Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015

Los viejos tambien mueren de soledad / Lucia Cruz

Mientras esperaba en una oficina de gobierno, vi llegar a una señora, bastante mayor, con su hija. Al parecer vivían juntas. La hija sentó a su mamá a mi lado y se fue a hacer gestiones. Comenzamos a conversar. Tenía 91 años, era extremadamente linda y educada. Hablamos de historia y le enseñé una foto de Mamá Merín. La ancianita parecía estar muy a gusto con la conversación, hasta que su hija abnegada nos interrumpió:
-Mami, nos vamos.
—Pero… ¿para dónde?
– Mami, que nos vamos.
—Pero… ¿para casa?
-¡Ay, ya deja la preguntadera! Vente, mami.

La viejita no podía levantarse sola.

— Ah, ¿ya me voy? Es que ella y yo estábamos conversando mucho (sus ojos me miraron con agradecimiento).
–Ah, pues ¿qué quieres? ¿te dejo con ella?

La hija le hizo la pregunta con un tono grotesco.

La señora, sin poder y con mi ayuda, se levantó, me dijo: “encantada”, con ojos brillantes y una sonrisa inocente permanente; pero fugaz, porque su sangre la agarró y de un tirón la alejó de mí.
No pude contener unas lágrimas pasajeras, pues en aquellos minutos, también fui sometida a la soledad de la vejez.

©Lucia Cruz

Alla en las guindas explotaron las ventanas / por Alba N. Colón Colón

Testimonio sobre el Huracán María

Ayer, a dos días de cumplirse cuatro meses desde que María impactó a Puerto Rico, llegó la luz a casa. La alegría era obvia pero más que alegría por volver a tener las comodidades a las que estábamos acostumbrados fue un respiro y una sensación de que un agobiante ciclo se cerró.

Estoy perfectamente consciente de que hay mucha gente, muchísima gente a la que todavía no le ha llegado la luz ni el agua y que le hace más falta que a mí. Casi cuatro meses sin luz y sobrevivimos, no a la falta de luz, sobrevivimos a muchas otras cosas.

María para nosotros fue un golpe duro y después de lo que pasamos, la falta de electricidad, aunque incómoda, no nos quitó la paz ni nos arruinó la navidad. De hecho, fueron las navidades más lindas que hemos pasado en muchos años. Había algo más grande por lo que estar felices y era el hecho de estar vivos. Puede sonar a cliché pero ya entenderán el porqué.

No sé cuanta gente lo sepa, pero la vida nuestra estuvo en serio peligro durante el huracán. Creyendo que nuestra casa era un lugar seguro, trajimos a ella a la familia completa.  Apenas comenzando los vientos más intensos del huracán las ventanas del cuarto de mis viejos explotaron y se arrancaron de la pared, al mismo tiempo la puerta del cuarto explotó y se hizo pedazos. Un segundo más tarde todas las ventanas del frente de la casa se abrieron y el huracán se nos metió dentro de la casa. Después de haberle jurado a mis hermanos que estaban fuera de Puerto Rico que íbamos a cuidar a sus hijos, nos encontramos corriendo hacia un baño y allí pasamos como ocho horas que se sintieron eternas. Muchas de esas horas peleando con el viento para que la puerta del baño no explotara también.

Mis pensamientos se fueron bastante lejos durante esas horas, llegué a hacerle ofertas a Dios a cambio de la vida de mis sobrinos y por ahí siguió mi mente viajando entre el estado de shock, el pánico, el dolor y la fortaleza que tuvimos que sacar para soportar la aterradora experiencia. Milagrosamente salimos con vida, no sé si vencimos al monstruo o el monstruo tuvo piedad con nosotros pero definitivamente los ángeles nos ayudaron.

En lo personal, cuando salí de la casa y vi lo que le había pasado a mi país me di cuenta que a nosotros no nos había pasado nada, que teníamos vida, que ganamos otra oportunidad y que había que agarrarla con las dos manos. Para mí fue una lección de humildad, una realineación de prioridades y una enseñanza que trastoca el modo de mirar la vida.

