En torno a un conversatorio / por José Santiago

Conversatorio por el posicionamiento político sociocultural  desde el centro-sureste

El pasado viernes 6 de abril de 2018, mientras una nutrida parte de la población salinense celebraba el famoso festival del mojo en la plaza pública, líderes de diferentes grupos comunitarios se reunieron en la Escuela de Bellas Artes Luis R Palmer.

Esta actividad dirigida a una nueva política desde el Centro Sureste, contó con la participación del Lic. Rafael Rodriguez Cruz quien hizo un breve análisis coyuntural sobre las implicaciones de las políticas sociales y económicas en el día a día y a largo plazo. También se dirigieron a los presentes, el Sr. Roberto Thomas del colectivo IDEBAJO, el Dr. Gelson Jiménez directivo del Hospital Menonita de Guayama, el Sr. Humberto Martin, la Lic. Nilsa I. Félix García y el ambientalista y líder comunitario Nelson Santos.

Agradezco profundamente la invitación a participar de esta actividad lo cual me permitió conocer la titánica labor de estas instituciones de base comunitaria. Aunque pertenezco a una organización cultural sin fines de lucro, llegue allí en mi carácter personal. La integración con estos grupos que de forma voluntaria dan lo mejor de si en defensa de las comunidades mas vulnerables, produjo en mí una gran satisfacción y la oportunidad de una reflexión.

Estas entidades realizan una encomiable función social, cultural y cívica en favor de las comunidades a las que sirven. Lo hacen de forma voluntaria y dirigidas a unas necesidades específicas. La labor de estos grupos es muestra de lo mucho que pueden hacer las comunidades organizadas ante la inacción de quienes gobiernan. Las ayudas que ofrecen las instrumentalidades gubernamentales y que son canalizadas a través de estas organizaciones, no son un privilegio que los obliga a un compromiso con políticos dentro del gobierno. Es el derecho de las comunidades marginadas o en desventajas a una vida digna.

Como pueblo tenemos cuatro fallas fundamentales; la SUMISION, esa aceptación resignada de los abusos, de la marginación, de la represión por parte del estado. Esto nos convierte en COBARDES, cobardía que no nos permite levantar rodillas para exigir igualdad de derechos. Tercero, somos CONFORMISTAS, ese conformismo que no nos permite crecer como país. Y lo que más daño nos hace, el maldito INDIVIDUALISMO que nos ocupa de nuestros propios problemas olvidándonos del colectivo al cual pertenecemos y cuyos problemas nos afectan a todos. Si no logramos unión de propósitos y comenzamos a caminar todos en una misma dirección, en vano serán los esfuerzos.

Muchos comentan que con el paso de los huracanes Irma y María se descubrió realmente los males del gobierno. ¡Mentiras!  siempre hemos sabido de lo poco que hace el gobierno por el pueblo. De como controla el diario vivir de la población. Siempre hemos conocido de cómo el gobierno reparte el dinero, mucho para unos pocos y conforman a los muchos con lo poco. Después de Irma y María, quedó mucho menos para repartir. El gobierno siguió repartiendo mucho para los pocos y lo poco que quedo no dio para conformar a los muchos, rebasó los limites del conformismo y la burbuja explotó.

La labor y dedicación de estos grupos es digna de admiración y tenemos que respetarlos. Los males sociales y la marginación de los grupos mas vulnerables, son fundamentalmente causados por la pobreza. La pobreza es producto de la limitación económica causada por la abusiva mala distribución de las riquezas y la desigualdad de oportunidades. No podemos mejorar la calidad de vida de los más necesitados si no mejoramos su poder adquisitivo. Si seguimos con el conformismo y el individualismo no adelantamos.

Conocemos quienes son los responsables de la debacle del país. Se han realizados miles de protestas, marchas masivas en contra del ente opresor. ¿Ha mejorado la situación del país? Sabemos como abusan, como engañan, la opulencia con la que viven, como saquean el fisco, lo impunes que se sienten y que hacemos. Nos convertimos en cómplices cada cuatro años.

La sana convivencia de la ciudadanía en un país civilizado debe estar regida por un orden. El establecimiento de leyes y reglas es fundamental para que esto ocurra, mas, cuando estas son aplicadas para beneficio de unos pocos y en detrimento de la mayoría, nos lleva al caos.

No hay arma mas poderosa, ni mas eficiente en el logro de la victoria dentro de una verdadera democracia, que el voto. Su efectividad requiere tan poco esfuerzo y como es libre de costo, toda la población hábil puede usarla. En el voto bien usado está el comienzo a la solución de los problemas del país.

Lo que más me alegró de esa actividad fue ver a todos los grupos de base comunitaria unidos en un mismo propósito. Se comenzó a dejar a un lado las luchas individuales para convertirla en la lucha de todos para el logro del bien común.

