Elif, Irma, y yo… / por Roberto Quiñones Rivera

Me acabo de dar cuenta que me he enviciado con el virus de las novelas turcas que se han apoderado de la televisión puertorriqueña.  El lado positivo de esta invasión es que han logrado en alguna manera controlar la entrada de las tramas que nos muestran las series colombianas y mexicanas sobre el trasiego de drogas y la lucha por controlar los mercados estadounidenses.

Entre las novelas turcas voy a tratar de comentar la producción de Green Yapim “Llegaste tú.” Título con que se conoce en nuestros lares la telenovela “Edif”, aludiendo al nombre de la niña, de algunos ocho años de edad que es el centro de atención de la novela.

Es difícil seguir el desarrollo de la trama de esta novela porque tiene una gran cantidad de personajes, aparentemente para darle trabajo a un grupo grande de actores, cuyos personajes aparecen en cualquier momento dentro del relato.   Pero veamos sin dentro de las circunstancias en que estoy en este momento,  puedo hacer una sinopsis de cuál es el problema principal con el cual quieren los productores envolver a los que siguen la trama;  En algún punto de Turquía, cuyo nombre no he podido descifrar, existe una poderosa familia de apellido Emiroglu cuya matriarca de nombre Aliyet tiene dominio absoluto sobre sus hijos, al extremo de que a su hijo mayor Kenan, le escogió esposa, llamada Arzu.

Esta familia vive en una finca con todas las comodidades y el consabido servicio doméstico a su orden. Pero hay un secreto aparentemente relacionado con cómo los Emiroglu adquieren en realidad su riqueza.

Entre los empleados del círculo de servicio hay una joven llamada Melik con quien Kenan, no obstante a estar casado, tuvo una relación amorosa de la que nació la niña Elif y esto causa que tanto Melik como su niña abandonan la finca de los Emiroglu.

Luego de algunos años la situación de Melik es de tal naturaleza que se ve obligada a entregar su hija a Ayse, una de las sirvientas de la finca.  Ayse hace parte de su familia a Edif la cual es tratada como una sirvienta más, siendo víctima  de maltrato y burla por parte Tugee, la otra hija de Kenan. Tugee, al igual que todos en la familia y personal de servicio, excepto Ayse, desconocen la verdadera identidad de Edif.

Cuando Arzu, la esposa de Kenan, se entera de que la niña es hija de su esposo guarda el secreto pero trata de sacar a la niña de la finca utilizando diferentes subterfugios, inclusive tratando de asesinarla empujándola por un acantilado, pero la producción de Green Yapim le salva la vida… Cosa que no ocurrió conmigo, puesto que al irse la luz por razón del paso del Huracán Irma, tuve que suspender el trabajo de madrugada… y como me quedé a oscura… una taza de té y a dormir se ha dicho.

©Roberto Quiñones Rivera

Habitación 2 / por Marinín Torregrosa Sánchez

El hombre marcó en el celular el número de la casa. Le contestó el hijo menor, más o menos de 12 años. Le dijo que su madre no había llegado del trabajo.

– Pues cuando llegue dile que me dejaron doblando el turno. Que tengo que visitar las otras plantas… la de Fajardo, Arecibo y Ponce… es una auditoria y me voy a quedar por acá.

– Entonces, ¡te vas a perder la transmisión del juego pai!

– Eso es lo que me encojona, pero dile a tu mai que mañana llego tempranito porque me van a tener que dejar ir antes porque… ¡esto ‘stá cabron!

– Esta bien pai. Que descanses.

– Te veo mañana mijo Dios te bendiga.

Dejo caer el celular y se acomodó de medio lado. Arropó con su mano derecha el seno completo de su acompañante. ¿Era María? ¿Sandra? ¿Lorena? No recordaba. Tendría que mirar nuevamente su directorio privado, sus contactos “comerciales”.

– Hay tiempo. De aquí a que termine… con decirle “mami” pasa.

Ella levantó su pierna hasta la cadera del hombre, sin dejar de besarlo. En un acto de acrobacia quedo arriba con sus cabellos ondulantes sueltos, libres al aire y en un movimiento desafiante quedan cara a cara. Ella le dice:

– Ay Robe…, Pedr…, Luis… ¡papi!

Fue necesario poner los celulares en silencio. Los contactos de ella se activaron y él no pudo superarlo.

© Marinín Torregrosa Sánchez, 2 de septiembre de 2017.

El Pan Nuestro de Todos los Días

por Josué Santiago de la Cruz

A Calixto se lo pintaron de lo más lindo:

—Allá se vive bien chévere, tío Caly —le dijo la sobrina camino al pueblo, acompañada de un sujeto parecido a los personajes de las películas de bandoleros, que tanto aborrecía.

