado en Europa en 1868, que identificaba la bahía de Jobos como un lugar ideal para «establecer un puerto marítimo de gran importancia». Sin perder tiempo, el U.S. Coast and Geodesic Survey y su barco el Blake, visitaron en 1898 la costa entre Guayama y Salinas, para desarrollar mapas y guías de navegación. Sobre la bahía de Jobos y sus alrededores, la edición de junio de 1899 de la revista National Geographic expresó lo siguiente:

«La entrada occidental de la bahía está cerca de 25 millas al este de Ponce. La bahía, como tal, está formada por una hilera o línea de arrecife de coral con baja vegetación, entre el cual y la orilla de la tierra hay un paso de mar perfectamente resguardado con amplia profundidad para naves de calado moderado. Las embarcaciones de mayor calado pueden entrar por el acceso occidental, pero nuestro conocimiento actual nos deja con dudas acerca de la amplitud del canal en el interior, y no será hasta que acabe el trabajo de la nave Blake que aquilataremos toda la importancia de la bahía. Una segunda entrada, cuatro millas al este, lleva el nombre sugestivo de ‘Boca de infierno’, y carga 12 pies de agua. Desde esta entrada, la sonda se extiende por dos millas al norte y, por tres millas en dirección al este, formando una ensenada en la cual el agua es decididamente menos profunda que en la parte occidental».[26]

Es imposible no percibir una cierta circularidad en la temática del coloniaje estadounidense en Puerto Rico, no importa el nivel de concreción del análisis. Todo, absolutamente todo, parece remitirnos directamente al comienzo, al año funesto ese del 1898. Es decir, al momento en que un imperio avaricioso se encaprichó con nosotros y nos invadió la patria, interrumpiéndonos, porque sí, una existencia aldeana próspera, pero ajena al curso de la historia. ¡Y año también, con carga ominosa, de todo lo demás: de la respuesta cobarde de una burguesía local, pusilánime como pocas en todo el continente; de la llegada de una oleada de geólogos, hidrólogos, y hasta espías, que produjeron subrepticiamente una valoración exacta de nuestros recursos; de la previsión del capital azucarero estadounidense, que se ubicó estratégicamente en la región llana del sureste; de la exageración de la naturaleza boricua, que puso abundante agua dulce en nuestras fértiles montañas (¡ni sequía tuvimos en el 1898!); de la conducta ingenua de nuestro medio ambiente, que se mostró virgen y fructífero, ante el ojo invasor; de la muerte del padre de la patria, Ramón Emeterio Betances, y de las otras tantas ‘casualidades’ que se dieron cita ese 1898 en una coyuntura de fin de siglo, que no parecía tanto producto de las leyes de la historia, como de la puñetera mala suerte! Y ahora, en pleno siglo XXI, con una circularidad inclemente, se nos repite el tema del gran huracán, 119 años después.

Volver al comienzo, para lograr un mejor avanzar; tal parece ser el camino obligado para comprender el maleficio de la dominación imperialista de nuestro país. Y he de llegar, así, a mi encuentro con la vieja Central Aguirre este abril de 2018: buscando claves para desleír la aparente fatalidad de un pueblo que nunca ha conocido la libertad. ¡Qué no nos subestime el rubio avaricioso del norte! Ya no somos mero «cisne de azul pluma y rojo pico», inermes en el nido del águila imperial, ni pilluelos inocentes que roban bolas y palos de golf.

El huracán María ha inyectado vida en nuestra espiritualidad antillana y rebelde. ¡En el sur, suenan de nuevo los tambores ancestrales, instrumentos mágicos que invitan al combate en la tierra de Palés! Y por todos los rincones de este sufrido y mágico litoral de mi infancia, la juventud despierta hoy a los versos que Luis Lloréns Torres escribiera, casi cien años atrás, en la ciudad sureña de Juana Díaz:

Alma de la patria mía,

cisne azul puertorriqueño,

si quieres vivir el sueño

de tu honor y tu hidalguía,

escucha la voz bravía

de tu independencia santa

cuando el cielo la levanta

el huracán del Caribe

que con rayos la escribe

y con sus truenos la canta.

© Rafael Rodríguez Cruz

Encuentro al Sur ha publicado este artículo con el permiso del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

[1] U. S. Department of Commerce. (1907). Commercial Porto Rico in 1906. Washington: Government Printing Office, p. 18.

[2] Ibid., p. 19.

[3] U. S. Department of Commerce. (1917). The Sugar cane Industry: Agricultural, Manufacturing, and Marketing Costs in Hawaii, Porto Rico, Louisiana, and Cuba. Washington: Government Printing Office, p. 26.

[4] Ibid., p.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Ibid., pp. 257-258.

[7] Hurt, R. D. (2002). American Agriculture: A brief History. Purdue: Purdue University Press, pp. 221-280.

[8] Wilcox, C. (1996). Sugar water: Hawaii’s Plantation Ditches. Honolulu: University of Hawai’i Press, p. 43.

[9] Kent, N. J. (1883). Hawaii: Islands under the Influence. New York: Monthly Review Press, pp. 69-94.

[10] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 25.

[11] Ibid., p. 260.

[12] Ibid., pp. 11-24.

[13] Ibid., p. 27.

[14] Albizu Campos, P. (1975). Obras Escogidas, 1923-1936. Tomo I. San Juan: Editorial Jelofe, pp. 11-114.

[15] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 20.

[16] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[17] Annual Report of The governor of Porto Rico. (1918). Washington: Government Printing Office, p. 15.

[18] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[19] Marx, K. (1887). Capital: A Critique of Political Economy. Volume 1, Section 4, online: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1867-c1/ch25.htm#S4.

[20] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 261.

[21] Ibidem.

[22] Ibidem.

[23] National Geographic. (March 2018). Puerto Rico Still Struggling in the Dark. Online: https://www.nationalgeographic.com/magazine/2018/03/puerto-rico-after-hurricane-maria-dispatches/.

[24] Ibid.

[25] Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other islands of the West Indies. New York: The Century Co., pp. 179-180.

[26] National Geographic (June 1899). Jobos Harbor. Vol. X, No. 6, p. 206.

 

Fotos

Jobos Bay in Port Jobos, Salinas and Guayama Puerto Rico. (2018). Marinas.com. https://img.marinas.com/v2/390ef0bb8d99be147645204ba23e25ee01faf900cb941292def6031c79dec45b.jpg

David Jusino, Ricardo. (2011) Entrada Principal a Aguirre-Salinas.  GeoViews Puerto Rico. http://mw2.google.com/mw-panoramio/photos/medium/53465478.jpg

Fernández, Héctor. (2016). Current view at the Aguirre Golf Club. Puerto Rico Golf Association, Facebook.  https://www.facebook.com/prga1954/photos/a.208492142525033.52460.118234928217422/1387785171262385/?type=3&theater

 

 

Coloniaje y corrupción: El sistema de irrigación del sureste de Puerto Rico, 1906-1914

Por Rafael Rodríguez Cruz

La visita de Roosevelt, 1906

El buque de guerra USS Louisiana ancló sin dificultades en el puerto de La Playa de Ponce, Puerto Rico, el 21 de noviembre de 1906. Las facilidades portuarias de esa ciudad eran las mejores de la isla. La llamada “perla del sur boricua” no tenía la mejor bahía natural; pero, su ancladero poseía la profundidad necesaria para acomodar la portentosa nave visitante. De todos modos, la mejor bahía natural de la isla, Jobos, estaba en su estado virgen. Aunque esta maravilla en la costa sur de Puerto Rico no se encontraba muy lejos de Ponce, únicamente la National Geographic y la Central Aguirre la tenían en la mirilla.

La nave USS Louisiana no era una embarcación castrense cualquiera. Formaba parte de la primera generación de barcos de guerra construidos de acero en Estadios Unidos. Con sus 16,000 toneladas de desplazamiento y sus cañones de 305 milímetros, era impresionante por los estándares militares de la época. Entre otras cualificaciones, tenía una tripulación de 900 marinos listos para cualquier invasión. Desde principios del siglo XX, Estados Unidos buscó ampliar su poder militar en los océanos del mundo, creando barcos ciclópeos con armas monumentales.

El control de las naciones caribeñas, por supuesto, era de vital importancia para esa nación. De hecho, apenas dos

Theodore Roosevelt llegando a Puerto Rico

meses antes de llegar a Ponce, el USS Louisiana estuvo en Cuba durante el evento que quedó bautizado como la «segunda invasión» de ese hermano país. El propio secretario de guerra de Estados Unidos, William H. Taft, se trasladó en la nave a La Habana el 16 de septiembre de 1906, para contener la insurrección en contra del gobierno del presidente Estrada Palma. Ahora, el 21 de noviembre de 1906, la nave llegaba al puerto de La Playa de Ponce con un tripulante todavía más acreditado en los círculos guerristas: el presidente Theodore Roosevelt. Este regresaba a Estados Unidos después de una «visita de inspección» a la zona del canal de Panamá.

De seguro que no faltó, en nuestra isla, quien le atribuyera un significado místico y hasta religioso a la visita de Roosevelt en 1906. Nunca antes, en toda la historia del imperio estadounidense, se había dado un viaje de un mandatario de la Casa Blanca al exterior. Panamá fue el primer país en recibir una visita de ese tipo, a principios de noviembre; Puerto Rico, el segundo. Además, el año 1906 había sido bien difícil para muchos países del océano Atlántico y del Caribe. Un total de 11 fenómenos atmosféricos, entre ellos seis huracanes y tres grandes ciclones, impactaron a lugares como Cuba, Florida y Mississippi. Entre el 8 de junio y el 9 de noviembre parecía que el mundo había llegado a su fin en la costa sureste de Estados Unidos, incluyendo los Cayos y las Carolinas. En Puerto Rico, sin embargo, la época de huracanes de 1906 fue inusualmente tranquila. Apenas se sintieron cambios en los patrones de vientos; es más, la caída de lluvia estuvo por debajo de lo normal, acentuando un patrón de sequía en las llanuras costeras de la isla, que había comenzado en 1904.

Quizás la única persona que experimentó alguna dificultad «natural» en Puerto Rico en 1906 fue el propio

Auto presidencial atascado en Adjuntas

presidente Roosevelt, cuando su chofer intentó cruzar un río de Adjuntas en el vehículo presidencial; y el Studebaker F-124, de último modelo, se atascó en el fango. Por suerte, un grupo de políticos puertorriqueños, que se había unido a la comitiva, prontamente se metió hasta las rodillas en el agua y lodo para empujar el carro. Roosevelt, vestido de un traje blanco de dos piezas, y gordinflón como era, dejó que los «nativos» resolvieran el problema. Ni él ni su escolta se bajaron del Studebaker. El asunto quedó consagrado en una fotografía que los ayudantes del presidente transformaron en tarjeta postal. En fin, Puerto Rico, «la isla bendita», supuestamente tenía en 1906 la suerte de una visita del mandatario estadounidense.

