Suave negra, suave… / por Marinín Torregrosa Sánchez

Kurumkuntá es el ritmo

del tumbao de Soledá,

esa negra que a todos provoca

con su Kumba kumba kurumkuntá…

-Suave negra, suave…-

le dice Sojo a Soledá

-Mira que a coco me sabe

el beso que tu me va a da’l.-

¡Kurumkuntá, kurumkuntá!

Se enredan Sojo y Soledá.

Kumba, kumba, kurumkuntá,

adentro del cañaveral.

Al rato salen

como pájaros asora’os

por la zanja y el lodazal

y se asustaron mucho más

cuando de frente encontraron

al temible capataz.

-Soledá, negra maldita,

¿a dónde está mi fiambrera,

el pan y mi agua bendita?

Hace rato mi panza hambrienta

espera como veleta.-

-Ay Don Gero, usté perdone.

Es que Sojo me entretuvo

y yo tan majadera

me antoje de bailar en el tubo.-

-Mira Soledá…

que aquí yo soy el patrón

¡ y nadie más mete

las manos en ese cubo!

¡Se me hierve el corazón

si me coges de mandrugo!-

-Patroncito lindo, mi dulce capataz,

no se enoje conmigo, que aquí le traigo

el kumba, kumba, kurumkuntá-

Y se fueron los dos juntitos

con el kumba kumba kurumkuntá,

atrás quedo Sojo el picador

con el machete amola’o y sin Soledá.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 31 de mayo de 2014.

**

La experiencia lectora en tiempos de pandemia / por Judymar Colón

Tengo 30 años. A los 30 años Borges escribió algo como: “muchas cosas he leído y pocas he vivido”. Se lo recuerda Mario Vargas Llosa en una entrevista que le realizó en su casa en Buenos Aires, en junio del 1981. Mientras estos dos hablaban ese día de invierno porteño, faltaban todavía 9 años para que yo llegara al mundo. Pero, resulta que, en este día de un julio caluroso, de un verano puertorriqueño y pandémico, en un siglo ya distinto al que cobijó el intercambio de palabras de esos dos escritores latinoamericanos; en mí verano del 2020, por ratitos me sumerjo en su conversación. Como por acto mágico, como causa de un conjuro, las palabras estampadas en los papeles de un libro son acariciadas y codificadas por mi mirada, y me permiten la experiencia que ofrece la lectura.

Ya hace mucho que no está Borges en cuerpo con nosotros. Vargas Llosa estará en España, resguardándose en una casa, no lo sé. Lo que sí sé, es que aquí estoy yo. En las montañas de un barrio de Salinas, Puerto Rico. Rodeada de árboles verdes, de flamboyanes anaranjados florecidos. En mi casa, cuidándome y cuidando. En una búsqueda incesante de momentos silenciosos, o casi silenciosos, donde las dulces voces de los niños de esta casa den un ratito de tregua y pueda yo sumergirme de vez en cuando en la experiencia lectora.

Aquí estoy frente a Medio siglo con Borges de Vargas Llosa. Aquí estoy: leyendo. Siempre resulta curioso un intercambio de palabras entre dos escritores. Aunque Mario no es de mis predilectos, lo he leído. Es un buen novelista. Me gustó la lectura de La ciudad y los perros. Pero, Borges, todo lo que sea Borges me llama. Siempre es una alegría para mí leer de Borges, leer a Borges, escuchar a Borges. “Muchas cosas he leído, pocas he vivido”, le recuerda Vargas Llosa, a lo que Jorge Luis le responde: “Yo escribí eso cuando tenía treinta años y no me daba cuenta de que leer es una forma de vivir también… creo que a la larga uno vive esencialmente todas las cosas y lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas”.

