Atrapasueños / Roberto López

Me contaron que un mercenario puertorriqueño que murió en la batalla del Álamo tenía un padecimiento crónico de pesadillas. Todas las noches soñaba que lo habían capturado y enjaulado con los leones hambrientos.

Y fue su fortuna que se enamoró de una india lipán, cazadora de búfalos y de sueños. En plena luna de miel, tuvo la pesadilla, y a gritos pidió auxilio y misericordia. La hermosa india no lo despertó, pero con un beso profundo, ahogó sus chillidos y se tragó el mal sueño, y así lo curó de espanto.

Y viene al caso que yo tengo el mismo padecimiento. Pues tengo un sueño demencial que se repite mucho. Sueño que unos encapuchados me meten en un ring de boxeo para que pelee con una momia llena de pulgas.

Cada vez que tengo esa pesadilla y grito pidiendo ayuda, mi negra me levanta con cuatro codazos al pecho, como si fuera lucha libre. Entonces pienso y hasta prefiero que se cumpla el sueño y fajarme con la momia, de lo contrario, la negra me va a matar.

©Roberto López

Memorias de un hombre viejo / José Manuel Solá

Muchos que pasaban por la acera ocasionalmente lo veían tras el cristal de su ventana, ligeramente inclinado.

Una que otra vez volvía la mirada y se diría que saludaba con una suave sonrisa en los ojos o tal vez con una posible tristeza disimulada. No, no es un antisocial ni un amargado, -decían sus vecinos- él siempre saluda, siempre responde a nuestro saludo.

Era un hombre solo, eso es todo, eso lo explicaba todo. Se levantaba muy temprano y salía de su apartamento-jardín y al poco rato regresaba con un saquito con pan, algún jugo de naranjas, harina de café y un paquete de cigarros.

Al pasar, saludaba con la mano y con su sonrisa. Luego volvía a su encierro.

No se le conocía amigos ni familiares. Sí, se recuerda que tuvo un perro casi tan viejo como él; cuando murió, lo envolvió en un saco y lo llevó a enterrar sabrá Dios dónde. Cuando eso sucedió, única interrupción en su rutina, estuvo varios días caminando despacio frente a la ventana, fumando sus cigarros y contemplando el lozano árbol de laurel del patio. Pero en poco tiempo retomó sentado su actividad.

Escribía. Escribía cartas, breves algunas, profusas otras, que nunca enviaba. Escribía a amigos, muchos de los cuales habían fallecido años antes, otros más bien perdidos en el tiempo, sólo presentes en la memoria. Les escribía como la continuación de una conversación ocurrida el día antes. Escribía con pasión, se podría decir que casi eran poemas.

También escribía a sus hijos que nadie conoció y que, ¡quién sabe!, tal vez eran producto de su imaginación. La mayor parte de las cartas, no obstante, estaban dirigidas a dos mujeres de distintas etapas de su vida. Fueron, a juzgar por lo escrito, dos mujeres de gran belleza. ¿Cómo fueron esas relaciones? Las cartas no contenían reproches, sólo recuerdos de días felices de lugares, caricias, perfumes que ya pocos recuerdan, flores que acaso ya ni existen, amaneceres, días de lluvia, vino y aves migratorias. Cosas así. ¿Qué fue de la vida de aquellos amores? Quién sabe…

En la mañana del 2 de octubre salió, como era usual, a comprar pan. Esta vez iba protegido de las lloviznas con un paraguas entre azul y gris. Al poco rato se detuvo frente a la baranda del malecón y se entretuvo contemplando el mar. Pero no compró el pan ni los cigarros. Después de un gran suspiro volvió sobre sus pasos lentamente, como si estuviera contando sus pisadas. Tal vez olvidó sus compras o tal vez recordó algo que debía hacer.

Estuvo todo el día inclinado, sentado ante el viejo escritorio de caoba. Alrededor de las 4:00 de la tarde inclinó la cabeza aún más como si fuera a dormir sobre su mesa de trabajo. Así lo encontraron sus dos hijos, que de una u otra forma se enteraron. En el suelo, al lado del escritorio, había una caja de cartón con cartas perfumadas, meticulosamente dobladas dentro de sus sobres, cartas que nunca fueron llevadas a la oficina de correos. En la mano derecha reposaba la bella estilográfica, de esas que ya no se fabrican. Y bajo su frente, un papel en blanco.

