Las fotos del celular

por Roberto Quiñones Rivera

 

Voy camino por la calle Unión de mi pueblo acompañado de una dama y un caballero que se identificó como Del Valle. La conversación, aunque no preciso el contenido, giraba en torno a una victoria obtenida en un asunto político.

De pronto miro al cielo y veo la silueta de un arcoíris inusual, de una forma y belleza extraordinaria, pues dibujaba la bandera puertorriqueña.

Tal como en una película, cambia la escena y me encuentro en mi querida Ciudad Perdida, frente a la casa donde nací, llamando a mi madre para que salga a ver el arcoíris. Continúo caminando rumbo a la plaza pasando por la esquina de las casas de los Santiago y de Toña Valdés.

Con mi celular en manos iba tomando fotos del espectacular arcoíris. Sigo caminando hacia la plaza, pero en un instante siento la sensación de que estaba soñando, que no era realidad lo que estaba viviendo.

Busque mirar de nuevo al cielo para ver mi bandera, pero Morfeo me había abandonado en medio de una temperatura de menos de 40 grados.  Desperté con sentimientos encontrados; entre ver mi bandera ondear gloriosa en el cielo infinito y las injurias a granel de que es objeto. No obstante, a que los sueños, sueños son, a las cuatro y media de la madrugada, busqué el celular con la esperanza de que ocurriera un milagro.

 

Foto: Arcoiris en la curva. Revolvy

Una lectura a “Los que mecieron mi cuna” / Judymar Colón Díaz

Hace unos días atrás, mientras transitaba mi cotidiano camino de San Juan a Salinas, escuchaba un coloquio entre poetas y escritores, donde el invitado especial era el argentino Jorge Luis Borges. Los otros poetas procedían de México, Venezuela y si mal no recuerdo, de España. Una de las preguntas que intentaron abordar era sobre el oficio de escribir. ¿Para qué escribir? La pregunta levantó los ánimos y revolcó los pensamientos de cada sujeto allí presente. El venezolano, Adrián González León, muy convincente decía que el escritor latinoamericano debía dejar a un lado su experiencia íntima y adentrarse a los problemas colectivos del continente latinoamericano, y que, como escritor, debe participar de la vida y la historia de la Latinoamérica que ha sido profundamente humillada. Por su parte el escritor mexicano Juan José Arreola, expresaba que se escribe para saber quiénes somos, para conocerse a uno mismo; que la literatura debe formar parte del ser y debe promover transformación en las personas. Por la misma línea, Borges expresaba que escribía motivado por una necesidad íntima y para conocerse a sí mismo. Mientras que Salvador Elizondo, expresó que el fin de la poesía es la poesía misma. Acá tenemos el eterno dilema de: el Arte por el Arte vs el Arte comprometido con causas externas.

Bien, comienzo exponiendo esta disyuntiva porque me parece, según mi lectura, que el libro “Los que mecieron mi cuna” la resuelve muy bien. Tal parece que Lucía no tiene ese dilema, pues conforme uno va transitando el texto a través de la lectura, va encontrando distintas escrituras: las hay nostálgicas del barrio originario, hay escrituras que buscan atisbar el yo de la voz literaria que nos susurra dentro del pensamiento, hay escrituras combativas y rebeldes que gritan las injusticias, el coloniaje, la historia oculta, el deseo de libertad, hay escrituras de coraje y de indignación, hay escrituras de mujer, de niña, de juegos. Y, hay escrituras que navegan el mundo de la poesía, así sin más, dándonos una experiencia lectora de creación, de la puesta en palabras de lo que es el Ser, de sonidos afables, de liviana existencia, de pesadas preguntas, donde la poesía interroga a quien escribe, a quien lee y se interroga a sí misma. Porque como nos dice la autora en Secta de Mí: “¡Eres hecho de preguntas! ¡Eres salvo en la poesía!”.

La Lucía que yo leo a través de este texto, escribe para crear nuevos caminos, pero para retomar los ya trazados. Escribe desde la intimidad de su casa, desde la intimidad que emana del regazo de su madre, de la voz de su padre y el amor de un hombre. Escribe desde de la intimidad compartida entre las montañas de su barrio, de la intimidad que implica su experiencia salinense, desde la intimidad que gestó en ella una conciencia política e histórica que la mueve a salirse de su yo, para alzar la voz por la tierra herida y esclava, por la mujer bruja, la mujer caudilla, la mujer gestora de la Patria misma. Alzar la voz y ser eco de Albizu, de Lolita, de Oscar, de Rafael y todos los Héroes y Heroínas que han luchado por la libertad y dignidad de nuestro país. Pero también, escribe para darle voz al pueblo, a su gente, a los personajes del barrio. Y precisamente por eso es poeta. Porque encuentra en su familia y en su barrio, en el mundo y la naturaleza, en los juegos y en los héroes, pero también en la cotidianidad de los días, el ímpetu puro que le abre las puertas a la poesía. Y hablo de la poesía, porque el libro completo está revestido de ella. Recordemos que la poesía trasciende formas y géneros literarios, tal cual podemos leer en el poema ¿Eso crees?, referente a la poesía: “¿Crees que vive en el papel?”. El libro está compuesto de poemas y prosa, y en ambos la poesía se revuelca.

