Realizan 12da Convivencia Ambiental para jóvenes en Salinas

Participantes elevan sus conocimientos sobre la sobrevivencia a eventos naturales

Salinas, Puerto Rico – Bajo el lema “Para sobrevivir hay que convivir en comunidad”, el Comité Diálogo Ambiental de Salinas realizó, en la comunidad de Las Mareas, la edición número 12 de la Convivencia Ambiental para jóvenes José “Cheo Blanco” Ortiz Agront.

Además de realizar diversas actividades educativas sobre la protección y conexión con el medio ambiente, sobre 25 jóvenes participaron en talleres sobre sus experiencias tras el paso del huracán María y cómo prepararse mejor para sobrevivir a otros eventos naturales.

A la joven Elizabeth Ortiz Ortiz, quien participó por quinto año consecutivo de la Convivencia, le pareció excelente los talleres de sobrevivencia.

“Me pareció excelente mecanismo, porque ahora mismo estamos comenzando la temporada de huracanes y eso nos va a ayudar en nuestra comunidad. Es lo que nos enseñó la convivencia, cómo ayudar a otras personas y a uno mismo, tanto en lo personal, como espiritual, ya que tomamos un taller sobre la parte espiritual. No es sólo lo físico”, explicó.

El taller al que hizo referencia Ortiz fue ofrecido por las estudiantes de la Universidad de Puerto Rico de Río Piedras, Alexandra Rodríguez y Alyssa López, de la organización Taller Social Comunitario.

También se dio un taller de primeros auxilios y práctica de filtración de agua, ofrecido por la Oficina de Manejo de Emergencias de Salinas, y uno de los propios jóvenes participantes se ofreció para enseñar a pescar con cañas.

Otras actividades realizadas durante la semana de convivencia fueron: caminatas en áreas naturales de la comunidad Las Mareas, talleres de artesanía y pintura de camisetas, limpieza de áreas en la comunidad, especialmente en el lugar dónde los jóvenes remozaron un mural que da la bienvenida a la comunidad Las Mareas, guiados por el artista salinense Nelson Sambolín.

También tuvieron la oportunidad de ver la excelente producción “Los delfines del parking”, producida y dirigida por el artista gráfico José Luis Baerga, conocido como Chema.

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Según la Coordinadora de la Convivencia, la joven de 19 años Mabette Colón Pérez, una de las actividades que más aceptación tuvo fue la experiencia de kajakear cercano a los cayos de Las Mareas.

“La experiencia fue muy buena. Los chicos tuvieron esas ganas de hacer las cosas, de participar. La mejor actividad fue la corrida de kajaks. Todo el mundo disfrutó, pudimos observar un manatí, luego llegamos a una playa, y allá nos bañamos”, expresó.

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La presencia de Tuque, el manatí, representó una oportunidad única para explicar lo importante de proteger este mamífero marino, que está en peligro de extinción, y su hábitat.

Por último, la agrónoma Yaminet Rodríguez, portavoz de Diálogo Ambiental, agradeció la colaboración de varias organizaciones y personas para la realización de la Convivencia.

“Hay que agradecer a la Iniciativa de Ecodesarrollo de Bahía de Jobos (IDEBAJO), de la cual Diálogo es miembro, al Sierra Club de Puerto Rico, a la Asociación de Pescadores Raúl Maldonado de la Playa de Salinas por el uso de los kajaks, a la Junta Comunitaria del Coquí por el uso de mesas y sillas, y a agricultores que donaron frutas, como Martex Farms. Resaltamos también la acogida e integración de la comunidad de Las Mareas con muchos jóvenes y varios adultos como Nydia Rosario, Edith Suarez, Ivis Colon y Lydia Rosario, que nos ayudaron en varias facetas de la convivencia”, expresó.

Para obtener mayor información sobre la Convivencia Ambiental, la organización informó que puede accesar su página en facebook Comité Diálogo Ambiental o buscar en youtube Convivencia Ambiental 2018.