Sus hijos no quisieron leer las cartas, en su lugar pusieron la caja junto a las cosas que se debería llevar el camión del recogido de basura.

(c) José Manuel Solá  /  9 de mayo del 2017

El Gavetero / por Roberto López

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Se conocieron en una pizzería en el Bronx de Nueva York. Ella le preguntó al hombre, “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?” Él contestó, “llegué con aromas de cariño eterno para abrigarte en mi pecho”.

Ha pasado una pila de años y ahora ella es dueña y señora del hogar. El juego de cuarto tiene 8 gavetas, y ninguna le pertenece al hombre que como un nómada guarda su ropa en bolsas plásticas.

La vecina del frente tiró a la basura un viejo gavetero de buena madera y el hombre fue y lo rescató. Todo el fin de semana, sin reposo le dio lija, lo encoló, lo barnizó y hasta compró agarraderas nuevas para que hiciera juego con la cama y el tocador.

El domingo por la tarde se lo echo en la espalda y lo cargó por veinte escalones hasta llegar al cuarto. Cogió un Descanso y se fue a tomar café. Y cuando regresó al cuarto, ya el gavetero estaba lleno con la ropa de invierno de ella.

No tanto por miedo a que ella blandiera alguna manifestación satánica, más bien por amor, el poeta de pizzería guardó silencio.

Pero en su mente bullía otra vez aquella pregunta “¿cómo llegaste a esta parte del mundo?”

Sacó un pañuelo de una bolsa plástica para secarse el sudor y despejar su mente. Para que dar otra vuelta a esa tuerca si ella está convencida que el hombre vino de Puerto Rico empujando el avión.

©Roberto López

El heredero / por Edwin Ferrer

Antes de traquear* un gallo, Paco se fue a recoger el testamento que Pancho dejó en caso de que muriera.  Así fue; días después de testamentar, el viejito murió de un infarto y otras complicaciones.

Después del entierro Paco fue a la oficina del abogado del pueblo y al abrir el testamento había una clausula donde la gran casona aledaña a la alcaldía perteneciera a él.

─Aguarda, dijo el abogado, debes 6,000 dólares en contribuciones.

A Paco casi le dio un infarto y fue a visitar al doctor.

─ ¿Tú no eres el hijo de Sécola? Le preguntó el doctor cuando entró a la clínica.

─ Si. Dr. Cardona ¿Cómo está?

─ Bien, hombre, ¡Cómo has cambiado, perdiste todo el pelo! Casi no te reconocía. ¿Qué haces por acá?

─ Vine a recoger los resultados de la biopsia que me hicieron, contestó.

─ A ver, a ver, pásame el sobre manila.

─ Humm…, los resultados dieron positivo y tienes seis meses de vida.

Al llegar a su hogar, triste y abatido, se encontró con un letrero que decía, “Estorbo público”.

Seis meses después del sepelio de Paco, la casona también había desaparecido para convertirse en un mal embreado y maldito estacionamiento que no genera un centavo de ingreso al municipio.

Hay veces que me siento en el banco de la plaza a contemplar la otra casona, la del doctor Cardona y recuerdo el día que Paco me dijo:

─ Si heredo mucho dinero nos vamos Héctor, Memo, tú y yo a comprar uno de los mejores gallos que dejó Trujillo.

Entonces comprendí que todo se hereda menos la hermosura.

Así como perdimos a Paco, la plaza perdió sus fuentes, su concha y la iglesia, los santos que protegían nuestro patrimonio.

 

© Kaminero

*Traquear: ejercitar, entrenar

El efecto Trump (Anécdota)

por Maria “Charito” Ibarra

Me encontraba, haciendo los recados[1] de la semana en la megatienda de mi pueblito. Eran las 3:00 de la tarde de uno de esos días en que la gente sale de compras pues llega el fin de semana. Apurando el paso pa’ terminar y evitar el tapón, me tropiezo con un gentío de mejicanos ¡Diablos, eran como mil!

Entraban en bandadas vestidos con camisetas de diversos colores con la intensión de arrasar la tienda.  Unos vestían camisetas rojas, otros amarillas. Por la otra puerta entraban los que vestían de marrón, y detrás aparecieron otros vestidos de azul y al fondo vi otros con camisetas purpura. Mi marido que estaba en el estacionamiento me llamó al celular y me dijo, “Vieja, avanza que van como 150 mejicanos pa’ la tienda”. Le conteste, “ya los veo venir, no me apures que esto no me la pierdo, así que espera tranquilo.”

