Entradas de Encuentro Al Sur

Recordando a Doña Pancha / Roberto Quiñones Rivera

Un día como hoy, 17 de septiembre,  Doña Pancha estaría disfrutando de su cumpleaños 115 en esta dimensión pero el Ser Supremo  la reclamó para su jardín hace cinco años.  Hoy sería su vuelta al sol número 115 ya que al ser requerida contaba con 107 años y 10 meses de vida muy fructífera…

Toda su familia guarda para ella siempre pensamientos y recuerdos de sus casi 108 años de vida.   Entre nosotros vive el convencimiento de que seguimos recibiendo de ella protección y amor desde el ámbito que el Ser Supremo le asignó como nuestro Ángel Guardián.

por Roberto Quiñones Rivera

 

La visitante astral / por José Manuel Solá

Estás hecha de palabras y de pétalos;
vienes desde el silencio hecha de oraciones paganas y canciones,
con fragancias de olíbanos e incendios
y con la media luna tatuada en los ojos de magias orientales;
en la danza del tiempo te me acercas,
las alas deshilando la luz de medianoche,
los labios exhalando mariposas como un vino de estrellas
y los naipes del sueño cayendo de las manos,
cartas y profecías marcadas por vidas de otro tiempo,
vienes incandescente radiando otras auroras por las islas del cosmos,
nocturna, vienes desde el pecado y las incertidumbres;
vienes a redimirme, pienso ahora,
vienes a liberarme, tal vez a hacerme esclavo: vienes al sacrificio;
de todas las ternuras con que una vez me amaste, me quisiste,
con que te abandonaste entre mis brazos
cabalgando desnuda el horizonte,
habitada de magias te me entregas, con tus eternidades,
quemando como el véspero más alto,
perdida como el viento y el vuelo de los pájaros
y abandonas un beso entre mis labios
para luego marcharte, amada mía.
¡Hace ya tanto tiempo me habías señalado…!

 

(c) José Manuel Solá  /  13 de enero de 2016

 

In Memoriam. Celso Martínez López, 1941-2018

 

Celso Martínez ha partido a morar con el Señor. Servidor público. Servidor de su gente y  de su pueblo. Sobre todo, servidor de Dios y de su parroquia, Nuestra Señora de la Monserrate.

Se pueden recordar anécdotas jocosas y muy buenas sobre ti.

Padre tierno.  Esposo amoroso. Trabajador incansable. Vecino y amigo dedicado. Como nos deleitaste con tu sonrisa y tu prontitud a la ayuda de quien fuera que te la pidiera. Contribuiste con todos sin esperar nada a cambio. Usaste tus talentos y los multiplicaste al 100%.

Y qué decir de tus platos exquisitos. Fuiste especial, buen anfitrión – querido compadre y segundo papa! ¡Te vamos a extrañar mucho, caray! ¡Todo fue tan rápido! ¡Te fuiste muy pronto!

Aprendimos de ti a ver la vida con miras a ayudar y a gozarnos – NO importando la prueba. Por Fe, sabemos que nos vamos a encontrar. ¿Cómo te habrán recibido nuestros seres queridos ya idos? ¡Qué lindo será ese reencuentro familiar y salinense!

Estarás gozándotelos y ellos a ti! Así hay que verlo, querido Celso. Somos simples pasajeros en esta tierra. La meta que nos espera, ya tú llegaste a ella.  Allá nos esperas y que clase fiesta vamos a formar! Pero, aquí quedamos haciendo lo que corresponde hacer. Ya tu cumpliste y estarás feliz y descansando en paz. ¡Celebramos tu vida!

por Eileen P. Santiago Soto y María del R. Ibarra Hernández

Fiestas Patronales 2018

*Alrededor del 8 de septiembre de cada año se celebran en Salinas las Fiestas Patronales dedicadas a la Virgen de la Monserrate.  Esta fiesta centenaria se celebró por primera vez del 29 de agosto al 8 de septiembre de 1854.

En 1851 se logró construir en Salinas un templo de madera, paja, tapicería y argamasa (Tesauro de datos históricos de Puerto Rico, 1995)  en el cual se celebró en septiembre la primera novena a la Virgen de la Monserrate. Era cura párroco José Monserrate Lugo y el alcalde Francisco Martínez.

Como era costumbre a la novena la acompañaba la verbena, que es la fiesta popular nocturna al aire libre con música, baile, bebidas y refrigerios. Cercano al primer aniversario del huracán María hay que recordar que a lo largo de la historia de las patronales de Salinas el aviso de tempestades tropicales obligaba a suspender las fiestas dejando con ganas a los salinenses de disfrutar de los espectáculos y bailes programados.

Aunque esta tradición va perdiendo terreno en todo Puerto Rico frente a otros festivales la fama y colorido de las fiestas patronales de antaño quedan plasmadas en las artes y la literatura puertorriqueña.

Aquí presentamos un programa de las Fiestas Patronales de 1984 que brinda  una idea de cómo se celebraba esa tradición en Salinas en la segunda mitad del siglo 20.

Ver programa

por Sergio A. Rodríguez Sosa

Protestan frente al Ponce Hilton contra presidente de la Junta de Control Fiscal / por Víctor Alvarado Guzmán

COMUNICADO DE PRENSA

José Carrión III fue invitado por la Cámara de Comercio del Sur

Ponce, Puerto Rico – Representantes de diversas organizaciones del área sur del país, realizaron una manifestación frente a la entrada del hotel Hilton Ponce Golf & Casino Resort en el Municipio de Ponce, tras la Cámara de Comercio del Sur realizara un “Almuerzo Empresarial” para escuchar al presidente de la Junta de Control Fiscal, José Carrión III.

Bajo fuertes aguaceros, casi un centenar de personas se manifestaron frente a una de las entradas del hotel, la cual era custodiada por varios policías estatales.

El almuerzo para escuchar a Carrión III le costó a cada socio $55.00, mientras que para el público general el costo era de $80.00.

