El Sistema colonial estadounidense en Puerto Rico y la industria azucarera / por Rafael Rodríguez Cruz

Camino a la Central Aguirre

Robando bolas y palos de golf

Creo que fue para 1963 o 1964 que a mi primo Reuben le vino la idea de construir un campo de golf en el barrio «Hoyinglés» de Guayama. Si descabellada era la ocurrencia, más desmochado era el plan para lograrlo. Se trataba, según él, de robar bolas y palos de golf en las facilidades de atletismo de la Central Aguirre. El reto, naturalmente era cómo acceder al campo de juego de ese lugar; pues, membresía, lo que se dice membresía, no la teníamos ni la podíamos conseguir. Para superar el obstáculo, mi primo desarrolló un operativo que parecía sacado de las picardías del Lazarillo de Tormes: unirnos a la Liga Atlética Policíaca de Guayama, para así poder robar.

Efectivamente, los miembros de la mencionada organización policíaca, todos jovenzuelos como él y yo, gozaban de abundantes privilegios en Guayama. En primer lugar, entraban gratis a la matiné del Cine Calimano los domingos por la tarde. Claro, tenían que ir en uniforme de la Liga y no hacer las maldades acostumbradas, como comentar las películas y tirar trompetillas; pero, no tenían que pagar ni pasar por el trabajo de colarse. El segundo privilegio era el poder entrar a tomar agua de la fuente del cuartel de la policía, en la calle Ashford, sin que el guardia de turno les entrara a patadas. El tercero, y quizás más importante, era el poder ir a la Central Aguirre a los programas de la YMCA, incluyendo el nadar en la piscina. Para mí, que no sabía nada de natación, eso era un incentivo adicional. En menos de un minuto, me convencí de la infalibilidad del plan de mi primo, o sea, de hacernos «policías de embuste», para robar.

Fue así que un día de verano de 1963 o 1964 salimos en una guagua [bus] escolar para la Central Aguirre. En cuanto llegamos, sin embargo, comenzaron a surgir problemas con el plan de robo. Lo primero fue que acceso a la piscina del Club Aguirre, como tal, no tuvimos. Más bien, lo que hizo la YMCA fue habilitar una vagoneta de arrastre para que sirviera de alberca en el estacionamiento de uno de los edificios. El policía a cargo de la Liga Atlética, cuyo nombre no recuerdo, ya venía enfadado con nosotros desde que nos portamos mal durante la procesión de viernes Santo en Guayama. Ese día sagrado, y bajo el sol candente de mi pueblo, que licuaba el mazacote de brillantina Alka en nuestras cabezas, él había jurado, entre maldiciones y blasfemias, que algún día le habríamos de pagar el desplante. El momento del cobro de la deuda, creo yo, llegó con la visita a la piscina de la central. «Ahí está, tírense al agua, y no jodan más. El que no sepa nadar, mejor que aprenda o se ahoga en el vagón de mierda ese», dijo con una sinceridad que espantaba. Nadie murió, para contrariedad del jefe de la Liga Atlética Policíaca de Guayama. Y es que el menos atlético de los presentes era, precisamente yo y, al oír la advertencia del posible ahogamiento, me alejé lo más que pude del dronzote agua. Eso explica por qué hoy, aún ya viejo, no sé nadar. Las piscinas me dan un repelillo enorme y, si me meto en ellas, no paso de la cintura; especialmente si es un Viernes Santo, no vaya a ser que la maldición de ese policía endiablado brinque cinco décadas y venga a materializarse conmigo ahogado en una alberca, precisamente, un día de rezar. Brujo al fin, creo en las premoniciones.

De todos modos, yo tenía ese día otros riegos más grandes que confrontar en la Central Aguirre. Para robar las bolas de golf teníamos un plan que hoy me suena un poquito chiflado. Todo era asunto de esperar a que las bolas cayeran al suelo para recogerlas, sí, inmediatamente antes de que llegara el dueño. «Déjate llevar por el ruido del golpe del palo de golf, así sabrás adónde caerá la bola», me dijo mi primo en un tono que, al menos para mí, era más que convincente. Logramos con este método recoger diez o doce bolas, entre la gritería de varios jugadores que no querían tanto recuperar sus «golf balls», como matarnos. Uno que otro de ellos, de hecho, lo intentó, apuntando el tiro lejos del hoyo y en dirección a nosotros. De camino a Guayama, con los bolsillos llenos de bolas de golf, sentimos la satisfacción de haber logrado el plan. Pero fue entonces que nos acordamos del detalle que sin palos no se podía jugar golf.

Sea, como sea, en cuanto llegamos a la calle Duques, nos enfrascamos en la construcción del campo de golf de “Hoyinglés”. En nuestras mentes, el proyecto era mayor que en la vida real. Es un hecho inexplicable por qué los ojos de los niños lo amplifican todo, como si uno anduviera en la infancia con lupas. Ya de adultos, pues, nos quitan la lupas, y todo se achiquita; todo, menos los recuerdos. En fin, el patio de mi tía no era grande, pero eso no afectó el tamaño imaginario del campo de golf. En una esquina tenía su montañita con hoyo y bandera; en la otra, un terraplén para golpear la bola. De algún modo, y por medios extraños, cayó en nuestra posesión un fino palo de golf. Exactamente cómo, no lo sé. Será que es verdad eso de que Dios actúa por medios misteriosos, porque lo que fui yo nunca más volví a la central. Y así fue, como lo cuento, que el barrio ‘Hoyinglés’ tuvo su campo de golf mucho antes de que Chi Chi Rodríguez construyera el suyo a las afueras de Guayama.

Ahora, cincuenta años después del «gran robo» con mí primo, me toca volver a los predios de la antigua Central Aguirre para disfrutar de los eventos del Cuarto Libre Soberao, el 7 de abril. Es una gran fiesta cultural y de baile de bomba de los pobladores de El Coquí, el pueblito pequeño en que vivían los trabajadores de la caña y sus familias. Aunque me entusiasma la idea de volver a los predios de la central, también tengo sentimientos encontrados. De seguro, pienso yo, que todo se habrá achiquitado. Lo que hoy quede de aquellas casotas blancas y grandísimas de los administradores estadounidenses de la central, con sus balcones señoriales, y de aquellos grandes edificios de la molienda, me provocará la misma sensación que tengo cada vez que voy al sureste que me vio crecer. El mundo es más pequeño de lo que yo pensaba en mi niñez. Es como si la vida preparara a uno, poco a poco, y ajustándole la visión a uno para aceptar, algún día, que en realidad basta con un panteón pequeño para acomodar los huesos viejos hasta la eternidad.