 

©Jose Santiago Rivera,  Sebastiopolo

Rebeldía y negritud en El Coquí de Salinas

Por Rafael Rodríguez Cruz

Plaza del poblado El CoquíAdemás de poseer una apreciable tradición de rebeldía social, El Coquí de Salinas es una comunidad orgullosa de su origen afroantillano. La historia de este poblado, con su gente negra y rebelde, está aún por escribirse. Habría que remontarse a las huelgas de los obreros de los cañaverales a principios del siglo XX, para comenzar a narrar la rica tradición de lucha proletaria de El Coquí. A mí me tocó conocer directamente un poco de ese espíritu de lucha en 1975, año en que los residentes del lugar eran parte de un conflicto huelguístico que marcó para siempre la lucha de los trabajadores y barriadas pobres en la comarca sur de Puerto Rico. Me refiero a la huelga de la General Electric, ocurrida apenas un año después de inaugurada la central termoeléctrica de Aguirre. Durante dos intensas semanas en 1975, la violencia patronal asumió formas extremas en contra de los trabajadores y sus aliados en Salinas y Guayama. Una huelga algo olvidada, pero que sigue viva en la memoria de los habitantes de El Coquí…

Nelson Santos Torres

Recuerdo que para los tiempos de la huelga en contra de la compañía General Electric conocí a un luchador y revolucionario del área de El Coquí, cuyas cualidades organizativas ya eran admirables: Nelson Santos Torres. Todavía trabaja y vive en El Coquí. Me honra con su amistad. Fui a verlo hace poco. Hoy, más de cuatro décadas después de nuestro primer encuentro, Nelson Santos sigue siendo un hijo noble de estas tierras semiáridas de la costa sur de Puerto Rico. Al igual que en sus años de su juventud, él sigue impactando, con su potente energía y dedicación, los sueños y esperanzas de los habitantes de toda la comarca que va desde Salinas hasta Guayama. Lo de él es soñar y repartir sueños.

La estirpe proletaria y afroboricua de Nelson es impresionante. Su familia, por el lado materno, estuvo siempre ligada al trabajo de la caña de azúcar en la Central Aguirre. Y no solo los hombres, sino también las mujeres. La mamá de Nelson, Zenaida Torres, trabajó desde los trece años como cocinera en la «casa de los americanos», la residencia de lujo de los administradores estadounidenses de la Central Aguirre, cuando ese molino era uno de los más importantes y modernos en El Caribe entero. Ella y su familia vivían en la casa de los sirvientes. La bisabuela de Nelson, Clotilde Antonetti, se desempeñó en la difícil labor del regadío de la caña. El abuelo de Nelson, Jerónimo Torres, fue picador de caña (además de trabajar en el regadío). Los tíos de Nelson, todos de ascendencia negra, eran trabajadores de la Central Aguirre, bien fuera picando caña o en labores de hojalatería. En ese sentido, Nelson es un verdadero «hijo del cañaveral».

Muy de joven, yo solía visitar el poblado El Coquí con familiares míos. Frente al vecindario estaba la gran Central Aguirre. El contraste entre un lugar y otro parecía sacado del sur de Estados Unidos. La central era una urbe en sí misma, con un hospital moderno, casas blancas amplias y de rejillas verdes, un campo de golf, un cine y una piscina. Todo, para el disfrute exclusivo de los administradores de la compañía azucarera, quienes vivían protegidos y socialmente aislados de los trabajadores negros y sus familias. Mirándolo bien, Aguirre era como un pedazo del sur racista incrustado artificialmente en El Caribe; el «intermedio del hombre blanco», con capacete y todo, de que nos hablaba Luis Palés Matos en sus versos. Exactamente al norte de la entrada de la carretera que llevaba a la central, quedó ubicada bien temprano la vibrante comunidad afroboricua de El Coquí.

Habría que estudiar el tema más a fondo, pero este poblado de Salinas quizás era, en las décadas de 1910-1930, una de las concentraciones más puras de proletarios agrícolas modernos en El Caribe entero. Se podía escribir entonces un tratado de economía política con meramente cruzar la carretera número 3. Y así como Aguirre era un pueblo ideal para los administradores y técnicos de la moderna central, El Coquí lo era para los trabajadores del litoral. El poblado tenía varias plazas de baile de bomba, no muy distintas de las «plazas de conga» en Nueva Orleáns, lo que ya de por sí apunta a la cuestión racial en el sur. En sus calles se podía respirar la solidaridad y chismorreo cultural de los habitantes de El Caribe. Apenas un jovenzuelo, y escapado de mis padres, llegué a ir al teatro de la comunidad, así como a las fiestas patronales de El Coquí. Hoy el teatro de la comunidad continúa activo. En su sala se efectúan eventos del Centro Cunyabe.

Recuerdo que para mucha gente de mi generación, El Coquí no era ni de Salinas ni de Guayama. Más allá de las fronteras administrativas entre los municipios del sureste de Puerto Rico, lo cierto es que todos estos poblados proletarios, con su fuerte ascendencia negra, vivían al compás del impulso centralizador de la gran central. Era la central la que centralizaba, valga la redundancia. El gran molino de azúcar de Aguirre, con su chimenea echando humo, al modo de un gigante fumando un tabaco frente al mar Caribe, era el verdadero corazón de la vida económica de la comarca que va de Salinas a Maunabo. Las centrales Machete, en Guayama, y Lafayette, en Arroyo, eran sus hermanitas menores, atadas a la mayor por las finanzas y las vías del tren. Además, si algo había entre El Coquí y los demás poblados negros de la región era continuidad cultural. Ya fuera El Coquí, Mosquito, Las Mareas, San Felipe, Puente de Jobos o El Puerto, aquí imperaba la negritud antillana. Y negritud antillana en el poblado de El Coquí, como todos los lugares de El Caribe, siempre ha sido sinónima de rebeldía frente a la opresión económica y racial.

