Imágenes del paso del huracán María en Salinas desde el ojo fotográfico de Norma Curet Ayala

Nos toco vivir en un universo dinámico, quizás caótico, alojados en un planeta con el cual apenas lidiamos armoniosamente, a pesar de nuestra ancestral voluntad por señorearlo.  Un planeta que guarda en sus entrañas y en su atmósfera toda la fuerza viva del universo.  Aquí estamos, incapaces de comprender nuestra fugaz existencia.   Torpes en el manejo de nuestro hábitat, al punto que amenazamos nuestra propia supervivencia.

En esta nuestra casa y nave espacial, limitada a recorrer inexorablemente por el mismo sendero estelar, ocurren eventos intensos propios de su naturaleza. A eso eventos los llamamos catástrofes naturales y como tales son inevitables, aunque somos cómplices de sus consecuencias.

Dos años atrás, el 20 de septiembre de 2017, Puerto Rico recibió el poderoso impacto  de una de esas catástrofes naturales: el huracán María.  Ese será un día que las generaciones presentes jamás podrán olvidar.  No solo por la estela de temor, destrucción y muerte que dejo a su paso, sino por la incapacidad, dejadez e irresponsabilidad que mostraron los altos ejecutivos del gobierno para atender la emergencia y administrar la recuperación del país. Ineptitud, conductas y actitudes por las que el pueblo les pasara factura a su debido tiempo.

Cientos son los testimonios e imágenes de la tragedia producidos que servirán para perpetuar la memoria histórica del paso del huracán María por Puerto Rico. De la experimentada fotógrafa Norma Curet Ayala presentamos una selección de imágenes que narran impresionantes destrozos y vivencias captadas por su ojo fotográfico en Salinas.

 

Colonialismo, genocidio ambiental y luchas comunitarias en el sureste de Puerto Rico / Rafael Rodríguez Cruz

Dicen que mi generación fue de las pocas en disfrutar un poco de prosperidad en la comarca de Guayama y el sureste de Puerto Rico en el siglo XX. Algo de verdad quizás tiene la aseveración. Entre 1955 y 1972, Guayama y los pueblos del sur disfrutaron de una aparente primavera económica, resultante de la llegada del gran capital industrial moderno a Puerto Rico. Una de las industrias más importantes, para el desarrollo de mi generación, fue la Univis Corporation, que fabricaba lentes básicos en Guayama y los exportaba al mercado estadounidense. La fábrica Univis estaba en la salida hacia el pueblo costero de Salinas y, al menos hasta fines de la década de los sesenta, parecía inamovible. Al otro lado del pueblo, saliendo para Arroyo estaban las plantas textiles, incluyendo las fábricas conocidas como la Americana y Angela Corporation. La verdadera gran inversión de capital industrial, sin embargo, ocurrió en las afueras de Guayama, en el área de la laguna de Jobos y Pozuelo. Nos referimos a la llegada de la Phillips Corporation y el inicio de la fase de predominio de las industrias químicas y petroquímicas transnacionales en el sureste. El cultivo de caña vendría a ser un fenómeno del pasado, y pronto las centrales de la región dejarían de funcionar.

A pesar de la rápida transición de la agricultura a la gran industria, mi generación sintió que muy poco cambiaba en este pueblo en que, al decir de Luis Palés Matos, la gente se moría de hacer nada. La lentitud de la vida social era algo asfixiante. Guayama, con o sin la Phillips, seguía siendo Guayama. Al menos, así se sentía. Todo alrededor nuestro tendía hacia la inercia y nuestras vidas se consumían en una especie de maleficio que nos condenaba a movernos circularmente. De hecho, así era que la juventud efectuaba los recorridos de coqueteo en la plaza de recreo, durante las fiestas patronales; en un círculo perfecto en contra del reloj.

Algunos comentaristas leen apresuradamente a Palés, y le atribuyen la inercia cultural de Guayama solo a la hispanofilia de las clases dominantes. Nuestro poeta, sin embargo, era un mago de las imágenes líricas. Él sabía, por ejemplo, que la lentitud del tiempo en el sureste de Puerto Rico ya estaba allí mucho antes de la colonización. Por eso, no es recomendable leer el poema Pueblo, sin antes leer Topografía. Entre uno y otro hay una conexión de causalidad.

El sureste

Aceptemos, de entrada, que el sureste de Puerto Rico, toda esa región que va de Salinas a Patillas, es un área de contrastes extremos y magníficos. En la costa predomina la aridez y la marisma seca, al menos exteriormente. En las lomas, y de manera muy selectiva, hay zonas que parecen bosques tropicales. Este es el caso de la ladera sur de los montes de Carite, así como de las elevaciones de Guamaní y del curso del río Patillas, desde la poza de la curva hasta el lago.

En 1898, apenas ocurrida la invasión militar, el geólogo y explorador estadounidense Robert Hill visitó la región del sureste de Puerto Rico. Buscaba minerales para la explotación por las compañías de su país. A su alrededor, solo vio un paisaje de terrenos secos, árboles de cactus, arenas y pedregales. Dotado de un poder de observación sin par, no le tomó más de un minuto en rendir juicio sobre lo que vio: «Aquí no hay minerales, pero sobra el agua subterránea; bastaría con hundir un palo en la tierra para comprobarlo». Originario de Texas, y famoso por haber descubierto los grandes acuíferos del sur de Estados Unidos, Hill sintió una experiencia de deja-vu. Estaba, a su juicio, encima de un gran acuífero, con un potencial enorme para la agricultura. Efectivamente, en 1898 Hill detectó uno de los depósitos más importantes de lo que hoy se conoce hidrológicamente como la Gran Provincia de Sur. Parte integral de los valles de acuíferos de la costa de Puerto Rico, la Gran Provincia del Sur incluye los acuíferos aluviales de Salinas, Guayama y Patillas; en conjunto, una de las acumulaciones de agua subterránea más importantes y fantásticas del Caribe.

El geólogo imperialista Hill, sin embargo, estaba más interesado en la mineralogía que en la agricultura. Por eso, no hizo muchos comentarios sobre el potencial de cultivo de caña en la región. Para él, los terrenos del sureste, descritos por muchos como áridos y estériles, eran, ante todo, ricos en humedad subterránea. Cualquier uso agrícola, por lo tanto, era posible mediante la extracción de agua de los depósitos aluviales bajo tierra. La aridez superficial, aunque visible, no era un problema insalvable. ¿No era acaso eso lo que él había recomendado para las grandes fincas de cultivo y ganado en Texas, o sea, extraer agua del subsuelo? La cuestión se reducía, pues, a qué era más costoso: sacar el agua mediante pozos modernos o crear un sistema de riego, que captara el agua de los caudalosos ríos de las montañas. Lo primero implicaba una inversión significativa de capital en maquinaria y equipo; lo segundo, se podía obtener gratuitamente del gobierno colonial. El riego, entonces, no era un requisito absoluto para la agricultura en la zona sureste, ni siquiera para la caña.