Recuerdo, dicho sea de paso, que de niño mi abuelo solía llevarme por todo el litoral del sureste, central por central, buscando molasas frescas para beber con sangre de toro. Nunca probé la infusión. Pero sí vi a mi abuelo empinar un envase con sangre de buey y melao espeso, como si fuera la mejor miel. Me dijo que era cosa de la manera en que los negros, sus ancestros, cristalizaban el azúcar, con sangre fresca. La remembranza de la actividad en una central, justo en medio de la molienda, no es fácil de olvidar. El olor intenso del jugo de caña, el ruido de los vagones de tren, las grúas y cadenas chillando a toda voz, el ajetreo humano y los gestos de mi abuelo, con sus seis pies de negritud; todo eso , ni se olvida ni se achiquita en la mente. ¡Qué grande era todo aquello, ante mis ojos de niño! Un mundo alucinante de metal y gente. A escondidas, yo calmaba mi ansiedad, haciendo remolinos en los latones de melao fresco y chupándome los dedos ennegrecidos con el dulce elixir. Y luego, pues, llega la vida de adulto, y se le achiquita a uno el mundo real. Nada permanece grande, salvo en la memoria. En fin, ya la caña de azúcar no se cultiva en el sureste de mi país, ni en las centrales se exprime melao.

Los ‘pauperizados’ del cañaveral

El gran año para la producción de azúcar en el sureste de Puerto Rico fue el 1915. En ese momento se consolidó, realmente, la siembra y molienda de caña en toda la región. Sí, centrales como la de Aguirre contaban con maquinaria de la más avanzada, desde hacía más de una década. Sin embargo, un estudio del Departamento de Comercio de Estados Unidos en 1907 señalaba que el problema de la azúcar de la isla durante la primera década del siglo XX no era la molienda, sino el rendimiento de toneladas de caña por acre, o sea, las técnicas de cultivo.[1]  Ya para 1906 en Puerto Rico, gracias a la concentración de capital, el número de centrales se había reducido a cuarenta y seis y la tecnología era de primera. El desarrollo entre 1899 y 1906 fue verdaderamente sorprendente:

«La ocupación estadounidense trajo una completa transformación de los métodos de molienda. Los molinos impulsados por fuerza animal casi han desaparecido, y el ‘tren jamaiquino’, con su sistema de pailas abiertas, está siendo desplazado por novedosas técnicas de evaporación, de manera que hoy, además de las innovaciones de las centrales mejor equipadas, muchas de la pequeñas están instalando maquinaria moderna y expanden su capacidad para moler la caña de azúcar de las plantaciones aledañas. Los molinos de nueve rodillos se han hecho comunes en los distritos en que, antes, la extracción por la vía de una o dos prensadas era considerada suficiente, y se están recibiendo órdenes de molinos de hasta 12 rodillos, precedidos por una prensa. En el período de 1905-1906, se abrieron dos nuevas centrales modernas y hay al menos dos más planeadas para 1908. La más grande, la Central Guánica, tiene una capacidad de 2,500 toneladas de caña diarias, y algunas otras procesan hasta 500 toneladas por día. El costo de erigir una de estas fábricas oscila entre $350,000 y $350,000, y algunas cuestan un millón y más».[2] (Traducción libre)

La realidad es que, a pesar de la sentencia del Departamento de Comercio, tampoco hay que minimizar el avance de la siembra y cultivo de caña de azúcar entre 1900 y 1906. Para este último año, la cosecha se tradujo en 203,000 toneladas de azúcar. Esto, a pesar de que la inmensa mayoría de los terrenos de la isla no eran naturalmente favorables al cultivo de esa planta. Aquí no hay que sentir vergüenza alguna. Cuba es el lugar, por excelencia, para el cultivo de caña por medios naturales. El mismo Departamento del Comercio de Estados Unidos lo reconoció en varios estudios: «En Cuba, la caña de azúcar se cultiva casi en su totalidad por medios naturales durante la época normal de lluvia de cuatros meses de duración».[3]  Además, sus vastas llanuras de terrenos húmedos y fértiles eran la envidia de los agrónomos del mundo entero en 1906. En esto, Puerto Rico y su isla hermana se parecían muy poco. J. T. Crawley, quien dirigía los estudios de suelos para las compañías azucareras estadounidenses en ambos lugares, señaló la clave de la distinción: «En Cuba, no hay una clara diferenciación entre distritos agrícolas, como ocurre en Puerto Rico y, por lo tanto, en Cuba hay más uniformidad en los tipos de suelos».[4]  ¡Precisamente lo que se necesita para el cultivo natural de la caña de azúcar!

Decimos que no hay que sentir vergüenza alguna, porque lo que le falta a una isla, le sobra a la otra. En Puerto Rico, escasean las llanuras húmedos con terrenos fértiles propicios para el cultivo de la caña (salvo en zonas de no mucha extensión, como Arecibo, Fajardo y valles del oeste).[5] Pero tenemos un interior montañoso de una riqueza natural incomparable en el Caribe. Basta con visitar los montes cercanos al oriente de Cuba para ver la diferencia y hacer la comparación. La fertilidad natural de nuestras pendientes montañosas es simplemente mayor. En eso, quizás, somos más hermanos de Martinica que de Cuba. Muy posiblemente, entonces, ya en 1906 la siembra y cultivo de caña en Puerto Rico había alcanzado su mayor desarrollo posible, al menos sobre la base de nuestra particular geografía y dadas las variedades de caña en uso.[6]

El empeño de transformar a Puerto Rico en una isla productora y exportadora de azúcar a gran escala fue, pues, un capricho del gran capital estadounidense y sus aliados anexionistas. Muy poco tenía que ver ese antojo con las condiciones geográficas e hidrológicas de la isla. Más que nada fue una aberración, dictada no por la voluntad libre de nuestro pueblo, sino por el antojo de los monopolios extranjeros. Nada de eso tenía ni debía de suceder, incluso por las leyes normales de la producción capitalista.

Para desgracia nuestra, la primera década del siglo XX estuvo marcada por una revolución en la agricultura estadounidense, fundada en la modificación por medios artificiales del rendimiento de la tierra.[7] Fue la consumación de lo que Marx llamó la transformación de la agricultura en una esfera más de la gran industria. El campo devino una fábrica, en cuyo espacio se fabricaba la fertilidad del suelo como se confeccionaba cualquier otra mercancía, científicamente, y sin medir las consecuencias para el ambiente y la sobrevivencia humana a largo plazo.

¿En qué lugar del planeta Tierra existía un modelo a seguir para tan siniestro proyecto? O sea, ¿dónde había un cultivo de caña de azúcar por métodos científicos exactos, que se impusieran a contrapelo a la aridez de los terrenos del sureste de Puerto Rico? Pues, nada más y nada menos que en Hawái. Mejor habríamos salido con una erupción volcánica, como la del Mont Pelée 1902 en Martinica, que con la implantación del modelo anglohawaiano en nuestra agricultura, a partir de 1906.