En cuanto llegué a la plaza de El Coquí el 11 de diciembre de 2017, pregunté por Nelson. No nos habíamos dado un abrazo fraternal desde mediados de la década de los setenta. Todavía bajo el calor del fuerte apretón de manos, retomamos espontáneamente una conversación que dejamos inconclusa casi medio siglo atrás. El tiempo no había pasado. ¿De qué hablar sino del tema organizativo en los poblados negros y proletarios de la comarca? Lo escuché atentamente. Nelson conserva la manera de hablar calmada que hace sentir a gusto a quien lo escucha. «Horizontalidad, delegación y participación», son hoy sus principios de organización comunitaria. Estamos allí, en un día soleado, en el Centro Comunal El Coquí. No hay electricidad ni comodidades presuntuosas. Un grupo de mujeres y hombres mantienen un cuchicheo animado, mientras distribuyen botellas de agua, linternas de baterías y otras ayudas a la comunidad. La conversación que mantienen es como la de todo taller de trabajo, no le pertenece a nadie.

Me invade la nostalgia, y le hablo a Nelson de sus hazañas organizativas en la década de los setenta. Pero él es demasiado noble como para no destacar, sobre todo, a los compañeros tiroteados durante la huelga en contra de la GE en 1975. Viene a la mente de Nelson el recuerdo de una ocasión en que a él y a su esposa, Letty Ramos, les tocó socorrer, como asunto de vida o muerte, a un compañero herido de un balazo, en medio del conflicto huelguístico. La bala, que se incrustó en el estómago del herido, era en realidad para Nelson; pero, el sicario le disparó a la persona equivocada, un guayamés de nombre Arturo Rivera Jeremías.

Creo que he contagiado a Nelson del sentimiento perenne de melancolía que nos afecta a los hijos de la diáspora. Mas la conversación se torna ahora en un evento comunitario. Ismenia y Ada se acercan a la mesa. Lo mismo hacen otros miembros de la dirección del centro. Aquí nada parece pertenecer a nadie, ni las palabras ni las ideas. La visión de estos compañeros y compañeras es intercomunitaria. No hablan de El Coquí, sin hablar de Las Mareas o de Aguirre o de San Felipe; y por ahí siguen, poblado por poblado, hasta llegar a la orilla del mar.

Le comenté entonces a Nelson sobre mi viaje reciente al río Guamaní. Recalqué lo obvio: que sin la destrucción de ese maravilloso cuerpo de agua nunca habría existido la gran industria azucarera del sureste. La sección oriental del riego Guamaní (el llamado canal del este) suplía las necesidades de agua de todos los cañaverales desde Guayama a Patillas. La sección occidental, todas las de Aguirre y Salinas. En un principio, la Central Aguirre dependía de la extracción de agua subterránea. El sistema de riego del sureste se configuró en 1913, al modo de un cangrejo, cuya cabeza estaba en los montes de Carite. Tenía dos patas extendidas de este a oeste, de las cuales salían canales secundarios, que como arterias vivas suplían el vital líquido. Para producir una libra de azúcar en esa época, se requerían 4,000 libras de agua (500 galones). Además, las plantas hidroeléctricas Carite 1, 2 y 3, daban energía eléctrica a toda la comarca. El río Guamaní y el sistema de riego del sureste hicieron posible la tremenda explosión de cultura negra y proletaria en la comarca sur entre 1913 y 1930. Esa es la teoría que ronda en mi cabeza. ¿Tiene historia la negritud? ¿Cuáles son sus parámetros? El tambor retumba al calor de las luchas sociales concretas.

Entonces, como si estuviera en medio de una celada, Nelson me preguntó sobre la cultura de la región: ¿Crees que es un fenómeno que se puede reducir a que somos “los hijos del cañaveral”? Apenas logré amarrar algunas ideas superficiales, cuando él mismo entró en una reflexión interesante sobre el tema de la pesca en el mar Caribe y su conexión con los tiempos muertos del corte, transporte y molienda de caña. Me explicó que el llamado tiempo muerto de la caña era, para los trabajadores más pobres de la comarca, un período verdaderamente difícil, en que estos estaban obligados a sobrevivir de la pesca. «En un país en que nunca ha habido una industria pesquera», añadió con cierto resentimiento en los ojos. Los técnicos y administradores de la central no sufrían, pues tan pronto acababa el corte y la molienda emigraban a Tennessee. El patrón migratorio del tiempo muerto era un reflejo de la estructura de la industria azucarera y de la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos. Concluida la zafra, había que pescar; pero siempre sobre bases artesanales y restringidas por el imperio.

Resulta, pues, que lo que Palés llamó el «escocotamiento» del río Guamaní, el crimen ecológico que permitió la creación del sistema masivo de riego del sureste en 1913-1914, condenó a los habitantes de la región a sobrevivir en la miseria, sin acceso al agua dulce y al margen de la tierra acaparada por los latifundios. En el regadío, el agua se vende por pulgadas y minutos. La pesca de subsistencia era la única alternativa viable para las familias pobres del litoral. Ahí está una de las claves que explican el fenómeno de la cultura negra de la región sureste de Puerto Rico en el siglo XX, su persistencia y vitalidad en lugares como El Coquí, Las Mareas y Puente de Jobos. Ya desde bien temprano en la colonización, y más aún durante la invasión del 1898, el negro del Caribe chocó con la idea del gran latifundio cañero. Así pasó en Jamaica y en Cuba. Puerto Rico no fue la excepción.

