Libros: An isle of Eden, a Story of Porto Rico de Janie Duggan / Marta Aponte Alsina

La novela “An isle of Eden, a Story of Porto Rico“, de la misionera bautista Janie Duggan, es de lo más hermoso que he leído en materia de literatura relacionada con Puerto Rico escrita por estadounidenses. Se publicó en 1912, y contiene escenas minuciosamente descritas de la vida doméstica, descripciones de calles y campos, del trajín del comercio itinerante, de los salones aristocráticos y los barrios pobres de la ciudad de Ponce, además de situaciones de intensidad y fuerza lírica. Abundan los personajes femeninos fuertes. Comparto un párrafo sobre una lavandera convertida al cristianismo que visita a la protagonista. La mujer se queja de que el agua del charco donde lavaba se ha desviado para irrigar los cañaverales. No falta un comentario sobre la paciencia de los pobres:

Do you know where we have to go for our washing now, Sarita?” Sarah merely shook her head, not to arrest the tide of Concha’s picturesque phrasing, her senses all alive, however, at the mention of Doña Monserrate’s name.”

Since they are drawing off all the water the drought has left in the river for irrigating the cane lands there is not a trickle left for our washing-stones. So we must go to Portugués, two miles from here, for water enough for our clothes.” There was no complaint in Concha’s voice, for the poor and powerless learn to accept difficulties as a part of their daily fare and, in their normal state, are the most patient burden-bearers of the world. And, of course, in this instance no one could question the fact that the cane needed the scanty river more than washerwomen. For cane means labor, and labor means men’s wages, and wages mean even more than the sugar the cane will yield, and soap for washing clothes.”

El libro contiene ilustraciones fotográficas, entre ellas la del cañaveral.

 

Marta Aponte Alsina

 

Entre la calle y el río / Beatriz Martell

Entre La Calle y el Rio

Poema de Beatriz Martell

Música de Juan Carlos Ramos

Cantado por Coco Ramos

 

Beatriz Martell, “Betty” o “Doña Betty” como cariñosamente la llamaban sus familiares y amigos, nació en Ponce, PR el 29 de agosto de 1924. Fueron sus padres Concepción Martell y Paula Ruiz.

Doña Betty, no tuvo la oportunidad (como les sucedía a muchos para aquel entonces) de completar ni siquiera la escuela elemental. Sin embargo, cuando me casé con su hija mayor, Helvetia y pasé a ser parte de la familia Martell, me fui percatando que la ausencia de estudios formales no fue necesaria ya que los mismos habían sido substituidos con esa experiencia única que otorga gratuitamente la Escuela de La Vida.

Desde el 1976 cuando me uní a Helvetia, hasta septiembre del 2009, fecha en que partió de este plano, fui conociendo a Doña Betty y entendiendo su filosofía de vida y su amor incondicional por todos sus hijos. Siempre recordaré con gran cariño los domingos en la tarde cuando hijos, otros familiares y yernos descendíamos en su casa de Guaynabo como aviones en busca de combustible a lo que llamábamos jocosamente “el aeropuerto”. El combustible desde luego eran los sendos platos típicos que en su famosa cocina confeccionaba con absoluta maestría. ¡Ah, que gratos recuerdos!

Al pasar del tiempo regresó a su querido Ponce. Los años habían comenzado a trazar huella en su salud. No obstante, mantenía su espíritu firme y luchador y continuaba recibiendo a todos, aunque un poco más limitado el cupo, en su apartamento ponceño.

Fue en una de esas tardes tranquilas del Ponce cálido y señorial que la observé buscando en un pequeño baúl algunos papeles, muchos de los cuales exhibían el paso del tiempo reflejando el “castigo” del doblar y desdoblar a través de los años.