Las cuatros islas de mayor cultivo de caña de azúcar en el archipiélago hawaiano en 1906 eran Kauai, Oahu, Maui y Hawái.[8]  Estas compartían con Puerto Rico una geología predominantemente escarpada, ríos en números abundantes y llanuras no muy extensas dominadas por la aridez. Resulta interesante que tanto en Hawái como en Puerto Rico no había lagos naturales en 1906. En ambos lugares, el agua fluía libre y constantemente, por cauces naturales, desde las montañas hasta las costas. Hidrológicamente, ambos archipiélagos son casi gemelos. La única diferencia es que en los suelos montañosos de Hawái no se pueden construir lagos, pues son muy porosos y chupan el agua enseguida. En Puerto Rico, la situación es distinta.

Con la inclusión de Hawái en la tarifa azucarera, el cultivo de la caña cobró un auge tremendo en ese archipiélago. Para resolver el problema, parecido al de Puerto Rico, de la escasez de llanuras húmedas, la burguesía anglohawaiana se embarcó entre 1900 y 1906 en un proyecto de irrigación sin precedentes a nivel de Estados Unidos, y quizás del mundo. Aunque financiado exclusivamente por el capital privado de las compañías monopolistas azucareras de Hawái, conocidas como las Cinco Grandes, el resultado fue la canalización de la totalidad de las corrientes de agua dulce en las montañas. De hecho, la construcción de sistemas de regadíos en ese archipiélago devino rápidamente una esfera separada de inversión para la clase capitalista anglohawaiana. El tamaño de la obra no es fácil de describir, pues incluyó, entre otros detalles, canales y ‘flumes’ de millas y millas de distancia, túneles sin fin a través de las rocas más gigantescas y sifones aparatosos que elevaban el agua a miles de pies de altura (para luego dejarla caer, creando de este modo una fuente de energía electrifica). Ni Leonardo da Vinci, en su sueño frustrado de fabricar un gran canal que permitiera la navegación entre Florencia y el mar Mediterráneo, llegó a diseñar un monstruo de la ingeniería hídrica de semejante tamaño. Su marca distintiva era el sistema de «fluming», o sea, canales de riego tan anchos y potentes que transportaban barcazas cargadas de caña de azúcar por el agua, desde las plantaciones más remotas hasta la boca de la central. Nada de trenes ni camiones. Todo ello construido sobre la espalda de decenas de miles de trabajadores japoneses traídos al archipiélago en condiciones de semiesclavitud, desde fines del siglo XIX.[9]

Según los estándares corporativos de 1906-1917, el sistema de cultivo de caña de azúcar en Hawái era el «más científico e intensivo de la época».[10]  En un extremo tecnológico estaba Cuba, con su agricultura de caña extensiva y sus métodos naturales; en el otro, Hawái con sus cultivos intensivos, basados en la irrigación y los fertilizantes. En lo que toca a Puerto Rico, un estudio comparativo realizado en 1906 ya había indicado que el rendimiento de azúcar cruda por acre en Puerto Rico no pasaba de 2 toneladas, mientras que en Hawái, gracias a la aplicación «científica» de fertilizantes y la irrigación, llegaba a veces hasta 15. Ni en Hawái ni en Puerto Rico quedaban tierras vírgenes en 1906-1917; pero en Cuba, apenas se habían cultivado los extraordinariamente fértiles suelos de Oriente.

¿Cuáles eran, pues, las alternativas que se presentaban para la clase política dirigente de Puerto Rico entre 1906-1917? ¿Rechazar el capricho de los monopolios extranjeros de convertir la isla en una gigantesca factoría de azúcar, por la vía de un cultivo intensivo en el sureste árido, y a contrapelo de nuestra geografía? ¿O promover el camino de la pequeña agricultura, incluso sobre bases capitalistas avanzadas, en las montañas fértiles de la Cordillera Central? ¿No era esto último lo que venía pasando en lugares como California, en que las granjas de menor extensión de terreno estaban a la cabeza del cambio tecnológico en la agricultura del imperio? El promedio de extensión de las granjas de avanzada en el noreste montañoso de Estados Unidos era de 64 acres; en Puerto Rico, predominaban numéricamente las granjas pequeñas de 50 acres. ¡Dónde manda el gran capital imperialista no manda el pequeño! La construcción del sistema de riego del sureste, una aberración de ingeniería que vendría a destruir la ecología de nuestros fértiles montes, comenzó en 1907 y se inauguró en 1914, condenándonos a la dependencia y a la gran agricultura de exportación de azúcar. Encima de eso, la canalización de los ríos se financió en Puerto Rico por la vía de la deuda pública. No le costó nada a los grandes monopolios del azúcar. Un regalo como pocos, en la historia agrícola moderna del imperio. Simultáneamente, la importación de fertilizantes para el cultivo local de caña de azúcar aumentó de 2,034 toneladas en 1906 a 24,290 en 1915, o sea, un incremento de 2,000 por ciento.[11]  Con ello, Puerto Rico hacía su debut en la modernidad.

¿Qué efecto tuvo la construcción del sistema público de regadío del sureste sobre la competitividad del azúcar producido en Puerto Rico? Entre 1915 y 1917 las ganancias de las compañías azucareras en la isla adquirieron niveles escandalosos, como resultado de los elevados precios de los alimentos durante la Primera Guerra Mundial. Respondiendo a los reclamos de los productores de azúcar en lugares como Louisiana, el Departamento del Comercio de Estados Unidos llevó a cabo un estudio detallado de los costos de la siembra, molienda y mercadeo del azúcar de Cuba, Puerto Rico y Hawái. La crema y nata de los empleados del sistema federal de censos visitó los tres lugares, obteniendo todo tipo de información, generalmente de los libros de contabilidad de las compañías. Fue publicado en 1917 con el título The Sugar Cane Industry, y contiene varios capítulos sobre Puerto Rico.[12]  Aquí, por supuesto, solo vamos a detenernos en la cuestión de la competitividad del azúcar boricua al llegar al mercado estadounidense.

De acuerdo con el citado estudio, en 1917 una libra de azúcar puertorriqueña entregada en el mercado de la metrópoli tenía un costo de 2,828 centavos; la de Hawái, 2,697 centavos y, la de Cuba, solo 1,719 centavos.[13]  La comparación entre Hawái y Puerto Rico no nos interesa, porque el mercado natural de los productores anglohawaianos era California, no Nueva York. Lo que nos interesa es la comparación entre Cuba y Puerto Rico. La diferencia del costo del azúcar proveniente de estas dos islas del Caribe era de 1,109 centavos por libra, al llegar a Estados Unidos. Obviamente, esta discrepancia reflejaba ante todo la extraordinaria fertilidad natural de la tierra llana de Cuba, en lo que concierne al cultivo de caña. ¿Cómo lograban los monopolios azucareros estadounidenses operando en Puerto Rico «competir» con el azúcar cubana? Pelo a pelo no podían. La clave era el aparato colonial, que subsidiaba agresivamente las operaciones de las centrales azucareras extranjeras, particularmente en el sureste de la isla.

