Mi entrada al piso ocho y el año de mi nacimiento en la historia de Salinas

Por Roberto Quiñones Rivera

Hoy acabo de traspasar la puerta hacia el octavo piso de mi existencia, piso al que realmente no creía poder llegar, sin tener una razón verdadera para pensar en un porque no llegaría a los ochentas… pero aquí ya estoy.  Debo pensar que el Gran Arquitecto tiene un plan para mí.  ¿Con qué propósito? No sé, pero en este tiempo, días, semanas, meses o años, que estaré disfrutando del mundo terrenal será mi norte tratar de conseguir el bien común para todos desde el puesto que ocupo en la Legislatura Municipal de Salinas.

No obstante, a que mi pensamiento siempre ha sido el dejar que el pasado sea el pasado, en esta nueva vuelta al sol quisiera compartir algunos incidentes ocurridos entre los años 39 y 40 en nuestro pueblo de Salinas, eventos que no son nada de diferentes o tan extraños como los que ocurren en estos días.

Para la época de mi nacimiento era presidente de los Estados Unidos Teodoro Roosevelt, quien designó como Gobernador de Puerto Rico a Blanton C. Winship.  El alcalde de Salinas era Francisco Ortiz, el presidente del Senado era Rafael Martínez Nadal y el comisionado residente Santiago Iglesias Pontín.  En Salinas, el presidente de la Asamblea Municipal, como se conocía para la época, fue Cristino Figueroa Morales y algunos de los asambleístas, hoy llamados legisladores municipales, fueron los ciudadanos Miguel Rodríguez Cruz, Rafael Rivera Báez, Santos Lefevre, Venancio Torres, Guillermo J. Godreau, Celedonio Santiago y Tomas Pérez.   El secretario municipal de la Asamblea era el educador Diosdado Dones.  Los partidos políticos dominantes eran el Republicano, el Liberal, y el Socialista.  En esta época, el 22 de julio de 1938, se funda el Partido Popular Democrático bajo el liderato de Luis Muñoz Marín.

En esa época la principal actividad económica de Salinas giraba en torno al cultivo de la caña de azúcar.  En el casco urbano el comercio estaba constituido por establecimientos como gasolineras, entre las cuales estaba el garaje de Jesús Chuíto Monserrate. Entre las barberías estaban la de Tomás Pérez, donde estaba el estudio del fotógrafo Guerrero, y la Eduardo Rodríguez.  Existía la Herrería de Emilio Agosto y la Mueblería de José Vélez Roig.  En cuanto a zapaterías operaban las de José Ten y la de Nino Pérez.  La agencia de fúnebre era la González y la gran tienda frente a la plaza Valdejully & Segarra.  Existían las farmacias de Pedro Lugo y la Márquez.   En la esquina de la plaza estaba la papelería de Antonio Lozada y también estaba en la misma calle Monserrate el Laundry de Rosa Torres.  También estaban establecidas las pulperías de Vidal Díaz, Pablo Luchessi, y José Turrado.

En la Asamblea Municipal se discutían los asuntos que surgían en el pueblo y como ejemplo de esto tenemos constancia de una enmienda hecha el 18 de febrero de 1939 a la reglamentación existente de la manera de conducirse las mujeres de vida airada, en donde se establecía una multa de 25 dólares o 15 días de cárcel a la que no cumpliera con la reglamentación que hasta el modo de vestir cuestionaba.  En ese año se legisló que los mítines políticos solo podían efectuarse en la parte de atrás de la Plaza de Mercado, es decir en la calle San Miguel esquina calle Edwin Rivera.  Otra ordenanza aprobada ese año fue el toque de queda para que los niños no pudieran estar fuera de su hogar luego de las ocho de la noche a menos que estuvieran acompañados de sus padres.  Al parecer, fue en el año 1939 cuando por primera vez se legisló sobre este tema.

Para terminar este escrito, les pongo en conocimiento de uno de tantos casos de corrupción que ocurren en la administración pública desde que el mundo es mundo.  El 5 de octubre de1939 el Auditor de Puerto Rico intervino con el municipio de Salinas y encontró que había una serie de transacciones hechas por el alcalde consideradas como malversación de los fondos municipales.  A raíz de esta intervención el Gobernador de Puerto Rico William D. Leahy, quien había sustituido a Blanton C. Winship, radicó 14 cargos indicando serias irregularidades cometidas por el alcalde.  A diferencia de hoy día, la Asamblea Municipal asumió la responsabilidad de juzgar los hechos y determinar la culpabilidad o la inocencia del alcalde.  Pero el resultado final de este episodio lo traeré en un próximo escrito.

