El heredero / por Edwin Ferrer

Antes de traquear* un gallo, Paco se fue a recoger el testamento que Pancho dejó en caso de que muriera.  Así fue; días después de testamentar, el viejito murió de un infarto y otras complicaciones.

Después del entierro Paco fue a la oficina del abogado del pueblo y al abrir el testamento había una clausula donde la gran casona aledaña a la alcaldía perteneciera a él.

─Aguarda, dijo el abogado, debes 6,000 dólares en contribuciones.

A Paco casi le dio un infarto y fue a visitar al doctor.

─ ¿Tú no eres el hijo de Sécola? Le preguntó el doctor cuando entró a la clínica.

─ Si. Dr. Cardona ¿Cómo está?

─ Bien, hombre, ¡Cómo has cambiado, perdiste todo el pelo! Casi no te reconocía. ¿Qué haces por acá?

─ Vine a recoger los resultados de la biopsia que me hicieron, contestó.

─ A ver, a ver, pásame el sobre manila.

─ Humm…, los resultados dieron positivo y tienes seis meses de vida.

Al llegar a su hogar, triste y abatido, se encontró con un letrero que decía, “Estorbo público”.

Seis meses después del sepelio de Paco, la casona también había desaparecido para convertirse en un mal embreado y maldito estacionamiento que no genera un centavo de ingreso al municipio.

Hay veces que me siento en el banco de la plaza a contemplar la otra casona, la del doctor Cardona y recuerdo el día que Paco me dijo:

─ Si heredo mucho dinero nos vamos Héctor, Memo, tú y yo a comprar uno de los mejores gallos que dejó Trujillo.

Entonces comprendí que todo se hereda menos la hermosura.

Así como perdimos a Paco, la plaza perdió sus fuentes, su concha y la iglesia, los santos que protegían nuestro patrimonio.

 

© Kaminero

*Traquear: ejercitar, entrenar

Llegarón los Reyes por la joya* / Lucía Cruz

En la frialdad de la joya de Aguafría, se escuchaban voces en plena oscuridad:

—Maaaaaaa

-Quéeeeee

—¿Llegaaaroon loo Reeeeyee?

-Noooo, duéeeeeerrmeeeteee

El diálogo se repetía con demasiada insistencia. La pobre mami, más allá que acá, nunca dejaba de responderme con caramelo en sus palabras, hasta que la voz de trueno de papi decía: “duerme, Lucía”.

En ese momento olvidaba la “preguntaera”, me arropaba y no se me veían ni los ojos. Rogaba que llegaran los magos para poder verlos y desarmar su misterio. Esa noche me daban muchas ganas de tomar agua o de ir al baño. Miraba por las ventanas y las escaleras solitarias parecían conversar con el poste de la calle. El viejo farol se encendía, cuando decía que sí; se apagaba, cuando decía que no. Una vez quise gritar de emoción, pues estaba casi segura de que había visto un camello vagabundo por el camino, pero el “relincho” poco compasivo de una yegua prófuga, me llevó nuevamente a la incertidumbre.

En la mañana, observaba con sorpresa la cajita de hierba vacía y los regalos me esperaban en la sala. Siempre llegaron, nunca los vi; pero luego la vida me reveló el gran secreto, lo que mis padres y hermanas no querían decirme: los reyes usan la joya como atajo.

 

©Lucía Cruz

Dibujo: Los Reyes, Camila Rodríguez

*Joya: hoya, quebrada, riachuelo

Jalowín tricotrí / por Lucía Cruz

Nunca fui buena recogiendo dulces. Evitaba los disfraces, pues no servían de mucho por ser tan tímida, reconocible de una cuesta a otra por mi estatura, mi “flaquencia” y mis cuatro ojos.

Por eso, cada año mis padres llenaban una calabaza con chocolates y los mejores dulces sólo para mí. Sin embargo, como muchacha al fin, los “tricoltrí recogíos” eran los mejores y para obtener las golosinas más fácilmente, iba a la iglesia (si mai se entera).

El cura nos hablaba de perdón y de no juzgar al descarrilado, mientras se escuchaba a lo lejos el “jalowín tricotrí”. Mi mirada se iba a la ventana más cercana con deseos de ser parte de la “fiesta pagana”, pero mi madre me tocaba por algún lado para ubicarme en el sermón.