Efectivamente, la producción de azúcar por los monopolios estadounidenses en la isla recibía tres beneficios inmediatos de la situación colonial. En primer lugar, y esto fue estudiado con profundidad por Pedro Albizu Campos,[14] estaba la bonificación arancelaria. En 1917, la libra de azúcar originada en Cuba estaba sujeta a un arancel punitivo de 1,0048 centavos. De entrada, esto elevaba su costo en el mercado estadounidense a 2,7238 centavos la unidad.

La construcción del sistema de irrigación público también operaba como un subsidio para las compañías estadounidenses en la isla. En Cuba, como sabemos, la irrigación era casi inexistente. Las pocas plantaciones pequeñas que irrigaban artificialmente los terrenos incurrían en un costo de $2,18 por acre o la cantidad de 8 centavos por tonelada de caña. Pero esto era una rareza. En Puerto Rico, dada la aridez de nuestros llanos del sureste, la irrigación era una técnica indispensable. El costo promedio de mantener un sistema privado de riego en la isla era de $50 el acre. La irrigación privada existía, pero no era la regla en el sureste. La central Aguirre y sus compinches en ese litoral gozaban desde 1914 de agua suministrada públicamente. ¿Cuánto le costaba este uso de un recurso natural perteneciente al pueblo de Puerto Rico? Teóricamente, el costo era de $2,50 el acre-pie entregado en el cañaveral. Pero esto era así únicamente en el caso de que no existieran concesiones otorgadas por el gobierno federal, que eximían a las compañías del pago de la tarifa. Las centrales del sureste, localizadas precisamente en la región más árida y monopolizada de Puerto Rico, aportaron en 1917 el 40% de toda la azúcar que se exportó al mercado estadounidense. Además, con el manipuleo de los contratos con los colonos, centrales como la Aguirre no incurrían en costo alguno por el agua. Y el azúcar es un producto que requiere mucha agua para el cultivo.

El subsidio mayor que recibían los monopolios azucareros operando en la isla en 1917, sin embargo, era la superexplotación de la fuerza de trabajo bajo el sistema colonial. Ya desde 1906, el gobierno federal reconoció que la destrucción de nuestra vibrante pequeña propiedad agraria (particularmente el café) era caldo de cultivo para una sobrepoblación relativa de trabajadores desesperados:

«Gran parte de la tierra cafetalera está revirtiendo a bosques, buena parte se vende para pagar impuestos, y, probablemente, mucha más tierra se venderá antes de que las condiciones mejoren. Muchos cultivadores continúan, sin mucha esperanza, trabajando en plantaciones que desde hace tiempo perdieron completamente su valor. Todas las partes competentes, interesadas en el bienestar de la isla y sus habitantes, lamentan la decadencia de esta otrora floreciente industria, que suplía un empleo relativamente fácil para los hombres, mujeres y niños, en la agradable y refrescante atmosfera del centro de la isla, impresionantemente libre de influencias negativas a la salud».[15] (Traducción libre)

Resulta penoso ver cómo, a veces, los propios investigadores del imperio muestran más empatía por la gente de la colonia, que los representantes políticos locales y los sindicatos corruptos. Así, mientras que algunos funcionarios federales se lamentaban de la condición de la industria cafetalera y de su impacto sobre las familias del campo, la Federación Libre de Trabajadores de Puerto Rico no escatimó esfuerzos para proporcionarle honras a Roosevelt durante su visita de 1906. Después de un pésame hipócrita a la Asociación de Caficultores, el presidente habló de su simpatía por la extensión de la ciudadanía estadounidense a los súbditos de la colonia y, allá en el Congreso, mencionó con agrado a la Federación.

Los datos, sin embargo, son tercos, como decía Marx. A pesar de las genuflexiones de la Federación Libre de Trabajadores, todavía en 1917 los salarios agrícolas y cañeros en Puerto Rico estaban muy por debajo de los de Cuba, Hawái y el sur de Estados Unidos. De acuerdo con el estudio del Departamento de Comercio, el salario promedio en los cañaverales de la isla, en 1917, era de 63 centavos por día para los cultivadores y, de 70 centavos por día para los cortadores. En Cuba, para la misma fecha, era de $1,26 por día para los cultivadores y, de $1,60 para los cortadores de caña. Incluso en Louisiana, con una fuerza de trabajo compuesta casi en su totalidad por negros en condiciones de opresión racial extrema, los sembradores varones recibían un promedio de 84 centavos diarios. En Hawái, el salario promedio era de 97 centavos al día para los sembradores, y de $1,04 para los cortadores. Además, dependiendo de las ventas, a los trabajadores de la caña en Hawái les pagaban un bono de fin de año.[16]

Naturalmente, la comparación de las tasas salariales únicamente nos da una imagen aproximada de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto es así, en particular, en el caso de Puerto Rico, en que la dependencia de medios de vida caros provenientes de Estados Unidos imponían una carga extra sobre los pobres y los trabajadores. Durante la Primera Guerra Mundial el valor de las importaciones de medios de vida a la isla creció sin que aumentara, simultáneamente, la cantidad de productos.[17]  Era pura inflación.

En nuestra isla, la pobreza de los trabajadores se agudizaba por el fenómeno del «tiempo muerto», es decir, los siete meses del año en que no había corte y molienda. En Hawái, por el contrario, no se daba el fenómeno del tiempo muerto. El corte y la molienda se extendían de 208 a 306 días al año en ese archipiélago.[18] La clase obrera hawaiana, a pesar de su condición semifeudal, presionaba al patrono los doce meses del año. En Puerto Rico, el proletariado agrícola sufría una dolorosa transmutación conforme avanzaba el ciclo. Por cinco meses, conformaba propiamente un proletariado agrícola, empleado en el corte y molienda; el resto del tiempo, oscilaba entre las dos formas más penosas de existencia de lo que Marx llamó la sobrepoblación relativa: la estancada y la pauperizada.[19]  Bajo la primera, formaba un ejército de desempleados siempre disponible para las necesidades de cualquier empleo agrícola, donde fuera y con los salarios más bajos; bajo la segunda, los trabajadores caían en la mendicidad y completa marginación social, víctimas de la pobreza más extrema y las enfermedades, como la anemia. El fenómeno de los bajos salarios alimentaba la pobreza, y viceversa.

¿Cuál era, según el cinismo del informe del Departamento del Comercio, el principal obstáculo a una mayor competitividad de la industria azucarera de Puerto Rico en 1917? Pues, la supuesta «ineficiencia comparativa» de los trabajadores boricuas. ¡El estudio de 1917 le dedica una sección entera al tema, confiriéndoles una dudosa distinción a nuestros trabajadores de la caña: la de ser mendigos![20]  Y aunque falla en no destacar el vínculo entre la destrucción de la pequeña propiedad agrícola y la superexplotación en los cañaverales, el estudio sí muestra una cierta preocupación humanística con la desaparición física de la clase trabajadora del azúcar, «cuyo futuro es todo menos prometedor».[21]  A los bajos salarios se suma la mala alimentación. Por suerte, nos dice el informe, hay quienes se compadecen: «Algunas de las plantaciones más grandes informan que, con motivo de mejorar la condición física de sus trabajadores de campo y factoría, les dan carnes para que coman tan frecuentemente como dos veces a la semana».[22]

La tarifa azucarera, el sistema de riego del sureste y la superexplotación de la clase trabajadora puertorriqueña eran, pues, los tres pilares sobre los cuales descansaba la fortuna de la industria del azúcar en Puerto Rico. Ninguna de estos tres factores les costó nada a las grandes compañías extranjeras que se adueñaron de nuestro país. Mejor habríamos salido siendo independientes. 