Demasiada suerte, sin embargo, a veces trae mala suerte, como decía Bertolt Brecht. Efectivamente la dura sequía de 1905-1906 tuvo el efecto de agudizar el conflicto entre los pequeños agricultores puertorriqueños y los grandes intereses azucareros, en su mayoría extranjeros. Como bien constató el chofer de Roosevelt, en la costa del sureste todo estaba seco; pero, en las montañas del centro, el agua sobraba. De hecho, luego de una breve estadía en San Juan, Roosevelt partió para Arecibo, con el objetivo de cruzar diagonalmente la Cordillera Central. Apenas comenzó a subir las mismas montañas majestuosas que el hidrólogo Herbert Wilson había descrito con elogio en la revista National Geographic de marzo de 1899, el presidente expresó que se sentía como en una «verdadera Suiza del trópico». Añadió que, en su opinión, San Juan tenía una bahía en estado deplorable, pero que la belleza y fertilidad de los campos del centro de Puerto Rico eran incomparables. El elogio habría de costarnos caro.

Creación del sistema de riego del sureste, 1907-1914

La caña de azúcar es una planta sedienta, y en Puerto Rico no abundan las llanuras húmedas. Respondiendo de manera directa a los grandes intereses azucareros extranjeros en el sureste de la isla, la legislatura colonial aprobó en 1907 la suma de $4,000 para estudiar la viabilidad de un sistema de irrigación en los terrenos llanos que van de Patillas a Salinas. El contrato de evaluación fue a parar, por medio de conexiones personales, a manos de un ingeniero de hidrología estadounidense, de nombre B.M. Hall, quien supuestamente ya dirigía proyectos de irrigación en Nuevo México y Texas. Hall llegó a Puerto Rico tan pronto se aprobó el dinero. Entre 1907 y 1908, él y sus ayudantes llevaron a cabo varios a estudios de medición de flujos de corrientes de agua e identificaron posible lugares para la construcción de represas en la ladera sur de la Cordillera Central.

En realidad, era muy poco lo que Hall y su gente tenían que hacer. Apenas una década antes, el ingeniero Herbert Wilson había llevado a cabo un estudio abarcador del drenaje de agua en toda la isla. Además, en 1866 un ingeniero inglés, de nombre E.W. Webb, había trazado planes preliminares para un sistema de riego en el sureste. Concretamente, Webb propuso en 1866 apresar las aguas de la cabecera del río La Plata y crear una reserva en el valle de Carite. Las aguas embalsadas serían entonces desviadas, por medio de un túnel entre las montañas de Carite y Guamaní, hasta los cañaverales del sureste. Todo el mundo sabía desde tiempo inmemorial acerca del valor del río la Plata, pues este es el cuerpo de agua más largo de Puerto Rico. Nace en los montes de Guayama, a 800 metros de altura, y fluye de sur a norte a través de varios municipios: Guayama, Cayey, Comerío, Naranjito, Toa Alta, Toa Baja y Dorado. Wilson mismo lo describió en detalle en sus estudios de 1898. Lo que Hall hizo fue, pues, meramente actualizar por encima lo que otros habían hecho. En 1908 se lo presentó a la legislatura colonial, junto a una petición de $25,000 adicionales, para extender sus «estudios hidrológicos» a Santa Isabel y Ponce. Qué conexiones tenía él con la administración colonial, no lo sabemos; pero, sí sabemos que en 1908 logró le aprobaron la segunda partida dinero sin objeciones.

El 18 de septiembre de 1908, la legislatura colonial aprobó a la carrera un presupuesto de $3,000,000 (equivalentes a $78,947,368 en 2018) para la construcción del sistema de riego del sureste de Puerto Rico. De acuerdo con la legislación, el proyecto habría de extenderse desde el río Patillas, hasta el río Jacaguas, en Juan Díaz. Potencialmente, se irrigarían 30,000 acres de terrenos ya sembrados de caña en la costa sureste. La longitud total del riego sería de 40 millas y la anchura de dos millas. Para financiar la obra, se aprobó también una emisión de bonos públicos por el costo del proyecto, así como un impuesto especial sobre las tierras a ser irrigadas. Únicamente los agricultores con concesiones previamente reconocidas por el gobierno invasor obtendrían un crédito al pagar el consumo de agua de riego. Finalmente, y esto es verdaderamente importante, la construcción del sistema de riego se haría mediante la contratación de una firma de ingeniería (léase B. M. Hall), bajo la supervisión «administrativa general» del Consejo Ejecutivo. Esto solo imponía en el contratista la obligación de informes trimestrales al gobernador de la colonia. El preámbulo de la legislación anunció que, gracias al sistema de riego, cerca de 30,000 acres de terrenos en el sureste de Puerto Rico «recibirían suficiente agua para convertirse en las tierras agrícolas más valiosas del país».

Entre 1908 y 1910, el ingeniero Hall y su compañía hicieron muy poco para adelantar la construcción del sistema de riego. Decimos «muy poco», porque lo que sí lograron fue que $138,855 (el equivalente de $3, 654,070, en 2018) se desvanecieran sin que se pudieran corroborar los gastos. Fue así que en 1911, probablemente debido a la presión de los intereses azucareros del sureste, se canceló el contrato de construcción que tenía Hall. La legislatura colonial determinó, además, que el gobierno fuera en adelante el jefe directo de la obra y que todo el trabajo de construcción se hiciera «administrativamente por día de trabajo». Sí, se contrató a otro ingeniero principal (J. W. Beardsley), pero este no era un contratista autónomo, como Hall, sino un mero empleado. El asunto es que los años de 1907 a 1911 habían sido de sequías durante los cruciales meses del crecimiento de la caña, y el estado colonial tenía que responderle con prontitud al gran capital azucarero de la costa sur, en particular a la Central Aguirre.

Efectivamente, bajo la «reorganización administrativa» de 1911, comenzaron a llegar máquinas, personal técnico y equipos de excavación para trabajar en la construcción del riego. Además, se construyeron barracones y comedores gigantes para atraer a los trabajadores puertorriqueños de la caña desempleados durante el «tiempo muerto» en el sureste. Muchos trabajaban en la construcción del riego meramente por comida; en lo que es un capítulo de la clase obrera del sureste de Puerto Rico, que nunca se ha escrito. Entre 1911 y 1913, el gobierno colonial adoptó, pues, la forma organizativa propia de una gran empresa capitalista. El resultado fue un avance sustancial en la construcción del sistema de riego del sureste, gracias a la movilización, bajo un régimen de disciplina capitalista y colonial, de una masa gigantesca de trabajadores puertorriqueños.

El sistema de riego del sureste de Puerto Rico fue inaugurado el 1 de septiembre de 1914. Sus componentes principales eran tres. Primero, la reserva de Patillas, con su represa y sistema de distribución en el extremo oriental; segundo, la de Carite, con su represa, túnel y sistema de distribución y, tercero, la de Guayabal, con su túnel y sistema de distribución. La capacidad combinada de las tres reservas era de 33,264 acres-pie de agua, o sea, 11 millardos de galones de agua. Potencialmente, el sistema podía irrigar 30,000 acres de terreno; pero, en 1914 únicamente se activó para 24,000 acres, a razón de 4 acres-pie para todo el año. Sí se mantuvo la extensión original de 40 millas de largo y dos, de ancho. Además de las tres reservas principales, el sistema se inauguró con dos lagos menores de almacenamiento, Melanía y Coamo.

Tanto la reserva de Carite, como la de Guayabal, tenían desde el principio el potencial para generar electricidad. La primera, en particular, poseía una represa y túnel, cuya apertura estaba localizada en el lado sur. Esto resultaba en una caída abrupta del agua, con una fuerza equivalente a 2,000 caballos de fuerza de electricidad. En la reserva de Guayabal sucedía algo similar, pues el agua era desviada del lado norte de la cuenca a través de un túnel con caídas abruptas.

Por último, en 1914 se aprobó legislación que dejó al gobierno colonial como garante principal de la deuda, que al final fue de $4,000,000 (equivalente a $98,609,600, en 2018). Naturalmente, todo el asunto salió relativamente, barato porque la fuerza de trabajo se compró, literalmente, con comida. El pago por concepto de renta de la tierra (en este caso, en la forma de agua) fue muy poco o nada.

El fin de la prosperidad boricua

El año de 1915 también fue uno seco y caliente. Apenas llovió en Puerto Rico y las temperaturas en los litorales eran insostenibles. En los llanos del sureste de la isla, sin embargo, sobraba el agua. Todo gracias a las tres reservas y su sistema de distribución. De acuerdo con los datos del gobierno colonial, durante la zafra de 1914-1915 se vendieron en la zona 26,621.97 acres pie de agua, provenientes todos de las reservas de Carite, Patillas y Guayabal. En total, se irrigaron 23,619 acres de terrenos entre Patillas y Juana Díaz.

Los intereses azucareros del sureste, ahora bajo el control directo o indirecto de la central Aguirre, estaban eufóricos de regocijo. La abundancia de agua de riego en esa zona coincidió con un precio elevado del azúcar en el mercado mundial. Era el efecto de la Primera Guerra Mundial sobre los precios de los alimentos. El informe de 1915 del gobernador colonial, Arthur Yager, al secretario de guerra de Estados Unidos no pudo ser más encomiástico del sistema de riego:

«El evento más importante en la historia financiera de Puerto Rico, durante el pasado año fiscal, fue la culminación exitosa del proyecto de irrigación, que trajo vida y prosperidad a una región hasta entonces severamente afectada por la sequía. Los principales componentes de este proyecto entraron en operación, tan rápidamente como fueron acabados. El 1 de septiembre de 1914, el distrito provisional de irrigación quedó inaugurado; y los resultados obtenidos hasta ahora han sido sumamente beneficiosos para los sembradores de caña y la comunidad en general. Esta importante ayuda para el sembrador llegó en un momento muy oportuno, pues en ese año la lluvia estuvo por debajo de lo normal y las temperaturas en el distrito de irrigación se mantuvieron bastantes altas. De no haber sido por la irrigación pública, se habría producido muy poca caña de azúcar en el lado sur de la isla, y los agricultores habrían perdido la oportunidad de vender su azúcar a los precios inusualmente elevados que han prevalecido desde el comienzo de la guerra europea. Se estima que bastaría con el valor de la caña de azúcar adicional que se ha producido en el primer año de irrigación (sobre y por encima de la producción normal) para reponer una cuarta parte de la deuda total contraída en la conclusión del proyecto».

La última oración es una joya que merece repetirse: gracias al sistema de irrigación pública, la producción adicional

Estructura del sistema de riego del sur

de caña de azúcar en 1914-1915 en el distrito «provisional» de riego (26,000 acres) fue igual en valor a una cuarta parte de lo invertido entre 1908 y 1914 para construir todas las reservas, represas, túneles y canales del sureste. ¿Y qué hicieron las centrales de ese litoral, dominadas por la Aguirre, con ese ingreso adicional de $1,000,000 en concepto de ventas? ¿Lo abonaron al pago del principal del préstamo público de $4,000,000? No, se lo embolsillaron. Fue el pueblo de Puerto Rico, sin representación real en la legislatura colonial, el que se quedó con la deuda de 4 millones por 43 años.

Igualmente significativo es el hecho de que el gobernador de Puerto Rico no mencionó, en su informe de 1915, la dimensión colonial de la construcción del sistema de riego del sureste. El año de 1914 fue uno extremadamente seco. De hecho, ya desde 1912 los sembradores independientes de caña de azúcar, en particular los colonos y pequeños sembradores fuera del sureste, venían quejándose de la falta de agua para sus sembradíos. ¿Y qué recomendaciones recibieron estos del gobierno federal para aliviar los efectos de la sequía? Pues que se las arreglaran privadamente entre ellos, mediante la extracción de agua subterránea y la captación de las corrientes superficiales de los ríos en sus desembocaduras.