Parecían escolares de una gira campestre. Unos a mi derecha, otros a mi izquierda.  La curiosidad me empieza a picar, “jum, serán manifestantes políticos, feligreses, inmigrantes o serán refugiados, Charo, ¿por favor?”

Me reía por dentro porque la escena se tornó llamativa y jocosa. Me dedique a observarlos mientras mi mente, influenciada por las tensiones post eleccionarios, maquinaba lo peor.

“Ay, mi madre, imagínate que entre el presidente-electo Trump por la puerta principal.”

De momento, se escucha un helicóptero sobrevolando el techo de la megatienda… y me dije a mi misma, “Ja, ahora sí que se jodió esto; inmigración al rescate de los hermanitos indocumentados, ¿what?”

Acelere mis recados temiendo que se formara un revolú. ¡Ay Dios! Mi estrés se disparó porque los mejicanos bloqueaban el área donde exhiben las cosas que pretendía comprar.  “¡Ahora, si me chavé!”

Apresuradamente llenaban sus carritos de harina para sus tortillas, crema agria, detergentes para laver ropa.  ¡OMG! Otra vez, trataba de controlarme y me decía, “Charo, por Dios, MIND YOUR BUSINESS.”

Decidí tranquilizarme.  Actuaban como hormiguitas, corriendo pa’ qui y pa’ lla. Me llamó la atención las expresiones de los blancos: unos miraban sorprendidos; otros se miraban unos a otros como diciendo, “Por eso me alegro que haya ganado Trump, es que se van to’s pa’… México.”  Jam, eso me provocó una carcajada. Pero, me controle. “¡Mi madre, no puedo!”   La verdad que aquella algarabía resultaba una tragicomedia.

Aunque terminé de hacer mis compas mi mente seguía centrada en la inesperada presencia de aquellos clientes.  Iba a dejarle saber a la cajera que se preparara porque venía un grupo grande, pero me aguante.

Camino de regreso a casa conversé con mi marido sobre la situación de los mexicanos en los Estados Unidos.  Indocumentados o no, los mexicanos son gente trabajadora que disfrutan la vida.  La mayoría se ganan la vida en trabajos duros y mal pagos.

Si Trump los deporta el mundo laboral se trastocaría por el tipo de trabajo que realizan muchos de ellos. ¿Quién recogerá los productos agrícolas que llegan a la mesa presidencial? o, ¿quién hará la limpieza en la Casa Blanca o en los negocios y hoteles de lujo de su propiedad? ¿Quiénes lavarán las toallas, y los baños e inodoros?

Los indocumentados, a pesar de las duras condiciones de trabajo que enfrentan, aportan tanto como cualquier otro grupo a la economía de esta nación.

Mientras a mi mente vino la canción….”I like to live in Americaaa…”

por Maria Charo Ibarra, Florida, 2016

Foto Associate Press

[1] Compras

El Fantoche / Roberto López

Un grupo de fantasmas arrendó el Teatro Ford para una fiesta de disfraces y contrataron a Rican Catering, donde yo trabajaba como mesero.

Todo iba bien hasta que llegó uno disfrazado de Hitler quien desde el mismísimo palco donde Booth limpió a Lincoln, ceñido a su infame papel, dijo así “Hay que hacer un muro al borde de Méjico, exterminar los musulmanes y deportar a los mejicanos violadores y adictos para que América vuelva a su grandeza”

Y todo se lo consentí hasta que le tocó las piernas a mi ayudante Mercedes, en un intento de manchar con sus deseos a una joven que camina este mundo con una pureza que no miente.

A falta de agua bendita fui a la cocina y me armé con un frasco de ajo en polvo marca Goya. Y en la segunda escena del tercer acto le rocié la cara al fanfarrón que como un loco se tiró al vacío. Y se formó un salpafuera que para que les cuento. Unos cuantos se escabulleron tras bastidores pero la mayoría se esfumó por las paredes.

Lo más espeluznante es que el cheque de depositó rebotó y los fantasmas andan desaparecidos. Demás está decir que me votaron.

