Conversaciones con mi árbol de limón / por Dante A. Rodríguez Sosa

Sembré un árbol de limón.

Pasaron los años y llegó un día en que comenzó a dar frutos; primero pequeños cosechos y luego se cargaba de frutos todo el año.

El huracán María lo derribó y quedó muy maltrecho.

Con mis manos logre podarlo y levantarlo, y a duras penas se salvó.

Verlo es un espectáculo porque la conformación de su tronco doblado como si fuera el lomo de un caballo asombra y sorprende su aparente discapacidad.

Lo he cuidado con esmero. La semana pasada, cansado de cuidarlo sin resultados, tome la decisión de tener una muy seria conversación con mi árbol de limón.

Me le acerque y delicadamente le deje saber hablándole que había tomado una decisión.

«Llevo varios años cuidándote».

«Si no me das los limones que necesito para atender mis necesidades te voy a cortar». Se lo dije y se lo repetí por varios días al momento de rociarlo.

Luego procedí a echarle agua a los árboles y vegetación aledaña asegurando que si no daba limones no volvería a echarle agua.

Ayer le tomé fotos de su florecida y se las envié a mis nietos pues le había contado de mi conversación con el árbol.

Quise probarles que él me entendió.

En respuesta a su florecida me acerqué y le eché agua y mostrándole mi agradecimiento le sobé por un buen rato su encorvado tronco mientras le contaba mi alegría y aseguraba mi fidelidad, también lo aboné. 🙏🙏🙏❤️

Dios Todopoderoso en su grandeza le ha dado vida invisible a toda su creación.

Todo es un centro, según mi conceptualización mística de la creación.

Todo tiene vida😳😳😳😳😳

En esta cuarentena he podido percibir el inmenso agradecimiento que me prodiga mi casa, luego de que todas las mañanas le paso un oloroso y desinfectante mapo.

Una de mis nietas me trajo una lamparita para iluminar tenuemente el cuarto durante la noche.

Una cuestión de seguridad, por las varias veces que me levanto para ir al baño durante mis sueños o desvelos.

Me asombro por la manera amorosa en que mi habitación ha respondido a esa sencilla acción.

Al cuarto no le gusta la oscuridad.

Siento el ambiente mucho más acogedor y alegre.

De verdad, todo tiene vida.

Trataré de seguir investigando

Porque recuerdo aquel cuento que leímos en los grados primarios.

“Un niño era objeto de burla porque se pasaba mirando un lago.  Los compañeros estudiantes le cuestionaban aquel hábito y cuando contestaba que aprendía el idioma de las muchas ranas que habitaban el lugar, se mofaban y lo tildaban de loco.

Paso el tiempo y el niño, ya joven, visitaba los lagos para escuchar a las ranas. Hasta que un día llegó a uno donde las ranas le contaron un secreto. Entonces, después de escucharla, se lanzó al agua y sacó de las profundidades un inmenso tesoro”. 😂😂😂

Dios es Poderoso y se mueve por caminos misteriosos. 🙏❤️😂

 

©©Dante A. Rodríguez Sosa

Tarzán

por Roberto Quiñones Rivera

En esta etapa de la pandemia, en donde ha sido necesario mantenernos en cuarentena por orden ejecutiva, el tiempo se ha ido ampliando y uno ha tenido que pensar en que cosas podría utilizar el mismo.  Con el dilema entre si desordeno lo recogido antes, para arreglarlo de nuevo, o dedicarme a sacar viejas películas, que ni me acordaba que tenía, me decidí por esto último.

Buscando cuál sería la apropiada se apoderó en mí el niño interior que todos cargamos y que de vez en cuando aflora para rescatarnos de la indecisión. Fue entonces que decidí regresar a la época en que solía ir al Teatro Monserrate a ver las películas de Tarzán, el hombre mono.  Hice gestiones de inmediato con mi concuñado Nandy y este me prestó la colección de las películas de Tarzán firmadas por Johnny Weissmuller, el legendario actor que protagonizó a Tarzán, y comencé a verlas en el mismo orden que fueron firmadas.