Esperaba los dulces con ansias; pero mi extrema cortesía, para los niños afligidos como yo, me dejaba sin los caramelos esperados. Salía del templo sin agarrar ni uno, sin haber entendido lo que el sacerdote había querido decir sobre las máscaras y con ganas de unirme a alguna “secta” de las que por allí rondaban para comerme un “bombón”.

©Lucía Cruz

lucia-cruz

La autora es una salinense de La Plena; es estudiante doctoral de literatura puertorriqueña y  se desempeña como profesora en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.

Parpadeando: Sacando el día / por Rima Brusi

Sacando el día

rebeca-hasting.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo. Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante. Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

Rima Brusi

Nota: Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS

Popeye: anécdota / por Josué Santiago de la Cruz

 

Navegando por la Internet encontré un mensaje del escritor salinense Josué Santiago de la Cruz colgado en uno de los grupos de Yahoo que frecuentaba.   A propósito del estribillo “¡Alo Popeye!” incluido por la Orquesta de César Concepción en su famosa interpretación de Pa’Salinas de Héctor Hernández, Josué preguntó:

¿Quién era Popeye en Salinas? ¿A quién llamaban Popeye?

Roberto López contesto la trivia diciendo: Popeye era un tipo de La Carmen. Trabajaba en el Parque de asistente de Leo. Si le decías Popeye tenías que pelear con él. Lo recuerdo porque me quiso quitar una bicicleta el día que corrí por la pista del parque y jodí las líneas blancas que había preparado para un Field Day. Por lo menos ese es el Popeye que yo conocí.

La contestación de Josué fue la siguiente:

Roberto, diste en el clavo. Ese era Popeye. El único Popeye de Salinas y sus barrios. Pero te voy a contar una anécdota de ese Popeye que ya sólo un puñado recordamos.

El solía frecuentar mi casa por tres poderosas razones: 1) estaba que pitaba por Elba, mi hermana; 2) le encantaba el maví que mami hacía y 3) era en casa uno de los lugares donde se espetaba un plato de arroz con habichuelas sin empeñarse mucho en ello.

Pues les cuento que para el tiempo de mi anécdota lo que es hoy la barriada La Carmen ya existía. Allí estaba el Húcar, donde jugábamos desde bolita y hoyo hasta de vaqueros e indios desplumados. Más arribita estaba La Poza, donde nos bañábamos encueraos y, claro, hacia el Sur el viejo parque de pelota.

Una vez vimos a Popeye dirigirse al parque. Se encaramó en la verja de bloques y ya no lo volvimos a ver. Por curiosidad le seguimos los pasos y cuando no trepamos a la verja para asomarnos, allí estaba él corriendo bien pegado a ella. Nos quedamos trepaos hasta aburrirnos de sólo verlo correr y correr sin cansarse alrededor del parque, pegado a la verja.

Volvimos a La Poza y después de mucho rato nos pusimos a jugar debajo del húcar que quedaba pegado a la casa de Chefín y Sayo, los abuelos de Elifá Rivera y Harry Martínez. Al rato, como Popeye no regresaba, volvimos a encaramarnos en la verja y el descomunal atleta que fue, muy especialmente en carreras de fondo, seguía dando vuelta tras vuelta sin siquiera respirar por la boca.

Popeye era uno de esos atletas que de existir en su época los programas de entrenamiento y toda esa medicina y técnica deportiva que hacen hoy de un mediocre un gran competidor, de seguro fuera una estrella del fondismo boricua.

El Gran Popeye.

JSC, 14 de marzo de 2006

Esta anécdota escrita hace 10 años alimenta la curiosidad de saber quién era esta persona a la que, en contra de su voluntad, apodaban Popeye. Tal vez Ramón Castaing  lo incluyó en su lista de apodos de Salinas.  De lo contrario, si alguien sabe la respuesta que nos diga quién fue ese corredor.

Jugar a los Vaqueros / por José A. Correa

Cuando pienso en mi niñez lo primero que me viene a la mente es lo inocente que éramos los niños de entonces.  Gratos recuerdos vienen a mi mente y unos de los muchos recuerdos es “Jugar a los Vaqueros”.