La alternativa de irrigación privada, costosísima para las granjas de mediano y pequeño tamaño, era la norma en Hawái, debido a las pocas pero gigantescas compañías azucareras de ese archipiélago. Allá, cada compañía azucarera era dueña sus propios canales y sistemas de distribución de agua, cuya construcción sufragaban por completo. En Puerto Rico, sin embargo, se brindó irrigación pública a las grandes centrales del sureste y se promovió la costosa vía hawaiana para los agricultores nativos más pequeños.

El gobernador Yager, ciertamente, no era un hombre inculto. Poseía una maestría de Georgetown College y un doctorado de John Hopkins University. Lo que él no tenía era interés alguno en hablar con claror de la dominación de los monopolios azucareros estadounidenses en Puerto Rico. Así, lo que el educado gobernador llamaba el «distrito de riego» no pasaba de 30,000 acres para irrigación. Si tomamos como base los datos de Herbert Wilson en 1898, encontramos que el tan celebrado «distrito» no era ni una tercera parte de toda la tierra que podía beneficiase teóricamente de la irrigación en la costa sur, o sea, 96,000 acres. Estos a su vez, eran una parte pequeñísima de toda la tierra cultivable en la isla.

De hecho, Wilson señaló enfáticamente en 1898 que «todos los productos que el suelo de Puerto Rico es capaz de producir se pueden cultivar en tres cuartas partes de la extensión de la isla, simplemente con la ayuda de la abundante lluvia».  ¿A qué productos se refería Wilson? Pues a todos, menos la caña de azúcar. Sí, había una cuarta parte de los terrenos, localizados ante todo en el sur, que podían servir para ese tipo de siembra, pero únicamente si se usaba la irrigación. Para él, como para otros científicos que estudiaron la hidrología local, las condiciones naturales más favorables para la agricultura en Puerto Rico no estaban en los llanos, sino en los montes y las pendientes bruscas.

Todavía en 1906, cuando la pequeña producción luchaba por sobrevivir, el Departamento de Comercio de Estados Unidos reconocía las particularidades de nuestra agricultura: «A primera vista, el carácter bruscamente montañoso de Puerto Rico parecería impedir la agricultura sobre la mayor parte de la isla. El hecho, sin embargo, es que algunas de las pendientes más inclinadas tienen las cosechas de mayor rendimiento». Entre ellas, por supuesto, el café y el tabaco; pero no la caña de azúcar, que requiere terrenos llanos, sol y humedad en abundancia. En eso, dicho sea de paso, Cuba y Puerto Rico no se parecen en lo absoluto. Allí abundan los llanos que no necesitan irrigación; aquí, escasean.

Es absurdo pensar que Wilson, un hidrólogo de ideas conservacionistas profundas, habría propuesto en 1908 desviar las abundantes aguas de los montes empinados de Puerto Rico, para suplir las necesidades estrechas del gran monopolio del azúcar en el sureste, en particular, de la central Aguirre. ¡En medio de una sequía espantosa! De hecho, en una observación característica de la genialidad de este hidrólogo estadounidense, Wilson afirmó que buena parte de los terrenos llanos y secos del sur de Puerto Rico eran ya aprovechados en 1898, sin mucha irrigación, para la siembra de habichuelas, lentejas, maíz, vegetales pequeños y frutas. ¡No en balde éramos entonces autosuficientes! Algo fatal intuía Wilson, probablemente, en toda la machacona insistencia del gobierno federal en evaluar la posible irrigación de la costa sureste para el cultivo de caña.

Estructura del sistema de riego del sur

Sin embargo, fue en el análisis del costo del proyecto de irrigación del sureste en que se reveló verdaderamente, y a toda luz, la actitud prepotente e imperialista del gobernador Yager. Los recursos invertidos en la construcción del sistema de riego, según él, eran meramente equivalentes a $4,000,000. ¿De veras? ¿Y qué de la destrucción de los drenajes naturales de la región montañosa de Puerto Rico? ¿Esto no fue acaso un costo? Sí, lo fue para la nación puertorriqueña y para nuestro pueblo, pues los patrones de flujo de agua dulce existentes en las montañas hasta 1906 habían sido la clave de la extraordinaria vitalidad de la pequeña agricultura puertorriqueña. En esto, se nos iba la vida.

Sorprendentemente, todavía a mediados de la primera década del siglo XX, según los estudios del propio gobierno estadounidense, el pequeño agricultor de Puerto Rico hacía esfuerzos sobrehumanos por sobrevivir en el área de la producción de alimentos. Esto, a pesar de la inclusión de la isla en el abusivo sistema tarifario de la nación imperial. Sin embargo, ya para esos días la isla estaba siendo inundada de productos alimenticios caros y de segunda clase provenientes de Estados Unidos. Se sentaban, así, las bases para nuestra completa dependencia, que aún hoy en el siglo XXI es agobiante.

El sistema de riego del sureste, pues, al trastocar en 1906-1914 la hidrología de los montes fértiles y húmedos de Puerto Rico, fue un puñal clavado en el corazón de nuestra nacionalidad. Su impacto fue tan severo como el cambio de moneda o la inclusión de la isla en la tarifa azucarera, o como otras tantas medidas dirigidas a convertirnos en parias en nuestro propio suelo. En ese sentido, fue un instrumento más del poder ocupante. Y no es para extrañarse, pues, como dijera don Pedro Albizu Campos: «El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia. El invasor arrebata al nativo toda su riqueza. Se posesiona de sus tierras, de su comercio, de su industria y de todas las fuentes naturales de riqueza».

©Rafael Rodríguez Cruz

A propósito del llamado “día de la ciudadanía estadounidense” / por Rafael Rodríguez Cruz

 El servilismo de los anexionistas ha marcado la actitud de los estadounidenses hacia Puerto Rico

Ni se había efectuado la mitad del desembarco de las tropas estadounidenses en Guánica en 1898, cuando la clase política anexionista puertorriqueña proclamó que la isla no tenía los medios económicos para sobrevivir sin la presencia del imperio. Esta afirmación falsa, que inicialmente no fue ni tan siquiera solicitada por las fuerzas asaltantes, le dio a Estados Unidos lo que este todavía no tenía: una justificación ideológica para la violación de los derechos supremos de nuestra nación. En realidad, las primeras expresiones intervencionistas del imperio en Puerto Rico destacaban que el propósito de la acción militar era, pura y simplemente, el apoderarse de los recursos de una isla a todas luces rica y autosuficiente. Todas las investigaciones por geólogos, climatólogos e hidrólogos llegados con las tropas estadounidenses afirmaban, precisamente, que Puerto Rico mostraba una riqueza y desarrollo social sin par en El Caribe.

Habría que señalar que los primeros en sorprenderse con las expresiones de los anexionistas del patio probablemente fueron los mismos invasores estadounidenses. En ninguna otra región anexada entre 1860 y 1898 por el ejército de Estados Unidos, se había verificado tal grado de servilismo por fuerzas simpatizantes del imperio. La burguesía anglosajona dominante en Hawái, por ejemplo, condicionó su apoyo a la anexión en 1892, y exigió de Estados Unidos concesiones importantes, en lo económico y político. Primero, la plena inclusión de Hawái en la tarifa azucarera. Segundo, el monopolio político sobre todas las islas del archipiélago hawaiano. Ante la renuencia del gobierno de Estados Unidos a negociar los términos de la anexión, la burguesía azucarera de Hawái impulsó una revolución armada y se constituyó en república soberana en 1892. Esa forma política duró hasta 1898, cuando los grandes intereses azucareros del archipiélago se impusieron a la voluntad del Congreso. Igual pasó en todos los territorios que vinieron a conformar la expansión territorial de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX. Siempre hubo exigencias de los intereses locales y concesiones por parte del gobierno federal. Lo de Puerto Rico, la sumisión y falta de espina de los anexionistas, era algo único, que marcó un hito en la historia de expansión territorial del imperio.

¿A qué respondió esa afirmación falsa y alocada de los anexionistas del patio ante la invasión? Curiosamente, no respondía tanto a la presencia militar norteamericana, como a razones internas a nuestro país. Nos referimos al desarrollo desigual de la colonia en los últimos años de la dominación española. A partir de 1895, Puerto Rico había experimentado un rápido desarrollo económico, que se  alimentaba en gran medida de la fortaleza de nuestra moneda frente a la española. Aunque incipiente, por los estándares de los grandes países europeos, se trataba de un proceso de acumulación originaria de capital, que venía alimentado el comercio y la banca local. Los investigadores estadounidenses se dieron cuenta de esto y lo informaron sin dilación al Departamento de Guerra de Estados Unidos. Y todos, sin excepción, destacaron que las grandes oportunidades de inversión, así como los recursos más importantes, no estaban en San Juan ni al norte de la Cordillera Central, sino al sur. Desde el día 1 de la invasión, la atención de los inversionistas se centró en la región costera que va de Guayama a Cabo Rojo. Uno tras otro, los informes preparados para el U.S. Geological Survey destacaban a Ponce y Mayagüez como las ciudades no solo más bellas de Puerto Rico, sino como las más productivas económicamente. La Playa de Ponce y la bahía de Jobos llamaron en particular la atención de los intereses azucareros. Ponce interesaba por su dinamismo comercial y Mayagüez, por su clase de hacendados. En ese inventario de recursos y desarrollo urbano, la ciudad de San Juan salía siempre algo mal parada. La capital era vista por los invasores como la urbe puertorriqueña de mayor desigualdad social, la menos pulcra y la que tenía más políticos estériles. Mientras los investigadores estadounidenses no encontraban suficientes elogios para las ciudades del sur, era muy poco lo que decían efectivamente de la «ciudad de los políticos», o sea, de la capital, salvo por la majestuosidad de sus murallas.

San Juan, sin embargo, sí tenía algo que podía servir al imperio: una clase política anexionista dispuesta a justificar el coloniaje. Además de no tener la más mínima fibra de integridad nacional, esta clase se erigió en la defensora de un coloniaje inclemente. Mintieron, lo pintaron como una  necesidad histórica, y se consagraron a defenderlo.

Hay que pensar detenidamente en cuál habrá sido el impacto emocional y psicológico de esta acción vil de los anexionistas sobre la conciencia de las masas trabajadoras y campesinas de la isla. Puerto Rico era en 1898 el paraíso de la pequeña propiedad campesina. Gracias a ello era, para usar las palabras de National Geographic, la más próspera de todas las islas antillanas. Ese sistema de pequeña propiedad, que tantos halagos recibió de U. S. Geological Survey, era el recurso económico principal de la mayoría de la población puertorriqueña. Además de suplir las necesidades alimenticias de la población, daba vida a una exportación de medios de vida a islas vecinas. De hecho, si algo era patente en los informes del U.S. Geological Survey era la relativa «felicidad colectiva» existente entre los puertorriqueños, particularmente en el campo. ¡No podía ser de otro modo! El modo de producción de la pequeña propiedad, dominante en Puerto Rico en 1898, no era un legado de las plantaciones esclavistas ni del feudalismo ni de los privilegios mercantiles de los españoles. Fue creado, mantenido y reproducido, desde la tercera década del siglo XIX, por la gran masa de trabajadores del país. Era, efectivamente, el sector económico más democrático de nuestra sociedad. Así lo sentía la gran masa de la población, y no hay una sola razón para ponerlo en duda.