A pesar del contraste entre los llanos áridos del sureste y las montañas lluviosas del centro de la isla, la existencia de grandes acuíferos en las llanuras fue el producto magnífico de una armonía hidrogeológica que tomó millones de años en constituirse. De hecho, el mismo Hill, uno de los precursores de la geología moderna en el Golfo de México y la Cuenca del Caribe, quedó infatuado con el caso de Puerto Rico. Para algunos científicos de la época, las Antillas Mayores, incluyendo nuestro país, representaban la Atlantis perdida de la mitología griega. Hill estudió la composición de las rocas en las distintas islas y dio base científica a sus teorías. Como un Da Vinci de la geología, sus descripciones del Caribe no están exentas de valor literario. Las Antillas Mayores, puntualizó en sus artículos para la revista National Geographic, semejaban una canoa invertida.

Puerto Rico, añadió Hill, aunque hija de la misma madre que tuvo Cuba, o sea, de las revoluciones volcánicas del Caribe, se destacaba entre las Antillas Mayores por su vegetación exuberante y la variedad de paisajes. De hecho, en su opinión, Cuba tenía un aspecto geológicamente continental maduro. Puerto Rico, no; aquí todo parecía nuevo y acabado de brotar del mar. La isla, en sus palabras, era un microcosmos utópico, que deleitaba al visitante por la armonía de contrastes extremos, como si fuera una pintura alocada. De un lado, estaban las costas, excepcionalmente lineales y faltas de cayos; del otro, el paisaje general de la isla, marcado por cadenas de elevadas montañas de semblantes dentados y categóricos. La discordancia mayor, por supuesto, la daba el clima: húmedo en el norte, seco en el sur. El agua, sin embargo, no escaseaba en ningún rincón de esta diminuta isla de 35 millas de ancho por 100 de largo. Las serradas montañas del centro de la isla, con sus suelos arcillosos, apenas lograban retener el agua de lluvia que recibían gracias a los vientos alisios. Sin embargo, las copiosas precipitaciones no tardaban en llegar, mediante un enjambre alucinador de ríos, a las costas y sus múltiples depósitos de calizas porosas absorbentes de humedad. Ahí se almacenaron por miles y miles de años. En realidad, se trataba de depósitos subterráneos geológicamente jóvenes, formados tan solo uno o dos millones de años atrás. Puerto Rico era, para Hill, expresión de la unión armoniosa de lo viejo y lo nuevo: montañas volcánicas y costas jóvenes. El agua que él notó tímidamente asomándose bajo la marisma seca del sureste se originaba efectivamente en las montañas. Los mismos terrenos esponjosos de la costa no eran sino el resultado de la acumulación milenaria de grava, piedras y otros materiales que habían llegado de las montañas por efecto de la erosión. Y si arriba no retenían el agua, abajo la acumulaban. Hacía falta una verdadera visión de conjunto, para comprender la perfecta armonía escondida tras los extremos de climas, paisajes, topografía y geología de la isla. Una armonía hidrogeológica de millones de años. Quizás sea ese, digo yo, el verdadero origen de la lentitud con que discurre el tiempo en el sureste de Puerto Rico.

Hoy, gracias a la ciencia moderna, sabemos que lo que Hill llamó “agua siempre accesible a un metro bajo la superficie” no era más que uno de los muchos valles de acuíferos del sureste de la isla. Debido a la armonía con la lluvia en los montes, el agua sobraba en ellos. Por miles y miles de años, la fuente de recarga principal de los depósitos de agua subterránea en el sureste había sido el agua montañosa que llegaba por la acción de los ríos y la fuerza de gravedad. No en balde no había lagos superficiales. La isla los llevaba por dentro en sus costas.

Naturalmente, el sureste no es el único lugar que muestra este tipo de formación hidrogeológica en Puerto Rico. Hay algunas en la costa del norte, y bien grandes. Sin embargo, aquí, en la tierra inhóspita de Palés, el asunto reviste un aspecto de magia. Debido a la altura y localización algo desplazada al sur de la Cordillera Central, el sureste de Puerto Rico está aislado del efecto humidificador de los Vientos Alisios, con sus ráfagas que soplan del noreste. En la ladera de la isla a barlovento, o sea, de cara a los vientos húmedos del noreste, ocurre lo que los geógrafos llaman lluvia orográfica: la humedad sube, se enfría y se condensa en los topes de las montañas. Por ello, abundan los aguaceros a barlovento. Con una diligencia insuperable, los vastos y anchos ríos del norte de Puerto Rico se encargan de distribuir el agua fresca de lluvia equitativamente por toda esa zona. Son un sistema de riego natural. Al sur, sin embargo, lo único que llega son vientos secos y calientes. Algunos se originan en el mar Caribe, siempre cargado de energía y calor; otros, resultan de las ráfagas del norte que remontan la Cordillera Central y, ya vacías de humedad, descienden por la ladera a sotavento, calentándose aún más. Calor si bogas, calor si no bogas. Todo por el asunto del sotavento.

Para que no falte dramatismo, los ríos del sur son cortos y pronunciados, debido a las pendientes extremas. En una dinámica hidrológica que la gente bautizó siglos atrás de «alocada», los cauces del sur se desbordan por la mañana y por la tarde se secan. Así, porque sí, sin más razón que aquella de que, como decía La Lupe, «lo que pasó, pasó». El agua baja de las montañas sin anunciarse y, en medio de todo el calor, se llevan en un santiamén lo mismo personas, animales o pueblos enteros. Por eso, hay en nuestra literatura del sur, imágenes de cauces sin ríos y de golpes de agua que ocurren en medio de un día seco y ardiente. Sea como sea, los acuíferos del sureste, con su material geológico poroso, absorben enseguida el agua que viene de los montes. Glup-Glup-Glup. Quiso la naturaleza, además, que, para preservar el agua, todo el manto de piedras, arenas y grava porosa, o sea, el cuerpo permeable del acuífero del sur, descansara sobre una cama de material geológico no poroso. Esponjosidad arriba, absorbiendo el agua; impermeabilidad por abajo, tapando el fondo. Los acuíferos del sureste de la isla no son sino esponjas de retención de agua dulce: Dadme una esponja / y tendré el agua dulce.

En la región sureste de Puerto Rico, contrario a los principios entrópicos de la física moderna, la naturaleza busca la armonía, huirle al desorden. Y ello, siempre en el contexto de extremos geográficos yuxtapuestos. Por eso, dicen los hidrólogos, que hay un fenómeno, no tanto visible como conceptualizable, que se llama el nivel freático de las aguas subterráneas del sureste. Es una medición del punto o nivel de saturación del material poroso, lo que no es sino el cuerpo mismo del acuífero. Si el nivel freático es elevado, hay agua suficiente; si es bajo, necesita recarga. Tomado en su forma más abstracta, el nivel freático es un índice de la relación del acuífero con la totalidad del medio ambiente geográfico que lo rodea, desde las montañas hasta el mar. Si el nivel freático sube, y el agua dulce rebasa la capacidad de retención del material poroso, el exceso del líquido fluye, por la ley de la gravedad, hacia las lagunas y pantanos cercanos al mar. Si por razones naturales o de actividad humana, el nivel freático baja, el agua dulce no puede prevenir la entrada del agua de mar, y se saliniza el acuífero. Es decir, toda ruptura de la armonía hidrológica trae consecuencias. En el primer caso, positivas; en el segundo, negativas. ¡Excéntricos que son nuestros acuíferos!

Resulta, entonces, que a diferencia del gran acuífero Oglalala en las llanuras de Estados Unidos, los del sureste de Puerto Rico no tienen un término final de vida. Son recargables, Su capacidad potencial de almacenaje no varía con los años. Eso, porque tanto la porosidad del material de aluvión, como su espesor, son factores constantes. Lo que puede variar es la recarga, como resultado de la entrada de agua dulce; o la descarga, por la actividad imprudente de extracción.

