Caminos inversos / Gloria Gayoso Rodríguez

Alonso Quijano dialogaba con Sancho, subidos ambos en sus toscos rucios nobles. El de la Triste Figura insistía neciamente en buscar a Doña Benemérita Justicia, apelando a sus últimas neuronas enjutas para hallar el escondite y ponerla al servicio del contaminado mundo. Sancho, el del abultado vientre, mecíase las muelas de obesa contextura, organizando la andanada de ilusorias concepciones que su amo desplegaba a los céfiros.

La Mancha era más Mancha que nunca, llana, simple, sin volteretas ni curvas, un buey era siempre buey y una cornada siempre era fatal. El sol era un as de oro en el poniente ignoto.

El escudero, de pronto, sobresaltado en adivinar la coherencia de la sin razón resbaló por el silogismo escaso de su seso y pensó con pánico cuál sería su destino si a él mismo le aconteciere lo de a su señor, si perdiere el poco tino que creía poseer, si de pronto viere lo invisible, si las prostitutas le supieren a virgen fresca, si el mesón fuere Iglesia, si el color destiñere, híbrido de luz…

Mas de inmediato, como llamado ante un oráculo perdido, Quijote picó la espuela de la lengua y con una chispa maléfica y beatífica le estampó este remordiente consejo: -“No te preocupes Sancho, amigo y servidor mío, gobernador de tu futura ínsula, que siempre encontrarás en tu camino algún buen hombre que te baje de la nube y te despliegue desnudo el calendario en carne viva de la humanidad entera”.

©Gloria Gayoso Rodríguez
Todos los derechos reservados

La tercera invasión / por Marinín Torregrosa Sánchez

Un estallido me levantó de la cama. Gritos, ráfagas de explosiones que se sentían cada vez más cerca. Me asomé temerosa por la ventana de la sala y vi como los vecinos estaban todos afuera de sus casas, la muchachería de la barriada corría de un lado de la calle a otro. Una ola de humo se levantaba por encima de los techos de las casas frente a la mía. Se escuchaban gritos, incomprensibles, no podía entender lo que decían, ni de que se trataba aquel revolú. Decidida, agarré el machete que heredé de Moncho y me dispuse a salir con la osadía que el susto entre cuero y carne me impulsaba.

-¡Nos salvaron! Nos rescataron! ¡A la victoria! ¡Somos libres!

¡¿Libres!? ¡Salvos! Solté el machete, abrí el portón y corrí a unirme a la celebración. Me abracé a la vecina que no soporto, al viejo ligón, a la bochinchera bruja y al que me madruga con los ruidos del martillo y la máquina de podar la grama. Bailé con el nene jodón que tira piedras, jugué con cuanto perro sarnoso me ladraba y le besé las manos al que me había gritado hija de la gran puta… Por fin, ¡libres!

Del lado sur de la calle se acercaban camiones, una procesión de soldados y por altavoz un tipo con cabello anaranjado subido a una “tumba coco” gritaba: “EL que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente”.

Alcancé un rollo de papel toalla y me encerré en mi casa a llorar.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 10 de agosto de 2020.

Nota aclaratoria: Esto es un cuento. Los hechos no son ciertos, lo único verídico es que poseo y heredé el machete. Lo que digo de mis vecinos es parte de la ficción. Mis respetos a todos.

Mi cuerpo y mi yo frente al Covid-19

por Maritza Ledée Rivera

Mi cuerpo intranquilo queria que hablaramos

Hable con mi cuerpo y fue honesto conmigo.
Le pregunté: cómo te sientes? Y me dijo de su enojo y su cansancio.
Aunque conoce mis pensamientos, me atreví a cuestionarlo.

Por qué ese estar tan sombrío y desganado? Y susurrando me dijo:
Estas enajenada de todo, para que me quieres , si no me necesitas.
Claro que te necesito, sin ti no vivo ni existo, le repliqué.
Que sorpresa me llevé entre mi cuerpo y mi conciencia.

Te explico, me dijo con un poco de incomodidad. Me alimentas cuando te parece, ya no hablo con amigos como de costumbre. Mis besos y abrazos han desaparecido en contra de mi voluntad. No importa si por bien o por mal me siento en una prisión no deseada. Esta mordaza impuesta y obligada me consume.

Mis brazos los siento caídos, crucificados, inactivos. Mis piernas tampoco son imprescindibles, casi ni las necesitas, quiero recorrer caminos, me han limitado las horas de mis andanzas. No veo a mi gente, si salgo no los reconozco. Mis manos cubiertas de plásticos innecesarios me privan de mis huellas, alterándome el tacto. Saludo a todos enmascarados y no sé quién es quién, no veo sus caras, no reconozco a nadie., todo parece una película indeseable donde todos somos protagonistas. Cuando voy de compra me tienen limitado el tiempo; me han desnudado de todos mis derechos.

