Mi cuerpo y mi yo frente al Covid-19

por Maritza Ledée Rivera

Mi cuerpo intranquilo queria que hablaramos

Hable con mi cuerpo y fue honesto conmigo.
Le pregunté: cómo te sientes? Y me dijo de su enojo y su cansancio.
Aunque conoce mis pensamientos, me atreví a cuestionarlo.

Por qué ese estar tan sombrío y desganado? Y susurrando me dijo:
Estas enajenada de todo, para que me quieres , si no me necesitas.
Claro que te necesito, sin ti no vivo ni existo, le repliqué.
Que sorpresa me llevé entre mi cuerpo y mi conciencia.

Te explico, me dijo con un poco de incomodidad. Me alimentas cuando te parece, ya no hablo con amigos como de costumbre. Mis besos y abrazos han desaparecido en contra de mi voluntad. No importa si por bien o por mal me siento en una prisión no deseada. Esta mordaza impuesta y obligada me consume.

Mis brazos los siento caídos, crucificados, inactivos. Mis piernas tampoco son imprescindibles, casi ni las necesitas, quiero recorrer caminos, me han limitado las horas de mis andanzas. No veo a mi gente, si salgo no los reconozco. Mis manos cubiertas de plásticos innecesarios me privan de mis huellas, alterándome el tacto. Saludo a todos enmascarados y no sé quién es quién, no veo sus caras, no reconozco a nadie., todo parece una película indeseable donde todos somos protagonistas. Cuando voy de compra me tienen limitado el tiempo; me han desnudado de todos mis derechos.

Hasta cuando estaré en esta inercia individual y colectiva? Esta ceguera legal que me desagrada, pero entiendo por ser completamente necesaria para asegurar mi la salud y la de todo un pueblo.

Si no descubren una vacuna, paulatinamente, me voy a degenerar hasta quedar confinado en un centro siquiátrico o anticipar ir a vivir eternamente en los antiguos terrenos de La Isidora.*

*Antigua hacienda donde ubica el cementerio.

© Maritza Ledée Rivera. La autora es una consejera vocacional y profesora universitaria retirada graduada de Penn State natural de Salinas. Escribe poemas, relatos y ensayos y tiene pendiente la publicaciónde un libro.

Padre / por Gloria Gayoso

Testimonio: ángel paternal

Aquella noche intensa de verano me sorprendió el sueño muy de madrugada. Estaba sola en casa, pues los jóvenes, incluido mi marido, (ya no tan joven), habían salido por diferentes motivos.

Durante la tarde me había visitado un alumno pidiendo auxilio para un trabajo práctico. Recuerdo que no le puse muy buena cara porque se trataba de analizar la “Divina Comedia” de cabo a rabo y lo que menos quería era, bajo el ardiente calor de Buenos Aires, releer a Dante y pasar por el Infierno antes de llegar al cielo.

Como ya estoy acostumbrada al remolonear de los alumnos ante ejercicios de este tipo, le dije que sí. Lo despedí y busqué mi ejemplar de tapas rojas para darle una lectura rápida a las primeras hojas. Me recordaba mis años de estudiante y mi estupor ante tanta sabiduría espiritual. Clamé a “Virgilio” que me acompañara también y me fui a cenar frugalmente. Miré televisión, medio cegata por el cansancio y me dispuse a dormir.

Casi a las tres de la mañana el timbre de la puerta sonó en mis oídos de bella durmiente como una campana de otro mundo. Salté de la cama lanzando unas palabras nada santas, intuyendo que alguno de mis viajeros de la noche se había olvidado la llave.
Me arrastré poniéndome una bata y acomodándome los ojos para regañar al olvidadizo: hijo, hija o marido.

Llegué a la sala con esfuerzo y vi la puerta abierta de par en par. La calle oscura de mi barrio se colaba en mi mente junto a un desasosiego cardiológico imparable…

Muda, desesperada, a punto del desmayo se apareció en mi puerta un policía joven, muy alto que me pregunto:

-¿Está usted bien?
-Sí, lo estoy.

Respondí balbuceante sin entender nada y él me dijo:
-Hace muucho vigilo. Es una imprudencia que deje abierto!!!

Le dije:-Dios lo bendiga!!! y cerré de un portazo.

Retrocedí perpleja y me di cuenta que en mi barrio, hace quince años no había vigilancia alguna y menos a esa hora de la madrugada.
Espié por la ventana y el paisaje era negro. Las casas de enfrente ni se veían y nadie asomaba un ojo.

Por aquella época y aún hoy una puerta abierta desde las seis de la tarde hasta las tres de la noche era un peligro feroz. Nada faltaba en la sala. Los libros me miraban desorbitados. Las sillas disfrutaban su lugar inamovible y el espejo frente a los sillones lanzaba luces de asombro.

Ha pasado mucho tiempo desde esta experiencia sobrenatural; pero desde aquel día, yo sé que un ángel nos cuida. Y si veló en mi puerta por horas, velará ante la pandemia porque mi Padre nunca me ha abandonado y es capaz de disfrazar de policía al guardián de mi vida.

(c) Gloria Gayoso Rodríguez = La autora es una respetada maestra y poeta argentina entroncada en los ideales clásicos y especialista en literatura española. Tuvo un espacio radial dedicado a la poesía y continúa en la docencia e impartiendo talleres literarios para niños y adultos. Su obra poética figura en varias antologías y en varios libros inéditos.  En Encuentro al Sur puede lee una muestra de su obra poética.