Los comités del área sur del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), hicieron su convocatoria en contra de la Junta y por la descolonización.

“Estamos donde tenemos que estar. Llevándole un mensaje a él (José Carrión) como presidente de la Junta, que a su vez lo lleve a los demás miembros de la Junta, de que en este país la gente está indignada. De que en este país la gente se respeta. Hay que adjudicarle la responsabilidad a los que la tienen, no al pueblo”, dijo José Víctor Madera, presidente del PIP en Ponce, quien también hizo un llamado a finalizar con el estatus colonial de Puerto Rico.

El joven José Miguel Torres, en representación del movimiento estudiantil de la Universidad de Puerto Rico (UPR) manifestó que su apoyo a la causa, no es sólo por ser estudiante del sistema UPR, el cual se ha visto severamente afectado por los recortes de la Junta, sino también por ser parte de este pueblo tan pisoteado.

En la manifestación también participaron miembros de la Unión Laboral de Enfermeras (os) y Empleados (as) de la Salud (ULEES), el Campamento contra las cenizas de Peñuelas y Educadores/as por la Democracia, Unidad, Cambio, Militancia y Organización Sindical (EDUCAMOS).

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Libros: An isle of Eden, a Story of Porto Rico de Janie Duggan / Marta Aponte Alsina

La novela “An isle of Eden, a Story of Porto Rico“, de la misionera bautista Janie Duggan, es de lo más hermoso que he leído en materia de literatura relacionada con Puerto Rico escrita por estadounidenses. Se publicó en 1912, y contiene escenas minuciosamente descritas de la vida doméstica, descripciones de calles y campos, del trajín del comercio itinerante, de los salones aristocráticos y los barrios pobres de la ciudad de Ponce, además de situaciones de intensidad y fuerza lírica. Abundan los personajes femeninos fuertes. Comparto un párrafo sobre una lavandera convertida al cristianismo que visita a la protagonista. La mujer se queja de que el agua del charco donde lavaba se ha desviado para irrigar los cañaverales. No falta un comentario sobre la paciencia de los pobres:

Do you know where we have to go for our washing now, Sarita?” Sarah merely shook her head, not to arrest the tide of Concha’s picturesque phrasing, her senses all alive, however, at the mention of Doña Monserrate’s name.”

Since they are drawing off all the water the drought has left in the river for irrigating the cane lands there is not a trickle left for our washing-stones. So we must go to Portugués, two miles from here, for water enough for our clothes.” There was no complaint in Concha’s voice, for the poor and powerless learn to accept difficulties as a part of their daily fare and, in their normal state, are the most patient burden-bearers of the world. And, of course, in this instance no one could question the fact that the cane needed the scanty river more than washerwomen. For cane means labor, and labor means men’s wages, and wages mean even more than the sugar the cane will yield, and soap for washing clothes.”

El libro contiene ilustraciones fotográficas, entre ellas la del cañaveral.

 

Marta Aponte Alsina

 

Un viaje a Maricao / Rafael Rodríguez Cruz

 

Cronicas de viajes

 

Desde el huracán María para acá, me ha dado con conocer a Puerto Rico, conocerlo de veras. Todo comenzó con un cierto sentimiento de congoja por la destrucción causada por el fenómeno atmosférico. «Tienes que ver esto», me dijo mi hermana Teresa, apenas la vida en Puerto Rico adquirió una cierta normalidad y se presentó la oportunidad de ir. Ciertamente, las huellas de María están presentes por todas partes, incluyendo mi adorado sureste. Pero lo que no sospeché, al comenzar lo que se ha convertido en un viaje mensual a la isla, es cuán poco conocía a Puerto Rico y cuán exótica es su gente. De los sitios que he visitado, que son muchos, pocos me han causado mayor afectividad que el pueblo de Maricao.

Voy a dejar de lado la referencia a datos económicos y sociales disponibles en el internet. Prefiero hablar de lo que vi y sentí, al entrar a un pueblo completamente exótico para mí. Si algo he aprendido, al visitar distintos lugares en la isla, es que la vida diaria de la gente se rige, no tanto por las estadísticas generales, como por rasgos y hábitos peculiares.

Llegué a Maricao, como debe de llegarse en un primer viaje, o sea, por el sur. Dado que andaba con mi hijo de 11 años, apagué el GPS y opté por preguntarle a la gente en la calle acerca de la mejor ruta para llegar. Viaje usted por la isla pidiendo direcciones, y verá lo increíblemente sociables que somos en este pedazo de tierra. La única duda me surgió en Sabana Grande, pues no faltó quien me previniera de cuán descabellada era la idea de internarme en el Monte del Estado, camino a Maricao, casi al caer la noche y con un niño en el carro. «Ah, eso está bien lejos, después del Monte del Estado, casi a una hora de distancia», me dijo un hombre amable pero exageradamente nervioso. Al final, como tantas veces en mi vida, hice lo irreflexivo. Por una callecita de Sabana Grande, que más parece de entrada que de escape, comencé mi subida al magnífico lugar que es el Monte del Estado.

Por qué le llaman Monte del Estado, no lo sé ni me interesa mucho. Cada vez que mencionan la palabra «estado» en Puerto Rico se me revuelve el estómago. Los primeros kilómetros de subir por la carretera 120 no me impresionaron mucho; aunque a mi hijo, que llevaba el brazo por fuera de la ventana, no le dejó de sorprender el cambio de temperatura. Pero ya, al acercarnos a lo que se conoce como el Observatorio de Piedra, el paisaje se tornó inmenso y cautivador. Una bruma suave lo acariciaba todo. No pude sino detenerme y admirar el espectáculo natural. Entre monte y monte, bien abajo, podían verse nubes jugando al esconder, marcando parches de un verdor intenso que, francamente, no he visto en muchas partes de la isla.