En 1898, respondiendo a motivos completamente mezquinos, la clase política anexionista del país, enarboló la mentira de la pobreza de Puerto Rico para mostrarse útil ante el imperio. Fue un acto de una bajeza enorme, que en nada reflejaba la realidad económica y social del país, según los propios datos de las agencias federales. No se equivocaron, pues, los invasores cuando detectaron en San Juan la presencia de una clase política, corrupta, improductiva y dispuesta a todo para preservar un puesto en la administración de la colonia.

Hoy, los tataranietos de aquellos políticos infelices que, en el 1898, no tuvieron la valentía de defender la tradición democrática de nuestro país, reflejada ante todo el vibrante sistema de la pequeña propiedad, vuelven de nuevo a enarbolar la mentira como instrumento para seguir robando y viviendo del sufrimiento de nuestra nación. Y eso ha de seguir así, como dijera Albizu Campos, a menos que surja una reacción de intenso nacionalismo que logre sofrenarlo.

© Rafael Rodríguez Cruz

De cómo y por qué los invasores estadounidenses tildaron a la Isla de Puerto Rico de mendiga majadera / Rafael Rodríguez Cruz

Puerto Rico y la revista National Geographic, 1898-1907: De cómo a la bella princesa antillana le pusieron el mote de ‘mendicante majadera’

por Rafael Rodríguez Cruz

Tal como hermosa princesa antillana acabada de descubrir, la isla de Puerto Rico fue presentada al mundo de la ciencia estadounidense en la edición de marzo de 1899 de la revista National Geographic. Si es cierto eso que dicen, de que las primeras impresiones son las que cuentan, hay que decir que los editores de la prestigiosa publicación no escatimaron en 1899 en elogios para nuestra isla:

«Es la más oriental y más pequeña de las Antillas Mayores, siendo 500 millas cuadradas menor que Jamaica, en términos de área. Tiene 95 millas de largo, 35 millas de ancho, y posee un área de 3,668 millas cuadradas. Su línea de costa tiene una longitud de 300 millas. Su área es 300 millas cuadradas mayor que la de Delaware, Rhode Island y el Distrito de Columbia, combinadamente, y 300 millas cuadradas menos que la de Connecticut. Al mismo tiempo, es la más productiva en proporción al área, la más densamente poblada y la más establecida en sus costumbres e instituciones». (Traducción libre)

El autor de la edición de National Geographic dedicada a Puerto Rico no era un científico cualquiera. Se trataba de Robert T. Hill, uno de los exploradores más destacados en el campo de las investigaciones geológicas en Estados Unidos, desde la perspectiva de los intereses del gran capital monopolista. Entre 1886 y 1890, por ejemplo, este condujo estudios geológicos que hicieron posible los gigantescos proyectos de irrigación de las granjas agrícolas y comerciales en el estado de Texas, mediante la extracción de aguas subterráneas. También llevó a cabo investigaciones que sirvieron de base para la exploración petrolera en la costa de esa región. Al incrementarse el impulso imperialista de las corporaciones estadounidenses en la década final del siglo XIX, Hill estuvo en México, Jamaica y Cuba identificando yacimientos potenciales de oro y otros minerales. Además, en 1896 evaluó en detalle los aspectos geológicos del desarrollo de la «ruta del canal de Panamá». Su considerable conocimiento de la geología y exploración mineralógica siempre estuvo al servicio del capital. En parte por eso, Hill iba más allá que muchos científicos naturales y se interesaba en todos los aspectos de los países que visitaba, la historia, la economía, la política y las cuestiones raciales. Sus estudios científicos culminaban siempre con una valoración de conjunto e incluían recomendaciones basadas en lo que él llamaba la «geografía económica» determinante de la rentabilidad de las inversiones. Era de esperarse, pues, que al ocurrir la invasión de Puerto Rico en 1898, Hill llegara a nuestra isla para evaluar la posibilidad de explotar minerales como el oro y el cobre. Así fue.

Puerto Rico resultó doblemente exótico para Hill. Geológicamente, la isla no se parecía en nada a los lugares de ocurrencia de minerales metálicos en Estados Unidos. Más bien, era una extensión, en las Antillas, de las formaciones geológicas de América Central y, en particular de Colombia, lugar en que abundaba el platino. Lo recomendable era, pues, hacer un estudio más completo de la viabilidad de la minería de exportación en Puerto Rico, tomando en cuenta su matriz antillana. El prospector ordinario –señaló enfáticamente– habría de encontrar las condiciones locales tan distintas a las de Estados Unidos, que «estaría completamente desorientado en seguir las indicaciones normales de riqueza mineral».

En lo económico y social, Hill quedó hechizado con la isla. Aunque él era oriundo de Nashville, Tennessee, se desarrolló y vivió la mayor parte de su vida en Texas. De hecho, antes de ser una eminencia en el campo de la geología de las Grandes Praderas del Sur, Hill fue vaquero, literalmente, un cowboy. Durante su juventud, formó parte de las cuadrillas de trabajadores a caballo que movían reses desde Texas a Kansas, en viajes de meses de duración. Fue, precisamente, durante esas travesías a la intemperie que adquirió el pasatiempo de coleccionar fósiles y rocas. Sin saberlo, su colección contenía especímenes que nunca habían sido descritos en los textos de geología. Bastó con que un periódico los mostrara, para que cayeran en desuso todas las teorías propugnadas por el Manual de Geología, de James Dwight Baldwin, sobre las formaciones geológicas del sur de Estados Unidos. Hill no había ido aún a la universidad, y ya estaba en el centro de las controversias teóricas acerca de la evolución del continente de América de Norte.

Al llegar a la isla, Hill experimentó un segundo encuentro con lo desconocido. Las Grandes Llanuras del Sur, cuya geología él había estudiado para servir a los intereses de la gran agricultura comercial, se caracterizaban por la extensión y uniformidad topográfica. Un lugar de las llanuras era idéntico al otro, aunque mediara una distancia de cientos de millas. Además de lo aplanado del terreno, el elemento común allí era la escasez de lluvia. Él mismo, apenas graduado de la universidad de Cornell, trabajó en la región en la exploración de acuíferos y fuentes de agua subterráneas para usos agrícolas. Los estudios de Hill en Texas coinciden con una época en la evolución de la agricultura capitalista orientada hacia el uso intensivo de la irrigación y los fertilizantes artificiales. Era la época del fetiche capitalista de las granjas gigantescas, cuya productividad era función de la aplicación de la ciencia para dominar al mundo de lo natural.

Puerto Rico le rompió todos los esquemas a Hill. Se trataba de un lugar diminuto, predominantemente montañoso y apenas cultivado por métodos científicos modernos. Sin embargo, era agrícolamente prospero. Las claves de esa prosperidad, a su juicio eran tres: la vasta productividad del suelo, la abundancia de lluvia y la energía de la pequeña agricultura diversificada:

«Probablemente, ningún otro lugar en todas las Antillas es tan fértil como Puerto Rico, y ninguno es más generalmente susceptible de cultivos y agricultura diversificada. Un solo acre de caña rinde aquí más azúcar que en ninguna otra de las islas, excepción hecha de Cuba. Poseedora de todas las variedades de escenarios tropicales, fértil desde la cima de las montañas hasta la mar, rica en tierras de pastoreo, sombreada por hermosos bosques de palmas magníficas, con la humedad de mil doscientas corrientes de agua dulce, sus posibilidades agrícolas son inmensas». (Traducción libre)

Quizás en una indiscreción inducida por sus primeras impresiones sobre Puerto Rico, Hill presentó una evaluación de la geografía económica de la isla no en función de criterios estrictamente imperialistas, sino de nuestra autosuficiencia. El sistema de la pequeña producción diversificada, calificado como un anatema por el pensamiento económico moderno estadounidense, hacía sentido en Puerto Rico. Nuestro país se destacaba, entre todas las Antillas, en que producía alimentos en cantidades suficientes para casi suplir las necesidades de sus habitantes, así como las de islas vecinas:

«Puerto Rico es esencialmente la tierra del agricultor y la más altamente cultivada de las Indias Occidentales. De hecho, es la única isla en que la agricultura es tan diversificada que produce suficiente comida para el consumo de sus habitantes, además de vastas cosechas de plantaciones en café, azúcar y tabaco para la exportación. Más aún, la tierra no está monopolizada por grandes plantaciones, sino que está dividida principalmente en pequeñas tenencias independientes». (Traducción libre)

Proveniente de Texas, la industria ganadera de la isla no pasó desapercibida para Hill. Nuevamente, hizo comparaciones interesantes con otras islas de El Caribe. Además, evaluó todo en el contexto del mercado caribeño:

«La agricultura diversificada de Puerto Rico está muy modificada por extensos intereses de pastoreo, que no solo suplen a sus habitantes de carne, sino que producen cientos de reses de excelente calidad para la exportación anual; especialmente para las Antillas menores, que son considerablemente dependientes de Puerto Rico para carne, así como bueyes de labor. Los principales consumidores son Martinica, Guadalupe, St. Thomas y Cuba. Las tierras de pastoreo son superiores a las demás de las Antillas. Están ubicadas principalmente en el sur y en el lado noroeste de la isla, y están cubiertas una nutritiva planta leguminosa, llamada malahojilla (Hymenachine striatum), que las reses consumen». (Traducción libre)

Con la misma energía y motivación intelectual con que dos décadas antes había estudiado los fósiles y rocas de la Grandes Llanuras del Sur de Estados Unidos, Hill se dio en 1899 a la tarea de estudiar el misterio de la prosperidad de Puerto Rico. Además de dos viajes exploratorios por la isla, revisó toda la literatura existente, en español e inglés, sobre la historia, economía, exportaciones, instituciones, cultura y demografía de nuestro país. También estudio los censos y las colecciones de la “Estadística General del Comercio Exterior”, entre 1887 y 1896. Las conclusiones a que llegó sorprendieron a los que lo conocían por su afán en encontrar avenidas para la inversión de capitales estadounidenses en el mundo entero. A su entender, la pequeña producción agrícola en Puerto Rico era tan eficiente, y su población estaba tan contenta, que lo mejor era dejarla quieta, salvo para viajes de recreación y placer:

«Unos cuantos árboles de café y matas de plátanos, una vaca y un caballo, un acre de maíz o batatas dulces, esa es toda la propiedad de lo que podríamos denominar un jíbaro que vive cómodamente; y quien, montado en su simple y fuerte caballo, con un machete largo asomándose de sus canastas, vestido con un sombrero de paja y borde ancho, abrigo de algodón, camisa limpia y pantalones gastados, sale animadamente de su cabaña para ir a misa, a las peleas de gallos, o a bailar, pensando que es el ser más feliz e independiente que existe […] No es del todo seguro que habrán muchas oportunidades de adquisición de riqueza en Puerto Rico, por medio de la explotación de los recursos agrícolas y minerales, por parte de inmigrantes de los Estados Unidos. Las condiciones que han prevalecido por siglos no pueden cambiarse en un día. Las tierras, cuya titularidad ha sido mantenida por cientos de años, no pueden apropiarse sino mediante su compra. Por otro lado, la isla sería una adquisición exquisita, desde el punto de vista estético, y sería un lugar deseado por la gente para recreación y placer». (Traducción libre)

Al igual que como ocurrió con Herbert Wilson, no sabemos si Hill regresó a Puerto Rico después de su trabajo de exploración mineralógica entre 1898 y 1899. Lo que sí sabemos es que alguna fuerza poderosa y oculta lo llevó a retractarse humillantemente de sus conclusiones iniciales sobre la isla, forzándolo a hacer en 1900 una alabanza pública de los proyectos agrícolas y militares del gobierno estadounidense. Los suelos de Puerto Rico eran inexplicablemente, en sus escritos revisados, «basura que solo podía ser rescatada por la magia de la química, el drenaje y la irrigación». Hill nunca más volvió a ocupar las páginas de National Geographic, salvo un breve intervalo en 1902 en que quizás buscando resarcir su lugar en el mundo científico estadounidense, se fue de voluntario a Martinica para ayudar a las víctimas de la erupción de Mont Peleé. Como en los viejos tiempos en que, aún un vaquero, describió formaciones geológicas desconocidas por la ciencia geológica en las llanuras del sur de Estados Unidos, Hill fue el primero en dar cuenta de los efectos devastadores de los nuée ardentes o flujos piroclásticos; o sea, la mezcla de gases volcánicos, sólidos calientes y aire atrapado que se mueven a altas velocidades y al nivel del suelo, en ciertos tipos de erupciones. Hasta estos flujos entonces eran desconocidos por los vulcanólogos.