La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

Ya vienen / por Reinaldo Zayas Nuñez

Bueno, a esta hora del cinco de enero, hace, 56 años, estaba mirando al divino cielo desde la calle Coamo, en Santa Isabel, Puerto Rico.

Miraba la magia de la constelación de los Tres Reyes.  Venían bajando. Yo sabía que iban a venir con los regalos que había pedido, pero a su manera.

Todavía en casa estaba la venerable hermana de mi madre, Raquel y sus tres hijas. Elga, Sheila y Silka. Mi padrino Toño, su padre, cantaba las mirlas en el callejón Zin Zin, con Don Enrique y Don Lole.

Ellas hablaban, sin cansarse horas y horas, velando que nosotros los hijos de Vidalina: Priscila, Erasto Jr. y yo nos durmiéramos, para que los Reyes realizarán la magia.

Ese año no esperaba mucho de los Reyes, pues le había rajado la cabeza tres veces a mi vecino, había peleado más de diez veces, y le había hecho muchas maldades a la tía Segunda, que venía los domingos y por su culpa me quitaban la mestura del plato.  Los coquíes se dormían y el pesado sueño llegaba de repente.

El día de Reyes, ilusiones, fantasías, alegrías y desconsuelo. La Epifanía se había materializado nuevamente. El más grande de los días, la gran misericordia de Dios se había olvidado de las travesuras y las malas notas. Frente a nosotros estaban los regalos y con ellos la algarabía de la más grande felicidad que he sentido jamás.

Gracias, madre, gracias abuela, gracias Raquel, por continuar despiertas para abrir la puerta al milagro de los tres Santos Reyes.

©Reinaldo Zayas Nuñez

Un viaje a Maricao / Rafael Rodríguez Cruz

 

Cronicas de viajes

 

Desde el huracán María para acá, me ha dado con conocer a Puerto Rico, conocerlo de veras. Todo comenzó con un cierto sentimiento de congoja por la destrucción causada por el fenómeno atmosférico. «Tienes que ver esto», me dijo mi hermana Teresa, apenas la vida en Puerto Rico adquirió una cierta normalidad y se presentó la oportunidad de ir. Ciertamente, las huellas de María están presentes por todas partes, incluyendo mi adorado sureste. Pero lo que no sospeché, al comenzar lo que se ha convertido en un viaje mensual a la isla, es cuán poco conocía a Puerto Rico y cuán exótica es su gente. De los sitios que he visitado, que son muchos, pocos me han causado mayor afectividad que el pueblo de Maricao.

Voy a dejar de lado la referencia a datos económicos y sociales disponibles en el internet. Prefiero hablar de lo que vi y sentí, al entrar a un pueblo completamente exótico para mí. Si algo he aprendido, al visitar distintos lugares en la isla, es que la vida diaria de la gente se rige, no tanto por las estadísticas generales, como por rasgos y hábitos peculiares.

Llegué a Maricao, como debe de llegarse en un primer viaje, o sea, por el sur. Dado que andaba con mi hijo de 11 años, apagué el GPS y opté por preguntarle a la gente en la calle acerca de la mejor ruta para llegar. Viaje usted por la isla pidiendo direcciones, y verá lo increíblemente sociables que somos en este pedazo de tierra. La única duda me surgió en Sabana Grande, pues no faltó quien me previniera de cuán descabellada era la idea de internarme en el Monte del Estado, camino a Maricao, casi al caer la noche y con un niño en el carro. «Ah, eso está bien lejos, después del Monte del Estado, casi a una hora de distancia», me dijo un hombre amable pero exageradamente nervioso. Al final, como tantas veces en mi vida, hice lo irreflexivo. Por una callecita de Sabana Grande, que más parece de entrada que de escape, comencé mi subida al magnífico lugar que es el Monte del Estado.

Por qué le llaman Monte del Estado, no lo sé ni me interesa mucho. Cada vez que mencionan la palabra «estado» en Puerto Rico se me revuelve el estómago. Los primeros kilómetros de subir por la carretera 120 no me impresionaron mucho; aunque a mi hijo, que llevaba el brazo por fuera de la ventana, no le dejó de sorprender el cambio de temperatura. Pero ya, al acercarnos a lo que se conoce como el Observatorio de Piedra, el paisaje se tornó inmenso y cautivador. Una bruma suave lo acariciaba todo. No pude sino detenerme y admirar el espectáculo natural. Entre monte y monte, bien abajo, podían verse nubes jugando al esconder, marcando parches de un verdor intenso que, francamente, no he visto en muchas partes de la isla.