El resto del viaje a Maricao fue como tenía que ser: no paró de llover. A ratos la lluvia era tenue y se confundía con una niebla densa, lo que hizo pensar a mi hijo que estábamos en una nube. Temerariamente, quizás, nos detuvimos en las más impenetrables neblinas, casi de noche, en una carretera solitaria. ¡Ja! Nos dimos el gusto de volar entre las nubes, cielo arriba, donde solo llegan los aviones. Así, al menos, decidimos él y yo que lo habríamos de contar.

No se confunda usted, lector o lectora. Maricao es un pueblo chiquitito, cuyas calles se transitan en un instante; pero, conocer, lo que se dice conocer a Maricao, no se puede hacer a la carrera. Por lo que yo vi, en las tiendas y restaurantes, los habitantes de las «indieras altas y bajas» cultivan el arte de conversar. Ningún intercambio es un mero sí o no. El tiempo se mueve aquí como la neblina en el Monte del Estado, sin prisa.

No voy a caer en la mezquindad de describir abstractamente las condiciones sociales y económicas de los habitantes del pueblo. La gente que vi, con la que hablé y compartí, me deleitó por su amor por Maricao. Es más, hay una cierta conformidad y gusto, en eso de estar un poco aislados del resto de Puerto Rico. Cierto es que la conexión con el internet es casi inexistente, que no hay supermercados ni tiendas grandes y que llueve cinco o seis veces al día. Pero a la gente de Maricao le gusta Maricao. ¿Qué derecho tengo yo de intelectualizar la vida de un pueblo entero, con generalizaciones abstractas? ¿Qué derecho tengo yo de decirles lo que tienen o no que hacer?

En algunos detalles sí, los maricaeños y maricaeñas se parecen al resto de la isla: les disgusta el estado actual de la política. Mas, con un civismo que quizás ya no hay en otras partes, escuché que el problema en el pueblo no es tanto la lucha entre populares y estadistas; sino que el hecho de que ya es hora de cambiar de alcalde, venga del partido que venga. Alguna gente, particularmente la de mayor juventud, describe las elecciones de la comarca como una especie de contienda entre bandos de terratenientes y familias locales. Más que de un sistema político moderno, parecen estar hablando de un feudo de la Edad Media. Eso sí, me aclaran, el candidato independentista es un tremendo maestro de inglés. ¡Figúrese usted!

No sé si es el aire de la indieras o la lluvia perenne o la inmensidad de los paisajes, pero encontré entre la gente de Maricao una habilidad natural para lidiar con las contradicciones más extremas. Pueblo pequeño, pensamiento grande. En uno de los pocos restaurantes, mientras desayunaba harina de maíz con bacalao, pude notar un grupo de estudiantes de escuela intermedia, que habían transformado una de las mesas en lugar de estudio. Al dueño no le importó que no consumieran nada. Una señora me observa mientras miro hacia afuera del restaurant. Se da cuenta de mi tristeza. Al cruzar la calle está la Escuela Elemental Mariana Bracetti. Alguien menciona que la cerraron o que la van a cerrar. No pude contener mis palabras, y, en voz alta, expresé mi convicción de que quién cierra una escuela elemental es capaz de matar a un ser humano. «Eso es así», me dijo, compungida también por la barbaridad.

De Maricao me llevo recuerdos gratos: la musicalidad de su lluvia, la dulzura de su gente, el poco acceso al internet, la zambullida en el Salto Curet, los desayunos de maíz cocido con bacalao, las conversaciones y miradas detenidas, la imagen de la tienda general del pueblo, la menudencia urbana en medio de un naturaleza amplia y majestuosa, las mañana frías y el amor que esa gente, noble y sencilla, tiene por la tierra en que les tocó nacer.

Rafael Rodríguez Cruz

Oración de un asceta / Aníbal Colón de la Vega

Oración de un asceta

Señor de la concordia y del amor,
no permitas que le cause mal a nadie,
ni siquiera a los minúsculos insectos.
Yo barro delante de mis pasos
con la vieja escobilla, para salvar
cualquier manifestación de la vida,
por ínfima que ésta parezca.
Ayuno y abstinencia marcan mis días,
y la carne no toca mi boca.
Beso las frutas y las plantas,
antes de que se sacrifiquen y pasen
a ser parte de mi propia carne.
Cuida tú mis miradas y palabras:
que no sean flechas venenosas
ni dardos siniestros que hieran al otro.
Y hasta los pensamientos y afectos guarda,
a fin de que se truequen
en lluvia bendita para quienes
me acompañan en la larga calzada.
Regálame tu paz secreta.
Y, si te place, hazme invisible
y déjame pasar inadvertido donde
se imponga y me venza la violencia.

Aníbal Colón de La Vega

Colonialismo, genocidio ambiental y luchas comunitarias en el sureste de Puerto Rico / Rafael Rodríguez Cruz

Dicen que mi generación fue de las pocas en disfrutar un poco de prosperidad en la comarca de Guayama y el sureste de Puerto Rico en el siglo XX. Algo de verdad quizás tiene la aseveración. Entre 1955 y 1972, Guayama y los pueblos del sur disfrutaron de una aparente primavera económica, resultante de la llegada del gran capital industrial moderno a Puerto Rico. Una de las industrias más importantes, para el desarrollo de mi generación, fue la Univis Corporation, que fabricaba lentes básicos en Guayama y los exportaba al mercado estadounidense. La fábrica Univis estaba en la salida hacia el pueblo costero de Salinas y, al menos hasta fines de la década de los sesenta, parecía inamovible. Al otro lado del pueblo, saliendo para Arroyo estaban las plantas textiles, incluyendo las fábricas conocidas como la Americana y Angela Corporation. La verdadera gran inversión de capital industrial, sin embargo, ocurrió en las afueras de Guayama, en el área de la laguna de Jobos y Pozuelo. Nos referimos a la llegada de la Phillips Corporation y el inicio de la fase de predominio de las industrias químicas y petroquímicas transnacionales en el sureste. El cultivo de caña vendría a ser un fenómeno del pasado, y pronto las centrales de la región dejarían de funcionar.