Después de observar las caras de angustia de mis padres durante las espantosas horas que pasamos en el baño y verlos celebrar la navidad con el fervor y la alegría tradicional para mí fue sanador. Luego de ver la fortaleza con la que mis sobrinos han asimilado esa terrible experiencia para seguir adelante, no tengo de otra que seguirles el ritmo, superar el abatimiento y continuar con mi vida. Se dañaron muchas cosas pero si algo tenemos en nuestra sangre es voluntad y creo que ahora está más fuerte que antes.

Cuando ves la vida de los más que amas y la propia en peligro, lo que suceda después de eso lo ves como un regalo y así estoy, celebrando cada día, llena de esperanza para lo que venga y desde mi esquina haciendo lo mío para que todo el mundo vuelva a la ansiada normalidad.

Hay aire en mis pulmones, así que hay que seguir adelante a pesar de María, o gracias a María. Arlyne Solivan gracias por esa poderosa oración que fue vital, por poner tu espalda y lo que no es espalda para protegernos, también por las risas. Poco a poco los levantamos, a excepción de la vida TODO lo demás tiene arreglo.

©Alba N. Colón Colón

Crónica del paso del Huracán María por Guayama / por Alexis Tirado Rivera

El huracán María azota la ciudad de Guayama

24 de septiembre de 2017

Puerto Rico, ha sufrido una de las peores tragedias en su historia moderna.  Me refiero al azote directo del Huracán María entre la noche del 19 de septiembre y la madrugada y día del miércoles, 20 de septiembre de 2017.  Desde el sábado, 16 de septiembre, el Servicio Nacional de Meteorología en San Juan y el Centro Nacional de Huracanes con sede en Miami, emitieron la alerta de que Puerto Rico podría ser azotado directamente por el poderoso fenómeno atmosférico, y por lo tanto, tendrían  los puertorriqueños que prepararse para dicho evento.

Tanto el sábado en horas de la tarde, como el domingo y lunes previo al 19 de septiembre, el Gobierno Estatal y los municipios, comenzaron los preparativos con el propósito de esperar el inminente azote del huracán.  Hacía menos de una semana que el país había vivido otra experiencia ciclónica, el paso del huracán Irma; sin embargo, este fenómeno azotó de manera directa solamente la región nororiental de Puerto Rico, incluyendo las islas de Vieques y Culebra, provocando serios daños a la infraestructura, especialmente eléctrica.  Municipios como Loíza, Canóvanas, Río Grande, San Juan, entre otros, sufrieron daños graves; cientos de residentes perdieron los techos de sus hogares y con ello sus pertenencias.

El lunes, 18 y el martes, 19 durante las horas del día, los puertorriqueños realizaban sus preparativos con la esperanza de que el huracán María, que venía desde el Caribe oriental con vientos que superaban las 155 millas por hora ─ siendo catalogado como un huracán categoría cinco ─ disminuyera las fuerzas y desviara su ruta hacia el norte o al oeste  lo que evitara así  un impacto directo sobre Puerto Rico.  Esta esperanza no ocurrió.  La naturaleza es única.

El martes, 19 de septiembre de 2017, a las 6:00 p.m., los puertorriqueños debían estar resguardados en sus hogares o refugios habilitados por el estado.  En horas de la noche, diría que a eso de las 10:30, comenzaron a sentirse en Guayama los primeros vientos que acompañaban al fenómeno tropical.  Yo me quedé en la residencia de mis padres, también en Guayama.  Después de la media noche entre 1:00 y 3:00 de la madrugada del miércoles 20, comenzó a sentirse aún más fuerte el viento, y luego entre 3:00 y 6:30 de la madrugada, era imposible no preocuparse por lo que venía para la Isla.

Los vientos huracanados se sintieron en Guayama con una fuerza extraordinaria.  Pienso que el viento superó más de 150 millas por hora con ráfagas que podrían oscilar entre las 175 y 180 millas por hora.  La fuerza del viento era capaz de provocar ─ como provocó ─ daños catastróficos en Guayama y en el resto de la Isla.  Pensamos que el viento abría de dañar la puerta principal de entrada a la residencia, ya que era tanto la fuerza del mismo, que era posible que cediera.  Afortunadamente, no ocurrió de esa manera.