Imaginen a un jibarito pensando que era un héroe de las películas del viejo oeste de “Hollywood”. Como Jopalon Casidy (Hopalong Cassidy), Jony Mabraun (Johnny Mack Brown), Cisco Kid y Pancho, Gene Autry, Roy Rogers y Gabby, Bos Til (Bob Steele), John Wayne, Tin Macoy (Tim McCoy) Boste Crabe (Buster Crabbe) y Fuzzy entre tantos otros. Héroes que representaban el bien, la justicia, la honestidad y la valentía. Pero nosotros no usábamos la palabra héroe sino “el muchacho bueno de la película”.

Montando siempre su caballo blanco, con su sombrero blanco (que nunca se le veía caer aun cuando peleaba con el villano y si lo perdía en la próxima escena ya lo traía puesto.), su grande sonrisa mostrando su bondad y esas doble pistolas con la cacha blancas. Siempre dispuesto a ponerlas al servicio de ley y el prójimo sin importarle su propia vida.

Sentados frente al televisor disfrutábamos las aventuras de los héroes de nuestra niñez como si estuviéramos hipnotizados. Cierto que habían escenas violentas, pues no podemos tapar el cielo con la mano, la violencia siempre ha existido, pero en las películas del viejo oeste de antaño el bien siempre triunfaba sobre el mal y el muchacho de la película vencía al villano.

Tan pronto se terminaba la película, dábamos un salto y las primeras palabras que salía de nuestros labios era “vamos a jugar a los vaqueros”. Inmediatamente aparecía el sombrero de vaquero, la pistola, el cinturón con la vaqueta de plástico que se tenían guardados. Dije guardados, pues claro que sí, estos eran los regalos más populares de todos los niños en los días de los Tres Santos Reye; ¡si, los Tres Santos Reyes!  Pues eso de Santa Claus no se celebraba en nuestro Puerto Rico, como se iba a celebrar si en Puerto Rico  no cae nieve. Bueno en una ocasión  la hubo, esto fue en un día de Los Tres Santos Reyes,  pero no fue que nevó sino que la alcaldesa de la capital, Doña Fela, trajo en avión nieve de los Estados Unidos para que los niños la vieran. Además, por donde iba Santa Claus a entrar a dejar los regalos si nuestras casas no tenían chimeneas. Hombre, Santa Claus era para los americanos, vamos a decir: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Todavía faltaba lo más importante para empezar a jugar, el caballito de palo de mangle.  Como yo nací en la costa, en el barrio La Playa de Salinas, los muchachos íbamos hasta la orilla del mar a buscar el palo de mangle más derecho posible. Si queríamos un caballito blanco como el del muchacho de la película, se le quitaba toda la corteza y se dejaba el palo pelado, ese era un caballito blanco.  Si se querías pinto como el de Cisco Kid, se dejaba la vara con pedazo de corteza, ese era el caballito pinto.  Los muchachos que eran un poco vagos, siempre los hay, lo dejaban con la corteza y decían que era su caballito negro.

Con pistolas, vaquetas y caballitos nos lanzábamos al juego, pero no sin antes tener la sana discusión  de quien iba a ser el muchacho de la película, porque nadie quería ser el villano o el indio salvaje.  Pues ambos eran los malos de la película y los  vencidos, y desde niño uno quiere ser un ganador, no un perdedor.

Estando todo eso resuelto, nuestras mentes tomaban el control del escenario y con una gran imaginación, más grande que nuestros pequeñitos cuerpos,  abandonábamos la isla y nos transportábamos a las praderas del viejo oeste americano. El juego siempre terminaba igual, cuando el muchacho se encontraba con el villano, sonaban los tiros, ban! ban! ban! El que era el muchacho de la película decía: « te mate» y el villano decía. «no, yo te mate primero», nadie quería morir. Empezaba una discusión que siempre terminaba cuando alguien decia: «No juego más»”.  Para empezar de nuevo…

Se imaginan que cuadro, unos jibaritos jugando de vaqueros  Así gozaban la niñez y pasaban  las horas.  Era una niñez de mucha energía, creatividad e imaginación.  Muchos en el continente desconocían que al igual que sus niños nosotros también jugábamos a los vaqueros, aun cuando por ignorancia creían que nosotros vivíamos en bohío y nos vestíamos con tapa rabos.