Entonces, habiendo dicho lo anterior, que da una descripción general del libro, quisiera detenerme en un asunto específico:

Los que mecieron mi cuna figura como un espejo en distintos niveles. Aquí las palabras se la pasan “rodeando abismos de espejos” tal cual se desprende del poema El tener. Y los versos se miran: “Agarré mi verso, lo miré al espejo” y luego ese mismo verso pregunta “¿Y tú de qué te escondes, si yo soy tu retrato?”. Hay un juego con el reflejo: se refleja el yo literario, la poesía se refleja en sí misma, hay un país que pudiera ver su reflejo en los versos de resistencia, lucha y gritos. El puertorriqueño tiene la posibilidad de verse reflejado, no solo para ver lo que ya sabe y lo que tiene, sino para dar cuenta de aquello que aún no ha podido divisar y entonces enfrentado a sí mismo, la palabra podrá mover y quizás transformar algo. Esto es, mirarse a través de la lectura y habiéndose reflejado, hacer algo con eso. Por ejemplo, en el poema Selfie  podemos leer:

“Mira el rostro que por décadas ha sido fusilado con mentiras. Fíjate en el fulgor de tus

ojos para ver si al fin encuentras lo que hoy nos hace falta: el valor y el sacrificio”.

Y bien, hay un espejo que a veces es color verde, otras, cristalino como agua de río o de mar, pero otras veces es azul o negro dependiendo del cielo. El poema Salinas surge como un espejo para el lector salinense. Es un recorrido geográfico, gastronómico, histórico, musical y religioso de nuestro pueblo. Un retrato de su gente, de los barrios, sus aguas saladas y sus aguas dulces, de los valles y montañas. Un canto a Salinas, donde cualquier compueblano podrá reconocerse en algún momento del poema.

Y, dentro de ese gran espejo del mar caribe, hay un reflejo que hoy quiero destacar: el del barrio nostálgico, el barrio del ritmo, de los rezos, de montañas y caminos. Barrio que tiene espejos de luna (y esto me hace recordar una cita de un fragmento persa que en una ocasión dicta Borges: “La luna es el espejo del tiempo”) Y es que este barrio, espacio mágico y literario, “todo lo ha visto en sus espejos de luna, pues su añeja sabiduría como el pitorro más fuerte se ha eternizado en refranes que son rumores de río”.

Lucía nos ha cantado como barrio y digo nos, porque yo soy de allí, del barrio La Plena. Hemos sido dichos por una poeta que, con su acto de escribir, nos ha puesto a dialogar con tantos espacios literarios que forman parte del caudal de obras escritas en la literatura universal. Tal cual Gabriel García Márquez hizo con su Aracataca colombiana, escribiéndola, transformándola, re-creándola, mistificándola y eternizándola en el Macondo de Cien Años de Soledad, Lucía lo ha hecho con su barrio. Que más allá de describir su entorno, su olor, sus espacios y caminos, le dio voz y eternidad a su gente: “En nuestro barrio La Plena, todos somos personajes. Habitamos en un manuscrito escondido entre serranías y por eso, no nos reconocemos entre sí; pensamos que somos seres de carne y hueso, siendo protagonistas fugaces en una narración de generaciones infinitas”. Pero, es importante no perder de perspectiva, que La Plena así, escrita, es Macondo, es Aracataca, es el Coco, las Ochentas, es cualquier barrio de Puerto Rico, es cualquier barrio de República Dominicana, de Cuba, de Brasil, de Francia, porque la literatura la ha hecho universal y cada persona podrá identificar a su Genaro, a su Camilo, su mama Lulú o su Panchita, que son algunos de los personajes que Lucía eterniza con sus palabras. No habrá que ser oriundo de allí, para sentirse convocado a ese espacio que cada lector transformará según sus experiencias y sus vivencias, pues parafraseando a Lucía, nuestro barrio en este libro, deviene en “una historia legendaria que siempre nos hará recordar de dónde somos y a qué libro pertenecemos” y esto le cae no solo a los pleneros, sino a toda la humanidad.