La fuerza del viento hacía un susurro espantoso, ensordecedor, era como si mucha gente estuviera llamando a la puerta para que les abriera la misma.  Sonidos, gritos y hasta a veces alguien llorando, era lo que se sentía en la puerta, tratando de que alguien les diera albergue.  Alguien diría que son las “ánimas del purgatorio” buscando refugio.

Fueron horas espantosas.  Se esperaba que el ojo del huracán tocara tierra en algún punto entre Arroyo y Guayama; sin embargo, a las 7:30 de la mañana del día 20, tocó tierra por Yabucoa, en el extremo más suroriental de Puerto Rico.

Todos los que hemos experimentado la fuerza de un huracán, conocemos la terminología en torno a su estructura.  Que si el ojo, que si los vientos huracanados, que si los vientos con fuerza de tormenta tropical, que si la marejada ciclónica, entre otros que se utilizan en estos eventos de la naturaleza, se hicieron presentes ante su paso.  A mi entender, en la ciudad de Guayama se sintió la llamada calma del huracán, que es el punto por donde el ojo está pasando.  Y eso fue así, ya que entre 8:00 y 8:20 de la mañana, hubo una tensa calma tras la cual arreciaron los vientos en dirección contraria.  Aunque no he visto los reportes oficiales de este evento atmosférico ─ al momento de escribir esta nota ─ pienso que la presión barométrica en Guayama tuvo que haber sido una de las más baja registrado al paso de este evento atmosférico por la Isla.  Igual sucedió en los huracanes San Ciriaco de 1899 y San Felipe de 1928, que hago referencia en mi libro Historia de una ciudad: Guayama, 1898- 1930.

Entre las 10:00 de la mañana y 2:00 de la tarde, los vientos comenzaron a disminuir, muestra de que el fenómeno atmosférico se estaba alejando de la región.  Ya a eso de las 4:00 de la tarde, todo indicaba que había salido de la Isla.  Al parecer, el ojo, que había entrado por Yabucoa, había salido entre Arecibo y Barceloneta, según escuché en un reporte a eso de las tres de la tarde.  Al bajar la intensidad de los vientos, entonces se quedó por un par de horas adicionales la lluvia con más intensidad.  De hecho, todo el episodio de vientos huracanados estuvo acompañado de una intensa lluvia.  En cuanto a la lluvia, al parecer cayeron en todo Puerto Rico aproximadamente 30 pulgadas.  Es un evento sin precedentes.

Sobre el paso del huracán María por la Isla, cabe destacar un elemento que no se puede dejar pasar por alto, y es la desorganización del Gobierno Estatal para enfrentar la emergencia.  Le comentaba a mi padre en medio de la emergencia, que extrañaba los informes sobre el huracán que, en otros tiempos, se escuchaba a través de la radio.  Recuerdo que bajo la gobernación de Rafael Hernández Colón, durante el año 1989, cuando pasó por la Isla el huracán Hugo, el Gobernador estuvo todo el tiempo en comunicación con los habitantes, utilizando los medios de la radio.  Es más, en aquella ocasión los radioaficionados jugaron un papel fundamental en reportar eventos desde distintos lugares de Puerto Rico.  De esa manera, se tomaban acciones de alertas de emergencia.  Los radioaficionados, en la emergencia provocada por el huracán Hugo en 1989, salvaron vidas y estuvieron constantemente reportando incidencias a los centros de mandos del Gobierno en San Juan.  Es más, luego de pasada la emergencia, se sabía con exactitud las condiciones en que habían quedado caminos, carreteras, puentes, servicio eléctrico y de acueductos.  Eso no ocurrió en este evento de atmosférico de 2017.  Por lo que he escuchado, de muchos municipios a 12 horas de culminar el evento, no se sabía absolutamente nada.  En momentos en que escribo, de los municipios del interior de la Isla, se sabe muy poco.