Él imaginó que no podía vivirse del todo mal, porque parecía modelo, forrada en oro de arriba abajo. Pero no le preguntó quién era su pareja. No tuvo necesidad de hacerlo.

—Este es Raphy. Él también vino a visitar la familia.

Ya en la casa, empezó a desempacar y a contarles a las primas, que la miraban, embobadas, del carro de lujo que se compró:

—Es una chulería, si lo vieran. Lo compré custom made, con asientos de pure leather, pa joder a los haters. Me costó una maleta e chavos. How much, hony?, ochenta mil. Y lo pagué cash. I always pay cash…

Tampoco le preguntó cómo le hizo para conseguir tanto dinero, si ella, hasta donde él sabía, vive del WELFARE.

©JSC

Cuentame

a josué santiago
El cuentero invade el baúl del que brotan chizpazos deslumbrantes de vivencias y aspiraciones. Es el hacedor de historias, la palabra recreada decretada vida más allá del aire que respiramos.
 *
Nuestra vida, la vida de cada uno, es un cuento relatado por voces sin caras ocultas detrás las estrellas.  Voces que cuando callan, extinguen un cuento para iniciar otro.  Y asi, en infinitas dimensiones, en múltiples existencia, las voces cuentan y cuentan, mil y una noches, para que Dios, ría y llore, y no se duerma, porque si el cansancio invade sus pupilas, regresa el caos, anticipando la nada.
 
Sergio
junio 2006.
Dibujo Camila D, Rodriguez

Atrapasueños / Roberto López

Me contaron que un mercenario puertorriqueño que murió en la batalla del Álamo tenía un padecimiento crónico de pesadillas. Todas las noches soñaba que lo habían capturado y enjaulado con los leones hambrientos.

Y fue su fortuna que se enamoró de una india lipán, cazadora de búfalos y de sueños. En plena luna de miel, tuvo la pesadilla, y a gritos pidió auxilio y misericordia. La hermosa india no lo despertó, pero con un beso profundo, ahogó sus chillidos y se tragó el mal sueño, y así lo curó de espanto.

Y viene al caso que yo tengo el mismo padecimiento. Pues tengo un sueño demencial que se repite mucho. Sueño que unos encapuchados me meten en un ring de boxeo para que pelee con una momia llena de pulgas.

Cada vez que tengo esa pesadilla y grito pidiendo ayuda, mi negra me levanta con cuatro codazos al pecho, como si fuera lucha libre. Entonces pienso y hasta prefiero que se cumpla el sueño y fajarme con la momia, de lo contrario, la negra me va a matar.

©Roberto López

Memorias de un hombre viejo / José Manuel Solá

Muchos que pasaban por la acera ocasionalmente lo veían tras el cristal de su ventana, ligeramente inclinado.

Una que otra vez volvía la mirada y se diría que saludaba con una suave sonrisa en los ojos o tal vez con una posible tristeza disimulada. No, no es un antisocial ni un amargado, -decían sus vecinos- él siempre saluda, siempre responde a nuestro saludo.

Era un hombre solo, eso es todo, eso lo explicaba todo. Se levantaba muy temprano y salía de su apartamento-jardín y al poco rato regresaba con un saquito con pan, algún jugo de naranjas, harina de café y un paquete de cigarros.

Al pasar, saludaba con la mano y con su sonrisa. Luego volvía a su encierro.

No se le conocía amigos ni familiares. Sí, se recuerda que tuvo un perro casi tan viejo como él; cuando murió, lo envolvió en un saco y lo llevó a enterrar sabrá Dios dónde. Cuando eso sucedió, única interrupción en su rutina, estuvo varios días caminando despacio frente a la ventana, fumando sus cigarros y contemplando el lozano árbol de laurel del patio. Pero en poco tiempo retomó sentado su actividad.

Escribía. Escribía cartas, breves algunas, profusas otras, que nunca enviaba. Escribía a amigos, muchos de los cuales habían fallecido años antes, otros más bien perdidos en el tiempo, sólo presentes en la memoria. Les escribía como la continuación de una conversación ocurrida el día antes. Escribía con pasión, se podría decir que casi eran poemas.

También escribía a sus hijos que nadie conoció y que, ¡quién sabe!, tal vez eran producto de su imaginación. La mayor parte de las cartas, no obstante, estaban dirigidas a dos mujeres de distintas etapas de su vida. Fueron, a juzgar por lo escrito, dos mujeres de gran belleza. ¿Cómo fueron esas relaciones? Las cartas no contenían reproches, sólo recuerdos de días felices de lugares, caricias, perfumes que ya pocos recuerdan, flores que acaso ya ni existen, amaneceres, días de lluvia, vino y aves migratorias. Cosas así. ¿Qué fue de la vida de aquellos amores? Quién sabe…

En la mañana del 2 de octubre salió, como era usual, a comprar pan. Esta vez iba protegido de las lloviznas con un paraguas entre azul y gris. Al poco rato se detuvo frente a la baranda del malecón y se entretuvo contemplando el mar. Pero no compró el pan ni los cigarros. Después de un gran suspiro volvió sobre sus pasos lentamente, como si estuviera contando sus pisadas. Tal vez olvidó sus compras o tal vez recordó algo que debía hacer.