Judymar Colón Díaz, 15 noviembre 2019.

La autora, es escritora a la que le gusta tocar guitarra, cantar y vivir la poesía.  Hizo sus estudios subgraduados en psicología en la Universidad de Palermo, Argentina y en la UPR de Cayey. Cursa un doctorado en psicología clínica del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico y posee una maestría en literatura del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

 

Libros: Diario catastrófico de Pedro M. Sanabria Campos

Se suele decir que el ser humano es un animal político, pero el cumulo artístico de la humanidad prueba que no solo es un animal político, sino que también es un animal ficcional.  En todos los géneros encontramos piezas basadas en hechos reales, así en la narrativa, el teatro, el cine, las animaciones y la poesía existen piezas extraordinarias que tornan en ficción las vivencias de individuos, comunidades y naciones.  Quizás nuestra existencia misma se mueve en un péndulo en el que se integran realidad y ficción.  En la misma cotidianidad, lo que pasó se convierte en un recuerdo y pasado un tiempo breve se relata el suceso exagerando, dejando fuera o añadiendo elementos que distorsionan lo sucedido.  Por eso se dice, que el género narrativo basado en hechos reales juega con la realidad para, en medio de la hipérbole, la mentira y la omisión, traslucir la esencia de una verdad como mensaje.

Perteneciente a la narrativa basada en hechos reales no llegan noticias de la publicación del libro titulado Diario catastrófico de Pedro M. Sanabria Campos.

La novela cuenta como la comunidad de Monte Moria enfrenta las vicisitudes luego de recibir el impacto del poderoso huracán Magdalena.  Esta comunidad, ubica en la costa sur de una isla caribeña quedó desamparada marginada y olvidada por las autoridades gubernamentales.  Pero lo esperanzador en medio de la tragedia brota. Son los gestos de solidaridad y el esfuerzo mutuo lo que logran devolverle la esperanza al vecindario.  En torno al personaje de Ausberto los vecinos emergieron victoriosos para levantarse del desastre y emprender el camino de la reconstrucción.

Esta novela del profesor Pedro M. Sanabria tiene como escenario real el paso del Huracán María por Puerto Rico en 2017 y el manejo gubernamental de la crisis ocasionada por el fenómeno atmosférico. La novela es una punzante crítica social y política a las autoridades por la incompetencia demostrada antes y después del paso del terrible huracán.   El autor retrata toda la crudeza e insensibilidad de los gobernantes y de las agencias federales y estatales para generar una respuesta rápida para salvar vida, comunicar sus acciones y responder a las necesidades de los damnificados.    Situación que como se sabe, fue excusa para que los buitres corruptos calcularan como beneficiarse de los dineros destinados a la reconstrucción, mientras se daban buena vida en los cuarteles generales de manejo de emergencias.

El autor de este libro es maestro, consejero profesional, evaluador vocacional y mediador certificado.  Ha publicado también el libro Autoestima como experiencia de vida.  La novela Diario Catastrófico es una mirada testimonial al terrible septiembre de 2017 que sumió a Puerto Rico en la oscuridad al colapsar su sistema eléctrico y profundizar la larga depresión económica bautizada por la corrupción gubernamental.

por Sergio A. Rodriguez Sosa

De los rincones / por Gloría Gayoso

Ella habita triste
en un rincón de la sala.
Anda en escoba
barriendo tiempos
que el reloj marca;
y sumida en recuerdos
se mira en el espejo,
que la retrata.
Tiene sobre una mesa
sueños de otras galaxias.
A veces una silla
inventa humanas formas
que sin boca la llaman…
La soledad habita
en las paredes enladrilladas
y nadie la acaricia,
y nadie la engalana.
Ella lo espera siempre
de noche y de mañana.
Y cuando cae la tarde
refúgiase en la lágrima.

©Gloria Gayoso
Derechos reservados

Foto: Eva Lewitus

Canto a Salinas

 

por José Norberto Quiñones

 

Salinas pueblo amado,

vengo a cantarte aquí,

decirte con frenesí,

lo que en el alma he guardado.

 

Amo tus suaves colinas,

y también amo tus valles,

tu plaza, tus lindas calles,

y tus playas diamantinas.

 

Hueles a poleo y caña,

a jueyes y mojo isleño,

llevas sabor en tu entraña,

y aromas que son ensueño.

 

El sol que quema enciende,

tus pastos y yerbazales,

que año a año trasciende

cual sahumerio de ocultos males.

 

De rosa, púrpura y oro

se tiñe tu atardecer,

cuando empieza a oscurecer,

los astros cantan a coro.