Retorno al comienzo

Llegado este punto, el lector o lectora probablemente habrá olvidado que nuestra narración comenzó con la referencia a un hurto inocente por dos pilluelos. Y es que quizás el robo mayor en nuestra patria, del cual aún no nos hemos recuperado, ha sido de conciencia: borraron de nuestras mentes la historia real del despojo a que fuimos sometidos en el siglo XX. Como en el poema ‘El patito feo’, de Luis Lloréns Torres, cada día nos toca desleír la bruma de los mitos de nuestra incapacidad de ser libres. Y esto no se puede lograr sin una reflexión sobre el comienzo, el punto de partida del engaño: la llegada del invasor.

La industria azucarera del sureste de Puerto Rico, centrada alrededor de la otrora gigantesca Central Aguirre, fue, en realidad, una gran máquina de robarle los recursos naturales a un pueblo rico en belleza y potencial humano. Los tentáculos de esta factoría de azúcar se extendieron, por medio de las finanzas, a todo el litoral sur y, por medio del sistema de riego, a nuestro centro montañoso y fértil. Incluso llegaron a la costa norte, a la desembocadura del río La Plata. Como un tumor parasitario, la Central Aguirre se alojó en uno de los lugares más bellos del Caribe: la costa de Salinas.

La edición de marzo de 2018 de la revista National Geographic, curiosamente, fue dedicada a Puerto Rico y, con cierta particularidad, al sureste.[23]  El tema, por supuesto, es la devastación causada por el huracán María y la resiliencia de nuestra gente, ante lo que los editores bautizan como la interrupción de energía eléctrica más duradera en la historia de Estados Unidos. El cuadro que dibujan es conmovedor:

«La tormenta más fuerte en azotar a Puerto Rico en los últimos 80 años, los vientos de fuerza de tornado del huracán María golpearon con violencia a la isla. Las lluvias masivas trajeron inundaciones catastróficas, llevándose los puentes e inundando barrios enteros. La infraestructura de la isla, ya debilitada por años de inatención, quedó devastada».[24]

Quizás valdría la pena remontarnos aquí, por medio de los archivos de la revista National Geographic, al momento mismo del comienzo de la pesadilla colonial que vive Puerto Rico bajo Estados Unidos. Precisamente el mismo año del desembarco de las tropas estadounidenses, uno de los reporteros más prominentes de la mencionada publicación, el geólogo Robert Hill, escribió sobre el sur de la isla, expresando admiración por sus ciudades costeras, «que eran de considerable importancia como centros de comercio y agricultura».[25]

O, tal vez, podríamos ser más específicos y retomar la descripción que hizo para National Geographic el capitán Whitney, un espía militar estadounidense en la isla que, meses antes del desembarco de julio de 1898, informó a los altos mandos militares estadounidenses acerca de las riquezas de nuestro país. De particular valor e importancia le pareció a Whitney, precisamente, la bahía de Jobos en Salinas, así como toda la costa cercana, donde pronto se establecería la gran Central Aguirre. Nada extraño, ya que Whitney conocía el texto titulado ‘Hanbuch der Goegraphie’, publicado en Europa en 1868, que identificaba la bahía de Jobos como un lugar ideal para «establecer un puerto marítimo de gran importancia». Sin perder tiempo, el U.S. Coast and Geodesic Survey y su barco el Blake, visitaron en 1898 la costa entre Guayama y Salinas, para desarrollar mapas y guías de navegación. Sobre la bahía de Jobos y sus alrededores, la edición de junio de 1899 de la revista National Geographic expresó lo siguiente:

«La entrada occidental de la bahía está cerca de 25 millas al este de Ponce. La bahía, como tal, está formada por una hilera o línea de arrecife de coral con baja vegetación, entre el cual y la orilla de la tierra hay un paso de mar perfectamente resguardado con amplia profundidad para naves de calado moderado. Las embarcaciones de mayor calado pueden entrar por el acceso occidental, pero nuestro conocimiento actual nos deja con dudas acerca de la amplitud del canal en el interior, y no será hasta que acabe el trabajo de la nave Blake que aquilataremos toda la importancia de la bahía. Una segunda entrada, cuatro millas al este, lleva el nombre sugestivo de ‘Boca de infierno’, y carga 12 pies de agua. Desde esta entrada, la sonda se extiende por dos millas al norte y, por tres millas en dirección al este, formando una ensenada en la cual el agua es decididamente menos profunda que en la parte occidental».[26]

Es imposible no percibir una cierta circularidad en la temática del coloniaje estadounidense en Puerto Rico, no importa el nivel de concreción del análisis. Todo, absolutamente todo, parece remitirnos directamente al comienzo, al año funesto ese del 1898. Es decir, al momento en que un imperio avaricioso se encaprichó con nosotros y nos invadió la patria, interrumpiéndonos, porque sí, una existencia aldeana próspera, pero ajena al curso de la historia. ¡Y año también, con carga ominosa, de todo lo demás: de la respuesta cobarde de una burguesía local, pusilánime como pocas en todo el continente; de la llegada de una oleada de geólogos, hidrólogos, y hasta espías, que produjeron subrepticiamente una valoración exacta de nuestros recursos; de la previsión del capital azucarero estadounidense, que se ubicó estratégicamente en la región llana del sureste; de la exageración de la naturaleza boricua, que puso abundante agua dulce en nuestras fértiles montañas (¡ni sequía tuvimos en el 1898!); de la conducta ingenua de nuestro medio ambiente, que se mostró virgen y fructífero, ante el ojo invasor; de la muerte del padre de la patria, Ramón Emeterio Betances, y de las otras tantas ‘casualidades’ que se dieron cita ese 1898 en una coyuntura de fin de siglo, que no parecía tanto producto de las leyes de la historia, como de la puñetera mala suerte! Y ahora, en pleno siglo XXI, con una circularidad inclemente, se nos repite el tema del gran huracán, 119 años después.

Volver al comienzo, para lograr un mejor avanzar; tal parece ser el camino obligado para comprender el maleficio de la dominación imperialista de nuestro país. Y he de llegar, así, a mi encuentro con la vieja Central Aguirre este abril de 2018: buscando claves para desleír la aparente fatalidad de un pueblo que nunca ha conocido la libertad. ¡Qué no nos subestime el rubio avaricioso del norte! Ya no somos mero «cisne de azul pluma y rojo pico», inermes en el nido del águila imperial, ni pilluelos inocentes que roban bolas y palos de golf.