Canales de riego

Canales de riego

Un joven sanjuanero que ayuda en el Centro Comunal de El Coquí nos mira con curiosidad. Nelson y yo tocamos temas que parecen de universitarios jóvenes. Carcajeo y le menciono al grupo que, de acuerdo con los informes de los gobernadores de la colonia entre 1911 y 1916, la creación del sistema de riego para suplir los cañaverales de la costa del sureste de Puerto Rico fue el evento financiero más importante de la segunda década del siglo XX. La burguesía azucarera hawaiana, todavía en pugna con la California Sugar Refining Company en 1911-1916, jamás habría cedido el financiamiento, control y diseño del sistema de riego del archipiélago de Hawái a intereses monopolistas extranjeros. Como lo dijo el alcalde Tortoise John en la película Rango, de Jonny Depp: «controlas el agua, y lo controlas todo».

Suena de repente el celular de Nelson. Este se excusa, pues tiene que ir a cumplir con veinte obligaciones. La comunidad necesita agua potable, comida y linternas. Medio Coquí está todavía sin energía eléctrica. Comencé así lo que no podía ser sino una despedida no deseada. En medio de ella, un abrazo apretado, una invitación al reencuentro, y palabras que sellan el interés común por la liberación de nuestro pueblo. En fin, una conversación aún inconclusa con un compañero, amigo y hermano…

El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.

 

 

Parpadeando : recorrido / por Rima Brusi

Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.

Buscando la resiliencia de Puerto Rico

Por: Víctor Alvarado Guzmán

Es posiblemente el término de moda, el que más se repite y menciona en Puerto Rico después del embate del huracán María.

Sin 2017-11-11%2B09.19.45.jpgembargo, la palabra “resiliencia” tiene un significado, bagaje y trayectoria que se remonta al siglo pasado.
Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la expresión proviene del término inglés “resilience”, el que a su vez deriva del latín “resiliens”, que significa “saltar hacia atrás, rebotar” o “replegarse”.

La RAE, además, la define como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adverso. Una segunda definición establece que es la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Desarrollo del concepto

El concepto “resiliencia” emana en parte de los proyectos de investigación de la doctora Emmy Elizabeth Werner.

Werner, quien nació en Alemania en el año 1929 y emigró a los Estados Unidos en 1952, fue profesora en el Departamento de Desarrollo Humano y Comunidad de la Universidad de California (UC Davis). Además fue miembro de la American Psychological Association (APA), de la Society for Research in Child Development (SRCD), del Institute of International Education (IIE) y de Psi Chi (Sociedad de Honor Internacional en Psicología).

En el año 1955, llevó a cabo un estudio en la isla hawaiana de Kauai, con una muestra de 700 niños recién nacidos que procedían de familias en situaciones desfavorables de pobreza, enfermedades mentales y alcoholismo, entre otros.

En su investigación titulada “Vulnerable but Invencible. A Longitudinal Study of Resilient Children and Youth” (Vulnerable, pero invencible. Un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes), Werner intuía que a los 30 años de seguimiento confirmaría que estos niños desarrollarían patologías de múltiple índole.

Efectivamente, al tiempo parte de la muestra confirmó esa hipótesis. La sorpresa, sin embargo, la obtuvo cuando el 30 por ciento de los elegidos no desarrolló patología alguna e, incluso, llevaba una vida plena, con desarrollo sano y positivo.

Estos niños resilientes tenían algo en común: todos contaban con al menos una figura de apego (no necesariamente un familiar) que les aceptaba incondicionalmente, independientemente de sus características físicas, inteligencia o temperamento.

De manera que la doctora Werner concluyó: “la influencia más positiva para ellos es una relación cariñosa y estrecha con un adulto significativo”.

Resiliencia comunitaria

El concepto de resiliencia experimentó más cambios a partir de la década de 1960. En un principio, se interpretó como una condición innata, luego se enfocó no solo en factores individuales, sino familiares, comunitarios y, actualmente, culturales. De hecho, investigadores del siglo XXI entienden la resiliencia como un proceso comunitario y cultural.
En el caso de la resiliencia comunitaria, se trata de un concepto latinoamericano desarrollado teóricamente por el doctor Elbio Néstor Suárez Ojeda.

Con más de 15 años dedicados al tema, Suárez Ojeda es director del Centro Internacional de Investigación y Estudio de la Resiliencia en la Universidad Nacional de Lanús, Argentina: una entidad con sede en varios países que funciona por convenio entre una fundación holandesa y universidades nacionales situadas en áreas problemáticas de cada país.

Tras completar numerosos estudios, Suárez Ojeda observó que cada desastre o calamidad que produce dolor y pérdida de vidas y recursos, tiende a generar un efecto movilizador de las capacidades solidarias en las comunidades afectadas, lo que les facilita reparar los daños y seguir adelante.

Por lo tanto, la resiliencia comunitaria se refiere a la capacidad del sistema social y de sus instituciones para hacer frente a las adversidades y para reorganizarse posteriormente, de modo que mejoren sus funciones, su estructura e identidad.

La ONU y la resiliencia

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) redactó un manual para líderes de los gobiernos locales titulado: Cómo desarrollar ciudades más resilientes, como una contribución a la Campaña Mundial 2010-2015 Desarrollando ciudades resilientes – ¡Mi ciudad se está preparando!

Este manual proporciona a los alcaldes, gobernadores, concejales y otros un marco genérico para la reducción de riesgos e identifica buenas prácticas y herramientas que ya son utilizadas en diversas ciudades.