©Roberto López

Sebastián / por Josué Santiago de la Cruz

dedos como cuernos (2)Aunque no formó parte del informe financiero de la alcaldesa, Salinas ha sido testigo de un BOOM! turístico inesperado, gracias a que Sebastián, el muchacho que le puso los cuernos al gobernador, se ha convertido, de la noche a la mañana, en toda una celebridad.

Es preciso ver la cantidad de turistas que acuden al municipio con el sólo propósito de que Sebastián los corone.

Se les ha asignado una cuota, que todos pagan de buena voluntad, y como el muchacho no da abasto con los requerimientos de su arte, un doble suyo, que contrataron sabe Dios dónde, hace las veces de él, al punto que ya ni sus familiares distinguen al verdadero Sebastián del falso.

Pero eso sí, la familia vive como le da la gana, hasta que Colón baje el dedo.

JSC

Hechos / por Roberto López

Iba con el perro, por un sendero del parque poco antes del amanecer, cuando un venado pasó a las millas del diablo.

Miré hacia al lugar de donde salió el animal y a la orilla de un riachuelo vi un bulto indistinguible. Mandé a investigar a Lobo y cuando hocicó el bulto, de súbito emergió un fantástico cisne plateado que luego se perdió en la niebla.

De regreso a casa el perro se refugió en la falda de la negra. Ella inquirió: «que diantres le pasa al perro que parece que ha visto un espíritu burlón».

«Para su propio infortunio, un venado le brincó encima», le contesté…y me fui a trabajar.

En la tarde me dio la noticia que un señor encontró a una muerta en el parque y que arrestaron al sospechoso.

«¡Dianche! Imagino el susto de madre al ver el rostro cadavérico», dije yo.

«¿La encontraron dentro de en un saco?», pregunté.

Sin esperar contestación, de manera vaga pero intensa, supuse que si menciono a las autoridades la metamorfosis del cadáver, o peor, si le digo a la negra que no es creyente, se pudiera dar el caso que todos ellos conspiren para internarme en el palacio de los lunáticos.

©Roberto López

Foto alpha coders

Un Escalamiento de Jueyes : anécdota en memoria de Fernando Ibarra

por Dante A. Rodríguez Sosa

Fernando Ibarra (2)
Fernando Ibarra

Recuerdo un suceso ocurrido en 1956. Fernando Ibarra ya trabajaba de policía en nuestro pueblo. Yo tenía 15 años y vino mi hermano Fui con unos primos desde Aibonito a fiestar en Salinas. Como a las 11:00 de la noche, lancé la idea de irnos para Aibonito a comernos unos jueyes que estaban en el corral de Ortiz. Los jueyes eran de mi hermano Edelmiro y hacía más de un mes que estaban enjaulados y muy gordos.

Llegamos al corral, abrimos la jaula y llenamos un saco mientras Edelmiro dormía. Cuando salíamos por el callejón que desembocaba frente al cine Monserrate, entre la farmacia Lugo y la heladería de don Pifo, y justo en el momento en que íbamos a arrancar en el Jeep de mi primo Cachi rumbo a Aibonito, apareció Ibarra y nos dio el alto.

«¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde son ustedes?»

Ibarra conocía a mi mamá. Me baje del Jeep y le dije: «Ellos son mis primos de Aibonito y van para allá ahora.»

«Pero están borrachos, no pueden guiar.»

¡Le dije al oficial policíaco que Cachi no bebía! Entonces Ibarra le quitó la llave a Fui y se la dio a Cachi.

«¡Se me van del pueblo ahora mismo!»

Nos montamos más rápido que la luz y fuimos a tener a casa del abuelo en La Sierra de Aibonito. Allí cocinamos los jueyes y nos amanecimos bebiendo y comiendo ese exclusivo manjar costanero.

jueyes1Toda la vida mi hermano Edelmiro me ha increpado por este tortuoso suceso. De hecho; la semana pasada en su oficina estábamos discutiendo unos asuntos legales y de momento trajo a colación este asunto y le dije:…«pero es que eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.» «Si, pero es que me acordé de momento y no quiero que se te olvide que me debes unos jueyes.»

En ese momento, recordé la bondad de Ibarra al darnos la oportunidad de arrancar e irnos, ante lo que era un caso claro de escalamiento de jueyes.  De hecho, muchos años después, en toda mi vida adulta, le recordé a Ibarra su noble gesto para con unos “jóvenes delincuentes”.