Hasta cuando estaré en esta inercia individual y colectiva? Esta ceguera legal que me desagrada, pero entiendo por ser completamente necesaria para asegurar mi la salud y la de todo un pueblo.

Si no descubren una vacuna, paulatinamente, me voy a degenerar hasta quedar confinado en un centro siquiátrico o anticipar ir a vivir eternamente en los antiguos terrenos de La Isidora.*

*Antigua hacienda donde ubica el cementerio.

© Maritza Ledée Rivera. La autora es una consejera vocacional y profesora universitaria retirada graduada de Penn State natural de Salinas. Escribe poemas, relatos y ensayos y tiene pendiente la publicaciónde un libro.

Padre / por Gloria Gayoso

Testimonio: ángel paternal

Aquella noche intensa de verano me sorprendió el sueño muy de madrugada. Estaba sola en casa, pues los jóvenes, incluido mi marido, (ya no tan joven), habían salido por diferentes motivos.

Durante la tarde me había visitado un alumno pidiendo auxilio para un trabajo práctico. Recuerdo que no le puse muy buena cara porque se trataba de analizar la “Divina Comedia” de cabo a rabo y lo que menos quería era, bajo el ardiente calor de Buenos Aires, releer a Dante y pasar por el Infierno antes de llegar al cielo.

Como ya estoy acostumbrada al remolonear de los alumnos ante ejercicios de este tipo, le dije que sí. Lo despedí y busqué mi ejemplar de tapas rojas para darle una lectura rápida a las primeras hojas. Me recordaba mis años de estudiante y mi estupor ante tanta sabiduría espiritual. Clamé a “Virgilio” que me acompañara también y me fui a cenar frugalmente. Miré televisión, medio cegata por el cansancio y me dispuse a dormir.

Casi a las tres de la mañana el timbre de la puerta sonó en mis oídos de bella durmiente como una campana de otro mundo. Salté de la cama lanzando unas palabras nada santas, intuyendo que alguno de mis viajeros de la noche se había olvidado la llave.
Me arrastré poniéndome una bata y acomodándome los ojos para regañar al olvidadizo: hijo, hija o marido.

Llegué a la sala con esfuerzo y vi la puerta abierta de par en par. La calle oscura de mi barrio se colaba en mi mente junto a un desasosiego cardiológico imparable…

Muda, desesperada, a punto del desmayo se apareció en mi puerta un policía joven, muy alto que me pregunto:

-¿Está usted bien?
-Sí, lo estoy.

Respondí balbuceante sin entender nada y él me dijo:
-Hace muucho vigilo. Es una imprudencia que deje abierto!!!

Le dije:-Dios lo bendiga!!! y cerré de un portazo.

Retrocedí perpleja y me di cuenta que en mi barrio, hace quince años no había vigilancia alguna y menos a esa hora de la madrugada.
Espié por la ventana y el paisaje era negro. Las casas de enfrente ni se veían y nadie asomaba un ojo.

Por aquella época y aún hoy una puerta abierta desde las seis de la tarde hasta las tres de la noche era un peligro feroz. Nada faltaba en la sala. Los libros me miraban desorbitados. Las sillas disfrutaban su lugar inamovible y el espejo frente a los sillones lanzaba luces de asombro.

Ha pasado mucho tiempo desde esta experiencia sobrenatural; pero desde aquel día, yo sé que un ángel nos cuida. Y si veló en mi puerta por horas, velará ante la pandemia porque mi Padre nunca me ha abandonado y es capaz de disfrazar de policía al guardián de mi vida.

(c) Gloria Gayoso Rodríguez = La autora es una respetada maestra y poeta argentina entroncada en los ideales clásicos y especialista en literatura española. Tuvo un espacio radial dedicado a la poesía y continúa en la docencia e impartiendo talleres literarios para niños y adultos. Su obra poética figura en varias antologías y en varios libros inéditos.  En Encuentro al Sur puede lee una muestra de su obra poética.

Conversaciones con mi árbol de limón / por Dante A. Rodríguez Sosa

Sembré un árbol de limón.

Pasaron los años y llegó un día en que comenzó a dar frutos; primero pequeños cosechos y luego se cargaba de frutos todo el año.

El huracán María lo derribó y quedó muy maltrecho.

Con mis manos logre podarlo y levantarlo, y a duras penas se salvó.