¡Ay, la ingratitud humana! Habría que rescribir toda la historia de Puerto Rico, para darle a los acuíferos del sureste el crédito que se merecen en la génesis de la dinámica social, cultural y económica de la región. Sin ellos, o sea, sin el agua dulce que estaba “a menos de un metro de profundidad”, no se habría dado ni la antigua producción de caña ni la gran cultura negra de la región. Pero en eso no se piensa. Excepción hecha de los acuíferos aluviales, no había en toda la región costera ni agua dulce ni potable, al menos de forma continuada. ¿Será, por eso, que algunas de las comunidades negras de Guayama y Salinas todavía tienen nombres asociados a la extracción de agua subterránea? ¿Qué otro origen puede haber tenido los nombres de barrios de esclavos, como Pozuelo y Pozo Hondo? La negritud de Guayama no es hija exclusiva del tambor.

Coloniaje y genocidio ambiental

La construcción del sistema de riego y represas del sureste, que comenzara en 1908, vino a alterar el equilibrio milenario entre los acuíferos de la región y las fuentes naturales de recarga. Ya para 1915 cinco grandes represas (Patillas, Carite, Coamo, Toa Vaca y Guayabal) suplían las necesidades de la industria del azúcar, mediante un sistema de 150 kilómetros de túneles y canales, que iban desde Juana Díaz hasta Patillas. El agua represada sería utilizada, además, para producir electricidad en varias plantas hidroeléctricas localizadas en las pendientes montañosas del sureste (Carite I, Carite II, Carite II, Toro Negro I y Toro Negro II). Solo después llegaba a las costas. El efecto inmediato del sistema de riego fue, pues, reducir las fuentes naturales y milenarias de recarga de los acuíferos de la zona sur. A lo sumo, estos se nutrían ahora de los remanentes del sistema de riego y, con suerte, de las infrecuentes crecidas de los ríos provocadas por una que otra tormenta severa. Pero ello, únicamente después de llenarse los lagos.

En la cuarta década del siglo XX comenzó el hincado de pozos profundos para la extracción de agua con propósitos agrícolas por todo el sureste de Puerto Rico. El efecto negativo de la actividad humana sobre el nivel freático de los acuíferos era ahora doble. Por un lado, se apresaban y canalizaban las aguas de los ríos; por el otro, se ponía en marcha un proceso de extracción desordenada de los arsenales subterráneos. La salinidad creciente del agua comenzó entonces a mostrar su fea cara.

Fue, no obstante, en las décadas de 1950-1970, o sea, durante los tiempos en que mi generación crecía ajena a todo (salvo a la exasperante inercia del pueblo) que comenzaron a llegar, a la región del sureste, fuerzas promotoras de un desajuste hidrológico quizás irreparable. No puedo decir que esto ocurrió calladamente. Todo lo contrario. Mi pueblo celebró en grande la llegada de cada planta industrial, de cada inversión de capital extranjero y de cada maquinaria moderna y ruidosa, por contaminante que fuera. De todas las criaturas malsanas, la que más alegría infundada provocó fue la Phillips Petroleum y su hermana la Fibers, que llegaron a mediados de la década de los sesenta. Después vinieron otras, como las farmacéuticas estadounidenses Pfizer, Elli-Lilly y Bayer. También Monsanto y Dow Chemicals. El sureste, finalmente había arribado a la modernidad. ¡Y de qué modo! Atrayendo canallas, ladrones y tahúres peores que los imaginados en el poema Pueblo de Palés.

Como era de esperarse, dada la condición colonial de Puerto Rico, las factorías químicas y farmacéuticas estadounidenses se establecieron precisamente en las zonas más sensitivas de la hidrología del sur; o sea, en los topes de los acuíferos y en las cercanías de los antiguos manglares y humedales. A primera vista, esto parece un contrasentido. El consumo de agua por estas operaciones industriales palidece en comparación con la demanda de las operaciones de la caña, ya desaparecidas. Sin embargo, con estas compañías no se trata tanto de lo que extraen, como de lo que inyectan: sustancias contaminantes y carcinógenas. En efecto, ya para 1986 porciones importantes de los acuíferos de Guayama quedaron enteramente arruinadas, debido a las concentraciones elevadas de sustancias químicas peligrosas. Y hoy, la región sureste de la isla es un foco de enfermedades terribles, en particular el cáncer, derivadas de las operaciones de estas industrias y de otras actividades industriales altamente contaminantes.

No es extraño, pues, que haya que remontarse a mi generación para hablar de un tiempo de aparente prosperidad en el sureste de Puerto Rico. La región entera sufre, en estos momentos, las consecuencias negativas de un desarrollo industrial que destruyó nuestros recursos naturales más valiosos, en particular de 1966 en adelante. Ello, en realidad, no fue sino un segundo golpe duro para la región, después de medio siglo de dominio de la producción cañera, que agotó la fertilidad natural de los suelos y trastocó la hidrología superficial. Con la caña, se trataba del uso imperialista de las aguas de los ríos para alimentar las ganancias de las grandes compañías azucareras estadounidenses en el sureste. Más recientemente, se ha tratado del uso de los acuíferos aluviales como vertederos para los desechos y contaminantes de las industrias químicas y farmacéuticas extranjeras. Entre ellas, y con un carácter híbrido aterrador, hay que mencionar a la Dow Growers, que ha convertido miles de acres de los antiguos cañaverales del sureste en campos de siembra de sus semillas química y genéticamente modificadas. No lejos de estos campos, una montaña gigantesca de residuos y cenizas de la quema de carbón por otra compañía estadounidense, la AES, contamina el aire, además de inyectar materiales tóxicos y radioactivos sobre el valle de los acuíferos del sureste. El resultado ha sido la transformación del sureste en lo que puede tildarse de un virtual corredor del cáncer.

Lucha comunitaria

No es posible tener un cuadro completo de la realidad del sureste de Puerto Rico, sin mencionar la tradición combativa de sus barrios de gente negra. Bastaría con mencionar las revueltas de esclavos negros en el siglo XIX; o las gigantescas movilizaciones de huelguistas de la industria de la caña en la década de los treinta del siglo XX. Traicionados por el sindicato reformista, las masas explotadas del sureste no tardaron en recabar la ayuda del Partido Nacionalista de Puerto Rico y, en particular, de su líder Pedro Albizu Campos. La respuesta del imperio fue implacable, reprimiendo tanto a los miles de huelguistas en la zona como al nacionalismo revolucionario. Pero, la combatividad de las comunidades del sureste de la isla nunca ha cesado. De hecho, es hoy más fuerte y prometedora que nunca.

Las comunidades negras y pobres del sureste de la isla enfrentaron una prueba mayor, como resultado del huracán María en septiembre de 2017. Por meses, los poblados costeros de Guayama y Salinas quedaron totalmente desprovistos de electricidad y agua potable. Ante eso, los diferentes grupos comunitarios y ambientalistas se unieron para garantizar, día a día, la distribución igualitaria de lámparas inalámbricas, agua embotellada y, en particular, comida. De ahí, surgió un impulso renovado para liberar a las comunidades de la dependencia en energía no renovable. Se trata, al menos inicialmente, de un proyecto comunitario, llamado Coquí Solar, que garantizaría energía limpia y gratis para una comunidad de 900 familias. Que esto ocurra, apenas a pocos kilómetros de las plantas contaminantes que producen electricidad con carbón y petróleo, es indicativo de la voluntad del pueblo de lograr la autosuficiencia energética, así como de proteger el ambiente. Y ello se viene logrando por la vía de la autogestión comunitaria.

