Caminos inversos / Gloria Gayoso Rodríguez

Alonso Quijano dialogaba con Sancho, subidos ambos en sus toscos rucios nobles. El de la Triste Figura insistía neciamente en buscar a Doña Benemérita Justicia, apelando a sus últimas neuronas enjutas para hallar el escondite y ponerla al servicio del contaminado mundo. Sancho, el del abultado vientre, mecíase las muelas de obesa contextura, organizando la andanada de ilusorias concepciones que su amo desplegaba a los céfiros.

La Mancha era más Mancha que nunca, llana, simple, sin volteretas ni curvas, un buey era siempre buey y una cornada siempre era fatal. El sol era un as de oro en el poniente ignoto.

El escudero, de pronto, sobresaltado en adivinar la coherencia de la sin razón resbaló por el silogismo escaso de su seso y pensó con pánico cuál sería su destino si a él mismo le aconteciere lo de a su señor, si perdiere el poco tino que creía poseer, si de pronto viere lo invisible, si las prostitutas le supieren a virgen fresca, si el mesón fuere Iglesia, si el color destiñere, híbrido de luz…

Mas de inmediato, como llamado ante un oráculo perdido, Quijote picó la espuela de la lengua y con una chispa maléfica y beatífica le estampó este remordiente consejo: -“No te preocupes Sancho, amigo y servidor mío, gobernador de tu futura ínsula, que siempre encontrarás en tu camino algún buen hombre que te baje de la nube y te despliegue desnudo el calendario en carne viva de la humanidad entera”.

©Gloria Gayoso Rodríguez
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