¿Qué es ser poeta? / José Manuel Solá

Yo no estoy seguro de lo que es un poeta. Sólo se me ocurre pensar que poeta debe ser aquel que anda procurando un encuentro con la belleza de las cosas, las trascendentales o las cotidianas. Y en las cosas cotidianas, en las sencillas, suele haber más belleza aun cuando puede ser una belleza triste. Puede tratarse, pienso ahora, de la llovizna en las alas de un pájaro que observa el nido roto. Puede tratarse de los ojos de un perro abandonado que se acerca a tu mano. ¡Qué sé yo! Es posible que la poesía (la belleza) se encuentre en el dulzor de una pomarrosa que te ofrece -y sólo porque sí- una niña descalza, algún niño. Poeta es el hombre que se indigna y canta los motivos, creo. El que denuncia, pienso. Y puede ser el varón incandescente que va a la marcha, como mi amigo Nicolás, del brazo de los pobres, de los desposeídos, de los que tienen por cobijo las estrellas del campo.

Puedo estar equivocado, ¡claro que sí! Poeta, me parece, puede ser aquel que encuentra una canción en la tibieza de una frazada, de los senos suaves de la mujer que se deja amar y también ama hasta la locura. A veces pienso que los ricos no pueden ser poetas o aquellos que una vez fueron pobres y lo olvidaron.

Poeta, quien con un par de tablas rústicas, un martillo, unos clavos, puede hacer una mesa y es su obra de arte, la viste con su mejor mantel e invita a todos a la hora de partir el pan recién horneado con el calor de sus manos y de su corazón. Digo, así es que yo lo pienso.  Poeta es el que piensa cuando a nadie le importa; el que abre la puerta de su casa de madrugada sólo por contemplar el milagro de la aurora por sobre las montañas. Y el que guarda la luna en el bolsillo roto.

¿Qué es un poeta? Bueno, yo no lo soy pero he conocido muchos en el camino de la vida. Eso le da esperanza a nuestro mundo.

(c) Josémanuel Solá  /  17 de octubre de 2016

🙏 Namaste.

De aqui vengo yo, hermano / José Manuel Solá

Ahora comprendo. O eso creo.

Aquí, en la isla, hace sol y por todos lados se esparce una suave brisa, un leve aroma a comienzos de otoño. Pero en otros lugares seguramente llueve serena o intensamente.

Aquí es mediodía y en el otro hemisferio alguien se asoma a la ventana a contemplar la luna y las estrellas que con la vista alcanza. Desde este pequeño rincón del universo contemplamos el océano cósmico -como dije- hasta donde nuestra visión alcanza. O hasta donde nuestra imaginación (o memoria astral) pueda transportarnos.

De ahí vengo yo, de todo eso, de ese polen astral, de esa sinfonía sideral. De todo eso soy parte, igual que tú, que aquél, que el otro. Es que todos venimos del origen infinito de las cosas. Peregrinos del tiempo, de todas las auroras o de una misma aurora. O es que tal vez la aurora primigenia nos habita, nos hace portadores de todos los albores, de todo ángel y de todas las células de árboles y pájaros y lluvias.

Ahora comprendo que nacimos para cantar y hacer acopio -en los brazos, en el espíritu- de la música inmortal del tiempo en este y en otros posibles universos.

Ahora creo comprender.

(c) José Manuel Solá  /  (Caguas, PR, 3 de septiembre de 2014)

La vida continúa

por José Manuel Solá

Puede el hombre fabricar las armas de destrucción, los aviones, los tanques de guerra, más terribles que pueda imaginar, disgregar el átomo, exterminar hasta la última mariposa, mutilar los árboles, contaminar la aurora, secar todos los ríos, aún pisar la canción en las gargantas, masacrar aldeas y naciones enteras, prohibir las miradas de amor, envenenar el trigo y el maíz, encadenar al hombre que tenga la osadía de pronunciar una oración y sin embargo… la vida continúa.

Nacerá el sol de un día nuevo y la naturaleza vencerá finalmente, florecerá triunfal entre los escombros. Porque la naturaleza, al igual que la oración, es más poderosa que quienes la destruyen.

Habrá niños nuevos que inventarán nuevas canciones y que descubrirán por si mismos, en libertad, al Dios de la creación, el Dios que sus antepasados desterraron de sus vidas. Y donde quedaron las cenizas y los desiertos áridos del hombre, la vida y las flores y los ríos, inevitablemente, renacerán cantando para esos niños y niñas que tal vez desconocerán el pasado de horrores que provocó la devastación, porque para ellos será un mundo nuevo. Y las miradas se llenarán de luz y las manos se llenarán de pájaros.