Estuvo todo el día inclinado, sentado ante el viejo escritorio de caoba. Alrededor de las 4:00 de la tarde inclinó la cabeza aún más como si fuera a dormir sobre su mesa de trabajo. Así lo encontraron sus dos hijos, que de una u otra forma se enteraron. En el suelo, al lado del escritorio, había una caja de cartón con cartas perfumadas, meticulosamente dobladas dentro de sus sobres, cartas que nunca fueron llevadas a la oficina de correos. En la mano derecha reposaba la bella estilográfica, de esas que ya no se fabrican. Y bajo su frente, un papel en blanco.

Sus hijos no quisieron leer las cartas, en su lugar pusieron la caja junto a las cosas que se debería llevar el camión del recogido de basura.

(c) José Manuel Solá  /  9 de mayo del 2017

El Gavetero / por Roberto López

avion-mas-pesado-remolcado-por-persona-300x200

Se conocieron en una pizzería en el Bronx de Nueva York. Ella le preguntó al hombre, “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?” Él contestó, “llegué con aromas de cariño eterno para abrigarte en mi pecho”.

Ha pasado una pila de años y ahora ella es dueña y señora del hogar. El juego de cuarto tiene 8 gavetas, y ninguna le pertenece al hombre que como un nómada guarda su ropa en bolsas plásticas.

La vecina del frente tiró a la basura un viejo gavetero de buena madera y el hombre fue y lo rescató. Todo el fin de semana, sin reposo le dio lija, lo encoló, lo barnizó y hasta compró agarraderas nuevas para que hiciera juego con la cama y el tocador.

El domingo por la tarde se lo echo en la espalda y lo cargó por veinte escalones hasta llegar al cuarto. Cogió un Descanso y se fue a tomar café. Y cuando regresó al cuarto, ya el gavetero estaba lleno con la ropa de invierno de ella.

No tanto por miedo a que ella blandiera alguna manifestación satánica, más bien por amor, el poeta de pizzería guardó silencio.

Pero en su mente bullía otra vez aquella pregunta “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?”

Sacó un pañuelo de una bolsa plástica para secarse el sudor y despejar su mente. Para que dar otra vuelta a esa tuerca si ella está convencida que el hombre vino de Puerto Rico empujando el avión.

©Roberto López

El heredero / por Edwin Ferrer

Antes de traquear* un gallo, Paco se fue a recoger el testamento que Pancho dejó en caso de que muriera.  Así fue; días después de testamentar, el viejito murió de un infarto y otras complicaciones.

Después del entierro Paco fue a la oficina del abogado del pueblo y al abrir el testamento había una clausula donde la gran casona aledaña a la alcaldía perteneciera a él.

─Aguarda, dijo el abogado, debes 6,000 dólares en contribuciones.

A Paco casi le dio un infarto y fue a visitar al doctor.

─ ¿Tú no eres el hijo de Sécola? Le preguntó el doctor cuando entró a la clínica.

─ Si. Dr. Cardona ¿Cómo está?

─ Bien, hombre, ¡Cómo has cambiado, perdiste todo el pelo! Casi no te reconocía. ¿Qué haces por acá?

─ Vine a recoger los resultados de la biopsia que me hicieron, contestó.

─ A ver, a ver, pásame el sobre manila.

─ Humm…, los resultados dieron positivo y tienes seis meses de vida.

Al llegar a su hogar, triste y abatido, se encontró con un letrero que decía, “Estorbo público”.

Seis meses después del sepelio de Paco, la casona también había desaparecido para convertirse en un mal embreado y maldito estacionamiento que no genera un centavo de ingreso al municipio.

Hay veces que me siento en el banco de la plaza a contemplar la otra casona, la del doctor Cardona y recuerdo el día que Paco me dijo:

─ Si heredo mucho dinero nos vamos Héctor, Memo, tú y yo a comprar uno de los mejores gallos que dejó Trujillo.

Entonces comprendí que todo se hereda menos la hermosura.

Así como perdimos a Paco, la plaza perdió sus fuentes, su concha y la iglesia, los santos que protegían nuestro patrimonio.

 

© Kaminero

*Traquear: ejercitar, entrenar

El efecto Trump (Anécdota)

por Maria “Charito” Ibarra

Me encontraba, haciendo los recados[1] de la semana en la megatienda de mi pueblito. Eran las 3:00 de la tarde de uno de esos días en que la gente sale de compras pues llega el fin de semana. Apurando el paso pa’ terminar y evitar el tapón, me tropiezo con un gentío de mejicanos ¡Diablos, eran como mil!