Descanse en paz el amigo Fernando Ibarra. Tremendo ser humano.
Mis condolencias a la familia.
RIP

 © Dante A. Rodríguez Sosa, 2016

Popeye: anécdota / por Josué Santiago de la Cruz

 

Navegando por la Internet encontré un mensaje del escritor salinense Josué Santiago de la Cruz colgado en uno de los grupos de Yahoo que frecuentaba.   A propósito del estribillo “¡Alo Popeye!” incluido por la Orquesta de César Concepción en su famosa interpretación de Pa’Salinas de Héctor Hernández, Josué preguntó:

¿Quién era Popeye en Salinas? ¿A quién llamaban Popeye?

Roberto López contesto la trivia diciendo: Popeye era un tipo de La Carmen. Trabajaba en el Parque de asistente de Leo. Si le decías Popeye tenías que pelear con él. Lo recuerdo porque me quiso quitar una bicicleta el día que corrí por la pista del parque y jodí las líneas blancas que había preparado para un Field Day. Por lo menos ese es el Popeye que yo conocí.

La contestación de Josué fue la siguiente:

Roberto, diste en el clavo. Ese era Popeye. El único Popeye de Salinas y sus barrios. Pero te voy a contar una anécdota de ese Popeye que ya sólo un puñado recordamos.

El solía frecuentar mi casa por tres poderosas razones: 1) estaba que pitaba por Elba, mi hermana; 2) le encantaba el maví que mami hacía y 3) era en casa uno de los lugares donde se espetaba un plato de arroz con habichuelas sin empeñarse mucho en ello.

Pues les cuento que para el tiempo de mi anécdota lo que es hoy la barriada La Carmen ya existía. Allí estaba el Húcar, donde jugábamos desde bolita y hoyo hasta de vaqueros e indios desplumados. Más arribita estaba La Poza, donde nos bañábamos encueraos y, claro, hacia el Sur el viejo parque de pelota.

Una vez vimos a Popeye dirigirse al parque. Se encaramó en la verja de bloques y ya no lo volvimos a ver. Por curiosidad le seguimos los pasos y cuando no trepamos a la verja para asomarnos, allí estaba él corriendo bien pegado a ella. Nos quedamos trepaos hasta aburrirnos de sólo verlo correr y correr sin cansarse alrededor del parque, pegado a la verja.

Volvimos a La Poza y después de mucho rato nos pusimos a jugar debajo del húcar que quedaba pegado a la casa de Chefín y Sayo, los abuelos de Elifá Rivera y Harry Martínez. Al rato, como Popeye no regresaba, volvimos a encaramarnos en la verja y el descomunal atleta que fue, muy especialmente en carreras de fondo, seguía dando vuelta tras vuelta sin siquiera respirar por la boca.

Popeye era uno de esos atletas que de existir en su época los programas de entrenamiento y toda esa medicina y técnica deportiva que hacen hoy de un mediocre un gran competidor, de seguro fuera una estrella del fondismo boricua.

El Gran Popeye.

JSC, 14 de marzo de 2006

Esta anécdota escrita hace 10 años alimenta la curiosidad de saber quién era esta persona a la que, en contra de su voluntad, apodaban Popeye. Tal vez Ramón Castaing  lo incluyó en su lista de apodos de Salinas.  De lo contrario, si alguien sabe la respuesta que nos diga quién fue ese corredor.

Al despertar / por Roberto Lopez

Nos llamaron del asilo geriátrico porque al tío de la negra lo agolpearon en la sala de juegos. Dijeron que algún sentimiento amoroso lo impulsó a robarle un beso a una anciana y ella le dio un bastonazo.

Al llegar al asilo lo encontramos en la cama en estado inconsciente y a punto de entregarse.

La viejita que lo agolpeo vino a disculparse y cuando entró al cuarto sucedió un milagro. El tío despertó y sin disimular su alegría murmuró unas palabras dirigidas a la señora. Habló como un niño en dialecto extraño, que días después supe que era friulano, un lenguaje que él no hablaba desde los tres años.

La señora insistió en que le tradujera las palabras del Viejo. Ella estaba pintadita y arreglada como fina muñeca de porcelana y aludiendo una viaja frase le dije “El tío dice que a la edad que usted transita, su belleza es una obra de arte”
Ahora me echan la culpa, porque esos dos locos se quieren casar…

©Roberto López