A pesar de la rápida transición de la agricultura a la gran industria, mi generación sintió que muy poco cambiaba en este pueblo en que, al decir de Luis Palés Matos, la gente se moría de hacer nada. La lentitud de la vida social era algo asfixiante. Guayama, con o sin la Phillips, seguía siendo Guayama. Al menos, así se sentía. Todo alrededor nuestro tendía hacia la inercia y nuestras vidas se consumían en una especie de maleficio que nos condenaba a movernos circularmente. De hecho, así era que la juventud efectuaba los recorridos de coqueteo en la plaza de recreo, durante las fiestas patronales; en un círculo perfecto en contra del reloj.

Algunos comentaristas leen apresuradamente a Palés, y le atribuyen la inercia cultural de Guayama solo a la hispanofilia de las clases dominantes. Nuestro poeta, sin embargo, era un mago de las imágenes líricas. Él sabía, por ejemplo, que la lentitud del tiempo en el sureste de Puerto Rico ya estaba allí mucho antes de la colonización. Por eso, no es recomendable leer el poema Pueblo, sin antes leer Topografía. Entre uno y otro hay una conexión de causalidad.

El sureste

Aceptemos, de entrada, que el sureste de Puerto Rico, toda esa región que va de Salinas a Patillas, es un área de contrastes extremos y magníficos. En la costa predomina la aridez y la marisma seca, al menos exteriormente. En las lomas, y de manera muy selectiva, hay zonas que parecen bosques tropicales. Este es el caso de la ladera sur de los montes de Carite, así como de las elevaciones de Guamaní y del curso del río Patillas, desde la poza de la curva hasta el lago.

En 1898, apenas ocurrida la invasión militar, el geólogo y explorador estadounidense Robert Hill visitó la región del sureste de Puerto Rico. Buscaba minerales para la explotación por las compañías de su país. A su alrededor, solo vio un paisaje de terrenos secos, árboles de cactus, arenas y pedregales. Dotado de un poder de observación sin par, no le tomó más de un minuto en rendir juicio sobre lo que vio: «Aquí no hay minerales, pero sobra el agua subterránea; bastaría con hundir un palo en la tierra para comprobarlo». Originario de Texas, y famoso por haber descubierto los grandes acuíferos del sur de Estados Unidos, Hill sintió una experiencia de deja-vu. Estaba, a su juicio, encima de un gran acuífero, con un potencial enorme para la agricultura. Efectivamente, en 1898 Hill detectó uno de los depósitos más importantes de lo que hoy se conoce hidrológicamente como la Gran Provincia de Sur. Parte integral de los valles de acuíferos de la costa de Puerto Rico, la Gran Provincia del Sur incluye los acuíferos aluviales de Salinas, Guayama y Patillas; en conjunto, una de las acumulaciones de agua subterránea más importantes y fantásticas del Caribe.

El geólogo imperialista Hill, sin embargo, estaba más interesado en la mineralogía que en la agricultura. Por eso, no hizo muchos comentarios sobre el potencial de cultivo de caña en la región. Para él, los terrenos del sureste, descritos por muchos como áridos y estériles, eran, ante todo, ricos en humedad subterránea. Cualquier uso agrícola, por lo tanto, era posible mediante la extracción de agua de los depósitos aluviales bajo tierra. La aridez superficial, aunque visible, no era un problema insalvable. ¿No era acaso eso lo que él había recomendado para las grandes fincas de cultivo y ganado en Texas, o sea, extraer agua del subsuelo? La cuestión se reducía, pues, a qué era más costoso: sacar el agua mediante pozos modernos o crear un sistema de riego, que captara el agua de los caudalosos ríos de las montañas. Lo primero implicaba una inversión significativa de capital en maquinaria y equipo; lo segundo, se podía obtener gratuitamente del gobierno colonial. El riego, entonces, no era un requisito absoluto para la agricultura en la zona sureste, ni siquiera para la caña.

A pesar del contraste entre los llanos áridos del sureste y las montañas lluviosas del centro de la isla, la existencia de grandes acuíferos en las llanuras fue el producto magnífico de una armonía hidrogeológica que tomó millones de años en constituirse. De hecho, el mismo Hill, uno de los precursores de la geología moderna en el Golfo de México y la Cuenca del Caribe, quedó infatuado con el caso de Puerto Rico. Para algunos científicos de la época, las Antillas Mayores, incluyendo nuestro país, representaban la Atlantis perdida de la mitología griega. Hill estudió la composición de las rocas en las distintas islas y dio base científica a sus teorías. Como un Da Vinci de la geología, sus descripciones del Caribe no están exentas de valor literario. Las Antillas Mayores, puntualizó en sus artículos para la revista National Geographic, semejaban una canoa invertida.