Pero peleando con el niño interior que quería que me sentara a verlas de inmediato, el ratón de bibliotecas que también tengo me dijo lo contrario, este me dijo: documéntate primero sobre todo lo relacionado con Tarzán y las disfrutarás desde otro ángulo ya que tú eres fanático de la literatura y Tarzán, hoy día, es uno de los personajes de la literatura que más veces ha sido llevado a la pantalla basándose en la inmortal obra de Edgar Rice Burroughs. Para esto tuve primero aprender a “googlear” y he logrado conseguir muchísima información a través de las redes que les quiero compartir.

Para empezar, el personaje de Tarzán tiene más de 100 años de haber sido concebido por la pluma del escritor Edgar Rice Burroughs en forma de novela en el 1912. Luego este personaje es adaptado en cómics, así como el cine y la televisión.  Tarzán se convierte de ahí en adelante en uno de los personajes de la literatura más veces llevado al cine.

En el 1918 se firma la primera película de este personaje en la época del cine mudo. Es la historia del hijo de una pareja de aristócratas escoceses que fueron, abandonados con su pequeño niño en la selva africana a finales del siglo 19, tras un motín en el barco en que viajaban.  Los padres mueren y el niño es criado por una manada de simios llamados mangani y estos en la fantasía del lenguaje animal, le llaman Tarzán que en mangani significa “piel blanca”.

Luego de que Tarzán ya convertido en el Rey de la Selva, llega a la selva un safari en búsqueda del cementerio donde llegaban los elefantes a morir para obtener el marfil.  En el grupo estaba una joven, también aristócrata, llamada Jane Parker, de quien Tarzán se enamora.  En la trama de la película Jane abandona el Safari y convive con el hombre mono.  Esta película era muda y por supuesto no se podía apreciar el grito que en la novela se describía como “el grito de victoria del simio macho.”

En el año 1932 Johnny Weissmuller protagoniza la película “Tarzán de los Monos” basándose en la novela del 1912, pero esta vez con sonido en donde se aprecia el famoso grito en voz del propio actor, convirtiéndose ese grito de Tarzán en uno de los sonidos de Hollywood más conocidos y emblemáticos.

En esta primera película de Weissmuller entra también en acción su compañera Jane, como mencioné anteriormente, pero hubo una intervención contra los productores de la película a la que le aplicaron el “Código Hays ” (código impulsado por moralista que imponía, una serie de reglas restrictivas, que se podía ver en la pantalla y que no).   Este Código fue aplicado a la película debido a que en la trama Tarzán y Jane convivían sin ser casados.  Los productores entonces ponen a Tarzán construyendo una vivienda separada para Jane.  También este grupo interviene indicando que la pareja no puede aparecer con un hijo propio, como fue escrito en la novela, y obliga a la producción a cambiar el libreto en donde el hijo de Tarzán es adoptado a causa de un accidente aéreo en donde el único sobreviviente es un niño que la pareja rescata y cría, llamándole Boy.

También obligan a la producción a eliminar la escena donde Jane aparece desnuda nadando junto a Tarzán. (Se quejaron religiosos conservadores, madres indignadas por la supuesta inmoralidad) pero prevalecen los productores porque la FCC no existía cuando se firmó la misma, pero estos voluntariamente determinaron retirar la escena por deferencia a los que criticaron la escena.

Para finalizar mi escrito les informo que Johnny Weissmuller, luego de interpretar doce veces al personaje junto a Jane, abandonó el cine en los años 1950 debido a que su estado de salud se afectó por dos derrames cerebrales ocurridos entre el 1976 y 1978.  Murió a los 80 años en un hogar geriátrico donde la demencia y locura se apoderaron de su mente.  Creyéndose todo el tiempo que era verdaderamente Tarzán se pasaba emitiendo su famoso grito.