 

Los penachos de tus palmas

rasgan tu cielo antillano,

de la costa al fértil llano,

brindan paz al contemplarlas.

 

El mar Caribe es guardián

de las playas de Salinas,

y sus olas cristalinas

Grácil, vienen y van.

 

Cuando la Luna ilumina

con su luz tu bello entorno

ella te sirve de adorno,

¡Hay que noche tan divina!

 

Tu gente, amable, cordial,

humilde, tranquila, sencilla,

es esta la maravilla

de mi pueblito natal.

 

Tus mujeres saladitas,

dulzura en el corazón,

saben amar con pasión,

Todas, todas, son bonitas.

 

Salinas, nunca te olvido,

aunque me aleje de ti,

mi hogar siempre estará allí

a pesar de haber partido.

 

Difundido por: Circulo Literario Antonio Ferrer Atilano

Foto tomada de Internet, autor desconocido.

¿De qué quieres hablar? / Carlos Román Ramírez

Te pregunto ¿de qué quieres,

de tu vida, de la mía,

de tus sueños nacidos, de los perdidos,

de lo que fuimos un día?

¿De primaverales rosicleres, de soles

veraniegos, de matinal lluvia

profunda cuando mi conciencia

era tuya y aún lo desconocías?

¿Del fuego interior que nos unió

en el camino, de tus sentires vagos,

de los galopantes míos?

¿De lo que logramos, de lo que perdimos

en la inmensa corriente de la existencia?

¿De cosas sin mencionar lo nuestro,

de la patria o de alguna otra agonía,

de los hijos que se van más de lo que vuelven,

del mar, por ejemplo?

¿Sí, del mar?, pues hablemos de bogar

como una vez bajo luna plateada

en el idílico vaivén de las olas…. ¡ensueños!

y luego…. ¡miseria!,

un puerto de luces agónicas

mirando perderse un amor grande,

ya mediano, ya pequeño

como el navío que se aleja

en un adiós sin regreso.

 

Carlos Román Ramírez

Como te quiero Santa Isabel / Reinaldo Zayas

Que mucho te quiero Santa Isabel
y estoy tan lejos, que me desvelo
de solo pensar no volverte a ver.

Que mucho te quiero pueblo adorado
crecí en tus calles y entre sembrados
de caña dulce como la miel.

A veces me desespero, porque estoy lejos
y me hacen falta las caricias de tu azul cielo
la brisa suave que me hipnotiza, en el hermoso atardecer.

Cuanto adoro ese olor a tierra mojada
que provoca sueños, como de hadas
que se mesen en la enramada del cocotero
y allá en la playa, guardan tesoros de mi niñez.

cuanto te amo Santa Isabel
de día te añoro como ninguno
y en la noche, cuando no canta el coquí que me vio nacer…

pienso, Dios mío que el tiempo pasa
y me da miedo de fallecer,
sin ver tu rostro de recta línea desde mi calle,
Santa Isabel.

Reinaldo David Zayas Núñez.
Cartagena de Indias – Colombia
mayo 24 del 2019

 

Libros: La casa de los cachorros, de David Arce

por Miguel Garnett

Cuando se lee una novela, no siempre se presta mayor atención al epígrafe o a las palabras de la dedicatoria, y, en el caso de esta novela de David Arce, eso es fatal. El poema que constituye el meollo de la dedicatoria habla de Macondo y es a través de la lupa del realismo-mágico simbolizado por aquel pueblo creado por Gabriel García Márquez que se debe leer esta obra ubicada en Chulucanas y sus alrededores. La novela de David Arce ofrece un espejismo y una fantasía a veces de jolgorio o de gracia, y a veces de un ambiente lúgubre. Este último se encuentra simbolizado casi al principio con la muerte del Negro Otero que se colgó del badajo de la campana mayor de la catedral, y “Ese día las chirocas no cantaron”. Una escena graciosa se encuentra cuando la dueña del prostíbulo llama a Carmelo Seminario en pleno acto de amor, anunciando que le busca un chico guapísimo que dice que es su hijo: “Es urgente, don Carmelo”. Él contesta: “Carajo! Uno no puede estar tranquilo en ninguna parte sin que lo jodan!” El chico luego le informa que lo ha buscado por todas partes, y “Vengo a decirte que la abuela Mercedes acaba de fallecer.” Así, los goces de la vida y las sombras de la muerte se encuentran.