Puerto Rico, añadió Hill, aunque hija de la misma madre que tuvo Cuba, o sea, de las revoluciones volcánicas del Caribe, se destacaba entre las Antillas Mayores por su vegetación exuberante y la variedad de paisajes. De hecho, en su opinión, Cuba tenía un aspecto geológicamente continental maduro. Puerto Rico, no; aquí todo parecía nuevo y acabado de brotar del mar. La isla, en sus palabras, era un microcosmos utópico, que deleitaba al visitante por la armonía de contrastes extremos, como si fuera una pintura alocada. De un lado, estaban las costas, excepcionalmente lineales y faltas de cayos; del otro, el paisaje general de la isla, marcado por cadenas de elevadas montañas de semblantes dentados y categóricos. La discordancia mayor, por supuesto, la daba el clima: húmedo en el norte, seco en el sur. El agua, sin embargo, no escaseaba en ningún rincón de esta diminuta isla de 35 millas de ancho por 100 de largo. Las serradas montañas del centro de la isla, con sus suelos arcillosos, apenas lograban retener el agua de lluvia que recibían gracias a los vientos alisios. Sin embargo, las copiosas precipitaciones no tardaban en llegar, mediante un enjambre alucinador de ríos, a las costas y sus múltiples depósitos de calizas porosas absorbentes de humedad. Ahí se almacenaron por miles y miles de años. En realidad, se trataba de depósitos subterráneos geológicamente jóvenes, formados tan solo uno o dos millones de años atrás. Puerto Rico era, para Hill, expresión de la unión armoniosa de lo viejo y lo nuevo: montañas volcánicas y costas jóvenes. El agua que él notó tímidamente asomándose bajo la marisma seca del sureste se originaba efectivamente en las montañas. Los mismos terrenos esponjosos de la costa no eran sino el resultado de la acumulación milenaria de grava, piedras y otros materiales que habían llegado de las montañas por efecto de la erosión. Y si arriba no retenían el agua, abajo la acumulaban. Hacía falta una verdadera visión de conjunto, para comprender la perfecta armonía escondida tras los extremos de climas, paisajes, topografía y geología de la isla. Una armonía hidrogeológica de millones de años. Quizás sea ese, digo yo, el verdadero origen de la lentitud con que discurre el tiempo en el sureste de Puerto Rico.

Hoy, gracias a la ciencia moderna, sabemos que lo que Hill llamó “agua siempre accesible a un metro bajo la superficie” no era más que uno de los muchos valles de acuíferos del sureste de la isla. Debido a la armonía con la lluvia en los montes, el agua sobraba en ellos. Por miles y miles de años, la fuente de recarga principal de los depósitos de agua subterránea en el sureste había sido el agua montañosa que llegaba por la acción de los ríos y la fuerza de gravedad. No en balde no había lagos superficiales. La isla los llevaba por dentro en sus costas.

Naturalmente, el sureste no es el único lugar que muestra este tipo de formación hidrogeológica en Puerto Rico. Hay algunas en la costa del norte, y bien grandes. Sin embargo, aquí, en la tierra inhóspita de Palés, el asunto reviste un aspecto de magia. Debido a la altura y localización algo desplazada al sur de la Cordillera Central, el sureste de Puerto Rico está aislado del efecto humidificador de los Vientos Alisios, con sus ráfagas que soplan del noreste. En la ladera de la isla a barlovento, o sea, de cara a los vientos húmedos del noreste, ocurre lo que los geógrafos llaman lluvia orográfica: la humedad sube, se enfría y se condensa en los topes de las montañas. Por ello, abundan los aguaceros a barlovento. Con una diligencia insuperable, los vastos y anchos ríos del norte de Puerto Rico se encargan de distribuir el agua fresca de lluvia equitativamente por toda esa zona. Son un sistema de riego natural. Al sur, sin embargo, lo único que llega son vientos secos y calientes. Algunos se originan en el mar Caribe, siempre cargado de energía y calor; otros, resultan de las ráfagas del norte que remontan la Cordillera Central y, ya vacías de humedad, descienden por la ladera a sotavento, calentándose aún más. Calor si bogas, calor si no bogas. Todo por el asunto del sotavento.

Para que no falte dramatismo, los ríos del sur son cortos y pronunciados, debido a las pendientes extremas. En una dinámica hidrológica que la gente bautizó siglos atrás de «alocada», los cauces del sur se desbordan por la mañana y por la tarde se secan. Así, porque sí, sin más razón que aquella de que, como decía La Lupe, «lo que pasó, pasó». El agua baja de las montañas sin anunciarse y, en medio de todo el calor, se llevan en un santiamén lo mismo personas, animales o pueblos enteros. Por eso, hay en nuestra literatura del sur, imágenes de cauces sin ríos y de golpes de agua que ocurren en medio de un día seco y ardiente. Sea como sea, los acuíferos del sureste, con su material geológico poroso, absorben enseguida el agua que viene de los montes. Glup-Glup-Glup. Quiso la naturaleza, además, que, para preservar el agua, todo el manto de piedras, arenas y grava porosa, o sea, el cuerpo permeable del acuífero del sur, descansara sobre una cama de material geológico no poroso. Esponjosidad arriba, absorbiendo el agua; impermeabilidad por abajo, tapando el fondo. Los acuíferos del sureste de la isla no son sino esponjas de retención de agua dulce: Dadme una esponja / y tendré el agua dulce.

En la región sureste de Puerto Rico, contrario a los principios entrópicos de la física moderna, la naturaleza busca la armonía, huirle al desorden. Y ello, siempre en el contexto de extremos geográficos yuxtapuestos. Por eso, dicen los hidrólogos, que hay un fenómeno, no tanto visible como conceptualizable, que se llama el nivel freático de las aguas subterráneas del sureste. Es una medición del punto o nivel de saturación del material poroso, lo que no es sino el cuerpo mismo del acuífero. Si el nivel freático es elevado, hay agua suficiente; si es bajo, necesita recarga. Tomado en su forma más abstracta, el nivel freático es un índice de la relación del acuífero con la totalidad del medio ambiente geográfico que lo rodea, desde las montañas hasta el mar. Si el nivel freático sube, y el agua dulce rebasa la capacidad de retención del material poroso, el exceso del líquido fluye, por la ley de la gravedad, hacia las lagunas y pantanos cercanos al mar. Si por razones naturales o de actividad humana, el nivel freático baja, el agua dulce no puede prevenir la entrada del agua de mar, y se saliniza el acuífero. Es decir, toda ruptura de la armonía hidrológica trae consecuencias. En el primer caso, positivas; en el segundo, negativas. ¡Excéntricos que son nuestros acuíferos!