Se detuvo a leer uno de estos papeles y comenzó a balbucear “Entre La Calle y El Rio”. Comencé a prestarle atención disimuladamente a su lectura ya que no quería interrumpir el soliloquio. Cuando terminó, me acerqué a ella y le pregunté: ¿Doña Betty, y quién escribió ese bello poema? Se percató entonces que la había estado escuchando, elevó su mirada y me dijo con esa gran humildad que siempre la caracterizó: “Ay Juan Carlos, es solo una tontería que le escribí a nuestro padre por su esfuerzo en brindar lo mejor a sus cinco hijas.”

Le dije entonces: “Doña Betty es un poema precioso y por ese “sabor” a campo que lo permea, creo que una música de seis, lo resaltaría.”  Me dijo entonces emocionada: “¡Quién lo iba a pensar que yo, me haría “famosa” por haber escrito algo!

Unos meses más tarde y quizás presintiendo el desenlace me dijo: “Juan Carlos, cuando me llegue mi día, me gustaría que mi poema con su música se interpretara en mi sepelio.” Bajé la vista y solo asentí con un moviendo del rostro.

Poco después le pasé la letra y la música a mi hermano Coco, quien al igual que yo es pianista profesional pero dotado de una voz que moldea con gran habilidad al género que interpreta.

Cumpliendo con el deseo de Doña Betty, alquilamos un vehículo equipado con esos altoparlantes que usan los comercios para publicidad, y durante el recorrido del cortejo fúnebre hasta el cementerio, alternamos el seis con la danza Beatriz, la cual le había compuesto y dedicado a esta gran ponceña un par de años antes.

¡Doña Betty, ahora es usted parte del Salón Virtual que comparten escritores, cuentistas, poetas, poetisas, músicos, y analistas políticos de este Blog!

¡Creo que ahora sí, ha dado el primer paso a la fama!

 

Juan Carlos Ramos

 

 

Pintura de Félix Cordero, detalle

Oración de un asceta / Aníbal Colón de la Vega

Oración de un asceta

Señor de la concordia y del amor,
no permitas que le cause mal a nadie,
ni siquiera a los minúsculos insectos.
Yo barro delante de mis pasos
con la vieja escobilla, para salvar
cualquier manifestación de la vida,
por ínfima que ésta parezca.
Ayuno y abstinencia marcan mis días,
y la carne no toca mi boca.
Beso las frutas y las plantas,
antes de que se sacrifiquen y pasen
a ser parte de mi propia carne.
Cuida tú mis miradas y palabras:
que no sean flechas venenosas
ni dardos siniestros que hieran al otro.
Y hasta los pensamientos y afectos guarda,
a fin de que se truequen
en lluvia bendita para quienes
me acompañan en la larga calzada.
Regálame tu paz secreta.
Y, si te place, hazme invisible
y déjame pasar inadvertido donde
se imponga y me venza la violencia.

Aníbal Colón de La Vega

A qué le temes… / por Carlos Román Ramírez

¿A qué le temes…

a la vida? De todas maneras

tienes que vivirla, camínala,

respírala, afróntala, si tu voluntad

es grande la vida cede.

¿Le temes al olvido?

¿A que te olviden?

¿Acaso no has llegado a comprender

que todo pasa?

El olvido es alivio, tú también

has olvidado antes de que te olviden.

¿Le temes al sufrimiento?

¿No sabes que al igual

que la dicha a todos toca,

hoy a tí, mañana a mi?

¿Temes extraviarte?

Todos nos perdemos a veces,

es parte de la aventura.

¿Temes equivocarte, a eso le temes?

Me ha pasado tantas veces

y, mírame, aún estoy aquí

platicando contigo, mirándome

en tus ojos nocturnales,

paladeando el momento,

la casa nos cobija mientras la lluvia

acompasada cae sobre el tejado…..

tranquila, confía, reclínate, abrázame,

soy tuyo, mi amor te proteje.

               junio 2018

               Carlos Román Ramírez

El retrato / por Marinín Torregrosa Sánchez

Aquí tienes mi retrato
para que guardes la imagen
de cómo te esperaba
sonreída, arreglada, sin reproche.