En el evento del huracán María, todos los sistemas de comunicaciones de la Isla se cortaron.  Desde teléfonos celulares, líneas residenciales, y más preocupante aún, las radiodifusoras puertorriqueñas, que es el medio por excelencia que acompaña a la gente en estas emergencias, también dejaron de trasmitir.  Cayeron todos sus sistemas, desde antenas de satélites y retransmisores.   El miércoles en la mañana, en el instante en que cruzaba por la Isla el fenómeno atmosférico, las únicas emisoras que se mantenían al aire- y que captaba su señal en Guayama- era la WAPA Radio 680 AM San Juan, y a veces la WPAB 550 AM Ponce; la WEXS 610 AM Patillas que, al parecer operaba de manera automática, y además, la emisora Radio Victoria 840 AM de Yabucoa.  Todas las que dicen ser “las primeras con la noticia”, y aquellas que dicen estar y que “en el lugar de la acción”, y aquella que cuenta con un señor que dice “y que habla y saca la cara por el pueblo de Puerto Rico y hace las preguntas – y que – por el pueblo de Puerto Rico”, salieron del aire por completo.  Esas emisoras radiales que se jactan de ser los primeros en todos, fueron cayendo como un juego de dominó, una a una.  Las que mencioné arriba son las que estuvieron en el aire en toda o en gran parte de la emergencia.  Y según he escuchado, Radio Isla 1320 AM, con estudios en San Juan, se mantuvo al aire, pero de forma limitada.  La radioemisora líder en la emergencia cuando el huracán Hugo fue la WKAQ 580 AM San Juan.  Fue muy raro escuchar por la radio los alertas del “Emergency Broadcast Sistem” (EBS) o ahora le llaman el “Alert Emergency Sistem” (AES).

 

Al fallar el sistema de radiocomunicaciones, el país, pero más preocupante, el Gobierno Central, al parecer no sabía lo que había estaba ocurriendo en lugares tan distantes como: Utuado, Jayuya, Adjuntas, Rincón, Mayagüez, Ponce, Vieques y Culebra.  A 24 horas de pasar el evento, no se tenía noticias tampoco del Gobierno Central, ni mucho menos de sus dirigentes.  Ni un solo jefe de agencia, ni el Gobernador de la Isla, se había dirigidos a la gente por la única estación radial que había quedado en pie, WAPA 680 AM en San Juan.  (Luego de un llamado urgente del periodista Luis Penchi, el Gobernador hizo su aparición a los predios de la emisora).

A más de 18 horas de haber salido el ojo del huracán de la Isla, pudo verse el sol.  Y con ello, los puertorriqueños pudimos hacer las primeras inspecciones.  Yo, por supuesto, en la ciudad de Guayama.  Al salir de mi urbanización y ver los destrozos ocasionados por el huracán María al centro histórico de Guayama, mi primera palabra fue ‘devastador’.  El huracán destruyó casas antiguas en la Zona Histórica, la Plaza de Recreo Cristóbal Colón de Guayama, lo único que queda es el recuerdo de lo que fue hasta el 19 de septiembre, una plaza hermosa, con árboles frondosos (aunque sigue siendo).  Pienso que por lo menos una generación, no podrá disfrutar la plaza como lo hemos disfrutado la actual generación.  Vi destrozos en el comercio.  Gran parte de la infraestructura eléctrica, está en el suelo.  Postes que aguantan el tendido eléctrico, partido por la mitad, tanto de los de cemento y ni se diga los de maderas.  Puentes caídos y carreteras inservibles, es parte de la tragedia.  He visto muchas casas de madera que se les voló su techo de zinc; estructuras públicas como canchas y parques quedaron por completo destruidas.  Una deforestación total, que tardará muchos años en reponerse.  Hasta la icónica torre de comunicaciones de la antigua Puerto Rico Telephone Company  (hoy Claro) fue derribada por los vientos inmisericorde del huracán.  El aspecto de la ciudad es distinto.  Sin embargo, la cuadrícula[1], se mantiene en pie y vigente, como aquellos que la planificaron hace más de 150 años.  Está ahí.