La novela tiene una estructura especial y consiste de una serie de viñetas. En cada una de estas hay una pequeña historia en torno de uno u otro de los personajes que llenan las páginas de la obra. Mayormente son personajes pintorescos como vemos en el relato del nacimiento de Domingo Seminario que se encuentra cerca del principio de la novela. Él es hijo de un tramposo vendedor de cebo de culebras y Doralisa Seminario. Ella da a luz sin la ayuda de nadie y su hermana la encuentra con el hijo “envuelto como un tamal y chupando la teta como un bendito”. A los 16 años, Domingo provoca un gran escándalo porque roba a María Candela, una mujer mucho mayor que él. Sus amoríos son fuente de bastante chisme, y hasta de sermones de parte del cura, aunque más tarde vemos que este señor no es tan santo que digamos. Domingo muere salvando a cuatro niños de ser ahogados en el río Ñácara, son los cuatro cachorros y son ellos que dan el nombre a la casa que Domingo había estado construyendo con María Candela. Pasan seis años y María Candela convierte la casa en un prostíbulo después de la llegada de uno de los cachorros que le dice: “He venido a dormir contigo”. Él tiene solo 14 años y ella “solo sentía la firmeza y los latidos de aquel miembro formidable”. Una escena en el prostíbulo hace recordar otra parecida en la novela “No se lo digas a nadie” de Jaime Bayly; sucede que Carmelo Seminario quiere iniciar a su hijo, Jorge, en “los escarceos del amor”. “Jorge, asustado, miró a todas las chicas de todas las razas y no supo a quién escoger. María Candela lo tomó cariñosamente de la mano y lo llevó a su habitación, mientras el padre acariciaba a la Pepa Rengifo. ‘¿Por qué será tan cojudo este huevón? Con tantas pichoncitas escoge la más vieja’.” María Candela no delata a Jorge a su padre por su incapacidad de cumplir sexualmente como hombre y, en agradecimiento, Jorge lleva a sus compañeros del colegio militar, así que “con tanto cadete como cliente, el nombre de la Casa de los Cachorros adquirió mayor fama”.

Un prostíbulo es un buen espejo del mundo o aún se puede decir que es “el gran teatro del mundo”. La dueña es casi siempre una persona formidable en todo sentido de la palabra; y así es María Candela. Las chicas que trabajan allí ofrecen un abanico de la condición de la mujer desde las pobres esclavas sexuales explotadas por gente despiadada e involucrada al fondo en el horrendo trato de personas, hasta las chicas elegantes que gozan de su profesión y ganan buen dinero. De los clientes ni se diga. Literalmente acude todo el mundo, ricos y pobres, gordos y flacos, hombres sin problemas y hombres desesperados, hombres buenos y hombres malos, hombres cariñosos y hombres abusivos, jóvenes ya experimentados y jóvenes tímidos. Probablemente la novela más famosa que utiliza este escenario es “Nana” de Emile Zola. Zola fue el primer escritor “naturalista” –una corriente literaria dedicada a retratar la verdad de la vida humana, cueste lo que cuesta. Zola lo hizo con una honestidad excepcional retratando la corrupción y la decadencia del imperio de Napoleón III. En “La Casa de los Cachorros” David Arce retrata el Perú que es un país de profundos contrastes de gozo y de tristeza, de riqueza y de pobreza, de piedad y de hipocresía, de humor chispeante y de pomposidad aburridísima, y su obra, aunque marcadamente diferente, encuentra un vínculo con “La Casa Verde” y “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa, con sus respectivos caleidoscopios de todas las sangres.

Precisamente porque “La Casa de los Cachorros” es escrita como una serie de viñetas es un libro que se lee con facilidad. Se puede leer una viñeta, releerla, saborearla y meditarla si quiera. Con frecuencia se considera que una novela sea buena, cuando el lector se encuentra tan atrapado que tiene que seguir leyendo; y cuando llega al fin de un capítulo le urge comenzar el próximo. “La Casa de los Cachorros” no es así. Permite otro ritmo de lectura. Como ya he dicho, cada viñeta provoca no sólo una lectura sino un repase, y aún se puede decir que después de leer varias viñetas el lector se encuentra impulsado a volver hacia atrás para captar de nuevo lo que hace o dice tal o cual personaje, y gozar de los contrastes que David Arce nos ofrece. Por ejemplo, el nuevo maestro, Manuel María es un “blanquiñoso recién llegado de Lima que pedía las cosas, modulando siempre la voz, pidiendo por favor, nunca se le escuchó un carajo, ninguna mierda, nada, ni una sola lisura”. Pero lisuras hay cuando el gay, Siete Leches Madeleine, pelea con Ciro (con seis nombres más) Cherres Pacherres, que es un peleador temido. Ciro le dice: “maricón de mierda, no te metas en asunto de marido y mujer” –es que Siete Leches busca bronca a Ciro porque lo ha escuchado gritar y pegar a su mujer, Aurora Canales, que es lisiada. Siete Leches da a Ciro la paliza de su vida, y cuando Aurora se molesta con su defensor, este reacciona diciendo: “¡Qué mujer para cojuda, la defienden y todavía se molesta!”