 

El Dia que se estrelló un avión del ejercito en Salinas: testimonios en Facebook

 

Luis A. Colón Rodriguez

12 de marzo 2020 a las 22:49 · 

Otro recuerdo Salinense: A ver, ¿Cuantos se acuerdan de los aviones a propulsión a chorro (jets), que se pasaban gran parte del día sobrevolando el pueblo para disparar a unos blancos en el campamento? A veces, cuando uno iba en carro hacia Ponce los aviones volaban sobre nosotros y sobre el Monte Raspaldo. ¿Y cuantos preparaban los trompos, sustituyendo sus puntas con balas de rifles que se recogían en el campamento?

William Martinez Figueroa Los recuerdo perfectamente haciendo sus maniobras para dar en el blanco. También recuerdo el que se estrelló en el mar frente a la playa.

Roberto Quiñones Rivera  Ese jet que se estrelló frente a un islote cerca de la pescadería de la playa no se hundió, sino que quedó espetado en la orilla del islote. El piloto se había tirado en paracaídas y lo recogieron en el área de las 80. Tuve la oportunidad de ver cuando el avión pasaba sobre la Ciudad Perdida a una altura tan baja que oí a Don Leo mi vecino gritar que este caería en tierra del pueblo. Los curiosos de las matemáticas del barrio creían que el avión llevaba una altura en ese momento de unos cientos cincuenta pies únicamente. Recuerdo que donde yo estaba situado, frente a la casa de mi tía Yia se veía la antena de la televisión de mi casa que tenía unos veinte pies de altura y para mí que el Jet pasó bastante cerca de las antenas que había en el área.

Edelmiro Rodríguez Roberto, el piloto descendió en la playa llamada El Coco. Yo estaba allí. Él estaba nervioso, se recostó en una palma y lo primero que pidió fue un cigarrillo. Al poco tiempo vinieron a recogerlo. Yo recuerdo la explosión del avión y la serie de paracaídas pequeños que él pudo tirar. Ese día sobrevolaron a Salinas, muchos aviones buscándolo.

 

Homero: historias de adolescencia

por Virgenmina Sosa (Tilita)

Cuando estaba en octavo grado conocí a Homero Castellón. Homero era hermano de Luz Divina Castellón. Los Castellón eran de Vieques. Cuando Luz Divina llegó a Salinas contratada como maestra, estaba casada con uno de los miembros de la famosa familia Palés, de Guayama. Presumo que el trabajo de su hermana en Salinas fue el motivo por el cual Homero viniera a ser alumno de nuestra escuela.

Nuestros corazones estudiantiles dieron un vuelco e inesperadamente vivimos un idilio mutuamente deseado. Para todos nuestros compañeros, éramos novios y así nos sentíamos. Nuestro noviazgo estudiantil fue bruscamente interrumpido por la partida de Homero hacia Caguas, lugar donde se había establecido su familia. La correspondencia fue entonces nuestro enlace, pero la distancia nuestro rival. Entonces, vino el anuncio de la tragedia en voz cargada de impiedad: Homero había muerto como consecuencia de un accidente de tránsito. En ese momento… se marchitaron todas las flores.

Curiosamente, años después conocí a una enfermera de Caguas y en la conversación mencioné la familia Castellón. Ella me relató lo sucedido: Homero perdió un brazo en el accidente y murió víctima de una infección en la herida.

Tomado de las memorias de Virgenmina Sosa tituladas Tejido solariego, 1999.  En 1977 fue escrito el texto siguiente relacionado con esta vivencia.

Homero

Tilita

Las fotos del celular

por Roberto Quiñones Rivera

 

Voy camino por la calle Unión de mi pueblo acompañado de una dama y un caballero que se identificó como Del Valle. La conversación, aunque no preciso el contenido, giraba en torno a una victoria obtenida en un asunto político.