La vida no termina, no puede terminar; el hombre de estos tiempos probablemente sí. Pero la vida continúa y aunque nosotros no alcancemos a verlo, los montes se cubrirán con la gloria de Dios: un nuevo amanecer para una nueva historia. Para el amor.

(José Manuel Solá / 25 de junio de 2014)

 

Para José Manuel

De José Manuel

 José Manuel, hijo mío, padre mío, hermano mío, expresión mía, hoy quiero hablarte y lo que quiero decirte no es poesía aunque bien sabes que en todo lo que se mueve en torno a nosotros y a través de nuestras palabras, inevitablemente, naturalmente, hay, siempre habrá poesía, pues la vida, la vida toda, es poesía. Pero quiero hablarte con los pies muy firmemente puestos sobre la tierra.  

Al levantarme esta mañana escuché el ladrido lejano de un perro; abrí la ventana y no vi al perro, pero ví el naranjo del patio posterior agitándose cadenciosamente con el viento. Estiré los brazos, aspiré el aroma a naranjas maduras y pensé: “es la vida que pasa”.  

Luego vine a desayunar. Reflexioné en las manos desconocidas y distantes que sembraron y cosecharon los granos para que yo pudiese tener café en las mañanas. Manos distantes y desconocidas de alguien que probablemente nunca llegue a conocer pero que tal vez un día, sin que ninguno de los dos lo sepamos, crucemos nuestro andar en la acera de cualquier ciudad o en la vereda de alguna montaña, sabrá Dios en qué país del mundo. Pero sé que alguien –o muchas personas- sudan y trabajan anónimamente para hacer llegar el café y el pan hasta mi mesa. ¿En qué estará pensando? ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Cómo será el color de sus manos? ¿Hacia dónde dirige la mirada cuando se pone el sol? ¿Quién lo estará esperando -y con qué ilusiones- en su hogar? ¿O quién lo estará esperando para compartir qué tristeza que aquí yo desconozco? Bueno, José Manuel, ese hombre cansado que abonó la tierra con su sudor es una expresión de la vida, una expresión de Dios. 

Pasaron dos niñas con quien presumo que es su padre, camino de la escuela. Pasaron por la acera de frente a mi casa, bañaditas, con los uniformes planchaditos y las mochilas con los útiles escolares sobre sus espaldas frágiles. Caminaban alegres y su conversación me parecía una algarabía de pajaritos de la mañana. Aquella alegría casi me rompe el corazón. Y pensé que esa era otra expresión de la vida. O era, tal vez, que Dios estaba tocando, por medio de esas voces, el cristal de mi ventana y diciéndome: “Mira, hijo mío, mira bien…!” Lo sé porque en ese momento sentí deseos de abrazar a aquellas niñas y a su padre que las escuchaba y cuidaba sus pasos. Sí, es la vida que pasa. 

Pienso en el ronroneo de los autos que pasan por mi calle, en la carga de humanos cansancios y esperanzas que van a no sé dónde. Que van a trabajar, creo. Humanos que viven día a día descartando los rumores de guerra – o tal vez no, acaso con el miedo de las guerras. Y sé que eso es así en todas partes, en cualquier lugar del planeta. Pero hablan, dejan sus palabras en el viento, dejan que sus corazones canten la alegría de estar vivos y la esperanza de un mañana mejor. Y me pregunto: los poderosos, los dueños del planeta, ¿acaso piensan en éstos? ¿Les preocupan? ¿Les importan? ¿Comprenderán acaso que éstos, los pequeños, son una expresión de la vida, que son la vida misma, que son la más dulce expresión del Dios que proclamamos como el creador de todo? 

Hoy no he querido leer el periódico. Ningún periódico habla de la esperanza. Ninguno habla de la primavera ni de la dulce anciana que al pasar con su sombrilla por mi acera y que al verme en la ventana me sonríe y saluda con la mano como si nos hubiésemos conocido de toda la vida. Las portadas de los periódicos no hablan de los pintores ni de los poetas ni de los jornaleros que recogen los granos del café que mañana yo me estaré tomando… 

José Manuel… escucha, a partir de hoy tienes que ser una expresión, una celebración, de la vida y sus promesas. Hay que ser una expresión de la no-violencia, de la libertad, de la justicia. Una expresión del amor que pasa, también, como el viento que agita el naranjo. 

La vida ha danzado hoy en tu corazón.

escritor

  

josé manuel solá / miércoles 18 de septiembre de 2013 / Caguas, Puerto Rico.

