La visita / Rima Brusi

Parpadeando

A Lissette Rolón y Marta Aponte.  Gracias por escribir y por pensar.

Quisiera escribir algo sobre el CILE, el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se celebró en Puerto Rico esta semana que termina.  Quisiera hablar de los bloopers–los nuestros y los de la visita. Entre los nuestros, el más serio parecería ser ese de escribir “Majestad” con “g” de ganas en lugar de jota de joder. Luego está el escándalo provocado por el vestido de la primera dama de Puerto Rico, que al parecer estaba demasiado ajustado y  colorido para los gustos populares y fashion.

Quisiera ondear ese vestido colorido y apretao al viento, como una bandera de orgullosa cafrería, y decir que así somos, coloridos y prestos al abrazo, al apretón. Sospecho que esa no era la intención de la que llevaba el traje y se ganó la crítica. Pero igual me identifico más con ese cuerpo sinuoso y caribeño que se exhibe que con el cuerpo europeo que nos visita y que se oculta casi al punto de desaparecer.

Quisiera enfocarme ahora en los bloopers de la visita, que son en todo caso más serios que los de los anfitriones. Estos españoles ilustres que inauguraron el asunto nos declararon–sin contexto, sin historia, sin otra razón que no fuese la interpretación más simplona y liviana de nuestra realidad política–parte de Estados Unidos. Peor aún, nos declararon no-parte de Hispanoamérica.  El primero me parece el producto de la chapucería más crasa: ¿qué se leyeron para preparar el discurso? ¿los primeros dos párrafos de la página de wikipedia? El segundo es más serio. Es la primera vez que el congreso se celebra fuera de Hispanoamérica, dijeron.  La aseveración constituye una especie de expulsión conceptual, inapropiada y problemática porque 1) el poder que expulsa es el mismo que, en su momento, nos regaló y 2) el poder que expulsa no debería tener la potestad para decidir quién es Hispanoamérica y quién no lo es.

Quisiera gritar: ¿a cuenta de qué es la monarquía española la que nos arma “hispanoamericanos” a los pueblos de América Latina?

Quisiera decir que el español me vale madre y que el congreso también. Pero no es cierto. Amo al español puertorriqueño–es mi idioma, con él existo, me manifiesto, me construyo y construyo. Amo y aprendo también el español de otros pueblos, sus palabras y cadencias especiales. Y estaría en el congreso de metiche si estuviera en las islas, asomándome a los paneles y a las conversaciones de pasillo, repleta de curiosidad antropológica. Pero si me preguntan, diría que la celebración del idioma no es la celebración de España, sino la de todos los pueblos que lo han adoptado como propio. Porque cualquier conversación adulta y colectiva sobre lengua es también sobre historia y política. ¿A quién se le ocurre decir “este no es el lugar para hablar de historia” en el congreso? Al rey de España. La prensa española no parece sentir, por cierto, particular vergüenza por su monarca. Nos trata más bien con cierta sorpresa, tipo ay, estos puertorriqueños, figúrate tú, qué sensibles…y qué terrible, la ortografía…

Quisiera decir que los asesores de la esposa del gobernador tal vez no hicieron bien al darle el go ahead al traje de colores sin pensar en el chismorreo por venir. Pero creo que los asesores que verdaderamente la cagaron fueron los que le dieron el go ahead o, peor aún, escribieron, los discursos que el rey y el director del Instituto Cervantes  pronunciaron en la inauguración.

Quisiera que todo esto nos sirva de lección, nos ayude a recordar que podemos amarnos y amar nuestro(s) idioma(s) sin estar loquitos (tan lejos, tan pendejos) por cualquiera de los dos países que nos colonizaron. Ni pitiyanquis ni hispanófilos, escribiría en una bandera apretá, sinuosa, con cuerpo imprudente y con los colores del Caribe.

Rima Brusi, mar. 2016

Foto de Primera Hora

Violencia y lenguaje : a raíz del caso de la Iglesia Metodista de Charleston

por Rafael Ayala Hernández

Las recientes muertes ocurridas en la Iglesia Metodista ¿Africana? en Charleston resalta tristemente el fenómeno de la exclusión de personas de raza negra -en este caso- alcanzando el odio su más insensible postura violenta en la sociedad norteamericana (EEUU): el acto nombrado asesinato.