De pronto miro al cielo y veo la silueta de un arcoíris inusual, de una forma y belleza extraordinaria, pues dibujaba la bandera puertorriqueña.

Tal como en una película, cambia la escena y me encuentro en mi querida Ciudad Perdida, frente a la casa donde nací, llamando a mi madre para que salga a ver el arcoíris. Continúo caminando rumbo a la plaza pasando por la esquina de las casas de los Santiago y de Toña Valdés.

Con mi celular en manos iba tomando fotos del espectacular arcoíris. Sigo caminando hacia la plaza, pero en un instante siento la sensación de que estaba soñando, que no era realidad lo que estaba viviendo.

Busque mirar de nuevo al cielo para ver mi bandera, pero Morfeo me había abandonado en medio de una temperatura de menos de 40 grados.  Desperté con sentimientos encontrados; entre ver mi bandera ondear gloriosa en el cielo infinito y las injurias a granel de que es objeto. No obstante, a que los sueños, sueños son, a las cuatro y media de la madrugada, busqué el celular con la esperanza de que ocurriera un milagro.

 

Foto: Arcoiris en la curva. Revolvy

Mi entrada al piso ocho y el año de mi nacimiento en la historia de Salinas

Por Roberto Quiñones Rivera

Hoy acabo de traspasar la puerta hacia el octavo piso de mi existencia, piso al que realmente no creía poder llegar, sin tener una razón verdadera para pensar en un porque no llegaría a los ochentas… pero aquí ya estoy.  Debo pensar que el Gran Arquitecto tiene un plan para mí.  ¿Con qué propósito? No sé, pero en este tiempo, días, semanas, meses o años, que estaré disfrutando del mundo terrenal será mi norte tratar de conseguir el bien común para todos desde el puesto que ocupo en la Legislatura Municipal de Salinas.

No obstante, a que mi pensamiento siempre ha sido el dejar que el pasado sea el pasado, en esta nueva vuelta al sol quisiera compartir algunos incidentes ocurridos entre los años 39 y 40 en nuestro pueblo de Salinas, eventos que no son nada de diferentes o tan extraños como los que ocurren en estos días.

Para la época de mi nacimiento era presidente de los Estados Unidos Teodoro Roosevelt, quien designó como Gobernador de Puerto Rico a Blanton C. Winship.  El alcalde de Salinas era Francisco Ortiz, el presidente del Senado era Rafael Martínez Nadal y el comisionado residente Santiago Iglesias Pontín.  En Salinas, el presidente de la Asamblea Municipal, como se conocía para la época, fue Cristino Figueroa Morales y algunos de los asambleístas, hoy llamados legisladores municipales, fueron los ciudadanos Miguel Rodríguez Cruz, Rafael Rivera Báez, Santos Lefevre, Venancio Torres, Guillermo J. Godreau, Celedonio Santiago y Tomas Pérez.   El secretario municipal de la Asamblea era el educador Diosdado Dones.  Los partidos políticos dominantes eran el Republicano, el Liberal, y el Socialista.  En esta época, el 22 de julio de 1938, se funda el Partido Popular Democrático bajo el liderato de Luis Muñoz Marín.

En esa época la principal actividad económica de Salinas giraba en torno al cultivo de la caña de azúcar.  En el casco urbano el comercio estaba constituido por establecimientos como gasolineras, entre las cuales estaba el garaje de Jesús Chuíto Monserrate. Entre las barberías estaban la de Tomás Pérez, donde estaba el estudio del fotógrafo Guerrero, y la Eduardo Rodríguez.  Existía la Herrería de Emilio Agosto y la Mueblería de José Vélez Roig.  En cuanto a zapaterías operaban las de José Ten y la de Nino Pérez.  La agencia de fúnebre era la González y la gran tienda frente a la plaza Valdejully & Segarra.  Existían las farmacias de Pedro Lugo y la Márquez.   En la esquina de la plaza estaba la papelería de Antonio Lozada y también estaba en la misma calle Monserrate el Laundry de Rosa Torres.  También estaban establecidas las pulperías de Vidal Díaz, Pablo Luchessi, y José Turrado.