En total, son 47 viñetas. 47 mini-historias que se relacionan y entretienen al lector, que muy bien pueda acompañar su lectura con un buen trago para lubricar el gozo que provoca este libro.

©Miguel Garnett,

Cajamarca, abril de 2019

 

Lo se todo / Josué Santiago de la Cruz

La Reportera lo vio sentado en el último escalón de una escalera de concreto armado, único testigo de un hogar en ruinas.

–No se desespere que la vida le sonríe.

Sin apartar la mirada de algún punto indeterminado en lontananza, el hombre pareció no escuchar las palabras de aliento.

–Usted no está solo. Vamos a ayudarlo a reconstruir su hogar y su vida.

Luego el camarógrafo enfocó el lente para captar la angustia de aquel hombre que en estado de shock parecía afrontar, desesperanzado, la pérdida de todo lo acumulado en años.

Los vecinos no salían de su asombro al ver cómo le entregaban bolsa tras bolsa de suministros a un hombre al que ellos nunca habían visto por el vecindario.

©JSC
07/10/2017

 

La Matanza / por David Arce

El mismo día en que mi madre empezó con la cantaleta de que no hacíamos nada en la casa, que parábamos mataperreando en el campo, que traíamos soñas, pacasos, cololos, lagartijas y cualquier tipo de alimañas que se nos cruzara en el camino, ese mismo día en que el sol torrencial inundaba las habitaciones de la vieja casa, se apareció nuestro primo Saturdino, diciendo alegremente: tía, para ir con los muchachos a La Matanza, que van a matar un toro y va a haber una fiestaza con una banda de cuarenta músicos que vendrá de Sechura. Mi madre primero se hizo la sorda, mi hermano Grimaldo y yo solamente pasamos saliva e hicimos como que tampoco hubiéramos escuchado lo que dijo nuestro primo. Y él continuó, sin saber todo el sermón que nos había recitado nuestra madre. Tiíta, van a quemar un castillo de siete cuerpos, que tiene una paloma encima y la vaca loca que nos va a asustar, es por el cumpleaños de doña Edilia Martino, que viene a ser nuestra prima lejana, y que tiene tanta plata que se hace más lejana todavía. Deles permiso a mis primos para que me acompañen, también va a ir mi papá Serapio, y Don Arístides que nos va a llevar en su camión linchito que recién lo está estrenando.

Y a ti qué moscón te ha picado, le dijo mi madre con una mirada seria, cómo crees que voy a dejar a mis hijos con tremendos borrachos como tu papá y Don Arístides, además ellos tienen muchas cosas que hacer en la casa, no han terminado el corral para los pavos, ni han cosechado los tamarindos, que un día de estos se nos viene un aguacero que los va a dejar todos negros. Ni ropa limpia tienen. Se escuchó un portazo y Don Serapio con su voz ronca le dijo, ya pues mujer, deja que tus hijos disfruten sus vacaciones y que nos acompañen a la fiesta, yo los voy a cuidar, mira que van a matar un toro, le voy a decir a la Edilia que te envíe las vísceras y un par de libras de carne, también van a matar tres cabritos de leche, veinte gallinas, diez patos, cuatro pavos, y tres ovejas; ni que vaya a venir el Batallón de soldados que pasó por acá en la guerra del 41, que se comieron todas las raciones de un mes en los tres días que estuvieron e hicieron estropicios, dijo nuestra madre.

Mi hermano Grimaldo se comía las uñas y me miraba cómplice, y Don Serapio arremetía, acaso no han sacado buenas notas, tienen derecho a divertirse, y yo te prometo que no les va a pasar nada, yo te los voy a traer sanos y salvos.

Fue entonces que el sol alumbró más y el rostro duro de mi madre volvió a ser el de antes: fresco y reluciente, bueno, pero no hagan ninguna travesura y ya no maten ningún pájaro ni lagartija en el camino, que son animales de Dios, que nunca se sabe cuándo el mal puede estar acechándolos en cualquier oscuridad para llevarse sus almas, y más que ustedes son menores de edad, y al Enemigo les gusta llevarse angelitos para su oscuridad. Arréglense, báñense, y pónganse algo decente para que no den pena. Ah y tú Grimaldo, alcánzame esa camisa para remendártela, que seguramente ni cuenta te has dado que está rota.