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Filosofía caribeña y creación literaria en el sureste de Puerto Rico / por Rafael Rodríguez Cruz

La negritud es el polo definitorio de las relaciones raciales en el sureste de Puerto Rico.

Según Hegel, las cosas son susceptibles de muchas definiciones. Todo depende del aspecto que se destaque. La labor de la filosofía consiste precisamente en servir de guía a quienes trabajan en la formulación de distinciones sobre lo real. Es decir, a los historiadores, escritores y poetas.

Pocas regiones de Puerto Rico han sido objeto de tanto esfuerzo de definición como el sureste. No es para menos. Entre 1898 y 1932, la comarca vivió un gran drama. Podríamos definirlo como el drama de la producción de azúcar en gran escala. Tal definición, si bien va al punto, deja de lado aspectos cruciales de lo vivido en la zona durante esos años. En primer lugar, podemos mencionar el aspecto cultural, resultante de la interacción entre la negritud caribeña y el criollismo de ciudades como Guayama. Las élites de esa región, gente de ascendencia europea variada, se enfrentaron siempre a una negritud expresamente antillana, también de ascendencia isleña diversa. Sí, sobrevivieron ambas tradiciones, pero al final la negritud fue la de mayor energía cultural. Los ricos del sureste eran de origen español, francés, anglo y hasta canadiense. Pero los negros del litoral, además de sus raíces africanas, mantuvieron viva la gran espiritualidad afroantillana de lugares como Haití y Martinica. El negro, por su bagaje cultural y su visión de mundo, fue quien mejor se adaptó a nuestra geografía y clima. La negritud es el polo definitorio de las relaciones raciales en el sureste de Puerto Rico.

Igualmente importante fue el aspecto literario del drama regional de esos años. El sureste fue el epicentro de la gran poesía escrita de Puerto Rico durante la primera mitad del siglo XX, particularmente en las obras de Lloréns y Luis Palés Matos. Líricamente ciclópea, la obra de ambos fue temáticamente extensa. Esto fue importante, pues no hubo aspecto de nuestra identidad espiritual que el imperialismo no acorralara con intención genocida. Lloréns, primero, y Palés, después, cobijaron en sus versos y prosa los elementos básicos de nuestra identidad de pueblo antillano. ¿En qué consiste el ser boricua?; esa era la interrogante. En muchos sentidos, estos dos escritores fueron nuestros grandes filósofos de la primera mitad del siglo XX. La filosofía, por razones del imperialismo cultural anglosajón, se refugió en la literatura.

No se puede caer en la sordidez. La filosofía puertorriqueña, es decir, la interrogante acerca de quiénes somos espiritualmente, encontró en Lloréns y Palés dos intelectuales gigantes. No solo fueron pilares fundamentales de la creación literaria en el sureste, sino que dieron definición a la poesía nacional y a la temática de la identidad. El tema de la negritud, por ejemplo, está presente en la lírica y prosa de ambos. Con Llorens y Palés quedaron «puestos para el pensamiento» los momentos centrales de nuestro paradigma de pueblo antillano culturalmente enfrentado al imperialismo más poderoso del planeta. Estos autores hermanaron la literatura y la filosofía. Lloréns nos dio, en su metafísica, la idea de la puertorriqueñidad pura. Palés, en su visión dialéctica, nos legó la idea del Estar, como elemento de la identidad. Del criollismo crepuscular del juanadino, al Estar en boricua del guayamés, de la metafísica a la dialéctica.

Más recientemente el sureste se ha posicionado a la vanguardia del renacer cultural y literario de la isla. Me atrevo a incluir en este proceso tanto a las nuevas expresiones de la bomba de la región, con su contenido francoantillano, como el reciente libro de Marta Aponte, PR 3 Aguirre. De nuevo, todas las cosas, incluyendo las experiencias humanas, son susceptibles de múltiples definiciones. En PR 3 Aguirre, Aponte nos brinda una visión, literariamente engalanada, del diario vivir de los personajes que construyeron (y combatieron) la gran industria y sociedad del azúcar. El sustrato de lo que hemos llamado “el gran drama del sureste” es el azúcar, pero esto adquirió materialidad a través de la actividad pensada de seres humanos concretos.