La partícula de Dios / Gloria Gayoso

Lo leyó en el periódico, supo que el universo poco a poco iba desentrañando su enigma. De tanto revolver en el caldero, los demonios científicos habían descubierto el por qué de la existencia, la confluencia energética, la aceleración del tiempo, la lluvia de protones, el bosón de Higgs y unas cuantas ecuaciones inteligibles para su cerebro de simio apenas promovido a sapiens-sapiens.

Lo leyó… despojado, paupérrimo de luces, deshonrado de salmos, ignorante del lenguaje matemático y cuántico. Se sacó las gafas gruesas, como para no leer más y se acercó a la ventana umbría, por donde se colaba inquieta la luz lunar de una noche equinoccial. Allí lanzó un grito de trueno, exhalando así los añejos vacíos de certeza; no obstante se rindió de bruces… para invocar un Padrenuestro.

©Gloria Gayoso

Cuando caiga el telón / José Manuel Solá

Por supuesto, un día nos iremos. Es lo natural. En cuanto a mi respecta, payaso en el circo de tres pistas de esta vida, no me iré del todo pues los payasos, cuando son auténticos, no mueren, no se retiran permanentemente. Sencillamente, al caer el telón, hacen mutis. Es lo que haré. Recogeré mis zapatones, mi peluca, mi nariz de goma roja, los pondré en el morral y saludando con la mano daré la espalda y echaré a caminar.

Ese día está dispuesto por Dios. No sé cuándo será, que, en fin, ni lo busco ni lo rechazo. Tampoco lo temo. Sé que tras bambalinas está el escenario mayor. En éste, en el que ahora habito, he cumplido con la función de buen payaso; ya caminé sobre la cuerda floja, ya fui malabarista, ya tropecé y caí no sé cuántas veces, ya recibí manotazos en la cara… en fin, ya hice reír a todos. Escuché los aplausos pero también la burla. Y todo esto duró hasta que la carpa quedaba vacía, hasta que se alejaba el último espectador. O hasta limpiar el maquillaje y la soledad me abrazaba sin decir cosa alguna: sin elogios y sin censuras. Por eso siempre amé mi soledad. Aunque a veces, antes de despojarme de mis máscaras, me miraba al espejo y me preguntaba: ¿quién soy?

Yo no lo sabía. Pero Dios lo sabía.

Cuando caía en la pista, yo no sabía si tendría la fuerza para ponerme de pie. Pero Dios me tomaba de la mano y me levantaba. Y aquellas lágrimas eran lágrimas de amor a mi Señor. Pero el público aplaudía  y reía hasta el delirio, porque no lo sabían. En fin… ese era mi trabajo, esa era mi función y –gracias, Dios mío- creo haber cumplido con la tarea asignada.

Del otro lado de la cortina me esperas Tú. El escenario es más grande y está lleno de luz. Ahora solamente estoy listo para cuando sea tu voluntad llamarme.

Sólo entonces haré mutis.

José Manuel Solá

Sábado 11 de agosto de 2012

11:00 a. m.

Déjame seguirte en esa luz eterna

Por Maileen Torres Rodríguez

En la oscuridad de mis sueños, no existe luz…es intrascendente si tu no habitas entre dispersor lugares destilado de su esencia. En los solitarios caminos alimentare el fuego hasta que mi alma respire la liberta de sujetar tus brazos, de apaciguar la angustia de los ojos marrones que no te ven en el presente, tan solo perciben el destello de su enigma sombra. 

Mi corazón se eleva, como esas olas que moran por encima de mí. No es necesario entender… estamos mas perdido para perder. No consueles mis lágrimas, porque ellas producen un sentimiento donde la felicidad y la agonía se apabullen en su misterio. Y es en ese instante; donde aprenderé a volar hacia ti, por los vastos declives de las tinieblas y sus dulces auroras infinitas. 

Desbloqueare los inconmensurables edenes en mi mente, para que mi amor siga detrás de tu misma puerta secreta; la muerte no detendrá las palabras, la búsqueda de los recuerdos y esa luna que da luz en la eternidad. Mirare más allá del infinito final, sin importar la cobardía de un hombre o una mujer, cuando en la tierra puede habitar mucho más valiente; para luchar en el tiempo que se pierde cada segundo. Que importa si hay tristeza cuando hubo un tiempo algunas alegrías pasajeras, que importa mi perdida, cuando supe apreciar tu existencia en mi vasta vida y en el vago espejo que iluminaba tu amor… En la oscuridad de mis sueños, no existe luz…es fúnebre, vacío, inexistente y nebuloso desde que mi corazón te dejó de sentir.