Ahora, con la nueva vista de la ciudad, se destaca vibrante, fuerte y con esperanzas de que vuelva a tener su encanto y su brillo, la cúpula del templo Católico.  Ese edificio, que se asemeja a los edificios eclesiásticos en Italia, se yergue majestuosa, es el que domina el paisaje urbano de la ciudad, como lo fue en antaño.  Es el edificio más alto del centro urbano guayamés, que ahora reclama su atención desde cualquier punto cardinal de la ciudad.

Ciertamente, y no por ser pesimista, la Isla tardará tiempo en levantarse y volver al día anterior al evento.  Aún no he llegado a Cayey, pero supongo que la devastación debe ser igual de catastrófica.

(Este escrito fue redactado en manuscrito el Domingo, 24 de septiembre de 2017, y completado a las 3:38 p.m.)

[1] Diseño urbano del centro de la ciudad

por el Dr. Alexis Tirado Rivera

Parpadeando : recorrido / por Rima Brusi

Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.

No es lo mismo con guitarra que con violín…

Por Roberto Quiñones

Esta vez sí que el humor estuvo ausente durante el paso de María, el ciclón de categoría cinco que reventó a nuestro pueblo.   No hubo forma de uno estar quieto y menos tranquilo porque esta vez todos la pegaron al decir que entraría a nuestro terruño y lo dijeron desde el primer momento.  Se nos dijo que sería algo catastrófico, y aunque creí en principio que era la misma historia, el show mediático, pues esta vez sí que la cosa fue como dijo una vez una meteoróloga de televisión ” lo que venía era una cosa grande y pelua”.

Esta vez tomé en serio tanto al sistema europeo como a los muchos de acá que predicen estos eventos y que algunos de ellos dan pena con los resultados la mayor parte de las veces.  Senté cabeza y me preparé para lo peor.  Me metí al supermercado para proveerme de los artículos necesarios y compre salchichas, sardinas, tinapas , y por supuesto, una arenca de las bien “salá”, cosas que uno no come regularmente pero como vienen enlatadas y “ready for use” se hacen  apetecibles para ese momento.

De más está decir que luego de la visita al supermercado, lo comprado usualmente se hace artículo de biblioteca pues no se usa puesto que regularmente la familia y algunos vecinos se unen, y al no funcionar los celulares ni la internet, regresan al pasado y se las inventan para hacer el sancocho o el asopao de gallina  del país,.y de los limones hacer limonada.

Las conversaciones hacen su  presencia y aquí se arreglan los problemas locales, internacionales y también los mundiales, porque siempre aparece uno que tiene la idea de cómo los Estados Unidos pueden apaciguar al loco dirigente de Corea del Norte o puede explicar fácilmente el estilo de como Salvador Dalí pintaba sus famosas obras…En otras palabras, se vuelve al diálogo ya casi perdido en esta época.

Pasado el huracán, pues…, a recoger escombros y comenzar el largo camino hacia las rutinas de la vida, añorando el momento en que el celular recupere la señal.

©Roberto Quiñones Rivera

Salinas va de la tristeza a la desesperanza por Víctor Alvarado Guzmán

Salinas va de la tristeza a la desesperanza

Deficientes las agencias federales y estatales

Parcelas%2BVazquez-Coco%2B28oct17%2B%25283%2529.JPG
Comunidad Parcelas Vázquez

Salinas, Puerto Rico – Según transcurren las semanas, luego del paso devastador del huracán María, la desesperación va apoderándose de diversos sectores y comunidades de Salinas, debido a la dejadez y deficiencia de las agencias federales y estatales, según la Legisladora Municipal del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en ese municipio, Litzy Alvarado Antonetty.

“En visitas que hemos realizado y varias conversaciones con las personas de las comunidades, notamos que la ciudadanía está en un proceso de sustituir el miedo o la tristeza inicial de haber perdido sus techos o casas, por una desesperanza o coraje por la falta de atención crítica de las agencias federales y estatales. La gente se siente abandonada por el gobierno y, aquellos que deciden no abandonar el país, comienzan a exigir más acción de parte de las agencias”, expresó Alvarado Antonetty.