Resulta, entonces, que a diferencia del gran acuífero Oglalala en las llanuras de Estados Unidos, los del sureste de Puerto Rico no tienen un término final de vida. Son recargables, Su capacidad potencial de almacenaje no varía con los años. Eso, porque tanto la porosidad del material de aluvión, como su espesor, son factores constantes. Lo que puede variar es la recarga, como resultado de la entrada de agua dulce; o la descarga, por la actividad imprudente de extracción.

¡Ay, la ingratitud humana! Habría que rescribir toda la historia de Puerto Rico, para darle a los acuíferos del sureste el crédito que se merecen en la génesis de la dinámica social, cultural y económica de la región. Sin ellos, o sea, sin el agua dulce que estaba “a menos de un metro de profundidad”, no se habría dado ni la antigua producción de caña ni la gran cultura negra de la región. Pero en eso no se piensa. Excepción hecha de los acuíferos aluviales, no había en toda la región costera ni agua dulce ni potable, al menos de forma continuada. ¿Será, por eso, que algunas de las comunidades negras de Guayama y Salinas todavía tienen nombres asociados a la extracción de agua subterránea? ¿Qué otro origen puede haber tenido los nombres de barrios de esclavos, como Pozuelo y Pozo Hondo? La negritud de Guayama no es hija exclusiva del tambor.

Coloniaje y genocidio ambiental

La construcción del sistema de riego y represas del sureste, que comenzara en 1908, vino a alterar el equilibrio milenario entre los acuíferos de la región y las fuentes naturales de recarga. Ya para 1915 cinco grandes represas (Patillas, Carite, Coamo, Toa Vaca y Guayabal) suplían las necesidades de la industria del azúcar, mediante un sistema de 150 kilómetros de túneles y canales, que iban desde Juana Díaz hasta Patillas. El agua represada sería utilizada, además, para producir electricidad en varias plantas hidroeléctricas localizadas en las pendientes montañosas del sureste (Carite I, Carite II, Carite II, Toro Negro I y Toro Negro II). Solo después llegaba a las costas. El efecto inmediato del sistema de riego fue, pues, reducir las fuentes naturales y milenarias de recarga de los acuíferos de la zona sur. A lo sumo, estos se nutrían ahora de los remanentes del sistema de riego y, con suerte, de las infrecuentes crecidas de los ríos provocadas por una que otra tormenta severa. Pero ello, únicamente después de llenarse los lagos.

En la cuarta década del siglo XX comenzó el hincado de pozos profundos para la extracción de agua con propósitos agrícolas por todo el sureste de Puerto Rico. El efecto negativo de la actividad humana sobre el nivel freático de los acuíferos era ahora doble. Por un lado, se apresaban y canalizaban las aguas de los ríos; por el otro, se ponía en marcha un proceso de extracción desordenada de los arsenales subterráneos. La salinidad creciente del agua comenzó entonces a mostrar su fea cara.

Fue, no obstante, en las décadas de 1950-1970, o sea, durante los tiempos en que mi generación crecía ajena a todo (salvo a la exasperante inercia del pueblo) que comenzaron a llegar, a la región del sureste, fuerzas promotoras de un desajuste hidrológico quizás irreparable. No puedo decir que esto ocurrió calladamente. Todo lo contrario. Mi pueblo celebró en grande la llegada de cada planta industrial, de cada inversión de capital extranjero y de cada maquinaria moderna y ruidosa, por contaminante que fuera. De todas las criaturas malsanas, la que más alegría infundada provocó fue la Phillips Petroleum y su hermana la Fibers, que llegaron a mediados de la década de los sesenta. Después vinieron otras, como las farmacéuticas estadounidenses Pfizer, Elli-Lilly y Bayer. También Monsanto y Dow Chemicals. El sureste, finalmente había arribado a la modernidad. ¡Y de qué modo! Atrayendo canallas, ladrones y tahúres peores que los imaginados en el poema Pueblo de Palés.

Como era de esperarse, dada la condición colonial de Puerto Rico, las factorías químicas y farmacéuticas estadounidenses se establecieron precisamente en las zonas más sensitivas de la hidrología del sur; o sea, en los topes de los acuíferos y en las cercanías de los antiguos manglares y humedales. A primera vista, esto parece un contrasentido. El consumo de agua por estas operaciones industriales palidece en comparación con la demanda de las operaciones de la caña, ya desaparecidas. Sin embargo, con estas compañías no se trata tanto de lo que extraen, como de lo que inyectan: sustancias contaminantes y carcinógenas. En efecto, ya para 1986 porciones importantes de los acuíferos de Guayama quedaron enteramente arruinadas, debido a las concentraciones elevadas de sustancias químicas peligrosas. Y hoy, la región sureste de la isla es un foco de enfermedades terribles, en particular el cáncer, derivadas de las operaciones de estas industrias y de otras actividades industriales altamente contaminantes.

No es extraño, pues, que haya que remontarse a mi generación para hablar de un tiempo de aparente prosperidad en el sureste de Puerto Rico. La región entera sufre, en estos momentos, las consecuencias negativas de un desarrollo industrial que destruyó nuestros recursos naturales más valiosos, en particular de 1966 en adelante. Ello, en realidad, no fue sino un segundo golpe duro para la región, después de medio siglo de dominio de la producción cañera, que agotó la fertilidad natural de los suelos y trastocó la hidrología superficial. Con la caña, se trataba del uso imperialista de las aguas de los ríos para alimentar las ganancias de las grandes compañías azucareras estadounidenses en el sureste. Más recientemente, se ha tratado del uso de los acuíferos aluviales como vertederos para los desechos y contaminantes de las industrias químicas y farmacéuticas extranjeras. Entre ellas, y con un carácter híbrido aterrador, hay que mencionar a la Dow Growers, que ha convertido miles de acres de los antiguos cañaverales del sureste en campos de siembra de sus semillas química y genéticamente modificadas. No lejos de estos campos, una montaña gigantesca de residuos y cenizas de la quema de carbón por otra compañía estadounidense, la AES, contamina el aire, además de inyectar materiales tóxicos y radioactivos sobre el valle de los acuíferos del sureste. El resultado ha sido la transformación del sureste en lo que puede tildarse de un virtual corredor del cáncer.