Responde a la necesidad de un mejor acceso a la información, conocimiento, capacidades y herramientas para abordar de manera eficaz el riesgo de desastres y los eventos climáticos extremos. Además, ofrece una descripción general de las estrategias y acciones necesarias para crear resiliencia ante los desastres, como parte de una estrategia global para alcanzar un desarrollo sostenible.

El mensaje que se desea transmitir es que la resiliencia y la reducción del riesgo de desastres deben formar parte del diseño y estrategias urbanas para lograr un desarrollo sostenible.

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La resiliencia en Puerto Rico

La dificultad que hemos tenido para reorganizarnos como país y mejorar nuestras funciones y estructuras tras el paso de los huracanes Irma y María, demuestra la necesidad de desarrollar comunidades y pueblos resilientes.

Para lograr esto hay que promover la descentralización de la autoridad y de los recursos, impulsando la reducción de la vulnerabilidad y del riesgo de desastres a nivel municipal y regional.

Pero todo este proceso tiene que comenzar desde las comunidades, donde sus habitantes puedan evaluar colectivamente sus fortalezas y vulnerabilidades, para tomar acciones concretas al respecto. De esta forma, se convierte en un proceso de planificación comunitaria con la participación de residentes, organizaciones y diversos sectores (educación, salud, transporte, medio ambiente, académico, empresarial y comercial).

Es importante destacar que la resiliencia no significa resignación, es planificación. Es desarrollar nuestra capacidad para adaptarnos ante los eventos y mejorar nuestras funciones, estructuras e identidad comunitaria.

Por todo lo expuesto, conviene actuar y fomentar más altos niveles de resiliencia en Puerto Rico… antes de que venga el próximo huracán.

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por Víctor Alvarado Guzmán.

Salinas va de la tristeza a la desesperanza por Víctor Alvarado Guzmán

Salinas va de la tristeza a la desesperanza

Deficientes las agencias federales y estatales

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Comunidad Parcelas Vázquez

Salinas, Puerto Rico – Según transcurren las semanas, luego del paso devastador del huracán María, la desesperación va apoderándose de diversos sectores y comunidades de Salinas, debido a la dejadez y deficiencia de las agencias federales y estatales, según la Legisladora Municipal del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en ese municipio, Litzy Alvarado Antonetty.

“En visitas que hemos realizado y varias conversaciones con las personas de las comunidades, notamos que la ciudadanía está en un proceso de sustituir el miedo o la tristeza inicial de haber perdido sus techos o casas, por una desesperanza o coraje por la falta de atención crítica de las agencias federales y estatales. La gente se siente abandonada por el gobierno y, aquellos que deciden no abandonar el país, comienzan a exigir más acción de parte de las agencias”, expresó Alvarado Antonetty.

En Salinas hay cerca de 6,000 casas que fueron afectadas por el huracán, de las cuales 2,500 a 2,700 quedaron sin techo. “Sin embargo, FEMA sólo otorgó 500 toldos, por lo que el municipio tuvo que limitar su repartición. Hemos visto casas a las que se les otorgó un toldo, pero el mismo no cubre todo el techo. Cada vez que llueve, a nuestros hermanos y hermanas, se les vuelve a mojar todas sus pertenencias y al gobierno parece no importarle. Esto es desesperante”, manifestó la legisladora municipal.

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Comunidad Sabana Llana

Otra preocupación es la falta de agua en las comunidades de la montaña. “A 40 días del paso del huracán María, tenemos sectores de la montaña que aún no tienen agua. Según la administración municipal esto se debe a la falta de una o dos plantas eléctricas para conectarla a los pozos. La pregunta que nos hacemos como salinenses es: ¿la instalación militar del Campamento Santiago, que desde 1940 ocupó 12,789 acres de nuestro territorio municipal, no podría proporcionar un par de plantas para dar ese servicio a las comunidades de la montaña? ¿Cómo es posible que a Salinas vengan camiones y personas de otros pueblos a llevarse agua de nuestros pozos, con las consecuencias que tendrá en el acuífero esa sobre extracción, y la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) se ha negado a establecer oasis en la zona de la montaña? Esto es una actitud inhumana que puede crear un gran problema de salud”, dijo Alvarado, quien también es profesional de la salud.

La lenta recolección de escombros y material vegetativo es otra deficiencia que podría tener repercusiones en la salud y la seguridad de las personas.

“Reconocemos que hemos visto brigadas trabajando hasta los sábados, pero nos parece que el proceso, que las tres o cuatro compañías que fueron contratadas por el municipio para recoger los escombros y el material vegetativo, va muy lento. Ya el Cuerpo de Bomberos advirtió que el material vegetativo y escombros acumulados en aceras, calles y patios alrededor de Puerto Rico son un peligroso combustible para fuegos que podría destruir una cuadra de casas. Además, nos parece inapropiado y peligroso acumular todo ese material vegetativo recogido, en grandes montañas al lado de la cancha Angel Luis “Cholo” Espada, a la entrada de varias urbanizaciones, y cercano a lugares de comercios, varios de ellos de comida. Esta acumulación trae consigo sabandijas, que podría acarrear problemas de salud, y en caso de un fuego puede ser muy peligroso”, explicó la líder del PIP.

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Comunidad El Coco

Por último, la legisladora hizo un llamado a motivar a otros sectores a insertarse en la ayuda a las comunidades.