Mi niñez no la cambio por nada del mundo, pues siento que cuando niño a través de mi imaginación fui más libre que los niños de ahora. Pues poco era dado, y estabas obligado a usar la imaginación sin la ayuda de la tecnología digital de los juegos electrónicos.

Por más adelantados que estemos para darles entretenimiento a nuestros niños, siempre se escucha la misma frase “estoy aburrido, aquí no hay nada que hacer”. Los padres quieren darles a los hijos todo lo que ellos desean creyendo que esto es la felicidad. Pienso que así se fomenta la dependencia y en muchos casos se mata la creatividad.

©José A. Correa Rivera

La barbería de don Tomás: memorias pueblerinas

por Sergio A. Rodríguez Sosa

 dedicado a los barberos de ayer y de hoy

a

Solía mirar con curiosidad  los relojes semejando casitas que colgaban de las paredes de la barbería. Esperaba que se asomara por la ventanita de alguno de ellos un pichoncito contando la hora marcada por las agujas. Al unísono, o unos tras otros, el mecanismo de cada reloj activaba los cucús causando un alboroto que obligaba al silencio.

A la barbería de Tomás Pérez[1] acudía toda clase de persona.  No siempre para recortarse el cabello  o afeitarse la barba, más bien,  para enterarse y comentar noticias, eventos y rumores.  El pequeño recinto se llenaba diariamente de voces, historias y filosofías; unas veces prudentes y otras veces sagaces, que de una forma u otra sacudían el lento acontecer aldeano. Algunos de los clientes parecían gente importante, quizás por su figura portentosa, o por el respeto con que se les escuchaba.

Los temas de conversación era los habituales: el acontecer noticioso, los deportes, los bochinches, los sucesos pueblerinos, y aunque implícitamente vedadas, las discusiones en torno a posturas políticas y teológicas. Aunque poco frecuente, en ocasiones la conversación subía de volumen o estallaba en escandalosas discusiones y risas, no faltando las burlas y relajos de que eran objetos algunos personajes pueblerinos.

Presidiendo el pequeño local, y entre las dos puertas de entrada, estaba el sillón blanco de don Tomás. El tiempo opacó el brillo y esplendor que de seguro tuvo cuando nuevo.  En la pared contigua a  la acera, un mueble con espejo guardaba los instrumentos, toallas y capas propias del oficio.  Sobre el tope del mueble había tijeras, peinillas, navajas, brochas, jabones, polvos y pomadas y enganchada en el marco del espejo una máquina cortapelo eléctrica. Del sillón colgaba el cinturón de cuero usado para aderezar el filo de las navajas. Y frente al espejo, una caja de metal guardaba el dinero de las transacciones diarias.

Una pared  pintada de blanco con un hueco vacío para empotrar un reloj redondo, dividía el local de la barbería en dos espacios.  Ella sostenía tres espejos y las gavetas de los otros dos sillones de la barbería. Estos eran de hierro pintados de gris con tapizado rojo.  A la izquierda colgaba un viejo reloj de metal debajo del cual estaba el lavamanos.   El espacio detrás de la pared fue el estudio fotográfico de Antonio Guerrero, el único fotógrafo profesional del pueblo. Algunas de sus creaciones fotográficas se exhibían en la pared frontal que daba a la calle Muñoz Rivera.

Jorobado[2], apodo nacido de una malformación física, era uno de los barberos.  Solía recortar a los niños.  Su sillón estaba a la derecha del local.  Cuando a un niño le tocaba sufrir el martirio de un recorte, sentaban al chiquitín sobre una tabla de madera que descansaba sobre los brazos del sillón. Una vez allí, el llanto  se tornaba muchas veces en una gritería.  A los chico mayorcitos el barbero le enderezaba o inclinaba la cabeza cada dos segundos para evitar causarles daño.

En la acera junto a la puerta de la derecha Fitito colocaba una mesita donde estibaba ejemplares de los periódicos El Mundo y El Imparcial para la venta. El vendedor de periódicos era un sesentón que padecía de una sordera crónica y que sabía por costumbre el periódico de preferencia de sus clientes. En aquella época, en una comunidad de tres mil quinientos habitantes, usualmente se vendían cien ejemplares diarios. El más que se vendía era El Imparcial, cuya circulación aumentaba el día que se publicaba la lista de premios de la lotería nacional.