En Salinas hay cerca de 6,000 casas que fueron afectadas por el huracán, de las cuales 2,500 a 2,700 quedaron sin techo. “Sin embargo, FEMA sólo otorgó 500 toldos, por lo que el municipio tuvo que limitar su repartición. Hemos visto casas a las que se les otorgó un toldo, pero el mismo no cubre todo el techo. Cada vez que llueve, a nuestros hermanos y hermanas, se les vuelve a mojar todas sus pertenencias y al gobierno parece no importarle. Esto es desesperante”, manifestó la legisladora municipal.

Parcelas%2BVazquez-Coco%2B28oct17%2B%252810%2529.JPG
Comunidad Sabana Llana

Otra preocupación es la falta de agua en las comunidades de la montaña. “A 40 días del paso del huracán María, tenemos sectores de la montaña que aún no tienen agua. Según la administración municipal esto se debe a la falta de una o dos plantas eléctricas para conectarla a los pozos. La pregunta que nos hacemos como salinenses es: ¿la instalación militar del Campamento Santiago, que desde 1940 ocupó 12,789 acres de nuestro territorio municipal, no podría proporcionar un par de plantas para dar ese servicio a las comunidades de la montaña? ¿Cómo es posible que a Salinas vengan camiones y personas de otros pueblos a llevarse agua de nuestros pozos, con las consecuencias que tendrá en el acuífero esa sobre extracción, y la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) se ha negado a establecer oasis en la zona de la montaña? Esto es una actitud inhumana que puede crear un gran problema de salud”, dijo Alvarado, quien también es profesional de la salud.

La lenta recolección de escombros y material vegetativo es otra deficiencia que podría tener repercusiones en la salud y la seguridad de las personas.

“Reconocemos que hemos visto brigadas trabajando hasta los sábados, pero nos parece que el proceso, que las tres o cuatro compañías que fueron contratadas por el municipio para recoger los escombros y el material vegetativo, va muy lento. Ya el Cuerpo de Bomberos advirtió que el material vegetativo y escombros acumulados en aceras, calles y patios alrededor de Puerto Rico son un peligroso combustible para fuegos que podría destruir una cuadra de casas. Además, nos parece inapropiado y peligroso acumular todo ese material vegetativo recogido, en grandes montañas al lado de la cancha Angel Luis “Cholo” Espada, a la entrada de varias urbanizaciones, y cercano a lugares de comercios, varios de ellos de comida. Esta acumulación trae consigo sabandijas, que podría acarrear problemas de salud, y en caso de un fuego puede ser muy peligroso”, explicó la líder del PIP.

Parcelas%2BVazquez-Coco%2B28oct17%2B%252822%2529.JPG
Comunidad El Coco

Por último, la legisladora hizo un llamado a motivar a otros sectores a insertarse en la ayuda a las comunidades.

“Hay organizaciones que estuvieron dando servicios a las comunidades por varias semanas, que ya dejaron de hacerlo. Y se está advirtiendo a los alcaldes y alcaldesas que las deficientes ayudas federales no durarán para siempre. Así que tenemos que activarnos con otros sectores y comenzar ese relevo de servicios y ayudas. Por ejemplo, esta semana se estará estableciendo un Centro de Acopio en el salón parroquial del Coquí en Salinas, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, y la Junta Comunitaria del Coquí ha habilitado su Centro Comunal para ofrecer varios servicios. Hay que demostrar que existe la esperanza a pesar de la adversidad”, reafirmó Litzy Alvarado.

-###-


por Víctor Alvarado Guzmán

Un mea culpa / Roberto Quiñones Rivera

Siento necesidad de expresar un sentimiento o parcho pegado a los recuerdos de mi vida como hijo.  Celebramos el Día de los Padres y personalmente sé lo que sucederá a mi derredor,  este día mis hijos y nietos me harán sentir el ser más feliz de la tierra.  Será un día donde abundarán los abrazos, regalos, y alegría en cantidades astronómicas.

Pero personalmente en mi interior, en lo más recóndito de mí ser hay un parcho pegado que no he podido despegar y me impide pasar la página.