Aquí tienes mi retrato
para que lo conserves
como no supiste hacer conmigo,
con valentia y coraje,
con ternura y afirmación.
Quédate con la imagen
mas no con mi corazón.
Quédate con la imagen
no con mi “complicación”.
Quédate con la imagen,
los momentos los guardo yo.
Quédate con la imagen
ya yo empaqué mi canción.

Sere mía, me tomaré una y otra vez,
acariciada por la noche,
a mi gusto, a mi manera, a mi tiempo.
Amaré y asaltaré a mi cuerpo,
toda mi piel,
recorriendo los caminos
que dejaste a mitad de hacer.
Ensalivaré mis dedos,
como botones de rosa
los pezones brotarán
en jardines de emoción.
Enredaré en la sabana suave
mi pie pequeño,
en la almohada como garzas blancas
mis piernas firmes y flacas.

Mientras, otra mano baja impaciente
a pasear sus dedos entre muslos paralelos
frotando ansias por mis lugares.

Y gritaré y morderé… hasta explotar
de placer derramando en lluvia el ser.

Así pues, quédate con mi retrato,
pero con éste que te acabo de hacer.
Yo con la humedad en mis labios,
tú con la dureza de tu amanecer.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 24 de junio de 2018.

Aqui no hay dulces / por José Ernesto Delgado Hernández

Aquí no hay dulces
ni leche caliente antes de dormir
no hay besos sembrados en la frente
ni abrazos de buenas noches.

Aquí no está la mano de mamá para arroparme
ni el coraje de papá para pelear
contra los monstruos del ropero
que se quedan viéndome desde el otro lado de estas rejas.

No está esa voz alegre de los cuentos de hadas
porque también se la llevaron cuando a mamá
la metieron dentro de la boca de una patrulla
y la desaparecieron junto con mis hermanos mayores.

En este encierro no hay fiesta de cumpleaños
no hay pasteles ni duendes ni piñatas
no hay parques ni juguetes ni crayones
porque todo es gris en estos campos densos…

donde solo nos queda la sal de la lágrima
marcada en nuestras tristes caras
donde la amargura del espanto
grita desde estos vulnerables ojos.

Aquí solo estamos los sueños presos y nosotros
bandadas de pájaros enjaulados con las alas cercenadas
aquí lloramos el espacio roto de mamá y papá
que una mano atroz quebró al llegar a la frontera.

JoseErnesto2018

 

Ascende equum (Súbete al caballo) / Gloria Gayoso Rodríguez

Ascende equum (Súbete al caballo)

_Oye, amigo!!¿Qué tal si dejamos de pastar?
_ ¿Con qué nos alimentaríamos?
_ ¡Sólo eleva el hocico y fíjate en esos verdes celestiales!
_¿Estás deprimido?
_ No, es que envidio a las nubes; aunque algunas toman nuestra forma
no tienen que soportar las ancas de los humanos por un puñado de hierbas…

©Gloria Gayoso
Foto de Eva Lewitus

Voy a cambiar tu vida / Carlos Román Ramírez

Voy a cambiar tu vida…..

 

lo juro…. y en fe de promesa

te entregaré mis horas tempraneras,

mis horas tibias, mis horas umbrías,

mis consideraciones, mis sonetos,

mis lluviosas ternuras otoñales,

todas mis locuras desparramadas

y luego….. mis conglomeradas armonías.

Mi presencia en la inmaterial hoguera

donde se cuecen sueños…..

lo prometo.

Voy a cambiar tu vida en un instante

si me convidas a ser tu amante,

abriré mi ventana tanto tiempo entornada

y un aire ecuatorial derretirá

los témpanos entre tu mano y la mía.

Yo, que nada he sido, seré pastor de ilusiones,

pintor de horizontes, hacedor de pensares,

constructor de locuras, por ti seré

más de un día cada día.

En el vasto silencioso muro plantaré

una hiedra de amarteladas frases

que arrope todo como una ola verde

y bogaré contigo en el vaivén de las horas

hasta donde la pasión se inflama

y la conciencia se pierde.