Que tengo treinta años ya dije. Y en esta coyuntura de vivir una pandemia que nos empuja a quedarnos encasa, a no viajar, a no salir de paseo o a la universidad como antes, a no sentarnos despreocupados a hablar con los amigos, es reconfortante pensar que leer es una forma de vivir. Creo que esto ya lo sabía: recordar mi lectura de Rayuela de Cortázar, ese juego de evocar de mi memoria lo leído, lo buscado y la música escuchada, todo lo sentido; ese recuerdo lo experimento como una vivencia. Será que el cuarto de la memoria iguala una buena lectura y aquello que se ha vivido, logrando que, al recordar, ambas se pueden saborear como experiencias. Siguiendo la idea borgiana, qué hacer con este tiempo de tantas pandemias y de muchos encierros: tal parece que leer es una buena alternativa para seguir viviendo.

 

©©Judymar Colón

Julio, 2020, Salinas, PR

Mi cuerpo y mi yo frente al Covid-19

por Maritza Ledée Rivera

Mi cuerpo intranquilo queria que hablaramos

Hable con mi cuerpo y fue honesto conmigo.
Le pregunté: cómo te sientes? Y me dijo de su enojo y su cansancio.
Aunque conoce mis pensamientos, me atreví a cuestionarlo.

Por qué ese estar tan sombrío y desganado? Y susurrando me dijo:
Estas enajenada de todo, para que me quieres , si no me necesitas.
Claro que te necesito, sin ti no vivo ni existo, le repliqué.
Que sorpresa me llevé entre mi cuerpo y mi conciencia.

Te explico, me dijo con un poco de incomodidad. Me alimentas cuando te parece, ya no hablo con amigos como de costumbre. Mis besos y abrazos han desaparecido en contra de mi voluntad. No importa si por bien o por mal me siento en una prisión no deseada. Esta mordaza impuesta y obligada me consume.

Mis brazos los siento caídos, crucificados, inactivos. Mis piernas tampoco son imprescindibles, casi ni las necesitas, quiero recorrer caminos, me han limitado las horas de mis andanzas. No veo a mi gente, si salgo no los reconozco. Mis manos cubiertas de plásticos innecesarios me privan de mis huellas, alterándome el tacto. Saludo a todos enmascarados y no sé quién es quién, no veo sus caras, no reconozco a nadie., todo parece una película indeseable donde todos somos protagonistas. Cuando voy de compra me tienen limitado el tiempo; me han desnudado de todos mis derechos.

Hasta cuando estaré en esta inercia individual y colectiva? Esta ceguera legal que me desagrada, pero entiendo por ser completamente necesaria para asegurar mi la salud y la de todo un pueblo.

Si no descubren una vacuna, paulatinamente, me voy a degenerar hasta quedar confinado en un centro siquiátrico o anticipar ir a vivir eternamente en los antiguos terrenos de La Isidora.*

*Antigua hacienda donde ubica el cementerio.

© Maritza Ledée Rivera. La autora es una consejera vocacional y profesora universitaria retirada graduada de Penn State natural de Salinas. Escribe poemas, relatos y ensayos y tiene pendiente la publicaciónde un libro.

Padre / por Gloria Gayoso

Testimonio: ángel paternal

Aquella noche intensa de verano me sorprendió el sueño muy de madrugada. Estaba sola en casa, pues los jóvenes, incluido mi marido, (ya no tan joven), habían salido por diferentes motivos.

Durante la tarde me había visitado un alumno pidiendo auxilio para un trabajo práctico. Recuerdo que no le puse muy buena cara porque se trataba de analizar la “Divina Comedia” de cabo a rabo y lo que menos quería era, bajo el ardiente calor de Buenos Aires, releer a Dante y pasar por el Infierno antes de llegar al cielo.

Como ya estoy acostumbrada al remolonear de los alumnos ante ejercicios de este tipo, le dije que sí. Lo despedí y busqué mi ejemplar de tapas rojas para darle una lectura rápida a las primeras hojas. Me recordaba mis años de estudiante y mi estupor ante tanta sabiduría espiritual. Clamé a “Virgilio” que me acompañara también y me fui a cenar frugalmente. Miré televisión, medio cegata por el cansancio y me dispuse a dormir.