Mientras volábamos hacia el cuarto aguantábamos nuestra alegría y apenas llegamos empezamos a saltar de alegría. A las once de la mañana ya estábamos listos, mi madre, nos abotonó el primer ojal de la camisa y nos alisó el cabello, tengan mucho cuidado nos dijo, no vengan muy tarde, porque ya saben que como a las seis aparecen los espíritus malignos y se llevan a los moros, y ustedes todavía no están bautizados. Y don Serapio, apenas almorzamos y los traemos de vuelta, no te preocupes mujer. Ya muchachos, suban al carro.

Arriba de la caseta ya estaba Nerón, mi perro flaco que nunca se llenaba y nunca engordaba, solitaria debería tener seguro. Lo escondimos debajo de una manta y nos fuimos contentos a La Matanza. ¿Saben por qué le pusieron La Matanza a ese caserío?, dijo Saturdino. Yo y mi hermano nos miramos, sin saber. Es que cuando vinieron los españoles por estas tierras a fundar Piura, que ahora es Piura La Vieja, encontraron tantos indígenas y ese año fue tan malo, que no alcanzaba la comida, que una noche, para no gastar balas, les pasaron cuchillo a toditos los habitantes que al día siguiente no quedó ninguno con vida, y se pasaron todo el día amontonando cadáveres que al final del día parecía un cerro enorme, le pusieron leña y los quemaron. Dicen que en las noches oscuras, cuando no hay luna, nuestros antepasados salen a pasearse por sus antiguos dominios y hablan entre sí de su mala suerte.

Saturdino sabía que mi hermano y yo éramos muy miedosos y cada vez que podía nos contaba algún cuento de aparecidos. Pero este mediodía el sol estaba tan bonito y el cielo tan celeste, que casi ni lo escuchábamos y lo único que queríamos era llegar a La Matanza.

Después de mirar pasar muchas copas de algarrobos, de angolos y de faiques, el camión de Don Arístides frenó en medio del ladrido de un montón de perros. Miramos el caserío y ya estaba preparado el castillo de siete cuerpos, la vaca loca a un costado, y un montón de churres moñones panzones que nos miraban, rascándose la cabeza. Entonces, Nerón saltó de la caseta, y persiguió al perro más grande de la Matanza, estuvieron un rato forcejeando y al final aquel perro se alejó cojeando y gimiendo. Los demás perros miraron a Nerón y dejaron que se paseara tranquilo por las calles polvorientas de La Matanza. Los músicos estaban bajo un techo verde, trenzado, de palmas de coco, tenían innumerables instrumentos musicales, un enano parecía que no podía con una enorme trompeta.

Doña Edilia Martino, nos dijo que habíamos llegado justo a tiempo y nos sirvió almuerzo para cada uno, con una enorme troncha de pura carne. La banda empezó a tocar canciones del momento y la gente de la casa empezó a bailar muy contenta.

¿A qué hora van a quemar el castillo?, preguntó mi hermano Grimaldo a Saturdino, creo que a las ocho de la noche, porque tiene que estar muy oscuro para poder apreciar los colores del fuego. Ojalá que no llueva. No creo que llueva, el cielo está bien clarito, sin ninguna nube. Además no hay viento, parece un año seco.

Sería bueno quedarnos para ver la quema del castillo, dijo mi hermano Grimaldo. Pero mi mamá dijo que regresáramos antes de las cinco, no vaya a ser que los espíritus malignos se despierten y no nos dejen llegar a casa. Claro, dijo Saturdino, quédense que la fiesta va a estar buenaza, van a repartir chicha y más comida. Yo me puse a temblar y le dije a mi hermano que deberíamos regresarnos, además Don Arístides dijo que nos iba a llevar de regreso a la casa.

A las tres de la tarde, tanto Don Serapio como Don Arístides ya estaban borrachos con tanta chicha que estaban tomando, nosotros que solamente habíamos tomado un par de potos de chicha, ya estábamos medio turulatos, pero a las cinco de la tarde ya no había movilidad para Chulucanas. A las seis, todo el cielo estaba con unas nubes negras, mi hermano Grimaldo dijo que quería ver la quema del castillo, y con mucho temor, decidimos quedarnos hasta las ocho, pero poco antes de la quema del castillo empezó a gotear, adelantaron la quema y cuando la paloma del castillo empezó a elevarse girando hacia la negrura del cielo, se vino tal aguacero que toda la gente se metió dentro de la casa.

Vámonos a la casa, mi mamá estará molesta Grimaldo, le rogaba a mi hermano, Vámonos pues, dijo Saturdino, pero a qué hora llegaremos, si en carro hemos demorado como media hora, a pie, llegaremos a medianoche, y más con este aguacero.