En la Asamblea Municipal se discutían los asuntos que surgían en el pueblo y como ejemplo de esto tenemos constancia de una enmienda hecha el 18 de febrero de 1939 a la reglamentación existente de la manera de conducirse las mujeres de vida airada, en donde se establecía una multa de 25 dólares o 15 días de cárcel a la que no cumpliera con la reglamentación que hasta el modo de vestir cuestionaba.  En ese año se legisló que los mítines políticos solo podían efectuarse en la parte de atrás de la Plaza de Mercado, es decir en la calle San Miguel esquina calle Edwin Rivera.  Otra ordenanza aprobada ese año fue el toque de queda para que los niños no pudieran estar fuera de su hogar luego de las ocho de la noche a menos que estuvieran acompañados de sus padres.  Al parecer, fue en el año 1939 cuando por primera vez se legisló sobre este tema.

Para terminar este escrito, les pongo en conocimiento de uno de tantos casos de corrupción que ocurren en la administración pública desde que el mundo es mundo.  El 5 de octubre de1939 el Auditor de Puerto Rico intervino con el municipio de Salinas y encontró que había una serie de transacciones hechas por el alcalde consideradas como malversación de los fondos municipales.  A raíz de esta intervención el Gobernador de Puerto Rico William D. Leahy, quien había sustituido a Blanton C. Winship, radicó 14 cargos indicando serias irregularidades cometidas por el alcalde.  A diferencia de hoy día, la Asamblea Municipal asumió la responsabilidad de juzgar los hechos y determinar la culpabilidad o la inocencia del alcalde.  Pero el resultado final de este episodio lo traeré en un próximo escrito.

La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

Ya vienen / por Reinaldo Zayas Nuñez

Bueno, a esta hora del cinco de enero, hace, 56 años, estaba mirando al divino cielo desde la calle Coamo, en Santa Isabel, Puerto Rico.

Miraba la magia de la constelación de los Tres Reyes.  Venían bajando. Yo sabía que iban a venir con los regalos que había pedido, pero a su manera.

Todavía en casa estaba la venerable hermana de mi madre, Raquel y sus tres hijas. Elga, Sheila y Silka. Mi padrino Toño, su padre, cantaba las mirlas en el callejón Zin Zin, con Don Enrique y Don Lole.

Ellas hablaban, sin cansarse horas y horas, velando que nosotros los hijos de Vidalina: Priscila, Erasto Jr. y yo nos durmiéramos, para que los Reyes realizarán la magia.

Ese año no esperaba mucho de los Reyes, pues le había rajado la cabeza tres veces a mi vecino, había peleado más de diez veces, y le había hecho muchas maldades a la tía Segunda, que venía los domingos y por su culpa me quitaban la mestura del plato.  Los coquíes se dormían y el pesado sueño llegaba de repente.

El día de Reyes, ilusiones, fantasías, alegrías y desconsuelo. La Epifanía se había materializado nuevamente. El más grande de los días, la gran misericordia de Dios se había olvidado de las travesuras y las malas notas. Frente a nosotros estaban los regalos y con ellos la algarabía de la más grande felicidad que he sentido jamás.

Gracias, madre, gracias abuela, gracias Raquel, por continuar despiertas para abrir la puerta al milagro de los tres Santos Reyes.