Entraban en bandadas vestidos con camisetas de diversos colores con la intensión de arrasar la tienda.  Unos vestían camisetas rojas, otros amarillas. Por la otra puerta entraban los que vestían de marrón, y detrás aparecieron otros vestidos de azul y al fondo vi otros con camisetas purpura. Mi marido que estaba en el estacionamiento me llamó al celular y me dijo, “Vieja, avanza que van como 150 mejicanos pa’ la tienda”. Le conteste, “ya los veo venir, no me apures que esto no me la pierdo, así que espera tranquilo.”

Parecían escolares de una gira campestre. Unos a mi derecha, otros a mi izquierda.  La curiosidad me empieza a picar, “jum, serán manifestantes políticos, feligreses, inmigrantes o serán refugiados, Charo, ¿por favor?”

Me reía por dentro porque la escena se tornó llamativa y jocosa. Me dedique a observarlos mientras mi mente, influenciada por las tensiones post eleccionarios, maquinaba lo peor.

“Ay, mi madre, imagínate que entre el presidente-electo Trump por la puerta principal.”

De momento, se escucha un helicóptero sobrevolando el techo de la megatienda… y me dije a mi misma, “Ja, ahora sí que se jodió esto; inmigración al rescate de los hermanitos indocumentados, ¿what?”

Acelere mis recados temiendo que se formara un revolú. ¡Ay Dios! Mi estrés se disparó porque los mejicanos bloqueaban el área donde exhiben las cosas que pretendía comprar.  “¡Ahora, si me chavé!”

Apresuradamente llenaban sus carritos de harina para sus tortillas, crema agria, detergentes para laver ropa.  ¡OMG! Otra vez, trataba de controlarme y me decía, “Charo, por Dios, MIND YOUR BUSINESS.”

Decidí tranquilizarme.  Actuaban como hormiguitas, corriendo pa’ qui y pa’ lla. Me llamó la atención las expresiones de los blancos: unos miraban sorprendidos; otros se miraban unos a otros como diciendo, “Por eso me alegro que haya ganado Trump, es que se van to’s pa’… México.”  Jam, eso me provocó una carcajada. Pero, me controle. “¡Mi madre, no puedo!”   La verdad que aquella algarabía resultaba una tragicomedia.

Aunque terminé de hacer mis compas mi mente seguía centrada en la inesperada presencia de aquellos clientes.  Iba a dejarle saber a la cajera que se preparara porque venía un grupo grande, pero me aguante.

Camino de regreso a casa conversé con mi marido sobre la situación de los mexicanos en los Estados Unidos.  Indocumentados o no, los mexicanos son gente trabajadora que disfrutan la vida.  La mayoría se ganan la vida en trabajos duros y mal pagos.

Si Trump los deporta el mundo laboral se trastocaría por el tipo de trabajo que realizan muchos de ellos. ¿Quién recogerá los productos agrícolas que llegan a la mesa presidencial? o, ¿quién hará la limpieza en la Casa Blanca o en los negocios y hoteles de lujo de su propiedad? ¿Quiénes lavarán las toallas, y los baños e inodoros?

Los indocumentados, a pesar de las duras condiciones de trabajo que enfrentan, aportan tanto como cualquier otro grupo a la economía de esta nación.

Mientras a mi mente vino la canción….”I like to live in Americaaa…”

por Maria Charo Ibarra, Florida, 2016

Foto Associate Press

[1] Compras

El Fantoche / Roberto López

Un grupo de fantasmas arrendó el Teatro Ford para una fiesta de disfraces y contrataron a Rican Catering, donde yo trabajaba como mesero.

Todo iba bien hasta que llegó uno disfrazado de Hitler quien desde el mismísimo palco donde Booth limpió a Lincoln, ceñido a su infame papel, dijo así “Hay que hacer un muro al borde de Méjico, exterminar los musulmanes y deportar a los mejicanos violadores y adictos para que América vuelva a su grandeza”

Y todo se lo consentí hasta que le tocó las piernas a mi ayudante Mercedes, en un intento de manchar con sus deseos a una joven que camina este mundo con una pureza que no miente.

A falta de agua bendita fui a la cocina y me armé con un frasco de ajo en polvo marca Goya. Y en la segunda escena del tercer acto le rocié la cara al fanfarrón que como un loco se tiró al vacío. Y se formó un salpafuera que para que les cuento. Unos cuantos se escabulleron tras bastidores pero la mayoría se esfumó por las paredes.

Lo más espeluznante es que el cheque de depositó rebotó y los fantasmas andan desaparecidos. Demás está decir que me votaron.

©Roberto López