© MTR, 26 de diciembre de 2011

Fragmentos de ti y de mí… / Maileen Torres Rodríguez

Comienzo a amarte…

La sangre fluye en las venas, inundando y rompiendo las partículas de los sueños para inaugurar cada parte de tu cuerpo. La sangre avanza por cada poro de la piel. Sí, soy un ser animal donde el puñal penetra por la piedra, destruye la esperanza de sentir tus células, triple acto de empañamiento, infiltra la sangre por la hierba y las manchas quedan, ascendió por la garganta que se queda muda y sin voz. En los pensamientos donde habitas tú, hervía la sangre de mi cabeza moderando el sonido de tus huesos y el torso del primer movimiento de ese amor. La sangre inundó la mirada y abrió un destello trasparente donde se apagaron los huecos ocultos con una pesadilla, y se traficaba el sentimiento y la velocidad de aquel viento, derramando tu esperma en mi rostro donde se aglutinó el incienso de tu amor. Pero la sangre se detuvo por un momento, por un segundo mis quejidos, y el pensamiento fue sólo eso: un suspiro declarando ese amor. Una alberca de sudores ensimismados, y en silencio acorraló la habitación, pero una ausencia fluyó en mis venas que se juntaba desde las puntas de mi cabello, una carencia en los labios que no podía detenerse de su propia sed de amarte y comenzó de nuevo a fluir la sangre de mi corazón…

Tratando de acercarme…

El río, cuando recuerdo, lo veo gravitar en las pupilas de los ojos: marrones claros, color de miel, pausada como un regalo de la selva del ofidio, resbalando por mi cuerpo y la esperanza de comer de esos labios esféricos y frágiles que dan gusto a la sangre, cuando inunda todo en mi interior.

Cuando la tranquilidad de las cosas simples, la que está sólo en su pasado, en ese acto sola: vuelo en el recuerdo y el fruto despejado de sus razones, acompañándome están tus manos.

La velocidad del tiempo se retiene, porque sólo eso es lo que quiero, amarte tan cerca, tratando de acercarme a tu corazón. Los números ya no sacuden, no tienen la cantidad infinita ¿Es que está gravedad única de este verbo conjurando amores que no se ven? Que sólo sienten en el pasado, no hay futuro si tú no estás. Llamar las cosas en su presente, es la realidad que quiero estar a tu lado, será un espejo o el reflejo, de la pobreza yo no le temo, si es con tu amor yo me rebelo, a la certeza de que sea yo, la que habita en tu cabeza y no una ilusión de otro amor…

Acercando el cuerpo…

Noción No. 1:

Si el objeto perfecto fuese una opción:

La imperfección fuese una gloria de los días lluviosos,

Porque dan comida a esa flor.

Emanando fruto desde su interior.

¡Ahí! Señor de mi coral desierto

Yo sólo desarmaría sus pesadillas

Por el placer de verte en los sueños y en el presente junto a mi cuerpo.

Noción No. 2:

¿Podríamos entender el ciclo del universo, si es que me hablas?

¿Por qué el silencio es la muerte, cuando ya somos y vivimos juntos?

¿Y cómo hablamos de amores, cuando la ignorancia cegó tus ojos, sin haber compartido miles de cosas?

Noción No 3:

¿Para qué creaste poemas, y las escondes del sentimiento?

Las palabras son creadas para expresar lo que se piensa,

Alguna son complicada en los versos que sólo lloran.

Suscitemos este amor que nos mata entre los ciegos: La posibilidad de acumular sentido, llenas de besos tibios que emanan de nuestro cuerpo.

Aquí esta lo que no puedo disipar.

El tiempo, la salud, violencia, desacatos, infidelidad, traición y cobardía: el uso de cada significado de la palabra, la obstinación de ir persiguiendo los desgastes de la paciencia, de retener la resistencia aun en el musgo de la conciencia. Mas sin embargo, puedo amarte, cuidar, apoyar y mimar tus ansias, cuando soy tuya y nada te aparta…

©Por Maileen Torres Rodríguez, 10 de mayo del 2011.

¡Adentro! / Miguel de Unamuno

In interiore hominis habitat veritas.

La verdad, habríame descorazonado tu carta, haciéndome temer por tu porvenir, que es todo tu tesoro, si no creyese firmemente que esos arrechuchos de desaliento suelen ser pasajeros, y no más que síntomas de la conciencia que de la propia nada radical se tiene, conciencia de que se cobra nuevas fuerzas para aspirar a serlo todo. No llegará muy lejos, de seguro, quien nunca sienta cansancio.