 

junio 2017

Carlos Román Ramírez

4,645 / por Marinín Torregrosa Sánchez

¡4,645! ¡Loteria!

¡Juégalo! ¡Busca la suerte!

¡4,645! 4,645… ¿4,645?

(Suena un cuatro… ¿el himno?)

 

Cuatro que engorroso llanto cantas

seis gaucho en dolorosa cadencia.

Cuatro del alma gimes…

cinco, sin colores la cruda ausencia.

Cuatro mil… violines contratados pa’l drama.

Seiscientos, seis… siento pero callas.

“Cuarenta, a mitad los derechos, elimino la 80

y cinco… sin cojones me tiene del país la venta”.

Cuatro mil seiscientos cuarenta y cinco

y alcanzamos a las estrellas de un brinco.

Cuatro mil seiscientos cuarenta y cinco

Y no hay muralla pa’ estrellarse del brinco.

Cuatro mil seiscientos cuarenta y cinco

y en el mar ahogas el grito.

Cuatro mil seiscientos cuarenta y cinco

y no hay prócer que resucite del nicho.

Y si no sales de tu confort

nos lleva el diablo…

No more Puerto Ricans

ni en la luna, ¡coño!… Lord!

 

©Marinín Torregrosa Sánchez, 30 de mayo de 2018.

Foto en: Puerto Rico art news

La maestra de inglés, los extraterrestres y yo / Rafael Rodríguez Cruz

De momento, quedé asido a una pequeña rama en la pared de la montaña. Acababa de resbalar en el fango húmedo de la vereda que está al sur de la represa Guineo, y la mitad de mi cuerpo se balanceba en el aire. Abajo, hay un precipicio de 1,000 pies de altura. Lymari, la maestra de inglés que va en el grupo, me extiende la mano. «No mires para abajo. Confía en mí y dame tu mano», me dice con firmeza. Le extiendo con rapidez la única mano que tengo libre. Con la otra, evito mi caída al precipicio. Siento de sopetón que Lymari me agarra con firmeza. Ni trato de ayudarla en el rescate. Cualquier movimiento en falso y lo que comenzó como una visita ecológica a la termoeléctrica Toro Negro II habría acabado en velorio, mi velatorio precisamente. Georgie, el trabajador de la hidrogas de la AEE, cae de un brinco cerca de mí y ayuda a Lymari. Me levantan en el aire y me ponen a salvo.

Decido seguir con el recorrido, por una mezcla de curiosidad y orgullo herido. Vamos a llegar a la entrada del túnel que lleva agua de la represa Guineo a Toro Negro II. El grupo entero es de ocho personas. No todos se arriesgan a caminar en un tubo sobre un precipicio de 1,000 pies de altura. Se trata de una tubería de tres o cuatro pies de circunferencia y suspendida a 1,000 pies de altura sobre el río Toro Negro. Abajo, lo que hay es el vacío. «Esta es el área más peligrosa del trabajo que hacemos los de hidrogas», señala Georgie. Me acuerdo entonces del terror que le tengo a la altura. Me faltaban como treinta metros de recorrido sobre el tubo. Miro a Lymari y Carmen Enid, que se balancean tranquilas sobre el tubo. Pienso en Walenda.

Echo una mirada a la entrada del túnel. Todo esto lo hicieron en 1925. Un gigantesco túnel subterráneo que corta las montañas de la región para llevar agua a la termoeléctrica Toro negro II, desde la represa Guineo. En algunas partes, dicen, el túnel tiene 7 pies de ancho por siete de alto, y hasta más. Es una estructura subterránea de cemento. Fue fabricado a mano hace casi un siglo por trabajadores del área sur de la isla. Lo único que se sabe es que mucha gente murió en accidentes de trabajo. La mayoría trabajaba por comida, pues entre 1919 y 1926 fue la gran depresión de la agricultura en Puerto Rico. Peor que en la década de los treinta.