La suerte de Hill, sin embargo, quedó echada con el «desliz» sobre la prosperidad de Puerto Rico antes de la invasión. El propio Alexander Graham Bell tuvo que intervenir para que le publicaran un último artículo en The National Geographic en 1902. No obstante su afirmación forzada de que la presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico era un «acto de guerra humanitario», y una bendición de Dios para un pequeño y empobrecido lugar en El Caribe, en 1903 Hill fue despedido del U.S. Geological Survey.

El 8 agosto de 1899 uno de los ciclones más violentos del siglo XIX, San Ciriaco, azotó a Puerto Rico. Los daños fueron inmensos. Más de 3,000 personas murieron por las inundaciones. La cosecha de café se perdió por completo. Sin embargo, nada aparece en los archivos digitales de National Geographic al respecto. La cortina de silencio impuesta por las tropas estadounidenses en la isla fue absoluta. Lo próximo que aparece sobre Puerto Rico en la revista data de diciembre de 1899. Su autor fue Hill, quien se limitó a intervenir, mediante una nota de una página, en el «debate» sobre el nombre oficial de la isla, «Porto Rico o Puerto Rico». ¿Qué eran 3,000 personas muertas en comparación con el nombre del collar que nos ponía el imperio en el cuello? Un mes después apareció otra nota en la revista, ahora anónima, anunciando que el presidente de Estados Unidos había puesto fin al debate, al declarar que el nombre oficial sería en adelante «Puerto Rico». De paso, la junta editorial de National Geographic criticó a Hill por su falta de «seriedad y capacidad» al tratar el tema de la nomenclatura apropiada para la isla, pues él había argumentado a favor del uso de «Porto Rico». Poco importa que Hill era (o había sido) una de las mentes geológicas más importantes de Estados Unidos. El error de nomenclatura era imperdonable.

En 1902, buscando congraciarse con las tropas militares en Puerto Rico, la revista National Geographic, dedicó su reunión anual al tema de la isla. ¿Quién fue el invitado especial para la ocasión? Pues, nada más y nada menos que William F. Willoughby, fundador del Instituto Brookings y exprofesor de economía en Harvard. Amigo cercano de Teodoro Roosevelt, Willoughby había sido nombrado tesorero del gobierno colonial de Puerto Rico en 1901, cargo que ocupó hasta 1909. Su mensaje a la National Geographic Society en Washington D. C. fue laudatorio de la administración del nuevo territorio: «En sus industrias, Puerto Rico avanza favorablemente. El azúcar y el ganado florecen». En la sesión de preguntas y respuestas, Willoughby afirmó que el huracán había sido «algo inusual». La verdadera «tormenta» era la falta de control emocional de los electores puertorriqueños, que se peleaban entre sí por asuntos electorales sin importancia. El resultado era la violencia en la colonia.

Entonces llegó el año del 1906. Una terrible sequía azotó a la agricultura de la isla. La competencia por los recursos de agua se tornó severa. Todavía en esa época el drenaje de agua dulce se mantenía en su estado casi natural. El agua abundaba en la Cordillera Central y escaseaba en las costas, particularmente en el sureste. Los grandes intereses azucareros, como la Central Aguirre, tenían sus propios pozos de agua dulce. El gobierno colonial hacía muy poco por aliviar el sufrimiento del agricultor puertorriqueño. Más aún, los proyectos gubernamentales de beneficio público se otorgaban, por lo general, a contratistas estadounidenses que se robaban el dinero y, a veces, ni llegaban a la isla. La prensa local comenzó a fustigar al gobernador designado por el presidente de Estados Unidos. El escándalo de corrupción en la administración de la colonia alcanzó la prensa de la nación imperial.

William H. Taft

William H. Taft

Fue en ese agrio contexto de crisis y múltiples revelaciones de actos de corrupción, que la revista National Geographic publicó su primer artículo de fondo sobre Puerto Rico, desde los tiempos de los maravillosos reportajes de Robert Hill. Ahora, sin embargo, el autor no era ni un geólogo ni un científico natural de renombre, sino el entonces secretario de guerra y también candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos: William H. Taft. Tan o más mentiroso que Donald Trump, el guerrerista Taft utilizó las páginas de National Geographic para presentar un cuadro totalmente falso no solo de la situación de la isla al momento de la invasión, sino también de lo que él llamó la «historia americana» de la isla por nueve años. En un lenguaje burdo y prepotente negó la condición colonial de Puerto Rico y le atribuyó, mentirosamente, al gobierno federal las ayudas que llegaron a Puerto Rico en respuesta a la devastación de San Ciriaco:«La soberanía de Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos el 18 de octubre de 1898, y esto con el pleno consentimiento de la gente de la isla […] Bien temprano en la historia americana de la isla, un ciclón pasó por encima de ella, destruyendo una buena parte de los cultivos de café; se gastaron $200,000 del fondo de emergencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para comprar raciones y alimentar a los que quedaron desamparados». (Traducción libre)

¡Qué mentiras no dijo Taft sobre Puerto Rico y acerca de la supuesta «benevolencia protectora» de Estados Unidos entre 1898 y 1907! Contestar sus patrañas tomaría días y semanas. El imperio, según él, no había hecho otra cosa en Puerto Rico que no fuera garantizar nuestro bienestar y, en particular, evitar que apareciéramos ante el mundo «tristes y prostrados», como pasaba, según él, con las islas británicas, francesas, holandesas y danesas circundantes.

¿Y que había recibido Estados Unidos a cambio de tantos esfuerzos, gastos y responsabilidades, entre 1898 y 1907? Nada, absolutamente nada. El problema de Puerto Rico no era ni económico ni político. Según el secretario de guerra, los conflictos brotaban del complejo de inferioridad de los puertorriqueños y de la falta de agradecimiento que estos exhibían frente el altruismo imperial:

«El carácter de los beneficios que nosotros hemos conferido a estas personas que hablan español es tal que, en ello, queda necesariamente implicado nuestro sentido de mayor capacidad para el gobierno propio, así como nuestra convicción de que representamos una civilización superior. Esto por sí mismo duele en el pecho de los nativos y les seca la flor de la gratitud. Es natural que sea así. Es inseparable de la tarea que tenemos que llevar a cabo». (Traducción libre)

Como si se tratara de un ‘Donald Trump’ de principios del siglo XX, Taft prosiguió en su artículo de National Geographic con expresiones pomposas acerca del significado de la presencia de Estados Unidos en Puerto Rico. Mintiendo sin reparos, se inventó datos para afirmar burdamente que la isla estaba en ruinas al momento de la invasión del 1898. Nada le importaron los artículos de Hill en la misma revista ocho años atrás. Lo único que importaba era su visión prepotente de lo que él llamaba la «historia americana de Puerto Rico», particularmente después de aprobada la ley Jones. En una afirmación que parece sacada de los twitteres modernos en la Casa Blanca, este futuro presidente de Estados Unidos afirmó que la benevolencia de su país hacia Puerto Rico era el «ejemplo más importante y más puro de altruismo en toda la historia de las naciones modernas». Y todo esto, hecho generosamente para el beneficio de un grupo de personas hispanohablantes, que maliciosamente abusaban de los derechos conferidos por la nación imperial. Ante todo, arremetió en contra de la prensa local:

«Los periódicos nativos unilateralmente se aprovechan de la libertad de prensa y abusan de este privilegio por medio de todo tipo de afirmaciones injustas diseñadas para agitar el prejuicio nativo en contra del gobierno y, por tanto, de los norteamericanos».

Fue así que a la isla de Puerto Rico, a aquella bella princesa que cautivó el corazón del vaquero texano convertido en geólogo al servicio del capital, le pusieron en 1907 el mote de ‘mendicante majadera’.

©Rafael Rodríguez Cruz

El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.

La Ruta de Herbert M. Wilson: topografía de la isla de Puerto Rico al momento de la firma del Tratado de París

por Rafael Rodríguez Cruz

Apenas se había firmado el Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898, cuando arribó a Puerto Rico uno de los más prominentes ingenieros de hidrología de Estados Unidos. Su nombre era Herbert M. Wilson. Venía con el encargo expreso de evaluar las características topográficas y los recursos de agua dulce, con miras a ofrecer recomendaciones para un desarrollo agrícola de exportación avanzado. El interés por la geografía de Puerto Rico era considerable, tanto entre los promotores de la agricultura capitalista de exportación como entre los que favorecían un uso ‘conservacionista’ de los recursos naturales en Estados Unidos. Herbert M. Wilson tenía de ambas cosas, pues era amante de la naturaleza y un científico al servicio del imperio.

Para bien o para mal, Wilson llegó Puerto Rico en un momento muy especial: enero de 1899. La isla llevaba varios años de un desarrollo económico y comercial saludable, gracias a las reformas monetarias de 1894-1895 y al efecto del régimen autonómico otorgado por España en 1897. Todavía el ‘peso’ puertorriqueño se intercambiaba favorablemente con la moneda española y la proveniente de México. Faltaban meses para que el gobierno de Estados Unidos introdujera medidas económicas dirigidas a destruir la floreciente economía de Puerto Rico; tales como la prohibición del crédito agrícola (agosto de 1899) y la devaluación de la moneda puertorriqueña (abril de 1900). Aún más importante, faltaban siete meses para la llegada del ciclón San Ciriaco.

Wilson vino equipado de una buena cámara fotográfica, cuadernos para dibujos y libretas para anotar sus pasos por el país. Además de ingeniero hidrólogo, era experto en agrimensura y cartografía militar. Al otro día de su llegada, abordó un tren desde San Juan a Carolina, vía Río Piedras. De este último lugar, partió a caballo hasta Canóvanas. Subió el río de ese nombre hasta llegar a la Sierra de Luquillo. Escaló El Yunque. Ya de regreso a San Juan, viajó en un carretón por toda la antigua vía militar que llevaba a Ponce. Parándose en distintos lugares a ver los ríos y paisajes, visitó Caguas, Cayey, Abonito, Coamo, Juana Díaz y, finalmente, Ponce. El viaje de 80 millas, en el que atravesó diagonalmente la isla de noreste a suroeste, le tomó cuatro días. Ya en Ponce, Wilson contrató a varios cargadores y partió enseguida a ver el centro y oeste de la isla. Estuvo en Adjuntas, Lares, San Sebastián y Añasco, antes de llegar a Mayagüez. En las montañas, subió a las Tetas de Cerro Gordo y las Sillas de Calderón. Ya en la ‘sultana del oeste’, obtuvo una nueva montura de caballos y partió para Yauco, vía Hormigueros y San Germán. En Yauco tomó un tren para Ponce. Llegó a ver las lomas al norte de Guayama. Además de visitar las principales tierras de cultivo, Wilson estuvo en la cabecera de los principales ríos de Puerto Rico (24 en total), visitó los pueblos y habló con la gente. Su viaje por Puerto Rico es comparable, en propósito, al de los exploradores militares Lewis y Clark por todo el oeste de Estados Unidos en 1804. Se trataba, en ambos casos, de evaluar científicamente los recursos, en particular hidrológicos, de nuevos territorios adquiridos por el imperio.