“Hay organizaciones que estuvieron dando servicios a las comunidades por varias semanas, que ya dejaron de hacerlo. Y se está advirtiendo a los alcaldes y alcaldesas que las deficientes ayudas federales no durarán para siempre. Así que tenemos que activarnos con otros sectores y comenzar ese relevo de servicios y ayudas. Por ejemplo, esta semana se estará estableciendo un Centro de Acopio en el salón parroquial del Coquí en Salinas, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, y la Junta Comunitaria del Coquí ha habilitado su Centro Comunal para ofrecer varios servicios. Hay que demostrar que existe la esperanza a pesar de la adversidad”, reafirmó Litzy Alvarado.

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por Víctor Alvarado Guzmán

La práctica de la solidaridad según la doctrina social cristiana

por Carlos Pérez Morales

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), ofrece un cuadro de conjunto de las líneas fundamentales del “corpus” doctrinal de la enseñanza social de la iglesia.

De acuerdo a la Doctrina Social de la Iglesia el principio de la solidaridad emana del conjunto de aspectos que relacionan o unen a las personas, la colaboración y ayuda mutua que ese conjunto de relaciones promueve y alienta.

Es una colaboración, interacción y servicio partiendo de los valores evangélicos y contribuye al crecimiento, progreso y desarrollo de todos los seres humanos.

La solidaridad tiene vínculos como el destino universal de los bienes, el bien común, la igualdad en la fraternidad de todos los hombres.  La solidaridad no se debe confundir con la filantropía por la cual se entregan dádivas a otros congéneres. La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una mirada cada vez más convencida.(Contreras, 2017).

Mediante el ejercicio de la solidaridad todos somos responsables de cada uno. La Iglesia camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el mundo y sin ser del mundo (cf. Jn 17,14-16), está llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima vocación. (CDSI)

“La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida.”

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación en tiempo real, como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones, son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre “personas lejanas o desconocidas.”

El mensaje de la doctrina social acerca de la solidaridad pone en evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo. El término  solidaridad, ampliamente empleado por el Magisterio, expresa en una síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos.

El compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo.

Hagamos pues de la solidaridad, un principio rector de nuestras vidas.

Indicadores Sociales y Económicos del Municipio de Salinas

Salinas ocupa la posición #8 en tamaño y la #45 en población entre los 78 municipios de Puerto Rico.

Según el censo del 2010 la población de Salinas era de 31, 078 habitantes.  Los datos del 2010 indican que el 75.8% tenía más de 18 años.

Igualmente, el 63.1% de la población mayor de 25 años posee diploma de cuarto año o más.

El ingreso per cápita en el municipio rondaba los $6,944, es decir, $3,411 menos que a nivel nacional.

Más de la mitad (55%) de los habitantes mayores de 18 años tenían ingresos por debajo del nivel de pobreza.

Posiblemente, siguiendo la tendencia en todo el país, la población disminuye y la pobreza aumenta.

En 2015 la tasa de desempleo alcazaba el 24.3% según informó el DTRH, es decir que 24 de cada 100 personas del grupo laboral carecen de empleo.  El informe señala que 1, 940 personas estaban desempleadas, de una fuerza laboral de 7,960.   Ese mismo año el empleo total fue de 6,020.

El presupuesto aprobado por el Gobierno Municipal en el año fiscal 2014-2015 sumó $12,246,699.  La cifra representa una inversión en los servicios municipales menor de $400 per cápita. Al cierre de ese año fiscal el municipio tuvo un déficit de $2,374,076. La deuda pública de Salinas suma $16,695,000.

 

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Elogio del sentido común / Eduardo Galeano

[“Le Monde Diplomatique rescata este artículo sobre el sentido común del escritor uruguayo Eduardo Galeano que siempre estuvo del lado de los oprimidos usando el oficio de periodista y escritor para agujerear las dictaduras del Cono Sur. Diferente de otros, no abandonó su compromiso militante en tiempos de incertidumbres ideológicas: estuvo junto a los movimientos contrahegemónicos de los noventa y se acercó a las plazas de los indignados de la presente década. Un firme practicante del “sentido común”. Galeano murió en Montevideo el año pasado. Recordémoslo.”]

ELOGIO AL SENTIDO COMÚN

por Eduardo Galeano

Nos reúne, en la mañana de hoy, la búsqueda de áreas de cooperación y de encuentro en este mundo enfermo de desvínculos. ¿Dónde podremos encontrar un gran espacio todavía abierto al diálogo y al trabajo compartido? ¿No podríamos empezar por buscarlo en el sentido común? ¿El cada vez más raro sentido común?

Los gastos militares, pongamos por caso. El mundo está destinando 2.200 millones de dólares por día a la producción de muerte. O sea: el mundo consagra esa astronómica fortuna a promover cacerías donde el cazador y la presa son de la misma especie, y donde más éxito tiene quien más prójimos mata. Nueve días de gastos militares alcanzarían para dar comida, escuela y remedios a todos los niños que no tienen. A primera vista, esto traiciona el sentido común. ¿Y a segunda vista? La versión oficial justifica este derroche por la guerra contra el terrorismo. Pero el sentido común nos dice que el terrorismo está de lo más agradecido. Y a la vista está que las guerras en Afganistán y en Irak le han regalado sus más poderosas vitaminas. Las guerras son actos de terrorismo de Estado, y el terrorismo de Estado y el terrorismo privado se alimentan mutuamente.

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En estos días se han difundido las cifras: la economía de Estados Unidos está repuntando y ha vuelto a crecer a buen ritmo. Sin los gastos de guerra, según los expertos, crecería mucho menos. O sea: la guerra de Irak sigue siendo una buena noticia para la economía. ¿Y para los muertos? ¿Habla el sentido común por boca de las estadísticas económicas? ¿O habla por la boca de ese padre dolido, Julio Anguita, cuando dice: “Maldita sea esta guerra y todas las guerras”?