Carmen Enid saca unas fotos viejas de su bulto que muestran un tren elevado que pasaba de una montaña a otra, o sea, de pico a pico, llevando materiales para la construcción de la termoeléctrica Toro Negro II. Parece una montaña rusa de juguete. Le digo que no puede ser verídica. «Trenes elevados sobre la Cordillera Central de Puerto Rico, imposible», digo a risotadas. ¿Cómo diablos llegó un tren con vagones al tope de una montaña de 3,000 pies de altura sobre el mar? Propongo la única teoría que me parece factible: extraterrestres en Puerto Rico en 1925. Luis, el de Sierra Club, confirma que no es una mentira. Son fotos verdaderas. Sobre esto habrá que escribir, concluyo.

Son las 12 de la medianoche. No puedo dormir. Es ahora que me ha entrado la temblequera que no me dio cuando estaba a punto de caer por el precipicio. Es cierto lo que dicen: se vive solamente una vez. Pero, ¿por qué tengo que vivir mi vida arriesgándome tanto? Culpo a mi primo Reuben. Toda mi vida he seguido sus aventuras arriesgadas. La de hoy es la última, lo juro. Bueno, por lo menos en lo que llega la próxima…

El Amor y el Cosmos / por Juan Carlos Ramos

Si en la infinita pradera el trueno aguerrido trepida,

Si la profundidad del miedo se yergue solemne en la penumbra nocturna.

Mi corazón solitario espera el amanecer de un día que quizás nunca llegue…

Busca la tibieza para recibir el final del tiempo y busca la riqueza de un amor desconocido.

Pero nuevamente veo el miedo acercándose y la insondable oscuridad se torna en un torbellino de desilusión.

Una vez más mi corazón se transfigura en un faro buscando con su luz el amor perdido.

Las hojas trémulas se desploman víctima de la helada que cubre los senderos de tiempos pasados.

Finalmente, las voces del Cosmos se despiertan con el manar de la luz infinita.

Entonan un canto en maravillosa armonía y los cuerpos celestiales se esparcen.

La música asemeja la celeridad de la luz y la incongruencia de lo nuevo con lo vetusto disipa algunas estrellas.

A una distancia semejante a la de un diminuto punto en el infinito abismo, me veo.

Mi cuerpo ya esfumado… mi alma todavía a la espera.

Juan Carlos Ramos, Invierno del 1992

LECTURA DEL POEMA EN LA VOZ DE LUIS DE LEÓN

La protuberancia : un cuento de la calle / por José Santiago

Cumplidos sus siete años, Mercedes, fue removida del hogar de sus padres por una agencia de gobierno expertos en relaciones de familia. Vivió once años en diferentes hogares sustitutos sin conocer del paradero de sus dos hermanos, ni de sus padres.  Fueron tiempos difíciles fuera del calor familiar y sin nadie en quien confiar.

A su mayoría de edad se matriculó en un curso de enfermería, gracias a las gestiones de una institución sin fines de lucro. Completada la parte teórica, es asignada a una entidad hospitalaria a completar la práctica que le permitiría completar una certificación en enfermería.

Cada domingo, luego del culto religioso, Juan Antonio acompañaba a su abuelo a la panadería que ubicaba a varias cuadras. Aun cuando disfrutaba a plenitud aquellos suculentos emparedados, siempre tenía la misma molestia al salir. El mendigo hambriento, parado justamente a la salida del concurrido comercio con su mano extendida pidiendo dinero; su ropa raída, calzando tenis rotas y tan sucias como su cuerpo. Desaliñado, mugriento y de aspecto asqueante era una molestia para muchos parroquianos. Juan Antonio siempre evitó mirarlo al salir y contenía la respiración para evitar el pestilente olor, ignorando a su vez aquel pedido de ayuda para saciar el hambre.