Me embelesaba mirando aquellos relojes incrustados en maderas artificiosamente talladas.  Las cadenas que colgaban de algunos de ellos y los péndulos retaban la tentación infantil. El ruido de las navajas al rozar con la bardana daba fin a las tentaciones.  A veces, los tres barberos coincidían en la labor de afilar la navaja inundando el lugar de un sonido rítmico. Ahora, solo los fantasmas que atraviesan los caminos de la memoria recuentan las historias cotidiana de la aldea. Hace tiempo se disipó el chirrido de la aspiradora de estómago negro que inundaba el ambiente a la hora de cerrar la barbería, justo antes de la primera llamada anunciada por el timbre del Teatro Monserrate.

©Sergio A. Rodríguez Sosa

[1] Tomás Pérez nació el 18 de septiembre de 1901 y murió el 13 de febrero de 1994 a la edad de 92 años en Salinas, Puerto Rico. Registro civil, libro de defunciones 1967-1996, año 1994, registro 0252, certificado 12.

[2] No se han identificado los nombres de los barberos a que se refiere este relato.

Las Luces Bajas / Rima Brusi

Tule_fog_(Bakersfield,_California_-_13_January_2006)

Writing is like driving at night in the fog. You can only see as far as your headlights, but you can make the whole trip that way.” E.L.Doctorow

Recordé la cita de Doctorow al leer una sección titulada “neblina” en el librito “Still Writing” de Dani Shapiro. Es una cita querida y conocida, casi una de esas citas que de tanto repetir acabamos por atribuírsela a Einstein. Shapiro usa la metáfora para recordarnos que la escritura creativa puede tener un plan o hasta un bosquejo como punto de partida (aunque esto, añade, no ocurre con demasiada frecuencia), pero al final del día es como manejar un auto en la neblina: si usted puede ver un pedacito frente a sí, sígalo, despacito pero seguro, que estará bien. Solo escriba. Poquito a poco.

Esta mañana recordé la cita de nuevo, en otro contexto. Estaba yo a punto de golpear mi cabeza contra la pared de la cocina (metafóricamente, creo, pero no estoy segura) porque tenía que hacer compra, pero me faltaba, odiosmío, La Lista de Compra. Eso no es todo: me faltaba además el pre-requisito de la lista de compra, El Menú Semanal.

Le explico.

  1. Es domingo y no queda comida en la casa. Bueno, queda un pollo congelado cuyo origen no recuerdo, una bolsa de garbanzos secos, una botella de vino camino a ser vinagre y un poco de maní. De modo que hay que ir al supermercado hoy, y no hay de otra.
  2. Yo había decidido, en algún momento iluminado de la semana (así como varias veces en los últimos diez años) que la forma de hacer la compra, la cocina y la comida Muy Eficientes es el uso consistente del Menú Maestro, y que ello me convertiría, por supuesto, en una Buena Ama de Casa y en una Persona Productiva.
  3. Dicho (ficticio) menú consistiría de unos diez o quince platos básicos para la cena, todos ellos nutritivos y bien balanceados, y sería refrescado cada dos o tres meses con recetas nuevas y sanas.
  4. El Menú generaría una lista básica de compra que sería suplementada con lo necesario para desayunos, almuerzos, meriendas y demás.
  5. Armada con esta Lista yo recortaría cupones de los shoppers e iría a la tienda una vez a la semana.
  6. Y la repetición de esta secuencia redundaría en un estilo de vida, una cuenta bancaria, una salud y una auto-estima más saludables.

Ajá. Seguro. Umjú. (Inserte mentalmente su meme favorito aquí. Si no tiene uno o no sabe lo que es un meme, imagínese al señor que no fía en los letreros de los colmados de “enantes”).

De modo que ahí estaba yo, contemplando la pared y las posibilidades de preparar desayuno sin huevos o leche, pero me detuve. Me acordé de la cita de Doctorow.

Caminé con mi perrita. Nada especial, solo un par de bloques. El cielo estaba cremoso, color azul con leche.