Despojado de todo adorno social, es decir, en su expresión más básica, el drama del sureste implicaba la siempre mal comprendida geografía de la región. Nos referimos al capricho del capital monopolista estadounidense de transformar el litoral en una vulgar fábrica de azúcar para la exportación a gran escala. Ese proyecto chocó de inmediato con la topografía, hidrología y clima del sureste. Árida y seca en su exterior, la costa que va de Santa Isabel a Yabucoa es uno de los sistemas ecológicos más delicados del Caribe. Además, es parte integral de la cordillera de montañas que le quedan al norte, y de cuyas aguas se nutre gracias a las empinadas montañas. El gran drama del sureste fue, y sigue siendo, también el agua. Al fin y al cabo, para producir una libra de azúcar se requerían, en 1915, cuatrocientos galones de agua.

Tanto impresiona echar un vistazo al mar Caribe desde los elevados picos de la Cordillera Central, como observar la muralla de montes desde la costa. Llanos y montañas son aquí dos colindancias tajantes, sin miramientos y sin transiciones. El agua dulce las une. Poco se piensa en esto, o sea, en la geología y geografía del sureste. En la costa escasea el agua; en los montes, abunda. Por su configuración topográfica, los ríos de la región son secos y breves. Andan siempre con prisa. Tan pronto se crecen con una llovizna, como desaparecen en sus cauces llenos de piedras volcánicas. Derechito al mar se va el agua, con una prontitud que asusta. La sequedad, la aridez es lo que define el sureste; sí, pero no es una sequedad cualquiera. Es un truco de magia: «Basta un palmetazo de lluvia para que todo despierte a un mágico verdor. Es como una ilusión, como un espejismo vegetal y radiante que apenas dura un momento», al menos eso dicen en Guayama. El sureste es la región de la literatura mágica de Puerto Rico. Uno de los componentes esenciales es el agua; el otro, la dialéctica de raza.

En su novela Litoral, Palés Matos nos da su noción de que «pueblo es acomodación básica entre raza y paisaje». Durante siglos antes de la colonización no hubo en la región sureste otro elemento cultural que no fuera el susurro indígena de la «leyenda del Guamaní». Incluso el negro, traído por la fuerza bruta de los conquistadores después del exterminio de los taínos, se adaptó a la fingida infecundidad de los suelos. Allí, todavía abiertas las heridas de los latigazos del mayoral, el negro encontró una forma de desenvolverse como en su propia casa. El europeo, sin embargo, nunca dejó de ser un extraño en las jóvenes tierras: «En el proceso original de nuestra formación psicológica, nos encontramos con dos fuerzas cardinales en lucha: una, la actitud hispánica, huidiza, inconforme, inadaptable; otra, la actitud negroide, firme y resueltamente afincada en el ambiente nuevo».

A partir del 1898, y ante la perspectiva de enriquecimiento con la gran siembra de caña de azúcar para la exportación, lo que antes había sido una lucha contenida en los límites de un imperio decadente, devino una terrible tragedia. El sureste, con sus suelos áridos pero fértiles, sería en adelante tan solo un objeto, una cosa, una mercancía. Para el capital estadounidense, la naturaleza semidesértica del litoral no era más que otra oportunidad de doblegar las fuerzas del medio ambiente, de someterlas a la voluntad del hombre moderno y su ciencia objetiva. Había que traer agua a los llanos de la costa sur, por los medios que fuera.