De esa conciencia de tu poquedad recogerás arrestos para tender a serlo todo. Arranca como de principio de tu vida interior del reconocimiento, con pureza de intención, de tu pobreza cardinal de espíritu, de tu miseria, y aspira a lo absoluto si en lo relativo quieres progresar.

No temo por ti. Sé que te volverán los generosos arranques y las altas ambiciones y de ello me felicito y te felicito.

Me felicito y te felicito por ello, sí, porque una de las cosas que peor traer nos traen – en España sobre todo – es la sobra de codicia unida a la falta de ambición. ¡Si pusiéramos en subir más alto el ahínco que en no caer ponemos, y en adquirir más tanto mayor cuidado que en conservar el peculio que heramos! Por cavar en tierra y esconder en ella el solo talento que se nos dio, temerosos del Señor que donde no sembró siega y donde no esparció recoge, se nos quitará ese único nuestro talento, para dárselo al que recibió más y supo acrecentarlo, porque “al que tuviere le será dado y tendrá aún más, y al que no tuviere, hasta lo que tiene le será quitado” (Mat. XXV). No seas avaro, no dejes que la codicia ahogue a la ambición en ti; vale más que en tu ansia por perseguir a cien pájaros que vuelan te broten alas, que no el que estés en tierra con tu único pájaro en mano.

Pon en tu orden, muy alta tu mira, lo más alta que puedas, más alta aún donde tu vista no alcance, donde nuestras vidas paralelas van a encontrarse: apunta a lo inasequible. Piensa cuando escribas, ya que escribir es tu acción, en el público universal, no en el español tan sólo, y menos en el español de hoy. Si en aquél pensasen nuestros escritores, otros serían sus ímpetus, y por lo menos habrían de poner, hasta en cuanto al estilo, en lo íntimo de éste, en sus entrañas y redaños, en el ritmo del pensar, en lo traductible a cualquier humano lenguaje, el trabajo que hoy los más ponen en su cáscara y vestimenta, en lo que sólo al oído español halaga. Son escritores de cotarro, de los que aspiran a cabezas de ratón; la codicia de gloria ahoga en ellos a la ambición de ella; cavan en la tierra patria y en ella esconden su único talento. Pon tu mira muy alta, más alta aún, y sal de ahí, de esa Corte, cuanto antes. Si te dijesen que ese es tu centro, contéstales: ¡mi centro está en mí!

Ahí te consumes y disipas sin el debido provecho, ni para ti ni para los otros, aguantando alfilerazos que enervan a la larga. Tienes ahí que indignarte cada día por cosas que no lo merecen. ¿Crees que puede un león defenderse de una invasión de hormigas leones? ¿Vas a matar a zarpazos pulgas?

Sal pronto de ahí y aíslate por primera providencia; vete al campo, y en la soledad conversa con el universo si quieres, habla a la congregación de las cosas todas. ¿Qué se pierde tu voz? Más vale que se pierdan tus palabras en el cielo inmenso a no que resuenen entre las cuatro paredes de un corral de vecindad, sobre la cháchara de las comadres. Vale más ser ola pasajera en el océano, que charco muerto en la hondonada.

Hay en tu carta una cosa que no me gusta, y es ese empeño que muestras ahora por fijarte un camino y trazarte un plan de vida. ¡Nada de plan previo, que no eres edificio! No hace el plan a la vida, sino que ésta lo traza viviendo. No te empeñes en regular tu acción por tu pensamiento; deja más bien que aquélla te forme, informe, deforme y transforme éste. Vas saliendo de ti mismo, revelándote a ti propio; tu acabada personalidad está al fin y no al principio de tu vida; sólo con la muerte se te completa y corona. El hombre de hoy no es el de ayer ni el de mañana, y así como cambias, deja que cambie el ideal que de ti propio te forjas. Tu vida es ante tu propia conciencia la revelación continua, en el tiempo, de tu eternidad, el desarrollo de tu símbolo; vas descubriéndote conforme obras. Avanza, pues, en las honduras de tu espíritu, y descubrirás cada día nuevos horizontes, tierras vírgenes, ríos de inmaculada pureza, cielos antes no vistos, estrellas nuevas y nuevas constelaciones. Cuando la vida es honda, es poema de ritmo continuo y ondulante. No encadenes tu fondo eterno, que en el tiempo se desenvuelve, a fugitivos reflejos de él. Vive al día, en las olas del tiempo, pero asentado sobre tu roca viva, dentro del mar de la eternidad; al día en la eternidad, es como debes vivir.