Casi a las tres de la mañana el timbre de la puerta sonó en mis oídos de bella durmiente como una campana de otro mundo. Salté de la cama lanzando unas palabras nada santas, intuyendo que alguno de mis viajeros de la noche se había olvidado la llave.
Me arrastré poniéndome una bata y acomodándome los ojos para regañar al olvidadizo: hijo, hija o marido.

Llegué a la sala con esfuerzo y vi la puerta abierta de par en par. La calle oscura de mi barrio se colaba en mi mente junto a un desasosiego cardiológico imparable…

Muda, desesperada, a punto del desmayo se apareció en mi puerta un policía joven, muy alto que me pregunto:

-¿Está usted bien?
-Sí, lo estoy.

Respondí balbuceante sin entender nada y él me dijo:
-Hace muucho vigilo. Es una imprudencia que deje abierto!!!

Le dije:-Dios lo bendiga!!! y cerré de un portazo.

Retrocedí perpleja y me di cuenta que en mi barrio, hace quince años no había vigilancia alguna y menos a esa hora de la madrugada.
Espié por la ventana y el paisaje era negro. Las casas de enfrente ni se veían y nadie asomaba un ojo.

Por aquella época y aún hoy una puerta abierta desde las seis de la tarde hasta las tres de la noche era un peligro feroz. Nada faltaba en la sala. Los libros me miraban desorbitados. Las sillas disfrutaban su lugar inamovible y el espejo frente a los sillones lanzaba luces de asombro.

Ha pasado mucho tiempo desde esta experiencia sobrenatural; pero desde aquel día, yo sé que un ángel nos cuida. Y si veló en mi puerta por horas, velará ante la pandemia porque mi Padre nunca me ha abandonado y es capaz de disfrazar de policía al guardián de mi vida.

(c) Gloria Gayoso Rodríguez = La autora es una respetada maestra y poeta argentina entroncada en los ideales clásicos y especialista en literatura española. Tuvo un espacio radial dedicado a la poesía y continúa en la docencia e impartiendo talleres literarios para niños y adultos. Su obra poética figura en varias antologías y en varios libros inéditos.  En Encuentro al Sur puede lee una muestra de su obra poética.

Yo acá / Eneida Rodríguez Delgado

…yo acá;

pienso que no soy tan fuerte
como me creía,
y que no me importa
…pues sigo viva y de largo;

que cada día llega
con una arruga más,
aunque no se vea,
aunque no se quiera;

que ahora en cada despertar
nos llega a la memoria
que seguimos vivos y viviendo
con gotitas de coronavirus;

que al salir de la casa,
¡si es que salgo!,
me esperan las calles
medio vacías,
las colas de gente,
de autos, el silencio,
la prisa y en la pandemia  ….el rechazo;

que nada es posible si no hay esperas,
filas, rostros inciertos,
despedidas sin miradas,
sin besos, sin abrazos,
sin calor humano;

que hay que preguntarse
…cuánto tiempo estaremos ocultando
alargar nuestros brazos
y mostrar nuestra sonrisa?;

y termino pensando …en este único día,
en que, a eso de las seis y media de la tarde,
no se escuche el chillido de la alarma
de VÁYASE a DORMIR;

sola pensando …yo acá.

ERD. abril 2020.  La autora es profesora jubilada del Departamento de Comunicaciones de la UPR-Humacao.

Conversaciones con mi árbol de limón / por Dante A. Rodríguez Sosa

Sembré un árbol de limón.

Pasaron los años y llegó un día en que comenzó a dar frutos; primero pequeños cosechos y luego se cargaba de frutos todo el año.

El huracán María lo derribó y quedó muy maltrecho.

Con mis manos logre podarlo y levantarlo, y a duras penas se salvó.

Verlo es un espectáculo porque la conformación de su tronco doblado como si fuera el lomo de un caballo asombra y sorprende su aparente discapacidad.