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Los cinco países que más armas fabrican y venden son los que gozan del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. ¿No contradice el sentido común que los custodios de la paz mundial sean los que hacen el negocio de la guerra?

A la hora de la verdad, esos cinco países mandan. También son cinco los países que mandan en el Fondo Monetario Internacional. Ocho toman las decisiones en el Banco Mundial. En la Organización Mundial del Comercio está previsto el derecho de voto, pero jamás se usa.

La lucha por la democracia en el mundo, ¿no tendría que empezar por la democratización de los organismos que se llaman internacionales? ¿Qué opina el sentido común? No está previsto que opine. El sentido común no tiene voto, y tampoco tiene voz.

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Muchas de las más feroces extorsiones y de los más atroces crímenes que el mundo padece se llevan a la práctica a través de esos organismos que dicen ser internacionales. Sus víctimas son los otros desaparecidos: no los que se perdieron en la niebla de horror de las dictaduras militares, sino los desaparecidos de la democracia. En estos años recientes, en Uruguay, mi país, y en América Latina y otras regiones del mundo han desaparecido los empleos, los salarios, las jubilaciones, las fábricas, las tierras, los ríos, y hasta han desaparecido nuestros hijos, que desandan el camino de sus abuelos, obligados a emigrar en busca de lo que desapareció.

¿Obliga el sentido común a aceptar estos dolores evitables? ¿Aceptarlos, cruzados de brazos, como si fueran la inevitable obra del tiempo o de la muerte?

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¿Aceptación, resignación? Reconozcamos que poquito a poco, el mundo va siendo menos injusto. Por poner un ejemplo, ya no es tan abismal la diferencia entre el salario femenino y el salario masculino. Poquito a poco, digo: al ritmo actual, habrá igualdad de salarios entre los hombres y las mujeres dentro de 475 años. ¿Qué aconseja el sentido común? ¿Esperar? No conozco a ninguna mujer que viva tanto.

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La verdadera educación, la que proviene del sentido común y al sentido común conduce, nos enseña a luchar por la recuperación de todo lo que nos ha sido usurpado. El obispo catalán Pedro Casaldáliga lleva largos años de experiencia en la selva brasileña. Y él dice que es verdad que más vale enseñar a pescar que regalar pescado, pero advierte que de nada sirve enseñar a pescar si los ríos han sido envenenados o vendidos.

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Para que los osos bailen en los circos, el domador los amaestra: al ritmo de la música, les golpea las ancas con un palo erizado de púas. Si bailan como deben, el domador deja de golpearlos y les da comida. Si no, continúa el tormento, y en las noches los devuelve a las jaulas sin nada que comer. Por miedo, miedo al castigo, miedo al hambre, los osos bailan. Desde el punto de vista del domador, esto es puro sentido común. Pero, ¿y desde el punto de vista del domado?

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Setiembre de 2001, Nueva York. Cuando el avión embistió la segunda torre, y la torre crujió, la gente huyó volando escaleras abajo. Entonces los altavoces mandaron que los empleados volvieran a sus puestos de trabajo. ¿Quiénes actuaron con sentido común? Se salvaron los que no obedecieron.

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Para salvarnos, juntarnos. Como los dedos en la mano. Como los patos en el vuelo.

Tecnología del vuelo compartido: el primer pato que se alza abre paso al segundo, que despeja el camino al tercero, y la energía del tercero levanta vuelo al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, que presta fuerza al séptimo.

Cuando se cansa el pato que hace punta, baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro, que sube al vértice de esa uve invertida que los patos dibujan en el aire. Todos se van turnando, atrás y adelante. Según mi amigo Juan Díaz Bordenave, que no es patólogo pero sabe de patos, ningún pato se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás. Los patos no han perdido el sentido común.

(Fuente: Le Monde Diplomatique)

Nota de redacción: Se dice que el sentido común está anclado en lo prudente, lógico y valido.  Se le considera un don para inferir con celeridad las decisiones de la vida práctica y juzgar las situaciones de forma razonable.

 

Orlando / por Rima Brusi

Opinión

Es el nombre de la ciudad donde ocurrió la masacre. No es el nombre de una de las víctimas, pero pudiera haberlo sido, porque éstas eran en su mayoría hombres, y en su mayoría latinas. Puertorriqueñas, de hecho.

Terminé con otra cosa, pero originalmente llegué aquí, a la ventanita del bló, pensando en escribir algo sobre los discursos contrastantes que usan la derecha y la “izquierda” acá en Estados Unidos para hablar de la tragedia.

De una parte borran el hecho de que tanto el espacio elegido por el atacante como los muertos y los heridos por él pertenecían a la comunidad LGBTTQ; nos recuerdan que no son las pistolas las que matan gente, sino las personas que las usan para ese propósito; y utilizan la ascendencia afgana del asesino, y sus múltiples referencias a distintas facciones (a veces incompatibles) del fundamentalismo militante islámico, para establecer que el asunto se trata simplemente de un acto terrorista equivalente a 9/11, o a los recientes ataques en Europa.