La ruta de Wilson en 1899 es muy importante. Aunque se trata de un viaje olvidado por la academia, este hidrólogo ‘conservacionista’ fue la última persona en «pintar» un cuadro topográfico y social de Puerto Rico, en un momento en que la isla gozaba de bienestar económico y en que los recursos naturales estaban virtualmente intactos. No sabemos si Albizu Campos conoció la obra de Wilson, pero ambos coinciden grandemente en la valoración de la economía y geografía de Puerto Rico al momento de la invasión. Puerto Rico era el paraíso de la pequeña propiedad en El Caribe.

Además, y esto es central, la ruta de Wilson coincide con las áreas de mayor interés para el cultivo de la caña de azúcar: el noreste y el sur. Siendo un ingeniero hidrólogo, este se aseguró de visitar los principales ríos y fuentes de agua dulce. Puerto Rico no tenía entonces lagos naturales y cualquier proyecto de irrigación a gran escala dependería de un conocimiento detallado de los patrones de drenaje de la isla. Menos de una década después, comenzaría la construcción del moderno sistema de riego del sur. Wilson era, a escala internacional, uno de los expertos más reconocidos en diseños de sistemas de riego.

Wilson, por supuesto, entregó todos sus resultados al U. S. Geological Survey, pues al fin y al cabo trabajaba para ellos. Aun así, la verdad es que se detuvo a admirar la belleza natural de Puerto Rico. Conocedor de la geografía estadounidense y mundial, quedó enamorado de nuestros paisajes, los que describió en detalles en sus cuadernos y dibujos. Puerto Rico le pareció un edén increíble, cuya belleza y climas naturales superaban a muchos lugares del mundo, excepción hecha quizás de Hawái. Nuestras praderas no le parecieron inferiores a las del Medio-Oeste norteamericano. Nuestras montañas le iluminaron el alma con tanta intensidad como las del noroeste de su país. Nuestros suelos, apenas irrigados y sin fertilización, eran, a su juicio, de los más fértiles de todas las Américas. El tabaco de Puerto Rico era tan bueno que se revendía en La Habana como original de Pinar del Río, a un precio cinco veces mayor que en el mercado boricua. De ahí, nuestros ‘habanos’ llegaban a Europa y Estados Unidos, bajo la prestigiosa marca cubana Vuelta Abajo. Nuestro ganado solo era comparable, en tamaño y fortaleza, al de Texas y México. De hecho, era el mejor de El Caribe. Aquí la gente apenas tenía que rasgar la tierra con un palo, o sea con métodos heredados de los taínos, para cultivar productos alimenticios. Los suelos boricuas eran visiblemente superiores a los de Illinois, el «granero de maíz» del mundo. Nuestra agricultura era tan avanzada como la de las Grandes Praderas de Estados Unidos; esto, sin mucho esfuerzo, apenas sin irrigación y sin fertilizantes.

En muchos sentidos, Wilson fue de los científicos naturales que más detalladamente conoció la geografía natural de Puerto Rico, en un momento cercano a la invasión de 1898. Además, era magnífico tomando fotos, dibujando y redactando. No importa cuántas veces uno visite hoy los parajes de su ruta, maltratados como están por el desarrollismo insensato, da placer leer sus notas; pues sus descripciones son panorámicas e imaginativas. En una época en que no había el recurso de los «selfis», Wilson se hizo autorretratos a lápiz, caminando por nuestros montes. Un Puerto Rico, con la vitalidad de una nación joven, a punto de ser devastada por un gran ciclón y la avaricia del gran capital, eso fue lo que él pudo ver.

¿Qué podía reprochársele a esta gente que vivía en una isla tan rica en recursos, «en que apenas había que trabajar para lograr el sustento»? La falta de avaricia comercial; ese fue el único reproche que Wilson tuvo sobre nosotros, en algunos fragmentos de sus cuadernos en que nos tilda de «incivilizados» por no seguir el motivo de la ambición comercial dominante en Estados Unidos: «Tan fructíferos son el suelo y el clima de Puerto Rico, que a la gente se les va la vida en una existencia indolente y de vagancia, en un grado todavía mayor al que se observa en el resto de América Latina». (p. 34, traducción libre). A pesar de las acotaciones prepotentes de Wilson, sus observaciones topográficas e hidrológicas sobre Puerto Rico, no ocultan, como sí harían otros agentes del imperio, la maravilla natural de nuestra isla en enero de 1899; todo eso, apenas cinco meses después de la invasión militar estadounidense y a siete meses de llegar el devastador ciclón San Ciriaco. Sus reflexiones son ‘instantáneas’ de un momento breve en que, por fortuna, no éramos aún muy «civilizados».

A continuación, incluimos algunos extractos de su informe de 1899, Water Resources of Puerto Rico. Leer este escrito, redactado en inglés y nunca traducido al castellano, es una oportunidad única de ver a Puerto Rico, como fue en su estado casi natural. Muchos de los señalamientos de Wilson son relevantes para la época actual, en que nuestro medio ambiente natural es continuamente afectado, en sentido negativo, por las políticas del gobierno y la falta de sensibilidad ambiental de buena parte de nuestra población. También muestra lo que Wilson llamó la «resiliencia» de nuestra geografía natural, que parece siempre estar reverdeciendo. ¿Se atreverá alguien a repetir la ruta de Wilson para educarnos sobre nuestra riqueza geográfica?

Relieve topográfico: «La característica topográfica esencial de Puerto Rico es su aspecto excesivamente montañoso y altamente erosionado, a pesar de lo cual ninguna de sus cimas alcanza una gran altitud. Esta isla es notable por la manera abrupta con que los ramales de las pendientes montañosas caen súbitamente al mar, dejando virtualmente muy poca llanura costera; y por la variedad en las formas topográficas, resultantes de las grandes diferencias en actividad erosiva a cada extremo de la isla y de los cambios en las estructuras geológicas. Extendiéndose de manera irregular a través de todo lo largo de la isla, desde el extremo noreste, en la Cabeza de San Juan, hasta los puntos occidentales extremos, cerca de Rincón y Cabo Rojo, hay una serie de cordilleras montañosas interconectadas, que forman la principal división entre los drenajes de las costas del sur y del norte». (p. 11, traducción libre)

Paisaje de la carretera militar San Juan-Aibonito: «Toda la región de San Juan a Aibonito es pintoresca en extremo y posee un aspecto extremadamente pastoral y placentero. El valle de Caguas es idealmente bello. Es casi circular, con una dimensión aproximada de 3 por 4 millas; y a través de él se enroscan, en grandes curvas serpentinas, los ríos Caguitas y Turabo. El primero forma una larga espiral cerca de El Monte, una loma aislada que ocupa el centro del valle. Entre las cimas de los montes más altos de Aibonito, el país mantiene el mismo aspecto pintoresco, la misma placentera apariencia pastoral acentuada solamente por la inmensidad de las pendientes. Desde las cumbres más elevadas, se ve a plena vista el océano Atlántico, hacia el norte, y el mar Caribe, hacia el sur. Cada detalle de la topografía puede verse por millas en cada dirección, como si se estuviera viendo un mapa modelo […] Mas allá de Cayey, y de ahí a Coamo, las grandes masas de montañas se yerguen a tales alturas, o descienden tan abruptamente a las profundidades de los desfiladeros, como para ser en extremo majestuosas». (pp. 17-18, traducción libre)

Paisajes de Adjuntas, Las Marías y Lares: «Los distintos senderos que llevan hacia el oeste, desde Adjuntas hacia Las Marías y Lares, siguen, por una corta distancia, las cabeceras del río Blanco o del río Prieto. A partir de ahí, se remontan a altitudes de cerca de 2,000 pies, hasta las cumbres de la partición que separa las líneas de drenaje. Estas particiones son crestas montañosas de Tipo A, separadas por grandes cañones de Tipo V, con pendientes relativamente suaves de más de 1,000 pies de profundidad y bien cubiertas de vegetación. Por todas partes, a través de esta región, en las más elevadas cumbres y en las profundidades de los desfiladeros, se ven los asentamientos del campesinado, el cual disfruta de una vida cómoda, cultivando café, frutas y vegetales […] En una cima en Lares, cuya altitud es de 2,000 pies y que se llama La Torre, se obtiene una vista esplendorosa del paisaje alrededor. Hacia el este, sur y suroeste, pueden observarse grandes masas de montañas con las formas más abruptas. En la primera dirección, las altas y dentadas puntas de la Cordillera Central delimitan el horizonte. Hacia el sur, uno puede mirar al otro lado de la cañada del río Blanco, a solo una milla de distancia y 1,500 pies abajo, desde donde el ojo sube entonces un trecho, de apenas pocas millas, a las cumbres elevadísimas de El Guilarte y Las Sillas de Calderón. Hacia el norte y el noroeste, la campiña pierde intensidad en su descenso hasta un punto, en apariencia a solo pocas millas de distancia, en que el cielo y el mar se unen en una línea gris opaca». (pp. 19-20, traducción libre).