Se trata de otro incidente violento más producto la exclusión por raza -racismo- tornado en en crimen mediante el asesinato por odio.  Ponerle nombre al acto plantea en si las problemática del lenguaje al pretender nombrar, señalar o indicar.  Aludo a las exclusiones e inclusiones producto de los referentes resultantes no apuntados por la palabra.

Un boricua negro llamado Isabelo Zenón Cruz (Narciso Descubre su Trasero…) señaló el racismo en Puerto Rico desde la perspectiva inicial; el lenguaje.  ¿Que razón para preferir decir ‘negro boricua‘ en lugar de ‘boricua negro‘?  No significa lo mismo aunque se escriba parecido.  Su sintaxis ordena la diferencia significativa de prejuicio racista.

Isabelo escoge a su poeta preferido Luis Palés Matos para reconocer su grandeza poética y a su vez mostrar el refajo racista solapado en su poesía (Tun tun de Pasa y Grifería).  Nos llamó la atención -Isabelo- al lenguaje como nido del prejuicio racial: ‘negro pero…’  Para que el ‘pero‘ decía Zenón. (Veáse artículo del que suscribe publicado, Racismo y las manifestaciones teogónicas africanas en Puerto Rico; Sinopsis de una postura: Isabelo Zenón Cruz, Revista Politechnê, Universidad Politécnica de Puerto Rico, pág 72 – Vol. 17 Nro1, 2015).

Aludiendo distintivamente a la ética de la lengua asumida por el judio alemán Rosenzweig entre otros, Derrida acude a cierta entrevista realizada -por Günter Gaus- a la pensadora judia alemana Hannah Arendt que se difundió en 1964 por la televisión alemana sobre los significantes de la lengua materna (“Qu’ est-ce qui reste? Reste la langue maternelle”).  Cuestionada Arendt sobre su preferencia por continuar utilizando su lengua materna que a su vez es la lengua del asesino opresor; el alemán, ésta responde: “Siempre me decía: ¿que hacer? ¡Pese a todo no es la lengua alemana la que se volvió loca!…

Arendt asume la posibilidad de la locura fuera de la lengua.  Es decir asume la existencia de la locura ajena al lenguaje, algo imposible según Derrida:  Es la lengua la única loca de la casa, según éste aclara.  No hay locura que exista sin los referentes y referidos contenidos en la lengua. (El Monolingüismo del otro o la prótesis del origen, ediciones Manantial 1997, págs. 91, 92, 93).

Al comienzo de este escrito señalamos a la Iglesia Metodista (¿Africana?) -en donde ocurren los asesinatos de seres humanos en la penitencia de la oración- en donde ponemos su apellido Africana entre signos interrogantes.  ¿Que razón tiene nombrarla Iglesia Metodista Africana en vez de Negra?   ¿No será acaso que la sustitución es el producto del contenido definitorio circunstancial del uso de la palabra que alude a la negritud; Negra?  ¿Para que negar la negritud sustituida por el término africano?  ¿Serán africanos o serán negros los que fundan esa Iglesia llena de historia de dolor y reivindicaciones?  ¿O será que los negros americanos prefieren ser llamados “african americans” evitando así utilizar la palabra negro o negra?.

Ante, estas muertes el presidente Barack Obama -sin mencionar para nada la negritud que porta- analiza de forma transversal el asunto de los asesinatos sugiriendo como causa de la violencia indicada a la falta de controles para la adquisición de armas de fuego. Sacó su trasero negro del asunto diría Isabelo Zenón Cruz. ¡He ahí la violencia del lenguaje!

La muerte de la conversación frente a frente

José Manuel Solá envió por correo el siguiente escrito que levanta varias interrogantes. ¿Creen ustedes también que la conversación está agonizando? Además de los celulares, ¿qué papel juegan las redes sociales como Facebook. MySpace, Tuenti, Google Plus, WeRead, Window Live, etc.? ¿Es cierto que el medio es el mensaje?
 
Si consideramos la definición del concepto conversación como sinónimo de diálogo, es decir, comunicación mediante la palabra entre varias personas que alternativamente exponen sus ideas y matices, ¿podríamos coincidir con lo expuesto en el escrito. ¿Son los cibernautas seres solitarios que buscan desesperadamente que alguien le preste atención? Quizás haya más interrogantes entre los lectores.

La muerte de la conversación

Acabo de leer en internet que a la entrada de algunos restaurantes europeos les decomisan a los clientes sus teléfonos celulares. Según la nota, se trata de una corriente de personas que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los ring tones interrumpan, ni los comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a gritos. La noticia me produjo envidia de la buena. Personalmente, ya no recuerdo lo que es sostener una conversación de corrido, larga y profunda, bebiendo café o chocolate, sin que mi interlocutor me deje con la palabra en la boca, porque suena su celular.

En ocasiones es peor. Hace poco estaba en una reunión de trabajo que simplemente se disolvió porque tres de las cinco personas que estábamos en la mesa empezaron a atender sus llamadas urgentes por celular. Era un caos indescriptible de conversaciones al mismo tiempo.

Gracias al celular, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado. El teléfono se ha convertido en un verdadero intruso. Cada vez es peor. Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar. Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por su móvil, desde el lugar mismo en que se encuentra.

No niego las virtudes de la comunicación por celular. La velocidad, el don de la ubicuidad que produce y por supuesto, la integración que ha propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía. Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca.

Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Preferimos perder la cédula profesional que el móvil, pues con frecuencia, la tarjeta sim funciona más que nuestra propia memoria. El celular más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y este no suena. Por eso quizá algunos nunca lo apagan. ¡Ni en cine! He visto a más de uno contestar en voz baja para decir: -“Estoy en cine, ahora te llamo”.

Es algo que por más que intento, no puedo entender. También puedo percibir la sensación de desamparo que se produce en muchas personas cuando las azafatas dicen en el avión que está a punto de despegar que es hora de apagar los celulares. También he sido testigo de la inquietud que se desata cuando suena uno de los timbres más populares y todos en acto reflejo nos llevamos la mano al bolsillo o la cartera, buscando el propio aparato.

Pero de todos, los Blackberry merecen capítulo aparte. Enajenados y autistas. Así he visto a muchos de mis colegas, absortos en el chat de este nuevo invento. La escena suele repetirse.

El Blackberry en el escritorio. Un pitido que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono. Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, masajear la bolita, y sonreír; luego mirarme y decir: -“¿En qué íbamos?”. Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga Blackberry y no sea adicto a éste.

Alguien me decía que antes, en las mañanas al levantarse, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora su primer acto cotidiano es tomar su aparato y responder al instante todos sus mensajes. Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente.

*** Recibido por correo. Autor desconocido. Atribuido por algunos a Andrés Peebles ***

Por qué dejo mi cátedra en la universidad? / por Camilo Jiménez

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis– y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.

Está bien, no voy a generalizar. De treinta estudiantes, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos no pudieron escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de comunicación social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los cuarenta y los cincuenta, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos son posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos veinte de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales de cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.

Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas, a lo más vemos una o dos en todo el semestre. Quizá ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles diapositivas con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de leer A sangre fría. No debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras sino de tres cuartillas mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.

De esas limitaciones e inseguridades mías, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre que di clase, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. No supe preguntar esta vez, no supe invitarlos a pensar. De ahí quizá vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas y desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, temblorosos que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombies. Quizá eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.

El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. Los autores iban variando de un semestre a otro. Capote, Talese, Hersey, Abad Faciolince, Mitchell, Wolf, Paz, Rossi, Salcedo Ramos, Borges, Caparrós, Tejada Cano, Reyes, Samper Pizano, Sacks… A partir de esos clásicos nacionales y extranjeros los estudiantes intentaban escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo –contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera–. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen bien hecho pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.

En una de las sesiones semanales revisábamos lo que veníamos leyendo, y yo intentaba dirigir la conversación para que identificaran las características del género, así como las fortalezas y debilidades del texto en cuestión. La otra sesión la dedicábamos a revisar y pulir los ejercicios escritos de los estudiantes. En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación. Buscaba que practicaran hacerse entender en un grupo, una herramienta que estimo fundamental no sólo para la vida profesional, sino para la vida civil. El otro concepto transversal –debo posar de académico—del curso, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en cien palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores. Cada palabra es importante, cada frase debe decir algo pertinente.

La inmensa mayoría de estudiantes de este último semestre que di clase, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Asimismo, siempre hubo otro ambiente en mis clases. O motivé yo un ambiente distinto, no sé. Notaba un calibre más inquieto en los veinteañeros que estaban frente a mí. Más dubitativo. Más curioso. Había más preguntas en el ambiente. No encuentro otra forma de decirlo. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía. Menos espíritu crítico.

Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. “Esos gorditos de más”. El mensaje en el Blackberry que no da espera. Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió

más cool que Patti Smith.

Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño, no me voy a engañar: a los veinte años fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía. Mis amigos veían películas como si se les fueran a salir los ojos. Podíamos discutir una hora, cuál de todos más copetón, si John Cazale era el Freddo de El Padrino y el compañero de Pacino en Tarde de perros. O en qué discos de Lou Reed había tocado el bajo Fernando Saunders. Esas cosas que no interesan. O sí. No sé, en esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. A otros por supuesto les interesaban el dinero, el poder y las chicas. Y no leían. Pero había muchas personas de nuestra edad que estaban haciendo cosas, que se preguntaban cosas, que especulaban. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.

Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al “sistema”. Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte años o menos.

Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee, que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.

Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ya otra cosa con la que no me pude sintonizar. De pronto ya no se trata de comprender un texto, de dialogar con él. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombies. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando los alumnos de mi último semestre de clases tengan treinta y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.

© Camilo Jiménez
Reproducido con autorización del blog El ojo de la paja

El follón idiomático / Félix M. Ortiz Vizcarrondo

“Ni the pest turn ni the wind blow”

Casimiro Febus Lleras “Cacho”

Considerando el desbarajuste nacido del complejo de estar cambiando las palabras de nuestro vernáculo por palabras del idioma de los invasores, les someto una lista de cómo terminaríamos llamando, de seguir esa malsana tendencia, algunos lugares de la geografía salinense.

The Shore

The Palms Tree

The Little Beach

The Penny Royal

The Vazquez Lots

The Coconut

Huge Mount

The Sand Field

The Tides

The Eighty Lots

Flat Prairie

Oxtail

The Orange Tree

Ravine Mares

The Forrest

Saint Philip

Amigo lector traduzca al español y disfrute el vernáculo….

Carta en inglés enviada al Presidente por un ciudadano llamado Domingo Fuentes.

Estimated President:

Maybe you don’t remind of me, but I decided to write to you of new. I am Sunday Fountains. Makes a little time I commanded you one card signaling that one of your-congressmen, Senator Johnston – recommended to Mr. Romero to fetch away the Spanish, like official idiom of the statehood proposal for the plebiscite.

You not know it, but you put them to sweat the fat drop. This affair is a fried plantain. They know that if hey not support the Spanish, they will go to be eaten by one horse! When the plebiscite comes they will fall in the page of Cheo-like they say here-they will be taken away by Pateco.

Said to be of pass, to these heights I don’t know in what has stopped. Goes or not goes the Spanish like part of the statehood proposal? If these things don’t stay clear, later they can introduce cat for hare.

Some politicians try to take the town of very low mango, you know, they want to eat their brain.

Like in informed war people don’t die, I want to warn you (for if the flies) that if they try to push the English at the female cannon, the eggs are going to be put at a quarter! Is more, things are going to be put color of brave ant! I am not a fire eater, but let me tell you that I myself, this little priest here-the same one that dresses and puts on shoes-will be between those that protest energically to stop in dry this little relaxation of the obliged English! So do not recline on that side. Those who think that we are going to swallow happy the English are dreaming with little pregnant birds. We are not going to eat that story. They think that they have the frypan grabbed by the handle…

But we have an old proverb here that says: “He, who introduces himself to monkey, loses his tail.” Frankly, when I heard that the Federal Judges of here are in favor of the English in the Federal Court, I was so intesticled (forgive the word) that I said to myself: I marry in nothing! I defecate in the bicycle! What English nor what eight fourths! Why do those of here have to be more popish than the pope? It saddens me that this affair slips to some people; they say to me:”To me matters a whistle… you know… one Angolan cucumber”. This people are giving the things for counted and don’t know what would be to lose the Spanish. They forget that it is not the same to talk of the devil than to see him come… and if by moment it touched them to talk English for obligation, they are not going to know even the hour that is. Then will be too late and the English will come out to them even in the soup! That of losing the natal tongue is no bark of coconut!

It’s no pinch of one handed man! The fault of the maternal tongue can provoke a get-to-the-outside here… a total cultural dismother in this town.

May God catch us confessed!

Sincerely,

Sunday Fountains

Copia recibida anónimamente

Noam Chomsky y las 10 Estrategias de Manipulación Mediática

Desde los tiempos remotos, algunos seres humanos descubrieron que para mantener los privilegios obtenidos por la fuerza o por la astucia, era necesario impedir que las actuaciones y opiniones de otras personas o grupos se manifestaran natural y libremente.

Para impedirlo se ha utilizado la fuerza ejercida como represión, persecución, censura, tortura y asesinato.  Uno de los ejemplos más conocidos del ejercicio de la fuerza para acallar unas ideas revolucionarias, es la pasión y muerte de Jesús de Nazaret. 

Con la misma intención de acallar opiniones no deseadas y el descubrimiento de evidencias que ponen al desnudo las atrocidades de los gobiernos, en nuestros tiempos, todo el peso de la fuerza busca aplastar al fundador de Wikileaks Julian Assange.

Con idénticos propósitos, a lo largo de la historia se han desarrollado método para controlar sutilmente a las personas.  A uno de esos métodos de control sutil se le ha llamado manipulación. La manipulación actúa a niveles inconscientes y muy sofisticados. Únicamente puede ser descubierta e identificada, si se presta una atención especial a los mensajes y a las circunstancias que los rodean.

Afortunadamente, científicos sociales de todo el mundo se han dedicado a estudiar el fenómeno de la manipulación, creando alertas que ayudan a las personas a entender las intenciones de los mensajes difundidos a través de los medios.

Eso es lo que  hace precisamente Noam Chomsky en pro de la alfabetización mediática de las personas, cuando elaboró la lista de las 10 Estrategias de Manipulación a través de los medios. Léalas con atención y críticamente; seguramente le ayudarán a entender las sutilezas de la manipulación que nos amenaza seguidamente.

srs

“10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios / Noam Chomsky 

1. La estrategia de la distracción Es el elemento primordial del control social. Consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. Se utiliza igualmente para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el proponente y defensor de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad y los derechos humanos. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas como el neoliberalismo fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado disminuido, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá evitarse. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantil. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestión, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Hacer uso de lo emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, apelar a lo emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

9. Reforzar la culpa. Hacer creer al individuo que es culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, que si es el culpable, el individuo se desestima el mismo y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. Los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

La seducción de las palabras: un libro que no pierde vigencia

La seducción de las palabras / Alex Grijelmo.  (Taurus, 2000)

Para los que les gusta el tema de las comunicaciones he aquí un libro publicado hace  diez años, que reitera deliciosamente los aspectos principales de la psicología del lenguaje y la comunicación social.

El autor va mostrando la seducción natural o intencional que ejercen las palabras en el comportamiento de las personas por medio de ejemplos esclarecedores. 

Los sonidos son la fachada de las palabras y lo primero a lo que un ser humano es sensible respecto al lenguaje. Los bebés perciben los sonidos de las palabras incluso desde las etapas fetales en el seno materno.

Los sonidos y la entonación van seduciendo al oyente que es capaz de construir relaciones entre sonidos y significados en la medida que va apropiándose del mágico esquema existencial propio de cada idioma.  En su  desarrollo histórico, las palabras van cargándose de connotaciones y evocaciones que el individuo recibe inconscientemente dando lugar a que las palabras se conviertan, no tanto por sus significados, sino por lo que evocan,  en mecanismos de persuasión y manipulación.

Grijelmo insiste en que el sonido envuelve a las palabras, las personaliza y hasta podría decirse que padecen de bipolaridad a causa de matices de pronunciación o entonación. Resultan exquisitos y curiosos los ejemplos del autor para adentrarnos en las magias del léxico.  Así la vocal u se relaciona con la luz misma en palabras como lumbre, fulgor, iluminar y luminaria, mientras que la vocal a se nos muestra blanca en palabras como alma, clara,  alba, cal y álamos. 

Uno tras otro los capítulos del libro muestran  como los expertos del lenguaje se apropian de los sonidos para manipular mensajes amorosos periodísticos, publicitarios y políticos.

Los ejemplos tomados de la vida nacional española no son diferentes a las jaiberías idiomáticas a las que nos someten en Puerto Rico las agencias publicitarias, los propagandistas políticos y los medios noticiosos.  Aquí a los partidarios del colonialismo se les llama estadolibristas y a los anexionistas se les cataloga de estadistas todo dentro del marco del gobierno por consentimiento creando una jerga para justificar el poder mediante el “proceso de creación de la aceptabilidad” descrito por Jean-Pierre Faye

Concluyendo, Alex Grijelmo nos hace reflexionar sobre lo difícil que es proteger la libertad cuando se carece de  “consciencia semiológica”.  La necesitamos para darnos cuenta de la naturaleza de los signos y protegernos de los usos persuasivos y engañosos que constantemente nos invaden.

©Sergio A. Rodríguez Sosa