Lo he cuidado con esmero. La semana pasada, cansado de cuidarlo sin resultados, tome la decisión de tener una muy seria conversación con mi árbol de limón.

Me le acerque y delicadamente le deje saber hablándole que había tomado una decisión.

«Llevo varios años cuidándote».

«Si no me das los limones que necesito para atender mis necesidades te voy a cortar». Se lo dije y se lo repetí por varios días al momento de rociarlo.

Luego procedí a echarle agua a los árboles y vegetación aledaña asegurando que si no daba limones no volvería a echarle agua.

Ayer le tomé fotos de su florecida y se las envié a mis nietos pues le había contado de mi conversación con el árbol.

Quise probarles que él me entendió.

En respuesta a su florecida me acerqué y le eché agua y mostrándole mi agradecimiento le sobé por un buen rato su encorvado tronco mientras le contaba mi alegría y aseguraba mi fidelidad, también lo aboné. 🙏🙏🙏❤️

Dios Todopoderoso en su grandeza le ha dado vida invisible a toda su creación.

Todo es un centro, según mi conceptualización mística de la creación.

Todo tiene vida😳😳😳😳😳

En esta cuarentena he podido percibir el inmenso agradecimiento que me prodiga mi casa, luego de que todas las mañanas le paso un oloroso y desinfectante mapo.

Una de mis nietas me trajo una lamparita para iluminar tenuemente el cuarto durante la noche.

Una cuestión de seguridad, por las varias veces que me levanto para ir al baño durante mis sueños o desvelos.

Me asombro por la manera amorosa en que mi habitación ha respondido a esa sencilla acción.

Al cuarto no le gusta la oscuridad.

Siento el ambiente mucho más acogedor y alegre.

De verdad, todo tiene vida.

Trataré de seguir investigando

Porque recuerdo aquel cuento que leímos en los grados primarios.

“Un niño era objeto de burla porque se pasaba mirando un lago.  Los compañeros estudiantes le cuestionaban aquel hábito y cuando contestaba que aprendía el idioma de las muchas ranas que habitaban el lugar, se mofaban y lo tildaban de loco.

Paso el tiempo y el niño, ya joven, visitaba los lagos para escuchar a las ranas. Hasta que un día llegó a uno donde las ranas le contaron un secreto. Entonces, después de escucharla, se lanzó al agua y sacó de las profundidades un inmenso tesoro”. 😂😂😂

Dios es Poderoso y se mueve por caminos misteriosos. 🙏❤️😂

 

©©Dante A. Rodríguez Sosa

En la bahía de Cataño:  fragmento de Anecdotario

por Josué Santiago

 

Camino a Río Piedras, viniendo de Salinas, cometí un error que me llevó a una terraza, en Cataño, a orillas de la laguna.

Bajé del vehículo a pedir dirección y tomar una cerveza.

Una pareja de ancianos y un joven de mi edad, entonces, sentados alrededor de una mesa, captó mi atención.

Apenas hubo terminado el mechero su explicación de cómo retomar la ruta que me llevaría a mi destino, le pregunté si el caballero alto y moreno era Davilita.

-Si -me contestó- y la dama que lo acompaña es la viuda de don Plácido Acevedo.

-Sírvales un servicio de lo que sea que estén tomando -le dije.

Al poco rato estaba entre ellos compartiendo de tan grata compañía.

Davilita y la viuda de Plácido Acevedo conversaban de su tiempo. De Pedro Flores y Rafael Hernández. De la enorme rivalidad que existió entre ambos. De sus pequeñeces humanas…

Por aquello de añadir mi granito de arena a la conversación, mencioné a Sylvia Rexach, nuestra gran compositora.

–¡No sea ignorante -me soltó a quemarropa el hombre cuya voz inmortalizó tantos temas de los dos genios de la canción popular puertorriqueña (Rafael Hernández y Pedro Flores)-, cuando se habla de planetas, los meteoritos y los cometas no forman parte del diálogo!