Paisajes de Añasco, Aguadilla, Hormigueros y Mayagüez: «Al norte de Añasco, una elevada y dentada cadena de lomas mantiene su masa hasta llegar a la orilla del mar, al cual se zambulle en pendientes abruptas. Lo mismo es cierto de las cadenas de lomas que se arriman al océano al norte de Aguadilla y, aunque en menor grado, de aquellas al norte y sur de Mayagüez. Todas las desembocaduras de los ríos en la vecindad de Aguadilla, Añasco y Hormigueros son playas aluviales, altamente cultivadas de caña de azúcar». (pp. 20-21, traducción libre)

Climatología: «Situada la isla como está, con una latitud media de cerca de 18 ̊ 15’N., lo que es bien dentro de la zona tórrida, se ve que queda en la misma latitud aproximada de la ciudad de México, las islas hawaianas, el desierto de Sahara y Bombay, India. Sin embargo, por ser la más oriental de la Grandes Antillas, su clima es de tal manera atenuado por los vientos alisios, como para resultar el más húmedo y sano de todas las regiones mencionadas, salvo Hawái». (p. 21, traducción libre)

Temperatura: «La temperatura resulta muy bien distribuida, en términos de elevación y variaciones. No tiene que discutirse en detalle, ya que tiene muy poco impacto sobre los problemas conectados con los usos agrícolas, el desarrollo de la irrigación o la construcción de carreteras. Es interesante, ante todo, por su uniformidad y la resultante salubridad del clima». (p. 24, traducción libre)

Hidrografía: «A pesar de la pequeñez de la isla, y la consecuente limitada extensión de sus ríos y cuencas, Puerto Rico está inusualmente bien provisto de agua. Esto, debido a la humedad comparativa del clima. Más aun, debido a lo empinado de sus pendientes y el carácter impermeable del suelo arcilloso que las cubren, la proporción de precipitación lluviosa que corre les da a sus ríos un volumen mayor que el que podría esperarse bajo las condiciones correspondientes. Hacia el océano del norte, fluyen 12 corrientes de magnitud considerable; hacia la costa oeste, 4 de tamaño relativamente idéntico; al mar oriental, 5 de menor tamaño y, hacia el mar del sur, fluyen 17 de magnitud considerable, pero comparativamente bajo volumen constante. Además, hay entre mil doscientas y mil trecientas corrientes de menos volumen, aunque de suficiente tamaño como para tener sus propios nombres». (p. 24-25, traducción libre)

Irrigación: « Los españoles, quienes en el pasado fueron los principales dueños de terrenos, eran conocedores de los requisitos y procesos de irrigación, tal y como se practicaba en España. Rápidos para apreciar las ventajas de la aplicación artificial del agua, ya han construido numerosas zanjas de tamaño moderado, y mucha de la más valiosa tierra de azúcar, especialmente entre Guayama y Ponce, se cultiva exclusivamente con la ayuda de irrigación. A pesar de lo mucho que se ha hecho ya en esta dirección, hay todavía margen para un desarrollo ulterior. Únicamente se ha apropiado una porción de las fuentes de agua, y solamente una porción pequeña de la tierras irrigables están siendo provistas artificialmente de agua». (p. 29, traducción libre)

Suelos y terrenos agrícolas: «Los valles aislados, y especialmente las ‘playas’ llanas, son por lo general bastante extensas y constituyen la principal parte de las tierras azucareras y pastos que bordean las costas. De las praderas agrícolas, las más grandes están hacia el este de San Juan, en lugares tan lejanos como Luquillo, e incluyen amplias depresiones que se extienden arriba hasta el valle de Loíza. Hay ‘playas’ más pequeñas entre Fajardo y Humacao, y entre Guayama y Ponce […] El aspecto agrícola más interesante de la isla es, sin embargo, lo empinado de las cuestas de la principal cordillera, las cuales están por todas partes cultivadas, y recubiertas de un manto de suelo profundo que agarra con firmeza la vegetación exuberante». (p. 32, traducción libre)

Productos agrícolas: «El suelo de Puerto Rico es tan profundo y fértil, la precipitación tan abundante, y su temperatura, aunque tropical, tan templada, que resulta posible cultivar la casi totalidad de la tierra en esta isla. Más aun, cada pulgada de terreno está o ha sido ya cultivada. Esta es esencialmente la tierra del pequeño agricultor, porque, limitada como es la isla en extensión, los registros oficiales muestran que está dividida en 36,650 propiedades individuales. Su distribución es la siguiente: plantaciones de tabaco, 66; plantaciones de azúcar, 435; pequeñas fincas de café, 4,185; pequeñas granjas mixtas de café, frutas y vegetales, 16,990. Al menos 21, 000 de estas tenencias son del tamaño más pequeño, la propiedad de las cuales está en manos de los campesinos más pobres. Tales posesiones oscilan en tamaño entre 5 y 50 acres, aunque raramente alcanzan el último. Las restantes 5,000 granjas van entre 100 y 5,000 acres e incluso más. La mayor parte de ellas son relativamente pequeñas y están dedicadas al cultivo del café; las más grandes, al azúcar». (p. 34, traducción libre)

Exportaciones: «Al presente, los productos agrícolas de exportación están limitados casi exclusivamente al azúcar (molasas y ron), café, tabaco, y cueros, en el orden mencionado. En valor, sin embargo, el café excede al azúcar en una proporción de 3 a 1. El total de las exportaciones ascendió en 1897 a $18, 574,678». (p. 35 traducción libre)

Café: «La variedad cultivada en la isla es de excelente sabor. Hasta ahora muy poco llega a los mercados estadounidenses, principalmente debido a la tarifa de exportación que ahora se le ha puesto y porque obtiene un precio mucho mayor en el mercado de Europa». (p. 39, traducción libre)

Ganado: «De los animales domesticados, el ganado es el más importante. Las reses son de un tamaño inusualmente grande, siendo mucho más fuertes y masivas que cualquiera de las observadas en América Central, América del Sur tropical o en otro lugar de las Antillas; y, de hecho, son mayores en tamaño que las reses de los estados del sur de Estados Unidos. Poseen cuernos extendidos y, en general, una apariencia muy cercana al mejor ganado de Texas y de las tierras altas de México». (p. 35, traducción libre)

Tabaco: «Por todas partes en esta isla, crece un tabaco de excelente calidad. Las mejores variedades son cultivadas para la exportación y se siembran, ante todo, en los valles y los ‘bajos’ de los riachuelos, en las cabeceras de los ríos Loíza y La Plata. La cultura del tabaco está especialmente diseminada en los valles y en pendientes de las montañas de Caguas, Cayey, Comerío y Juncos. De gran interés resultan las siembras en las cuestas más empinadas de las lomas de mayor elevación. Allí, se pueden observar grupos de diez a veinte trabajadores adheridos como hormigas a las laderas escabrosas de las montañas, mientras pasan la azada, arrancan las hojas o acopian el producto […] El tabaco que crece en la región mencionada es de excelente sabor. Se vende en Puerto Rico a un precio que oscila entre $25 y $30 el quintal. La mayor parte es enviada a Estados Unidos y Europa, a través de Cuba, donde se le hace pasar como ‘tabaco habanero’, de la altamente cotizada calidad marca Vuelta Abajo. En La Habana obtiene un precio no menor de $100 a $125 el quintal». (pp. 36-37, traducción libre)

No hay información al respecto de si Wilson regresó a Puerto Rico con posterioridad a sus trabajos exploratorios en enero de 1899. Sus comentarios sobre la isla luego de la terrible devastación del ciclón San Ciriaco y, en particular después del acaparamiento de los terrenos agrícolas por los monopolios estadounidenses del azúcar, habrían sido iluminadores. También habría sido interesante conocer su reacción a la construcción del sistema de riego en el sur de Villalba a Patillas entre 1908 y 1914.

Lo que sí sabemos de Wilson es que al regresar a Estados Unidos dedicó sus energías a la labor de conservación y protección del medio ambiente. Partidario del ‘progresismo” en boga en el país, alimentaba la ilusión de un desarrollo capitalista inocuo a la naturaleza. Una de las áreas de mayor preocupación era el impacto de la quema de combustibles fósiles sobre la calidad del aire en las ciudades de Estados Unidos. Wilson creía que el mayor obstáculo no era social, o sea, el capitalismo, sino la renuencia cultural de las industrias a adoptar las tecnologías ‘limpias’ que ya existían en el país. Su visión era la de una economía basada en la quema de carbón, libre de emisiones dañinas. El asunto, era en su opinión, estrictamente tecnológico y de cultura. ¿Qué habría pensado Wilson de la quema de carbón en Guayama y de la acumulación de cenizas toxicas en Peñuelas?

Wilson murió en 1920. Un año después, Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico y comenzó su denuncia del acaparamiento y explotación norteamericana de los abundantes recursos naturales. Desde los tiempos de Wilson no se hablaba de nuestros campos y agricultura de manera realmente positiva, o sea, de la capacidad de los puertorriqueños para ser independientes. A contracorriente de la visión del imperio y sus lacayos del patio, que nos catalogaban de vagos y naturalmente pobres, Albizu Campos sentenció en medio de la crisis: «La tragedia de miseria, hambre y muerte, se debe al acaparamiento de la riqueza nacional por el invasor y otros extranjeros privilegiados». Wilson, probablemente, le habría dado la razón.

© Rafael Rodríguez Cruz

Un centenario a oscura: llegó la luz eléctrica a Salinas

Por Sergio A. Rodríguez Sosa

A uno días de finalizar el año 2017 cabe recordar el centenario de un evento especial en la historia de Salinas: la llegada de la luz electrica en 1917.

Tras el paso del poderoso Huracán María el 20 de septiembre pasado todo Puerto Rico quedó sin energía eléctrica.  El ruido ensordecedor de las poderosas centrales eléctricas de Aguirre cesó. Todas las demás generadoras eléctricas del país se apagaron.  Un apagón general cubrió de oscuridad las noches borincanas seguido un de generalizado malestar por el lento y desacertado proceso de respuesta y reconstrucción de las autoridades gubernamentales.[1]

Después del huracán, las noches en los llanos y las guindas de Salinas estaban a oscura, sin alumbrado eléctrico.  Tal como era en septiembre de 1917, hace cien años.   Precisamente en aquel momento de 1917 se instalaba en la Salinas un sistema de energía eléctrica alimentado por la central hidroeléctrica de Carite.  Poco a poco los alrededores de la plaza y las calle del pueblo dejaron de alumbrase con faroles de gas, para dar paso a la iluminación eléctrica.

La electricidad siempre ha existido, es un fenómeno natural que el ser humano descubrió temprano en la historia pero que no supo utilizar durante miles de año.  Si examinamos la historia de la humanidad, nos damos cuentas que los grandes avances tecnológicos ocurren cuando se comienza a producir y distribuir energía eléctrica en gran escala.

La producción comercial de energía eléctrica en Puerto Rico comienza a finales del siglo 19. Aunque en 1893 un hacendado instaló en su finca en Villalba una planta eléctrica traída de España, no fue hasta 1897 que empresas privadas comenzaron a comercializar la energía eléctrica en Puerto Rico.

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El gobierno entró en el negocio de producir energía eléctrica luego de la creación del Servicio de Riego de la Costa Sur.  Para desarrollar un sistema de riego en la costa sur se construyeron embalses en Patillas, Guayama y Juana Díaz.   La construcción de represas dio paso a la idea de establecer en 1915 la primera planta hidroeléctrica del gobierno en el embalse de Carite.  Ese mismo año el gobierno inició un programa de electrificación de ciudades y pueblos comenzando con San Juan.

En 1915 el municipio de Salinas, encabezado por el alcalde Julio Benvenuti  y el Concejo Municipal, presidido por Epifanio Vázquez, decidió instalar un sistema de alumbrado eléctrico en la zona urbana de Salinas.  Como primer paso el alcalde envió una carta al jefe del riego de Guayama.  El Concejo Municipal, como consecuencia de la respuesta, comisionó al alcalde para que se trasladara a San Juan a presentar la propuesta y trae a consideración del Concejo los trámites que se deban realizar respecto a permisos, contratos y financiamiento del proyecto[2].