El pasado 6 de abril de 2018 se celebró, en Salinas, el primer conversatorio titulado “Por un Posicionamiento Político, Social y Cultural Desde el Centro-Sureste”, dirigido a promover una visión militante de conjunto entre las organizaciones culturales, ambientales y de lucha del centro y sureste de Puerto Rico. Al evento, asistimos un nutrido grupo de compañeros y compañeras independentistas, así como miembros de las principales organizaciones de lucha y comunitarias. Entre estas últimas cabe mencionar: el Centro Cultural Cunyabe, el Comité Diálogo Ambiental, el Frente Afirmación el Sureste (FASE), El Comité Plaza Monumento Dr. Pedro Albizu Campos de Salinas, y el grupo Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO). Al día siguiente, en la mejor tradición de la rebeldía afroantillana, se celebró la tradicional actividad conocida como Libre Soberao, en que, desde los tiempos de la esclavitud, los negros y negras de la zona se reúnen para tocar los tambores y bailar el ritmo de la bomba. Este pasado 7 de abril, significativamente, el Libre Soberao se efectuó en los terrenos de la antigua Central Aguirre. Lo más importante es que, desde abril para acá, las distintas organizaciones se han mantenido unidas por la agenda común de luchar por la autogestión, el mejoramiento de la calidad de vida y la protección del ambiente.

¿Por qué hablar del sureste, como una región diferenciada de la isla? Simplemente porque, a pesar de su tamaño reducido, Puerto Rico entero está conformado por zonas geográficas que muestran rasgos culturales, sociales y económicos muy particulares. Este fenómeno llamó mucho la atención de Estados Unidos en 1898, y ha sido utilizado a menudo en contra de nuestras luchas emancipadoras, para desunirnos aún más. La región del sureste, con su peculiar hidrogeología, comprende uno de los llanos más extensos de la isla, en el cual prevalecen condiciones muy uniformes. Culturalmente, es la región de mayor influencia y difusión del elemento afroantillano. Económicamente, es una zona que desde 1898 ha sido explotada con arreglo a un plan regional por el gran capital monopolista estadounidense. Además de sus recursos naturales valiosísimos, el sureste exhibe una proletarización generalizada. Socialmente, es una región de elevada combatividad de la clase trabajadora que la habita mayoritariamente. De lo que se trata ahora, para las organizaciones militantes, es de promover una respuesta organizativa regional a los problemas que históricamente han prevalecido.

El joven activista Roberto Thomas, portavoz del grupo IDEBAJO (Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos) enumera, en un informe reciente, algunas de las áreas en que el sureste confronta los mayores retos: (1) aumento del costo de vida; (2) despoblamiento acelerado, debido a la rampante pobreza; (3) contaminación por la quema de carbón e infiltración de sustancias tóxicas en los acuíferos que suplen agua potable; (4) acaparamiento de miles de acres de terrenos por las semilleras Dow y Monsanto; (5) cierre discriminatorio de escuelas públicas; (6) corte de pensiones de los jubilados; (7) eliminación de derechos laborales y (8) desempleo y su secuela de bajos ingresos. Dada la naturaleza regionalmente aguda de estos problemas, la respuesta también tiene que ser abarcadora. Al respecto, nos dice Roberto en su informe:

«Después del huracán, y ante los problemas que todos y todas conocemos, hemos trabajado en el adelanto de la organización comunitaria de los barrios negros de toda la zona que va de Salinas a Guayama. Entre ellos, los poblados de El Coquí, Mosquito, Jobos, Las Mareas y San Felipe. Las comunidades mismas optaron por crear algo novedoso, que se ha venido a conocer como Oasis Comunitarios. Gracias a la naturaleza democrática y descentralizada de estos organismos, rápidamente pudimos fundar cocinas comunitarias, puntos de distribución de suministros, eventos de enriquecimiento cultural para los niños, así como días de limpieza de escombros. Todas eran necesidades urgentes después de la tormenta, y las comunidades se movilizaron para darles solución. Una idea en la que trabajamos ahora mismo es la creación de mesas de trabajo temáticas, que permitan capacitar, atender y responder a los problemas desde las propias comunidades. Se trata de mesas que ofrezcan nuevas ideas para adelantar en la solución de asuntos tales como la comida, vivienda, salud (física y mental), cultura y recreación. Queremos vigorizar el mecanismo de las asambleas comunitarias que hagan posible la participación más amplia de la gente de nuestras comunidades, particularmente los jóvenes, en el proceso de organizarse para atender y mejorar la calidad de vida». (Citado con permiso del autor)

La cuestión de la identidad

En el centro mismo de la posibilidad de un proceso emancipador en Puerto Rico está la cuestión de la identidad. La tormenta María golpeó brutalmente al sureste de la isla, afectando sobre todo a las comunidades pobres y negras. Estas siempre fueron un punto de apoyo para las luchas libertarias, al caracterizarse por la preservación del legado de sus orígenes afroantillanos. La combatividad de los poblados del sureste no tiene parangón en la historia de las luchas proletarias de Puerto Rico. Y esto, afirmando en todo momento las raíces caribeñas de sus habitantes. En el contexto de las comunidades del sureste de Puerto Rico, con su inherente influencia afroantillana, la idea de la no-identidad boricua es un lujo, un adorno.

El sureste, por su historia y misticismo, es parte integral del universo afroantillano. No somos, pues, extranjeros en este pedazo del Caribe que habitamos. El ancla, la raíz de esa pertenencia es la negritud, entendida no ya abstractamente, sino en función de las luchas concretas de las comunidades pobres por mejorar sus condiciones de vida y afirmar la personalidad boricua. O, como diría mi compueblano Luis Palés Matos: «No conozco un solo rasgo colectivo de nuestro pueblo que no ostente la huella de esa deliciosa mezcla de la cual arranca su tono verdadero el carácter antillano. Negarlo me parece gazmoñería. Esta es nuestra realidad y sobre ella debemos edificar una cultura autóctona y representativa con nobleza, con orgullo y con plena satisfacción de nosotros mismos».

Rafael Rodríguez Cruz

En torno a un conversatorio / por José Santiago

Conversatorio por el posicionamiento político sociocultural  desde el centro-sureste

El pasado viernes 6 de abril de 2018, mientras una nutrida parte de la población salinense celebraba el famoso festival del mojo en la plaza pública, líderes de diferentes grupos comunitarios se reunieron en la Escuela de Bellas Artes Luis R Palmer.

Esta actividad dirigida a una nueva política desde el Centro Sureste, contó con la participación del Lic. Rafael Rodriguez Cruz quien hizo un breve análisis coyuntural sobre las implicaciones de las políticas sociales y económicas en el día a día y a largo plazo. También se dirigieron a los presentes, el Sr. Roberto Thomas del colectivo IDEBAJO, el Dr. Gelson Jiménez directivo del Hospital Menonita de Guayama, el Sr. Humberto Martin, la Lic. Nilsa I. Félix García y el ambientalista y líder comunitario Nelson Santos.

