Un viaje a Maricao / Rafael Rodríguez Cruz

 

Cronicas de viajes

 

Desde el huracán María para acá, me ha dado con conocer a Puerto Rico, conocerlo de veras. Todo comenzó con un cierto sentimiento de congoja por la destrucción causada por el fenómeno atmosférico. «Tienes que ver esto», me dijo mi hermana Teresa, apenas la vida en Puerto Rico adquirió una cierta normalidad y se presentó la oportunidad de ir. Ciertamente, las huellas de María están presentes por todas partes, incluyendo mi adorado sureste. Pero lo que no sospeché, al comenzar lo que se ha convertido en un viaje mensual a la isla, es cuán poco conocía a Puerto Rico y cuán exótica es su gente. De los sitios que he visitado, que son muchos, pocos me han causado mayor afectividad que el pueblo de Maricao.

Voy a dejar de lado la referencia a datos económicos y sociales disponibles en el internet. Prefiero hablar de lo que vi y sentí, al entrar a un pueblo completamente exótico para mí. Si algo he aprendido, al visitar distintos lugares en la isla, es que la vida diaria de la gente se rige, no tanto por las estadísticas generales, como por rasgos y hábitos peculiares.

Llegué a Maricao, como debe de llegarse en un primer viaje, o sea, por el sur. Dado que andaba con mi hijo de 11 años, apagué el GPS y opté por preguntarle a la gente en la calle acerca de la mejor ruta para llegar. Viaje usted por la isla pidiendo direcciones, y verá lo increíblemente sociables que somos en este pedazo de tierra. La única duda me surgió en Sabana Grande, pues no faltó quien me previniera de cuán descabellada era la idea de internarme en el Monte del Estado, camino a Maricao, casi al caer la noche y con un niño en el carro. «Ah, eso está bien lejos, después del Monte del Estado, casi a una hora de distancia», me dijo un hombre amable pero exageradamente nervioso. Al final, como tantas veces en mi vida, hice lo irreflexivo. Por una callecita de Sabana Grande, que más parece de entrada que de escape, comencé mi subida al magnífico lugar que es el Monte del Estado.

Por qué le llaman Monte del Estado, no lo sé ni me interesa mucho. Cada vez que mencionan la palabra «estado» en Puerto Rico se me revuelve el estómago. Los primeros kilómetros de subir por la carretera 120 no me impresionaron mucho; aunque a mi hijo, que llevaba el brazo por fuera de la ventana, no le dejó de sorprender el cambio de temperatura. Pero ya, al acercarnos a lo que se conoce como el Observatorio de Piedra, el paisaje se tornó inmenso y cautivador. Una bruma suave lo acariciaba todo. No pude sino detenerme y admirar el espectáculo natural. Entre monte y monte, bien abajo, podían verse nubes jugando al esconder, marcando parches de un verdor intenso que, francamente, no he visto en muchas partes de la isla.

El resto del viaje a Maricao fue como tenía que ser: no paró de llover. A ratos la lluvia era tenue y se confundía con una niebla densa, lo que hizo pensar a mi hijo que estábamos en una nube. Temerariamente, quizás, nos detuvimos en las más impenetrables neblinas, casi de noche, en una carretera solitaria. ¡Ja! Nos dimos el gusto de volar entre las nubes, cielo arriba, donde solo llegan los aviones. Así, al menos, decidimos él y yo que lo habríamos de contar.

No se confunda usted, lector o lectora. Maricao es un pueblo chiquitito, cuyas calles se transitan en un instante; pero, conocer, lo que se dice conocer a Maricao, no se puede hacer a la carrera. Por lo que yo vi, en las tiendas y restaurantes, los habitantes de las «indieras altas y bajas» cultivan el arte de conversar. Ningún intercambio es un mero sí o no. El tiempo se mueve aquí como la neblina en el Monte del Estado, sin prisa.

No voy a caer en la mezquindad de describir abstractamente las condiciones sociales y económicas de los habitantes del pueblo. La gente que vi, con la que hablé y compartí, me deleitó por su amor por Maricao. Es más, hay una cierta conformidad y gusto, en eso de estar un poco aislados del resto de Puerto Rico. Cierto es que la conexión con el internet es casi inexistente, que no hay supermercados ni tiendas grandes y que llueve cinco o seis veces al día. Pero a la gente de Maricao le gusta Maricao. ¿Qué derecho tengo yo de intelectualizar la vida de un pueblo entero, con generalizaciones abstractas? ¿Qué derecho tengo yo de decirles lo que tienen o no que hacer?

En algunos detalles sí, los maricaeños y maricaeñas se parecen al resto de la isla: les disgusta el estado actual de la política. Mas, con un civismo que quizás ya no hay en otras partes, escuché que el problema en el pueblo no es tanto la lucha entre populares y estadistas; sino que el hecho de que ya es hora de cambiar de alcalde, venga del partido que venga. Alguna gente, particularmente la de mayor juventud, describe las elecciones de la comarca como una especie de contienda entre bandos de terratenientes y familias locales. Más que de un sistema político moderno, parecen estar hablando de un feudo de la Edad Media. Eso sí, me aclaran, el candidato independentista es un tremendo maestro de inglés. ¡Figúrese usted!

No sé si es el aire de la indieras o la lluvia perenne o la inmensidad de los paisajes, pero encontré entre la gente de Maricao una habilidad natural para lidiar con las contradicciones más extremas. Pueblo pequeño, pensamiento grande. En uno de los pocos restaurantes, mientras desayunaba harina de maíz con bacalao, pude notar un grupo de estudiantes de escuela intermedia, que habían transformado una de las mesas en lugar de estudio. Al dueño no le importó que no consumieran nada. Una señora me observa mientras miro hacia afuera del restaurant. Se da cuenta de mi tristeza. Al cruzar la calle está la Escuela Elemental Mariana Bracetti. Alguien menciona que la cerraron o que la van a cerrar. No pude contener mis palabras, y, en voz alta, expresé mi convicción de que quién cierra una escuela elemental es capaz de matar a un ser humano. «Eso es así», me dijo, compungida también por la barbaridad.

De Maricao me llevo recuerdos gratos: la musicalidad de su lluvia, la dulzura de su gente, el poco acceso al internet, la zambullida en el Salto Curet, los desayunos de maíz cocido con bacalao, las conversaciones y miradas detenidas, la imagen de la tienda general del pueblo, la menudencia urbana en medio de un naturaleza amplia y majestuosa, las mañana frías y el amor que esa gente, noble y sencilla, tiene por la tierra en que les tocó nacer.

Rafael Rodríguez Cruz

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