El abuelo pasó a ser de un buen cristiano a un extremista; cambió su profunda fe cristiana por fanatismo religioso. El poco tiempo que dedicó a su nieto, no fue suficiente ante su necesidad de cariño. La falta de atención, la poca comunicación y sin dirección para mantenerse en el camino correcto lo fueron desviando.

Luego del divorcio de sus padres, su papá emigró a los Estados Unidos y su madre se unió a un malandro quien nunca aceptó a su hijo. Juan Antonio queda bajo la custodia de su abuelo, quien viejo y cansado trató de imponerle la religión para mantenerlo en el camino del bien. Cuando se trata de imponer en vez de convencer, los resultados son nefastos. La religión lo asqueó y con los amigos de la calle su futuro descarriló.

Libre como el viento, la calle le ofreció lo que a muchos jóvenes; una vida de lujos y comodidades sin mucho esfuerzo, a cambio de una corta existencia. Autos de lujo, dinero en abundancia, mujeres despampanantes y la envidia de otros jóvenes quienes con el tiempo los emularan.

Agonizando en una camilla de aquella institución hospitalaria, última oportunidad para personas en condiciones de salud crítica, Juan Antonio, comienza a divagar. Llegan a su memoria recuerdos de lo ocurrido, cuando fue emboscado por dos gatilleros que dos días antes habían tratado de liquidarlo. Su reacción inmediata fue correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran. Sintió un leve ardor y un olor a carne quemada cuando aquella primera bala penetró su costado. Un segundo proyectil traspasó su muslo derecho dejándolo tendido en el pavimento, justo frente a la puerta de la panadería donde cada domingo comía suculentos emparedados. Se arrastró hasta la puerta tratando de encontrar acceso a su interior, mas esta había sido cerrada con llave. Las marcas de sus manos ensangrentadas sobre la puerta de cristal; la soledad que lo invadió, la sensación de abandono en la que se encontraba y luego sentirse arrastrado fueron sus últimos recuerdos.

¿Dónde estaba; cómo llegó a ese lugar? ¿Quién era la joven vestida de blanco parada frente a él? No sentía su cuerpo, como si solo su cabeza estuviera en la camilla. Un miedo terrible lo invadió, lágrimas rodaron por sus mejillas. Desconocía si estaba vivo o luchando por su vida, por primera vez sintió la necesidad de Dios en su existencia, creer en Él y en sus promesas de sanación y salvación.

—Dios mío, si estoy vivo sana mis heridas, te lo suplico. Si estoy muerto, no permitas que arda en el infierno, condúceme a la tierra prometida, perdóname mi Dios. Luego de estas últimas palabras, sintió que se ahogaba, el aire no le llegaba, no podía respirar. En ese momento comprendió que estaba vivo y la expresión de terror reflejada en su rostro asustó de tal manera a la joven que lo acompañaba, quien en su desesperó cerró ambos puños y lo golpeó en el pecho. Los coágulos de sangre vomitados permitieron la entrada de aire a sus pulmones y el regreso a la vida. Entendió que Dios le había concedido una nueva oportunidad.

Su recuperación tardó meses. Tiempo de reflexión, de lección de vida y de un nuevo comienzo. Mercedes, la joven enfermera, que salvó su vida cuando golpeó su pecho y quien lo acompañó en su larga estadía en el hospital es hoy su esposa. El mendigo de todos los domingos frente a la panadería, que tanto le asqueaba y a quien nunca le brindó ayuda para mitigar su hambre; fue quien lo arrastró a la calle. Allí obligó a una joven conductora a detenerse, lo subió ensangrentado al asiento trasero y lo condujeron a sala de emergencias. Aquella protuberancia que observó su esposa en el cuello, es el plomo de la tercera bala, de la cual no sabía ni había sentido cuando entró por su boca, destrozando parte de su dentadura y alojándose en la cervical tan cerca de la columna vertebral que imposibilitó su extracción. Quedó en su cuello como diario recordatorio de lo ocurrido el día que Dios cambió sus vidas.

 

© José Santiago, Sebastiopolo