Agradezco profundamente la invitación a participar de esta actividad lo cual me permitió conocer la titánica labor de estas instituciones de base comunitaria. Aunque pertenezco a una organización cultural sin fines de lucro, llegue allí en mi carácter personal. La integración con estos grupos que de forma voluntaria dan lo mejor de si en defensa de las comunidades mas vulnerables, produjo en mí una gran satisfacción y la oportunidad de una reflexión.

Estas entidades realizan una encomiable función social, cultural y cívica en favor de las comunidades a las que sirven. Lo hacen de forma voluntaria y dirigidas a unas necesidades específicas. La labor de estos grupos es muestra de lo mucho que pueden hacer las comunidades organizadas ante la inacción de quienes gobiernan. Las ayudas que ofrecen las instrumentalidades gubernamentales y que son canalizadas a través de estas organizaciones, no son un privilegio que los obliga a un compromiso con políticos dentro del gobierno. Es el derecho de las comunidades marginadas o en desventajas a una vida digna.

Como pueblo tenemos cuatro fallas fundamentales; la SUMISION, esa aceptación resignada de los abusos, de la marginación, de la represión por parte del estado. Esto nos convierte en COBARDES, cobardía que no nos permite levantar rodillas para exigir igualdad de derechos. Tercero, somos CONFORMISTAS, ese conformismo que no nos permite crecer como país. Y lo que más daño nos hace, el maldito INDIVIDUALISMO que nos ocupa de nuestros propios problemas olvidándonos del colectivo al cual pertenecemos y cuyos problemas nos afectan a todos. Si no logramos unión de propósitos y comenzamos a caminar todos en una misma dirección, en vano serán los esfuerzos.

Muchos comentan que con el paso de los huracanes Irma y María se descubrió realmente los males del gobierno. ¡Mentiras!  siempre hemos sabido de lo poco que hace el gobierno por el pueblo. De como controla el diario vivir de la población. Siempre hemos conocido de cómo el gobierno reparte el dinero, mucho para unos pocos y conforman a los muchos con lo poco. Después de Irma y María, quedó mucho menos para repartir. El gobierno siguió repartiendo mucho para los pocos y lo poco que quedo no dio para conformar a los muchos, rebasó los limites del conformismo y la burbuja explotó.

La labor y dedicación de estos grupos es digna de admiración y tenemos que respetarlos. Los males sociales y la marginación de los grupos mas vulnerables, son fundamentalmente causados por la pobreza. La pobreza es producto de la limitación económica causada por la abusiva mala distribución de las riquezas y la desigualdad de oportunidades. No podemos mejorar la calidad de vida de los más necesitados si no mejoramos su poder adquisitivo. Si seguimos con el conformismo y el individualismo no adelantamos.

Conocemos quienes son los responsables de la debacle del país. Se han realizados miles de protestas, marchas masivas en contra del ente opresor. ¿Ha mejorado la situación del país? Sabemos como abusan, como engañan, la opulencia con la que viven, como saquean el fisco, lo impunes que se sienten y que hacemos. Nos convertimos en cómplices cada cuatro años.

La sana convivencia de la ciudadanía en un país civilizado debe estar regida por un orden. El establecimiento de leyes y reglas es fundamental para que esto ocurra, mas, cuando estas son aplicadas para beneficio de unos pocos y en detrimento de la mayoría, nos lleva al caos.

No hay arma mas poderosa, ni mas eficiente en el logro de la victoria dentro de una verdadera democracia, que el voto. Su efectividad requiere tan poco esfuerzo y como es libre de costo, toda la población hábil puede usarla. En el voto bien usado está el comienzo a la solución de los problemas del país.

Lo que más me alegró de esa actividad fue ver a todos los grupos de base comunitaria unidos en un mismo propósito. Se comenzó a dejar a un lado las luchas individuales para convertirla en la lucha de todos para el logro del bien común.

 

©Jose Santiago Rivera,  Sebastiopolo

Rebeldía y negritud en El Coquí de Salinas

Por Rafael Rodríguez Cruz

Plaza del poblado El CoquíAdemás de poseer una apreciable tradición de rebeldía social, El Coquí de Salinas es una comunidad orgullosa de su origen afroantillano. La historia de este poblado, con su gente negra y rebelde, está aún por escribirse. Habría que remontarse a las huelgas de los obreros de los cañaverales a principios del siglo XX, para comenzar a narrar la rica tradición de lucha proletaria de El Coquí. A mí me tocó conocer directamente un poco de ese espíritu de lucha en 1975, año en que los residentes del lugar eran parte de un conflicto huelguístico que marcó para siempre la lucha de los trabajadores y barriadas pobres en la comarca sur de Puerto Rico. Me refiero a la huelga de la General Electric, ocurrida apenas un año después de inaugurada la central termoeléctrica de Aguirre. Durante dos intensas semanas en 1975, la violencia patronal asumió formas extremas en contra de los trabajadores y sus aliados en Salinas y Guayama. Una huelga algo olvidada, pero que sigue viva en la memoria de los habitantes de El Coquí…

Nelson Santos Torres

Recuerdo que para los tiempos de la huelga en contra de la compañía General Electric conocí a un luchador y revolucionario del área de El Coquí, cuyas cualidades organizativas ya eran admirables: Nelson Santos Torres. Todavía trabaja y vive en El Coquí. Me honra con su amistad. Fui a verlo hace poco. Hoy, más de cuatro décadas después de nuestro primer encuentro, Nelson Santos sigue siendo un hijo noble de estas tierras semiáridas de la costa sur de Puerto Rico. Al igual que en sus años de su juventud, él sigue impactando, con su potente energía y dedicación, los sueños y esperanzas de los habitantes de toda la comarca que va desde Salinas hasta Guayama. Lo de él es soñar y repartir sueños.

La estirpe proletaria y afroboricua de Nelson es impresionante. Su familia, por el lado materno, estuvo siempre ligada al trabajo de la caña de azúcar en la Central Aguirre. Y no solo los hombres, sino también las mujeres. La mamá de Nelson, Zenaida Torres, trabajó desde los trece años como cocinera en la «casa de los americanos», la residencia de lujo de los administradores estadounidenses de la Central Aguirre, cuando ese molino era uno de los más importantes y modernos en El Caribe entero. Ella y su familia vivían en la casa de los sirvientes. La bisabuela de Nelson, Clotilde Antonetti, se desempeñó en la difícil labor del regadío de la caña. El abuelo de Nelson, Jerónimo Torres, fue picador de caña (además de trabajar en el regadío). Los tíos de Nelson, todos de ascendencia negra, eran trabajadores de la Central Aguirre, bien fuera picando caña o en labores de hojalatería. En ese sentido, Nelson es un verdadero «hijo del cañaveral».

Muy de joven, yo solía visitar el poblado El Coquí con familiares míos. Frente al vecindario estaba la gran Central Aguirre. El contraste entre un lugar y otro parecía sacado del sur de Estados Unidos. La central era una urbe en sí misma, con un hospital moderno, casas blancas amplias y de rejillas verdes, un campo de golf, un cine y una piscina. Todo, para el disfrute exclusivo de los administradores de la compañía azucarera, quienes vivían protegidos y socialmente aislados de los trabajadores negros y sus familias. Mirándolo bien, Aguirre era como un pedazo del sur racista incrustado artificialmente en El Caribe; el «intermedio del hombre blanco», con capacete y todo, de que nos hablaba Luis Palés Matos en sus versos. Exactamente al norte de la entrada de la carretera que llevaba a la central, quedó ubicada bien temprano la vibrante comunidad afroboricua de El Coquí.