Verlo es un espectáculo porque la conformación de su tronco doblado como si fuera el lomo de un caballo asombra y sorprende su aparente discapacidad.

Lo he cuidado con esmero. La semana pasada, cansado de cuidarlo sin resultados, tome la decisión de tener una muy seria conversación con mi árbol de limón.

Me le acerque y delicadamente le deje saber hablándole que había tomado una decisión.

«Llevo varios años cuidándote».

«Si no me das los limones que necesito para atender mis necesidades te voy a cortar». Se lo dije y se lo repetí por varios días al momento de rociarlo.

Luego procedí a echarle agua a los árboles y vegetación aledaña asegurando que si no daba limones no volvería a echarle agua.

Ayer le tomé fotos de su florecida y se las envié a mis nietos pues le había contado de mi conversación con el árbol.

Quise probarles que él me entendió.

En respuesta a su florecida me acerqué y le eché agua y mostrándole mi agradecimiento le sobé por un buen rato su encorvado tronco mientras le contaba mi alegría y aseguraba mi fidelidad, también lo aboné. 🙏🙏🙏❤️

Dios Todopoderoso en su grandeza le ha dado vida invisible a toda su creación.

Todo es un centro, según mi conceptualización mística de la creación.

Todo tiene vida😳😳😳😳😳

En esta cuarentena he podido percibir el inmenso agradecimiento que me prodiga mi casa, luego de que todas las mañanas le paso un oloroso y desinfectante mapo.

Una de mis nietas me trajo una lamparita para iluminar tenuemente el cuarto durante la noche.

Una cuestión de seguridad, por las varias veces que me levanto para ir al baño durante mis sueños o desvelos.

Me asombro por la manera amorosa en que mi habitación ha respondido a esa sencilla acción.

Al cuarto no le gusta la oscuridad.

Siento el ambiente mucho más acogedor y alegre.

De verdad, todo tiene vida.

Trataré de seguir investigando

Porque recuerdo aquel cuento que leímos en los grados primarios.

“Un niño era objeto de burla porque se pasaba mirando un lago.  Los compañeros estudiantes le cuestionaban aquel hábito y cuando contestaba que aprendía el idioma de las muchas ranas que habitaban el lugar, se mofaban y lo tildaban de loco.

Paso el tiempo y el niño, ya joven, visitaba los lagos para escuchar a las ranas. Hasta que un día llegó a uno donde las ranas le contaron un secreto. Entonces, después de escucharla, se lanzó al agua y sacó de las profundidades un inmenso tesoro”. 😂😂😂

Dios es Poderoso y se mueve por caminos misteriosos. 🙏❤️😂

 

©©Dante A. Rodríguez Sosa

En la bahía de Cataño:  fragmento de Anecdotario

por Josué Santiago

 

Camino a Río Piedras, viniendo de Salinas, cometí un error que me llevó a una terraza, en Cataño, a orillas de la laguna.

Bajé del vehículo a pedir dirección y tomar una cerveza.

Una pareja de ancianos y un joven de mi edad, entonces, sentados alrededor de una mesa, captó mi atención.

Apenas hubo terminado el mechero su explicación de cómo retomar la ruta que me llevaría a mi destino, le pregunté si el caballero alto y moreno era Davilita.

-Si -me contestó- y la dama que lo acompaña es la viuda de don Plácido Acevedo.

-Sírvales un servicio de lo que sea que estén tomando -le dije.

Al poco rato estaba entre ellos compartiendo de tan grata compañía.

Davilita y la viuda de Plácido Acevedo conversaban de su tiempo. De Pedro Flores y Rafael Hernández. De la enorme rivalidad que existió entre ambos. De sus pequeñeces humanas…

Por aquello de añadir mi granito de arena a la conversación, mencioné a Sylvia Rexach, nuestra gran compositora.

–¡No sea ignorante -me soltó a quemarropa el hombre cuya voz inmortalizó tantos temas de los dos genios de la canción popular puertorriqueña (Rafael Hernández y Pedro Flores)-, cuando se habla de planetas, los meteoritos y los cometas no forman parte del diálogo!

Me sentí casi tan perdido, como el joven aquel que entretenía a la que un día compartió lecho con el autor de Boda gris.

©JSC

 

Huerfana en tiempos de pandemia / por Virgenmina Sosa, Tilita

Dicen que con lágrimas se pasa la vida. 

Surgen cuando sufres,

surgen cuando ríes.

Cuantas veces se conmueve

tu fibra espiritual. 

Dicen que las manitas de los huérfanos

irradian el frío de la muerte

la sombra misteriosa

que reparte soledad

cuando levanta vuelo

el amor maternal.