El huracán María ha inyectado vida en nuestra espiritualidad antillana y rebelde. ¡En el sur, suenan de nuevo los tambores ancestrales, instrumentos mágicos que invitan al combate en la tierra de Palés! Y por todos los rincones de este sufrido y mágico litoral de mi infancia, la juventud despierta hoy a los versos que Luis Lloréns Torres escribiera, casi cien años atrás, en la ciudad sureña de Juana Díaz:

Alma de la patria mía,

cisne azul puertorriqueño,

si quieres vivir el sueño

de tu honor y tu hidalguía,

escucha la voz bravía

de tu independencia santa

cuando el cielo la levanta

el huracán del Caribe

que con rayos la escribe

y con sus truenos la canta.

© Rafael Rodríguez Cruz

Encuentro al Sur ha publicado este artículo con el permiso del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

[1] U. S. Department of Commerce. (1907). Commercial Porto Rico in 1906. Washington: Government Printing Office, p. 18.

[2] Ibid., p. 19.

[3] U. S. Department of Commerce. (1917). The Sugar cane Industry: Agricultural, Manufacturing, and Marketing Costs in Hawaii, Porto Rico, Louisiana, and Cuba. Washington: Government Printing Office, p. 26.

[4] Ibid., p.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Ibid., pp. 257-258.

[7] Hurt, R. D. (2002). American Agriculture: A brief History. Purdue: Purdue University Press, pp. 221-280.

[8] Wilcox, C. (1996). Sugar water: Hawaii’s Plantation Ditches. Honolulu: University of Hawai’i Press, p. 43.

[9] Kent, N. J. (1883). Hawaii: Islands under the Influence. New York: Monthly Review Press, pp. 69-94.

[10] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 25.

[11] Ibid., p. 260.

[12] Ibid., pp. 11-24.

[13] Ibid., p. 27.

[14] Albizu Campos, P. (1975). Obras Escogidas, 1923-1936. Tomo I. San Juan: Editorial Jelofe, pp. 11-114.

[15] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 20.

[16] U. S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[17] Annual Report of The governor of Porto Rico. (1918). Washington: Government Printing Office, p. 15.

[18] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 28.

[19] Marx, K. (1887). Capital: A Critique of Political Economy. Volume 1, Section 4, online: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1867-c1/ch25.htm#S4.

[20] U.S. Department of Commerce. (1917), p. 261.

[21] Ibidem.

[22] Ibidem.

[23] National Geographic. (March 2018). Puerto Rico Still Struggling in the Dark. Online: https://www.nationalgeographic.com/magazine/2018/03/puerto-rico-after-hurricane-maria-dispatches/.

[24] Ibid.

[25] Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other islands of the West Indies. New York: The Century Co., pp. 179-180.

[26] National Geographic (June 1899). Jobos Harbor. Vol. X, No. 6, p. 206.

 

Fotos

Jobos Bay in Port Jobos, Salinas and Guayama Puerto Rico. (2018). Marinas.com. https://img.marinas.com/v2/390ef0bb8d99be147645204ba23e25ee01faf900cb941292def6031c79dec45b.jpg

David Jusino, Ricardo. (2011) Entrada Principal a Aguirre-Salinas.  GeoViews Puerto Rico. http://mw2.google.com/mw-panoramio/photos/medium/53465478.jpg

Fernández, Héctor. (2016). Current view at the Aguirre Golf Club. Puerto Rico Golf Association, Facebook.  https://www.facebook.com/prga1954/photos/a.208492142525033.52460.118234928217422/1387785171262385/?type=3&theater

 

 

Rescatan fincas para la producción agrícola en Salinas

Comunicado de prensa El presidente de la Comisión de Agricultura, Recursos Naturales y Asuntos Ambientales de la Cámara, César Hernández Alfonzo, visitó este fin de semana varias fincas rescatadas para la producción agrícola en Salinas. Durante el recorrido estuvo acompañado por la secretaria del Departamento de Agricultura, Dra. Myrna Comas, el representante Luis “Narminto” Ortiz y la alcaldesa de Salinas, Karilyn Bonilla.

La comisión cameral está constatando en el lugar de los hechos como se están invirtiendo los recursos económicos asignados para el crecimiento de la producción agrícola en el País. Ya sobrepasan los cien millones de dólares las asignaciones presupuestarias extraordinarias para fomentar el desarrollo agrícola según datos proporcionados por el legislador.

visita a fincas de salinas 1915

La visita a Salinas es de suma importancia porque se reconoce como uno de los municipios con mayor potencial para la actividad agrícola. Hernández Alfonzo indico que en Salinas se han rescatado cientos de cuerdas agrícolas en fincas que estaban en desuso o subutilizadas.

Por su parte la Alcaldesa de Salinas, Karilyn Bonilla destacó que se visitaron fincas de guanábanas, quenepas, panapén, sorgo (alimento para el ganado), papayas y farináceos. En su opinión es necesario que el país conozca la importancia de las cosechas que se están realizando en Salinas y la aportación de estas fincas  al empeño de rescatar la producción agrícola de Puerto Rico.

La Secretaria del Departamento de Agricultura destacó que la zona sur de Puerto Rico es la más diversificada en términos de siembras agrícolas. En su opinión “los agricultores han adoptado el uso de una alta tecnología para el desarrollo de sus fincas, y están maximizando el uso de las tierras y maximizando el uso del agua de una forma responsable. Según Myrna Comas, “los agricultores adoptan prácticas de conservación para el desarrollo de sus fincas, mientras nos ayudan en la generación de empleos, en el desarrollo económico y en la seguridad alimentaria del pueblo de Puerto Rico.”

Celebran Asamblea de la Asociación de Pescadores Raúl Maldonado de La Playa de Salinas

Comunicado de prensa

Impulsan un Centro Comunitario de Pesca y Turismo

Salinas, Puerto Rico – La Asociación de Pescadores Raúl Maldonado Inc. de la pescadería de la Playa de Salinas celebró su Asamblea de miembros el pasado viernes 9 de enero de 2015.

El presidente de la Asociación, Ignacio del Valle Alvarado, comenzó la Asamblea con una bienvenida y su agradecimiento por la participación de los presentes. Además, Del Valle hizo un informe de logros donde se destacó la obtención de kayaks adicionales y el seguro para los mismos, la ampliación de la estructura para guardar los kayaks, reconstrucción del muelle, creación de 14 empleos a través de propuestas, la redacción de un plan de negocios, el reconocimiento y aprobación por el Departamento de Agricultura como pescadería dentro de la “Ruta del Pescado”, y la construcción de un quiosco para diversificar la venta de pescado y marisco procesado.

La Asociación ha estado impulsando el concepto de Centro Comunitario de Pesca y Turismo de Base Comunitaria y Sostenible, y desarrollará este concepto en áreas como Manejo y Procesamiento de productos del mar, servicios de desembarco y mantenimiento, suministros pesqueros, construcción de equipos y estructuras de pesca, servicios de ecoturismo y comunitarios.