Recordé a Doctorow, a Shapiro, a la última vez que manejé un auto de noche en la neblina. Eso es, pensé, y vine aquí a la computadora a escribir esto.

La metáfora le aplica a las personas que escriben, sí (Doctorow la pensó especialmente para las novelistas) pero nos sirve a todas. Tratar de implantar mi Sistema de Menú con Lista hoy, pensé, sería como encender las luces altas en medio de la neblina nocturna –una pérdida de tiempo, en el mejor de los casos, un peligro en el peor. A veces vemos menos si usamos más luz.

Igual con la escritura. Este librito es mi lucecita. Lo escribo (¿se escribe?) en momentos de noche y de neblina. Con él veo el pedacito de carretera frente a mí.

No me di de cocotazos contra la pared. Hice una listita corta (lo suficiente para la cena de esa noche,el desayuno y almuerzo del día siguiente), hice compra, escribí esto, me tomé una cerveza. A veces hay que escribir y vivir hacia adelante, con las luces bajas, plena y lentamente, en la neblina.

——–

Publicado originalmente en PARPADEANDO

Cuando no Éramos Pobres… / José Manuel Solá

Aún recuerdo la casa: la precaria cocina y la sala sin muebles. Ni una mesa. Recuerdo como ahora la puerta y las ventanas de madera. La cama en que dormía con mi hermano. El olor a tabaco de mi padre. Y mi madre zurciendo las camisas, pegando los botones, poniendo leña en el fogón, el olor a gas keroseno, la candela y el aroma de las especias que ella envolvía en magias en el pilón. Uno tiende a volver a esas cosas que se fueron. O quizás a esas cosas que perdimos. Son como un cuadro viejo en la memoria, como una foto en sepia. Pero no lloramos, no, a pesar del suspiro hondo que se nos salta por la garganta.

¿Qué cosas no teníamos? Las que ahora nos sobran; cosas que nos poseen. No teníamos televisor, radio, nevera, teléfono… Juguetes. No. No había juguetes. No conocía la palabra odio. Y ni siquiera me planteaba el concepto amor porque, creo, era lo que dábamos por sentado, era lo que día a día vivíamos.

Teníamos, sí, montones de aguaceros, un río, un guayabal, tantos y tantos pájaros cantando. Docenas de amigos para jugar, pelearnos y volver a jugar. Con ellos, lo recuerdo, nos sentábamos
sobre la raíz de un árbol de jobos a contarnos historias de locura bajo el reguero de estrellas y a veces hasta cantábamos.

Vuelvo la memoria a la bolsita de tela que me preparó mi madre para llevar los útiles a la escuela elemental: un lápiz que debería durar hasta el “tuquito” de la goma de borrar y una o dos libretas que mi padre llamaba cuadernos. A esos tiempos vuelvo la mirada. Me veo caminando al amanecer hacia la escuela y exhalando nubecitas de vapor por la boca, algo que me divertía y asombraba. Y los días de cielo azul tan claros, tan claros… Éramos dueños del tiempo, de los árboles a los que nos trepábamos -ahora me pregunto para qué. Éramos, ahora pienso, dueños del planeta y éramos libres como el canto de los pájaros.

Si por casualidad caía un cobre en nuestras manos lo guardábamos, uno a uno, vellón a vellón. Y el Día de las Madres aparecíamos con ~probablemente~ cuatro vasos de cristal con diseños de flores, envueltos en papel de celofán de variados colores. Y se armaba la fiesta de besos y canciones y pasta de guayaba mientras papi, que era tabaquero, socialista y poeta, fumaba su cigarro. Papi era el mejor tabaquero del mundo, eso me han dicho y estoy seguro que así fue. Teníamos tan poco que nada nos faltaba. Y al explorar el monte descubríamos los secretos del mundo y de la vida. Aquel monte hasta donde llegaban los límites del caserío contenía todos los secretos del planeta y del universo. Creo que allí hubo indios hasta que fuimos invadidos.

Mi vecino Nachi tenía una yegua; una vez me ayudó a montarla pero no duré un minuto sobre la misma: salí resbalando sobre el pescuezo del animal y caí de cara sobre la hierba. Algún tiempo después la yegua mordió en el hombro a un nene llamado Papo Lloréns. Y Ferna tenía un perro llamado Pinto. Porque era pinto, blanco y negro, claro, ¿cómo se iba a llamar de otra manera?