Te repito, que no hace el plan a la vida, sino que ésta se lo traza a sí misma, viviendo. ¿Fijarte un camino? El espacio que recorras será tu camino; no te hagas, como planeta en su órbita, siervo de una trayectoria. Querer fijarse de antemano la vía redúcese en rigor a hacerse esclavo de la que nos señalen los demás, porque eso de ser hombre de meta y propósitos fijos no es más que ser como los demás nos imaginan, sujetar nuestra realidad a su apariencia en las ajenas mentes. No sigas, pues, los senderos que a cordel trazaron ellos; ve haciéndote el tuyo a campo traviesa, con tus propios pies, pisando sus sementeras si es preciso. Así es como mejor les sirves, aunque otra cosa crean ellos. Tales caminos, hechos así a la ventura, son los hilos cuya trama forma la vida social; si cada cual se hace el suyo, formarán con sus cruces y trenzados rica tela, y no calabrote.

¿Orientación segura te exigen? Cualquier punto de la rosa de los vientos que de meta te sirva te excluye a los demás. Y ¿sabes acaso lo que hay más allá del horizonte? Explóralo todo, en todos sentidos, sin orientación fija, que si llegas a conocer tu horizonte todo, puedes recogerte bien seguro en tu nido.

Que nunca tu pasado sea tirano de tu porvenir; no son esperanzas ajenas las que tienes que colmar. ¿Contaban contigo? ¡Que aprendan a no contar sino consigo mismos! ¿Qué así no vas a ninguna parte, te dicen? Adonde quiera que vallas a dar será tu todo, y no la parte que ellos te señalen. ¿Qué no te entienden? Pues que te estudien o que te dejen; no has de rebajar tu alma a sus entendederas. Y, sobre todo en amarnos, entendámonos o no, y no en entendernos sin amarnos, estriba la verdadera vida. Si alguna vez les apaga la sed el agua que de tu espíritu mana, ¿a qué ese empeño de tragarse el manantial? Si la fórmula de tu individualidad es complicada, no vallas a simplificarla para que entre en su álgebra; más te vale ser cantidad irracional que guarismo de su cuenta.

Tendrás que soportar mucho porque nada irrita al jacobino tanto como el que alguien se le escape de sus casillas; acaba por cobrar odio al que no se pliega a sus clasificaciones, disputándole de loco o de hipócrita. ¿Qué te dicen que te contradices? Sé sincero siempre, ten en paz tu corazón y no hagas caso, que si fueses sincero y de corazón apaciguado, es que la contradicción está en sus cabezas y no en ti.

¿Qué te hinchas? Pues que te hinches, que si nos hinchamos todos, crecerá el mundo. ¡Ambición, ambición, y no codicia!

Te repito que te prepares a soportar mucho, porque los cargos tácitos que con nuestra conducta hacemos al prójimo son los que más en lo vivo le duelen. Te atacan por lo que piensas; pero les hieres por lo que haces. Hiéreles por amor. Prepárate a todo, y para ello toma al tiempo de aliado. Morir como Icaro vale más que vivir sin haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera. Sube, pues, para que te broten alas, que deseando volar te brotarán. Sube; pero no quieras una vez arriba arrojarte desde lo más alto del templo para asombrar a los hombres, confiado en que los ángeles te lleven en sus manos, que no debe tentarse a Dios. Sube sin miedo y sin temeridad. ¡Ambición, y nada de codicia!

Y, entretanto, resignación, resignación activa, que no consiste en sufrir sin luchar, sino en no apesadumbrarse por lo pasado, ni acongojarse por lo irremediable; en mirar al porvenir siempre. Porque ten en cuenta que sólo el porvenir es reino de libertad; pues así que algo se vierte al tiempo, a su ceñidor queda sujeto. Ni lo pasado puede ser más que como fue, ni cabe que lo presente sea más que como es; el puede ser es siempre futuro. No sea tu pesar por lo que hiciste más que propósito de futuro mejoramiento; todo otro arrepentimiento es muerte, y nada más que muerte. Puede creerse en el pasado; fe sólo en el porvenir se tiene, sólo en la libertad. Y la libertad es ideal y nada más que ideal, y en serlo está precisamente su fuerza toda. Es ideal e interior, es la esencia misma de nuestro posesionamiento del mundo, al interiorizarlo. Deja a los que creen en Apocalipsis y milenarios que aguarden que el ideal les baje de las nubes y tome cuerpo a sus ojos y puedan palparlo. Tú, créelo verdadero ideal, siempre futuro y utópico siempre, utópico, esto es: de ningún lugar, y espera. Espera, que sólo el que espera vive; pero teme el día en que se te conviertan en recuerdos las esperanzas al dejar el futuro, y para evitarlo, haz de tus recuerdos esperanzas, pues porque has vivido vivirás.