Dejando tras de sí

llantos de orfandad.

SRS

Comparto con ustedes el relato que hace mi madre, Tilita Sosa, de su recuerdo cuando la pandemia de influenza de 1918 la separó de su madre para siempre.  Homenaje a mi madre en la eternidad de la existencia.

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Miedos apocalíticos / por Roberto Quiñones Rivera

A mí me pasa cada cosa…  Como tengo tanto tiempo libre para hacer y deshacer, anteayer me dio por seguir la página de Facebook del Jíbaro Moderno en la cual había “posteado” un mensaje que trataba el tema de una niña que contaba haber recibido un mensaje de Dios. Decía que Dios le hablo advirtiéndole a la humanidad que el día 21 de abril de 2020, es decir hoy cuando escribo, aparecería una nube oscura de humo sobre los cielos del mundo que causaría la muerte instantánea al que estuviera fuera de su casa.

Yo creo en un Dios vivo y respeto todo lo que sobre este tema se trae al publico y aunque de momento me resultaba algo fuera de lo común, pues como estoy en casa a causa del coronavirus, me dije, me quedo tranquilito y bajo techo todo el día por si acaso.

Pero, resulta que no contaba con que el gato Negri iba con sus maullido a recordarme que necesitaba que lo alimentará. Salí fuera de la casa con ese propósito y en el preciso momento que estoy en esa operación, miro una grisasea “humareda” sobre mi y sin pensar un segundo salí corriendo para evitar ser víctima de lo vaticinado. Cuando caigo en tiempo, observo por la ventana a mi vecina tratando de controlar el fuego de su barbacoa … y a mi gato Negri reclamándome que aún no le había terminado de servir la comida.

Roberto Quiñones Rivera, 21 de abril de 2020.

 

Las fotos del celular

por Roberto Quiñones Rivera

 

Voy camino por la calle Unión de mi pueblo acompañado de una dama y un caballero que se identificó como Del Valle. La conversación, aunque no preciso el contenido, giraba en torno a una victoria obtenida en un asunto político.

De pronto miro al cielo y veo la silueta de un arcoíris inusual, de una forma y belleza extraordinaria, pues dibujaba la bandera puertorriqueña.

Tal como en una película, cambia la escena y me encuentro en mi querida Ciudad Perdida, frente a la casa donde nací, llamando a mi madre para que salga a ver el arcoíris. Continúo caminando rumbo a la plaza pasando por la esquina de las casas de los Santiago y de Toña Valdés.

Con mi celular en manos iba tomando fotos del espectacular arcoíris. Sigo caminando hacia la plaza, pero en un instante siento la sensación de que estaba soñando, que no era realidad lo que estaba viviendo.

Busque mirar de nuevo al cielo para ver mi bandera, pero Morfeo me había abandonado en medio de una temperatura de menos de 40 grados.  Desperté con sentimientos encontrados; entre ver mi bandera ondear gloriosa en el cielo infinito y las injurias a granel de que es objeto. No obstante, a que los sueños, sueños son, a las cuatro y media de la madrugada, busqué el celular con la esperanza de que ocurriera un milagro.

 

Foto: Arcoiris en la curva. Revolvy

Lo se todo / Josué Santiago de la Cruz

La Reportera lo vio sentado en el último escalón de una escalera de concreto armado, único testigo de un hogar en ruinas.

–No se desespere que la vida le sonríe.

Sin apartar la mirada de algún punto indeterminado en lontananza, el hombre pareció no escuchar las palabras de aliento.

–Usted no está solo. Vamos a ayudarlo a reconstruir su hogar y su vida.

Luego el camarógrafo enfocó el lente para captar la angustia de aquel hombre que en estado de shock parecía afrontar, desesperanzado, la pérdida de todo lo acumulado en años.

Los vecinos no salían de su asombro al ver cómo le entregaban bolsa tras bolsa de suministros a un hombre al que ellos nunca habían visto por el vecindario.

©JSC
07/10/2017

 

La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

Ascende equum (Súbete al caballo) / Gloria Gayoso Rodríguez

Ascende equum (Súbete al caballo)

_Oye, amigo!!¿Qué tal si dejamos de pastar?
_ ¿Con qué nos alimentaríamos?
_ ¡Sólo eleva el hocico y fíjate en esos verdes celestiales!
_¿Estás deprimido?
_ No, es que envidio a las nubes; aunque algunas toman nuestra forma
no tienen que soportar las ancas de los humanos por un puñado de hierbas…

©Gloria Gayoso
Foto de Eva Lewitus