El resto del viaje a Maricao fue como tenía que ser: no paró de llover. A ratos la lluvia era tenue y se confundía con una niebla densa, lo que hizo pensar a mi hijo que estábamos en una nube. Temerariamente, quizás, nos detuvimos en las más impenetrables neblinas, casi de noche, en una carretera solitaria. ¡Ja! Nos dimos el gusto de volar entre las nubes, cielo arriba, donde solo llegan los aviones. Así, al menos, decidimos él y yo que lo habríamos de contar.

No se confunda usted, lector o lectora. Maricao es un pueblo chiquitito, cuyas calles se transitan en un instante; pero, conocer, lo que se dice conocer a Maricao, no se puede hacer a la carrera. Por lo que yo vi, en las tiendas y restaurantes, los habitantes de las «indieras altas y bajas» cultivan el arte de conversar. Ningún intercambio es un mero sí o no. El tiempo se mueve aquí como la neblina en el Monte del Estado, sin prisa.

No voy a caer en la mezquindad de describir abstractamente las condiciones sociales y económicas de los habitantes del pueblo. La gente que vi, con la que hablé y compartí, me deleitó por su amor por Maricao. Es más, hay una cierta conformidad y gusto, en eso de estar un poco aislados del resto de Puerto Rico. Cierto es que la conexión con el internet es casi inexistente, que no hay supermercados ni tiendas grandes y que llueve cinco o seis veces al día. Pero a la gente de Maricao le gusta Maricao. ¿Qué derecho tengo yo de intelectualizar la vida de un pueblo entero, con generalizaciones abstractas? ¿Qué derecho tengo yo de decirles lo que tienen o no que hacer?

En algunos detalles sí, los maricaeños y maricaeñas se parecen al resto de la isla: les disgusta el estado actual de la política. Mas, con un civismo que quizás ya no hay en otras partes, escuché que el problema en el pueblo no es tanto la lucha entre populares y estadistas; sino que el hecho de que ya es hora de cambiar de alcalde, venga del partido que venga. Alguna gente, particularmente la de mayor juventud, describe las elecciones de la comarca como una especie de contienda entre bandos de terratenientes y familias locales. Más que de un sistema político moderno, parecen estar hablando de un feudo de la Edad Media. Eso sí, me aclaran, el candidato independentista es un tremendo maestro de inglés. ¡Figúrese usted!

No sé si es el aire de la indieras o la lluvia perenne o la inmensidad de los paisajes, pero encontré entre la gente de Maricao una habilidad natural para lidiar con las contradicciones más extremas. Pueblo pequeño, pensamiento grande. En uno de los pocos restaurantes, mientras desayunaba harina de maíz con bacalao, pude notar un grupo de estudiantes de escuela intermedia, que habían transformado una de las mesas en lugar de estudio. Al dueño no le importó que no consumieran nada. Una señora me observa mientras miro hacia afuera del restaurant. Se da cuenta de mi tristeza. Al cruzar la calle está la Escuela Elemental Mariana Bracetti. Alguien menciona que la cerraron o que la van a cerrar. No pude contener mis palabras, y, en voz alta, expresé mi convicción de que quién cierra una escuela elemental es capaz de matar a un ser humano. «Eso es así», me dijo, compungida también por la barbaridad.

De Maricao me llevo recuerdos gratos: la musicalidad de su lluvia, la dulzura de su gente, el poco acceso al internet, la zambullida en el Salto Curet, los desayunos de maíz cocido con bacalao, las conversaciones y miradas detenidas, la imagen de la tienda general del pueblo, la menudencia urbana en medio de un naturaleza amplia y majestuosa, las mañana frías y el amor que esa gente, noble y sencilla, tiene por la tierra en que les tocó nacer.

Rafael Rodríguez Cruz

Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015

Los viejos tambien mueren de soledad / Lucia Cruz

Mientras esperaba en una oficina de gobierno, vi llegar a una señora, bastante mayor, con su hija. Al parecer vivían juntas. La hija sentó a su mamá a mi lado y se fue a hacer gestiones. Comenzamos a conversar. Tenía 91 años, era extremadamente linda y educada. Hablamos de historia y le enseñé una foto de Mamá Merín. La ancianita parecía estar muy a gusto con la conversación, hasta que su hija abnegada nos interrumpió:
-Mami, nos vamos.
—Pero… ¿para dónde?
– Mami, que nos vamos.
—Pero… ¿para casa?
-¡Ay, ya deja la preguntadera! Vente, mami.

La viejita no podía levantarse sola.