Habría que estudiar el tema más a fondo, pero este poblado de Salinas quizás era, en las décadas de 1910-1930, una de las concentraciones más puras de proletarios agrícolas modernos en El Caribe entero. Se podía escribir entonces un tratado de economía política con meramente cruzar la carretera número 3. Y así como Aguirre era un pueblo ideal para los administradores y técnicos de la moderna central, El Coquí lo era para los trabajadores del litoral. El poblado tenía varias plazas de baile de bomba, no muy distintas de las «plazas de conga» en Nueva Orleáns, lo que ya de por sí apunta a la cuestión racial en el sur. En sus calles se podía respirar la solidaridad y chismorreo cultural de los habitantes de El Caribe. Apenas un jovenzuelo, y escapado de mis padres, llegué a ir al teatro de la comunidad, así como a las fiestas patronales de El Coquí. Hoy el teatro de la comunidad continúa activo. En su sala se efectúan eventos del Centro Cunyabe.

Recuerdo que para mucha gente de mi generación, El Coquí no era ni de Salinas ni de Guayama. Más allá de las fronteras administrativas entre los municipios del sureste de Puerto Rico, lo cierto es que todos estos poblados proletarios, con su fuerte ascendencia negra, vivían al compás del impulso centralizador de la gran central. Era la central la que centralizaba, valga la redundancia. El gran molino de azúcar de Aguirre, con su chimenea echando humo, al modo de un gigante fumando un tabaco frente al mar Caribe, era el verdadero corazón de la vida económica de la comarca que va de Salinas a Maunabo. Las centrales Machete, en Guayama, y Lafayette, en Arroyo, eran sus hermanitas menores, atadas a la mayor por las finanzas y las vías del tren. Además, si algo había entre El Coquí y los demás poblados negros de la región era continuidad cultural. Ya fuera El Coquí, Mosquito, Las Mareas, San Felipe, Puente de Jobos o El Puerto, aquí imperaba la negritud antillana. Y negritud antillana en el poblado de El Coquí, como todos los lugares de El Caribe, siempre ha sido sinónima de rebeldía frente a la opresión económica y racial.

En cuanto llegué a la plaza de El Coquí el 11 de diciembre de 2017, pregunté por Nelson. No nos habíamos dado un abrazo fraternal desde mediados de la década de los setenta. Todavía bajo el calor del fuerte apretón de manos, retomamos espontáneamente una conversación que dejamos inconclusa casi medio siglo atrás. El tiempo no había pasado. ¿De qué hablar sino del tema organizativo en los poblados negros y proletarios de la comarca? Lo escuché atentamente. Nelson conserva la manera de hablar calmada que hace sentir a gusto a quien lo escucha. «Horizontalidad, delegación y participación», son hoy sus principios de organización comunitaria. Estamos allí, en un día soleado, en el Centro Comunal El Coquí. No hay electricidad ni comodidades presuntuosas. Un grupo de mujeres y hombres mantienen un cuchicheo animado, mientras distribuyen botellas de agua, linternas de baterías y otras ayudas a la comunidad. La conversación que mantienen es como la de todo taller de trabajo, no le pertenece a nadie.

Me invade la nostalgia, y le hablo a Nelson de sus hazañas organizativas en la década de los setenta. Pero él es demasiado noble como para no destacar, sobre todo, a los compañeros tiroteados durante la huelga en contra de la GE en 1975. Viene a la mente de Nelson el recuerdo de una ocasión en que a él y a su esposa, Letty Ramos, les tocó socorrer, como asunto de vida o muerte, a un compañero herido de un balazo, en medio del conflicto huelguístico. La bala, que se incrustó en el estómago del herido, era en realidad para Nelson; pero, el sicario le disparó a la persona equivocada, un guayamés de nombre Arturo Rivera Jeremías.

Creo que he contagiado a Nelson del sentimiento perenne de melancolía que nos afecta a los hijos de la diáspora. Mas la conversación se torna ahora en un evento comunitario. Ismenia y Ada se acercan a la mesa. Lo mismo hacen otros miembros de la dirección del centro. Aquí nada parece pertenecer a nadie, ni las palabras ni las ideas. La visión de estos compañeros y compañeras es intercomunitaria. No hablan de El Coquí, sin hablar de Las Mareas o de Aguirre o de San Felipe; y por ahí siguen, poblado por poblado, hasta llegar a la orilla del mar.

Le comenté entonces a Nelson sobre mi viaje reciente al río Guamaní. Recalqué lo obvio: que sin la destrucción de ese maravilloso cuerpo de agua nunca habría existido la gran industria azucarera del sureste. La sección oriental del riego Guamaní (el llamado canal del este) suplía las necesidades de agua de todos los cañaverales desde Guayama a Patillas. La sección occidental, todas las de Aguirre y Salinas. En un principio, la Central Aguirre dependía de la extracción de agua subterránea. El sistema de riego del sureste se configuró en 1913, al modo de un cangrejo, cuya cabeza estaba en los montes de Carite. Tenía dos patas extendidas de este a oeste, de las cuales salían canales secundarios, que como arterias vivas suplían el vital líquido. Para producir una libra de azúcar en esa época, se requerían 4,000 libras de agua (500 galones). Además, las plantas hidroeléctricas Carite 1, 2 y 3, daban energía eléctrica a toda la comarca. El río Guamaní y el sistema de riego del sureste hicieron posible la tremenda explosión de cultura negra y proletaria en la comarca sur entre 1913 y 1930. Esa es la teoría que ronda en mi cabeza. ¿Tiene historia la negritud? ¿Cuáles son sus parámetros? El tambor retumba al calor de las luchas sociales concretas.

Entonces, como si estuviera en medio de una celada, Nelson me preguntó sobre la cultura de la región: ¿Crees que es un fenómeno que se puede reducir a que somos “los hijos del cañaveral”? Apenas logré amarrar algunas ideas superficiales, cuando él mismo entró en una reflexión interesante sobre el tema de la pesca en el mar Caribe y su conexión con los tiempos muertos del corte, transporte y molienda de caña. Me explicó que el llamado tiempo muerto de la caña era, para los trabajadores más pobres de la comarca, un período verdaderamente difícil, en que estos estaban obligados a sobrevivir de la pesca. «En un país en que nunca ha habido una industria pesquera», añadió con cierto resentimiento en los ojos. Los técnicos y administradores de la central no sufrían, pues tan pronto acababa el corte y la molienda emigraban a Tennessee. El patrón migratorio del tiempo muerto era un reflejo de la estructura de la industria azucarera y de la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos. Concluida la zafra, había que pescar; pero siempre sobre bases artesanales y restringidas por el imperio.

Resulta, pues, que lo que Palés llamó el «escocotamiento» del río Guamaní, el crimen ecológico que permitió la creación del sistema masivo de riego del sureste en 1913-1914, condenó a los habitantes de la región a sobrevivir en la miseria, sin acceso al agua dulce y al margen de la tierra acaparada por los latifundios. En el regadío, el agua se vende por pulgadas y minutos. La pesca de subsistencia era la única alternativa viable para las familias pobres del litoral. Ahí está una de las claves que explican el fenómeno de la cultura negra de la región sureste de Puerto Rico en el siglo XX, su persistencia y vitalidad en lugares como El Coquí, Las Mareas y Puente de Jobos. Ya desde bien temprano en la colonización, y más aún durante la invasión del 1898, el negro del Caribe chocó con la idea del gran latifundio cañero. Así pasó en Jamaica y en Cuba. Puerto Rico no fue la excepción.