A la asamblea asistieron como facilitadores Víctor Alvarado Guzmán, miembro de la Iniciativa de Eco Desarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO), organización que colabora con la Asociación, el asesor en contabilidad, Carlos Santiago, quien rindió un informe parcial del estado financiero de la Asociación, acordandose que el informe final se presentara a la Asamblea el próximo 6 de febrero. También asistió la asesora legal de la Asociación, la Lcda. Tata Santiago, quien trabaja en el reglamento propuesto y el lider comunitario Nelsón Santos.

La Asamblea acordo por unanimidad ratificar la actual junta directiva y elegir a Angel Rivera como subsecretario, que era la única posición vacante.

La Asamblea aprobó también por unanimidad una resolución que favorece que el Departamento de Agricultura mantenga la titularidad de la Villa Pesquera del Bo. Playa y oponiéndose a que se traspase la villa o su administración al Municipio de Salinas. .

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Pescadores rechazan propuesta de alcaldesa de Salinas / Víctor Alvarado Guzmán

Comunicado de prensa

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Al centro, Ignacio del Valle “Nachito” presidente de la pescadería Raúl Maldonado de la Playa

Salinas, Puerto Rico – La controversia por la intensión de traspasar la pescadería Raúl Maldonado de la Playa de Salinas al Municipio, parece estar llegando a su fin cuando los mismos pescadores le expresaron a la alcaldesa, Karilyn Bonilla, su rechazo a la propuesta..

En las pasadas semanas los pescadores de la Asociación Raúl Maldonado de la Playa se reunieron en varias ocasiones con la alcaldesa de Salinas y le reiteraron su decisión de mantenerse con el Depto. de Agricultura y no pasar la estructura de la pescadería al Municipio, como propone la Resolución de la Cámara 617 presentada por el representante José Torres Ramírez. Desde el principio dijimos que el primer paso, antes de someter cualquier Resolución, era sentarse con los pescadores y preguntarles su parecer. Esperamos que esta controversia innecesaria termine y que la Resolución de la Cámara sea retirada”,

Como Legislador Municipal del PIP también rechazo las expresiones de una representante de la alcaldesa quién dijo que en la pescadería de la playa no ha habido desarrollo alguno. “Si no hubiera ningún tipo de desarrollo en la pescadería de la Playa, no hubiera sido escogida para el proyecto de la “Ruta del Pescado” promovida por el Depto. de Agricultura. De hecho, fue la única pescadería en Salinas escogida para ese proyecto. Una cosa es querer ayudar a mantener las facilidades y mejorar la pescadería, y otra es querer apropiarse de la misma para impulsar la visión de la alcaldesa y no el propio eco-desarrollo impulsado por los pescadores”,

Hay que continuar defendiendo a los pescadores artesanales o de subsistencia, ante acciones y proyectos que ponen en peligro las comunidades costeras. “Ante el propuesto puerto de gas natural en Aguirre, hemos estado junto con pescadores y organizaciones ambientales y comunitarias, buscando evitar o minimizar el impacto a la labor de los trabajadores del mar y mejorar la calidad de vida de las comunidades costeras de Salinas. Todos debemos remar en esa misma dirección

Por otra parte, Yadira Vélez Figueroa, residente de la Playa y ex legisladora municipal del PIP, defendió la labor de los pescadores de la Playa. “Toda mi vida he vivido en la comunidad de la Playa viendo a amistades y vecinos lanzarse al mar buscando el sustento para su familia y sacar algo de dinero para poder pagar parte de sus gastos. La pescadería ha subsistido por el esfuerzo de los pescadores y en los últimos años hemos visto como han comenzado a mejorar y variar los servicios que allí ofrecen”, expresó Vélez Figueroa.

por Víctor Alvarado Guzmán

Pugna por la Pescaderia de La Playa de Salinas

Muelle de la Pescadería de La PlayaA petición de la alcaldesa de Salinas el representante José Torres Ramírez presentó la Resolución Conjunta de la Cámara de Representantes # 617 que ordena al Departamento de Agricultura  de Puerto Rico, transferir al Municipio de Salinas la titularidad de las facilidades de la Pescadería Raúl Maldonado por el precio nominal de un dólar.  Esta acción ha desatado una controversia entre el gobierno municipal y el grupo de pescadores que actualmente se benefician de las ayudas gubernamentales que el Departamento de Agricultura dispone para las pescaderías bajo su jurisdicción.

El Legislador municipal del PIP Víctor Alvarado ha denunciado esta medida como un intento de la alcaldesa Karilyn Bonilla de querer controlar las organizaciones comunitarias que existen en su municipio. “Esta acción sólo se puede comprender bajo la visión errónea de la alcaldesa de que cualquier organización comunitaria tiene que estar bajo el control de ella. El temor de los pescadores es que se apodere de la pescadería, destruya lo que se está desarrollando allí y saque a los pescadores de la dirección”, dijo Víctor Alvarado.

Víctor Alvarado

Víctor Alvarado

Según el legislador municipal pipiolo de las cuatro pescaderías que existen en Salinas, la de la Playa es la que funciona más activamente y es la única que pertenece al Departamento de Agricultura. En la otras tres que pertenecen al municipio no se ve ninguna actividad económica adicional propulsada por la alcaldesa.

Mildred Correa Padilla

Mildred Correa Padilla

Por otra parte, la legisladora municipal Mildred Correa Padilla, quien representa ese sector en la Legislatura Municipal, catalogó de incorrectas la información difundida por los medios y acusó a sus propulsores de haber creado un ambiente de temor innecesario entre los pescadores y residentes de la comunidad Playa. Aclaró que la Resolución surge como un reclamo de los mismos pescadores al Representante Torres Ramírez y a la propia legisladora municipal Correa Padilla.

Ante ese reclamo el representante Torres Ramírez ha visitado las facilidades de la Pescadería y ha adquirido conocimiento de primera línea de lo que allí está realmente sucediendo. Con la Resolución sometida por el Representante lo que se ha pretendido es atender las necesidades de manera efectiva, desarrollar planes, estrategias de inversión, mercadeo y actividades de beneficio a la comunidad.  Esta meta es a consecuencia de que allí en este momento no ha habido desarrollo alguno.  El compromiso con esta nueva visión es la de atender los reclamos de los pescadores que han que sea el Gobierno Municipal que asuma la responsabilidad del desarrollo de esta pescadería” terminó diciendo la legisladora municipal del PPD Correa Padilla.

Conocedores del tema han expresado que lo cierto es que el 90% del pescado que se consume en Puerto Rico es importado y que las leyes de Estados Unidos restringen cada día más la pesca artesanal en la isla impidiendo, para beneficio de las empresas multinacionales de pescadería, el desarrollo de una industria pesquera que aporte significativamente a la productividad del País.