— Ah, ¿ya me voy? Es que ella y yo estábamos conversando mucho (sus ojos me miraron con agradecimiento).
–Ah, pues ¿qué quieres? ¿te dejo con ella?

La hija le hizo la pregunta con un tono grotesco.

La señora, sin poder y con mi ayuda, se levantó, me dijo: “encantada”, con ojos brillantes y una sonrisa inocente permanente; pero fugaz, porque su sangre la agarró y de un tirón la alejó de mí.
No pude contener unas lágrimas pasajeras, pues en aquellos minutos, también fui sometida a la soledad de la vejez.

©Lucia Cruz

Alla en las guindas explotaron las ventanas / por Alba N. Colón Colón

Testimonio sobre el Huracán María

Ayer, a dos días de cumplirse cuatro meses desde que María impactó a Puerto Rico, llegó la luz a casa. La alegría era obvia pero más que alegría por volver a tener las comodidades a las que estábamos acostumbrados fue un respiro y una sensación de que un agobiante ciclo se cerró.

Estoy perfectamente consciente de que hay mucha gente, muchísima gente a la que todavía no le ha llegado la luz ni el agua y que le hace más falta que a mí. Casi cuatro meses sin luz y sobrevivimos, no a la falta de luz, sobrevivimos a muchas otras cosas.

María para nosotros fue un golpe duro y después de lo que pasamos, la falta de electricidad, aunque incómoda, no nos quitó la paz ni nos arruinó la navidad. De hecho, fueron las navidades más lindas que hemos pasado en muchos años. Había algo más grande por lo que estar felices y era el hecho de estar vivos. Puede sonar a cliché pero ya entenderán el porqué.

No sé cuanta gente lo sepa, pero la vida nuestra estuvo en serio peligro durante el huracán. Creyendo que nuestra casa era un lugar seguro, trajimos a ella a la familia completa.  Apenas comenzando los vientos más intensos del huracán las ventanas del cuarto de mis viejos explotaron y se arrancaron de la pared, al mismo tiempo la puerta del cuarto explotó y se hizo pedazos. Un segundo más tarde todas las ventanas del frente de la casa se abrieron y el huracán se nos metió dentro de la casa. Después de haberle jurado a mis hermanos que estaban fuera de Puerto Rico que íbamos a cuidar a sus hijos, nos encontramos corriendo hacia un baño y allí pasamos como ocho horas que se sintieron eternas. Muchas de esas horas peleando con el viento para que la puerta del baño no explotara también.

Mis pensamientos se fueron bastante lejos durante esas horas, llegué a hacerle ofertas a Dios a cambio de la vida de mis sobrinos y por ahí siguió mi mente viajando entre el estado de shock, el pánico, el dolor y la fortaleza que tuvimos que sacar para soportar la aterradora experiencia. Milagrosamente salimos con vida, no sé si vencimos al monstruo o el monstruo tuvo piedad con nosotros pero definitivamente los ángeles nos ayudaron.

En lo personal, cuando salí de la casa y vi lo que le había pasado a mi país me di cuenta que a nosotros no nos había pasado nada, que teníamos vida, que ganamos otra oportunidad y que había que agarrarla con las dos manos. Para mí fue una lección de humildad, una realineación de prioridades y una enseñanza que trastoca el modo de mirar la vida.

Después de observar las caras de angustia de mis padres durante las espantosas horas que pasamos en el baño y verlos celebrar la navidad con el fervor y la alegría tradicional para mí fue sanador. Luego de ver la fortaleza con la que mis sobrinos han asimilado esa terrible experiencia para seguir adelante, no tengo de otra que seguirles el ritmo, superar el abatimiento y continuar con mi vida. Se dañaron muchas cosas pero si algo tenemos en nuestra sangre es voluntad y creo que ahora está más fuerte que antes.

Cuando ves la vida de los más que amas y la propia en peligro, lo que suceda después de eso lo ves como un regalo y así estoy, celebrando cada día, llena de esperanza para lo que venga y desde mi esquina haciendo lo mío para que todo el mundo vuelva a la ansiada normalidad.

Hay aire en mis pulmones, así que hay que seguir adelante a pesar de María, o gracias a María. Arlyne Solivan gracias por esa poderosa oración que fue vital, por poner tu espalda y lo que no es espalda para protegernos, también por las risas. Poco a poco los levantamos, a excepción de la vida TODO lo demás tiene arreglo.

©Alba N. Colón Colón

Crónica del paso del Huracán María por Guayama / por Alexis Tirado Rivera

El huracán María azota la ciudad de Guayama

24 de septiembre de 2017

Puerto Rico, ha sufrido una de las peores tragedias en su historia moderna.  Me refiero al azote directo del Huracán María entre la noche del 19 de septiembre y la madrugada y día del miércoles, 20 de septiembre de 2017.  Desde el sábado, 16 de septiembre, el Servicio Nacional de Meteorología en San Juan y el Centro Nacional de Huracanes con sede en Miami, emitieron la alerta de que Puerto Rico podría ser azotado directamente por el poderoso fenómeno atmosférico, y por lo tanto, tendrían  los puertorriqueños que prepararse para dicho evento.

Tanto el sábado en horas de la tarde, como el domingo y lunes previo al 19 de septiembre, el Gobierno Estatal y los municipios, comenzaron los preparativos con el propósito de esperar el inminente azote del huracán.  Hacía menos de una semana que el país había vivido otra experiencia ciclónica, el paso del huracán Irma; sin embargo, este fenómeno azotó de manera directa solamente la región nororiental de Puerto Rico, incluyendo las islas de Vieques y Culebra, provocando serios daños a la infraestructura, especialmente eléctrica.  Municipios como Loíza, Canóvanas, Río Grande, San Juan, entre otros, sufrieron daños graves; cientos de residentes perdieron los techos de sus hogares y con ello sus pertenencias.

El lunes, 18 y el martes, 19 durante las horas del día, los puertorriqueños realizaban sus preparativos con la esperanza de que el huracán María, que venía desde el Caribe oriental con vientos que superaban las 155 millas por hora ─ siendo catalogado como un huracán categoría cinco ─ disminuyera las fuerzas y desviara su ruta hacia el norte o al oeste  lo que evitara así  un impacto directo sobre Puerto Rico.  Esta esperanza no ocurrió.  La naturaleza es única.

El martes, 19 de septiembre de 2017, a las 6:00 p.m., los puertorriqueños debían estar resguardados en sus hogares o refugios habilitados por el estado.  En horas de la noche, diría que a eso de las 10:30, comenzaron a sentirse en Guayama los primeros vientos que acompañaban al fenómeno tropical.  Yo me quedé en la residencia de mis padres, también en Guayama.  Después de la media noche entre 1:00 y 3:00 de la madrugada del miércoles 20, comenzó a sentirse aún más fuerte el viento, y luego entre 3:00 y 6:30 de la madrugada, era imposible no preocuparse por lo que venía para la Isla.

Los vientos huracanados se sintieron en Guayama con una fuerza extraordinaria.  Pienso que el viento superó más de 150 millas por hora con ráfagas que podrían oscilar entre las 175 y 180 millas por hora.  La fuerza del viento era capaz de provocar ─ como provocó ─ daños catastróficos en Guayama y en el resto de la Isla.  Pensamos que el viento abría de dañar la puerta principal de entrada a la residencia, ya que era tanto la fuerza del mismo, que era posible que cediera.  Afortunadamente, no ocurrió de esa manera.

La fuerza del viento hacía un susurro espantoso, ensordecedor, era como si mucha gente estuviera llamando a la puerta para que les abriera la misma.  Sonidos, gritos y hasta a veces alguien llorando, era lo que se sentía en la puerta, tratando de que alguien les diera albergue.  Alguien diría que son las “ánimas del purgatorio” buscando refugio.

Fueron horas espantosas.  Se esperaba que el ojo del huracán tocara tierra en algún punto entre Arroyo y Guayama; sin embargo, a las 7:30 de la mañana del día 20, tocó tierra por Yabucoa, en el extremo más suroriental de Puerto Rico.

Todos los que hemos experimentado la fuerza de un huracán, conocemos la terminología en torno a su estructura.  Que si el ojo, que si los vientos huracanados, que si los vientos con fuerza de tormenta tropical, que si la marejada ciclónica, entre otros que se utilizan en estos eventos de la naturaleza, se hicieron presentes ante su paso.  A mi entender, en la ciudad de Guayama se sintió la llamada calma del huracán, que es el punto por donde el ojo está pasando.  Y eso fue así, ya que entre 8:00 y 8:20 de la mañana, hubo una tensa calma tras la cual arreciaron los vientos en dirección contraria.  Aunque no he visto los reportes oficiales de este evento atmosférico ─ al momento de escribir esta nota ─ pienso que la presión barométrica en Guayama tuvo que haber sido una de las más baja registrado al paso de este evento atmosférico por la Isla.  Igual sucedió en los huracanes San Ciriaco de 1899 y San Felipe de 1928, que hago referencia en mi libro Historia de una ciudad: Guayama, 1898- 1930.

Entre las 10:00 de la mañana y 2:00 de la tarde, los vientos comenzaron a disminuir, muestra de que el fenómeno atmosférico se estaba alejando de la región.  Ya a eso de las 4:00 de la tarde, todo indicaba que había salido de la Isla.  Al parecer, el ojo, que había entrado por Yabucoa, había salido entre Arecibo y Barceloneta, según escuché en un reporte a eso de las tres de la tarde.  Al bajar la intensidad de los vientos, entonces se quedó por un par de horas adicionales la lluvia con más intensidad.  De hecho, todo el episodio de vientos huracanados estuvo acompañado de una intensa lluvia.  En cuanto a la lluvia, al parecer cayeron en todo Puerto Rico aproximadamente 30 pulgadas.  Es un evento sin precedentes.

Sobre el paso del huracán María por la Isla, cabe destacar un elemento que no se puede dejar pasar por alto, y es la desorganización del Gobierno Estatal para enfrentar la emergencia.  Le comentaba a mi padre en medio de la emergencia, que extrañaba los informes sobre el huracán que, en otros tiempos, se escuchaba a través de la radio.  Recuerdo que bajo la gobernación de Rafael Hernández Colón, durante el año 1989, cuando pasó por la Isla el huracán Hugo, el Gobernador estuvo todo el tiempo en comunicación con los habitantes, utilizando los medios de la radio.  Es más, en aquella ocasión los radioaficionados jugaron un papel fundamental en reportar eventos desde distintos lugares de Puerto Rico.  De esa manera, se tomaban acciones de alertas de emergencia.  Los radioaficionados, en la emergencia provocada por el huracán Hugo en 1989, salvaron vidas y estuvieron constantemente reportando incidencias a los centros de mandos del Gobierno en San Juan.  Es más, luego de pasada la emergencia, se sabía con exactitud las condiciones en que habían quedado caminos, carreteras, puentes, servicio eléctrico y de acueductos.  Eso no ocurrió en este evento de atmosférico de 2017.  Por lo que he escuchado, de muchos municipios a 12 horas de culminar el evento, no se sabía absolutamente nada.  En momentos en que escribo, de los municipios del interior de la Isla, se sabe muy poco.

En el evento del huracán María, todos los sistemas de comunicaciones de la Isla se cortaron.  Desde teléfonos celulares, líneas residenciales, y más preocupante aún, las radiodifusoras puertorriqueñas, que es el medio por excelencia que acompaña a la gente en estas emergencias, también dejaron de trasmitir.  Cayeron todos sus sistemas, desde antenas de satélites y retransmisores.   El miércoles en la mañana, en el instante en que cruzaba por la Isla el fenómeno atmosférico, las únicas emisoras que se mantenían al aire- y que captaba su señal en Guayama- era la WAPA Radio 680 AM San Juan, y a veces la WPAB 550 AM Ponce; la WEXS 610 AM Patillas que, al parecer operaba de manera automática, y además, la emisora Radio Victoria 840 AM de Yabucoa.  Todas las que dicen ser “las primeras con la noticia”, y aquellas que dicen estar y que “en el lugar de la acción”, y aquella que cuenta con un señor que dice “y que habla y saca la cara por el pueblo de Puerto Rico y hace las preguntas – y que – por el pueblo de Puerto Rico”, salieron del aire por completo.  Esas emisoras radiales que se jactan de ser los primeros en todos, fueron cayendo como un juego de dominó, una a una.  Las que mencioné arriba son las que estuvieron en el aire en toda o en gran parte de la emergencia.  Y según he escuchado, Radio Isla 1320 AM, con estudios en San Juan, se mantuvo al aire, pero de forma limitada.  La radioemisora líder en la emergencia cuando el huracán Hugo fue la WKAQ 580 AM San Juan.  Fue muy raro escuchar por la radio los alertas del “Emergency Broadcast Sistem” (EBS) o ahora le llaman el “Alert Emergency Sistem” (AES).

 

Al fallar el sistema de radiocomunicaciones, el país, pero más preocupante, el Gobierno Central, al parecer no sabía lo que había estaba ocurriendo en lugares tan distantes como: Utuado, Jayuya, Adjuntas, Rincón, Mayagüez, Ponce, Vieques y Culebra.  A 24 horas de pasar el evento, no se tenía noticias tampoco del Gobierno Central, ni mucho menos de sus dirigentes.  Ni un solo jefe de agencia, ni el Gobernador de la Isla, se había dirigidos a la gente por la única estación radial que había quedado en pie, WAPA 680 AM en San Juan.  (Luego de un llamado urgente del periodista Luis Penchi, el Gobernador hizo su aparición a los predios de la emisora).

A más de 18 horas de haber salido el ojo del huracán de la Isla, pudo verse el sol.  Y con ello, los puertorriqueños pudimos hacer las primeras inspecciones.  Yo, por supuesto, en la ciudad de Guayama.  Al salir de mi urbanización y ver los destrozos ocasionados por el huracán María al centro histórico de Guayama, mi primera palabra fue ‘devastador’.  El huracán destruyó casas antiguas en la Zona Histórica, la Plaza de Recreo Cristóbal Colón de Guayama, lo único que queda es el recuerdo de lo que fue hasta el 19 de septiembre, una plaza hermosa, con árboles frondosos (aunque sigue siendo).  Pienso que por lo menos una generación, no podrá disfrutar la plaza como lo hemos disfrutado la actual generación.  Vi destrozos en el comercio.  Gran parte de la infraestructura eléctrica, está en el suelo.  Postes que aguantan el tendido eléctrico, partido por la mitad, tanto de los de cemento y ni se diga los de maderas.  Puentes caídos y carreteras inservibles, es parte de la tragedia.  He visto muchas casas de madera que se les voló su techo de zinc; estructuras públicas como canchas y parques quedaron por completo destruidas.  Una deforestación total, que tardará muchos años en reponerse.  Hasta la icónica torre de comunicaciones de la antigua Puerto Rico Telephone Company  (hoy Claro) fue derribada por los vientos inmisericorde del huracán.  El aspecto de la ciudad es distinto.  Sin embargo, la cuadrícula[1], se mantiene en pie y vigente, como aquellos que la planificaron hace más de 150 años.  Está ahí.

Ahora, con la nueva vista de la ciudad, se destaca vibrante, fuerte y con esperanzas de que vuelva a tener su encanto y su brillo, la cúpula del templo Católico.  Ese edificio, que se asemeja a los edificios eclesiásticos en Italia, se yergue majestuosa, es el que domina el paisaje urbano de la ciudad, como lo fue en antaño.  Es el edificio más alto del centro urbano guayamés, que ahora reclama su atención desde cualquier punto cardinal de la ciudad.

Ciertamente, y no por ser pesimista, la Isla tardará tiempo en levantarse y volver al día anterior al evento.  Aún no he llegado a Cayey, pero supongo que la devastación debe ser igual de catastrófica.

(Este escrito fue redactado en manuscrito el Domingo, 24 de septiembre de 2017, y completado a las 3:38 p.m.)

[1] Diseño urbano del centro de la ciudad

por el Dr. Alexis Tirado Rivera

Parpadeando : recorrido / por Rima Brusi

Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.

No es lo mismo con guitarra que con violín…

Por Roberto Quiñones

Esta vez sí que el humor estuvo ausente durante el paso de María, el ciclón de categoría cinco que reventó a nuestro pueblo.   No hubo forma de uno estar quieto y menos tranquilo porque esta vez todos la pegaron al decir que entraría a nuestro terruño y lo dijeron desde el primer momento.  Se nos dijo que sería algo catastrófico, y aunque creí en principio que era la misma historia, el show mediático, pues esta vez sí que la cosa fue como dijo una vez una meteoróloga de televisión ” lo que venía era una cosa grande y pelua”.

Esta vez tomé en serio tanto al sistema europeo como a los muchos de acá que predicen estos eventos y que algunos de ellos dan pena con los resultados la mayor parte de las veces.  Senté cabeza y me preparé para lo peor.  Me metí al supermercado para proveerme de los artículos necesarios y compre salchichas, sardinas, tinapas , y por supuesto, una arenca de las bien “salá”, cosas que uno no come regularmente pero como vienen enlatadas y “ready for use” se hacen  apetecibles para ese momento.

De más está decir que luego de la visita al supermercado, lo comprado usualmente se hace artículo de biblioteca pues no se usa puesto que regularmente la familia y algunos vecinos se unen, y al no funcionar los celulares ni la internet, regresan al pasado y se las inventan para hacer el sancocho o el asopao de gallina  del país,.y de los limones hacer limonada.

Las conversaciones hacen su  presencia y aquí se arreglan los problemas locales, internacionales y también los mundiales, porque siempre aparece uno que tiene la idea de cómo los Estados Unidos pueden apaciguar al loco dirigente de Corea del Norte o puede explicar fácilmente el estilo de como Salvador Dalí pintaba sus famosas obras…En otras palabras, se vuelve al diálogo ya casi perdido en esta época.