©Reinaldo Zayas Nuñez

Un viaje a Maricao / Rafael Rodríguez Cruz

 

Cronicas de viajes

 

Desde el huracán María para acá, me ha dado con conocer a Puerto Rico, conocerlo de veras. Todo comenzó con un cierto sentimiento de congoja por la destrucción causada por el fenómeno atmosférico. «Tienes que ver esto», me dijo mi hermana Teresa, apenas la vida en Puerto Rico adquirió una cierta normalidad y se presentó la oportunidad de ir. Ciertamente, las huellas de María están presentes por todas partes, incluyendo mi adorado sureste. Pero lo que no sospeché, al comenzar lo que se ha convertido en un viaje mensual a la isla, es cuán poco conocía a Puerto Rico y cuán exótica es su gente. De los sitios que he visitado, que son muchos, pocos me han causado mayor afectividad que el pueblo de Maricao.

Voy a dejar de lado la referencia a datos económicos y sociales disponibles en el internet. Prefiero hablar de lo que vi y sentí, al entrar a un pueblo completamente exótico para mí. Si algo he aprendido, al visitar distintos lugares en la isla, es que la vida diaria de la gente se rige, no tanto por las estadísticas generales, como por rasgos y hábitos peculiares.

Llegué a Maricao, como debe de llegarse en un primer viaje, o sea, por el sur. Dado que andaba con mi hijo de 11 años, apagué el GPS y opté por preguntarle a la gente en la calle acerca de la mejor ruta para llegar. Viaje usted por la isla pidiendo direcciones, y verá lo increíblemente sociables que somos en este pedazo de tierra. La única duda me surgió en Sabana Grande, pues no faltó quien me previniera de cuán descabellada era la idea de internarme en el Monte del Estado, camino a Maricao, casi al caer la noche y con un niño en el carro. «Ah, eso está bien lejos, después del Monte del Estado, casi a una hora de distancia», me dijo un hombre amable pero exageradamente nervioso. Al final, como tantas veces en mi vida, hice lo irreflexivo. Por una callecita de Sabana Grande, que más parece de entrada que de escape, comencé mi subida al magnífico lugar que es el Monte del Estado.

Por qué le llaman Monte del Estado, no lo sé ni me interesa mucho. Cada vez que mencionan la palabra «estado» en Puerto Rico se me revuelve el estómago. Los primeros kilómetros de subir por la carretera 120 no me impresionaron mucho; aunque a mi hijo, que llevaba el brazo por fuera de la ventana, no le dejó de sorprender el cambio de temperatura. Pero ya, al acercarnos a lo que se conoce como el Observatorio de Piedra, el paisaje se tornó inmenso y cautivador. Una bruma suave lo acariciaba todo. No pude sino detenerme y admirar el espectáculo natural. Entre monte y monte, bien abajo, podían verse nubes jugando al esconder, marcando parches de un verdor intenso que, francamente, no he visto en muchas partes de la isla.

El resto del viaje a Maricao fue como tenía que ser: no paró de llover. A ratos la lluvia era tenue y se confundía con una niebla densa, lo que hizo pensar a mi hijo que estábamos en una nube. Temerariamente, quizás, nos detuvimos en las más impenetrables neblinas, casi de noche, en una carretera solitaria. ¡Ja! Nos dimos el gusto de volar entre las nubes, cielo arriba, donde solo llegan los aviones. Así, al menos, decidimos él y yo que lo habríamos de contar.

No se confunda usted, lector o lectora. Maricao es un pueblo chiquitito, cuyas calles se transitan en un instante; pero, conocer, lo que se dice conocer a Maricao, no se puede hacer a la carrera. Por lo que yo vi, en las tiendas y restaurantes, los habitantes de las «indieras altas y bajas» cultivan el arte de conversar. Ningún intercambio es un mero sí o no. El tiempo se mueve aquí como la neblina en el Monte del Estado, sin prisa.

No voy a caer en la mezquindad de describir abstractamente las condiciones sociales y económicas de los habitantes del pueblo. La gente que vi, con la que hablé y compartí, me deleitó por su amor por Maricao. Es más, hay una cierta conformidad y gusto, en eso de estar un poco aislados del resto de Puerto Rico. Cierto es que la conexión con el internet es casi inexistente, que no hay supermercados ni tiendas grandes y que llueve cinco o seis veces al día. Pero a la gente de Maricao le gusta Maricao. ¿Qué derecho tengo yo de intelectualizar la vida de un pueblo entero, con generalizaciones abstractas? ¿Qué derecho tengo yo de decirles lo que tienen o no que hacer?

En algunos detalles sí, los maricaeños y maricaeñas se parecen al resto de la isla: les disgusta el estado actual de la política. Mas, con un civismo que quizás ya no hay en otras partes, escuché que el problema en el pueblo no es tanto la lucha entre populares y estadistas; sino que el hecho de que ya es hora de cambiar de alcalde, venga del partido que venga. Alguna gente, particularmente la de mayor juventud, describe las elecciones de la comarca como una especie de contienda entre bandos de terratenientes y familias locales. Más que de un sistema político moderno, parecen estar hablando de un feudo de la Edad Media. Eso sí, me aclaran, el candidato independentista es un tremendo maestro de inglés. ¡Figúrese usted!

No sé si es el aire de la indieras o la lluvia perenne o la inmensidad de los paisajes, pero encontré entre la gente de Maricao una habilidad natural para lidiar con las contradicciones más extremas. Pueblo pequeño, pensamiento grande. En uno de los pocos restaurantes, mientras desayunaba harina de maíz con bacalao, pude notar un grupo de estudiantes de escuela intermedia, que habían transformado una de las mesas en lugar de estudio. Al dueño no le importó que no consumieran nada. Una señora me observa mientras miro hacia afuera del restaurant. Se da cuenta de mi tristeza. Al cruzar la calle está la Escuela Elemental Mariana Bracetti. Alguien menciona que la cerraron o que la van a cerrar. No pude contener mis palabras, y, en voz alta, expresé mi convicción de que quién cierra una escuela elemental es capaz de matar a un ser humano. «Eso es así», me dijo, compungida también por la barbaridad.

De Maricao me llevo recuerdos gratos: la musicalidad de su lluvia, la dulzura de su gente, el poco acceso al internet, la zambullida en el Salto Curet, los desayunos de maíz cocido con bacalao, las conversaciones y miradas detenidas, la imagen de la tienda general del pueblo, la menudencia urbana en medio de un naturaleza amplia y majestuosa, las mañana frías y el amor que esa gente, noble y sencilla, tiene por la tierra en que les tocó nacer.

Rafael Rodríguez Cruz

Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015

Los viejos tambien mueren de soledad / Lucia Cruz

Mientras esperaba en una oficina de gobierno, vi llegar a una señora, bastante mayor, con su hija. Al parecer vivían juntas. La hija sentó a su mamá a mi lado y se fue a hacer gestiones. Comenzamos a conversar. Tenía 91 años, era extremadamente linda y educada. Hablamos de historia y le enseñé una foto de Mamá Merín. La ancianita parecía estar muy a gusto con la conversación, hasta que su hija abnegada nos interrumpió:
-Mami, nos vamos.
—Pero… ¿para dónde?
– Mami, que nos vamos.
—Pero… ¿para casa?
-¡Ay, ya deja la preguntadera! Vente, mami.

La viejita no podía levantarse sola.

— Ah, ¿ya me voy? Es que ella y yo estábamos conversando mucho (sus ojos me miraron con agradecimiento).
–Ah, pues ¿qué quieres? ¿te dejo con ella?

La hija le hizo la pregunta con un tono grotesco.

La señora, sin poder y con mi ayuda, se levantó, me dijo: “encantada”, con ojos brillantes y una sonrisa inocente permanente; pero fugaz, porque su sangre la agarró y de un tirón la alejó de mí.
No pude contener unas lágrimas pasajeras, pues en aquellos minutos, también fui sometida a la soledad de la vejez.

©Lucia Cruz