No te metas entre los que en la arena del combate luchan disparándose a guisa de proyectiles afirmaciones redondas de lo parcial. Frente a su dogmatismo exclusivista, afírmalo todo, aunque te digan que es una manera de todo negarlo, porque aunque así fuera, sería la única negación fecunda, la que destruyendo crea y creando destruye. Déjales con lo que llaman sus ideas cuando en realidad son ellos de las ideas que llaman suyas. Tú mismo eres idea viva; no te sacrifiques a las muertas, a las que se aprenden en papeles. Y muertas son todas las enterradas en el sarcófago de las fórmulas. Las que tengas, tenlas como los huesos, dentro, y cubiertas y veladas con tu carne espiritual, sirviendo de palanca a los músculos de tu pensamiento, y no fuera y al descubierto y aprisionándote como las tienen las almas-cangrejos de los dogmáticos, abroqueladas contra la realidad que no cabe en dogmas. Tenlas dentro sin permitir que lleguen a ellas los jacobinos que, educados en la paleontología, nos toman de fósiles a todos, empeñándose en desarrollarnos y descuartizarnos para lograr sus clasificaciones conforme al esqueleto.

No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia, pon tu principal empeño.

Asoma en tu carta una queja que me parece mezquina. ¿Crees que no haces obra porque no la señalen tus cooperativos? Si das el oro de tu alma, correrá aunque se le borre el cuño. Mira bien si no es que llegas al alma e influyes en lo íntimo de aquellos ingenios que evitan más cuidadosamente tu nombre. El silencio que en son de queja me dices que te rodea, es un silencio solemne; sobre él resonarán más limpias tus palabras. Déjales que jueguen entre sí al eco y se devuelvan los saludos. Da, da, y nunca pidas, que en cuanto más des más rico serás en dádivas.

No te importe el número de los que te rodeen, que todo verdadero beneficio que hagas a un solo hombre, a todos se lo haces; se lo haces al Hombre. Ganará tu eficacia en intensidad lo que en extensión pierda. Las buenas obras jamás descansan; pasan de unos espíritus a otros, reposando un momento en cada uno de ellos para restaurarse y recobrar sus fuerzas. Haz cada día por merecer el sueño, y que sea el descanso de tu cerebro preparación para cuando tu corazón descanse; haz por merecer la muerte.

Busca sociedad; pero ten en cuenta que sólo lo que de la sociedad recibas será la sociedad en ti y para ti, así como sólo lo que a ella des será tu en la sociedad y para ella. Aspira a recibir de la sociedad todo, sin encadenarte a ella, y a darte a ella por entero. Pero ahora, por el pronto al menos, te lo repito, sal de ese cotarro y busca a la Naturaleza, que también es sociedad, tanto como es la sociedad Naturaleza. Tú mismo, en ti mismo, eres sociedad, como que, de serlo cada uno, brota la que así llamamos y que camina a personalizarse, porque nadie da lo que no tiene. Hasta carnalmente no provenimos de un solo ascendiente, sino de legión, y a legión vamos; somos un modo de la trama de las generaciones.

Todos tus amigos son a aconsejarte: “ve por aquí”, “ve por allí”, “no te desparrames”, “concentra tu acción”, “oriéntate”, “no te pierdas en la inconcreción”. No les hagas caso, y da de ti lo que más les moleste, que es lo más que les conviene. Ya te lo tengo dicho: no te aceptarán de grado lo tuyo; querrán tus ideas, que no son en realidad tuyas.

No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno es para vivir en la Historia; para vivir en la eternidad, lo otro. Busca antes las bendiciones silenciosas de pobres almas esparcidas acá y allá, que veinte líneas en las historias de los siglos. O más bien, busca aquello y se te dará esto de añadidura. No quieras influir sobre el ambiente ni en eso que llaman señalar rumbos a la sociedad. Las necesidades de cada uno son las más universales, porque son las de todos. Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camarín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud jamás conocerá el descanso. Sé un confesor más que un predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad.