Regresamos por el camino de trocha, no podíamos ver nada, de vez en cuando un relámpago alumbraba el camino y momentos después parecía que el cielo se abriría sobre nuestras cabezas con tremendos tronazones, parecía que nos perseguían unos cilindros gigantes que rodaban sobre lasa nubes. Saturdino nos decía, el año pasado un hombre murió alcanzado por un rayo, muchachos, no llevan nada de metal, porque los metales atraen los rayos, mi hermano y yo le entregamos un sol cada uno. Y él dijo que los iba a tirar para que no nos persiguieran los rayos, pero yo vi que los guardó en su bolsillo. Antes de llegar a la carretera, Nerón empezó a gemir desconsoladamente y eso nos asustaba más, deben ser los espíritus de La Matanza, en noches oscuras como esta, dicen que aparecen todos juntos a asustar a los cristianos.

Mi mamá debe estar esperándonos le decía a mi hermano. Nerón me lamía la mano. Saturdino nos asustaba más. De pronto Nerón empezó a ladrar y Saturdino, asustado dijo, ¿escuchan esos chirridos?, parece que algunas almas están arrastrando cadenas, en eso rebuznó un burro y el chirriar de ruedas cesó, era una carreta sin jinete, llena de atados de hierba.

Subamos, dijo Grimaldo, y con miedo subimos todos, Nerón no quiso subir, nos fue siguiendo de lejos. El burrito tenía los ojos grandes y a la luz de los relámpagos, parecía que eran como brasas. Pero igual estábamos contentos que la carreta siguiera el rumbo a Chulucanas. Saturdino quiso subir encima del burro, pero cada vez que lo hacía, se resbalaba. El burro parecía conocer su casa. Poco a poco vimos asomarse las luces de Chulucanas y parecía que ya era medianoche.

Al llegar al pueblo, el burro empezó a correr y nosotros no nos caíamos porque nos agarrábamos bien de la carreta, fue entonces que Grimaldo, dijo esperen muchachos, ¿saben de quién es este burro?, es de Don Herpaclito Seminario, del que dicen que ha hecho pacto con el diablo para nunca morir, y que cada mes le lleva niños menores de diez años al demonio para hacer trueque por más vida. Fue entonces que nuestro primo Saturdino empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar. Vamos a saltar dijo Grimaldo, pero agárralo de una mano y yo de la otra, y a la voz de tres, saltamos.

Así lo hicimos, justo cuando ya estábamos por llegar a la casa de Don Heráclito. El burro volteó a mirar y empezó a rebuznar. No sé de dónde sacamos tanta fuerza como para cargar a nuestro primo hasta la casa. Mi madre que estaba con un látigo en la mano, se asombró de vernos llegar empapados cargando a nuestro primo. Y soltando el cabestro, nos ayudó a llevarlo a la cama.

Mucho después, mi madre nos dijo que nos habíamos salvado por un ñizca. Don Heráclito solamente había podido llevarse el alma de nuestro primo Saturdino, quien hasta ahora vive como loquito, amarrado en un cuarto, al fondo de la casa del tío Serapio.

© David Arce

El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país.   Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.  Este cuento narra vivencias que universalizan estampas del norte del Perú.

Pensarte en letras / por Marinín Torregrosa Sánchez

Te pienso y no me da el día
para decirte todo lo que pienso.
Te sueño y no me da la noche
para contarte todo lo que sueño.

Me dueles y no me da la piel
para acariciar hasta que el dolor sane.
Me ardes y mi voz no alcanza el grito
porque no es justo, porque aún late.

Te pienso, te sueño,
en el cristal fino, en el bodegón,
en el suave sabor de un después,
en la elegancia de un minué,
en la fina cortesía de un marqués.

Y aunque me falten letras,
el sueño o la voz para la queja mía,
con el recuerdo de tu mirada
siempre habrá de mí para ti: poesía.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 6 de marzo de 2019.

Epitaphium / por Josúe Santiago de la Cruz

Habito en el umbral de la poesía,
Allí donde los güiros y tambores
Y un coro de inmortales ruiseñores
Entonan bellas notas noche y día.

Allí donde embriagados de alegría,
Las musas y los céfiros cantores,
Inspiran a los viejos trovadores
Sus versos en perfecta sincronía.

Allí donde se escuchan los violines
Surcar con su cadencia los confines
A vuelo de una marcha instrumental.

Yo vivo en el umbral de la poesía,
La última parada del tranvía,
Que cierra este camino vecinal.

JSC

6 de feb. 2019.