Canales de riego

Canales de riego

Un joven sanjuanero que ayuda en el Centro Comunal de El Coquí nos mira con curiosidad. Nelson y yo tocamos temas que parecen de universitarios jóvenes. Carcajeo y le menciono al grupo que, de acuerdo con los informes de los gobernadores de la colonia entre 1911 y 1916, la creación del sistema de riego para suplir los cañaverales de la costa del sureste de Puerto Rico fue el evento financiero más importante de la segunda década del siglo XX. La burguesía azucarera hawaiana, todavía en pugna con la California Sugar Refining Company en 1911-1916, jamás habría cedido el financiamiento, control y diseño del sistema de riego del archipiélago de Hawái a intereses monopolistas extranjeros. Como lo dijo el alcalde Tortoise John en la película Rango, de Jonny Depp: «controlas el agua, y lo controlas todo».

Suena de repente el celular de Nelson. Este se excusa, pues tiene que ir a cumplir con veinte obligaciones. La comunidad necesita agua potable, comida y linternas. Medio Coquí está todavía sin energía eléctrica. Comencé así lo que no podía ser sino una despedida no deseada. En medio de ella, un abrazo apretado, una invitación al reencuentro, y palabras que sellan el interés común por la liberación de nuestro pueblo. En fin, una conversación aún inconclusa con un compañero, amigo y hermano…

El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.

 

 

Parpadeando : recorrido / por Rima Brusi

Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.

Buscando la resiliencia de Puerto Rico

Por: Víctor Alvarado Guzmán

Es posiblemente el término de moda, el que más se repite y menciona en Puerto Rico después del embate del huracán María.

Sin 2017-11-11%2B09.19.45.jpgembargo, la palabra “resiliencia” tiene un significado, bagaje y trayectoria que se remonta al siglo pasado.
Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la expresión proviene del término inglés “resilience”, el que a su vez deriva del latín “resiliens”, que significa “saltar hacia atrás, rebotar” o “replegarse”.

La RAE, además, la define como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adverso. Una segunda definición establece que es la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Desarrollo del concepto

El concepto “resiliencia” emana en parte de los proyectos de investigación de la doctora Emmy Elizabeth Werner.

Werner, quien nació en Alemania en el año 1929 y emigró a los Estados Unidos en 1952, fue profesora en el Departamento de Desarrollo Humano y Comunidad de la Universidad de California (UC Davis). Además fue miembro de la American Psychological Association (APA), de la Society for Research in Child Development (SRCD), del Institute of International Education (IIE) y de Psi Chi (Sociedad de Honor Internacional en Psicología).

En el año 1955, llevó a cabo un estudio en la isla hawaiana de Kauai, con una muestra de 700 niños recién nacidos que procedían de familias en situaciones desfavorables de pobreza, enfermedades mentales y alcoholismo, entre otros.

En su investigación titulada “Vulnerable but Invencible. A Longitudinal Study of Resilient Children and Youth” (Vulnerable, pero invencible. Un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes), Werner intuía que a los 30 años de seguimiento confirmaría que estos niños desarrollarían patologías de múltiple índole.

Efectivamente, al tiempo parte de la muestra confirmó esa hipótesis. La sorpresa, sin embargo, la obtuvo cuando el 30 por ciento de los elegidos no desarrolló patología alguna e, incluso, llevaba una vida plena, con desarrollo sano y positivo.

Estos niños resilientes tenían algo en común: todos contaban con al menos una figura de apego (no necesariamente un familiar) que les aceptaba incondicionalmente, independientemente de sus características físicas, inteligencia o temperamento.

De manera que la doctora Werner concluyó: “la influencia más positiva para ellos es una relación cariñosa y estrecha con un adulto significativo”.

Resiliencia comunitaria

El concepto de resiliencia experimentó más cambios a partir de la década de 1960. En un principio, se interpretó como una condición innata, luego se enfocó no solo en factores individuales, sino familiares, comunitarios y, actualmente, culturales. De hecho, investigadores del siglo XXI entienden la resiliencia como un proceso comunitario y cultural.
En el caso de la resiliencia comunitaria, se trata de un concepto latinoamericano desarrollado teóricamente por el doctor Elbio Néstor Suárez Ojeda.

Con más de 15 años dedicados al tema, Suárez Ojeda es director del Centro Internacional de Investigación y Estudio de la Resiliencia en la Universidad Nacional de Lanús, Argentina: una entidad con sede en varios países que funciona por convenio entre una fundación holandesa y universidades nacionales situadas en áreas problemáticas de cada país.

Tras completar numerosos estudios, Suárez Ojeda observó que cada desastre o calamidad que produce dolor y pérdida de vidas y recursos, tiende a generar un efecto movilizador de las capacidades solidarias en las comunidades afectadas, lo que les facilita reparar los daños y seguir adelante.

Por lo tanto, la resiliencia comunitaria se refiere a la capacidad del sistema social y de sus instituciones para hacer frente a las adversidades y para reorganizarse posteriormente, de modo que mejoren sus funciones, su estructura e identidad.

La ONU y la resiliencia

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) redactó un manual para líderes de los gobiernos locales titulado: Cómo desarrollar ciudades más resilientes, como una contribución a la Campaña Mundial 2010-2015 Desarrollando ciudades resilientes – ¡Mi ciudad se está preparando!

Este manual proporciona a los alcaldes, gobernadores, concejales y otros un marco genérico para la reducción de riesgos e identifica buenas prácticas y herramientas que ya son utilizadas en diversas ciudades.

Responde a la necesidad de un mejor acceso a la información, conocimiento, capacidades y herramientas para abordar de manera eficaz el riesgo de desastres y los eventos climáticos extremos. Además, ofrece una descripción general de las estrategias y acciones necesarias para crear resiliencia ante los desastres, como parte de una estrategia global para alcanzar un desarrollo sostenible.

El mensaje que se desea transmitir es que la resiliencia y la reducción del riesgo de desastres deben formar parte del diseño y estrategias urbanas para lograr un desarrollo sostenible.

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La resiliencia en Puerto Rico

La dificultad que hemos tenido para reorganizarnos como país y mejorar nuestras funciones y estructuras tras el paso de los huracanes Irma y María, demuestra la necesidad de desarrollar comunidades y pueblos resilientes.

Para lograr esto hay que promover la descentralización de la autoridad y de los recursos, impulsando la reducción de la vulnerabilidad y del riesgo de desastres a nivel municipal y regional.

Pero todo este proceso tiene que comenzar desde las comunidades, donde sus habitantes puedan evaluar colectivamente sus fortalezas y vulnerabilidades, para tomar acciones concretas al respecto. De esta forma, se convierte en un proceso de planificación comunitaria con la participación de residentes, organizaciones y diversos sectores (educación, salud, transporte, medio ambiente, académico, empresarial y comercial).

Es importante destacar que la resiliencia no significa resignación, es planificación. Es desarrollar nuestra capacidad para adaptarnos ante los eventos y mejorar nuestras funciones, estructuras e identidad comunitaria.