Mami tenía dos cuadros de vírgenes en el cuarto que creo que le costaron medio peso cada uno, una fortuna en aquellos tiempos. Uno de ellos me aterrorizaba pues bajo la nube sobre la que
descansaba la madre de Jesús, había personas estirando los brazos para que ella los librase del fuego eterno; allí estuvo muchos años pero nunca la vi ni siquiera inmutarse. Y el otro, en otra pared del dormitorio, era de la Virgen del Carmen.

De todas formas… entonces éramos felices. Claro, cuando no eramos pobres.
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José Manuel Solá / 24 de marzo de 2015
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Coincidencias / Roberto López

Cuando era niño, en mi pueblo había mucho espacio para potrear y siempre tenía conmigo la escopeta de colcho que no mataba ni el hambre, pero alimentaba mis fantasías de tenebroso vengador de la colonia.

Inundaciones puente de los poleosUna vez, debajo del puente de Los Poleos, traté de navegar una charca en una balsa improvisada con tablas apolilladas. Por mala suerte encallé antes de llegar a lo otra orilla y caí por la borda en las garras de una inhóspita arena movediza. Ya estaba hasta el cuello… y en un trance entre la vida y la muerte, que hasta vi mi esquela mortuoria y una violetera repartiendo flores sobre mi tumba. Suerte que mi amigo Gulliver, extendió sus enormes brazos para retrasar el desenlace de mis días.

Eso aconteció en el mismo lugar y muchos años después de que a mi abuelo Juan lo rescataran vivo cuando el rio proceloso lo arrastró hasta allí. Dicen que mi abuelo después del rescate caminó descalzo hasta el negocio de Luna y allí celebró la vida con ron Palo Viejo. El charco se chupó mis zapatos, también caminé descalzo hasta el ventorrillo de Luna y pedí un mabí.

©Roberto López

En Directo Desde el Salón de las Naciones Unidas Del Escambrón Beach Club

por Roberto Quiñones Rivera

Don Q publicidad antiguaUn amigo coleccionista me regaló una grabación de un programa que fuera difundido hace 75 años por la poderosa emisora radial WKAQ de San Juan.  En esta joya de la historia de la radio, quedó grabado uno de los tantos eventos que trasmitía la emisora fuera de sus estudios.

Como parte de la programación de la emisora, todos los sábados de nueve a diez de la noche, se transmitía un bailable desde el salón Las Naciones Unidas del Escambrón Beach Club del Condado.  Aquellos bailables eran amenizados por la ya famosa orquesta de Rafael Muñoz con sus cantantes José Luis Moneró y Félix Castrillón, quienes estaban dando sus primeros pasos en el mundo musical de aquellos años.

Al igual que hoy día, la emisora necesitaba auspiciadores que pagaran la producción y la difusión por radio del espectáculo.  Esos anuncios publicitarios es lo que quiero traer al recuerdo de los amigos de aquellos años. Sé que aún quedan por ahí consumidores de los productos que auspiciaban aquellas transmisiones.

Los que no podían llegar hasta el Escambrón Beach Club seguían las incidencias del bailable a través de un radio marca “Pilot” o formaban su propio bailable utilizando una victrola “Bronswick”.

Al día siguiente del bailable era necesario un sobito con alcoholado. Para ello se usaban los alcoholados marca “Bella Aurora” fabricado en Ponce o el “Brisas del Caribe”.  Luego del consabido descanso, las damas se refrescaban tomando una ducha con el jabón “John Laúd”.  Este se compraba en las farmacias a diez centavos la pastilla.

Para aquellos que el licor era importante, la variedad era bastante, de Ponce “Don Quijote”, de Hato Rey “Don Rey”, de Arroyo “Ron Venerable” y sin identificar su procedencia se anunciaban “El Matusalén”, “Bocoy”, “Carioca”, y el “Caballito”, todos a 30 centavos la caneca.