Me sentí casi tan perdido, como el joven aquel que entretenía a la que un día compartió lecho con el autor de Boda gris.

©JSC

 

Huerfana en tiempos de pandemia / por Virgenmina Sosa, Tilita

Dicen que con lágrimas se pasa la vida. 

Surgen cuando sufres,

surgen cuando ríes.

Cuantas veces se conmueve

tu fibra espiritual. 

Dicen que las manitas de los huérfanos

irradian el frío de la muerte

la sombra misteriosa

que reparte soledad

cuando levanta vuelo

el amor maternal.

Dejando tras de sí

llantos de orfandad.

SRS

Comparto con ustedes el relato que hace mi madre, Tilita Sosa, de su recuerdo cuando la pandemia de influenza de 1918 la separó de su madre para siempre.  Homenaje a mi madre en la eternidad de la existencia.

**

**

 

**

A mi bisabuela María de la Paz Santiago, que veló por mi niñez

(Mi primer poema, escrito en mayo 20 de 1922, el día de su muerte)

por Panchito Meléndez

 

 

 

 

 

 

Tristes evocaciones, amargos recuerdos

Que hacen presa a mi pobre corazón…

¿Por qué me asedian? ¿Por qué me hacen llorar?

Triste empeño, tendré que recordar el pasado

y el alma se marchita.

Mi pobre, mi adorada madrecita

se quejaba y en dolor se retorcía;

la fiebre maldita, su cuerpo consumía;

la fatiga y el delirio la apresaban.

“Acércate” …, me dijo con voz entrecortada,

“se que muero, mi vida es ya acechada

por la parca y el dolor…

Y siento morir, con el ansia de recibir

un beso de tus labios, que me aliénate”.

Me acerqué, sin vacilar, besé su frente

y al contemplar su figura maternal

vi llegado el momento fatal…

Ya era presa de la traidora muerte.

Sepulturero, aquí en un rincón del cementerio

yacerá en su tumba,

te suplico que la cubras de flores cada día

para yo regarlas con mi llanto.

No oses jamás, con tu duro pico

perturbar su sueño maternal.

Sepulturero, escuchad mi súplica…

No molestes a mi pobre madrecita,

aprende a amarla, como yo la quiero:

Sin amor fugaz,

ara yo alejarme

cubierto de hastío,

Adiós madrecita,

Adiós corazón mío,

ya que no despiertas

descansa en tu PAZ.

 

 

© 1922 Francisco (Panchito) Meléndez

Del libro: Paréntesis (Poemas)

Impreso en Guayama

1969

Miedos apocalíticos / por Roberto Quiñones Rivera

A mí me pasa cada cosa…  Como tengo tanto tiempo libre para hacer y deshacer, anteayer me dio por seguir la página de Facebook del Jíbaro Moderno en la cual había “posteado” un mensaje que trataba el tema de una niña que contaba haber recibido un mensaje de Dios. Decía que Dios le hablo advirtiéndole a la humanidad que el día 21 de abril de 2020, es decir hoy cuando escribo, aparecería una nube oscura de humo sobre los cielos del mundo que causaría la muerte instantánea al que estuviera fuera de su casa.

Yo creo en un Dios vivo y respeto todo lo que sobre este tema se trae al publico y aunque de momento me resultaba algo fuera de lo común, pues como estoy en casa a causa del coronavirus, me dije, me quedo tranquilito y bajo techo todo el día por si acaso.

Pero, resulta que no contaba con que el gato Negri iba con sus maullido a recordarme que necesitaba que lo alimentará. Salí fuera de la casa con ese propósito y en el preciso momento que estoy en esa operación, miro una grisasea “humareda” sobre mi y sin pensar un segundo salí corriendo para evitar ser víctima de lo vaticinado. Cuando caigo en tiempo, observo por la ventana a mi vecina tratando de controlar el fuego de su barbacoa … y a mi gato Negri reclamándome que aún no le había terminado de servir la comida.

Roberto Quiñones Rivera, 21 de abril de 2020.