Las muchas y sobradas bendiciones de María / por Rafael Rodríguez Cruz

Llevo ya dos semanas en Puerto Rico. He visitado Villalba, Orocovis, Culebra y el Bajo de Patillas. Es este un país renovado, como debe ser después de un huracán caribeño. La maldición nuestra, el asentamiento del coloniaje en el Caribe, fue producto de dos siglos excepcionalmente libres de huracanes. Con la renovación de los grandes huracanes a fines del siglo 18, comenzaron los eventos libertarios en las Antillas Mayores. Estamos, quizás, presenciando el fin ese ciclo, pues como dijera José Martí, los pueblos que han sido esclavos por muchos siglos tardan otro siglo en liberarse.

Maravilla ver la voluntad de la naturaleza por renovarse en nuestra isla. De veras que es un país bello. Muy a pesar de la falta casi absoluta de conciencia ambiental de la gente, se tropieza uno por toda la isla con bolsillos naturales que deleitan la mirada e invitan a la humildad frente a lo natural. Esta vez he podido ver los lagartijos de mi infancia, los atardeceres llenos de aves en la Guardarraya de Patillas, las flores silvestres de Toro Negro, las lomas de Coamo, la vitalidad del mar Caribe en las playas de Culebra, las cascadas de los ríos de El Yunque, los acantilados de Mala Pascua y la belleza sinigual de nuestras mujeres en la costa sureste del país. Y, como si fuera un homenaje a todo lo vivido, una fuerte llovizna anuncia esta mañana que los huracanes siguen siendo la fuente última de la vitalidad social y cultural del entorno caribeño.

A esa naturaleza voluntariosa y prodigiosa que es Puerto Rico solo puede reprochársele el habernos hecho un pueblo con matices narcisistas. Es la paradoja que vivimos. Vemos aldea en donde deberíamos ver universalidad. Pero aquí y allá, en este viaje, he tenido también el gusto de tropezarme con espíritus amantes y protectores de lo natural. Quedé muy impresionado con Culebra, con su gente y sus hábitos genuinamente antillanos. Toro Negro está ahí, casi intacto, aunque rodeado de la fealdad de las viviendas de cemento en el campo. Mi amiga Carmen Enid se ha empeñado en proteger esos montes del centro de la isla. Mientras, Reuben corretea las lomas de su finca cuidando de caballos y ganado salvajes. El área costera que va de Yabucoa a Guayama es de una belleza singular, aunque es visible la falta de planificación y el culto narcisista al cemento. Mi primo Guiso conversa con los manatíes todas las mañanas, quizás como un recordatorio de que lo universal está presente hasta en los detalles más sencillos. El Yunque, el nuestro (pues hay otros en el Caribe), es asunto de usted y tenga, aunque sorprende la basura que la gente tira en sus ríos. Myrna Aponte es una de las protectoras de esa gran montaña definitoria de la personalidad rebelde de nuestro pueblo.

Ha parado de llover y afuera canta un coquí. Es la voluntad de la naturaleza hecha canto sublime. Con la lluvia tropical se renueva el Caribe. Y comienza otro día…

por Rafael