Lucha comunitaria

No es posible tener un cuadro completo de la realidad del sureste de Puerto Rico, sin mencionar la tradición combativa de sus barrios de gente negra. Bastaría con mencionar las revueltas de esclavos negros en el siglo XIX; o las gigantescas movilizaciones de huelguistas de la industria de la caña en la década de los treinta del siglo XX. Traicionados por el sindicato reformista, las masas explotadas del sureste no tardaron en recabar la ayuda del Partido Nacionalista de Puerto Rico y, en particular, de su líder Pedro Albizu Campos. La respuesta del imperio fue implacable, reprimiendo tanto a los miles de huelguistas en la zona como al nacionalismo revolucionario. Pero, la combatividad de las comunidades del sureste de la isla nunca ha cesado. De hecho, es hoy más fuerte y prometedora que nunca.

Las comunidades negras y pobres del sureste de la isla enfrentaron una prueba mayor, como resultado del huracán María en septiembre de 2017. Por meses, los poblados costeros de Guayama y Salinas quedaron totalmente desprovistos de electricidad y agua potable. Ante eso, los diferentes grupos comunitarios y ambientalistas se unieron para garantizar, día a día, la distribución igualitaria de lámparas inalámbricas, agua embotellada y, en particular, comida. De ahí, surgió un impulso renovado para liberar a las comunidades de la dependencia en energía no renovable. Se trata, al menos inicialmente, de un proyecto comunitario, llamado Coquí Solar, que garantizaría energía limpia y gratis para una comunidad de 900 familias. Que esto ocurra, apenas a pocos kilómetros de las plantas contaminantes que producen electricidad con carbón y petróleo, es indicativo de la voluntad del pueblo de lograr la autosuficiencia energética, así como de proteger el ambiente. Y ello se viene logrando por la vía de la autogestión comunitaria.

El pasado 6 de abril de 2018 se celebró, en Salinas, el primer conversatorio titulado “Por un Posicionamiento Político, Social y Cultural Desde el Centro-Sureste”, dirigido a promover una visión militante de conjunto entre las organizaciones culturales, ambientales y de lucha del centro y sureste de Puerto Rico. Al evento, asistimos un nutrido grupo de compañeros y compañeras independentistas, así como miembros de las principales organizaciones de lucha y comunitarias. Entre estas últimas cabe mencionar: el Centro Cultural Cunyabe, el Comité Diálogo Ambiental, el Frente Afirmación el Sureste (FASE), El Comité Plaza Monumento Dr. Pedro Albizu Campos de Salinas, y el grupo Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO). Al día siguiente, en la mejor tradición de la rebeldía afroantillana, se celebró la tradicional actividad conocida como Libre Soberao, en que, desde los tiempos de la esclavitud, los negros y negras de la zona se reúnen para tocar los tambores y bailar el ritmo de la bomba. Este pasado 7 de abril, significativamente, el Libre Soberao se efectuó en los terrenos de la antigua Central Aguirre. Lo más importante es que, desde abril para acá, las distintas organizaciones se han mantenido unidas por la agenda común de luchar por la autogestión, el mejoramiento de la calidad de vida y la protección del ambiente.

¿Por qué hablar del sureste, como una región diferenciada de la isla? Simplemente porque, a pesar de su tamaño reducido, Puerto Rico entero está conformado por zonas geográficas que muestran rasgos culturales, sociales y económicos muy particulares. Este fenómeno llamó mucho la atención de Estados Unidos en 1898, y ha sido utilizado a menudo en contra de nuestras luchas emancipadoras, para desunirnos aún más. La región del sureste, con su peculiar hidrogeología, comprende uno de los llanos más extensos de la isla, en el cual prevalecen condiciones muy uniformes. Culturalmente, es la región de mayor influencia y difusión del elemento afroantillano. Económicamente, es una zona que desde 1898 ha sido explotada con arreglo a un plan regional por el gran capital monopolista estadounidense. Además de sus recursos naturales valiosísimos, el sureste exhibe una proletarización generalizada. Socialmente, es una región de elevada combatividad de la clase trabajadora que la habita mayoritariamente. De lo que se trata ahora, para las organizaciones militantes, es de promover una respuesta organizativa regional a los problemas que históricamente han prevalecido.

El joven activista Roberto Thomas, portavoz del grupo IDEBAJO (Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos) enumera, en un informe reciente, algunas de las áreas en que el sureste confronta los mayores retos: (1) aumento del costo de vida; (2) despoblamiento acelerado, debido a la rampante pobreza; (3) contaminación por la quema de carbón e infiltración de sustancias tóxicas en los acuíferos que suplen agua potable; (4) acaparamiento de miles de acres de terrenos por las semilleras Dow y Monsanto; (5) cierre discriminatorio de escuelas públicas; (6) corte de pensiones de los jubilados; (7) eliminación de derechos laborales y (8) desempleo y su secuela de bajos ingresos. Dada la naturaleza regionalmente aguda de estos problemas, la respuesta también tiene que ser abarcadora. Al respecto, nos dice Roberto en su informe:

«Después del huracán, y ante los problemas que todos y todas conocemos, hemos trabajado en el adelanto de la organización comunitaria de los barrios negros de toda la zona que va de Salinas a Guayama. Entre ellos, los poblados de El Coquí, Mosquito, Jobos, Las Mareas y San Felipe. Las comunidades mismas optaron por crear algo novedoso, que se ha venido a conocer como Oasis Comunitarios. Gracias a la naturaleza democrática y descentralizada de estos organismos, rápidamente pudimos fundar cocinas comunitarias, puntos de distribución de suministros, eventos de enriquecimiento cultural para los niños, así como días de limpieza de escombros. Todas eran necesidades urgentes después de la tormenta, y las comunidades se movilizaron para darles solución. Una idea en la que trabajamos ahora mismo es la creación de mesas de trabajo temáticas, que permitan capacitar, atender y responder a los problemas desde las propias comunidades. Se trata de mesas que ofrezcan nuevas ideas para adelantar en la solución de asuntos tales como la comida, vivienda, salud (física y mental), cultura y recreación. Queremos vigorizar el mecanismo de las asambleas comunitarias que hagan posible la participación más amplia de la gente de nuestras comunidades, particularmente los jóvenes, en el proceso de organizarse para atender y mejorar la calidad de vida». (Citado con permiso del autor)