No sé si clasificar este parcho como uno que me gané o si llegó a mí como consecuencia de la situación que el destino puso en mi camino. Para empezar, confieso que no considero haber sido un buen hijo, a pesar de haber estado presente en todas las ocasiones en que un padre necesitaba el apoyo de un hijo.  Pocas veces estuve presente de frente, pero sí detrás de la cortina en todas las ocasiones donde mi presencia fue necesaria.

Pero para explicar esto tengo que retrotraerme a la niñez.  Reconstruir como yo percibía lo que era la relación de padre e hijo.  Dejo establecido que no tuve la dicha de disfrutar una vida familiar usual, ya que nací y me crie en un hogar donde mi padre estuvo ausente.  No recuerdo haber visto a mi padre en los momentos claves de mi vida. No lo recuerdo llevándome ese primer día de clase a la escuela; como tampoco lo vi en la ceremonia de mi primera comunión.  No lo vi el día que contraje matrimonio y menos cuando nació mi primera hija.   En otras palabras, un padre totalmente ausente de mi vida, cuando más anhelaba tenerlo a mi lado.

Pero todo esto sucedía viendo a mi padre a diario en mi entorno y escuchando a mi vieja suspirar por un amor no correspondido, por alguien que en algún momento la abandonó sin una razón de peso.  Ella con la esperanza eterna de que el regresara al hogar y yo recibiendo el cariño limitado de mi padre, cuando lo encontraba por casualidad en su área de supervivencia.

Así fueron los contactos con mi viejo, puras casualidades.  Al correr de los años, ya con mi mente madura, trate de llevar una relación normal con mi padre pero no fue fácil; no recuerdo un abrazo, pero si muchas recriminaciones.  Reproches que fueron alejándome, llegando un momento en que no tuve relación alguna con mi padre por muchos años, a pesar de verlo muchas veces de lejos, en los espacios de nuestro mismo pueblo.

Así fue mi vida de niño, de joven, y al momento de empezar a desarrollarme como profesional hubo un intento de reconciliación entre padre e hijo pero siempre imperando su trato dominante y falta consideración a mi madre, quien desde el día uno vivió amando al viejo hasta su partida física.

Ya en la etapa en la que decaía su salud, y cuando mi padre estaba dando bandazos solo por la vida, fui cambiando mi manera de verlo y de vez en cuando había periodos de paz entre nosotros en los que yo decía presente.  Pero su carácter de hombre fuerte y dominante era su marca de fábrica y llegó el retraimiento de nuevo. Pero esta vez, estuve presente siempre detrás de la cortina.  Nunca lo deje solo, aunque él desconocía de mi presencia.  Sus amigos me conocían y sabían de la situación que me mantenía como ausente.  A través de ellos pude hacer mi parte como hijo hasta que el Creador determinó que él  ya no fuera parte terrenal… entonces sentado al borde de su cama, esperando por el traslado de su cuerpo a la funeraria, pude darle lo que tantas veces quise hacer en vida,  darle un fuerte abrazo como sé que mis hijos y nietos me darán hoy, el día dedicado a los padres.

©Roberto Quiñones Rivera

El heredero / por Edwin Ferrer

Antes de traquear* un gallo, Paco se fue a recoger el testamento que Pancho dejó en caso de que muriera.  Así fue; días después de testamentar, el viejito murió de un infarto y otras complicaciones.

Después del entierro Paco fue a la oficina del abogado del pueblo y al abrir el testamento había una clausula donde la gran casona aledaña a la alcaldía perteneciera a él.

─Aguarda, dijo el abogado, debes 6,000 dólares en contribuciones.

A Paco casi le dio un infarto y fue a visitar al doctor.

─ ¿Tú no eres el hijo de Sécola? Le preguntó el doctor cuando entró a la clínica.

─ Si. Dr. Cardona ¿Cómo está?

─ Bien, hombre, ¡Cómo has cambiado, perdiste todo el pelo! Casi no te reconocía. ¿Qué haces por acá?

─ Vine a recoger los resultados de la biopsia que me hicieron, contestó.