Acercamientos a la historiografía de la industria azucarera en Puerto Rico

Por  Javier Alemán Iglesias

Los fenómenos y sucesos que marcaron la vida de los puertorriqueños durante el siglo XX han sido objeto de múltiples estudios. El caso que queremos resaltar en este ensayo es el aspecto económico porque fue en éste donde se desarrolló uno de los modelos más impactantes e importantes de nuestra historia que se basó en la industria azucarera. Aunque dicha industria estuvo operando en distintos momentos históricos y lugares del país, Cese ha estudiado muy poco el origen y establecimiento de las centrales en el Isla. Con ello en mente me propuse investigar los procesos de fundación de unas de las centrales más importantes de la región oriental de Puerto Rico: la Central Juncos y su sistema de colonato. Titulé mi investigación, A moler caña: origen de “The Juncos Central Company” y sus contratos de refacción, siembra y molienda de sus colonos durante los años 1905-1926.

Central de Juncos f Josean Santos NavarroComo toda investigación histórica, tuve que visitar diversos archivos del país como el Archivo General de Puerto Rico (AGPR), el Centro de Investigaciones Históricas (CIH) de la UPR, el Registro de la Propiedad en Caguas, entre otros, para consultar diversas fuentes (protocolos notariales, censo poblaciones, contratos agrícolas, etc.) que me ayudaron a construir todo ese pasado azucarero del municipio de Juncos. ¿Qué pude encontrar en esas fuentes?

Según las diversas fuentes consultadas pude establecer que la industria azucarera del municipio de Juncos durante el comienzo del siglo XX, al igual que gran parte de los demás pueblos de la Isla, se encontraba en gran deterioro. La hacienda La Solitaria, la más antigua del municipio, administrada por el terrateniente Manuel Méndez Dueño, buscaba alternativas para mejorar la situación de su ingenio. Es entonces cuando Méndez Dueño comenzó el proceso de transición del ingenio a central realizando varias transacciones que garantizarían el cambio en su empresa y en el municipio en general.

La primera transacción la observamos en 1902 cuando Méndez Dueño otorgó por documento notarial un poder al humacaeño Antonio Roig Torrellas para vender la Hacienda La Solitaria en Puerto Rico o en el exterior para convertirla en una central azucarera. Desde ese instante Roig Torrellas se involucró en la economía de Juncos hasta que el 1905 se convirtió en el fundador de las corporaciones “The Solitaria Land Company” y “The Juncos Central Company”, que manejaron gran parte de los asuntos azucareros de la región. A partir de ese momento el municipio de Juncos, por medio de la fundación de la central, aceleró el crecimiento económico, poblacional y social durante las primeras décadas del siglo XX. Pero, por otro lado, luego del establecimiento de la central el control de la tierra y su acceso en los municipios de Juncos, Gurabo y Las Piedras estuvo en muy pocas manos, mayormente en las manos de personas pertenecientes y vinculadas directamente con la administración de la Central. De esas personas podemos mencionar a Antonio Roig Torrellas que, ejerciendo como Presidente de la Central Juncos y de su subsidiaría, adquirió durante los años siguientes al establecimiento de la corporación un total de 10,874 cuerdas de terrenos en los municipios mencionados.

Quizás nos podemos preguntar, ¿cómo Roig adquiere tanto poder territorial en esta región? La escasez de capital en manos de los agricultores para el sustento y mantenimiento de sus fincas y siembras de cañas permitió que Roig influyera económicamente en los grandes terratenientes del municipio para así establecer la central azucarera. Ese fenómeno causó el surgimiento del sistema de colonato en Juncos y pueblos vecinos, creando la relación central –colono por medio de los contratos de siembra, molienda y refacción. La relación que creó estos contratos durante los años del 1910 -1926 bajo la administración de Roig no fue tan conflictiva como en otros lugares del País. Esto se debió a que gran parte del colonato perteneció a un círculo privilegiado de esta región donde Roig lideraba gran parte. El colonato estuvo compuesto por descendientes de hacendados del siglo XIX, como por ejemplo; los Collazo, los Palou, los Castro, los Jiménez y el propio Méndez Dueño, entre otros.

Por otro lado, el colonato de la región organizó una Asociación de agricultores de cañas específicamente en los municipios de Juncos, Gurabo y Las Piedras con el objetivo de mejorar las condiciones sociales y económicas de sus miembros bona-fide, buscando un trato justo en sus contratos con la Central Juncos a mediados de la segunda década del siglo XX. El creador de esta Asociación fue Manuel Méndez Dueño, siendo éste, curiosamente, el mismo sujeto que contribuyó en 1905 a establecer la central en Juncos. No obstante, luego del año 1926 que la Central Juncos es vendida e incorporada a la “United Porto Rican Sugar Company” la Asociación de colonos desapareció de esta región. Lo que este hallazgo sugiere es que la nueva administración oprimió al colonato de esa central azucarera y limitó los medios de luchas legítimas; de modo que todo lo experimentado bajo la administración de Roig (la buena relación que mantuvo este dueño de corporación y el colonato de esa zona) también dejo de existir.

El estudio detallado de la central azucarera de Juncos y el análisis de los contratos de siembra, molienda y refacción de su colonato es de gran beneficio para entender el desarrollo económico que experimentó ese municipio durante el siglo pasado. Este estudio sobre la Central Juncos me ayudó también a entender mejor un período tan importante y crítico de este municipio en el siglo XX; llenando un gran vacío en nuestra historia escrita de la industria azucarera. Esta investigación, pues, tiene el propósito de sacar este proyecto a la superficie para provocar una discusión sobre las implicaciones, limitaciones y aportaciones que tuvo este modelo económico en nuestra sociedad.

Originalmente publicado en Diálogo y Diálogo digital, UPR

Foto de Josean Santos Navarro


El autor es historiador y profesor en la Universidad Interamericana, Recinto Metro y en la Universidad del Turabo del Sistema Universitario Ana G. Méndez.

Moringa: el árbol de la vida

Debemos considerar desarrollar el cultivo de este árbol en Puerto Rico con fines comerciales por su alto valor nutritivo. En algunas partes de Puerto Rico a este árbol se le conoce como recedad. Es nativo de la India de la zonas del Himalaye pero es fácil de cultivar en zonas tropicales y subtropicales. En muchos países del mundo se esta cultivando con elevados éxitos comerciales. Ciertamente es una opción para rescatar la agricultura puertorriqueña.

La hoja de moringa (Moringa oleifera) contiene todos los aminoácidos esenciales de una proteína y es una excelente fuente de vitamina C , vitamina A, potasio y calcio.

Su hoja puede consumirse fresca, cocida o secada y molidas hasta formar un polvo verde que se puede añadir a batidas, jugos, sopas, y fricases etc.

Ciertamente la moringa es una fuente alimenticia valiosa, pero cuidese de los que le digan que es un curalo todo,  aunque son innegable algunas de sus propiedades medicinales asociadas a una sana nutrición.

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