La cuestión de la identidad

En el centro mismo de la posibilidad de un proceso emancipador en Puerto Rico está la cuestión de la identidad. La tormenta María golpeó brutalmente al sureste de la isla, afectando sobre todo a las comunidades pobres y negras. Estas siempre fueron un punto de apoyo para las luchas libertarias, al caracterizarse por la preservación del legado de sus orígenes afroantillanos. La combatividad de los poblados del sureste no tiene parangón en la historia de las luchas proletarias de Puerto Rico. Y esto, afirmando en todo momento las raíces caribeñas de sus habitantes. En el contexto de las comunidades del sureste de Puerto Rico, con su inherente influencia afroantillana, la idea de la no-identidad boricua es un lujo, un adorno.

El sureste, por su historia y misticismo, es parte integral del universo afroantillano. No somos, pues, extranjeros en este pedazo del Caribe que habitamos. El ancla, la raíz de esa pertenencia es la negritud, entendida no ya abstractamente, sino en función de las luchas concretas de las comunidades pobres por mejorar sus condiciones de vida y afirmar la personalidad boricua. O, como diría mi compueblano Luis Palés Matos: «No conozco un solo rasgo colectivo de nuestro pueblo que no ostente la huella de esa deliciosa mezcla de la cual arranca su tono verdadero el carácter antillano. Negarlo me parece gazmoñería. Esta es nuestra realidad y sobre ella debemos edificar una cultura autóctona y representativa con nobleza, con orgullo y con plena satisfacción de nosotros mismos».

Rafael Rodríguez Cruz

Realizarán reconocimiento en memoria a la cantautora salinense Ivania Zayas Ortiz / por Víctor Alvarado Guzmán

Salinas, Puerto Rico – La Legislatura Municipal de Salinas aprobó por unanimidad una Resolución de la Legisladora Municipal del PIP, Litzy Alvarado Antonetty, con la coautoría de toda la delegación del PPD, para designar con el nombre de la cantautora salinense Ivania Zayas Ortiz el salón de banda y baile de la Escuela de Bellas Artes Santiago R. Palmer del Municipio salinense.

Alvarado Antonetty propuso este reconocimiento por lo que ésta y su familia representan para el pueblo de Salinas.

Ivania se inicio formalmente en la música a los 12 años en la Escuela Intermedia Urbana de Salinas, donde se desempeñó como primera y segunda trompeta en la Banda Escolar, con la cual representó al municipio de Salinas a nivel nacional. Su conocimiento sobre la guitarra lo adquirió de forma autodidacta.

Según la Legisladora Municipal, para Zayas Ortiz la música fue su mayor pasión e incursionó en varios géneros musicales.

“En 1995, junto a su amigo y guitarrista Danny Ruiz (q.e.p.d), obtuvieron el primer lugar en la categoría de interpretación en el VII Festival de la Canción en el Teatro Georgetti de San Juan, con la canción “Sueño sin final” escrita por Ivania. Luego se formó Ivania y los Seres de Plasticina, y grabó la producción musical “Seres”, que constó con diez temas de la autoría de Ivania, y un tema escrito e interpretado por su padre Ángel Luis Zayas. El amor por su Patria, a la libertad de su país y a luchar por las causas justas, la llevó a interpretar un selecto repertorio del cancionero latinoamericano, que los compartió en diversas actividades, como fue la inauguración de la Plaza Monumento a Albizu Campos en Salinas en el 2013”

En el 2008, Ivania fue parte del Taller de Cantautores del Instituto de Cultura Puertorriqueño (ICP) y en los últimos años de su vida, la cantautora realizó diversas presentaciones en Puerto Rico, junto a la profesora y trombonista de origen holandés, May Peters, bajo el exitoso concepto ‘De la bohemia a la rumba’.

Con respecto a su educación, Ivania se graduó de un bachillerato en Artes de Comunicación/Comunicación Audiovisual en la Universidad de Puerto Rico y obtuvo un grado de maestría en Gestión y Administración Cultural. Trabajó como videógrafa en EducArte Inc. del Municipio de San Juan, fue locutora y técnica de locución en Radio Universidad de Puerto Rico, editora en jefe y correctora de la Revista Noctámbulo de la corporación Mannon Group, asistente ejecutiva de la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico y Coordinadora de Relaciones Pública y Apoyo del Departamento de Desarrollo del Museo de Arte de Puerto Rico.

“Habiendo sido tocada su familia por el cáncer, esto la motivó a participar de actividades con profundo interés humano, como la edición del 2002 del “Relevo por la vida”, auspiciado por la Sociedad Americana contra el Cáncer, evento de Ponce realizado en el Albergue Olímpico de Salinas. En el 2014, fue escogida como “Embajadora Artística” del primer evento de “Relevo por la vida” realizado por equipos del pueblo salinense. Además, participó de la actividad “Desnudas por Haití”, para comprar medicamentos para las mujeres en Haití.

En el salón que llevará el nombre de Ivania, se pintará un mural con su imagen, a realizarse por otro joven artista salinense José Luis Baerga, mejor conocido por Chema. El proyecto respaldado por la presidenta de la Legislatura Municipal, Jacqueline Vázquez Suárez, incluye realizar una sencilla actividad de pueblo, que junto a su familia y amistades, celebre la vida de Ivania Zayas Ortiz.

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