─ A ver, a ver, pásame el sobre manila.

─ Humm…, los resultados dieron positivo y tienes seis meses de vida.

Al llegar a su hogar, triste y abatido, se encontró con un letrero que decía, “Estorbo público”.

Seis meses después del sepelio de Paco, la casona también había desaparecido para convertirse en un mal embreado y maldito estacionamiento que no genera un centavo de ingreso al municipio.

Hay veces que me siento en el banco de la plaza a contemplar la otra casona, la del doctor Cardona y recuerdo el día que Paco me dijo:

─ Si heredo mucho dinero nos vamos Héctor, Memo, tú y yo a comprar uno de los mejores gallos que dejó Trujillo.

Entonces comprendí que todo se hereda menos la hermosura.

Así como perdimos a Paco, la plaza perdió sus fuentes, su concha y la iglesia, los santos que protegían nuestro patrimonio.

 

© Kaminero

*Traquear: ejercitar, entrenar

Llegarón los Reyes por la joya* / Lucía Cruz

En la frialdad de la joya de Aguafría, se escuchaban voces en plena oscuridad:

—Maaaaaaa

-Quéeeeee

—¿Llegaaaroon loo Reeeeyee?

-Noooo, duéeeeeerrmeeeteee

El diálogo se repetía con demasiada insistencia. La pobre mami, más allá que acá, nunca dejaba de responderme con caramelo en sus palabras, hasta que la voz de trueno de papi decía: “duerme, Lucía”.

En ese momento olvidaba la “preguntaera”, me arropaba y no se me veían ni los ojos. Rogaba que llegaran los magos para poder verlos y desarmar su misterio. Esa noche me daban muchas ganas de tomar agua o de ir al baño. Miraba por las ventanas y las escaleras solitarias parecían conversar con el poste de la calle. El viejo farol se encendía, cuando decía que sí; se apagaba, cuando decía que no. Una vez quise gritar de emoción, pues estaba casi segura de que había visto un camello vagabundo por el camino, pero el “relincho” poco compasivo de una yegua prófuga, me llevó nuevamente a la incertidumbre.

En la mañana, observaba con sorpresa la cajita de hierba vacía y los regalos me esperaban en la sala. Siempre llegaron, nunca los vi; pero luego la vida me reveló el gran secreto, lo que mis padres y hermanas no querían decirme: los reyes usan la joya como atajo.

 

©Lucía Cruz

Dibujo: Los Reyes, Camila Rodríguez

*Joya: hoya, quebrada, riachuelo

Jalowín tricotrí / por Lucía Cruz

Nunca fui buena recogiendo dulces. Evitaba los disfraces, pues no servían de mucho por ser tan tímida, reconocible de una cuesta a otra por mi estatura, mi “flaquencia” y mis cuatro ojos.

Por eso, cada año mis padres llenaban una calabaza con chocolates y los mejores dulces sólo para mí. Sin embargo, como muchacha al fin, los “tricoltrí recogíos” eran los mejores y para obtener las golosinas más fácilmente, iba a la iglesia (si mai se entera).

El cura nos hablaba de perdón y de no juzgar al descarrilado, mientras se escuchaba a lo lejos el “jalowín tricotrí”. Mi mirada se iba a la ventana más cercana con deseos de ser parte de la “fiesta pagana”, pero mi madre me tocaba por algún lado para ubicarme en el sermón.

Esperaba los dulces con ansias; pero mi extrema cortesía, para los niños afligidos como yo, me dejaba sin los caramelos esperados. Salía del templo sin agarrar ni uno, sin haber entendido lo que el sacerdote había querido decir sobre las máscaras y con ganas de unirme a alguna “secta” de las que por allí rondaban para comerme un “bombón”.

©Lucía Cruz

lucia-cruz

La autora es una salinense de La Plena; es estudiante doctoral de literatura puertorriqueña y  se desempeña como profesora en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.

Parpadeando: Sacando el día / por Rima Brusi

Sacando el día

rebeca-hasting.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo. Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante. Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

Rima Brusi

Nota: Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS