Temores / Josué Santiago de la Cruz

a mi abuela Bienvenida “Venida” Rivera

A retozar yo me fui

Tempranito en la mañana,

Al sonido de la diana,

El callejón emprendí.

Recuerdo que, por allí,

A veces, me sorprendía

La garata que nacía

En mi cerebro infantil

Y era, entonces, un sufrir

El miedo que me invadía.

 

La guajana se movía

Cual anguilas en estanque

Y en mi interior, como un tanque

De guerra, sonido hacía.

La sombra me perseguía

Con ganas de rebasarme

Y empezaba el miedo a darme

Tantas ganas de gritar

Que me puse a tatarear

Un tonito, pa animarme.

 

Cantando me acompañaba

El viento con su canción,

Cambiando la entonación

A lo que yo tarareaba.

Un guaraguao que miraba

Desde el árbol de bellotas

Empezó a entonar sus notas

Y yo me puse a pensar:

¿Será que aquel animal

también el miedo alborota?

 

Busqué, pero no encontré

En el camino un peñón.

Que cosa, en el callejón

Ni una lajita se ve.

Pero bien que lo espanté

Con el grito aquel que di

Y recuerdo que lo vi,

Asustao coger el monte,

Y en el lejano horizonte

Poco a poco lo perdí.

 

La luna estaba apagada,

Todo, de pronto, clareó,

Y el miedo se disipó

Cambiándome la mirada.

Atrás dejé la cañada

Y el misterio en el camino

También dejé el matutino

Sereno perseguidor

Que me causaba terror

Cuando era niño anodino.

 

© Josué Santiago de la Cruz

Emigrar / por Gloria Gayoso

Una tarde cualquiera abandonar la casa,
llevar en la maleta un sueño no cumplido.
Amarrar a otro puerto esta vida que pasa;
navegar tristemente la nave del olvido.

En otro suelo fértil hundir duras raíces
y con voces ajenas mezclar la propia voz:
poner bálsamo al pecho lleno de cicatrices
y luchar con la pena cruel combate feroz.

Cantar con dulce acento ignotas melodías,
de nostalgia presente, de recuerdos, de amor…
mientras veloces pasan los laboriosos días.

Y el trabajo les nubla de canas la emoción.
Galicia vive lejos…¡Qué infinito temor!!
En la tierra de origen se quedó el corazón.

Gloria Gayoso Rodríguez
(c) Derechos reservados

Suave negra, suave… / por Marinín Torregrosa Sánchez

Kurumkuntá es el ritmo

del tumbao de Soledá,

esa negra que a todos provoca

con su Kumba kumba kurumkuntá…

-Suave negra, suave…-

le dice Sojo a Soledá

-Mira que a coco me sabe

el beso que tu me va a da’l.-

¡Kurumkuntá, kurumkuntá!

Se enredan Sojo y Soledá.

Kumba, kumba, kurumkuntá,

adentro del cañaveral.

Al rato salen

como pájaros asora’os

por la zanja y el lodazal

y se asustaron mucho más

cuando de frente encontraron

al temible capataz.

-Soledá, negra maldita,

¿a dónde está mi fiambrera,

el pan y mi agua bendita?

Hace rato mi panza hambrienta

espera como veleta.-

-Ay Don Gero, usté perdone.

Es que Sojo me entretuvo

y yo tan majadera

me antoje de bailar en el tubo.-

-Mira Soledá…

que aquí yo soy el patrón

¡ y nadie más mete

las manos en ese cubo!

¡Se me hierve el corazón

si me coges de mandrugo!-

-Patroncito lindo, mi dulce capataz,

no se enoje conmigo, que aquí le traigo

el kumba, kumba, kurumkuntá-

Y se fueron los dos juntitos

con el kumba kumba kurumkuntá,

atrás quedo Sojo el picador

con el machete amola’o y sin Soledá.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 31 de mayo de 2014.

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Yo acá / Eneida Rodríguez Delgado

…yo acá;

pienso que no soy tan fuerte
como me creía,
y que no me importa
…pues sigo viva y de largo;

que cada día llega
con una arruga más,
aunque no se vea,
aunque no se quiera;

que ahora en cada despertar
nos llega a la memoria
que seguimos vivos y viviendo
con gotitas de coronavirus;

que al salir de la casa,
¡si es que salgo!,
me esperan las calles
medio vacías,
las colas de gente,
de autos, el silencio,
la prisa y en la pandemia  ….el rechazo;

que nada es posible si no hay esperas,
filas, rostros inciertos,
despedidas sin miradas,
sin besos, sin abrazos,
sin calor humano;

que hay que preguntarse
…cuánto tiempo estaremos ocultando
alargar nuestros brazos
y mostrar nuestra sonrisa?;

y termino pensando …en este único día,
en que, a eso de las seis y media de la tarde,
no se escuche el chillido de la alarma
de VÁYASE a DORMIR;

sola pensando …yo acá.

ERD. abril 2020.  La autora es profesora jubilada del Departamento de Comunicaciones de la UPR-Humacao.

Huerfana en tiempos de pandemia / por Virgenmina Sosa, Tilita

Dicen que con lágrimas se pasa la vida. 

Surgen cuando sufres,

surgen cuando ríes.

Cuantas veces se conmueve

tu fibra espiritual. 

Dicen que las manitas de los huérfanos

irradian el frío de la muerte

la sombra misteriosa

que reparte soledad

cuando levanta vuelo

el amor maternal.

Dejando tras de sí

llantos de orfandad.

SRS

Comparto con ustedes el relato que hace mi madre, Tilita Sosa, de su recuerdo cuando la pandemia de influenza de 1918 la separó de su madre para siempre.  Homenaje a mi madre en la eternidad de la existencia.

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A mi bisabuela María de la Paz Santiago, que veló por mi niñez

(Mi primer poema, escrito en mayo 20 de 1922, el día de su muerte)

por Panchito Meléndez

 

 

 

 

 

 

Tristes evocaciones, amargos recuerdos

Que hacen presa a mi pobre corazón…

¿Por qué me asedian? ¿Por qué me hacen llorar?

Triste empeño, tendré que recordar el pasado

y el alma se marchita.

Mi pobre, mi adorada madrecita

se quejaba y en dolor se retorcía;

la fiebre maldita, su cuerpo consumía;

la fatiga y el delirio la apresaban.

“Acércate” …, me dijo con voz entrecortada,

“se que muero, mi vida es ya acechada

por la parca y el dolor…

Y siento morir, con el ansia de recibir

un beso de tus labios, que me aliénate”.

Me acerqué, sin vacilar, besé su frente

y al contemplar su figura maternal

vi llegado el momento fatal…

Ya era presa de la traidora muerte.

Sepulturero, aquí en un rincón del cementerio

yacerá en su tumba,

te suplico que la cubras de flores cada día

para yo regarlas con mi llanto.

No oses jamás, con tu duro pico

perturbar su sueño maternal.

Sepulturero, escuchad mi súplica…

No molestes a mi pobre madrecita,

aprende a amarla, como yo la quiero:

Sin amor fugaz,

ara yo alejarme

cubierto de hastío,

Adiós madrecita,

Adiós corazón mío,

ya que no despiertas

descansa en tu PAZ.

 

 

© 1922 Francisco (Panchito) Meléndez

Del libro: Paréntesis (Poemas)

Impreso en Guayama

1969

ANTONIO FERRER ATILANO

por Josué Santiago de la Cruz

Miraba con fiereza la alcaldía,
Enhiesta la cerviz, augusto, claro,
Denuncia la injusticia del avaro
Político opresor y compañía.

Sembrado en sus verdades, aquel faro,
Profeta que mi pueblo no entendía,
En medio del dolor que lo afligía
Hablaba con la fuerza de un disparo.

El tiempo continuó su raudo vuelo
Y un día aquel profeta enmudeció,
Dejando en sus amigos el consuelo

De cultivar aquello que él sembró:
La fibra tan mordaz de su escalpelo
Del lado de este pueblo que adoró.

JSC

Homero: historias de adolescencia

por Virgenmina Sosa (Tilita)

Cuando estaba en octavo grado conocí a Homero Castellón. Homero era hermano de Luz Divina Castellón. Los Castellón eran de Vieques. Cuando Luz Divina llegó a Salinas contratada como maestra, estaba casada con uno de los miembros de la famosa familia Palés, de Guayama. Presumo que el trabajo de su hermana en Salinas fue el motivo por el cual Homero viniera a ser alumno de nuestra escuela.

Nuestros corazones estudiantiles dieron un vuelco e inesperadamente vivimos un idilio mutuamente deseado. Para todos nuestros compañeros, éramos novios y así nos sentíamos. Nuestro noviazgo estudiantil fue bruscamente interrumpido por la partida de Homero hacia Caguas, lugar donde se había establecido su familia. La correspondencia fue entonces nuestro enlace, pero la distancia nuestro rival. Entonces, vino el anuncio de la tragedia en voz cargada de impiedad: Homero había muerto como consecuencia de un accidente de tránsito. En ese momento… se marchitaron todas las flores.

Curiosamente, años después conocí a una enfermera de Caguas y en la conversación mencioné la familia Castellón. Ella me relató lo sucedido: Homero perdió un brazo en el accidente y murió víctima de una infección en la herida.

Tomado de las memorias de Virgenmina Sosa tituladas Tejido solariego, 1999.  En 1977 fue escrito el texto siguiente relacionado con esta vivencia.

Homero

Tilita