De la otra parte encontramos la denuncia tristemente–y creo que apropiadamente–repetida de lo fácil que resulta comprar armas claramente diseñadas no para para cazar animales sino para asesinar humanos masivamente; la anotación de que el espacio elegido por el asesino no es neutral sino indicativo de un crimen de odio; y, por parte de algunos pero no todos los sectores, el señalamiento de que en casos como este usamos etiquetas como “terrorismo”, “crimen de odio” y “locura” de manera diferencial y atada a la identidad étnica del asesino.

Mi ubicación en el espectro de esos discursos debe ser a estas alturas más o menos obvia para los lectores habituales de este sitio. No descarto la posibilidad de la radicalización o auto-radicalización de este individuo, de nombre Omar. (Otro nombre que podría muy bien ser nuestro.)

Después de todo, las ideologías fundamentalistas son particularmente atractivas para aquellos que están llenos de odio, y estar obsesionado con ISIL (o con cualquiera de los grupos que parecía gustarle mencionar) no es incompatible con la homofobia, todo lo contrario. Es tan compatible con la homofobia como lo es el cristianismo fundamentalista que se ha apoderado de nuestra propia isla.

Sí me parece curiosa, dolorosamente curiosa, la ironía de que el mismo país que hasta hace muy poco no le permitía a sus ciudadanos la libertad de matrimoniarse con quien les diera la gana sí permita que las compañías que fabrican “rifles de asalto” anden mercadeándolos y vendiéndolos por la libre, sus cabilderos encamados con los legisladores americanos (con esos affairs del bolsillo, no del corazón, nadie se mete), a pesar de que se usan una y otra vez para masacres cuyo estilo y estampa son únicas en el mundo desarrollado.

La libertad de amar o manifestar la sexualidad propia está siempre en entredicho, pero la libertad para comprar un arma que claramente no está diseñada para apuntarle a los venaditos es sagrada, constitucional, intocable.

Pensando en estas cosas estaba según iba leyendo noticias y ensayos sobre este asunto cuando empezaron a aparecer los nombres y las caras de los muertos y los heridos. Y entonces la pena se me metió en los huesos de una manera distinta y más personal. Porque es que como puertorriqueña viviendo en Estados Unidos (soy una de las que se mudó, pero ojo, #nomehequitado) los reconocí.

Esta sensación tal vez no es políticamente correcta, tal vez es hasta racista, qué se yo, pero la sentí y aquí está. Sus rostros, los de las víctimas, los de los heridos, me resultaron familiares a pesar de no conocer personalmente a ninguno de ellos.

¿Cómo describir la sensación? Quiero decir que se me parecieron a nosotros, que eran de algún modo míos, que después de estar viviendo acá cinco años y viendo tanta gente distinta, tenían un cierto trasunto físico que me sobrecogió.

Y creo que esa sensación de pertenencia, de conexión, no se debía solamente a sus rostros, a sus rasgos. Creo que hay algo más. Estas personas habían emigrado, como lo hicimos mi familia y yo, a Estados Unidos en busca de ciertas oportunidades. Y–esto es importante–estaban allí esa noche haciendo comunidad.

Porque los clubes “gay” son, como escribió alguien aquí, no solamente espacios para divertirse o buscar pareja; son mucho más que eso. Son espacios seguros, espacios donde dejar atrás la máscara opresora y cotidiana, espacios para buscar, crear y reafirmar comunidad.

Los heterosexuales y cisgénero tenemos tantos espacios disponibles para encontrarnos, reconocernos y querernos que a veces pasamos por alto el rol de “la discoteca gay” en la vida de nuestros hermanos y hermanas LGBTTQ. En estos lugares a veces comienza un romance o una amistad que dura toda la vida; en estos lugares se forjan a veces lo que Rolón llamó “la familia-otra” en un libro reciente.

Las noticias iniciales me habían conmovido, me habían indignado, me habían entristecido. Pero fue cuando vi caras y nombres que sentí esta tristeza distinta, eso que llaman duelo. Porque esos muchachos eran y son mis hermanos, y los asesinaron e hirieron justo cuando se embarcaban, como lo hice yo, en la próxima etapa, en la próxima aventura de sus vidas; los mataron justo cuando estaban haciendo comunidad en su nuevo hábitat; los mató el odio, la intolerancia, la falta de voluntad política, los fundamentalismos variopintos.

En más de una ocasión me han preguntado, sin maldad pero con cierta malicia, porqué me involucro en activismo LGBTTQ, si vivo casada con y enamorada de un hombre y mi identidad de género coincide con el aparato sexual con que nací. Creo que lo que pasó en Orlando es parte de la respuesta a esa preguntas. Es que el momento es claro: todas tenemos que ser activistas, en mayor o menor medida, y trabajar hacia la igualdad de género, orientación, identidad.

Aquí no hay neutralidad posible. Aquí no se puede rezar por las víctimas mientras juzgas su “estilo de vida”. Aquí no se puede “amar a pesar de”. Aquí no se puede “tolerar”, o contar con la invisibilización del otro. Aquí hay que amar, unir, y actuar. Ahora.

Rima BrusiRima Brusi es antropóloga cultural, escritora y profesora universitaria residente en los Estados Unidos.  Ademas de  investigación académica y comunitaria en las áreas de etnografía, historia de vida, desigualdad, educación, y espacio/lugar culltiva la escritura creativa para examinar eventos cotidianos en su blog, Parpadeando. Su más reciente libro, publicado en verano de 2011 por la Editorial Educativa Emergente, es un texto de ensayo y narrativa breve titulado Mi Tecato Favorito y otras Crónicas de la Cotidianidad Puertorriqueña..

Fuente: Parpadeando