Por todo lo expuesto, conviene actuar y fomentar más altos niveles de resiliencia en Puerto Rico… antes de que venga el próximo huracán.

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por Víctor Alvarado Guzmán.

Salinas va de la tristeza a la desesperanza por Víctor Alvarado Guzmán

Salinas va de la tristeza a la desesperanza

Deficientes las agencias federales y estatales

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Comunidad Parcelas Vázquez

Salinas, Puerto Rico – Según transcurren las semanas, luego del paso devastador del huracán María, la desesperación va apoderándose de diversos sectores y comunidades de Salinas, debido a la dejadez y deficiencia de las agencias federales y estatales, según la Legisladora Municipal del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en ese municipio, Litzy Alvarado Antonetty.

“En visitas que hemos realizado y varias conversaciones con las personas de las comunidades, notamos que la ciudadanía está en un proceso de sustituir el miedo o la tristeza inicial de haber perdido sus techos o casas, por una desesperanza o coraje por la falta de atención crítica de las agencias federales y estatales. La gente se siente abandonada por el gobierno y, aquellos que deciden no abandonar el país, comienzan a exigir más acción de parte de las agencias”, expresó Alvarado Antonetty.

En Salinas hay cerca de 6,000 casas que fueron afectadas por el huracán, de las cuales 2,500 a 2,700 quedaron sin techo. “Sin embargo, FEMA sólo otorgó 500 toldos, por lo que el municipio tuvo que limitar su repartición. Hemos visto casas a las que se les otorgó un toldo, pero el mismo no cubre todo el techo. Cada vez que llueve, a nuestros hermanos y hermanas, se les vuelve a mojar todas sus pertenencias y al gobierno parece no importarle. Esto es desesperante”, manifestó la legisladora municipal.

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Comunidad Sabana Llana

Otra preocupación es la falta de agua en las comunidades de la montaña. “A 40 días del paso del huracán María, tenemos sectores de la montaña que aún no tienen agua. Según la administración municipal esto se debe a la falta de una o dos plantas eléctricas para conectarla a los pozos. La pregunta que nos hacemos como salinenses es: ¿la instalación militar del Campamento Santiago, que desde 1940 ocupó 12,789 acres de nuestro territorio municipal, no podría proporcionar un par de plantas para dar ese servicio a las comunidades de la montaña? ¿Cómo es posible que a Salinas vengan camiones y personas de otros pueblos a llevarse agua de nuestros pozos, con las consecuencias que tendrá en el acuífero esa sobre extracción, y la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) se ha negado a establecer oasis en la zona de la montaña? Esto es una actitud inhumana que puede crear un gran problema de salud”, dijo Alvarado, quien también es profesional de la salud.

La lenta recolección de escombros y material vegetativo es otra deficiencia que podría tener repercusiones en la salud y la seguridad de las personas.

“Reconocemos que hemos visto brigadas trabajando hasta los sábados, pero nos parece que el proceso, que las tres o cuatro compañías que fueron contratadas por el municipio para recoger los escombros y el material vegetativo, va muy lento. Ya el Cuerpo de Bomberos advirtió que el material vegetativo y escombros acumulados en aceras, calles y patios alrededor de Puerto Rico son un peligroso combustible para fuegos que podría destruir una cuadra de casas. Además, nos parece inapropiado y peligroso acumular todo ese material vegetativo recogido, en grandes montañas al lado de la cancha Angel Luis “Cholo” Espada, a la entrada de varias urbanizaciones, y cercano a lugares de comercios, varios de ellos de comida. Esta acumulación trae consigo sabandijas, que podría acarrear problemas de salud, y en caso de un fuego puede ser muy peligroso”, explicó la líder del PIP.

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Comunidad El Coco

Por último, la legisladora hizo un llamado a motivar a otros sectores a insertarse en la ayuda a las comunidades.

“Hay organizaciones que estuvieron dando servicios a las comunidades por varias semanas, que ya dejaron de hacerlo. Y se está advirtiendo a los alcaldes y alcaldesas que las deficientes ayudas federales no durarán para siempre. Así que tenemos que activarnos con otros sectores y comenzar ese relevo de servicios y ayudas. Por ejemplo, esta semana se estará estableciendo un Centro de Acopio en el salón parroquial del Coquí en Salinas, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, y la Junta Comunitaria del Coquí ha habilitado su Centro Comunal para ofrecer varios servicios. Hay que demostrar que existe la esperanza a pesar de la adversidad”, reafirmó Litzy Alvarado.

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por Víctor Alvarado Guzmán

La práctica de la solidaridad según la doctrina social cristiana

por Carlos Pérez Morales

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI), ofrece un cuadro de conjunto de las líneas fundamentales del “corpus” doctrinal de la enseñanza social de la iglesia.

De acuerdo a la Doctrina Social de la Iglesia el principio de la solidaridad emana del conjunto de aspectos que relacionan o unen a las personas, la colaboración y ayuda mutua que ese conjunto de relaciones promueve y alienta.

Es una colaboración, interacción y servicio partiendo de los valores evangélicos y contribuye al crecimiento, progreso y desarrollo de todos los seres humanos.

La solidaridad tiene vínculos como el destino universal de los bienes, el bien común, la igualdad en la fraternidad de todos los hombres.  La solidaridad no se debe confundir con la filantropía por la cual se entregan dádivas a otros congéneres. La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una mirada cada vez más convencida.(Contreras, 2017).

Mediante el ejercicio de la solidaridad todos somos responsables de cada uno. La Iglesia camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el mundo y sin ser del mundo (cf. Jn 17,14-16), está llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima vocación. (CDSI)

“La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida.”

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación en tiempo real, como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones, son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre “personas lejanas o desconocidas.”

El mensaje de la doctrina social acerca de la solidaridad pone en evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo. El término  solidaridad, ampliamente empleado por el Magisterio, expresa en una síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos.

El compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo.

Hagamos pues de la solidaridad, un principio rector de nuestras vidas.

Indicadores Sociales y Económicos del Municipio de Salinas

Salinas ocupa la posición #8 en tamaño y la #45 en población entre los 78 municipios de Puerto Rico.

Según el censo del 2010 la población de Salinas era de 31, 078 habitantes.  Los datos del 2010 indican que el 75.8% tenía más de 18 años.

Igualmente, el 63.1% de la población mayor de 25 años posee diploma de cuarto año o más.

El ingreso per cápita en el municipio rondaba los $6,944, es decir, $3,411 menos que a nivel nacional.

Más de la mitad (55%) de los habitantes mayores de 18 años tenían ingresos por debajo del nivel de pobreza.

Posiblemente, siguiendo la tendencia en todo el país, la población disminuye y la pobreza aumenta.

En 2015 la tasa de desempleo alcazaba el 24.3% según informó el DTRH, es decir que 24 de cada 100 personas del grupo laboral carecen de empleo.  El informe señala que 1, 940 personas estaban desempleadas, de una fuerza laboral de 7,960.   Ese mismo año el empleo total fue de 6,020.

El presupuesto aprobado por el Gobierno Municipal en el año fiscal 2014-2015 sumó $12,246,699.  La cifra representa una inversión en los servicios municipales menor de $400 per cápita. Al cierre de ese año fiscal el municipio tuvo un déficit de $2,374,076. La deuda pública de Salinas suma $16,695,000.

 

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