Pasado el huracán, pues…, a recoger escombros y comenzar el largo camino hacia las rutinas de la vida, añorando el momento en que el celular recupere la señal.

©Roberto Quiñones Rivera

Salinas va de la tristeza a la desesperanza por Víctor Alvarado Guzmán

Salinas va de la tristeza a la desesperanza

Deficientes las agencias federales y estatales

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Comunidad Parcelas Vázquez

Salinas, Puerto Rico – Según transcurren las semanas, luego del paso devastador del huracán María, la desesperación va apoderándose de diversos sectores y comunidades de Salinas, debido a la dejadez y deficiencia de las agencias federales y estatales, según la Legisladora Municipal del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en ese municipio, Litzy Alvarado Antonetty.

“En visitas que hemos realizado y varias conversaciones con las personas de las comunidades, notamos que la ciudadanía está en un proceso de sustituir el miedo o la tristeza inicial de haber perdido sus techos o casas, por una desesperanza o coraje por la falta de atención crítica de las agencias federales y estatales. La gente se siente abandonada por el gobierno y, aquellos que deciden no abandonar el país, comienzan a exigir más acción de parte de las agencias”, expresó Alvarado Antonetty.

En Salinas hay cerca de 6,000 casas que fueron afectadas por el huracán, de las cuales 2,500 a 2,700 quedaron sin techo. “Sin embargo, FEMA sólo otorgó 500 toldos, por lo que el municipio tuvo que limitar su repartición. Hemos visto casas a las que se les otorgó un toldo, pero el mismo no cubre todo el techo. Cada vez que llueve, a nuestros hermanos y hermanas, se les vuelve a mojar todas sus pertenencias y al gobierno parece no importarle. Esto es desesperante”, manifestó la legisladora municipal.

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Comunidad Sabana Llana

Otra preocupación es la falta de agua en las comunidades de la montaña. “A 40 días del paso del huracán María, tenemos sectores de la montaña que aún no tienen agua. Según la administración municipal esto se debe a la falta de una o dos plantas eléctricas para conectarla a los pozos. La pregunta que nos hacemos como salinenses es: ¿la instalación militar del Campamento Santiago, que desde 1940 ocupó 12,789 acres de nuestro territorio municipal, no podría proporcionar un par de plantas para dar ese servicio a las comunidades de la montaña? ¿Cómo es posible que a Salinas vengan camiones y personas de otros pueblos a llevarse agua de nuestros pozos, con las consecuencias que tendrá en el acuífero esa sobre extracción, y la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) se ha negado a establecer oasis en la zona de la montaña? Esto es una actitud inhumana que puede crear un gran problema de salud”, dijo Alvarado, quien también es profesional de la salud.

La lenta recolección de escombros y material vegetativo es otra deficiencia que podría tener repercusiones en la salud y la seguridad de las personas.

“Reconocemos que hemos visto brigadas trabajando hasta los sábados, pero nos parece que el proceso, que las tres o cuatro compañías que fueron contratadas por el municipio para recoger los escombros y el material vegetativo, va muy lento. Ya el Cuerpo de Bomberos advirtió que el material vegetativo y escombros acumulados en aceras, calles y patios alrededor de Puerto Rico son un peligroso combustible para fuegos que podría destruir una cuadra de casas. Además, nos parece inapropiado y peligroso acumular todo ese material vegetativo recogido, en grandes montañas al lado de la cancha Angel Luis “Cholo” Espada, a la entrada de varias urbanizaciones, y cercano a lugares de comercios, varios de ellos de comida. Esta acumulación trae consigo sabandijas, que podría acarrear problemas de salud, y en caso de un fuego puede ser muy peligroso”, explicó la líder del PIP.

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Comunidad El Coco

Por último, la legisladora hizo un llamado a motivar a otros sectores a insertarse en la ayuda a las comunidades.

“Hay organizaciones que estuvieron dando servicios a las comunidades por varias semanas, que ya dejaron de hacerlo. Y se está advirtiendo a los alcaldes y alcaldesas que las deficientes ayudas federales no durarán para siempre. Así que tenemos que activarnos con otros sectores y comenzar ese relevo de servicios y ayudas. Por ejemplo, esta semana se estará estableciendo un Centro de Acopio en el salón parroquial del Coquí en Salinas, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, y la Junta Comunitaria del Coquí ha habilitado su Centro Comunal para ofrecer varios servicios. Hay que demostrar que existe la esperanza a pesar de la adversidad”, reafirmó Litzy Alvarado.

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por Víctor Alvarado Guzmán