¡Que alegría, que entrañable alegría te mecerá el espíritu cuando vallas solo, solo entre todos, solo en tu compañía, contra el consejo de tus amigos, que quieren que hagas economía política o psicología fisiológica o crítica literaria! La cosa es que no des tu espíritu, que lo ahogues, porque les molestas con él. Has de darles tu inteligencia tan sólo, lo que no es tuyo, has de darles el escarchado del ambiente social sobre ti, sin ir a hurgarles el rinconcito de la inquietud eterna; no has de comulgar con tres o cuatro de tus hermanos, sino traspasar ideas coherentes y lógicas a trescientos o cuatrocientos, o treinta mil o cuarenta mil que no pueden, o no quieren o no saben afrontar el único problema. Esos consejos te señalan tu camino. Apártate de ellos. ¡Nada de influir en la colectividad! Busca tu mayor grandeza, la más honda, la más duradera, la menos ligada a tu país y a tu tiempo, la más universal y secular, y será como mejor servirás a tus compatriotas coetáneos.

Busca sociedad, sí, pero ahora, por de pronto, chapúzate en Naturaleza, que hace serio al hombre. Sé serio. Lleva seriedad, solemne seriedad a tu vida, aunque te digan los paganos que eso es ensombrecerla, que la haces sombría y deprimente. En el seno de eso que como lúgubres depresiones se aparecen al pagano, es donde se encuentran las más regaladas dulzuras. Toma la vida en serio sin dejarte emborrachar por ella; sé su dueño y no su esclavo, porque tu vida pasa y tú te quedarás. Y no hagas caso a los paganos que te digan que tú pasas y la vida queda… ¿La vida? ¿Qué es la vida? ¿Qué es una vida que no es mía, ni tuya, ni de otro cualquiera? ¡La vida! ¡Un ídolo pagano, al que quieren que sacrifiquemos cada uno nuestra vida! Chapúzate en el dolor para curarte de su maleficio; sé serio. Alegre también; pero seriamente alegre. La seriedad es la dicha de vivir tu vida asentada sobre la pena de vivirla y con esta pena cansada. Ante la seriedad que las funde y al fundirlas las fecunda, pierden tristeza y alegría su sentido.

Otra vez más: ahora corre al campo, y vuelve luego a sociedad para vivir en ella; pero de ella despegado, desmundanizado. El que huye del mundo sigue del mundo esclavo, porque lo lleva en sí; sé dueño de él, único modo de comulgar con tus hermanos en humanidad. Vive con los demás, sin singularizarte, porque toda singularización exterior en vez de preservar, ahoga a la interna. Vive como todos, siente como tú mismo, y así comulgarás con todos y ellos contigo. Haz lo que todos hagan, poniendo, al hacerlo, todo tu espíritu en ello, y será cuanto hagas original por muy común que sea.

Sólo en la sociedad te encontrarás a ti mismo; si te aíslas de ella no darás más que con un fantasma de tu verdadero sujeto propio. Sólo en la sociedad adquieres tu sentido todo, pero despegado de ella.

Me dices en tu carta que, si hasta ahora ha sido tu divisa, ¡adelante!, de hoy en más será, ¡arriba! Deja eso de adelante y atrás, arriba y abajo, a progresistas y retrógrados, ascendentes y descendentes, que se mueven en el espacio exterior tan sólo, y busca el otro, tu ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero, que es la mejor manera de derramarte en él. Considera que no hay dentro de Dios más que tú y el mundo y que si formas parte de éste porque te mantiene, forma también él parte de ti, porque en ti lo conoces. En vez de decir, pues, ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que rebases luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso. –Doy cuanto tengo – dice el generoso; – doy cuanto valgo – dice el abnegado; – doy cuanto soy – dice el héroe; – me doy a mí mismo – dice el santo; y di tú con él, al darte: – Doy conmigo el universo entero -. Para ello tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!

El lienzo / Marinín Torregrosa Sánchez

No he nacido y ya me marcas con colores. Etiquetas mi existencia sin conocer de qué material me han fabricado, ni conoces mi procedencia. No tengo ideas, solo formas y un cuerpo que voy descubriendo sus reacciones de a poquito.

Soy como un lienzo en blanco donde tú pintaras el azul o rosa según mi sexo y condicionaras mi vida sin saber el color que llevo dentro. Vengo sin nombre y vacío, a llenarme del vino que hay en tu bodega de sueños añejos. Déjame ser quien dibuje mi vida, déjame seleccionar los accesorios de mi rutina. Me siento flor, me siento luz, me siento fuerza que mueve el eje de un mundo en cambio constante y a pasos gigantes. Me siento voz con eco en cuevas donde otros esconden sus miedos.

Enséñame  la honestidad, a elegir el compás de la música nunca en el destierro, sino luchar de frente y libre bajo tu cielo.  Ámame hasta en la decepción y recuerda al final de mi existencia que fui yo quien eligió ser pintura nudista en la iglesia del pueblo.

© Marinín Torregrosa Sánchez

24 Febrero 2010