En cuanto a vinos se refiere se anunciaba el vino identificado como “Tónico Reconstituyente San Lázaro”.  Este producto se distribuía en las farmacias como un remedio para controlar el cansancio y la debilidad. Pero los componente identificados en su etiqueta indicaban que era mucho más que un simple remedio para el cansancio… el pitorro se quedaba chiquito.

Las cervezas promocionadas en la transmisión eran “Leona” y “Caroline”, esta última era una cerveza ligera.

En cuanto a vehículos de motor se refiere se anunciaban los camiones “Mc” y los automóviles “Nash”, “Ford”, “Pacard”, y uno al cual escribiré su nombre literalmente, el “Willienite”.  El “Nash” del 1940 lo ofrecían por 940 dólares.  El “Ford la oferta era de 845 dólares y el “Pacard, que era ya para gente acomodada, tenía un valor de 1,350 dólares de contado.  Estos vehículos corrían con gasolina “Jack” a 21 centavos el galón.

Y hablando de establecimientos comerciales, las personas de la Isla, como se les llama en San Juan a los residentes del interior del País, cuando visitaban la capital no regresaban a sus pueblo sin antes haber comido en “La Mallorquina”,  sin comprar por tres centavos una libra de pan en “La Euscalduna” o cargar con dulces para los niños de la respostería “La Francesa”

Durante la transmisión invitaban a los oyentes a disfrutar de las carreras de galgos en el Canódromo Quintana los jueves, viernes y sábado y  luego terminar en el bailable con la Orquesta de Mario Dumond a cincuenta centavos la entrada.

Cuando las señoras salían de compras, no podían faltar artículos como la pasta de diente “Ticolino” de cinco centavos, la caja de “Perlina de 10 onzas” a diez centavos, y la barra de jabón “azul” de tres centavo la libra.

Cuando una dama visitaba la farmacia ahí conseguía los productos  “Mitchell”, línea de colorete y lápiz de labios a diez centavos, como también el polvo “Caroma”.  Aprovechaba también para comprar por una peseta una botella de “Pertusin” para la tos y “Multidom” para los dolores a 19 centavos el pomo y en adición un producto llamado “Lidia Pinham” que no pudimos comprender para que se usaba ya que el locutor solo decía “que toda señora o señorita lo necesita en algún momento”.

El esposo mientras tanto, entraba a la “Ferretería Los Muchachos” a comprar una daga  marca “Sanson” de 50 centavos para utilizarla en las tareas agrícolas y por supuesto acudía también a las “Tiendas Padin” donde compraba zapatos “Flushing” de seis dólares.

Son muchos más los productos y establecimientos comerciales que durante la transmisión de los bailables se anunciaban por WKAQ.  Algunos de ellos aún existes y están disponibles, muchos otros pasaron a ser parte de los recuerdos grabados en la historia de la publicidad de Puerto Rico.

Pero no está de más recordar, para revivir vivencias.

 

©Roberto Quiñones Rivera

Bodas de Oro – Nora y Edelmiro

Ésta no fue una boda suntuosa, ni se pasearon los novios en carrozas lujosas y apenas la ceremonia fue captada por una cámara kodak instamatic.

Ésta sí era una boda real, de las que celebra la realeza popular, de las que se celebran al calor de los familiares y amigos bajo un árbol de flamboyán.

Pero en esta boda se hizo realidad el amor eterno.

Medio siglo de matrimonio es una hazaña que pocas parejas logran en el azaroso caminar por la vida.  Disfrutar de 50 años juntos supone un cariño que puede superar las mayores dificultades.  Medio siglo de amor supone una fortaleza espiritual capaz de vivir el paraíso en medio de los contrarios: la luz o la oscuridad.

Nora y Edelmiro se dieron el permiso de amarse desde su adolescencia.  Esa esplendorosa historia, que comenzó en la escuela secundaria, nos lleva hoy con alegría a celebrar el amor.  Ahora, aunque  la cabellera la adornan las canas, y el caminar es más lento, las sonrisas y las miradas delatan el mismo amor de siempre. Ahora, pasado medio siglo, toca renovar ante Dios, el amor, para que su fragancia bendiga a todos los novios del mundo.

Entrada por Lilia E. Méndez Vázquez y Sergio A. Rodríguez Sosa

La ceremonia de renovación de votos se realizará en la misa de 11:00 am en la Iglesia de La Monserrate.