El 3 de junio de 1915 se acordó solicitar al Concejo Ejecutivo de Puerto Rico una franquicia para operar un sistema de distribución eléctrica derivado de la planta hidroeléctrica de Carite. En la solicitud el municipio se comprometió asumir todos los gastos derivados de dotar de alumbrado eléctrico a la población.   Para asumir esos gastos se acordó solicitar al Tesoro Insular un empréstito o anticipo de $4000.[3]   A lo largo del proceso el monto final del empréstito o anticipo solicitado fue de $6,000 y para la obra se aprobó un contrato con el contratista Joaquín Conesa de $7,300.[4]

En los meses subsiguiente de 1915 el municipio realizó gestiones encaminadas a instalar el alumbrado eléctrico.  El Concejo Municipal de Salinas fue informado de que se estaban confeccionando los planos para la distribución eléctrica en Guayama. El 30 de septiembre se solicita al Comisionado del Interior de Puerto Rico que ordenara al ingeniero encargado de ese trabajo que se ocupe también de diseñar los planos para la instalación de la planta eléctrica de Salinas, reiterando que los gastos originado son por la cuenta del municipio.[5]   En octubre de 1915 el Consejo Ejecutivo de Puerto Rico le concedió al municipio la franquicia para instalar y operar un sistema de energía eléctrica.[6]

Durante el año de 1916 las gestiones se centraron en obtener el financiamiento de la obra. Mientras tanto, la Comisión de Riego, la entidad encargada de la producción y distribución de energía eléctrica con la planta de Carite, daba los primeros pasos para levantar líneas de trasmisión eléctrica en Salinas.  El 24 de enero de 1916 el Concejo Municipal se enteró que el gobierno estatal le concedió un permiso a la Comisión de Riego para construir un pequeño desvío en el camino de Lapa, sitio Las Marías, para realizar en ese predio las obras necesarias relacionadas con la instalación de la luz eléctrica en la zona urbana de Salinas.[7]

En una ordenanza aprobada el 10 de agosto de 1916 se hace constar la concesión de la franquicia otorgada en 1915 para instalar y operar un sistema de energía eléctrica y se indica que los planos y el presupuesto de la obra están certificados y aprobados por el Departamento del Interior de Puerto Rico.  Se indica además que el total de la obra asciende a $7,500 de los cuales el municipio había asignado en el presupuesto vigente $1500.  La ordenanza establece que los restantes $6000 se obtendrían de un préstamo al American Colonial Bank  pagaderos en 4 plazos anuales terminando en el presupuesto de 1920-1921.

El empréstito con ese banco no se realizó y fue finalmente el Tesoro de Puerto Rico quien prestó el dinero para realizar la obra.  Ante la duda de si el Tesoro de Puerto Rico financiaría la obra se acudió a la banca privada.  Dado los compromisos asumidos el ayuntamiento acordó presentar ante la Comisión de Hacienda del Concejo Ejecutivo de Puerto Rico una petición para que se aprobara el préstamo solicitado poniendo de relieve ante ese cuerpo la difícil situación que se le habría de crear al municipio si un anticipo del Tesoro no fuera aprobado prontamente.[8]

Uno de los plano para electrificar a Salinas, 1916

Uno de los plano para electrificar a Salinas, preparado en 1916

Las gestiones encaminadas a  obtener el financiamiento del proyecto de energía eléctrica fueron dando frutos.  El 28 de septiembre se aprueba un presupuesto supletorio de 1916-1917 donde se incluyen tres partidas para el proyecto.[9]

Instalación del alumbrado eléctrico en la población   $1,500.00
Instalación eléctrica en los edificios públicos                   $150.00
Compra corriente eléctrica                                               $1,300.00

De igual forma, antes finalizar el 1916 se comunica que el préstamo para financiar la obra lo otorgará el Tesoro de Puerto Rico.  Para tramitar el financiamiento el Concejo Municipal adopta por unanimidad una ordenanza solicitando autorización del Concejo Ejecutivo para contratar un anticipo del Tesoro de Puerto Rico por la cantidad de $6000 pagaderos a cuatro años con intereses de 4.5% anual para dedicarlos mayormente a la  instalación del sistema de alumbrado eléctrico en Salinas.[10]

Para proceder  con el proyecto el Concejo Municipal, mediante ordenanza, aprobó los planos, presupuesto y otros documento confeccionados por el Departamento del Interior de Puerto Rico y autorizó al Comisionado del Interior para que procediera a anunciar y realizar la subasta del referido sistema de alumbrado eléctrico.  De igual manera, ordenó pagar la preparación de planos, presupuesto, etc. de la obra.[11]

Aunque se tenía previsto suspender el contrato del alumbrado público de gas que suplía el contratista Juan Lloréns en abril de 1917 fue prorrogarlo hasta junio debido a que no habían empezado los trabajos de instalación del alumbrado eléctrico.[12] Asimismo se ordenó pagar a los periódicos los anuncios de la subasta.

El 20 de agosto de 1917 el Concejo Municipal autoriza al Comisionado del Interior a extender por la calle Luis Muñoz Rivera la línea de trasmisión de la planta de Carite según propone el comisionado en una carta del 14 del mismo mes. En dicha carta se requiere al alcalde Julio Benvenuti que se traslade a San Juan y deje ultimado este asunto en la forma más ventajosa para el municipio.[13]

Mientras tanto,  el municipio continúa ultimando detalles y asignando fondos para el proyecto. El 27 de septiembre se aprueba un presupuesto supletorio que incluía partidas para continuar con los trabajos de la instalación del alumbrado eléctrico, la compra de materiales para ese fin y la electrificación de los edificios públicos.[14]

Anticipando que ese octubre se comenzaría a suministrar energía eléctrica para el público, en esa misma sesion el concejo Municipal aprobó dos ordenanzas destinadas a atender los requerimientos técnicos y comerciales del sistema.

La primera de ella fijando las tarifas y condiciones para la venta de energía eléctrica al público. Las tarifas aplicaban a residencia y comercio y con dos tipos de servicio: alumbrado solamente o alumbrado y energía eléctrica para mover motores y aparatos eléctricos. Se establecían precios sin contador y con contador.

La segunda ordenanza reglamentaba el modo y las condiciones del suministro de luz y energía eléctrica al público. El reglamento establecía entre otras cosas el costo de conectar una casa o negocio al sistema, los requisitos de la instalación eléctrica interior para conectar una estructura al sistema, el cumplimiento con los códigos de seguridad y el uso ilícito de la energía eléctrica.

A partir de ese momento comenzaban a alumbrarse poco a poco las calles, edificios y viviendas del pequeño poblado de Salinas.  Mediante contrato con el Departamento del Interior, la energía eléctrica la compraba el municipio al Sistema de Riego, la suministraba la planta hidroeléctrica de Carite y la distribuía y cobraba el municipio.[15]

En 1918 se continúa electrificando la población incluyendo dotar de un motor eléctrico al acueducto y la compra de materiales para completar las obras de instalación eléctrica en el hospital y en la casa alcaldía.

En de mayo de 1918 se presentó el proyecto de presupuesto para 1918-1919 en el que se estiman ingreso por cobro de electricidad de $800.00.  Igualmente se incluían partidas de los gastos relacionados con el servicio de energía eléctrica como los salarios del inspector eléctrico municipal  y el vigilante de alumbrado público.  Asimismo partidas para la compra de energía eléctrica y la adquisición de materiales para ampliar y mantener el sistema.[16]

A partir de entonces se inicia un lento proceso de electrificación en Salinas. A mediados de la década del 1940 el 88%  de la población rural de Puerto Rico carecía de energía eléctrica.  En Salinas únicamente el poblado fabril de la Central Aguirre contaba con electricidad. No es hasta principio de la década de 1950 que se logra electrificar la totalidad de los barrios de Salinas.

Cien años despues de la llegada de la electricidad a Salinas, conmemoramos este hecho histórico en medio del apagón más largo en la historia de Puerto Rico.  Cien días después del inicio del apagón de los meses de septiembre, octubre, noviembre y diciembre de 2017 la mayoría de los habitantes de Puerto Rico carecen del servicio eléctrico de la AEE.

[1] Véase  noticias y columnas en los periódicos nacionales de los días y meses siguientes al huracán.

[2] Archivo Municipal de Salinas. Concejo Municipal. Libros de actas, 1915-1919. Acta, 20 de mayo de 1915. p 50 (Se citará en lo sucesivo como AMS-CM)

[3] AMS-CM. Op.cit. Acta, 3 de junio de 1915. pp 52-55

[4] Vázquez Bernard de Rodríguez, Ligia.  Salinas de sal y azúcar: su historia 1508-1950.  p.169

[5] AMS-CM. Op.cit. Acta, 30 de septiembre de 1915. pp 84-85

[6] AMS-CM. Libros de minutas, 1915-1919. Minuta, 28 de octubre de 1915. p 33

[7] AMS-CM. Op.cit, Acta, 24 de enero de 1916. pp 100-106.

[8] AMS-CM. Op.cit, Acta, 10 de agosto de 1916. p 137.

[9] AMS-CM. Id. Acta, 28 de septiembre de 1916. p 147.

[10] AMS-CM. Id. Acta, 24 de octubre de 1916. p 150

[11] AMS-CM. Id. Acta, 8 de marzo de 1917. pp 156-157.

[12] AMS-CM. Id. Acta, 14 de abril de 1917. pp 160-161

[13] AMS-CM. Id. Acta, 20 de agosto de 1917. pp 175-176

[14] AMS-CM. Id. Acta, 27 de septiembre de 1917. pp 179-186

[15] AMS-CM. Op.cit, Acta, 11 de octubre de 1917. p 187

[16] AMS-CM. Id. Acta, 16 de mayo de 1918. pp 203-205

 

Bibliografia

Archivo Municipal de Salinas.  Consejo Municipal.  Libros de actas, 1915-1919.

Archivo Municipal de Salinas.  Consejo Municipal.  Libros de minutas, 1915-1919.

Autoridad de Energía Eléctrica.  Pinceladas de nuestra historia.  San Juan, Puerto Rico. Autoridad de Energía Eléctrica, 2016. Disponible en: https://www.aeepr.com/Aeees/historia.asp

Agosto Flores, Linda M.  Historia de la Autoridad de Energía Eléctrica, Parte 1. San Juan, P.R. Asociación de Jubilados de la Autoridad de Energía Eléctrica, 2017.  Disponible en: http://ajaee.org/2017/08/09/historia-de-la-autoridad-de-energia-electrica-parte-1/

Historia del desarrollo de la electricidad.  Caracas: Centro de Conocimientos.  Disponible  en: http://vicentelopez0.tripod.com/Electric.html

Vázquez Bernard de Rodriguez, Ligia.  Salinas de sal y azúcar: su historia, 1508-1950.  Hato Rey, P.R.:  Editorial Casa de Mayo #13,  2000.

Comentando fotografías: Honra a una cepa de líderes comunitarios del ayer

Se nos olvida que somos hijos del pasado y que el presente se disipa a cada bocanada de aire imperceptiblemente.  La memoria suele ser corta y desaparece tras cada muerto desconocido.  El oficio de historiar en el seno de la comunidad amortigua el olvido pero las muerte lo traicionan, cosa que el historiador  busca superar no siempre con éxito, porque antes que él debió existir un registrador.  Tras las huellas andadas va el historiador para recolectar pedazos de pasados y montar la narración que reconstruye el extinto acontecer

Esta foto, publicada por René Santos en Facebook es un registro de la vida comunitaria del poblado Coquí en particular y de Salinas en general.  Registros como este ayudan a mitigar la pérdida de memoria, que tanto empobrece la autoestima y debilita la identidad.  Porque esa imagen es un instante tras la cual hay historias de vida, luchas comunitarias y divergencias.

Publicamos la foto con la intención de que los espectadores ayuden a describirla, a identificar las personas y a comentar lo que sepan en torno a ellas. Asimismo, donde y cuando se tomó la foto. La base para esa identificación son los nombres de Julio Famanía, Pedro Espada, Mister Colón y Arcilio Bahamonte. Es sencillo: indique la fila y la posición de izquierda a derecha que ocupa la persona en la foto.

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