Yo acá / Eneida Rodríguez Delgado

…yo acá;

pienso que no soy tan fuerte
como me creía,
y que no me importa
…pues sigo viva y de largo;

que cada día llega
con una arruga más,
aunque no se vea,
aunque no se quiera;

que ahora en cada despertar
nos llega a la memoria
que seguimos vivos y viviendo
con gotitas de coronavirus;

que al salir de la casa,
¡si es que salgo!,
me esperan las calles
medio vacías,
las colas de gente,
de autos, el silencio,
la prisa y en la pandemia  ….el rechazo;

que nada es posible si no hay esperas,
filas, rostros inciertos,
despedidas sin miradas,
sin besos, sin abrazos,
sin calor humano;

que hay que preguntarse
…cuánto tiempo estaremos ocultando
alargar nuestros brazos
y mostrar nuestra sonrisa?;

y termino pensando …en este único día,
en que, a eso de las seis y media de la tarde,
no se escuche el chillido de la alarma
de VÁYASE a DORMIR;

sola pensando …yo acá.

ERD. abril 2020.  La autora es profesora jubilada del Departamento de Comunicaciones de la UPR-Humacao.

Soy mujer, soy negra

por Litzy Alvarado Antonetty

 Soy mujer, soy negra, soy caribeña, soy hispana, soy pobre.

Tengo todas las condiciones para entender lo que sufren los hermanos y hermanas de las comunidades afroestadounidenses en E.E.U.U. y el por qué hoy protestan.

El corto tiempo que viví en Waterbury, Connecticut, fue uno tan intenso que pareció una década.

Trabajé en una clínica de terapia ocupacional como traductora para personas hispanoparlantes y como terapeuta ocupacional. Estuve allí sólo 4 meses porque me pagaban la mitad del sueldo acordado. De ahí me fui a trabajar a una tienda como asistente de gerente. Una de las empleadas que tenía a cargo, la única estadounidense, se negaba cumplir con mis solicitudes y órdenes porque yo era hispana. Así fui víctima del racismo.

En Puerto Rico, muchas películas de Hollywood nos han transmitido los estereotipos racistas sobre los negros: son traficantes, ladrones, encargados de puntos de drogas y matones. Lo vemos en las películas, no lo cuestionamos o escudriñamos, y cuando la vida nos empuja a dejar nuestra patria y emigrar hacia “el norte”, llegamos allá y las ideas transmitidas, a través de las películas, se hacen una temible realidad en nuestra cabeza.

Me pasó. Aun siendo una puertorriqueña negra. Ideas, no siempre correctas, que se convierten en prejuicios. Los saqué de mi corazón. Pero, estos hermanos y hermanas llevan siglos luchando contra esta triste realidad en su país.

Que duro debe ser sentirse tratados con desprecio en su propia nación, en la única que conocen y llaman su patria. Viven a la defensiva. Crían a sus hijos a la defensiva. Los padres negros en E.E.U.U les enseñan a sus hijos desde pequeños, cómo responder ante la intervención de la policía. Saben que las circunstancias los inculpan por solamente ser negros y estar en el momento o lugar equivocado. A veces ni siquiera están en un lugar equivocado. La historia les ha dado muy duro, han tenido que luchar doblemente por tener un lugar en la sociedad, para que se reconozca la extraordinaria aportación que han hecho a su nación.

¿Y en Puerto Rico? También existe el racismo.

En una ocasión, Ida L. Castro, quien fuera abogada laboral, profesora universitaria, fundadora del primer grupo de mujeres hispanas de Nueva Jersey y presidenta de la Comisión de la Igualdad de Oportunidades en el Empleo de los Estados Unidos (EEOC por sus siglas en inglés), dijo lo siguiente:

“Frecuentemente lo que confrontamos son actitudes tan arraigadas y aceptadas que ya no se cuestiona su impacto en la sociedad. Peor aún, se rechaza vehementemente el que nuestro “racismo sutil” conlleve consecuencia alguna.  Sin embargo, aquellos que sufren y padecen la realidad de su condena a condiciones económicas más bajas simplemente porque quizás “salió” muy oscuro, o su pelo es demasiado rizo o sus facciones muy negroides; éstos sí entienden claramente las consecuencias de estas actitudes enraizadas. Cuántas veces he escuchado que Puerto Rico es distinto porque aquí no existe el discrimen racial”.

Por eso a muchos les extraña que haya una negra como representante en algún certamen de belleza y mucho más si ésta gana el mismo. Por eso tenemos expresiones populares como: “es negra, pero linda”, “es negro acepilla’o”, “es negro fino”, “ella tiene el pelo malo”.

¡Mi pelo no es malo! Yo tengo el cabello ulotrico, hermosamente rizado. A veces tomo como un chiste cuando me preguntan: “¿cuándo te vas a peinar?”. Yo siempre me peino, pero no siempre lo cepillo porque mi cabello rizado no es para cepillarse.

Así como se discrimina contra los afroestadounidenses por ser negros, también se discrimina con otros sectores llamándoles, para empezar, MINORIAS. Es tiempo de cambiar el enfoque y saber que cada uno tiene mucho que aportar y eso no es determinado por el color de la piel o la apariencia física. Todos debemos tener la oportunidad de desarrollo y de servir como miembros de la misma sociedad y el mismo espacio.

Para Dios todos somos iguales: somos sus hijos e hijas, hechura de su mano y de su amor.

Soy mujer, soy negra, soy hispana, soy caribeña y soy pobre. Me duele lo que sufren hermanos y hermanas de las comunidades afroestadounidenses. Y esta situación terrible que desespera y hastía me hace decir: “I CAN’T BREATH!”.

©© Litzy Alvarado Antonetty, la autora es candidata a la alcadía de Salinas por el PIP