Miradas con el corazón abierto y de frente, particularmente desde la bahía de Jobos, los topes de la Cordillera Central nos obsequian la imagen de un animal alargado en reposo. Lo que vemos es su espalda extendida, como ocurre al observar un caballo joven y fuerte reposando en el suelo. Entre 1900 y 1915, precisamente durante la época en que discurre el drama social de que nos habla Marta Aponte en su libro, el hombre blanco, con su tecnología y ciencia, perturbaría la paz milenaria de esos campos. Buscando el agua dulce, siempre necesaria para la producción de azúcar, los nuevos capitalistas invasores ascenderían el cauce del río Guamaní con la misma mentalidad violenta del antiguo conquistador español, sometiendo el majestuoso Carite a sus designios. No es que el agua no llegara nunca a la costa; es que la magia del río Guamaní no le encajaba a las necesidades regularizadas de la producción de azúcar.

Para hacer su voluntad, el nuevo invasor no tardó en revertir por la fuerza los cauces y riachuelos de toda la región montañosa de Guayama. Al río de la Plata, acostumbrado como estaba a desembocar en el norte, le puso un bozal en la boca y lo obligó a mirar al sur. Como si se tratara de domar a un joven alazán, le puso gríngolas, le amarró sus patas y su crin. No conforme con eso, apresó sus remolinos y creó lagos y represas en una región hasta entonces desprovista de aguas estancadas. Igual suerte correría, entre 1909 y 1929, toda la hidrología dulce en las altas montañas que van de Patillas a Villalba, casi una quinta parte del país. Había que mirar al sur, porque el sur ahora pertenecía al norte imperial.

La época de oro de la industria azucarera de Puerto Rico comprende los años 1915-1932. Durante ese periodo, las fuentes de agua dulce del sureste fueron expoliadas para alimentar las necesidades de las centrales estadounidenses. El proceso, en realidad, no tenía mucho de original. Algo análogo ocurrió en Estados Unidos, en las regiones semiáridas de las Grandes Llanuras. Eufemísticamente, se le bautizó con el término «reclamación» y se aprobaron leyes para reclamarle a la Madre Tierra los terrenos desprovistos naturalmente de humedad. ¡Casi como si la naturaleza hubiera incumplido un vulgar contrato! El agua es vida, decían los pobladores originales de las Grandes Llanuras, acostumbrados a sequías tan severas como las del sureste de Puerto Rico. Mas, de lo que se trataba a principios del siglo XX era de industrializar la agricultura sobre bases capitalistas. El campo habría de convertirse en una extensión de la fábrica urbana. Para ello, el capital contaba entre otras cosas con la máquina de vapor, invención que se aplicó tanto a los tractores de arado como a las operaciones de extracción de agua subterránea en las vastas extensiones de las Llanuras del Sur de Estados Unidos. En Puerto Rico, dada la configuración topográfica del sureste, con llanos contiguos a inclinadas pendientes de montes repletos de agua, se recurrió a la irrigación por gravedad.

El término irrigación por gravedad puede llevarnos a un error. Ciertamente, la irrigación no llegó al sureste de Puerto Rico con la invasión del 1898 y las compañías azucareras estadounidenses. Los españoles eran internacionalmente famosos por sus técnicas de diseño de riego y, como era de esperarse, en la isla se empleó la irrigación por canales desde principios del siglo XIX. Pero lo ocurrido entre 1906 y 1932 fue otro asunto, tanto en escala como en fundamento tecnológico. Aquí no se trataba ya de crear líneas de riego con métodos artesanales, bellamente diseñadas y respetando la tradición agrícola europea; sino de alterar la hidrología de una cuarta parte de la isla, o sea de su corazón montañoso, para suplir millones de galones de agua a los cultivos y modernas centrales azucareras estadounidenses. Esto solo se podía hacer sobre la base de la gran industria y con métodos industriales modernos.

Justamente entre 1909 y 1929 se utilizó en la isla la tecnología capitalista más avanzada para la remoción de tierra y creación de lagos y represas. En total se construyeron ocho grandes lagos artificiales, con sus lagunas secundarias, que vendrían a conformar el sistema de irrigación del sureste. A eso hay que añadir todo el sistema de canales, tuberías y túneles subterráneos para la conducción del agua. Realizar esa empresa gigantesca suponía el uso de las grandes máquinas de vapor de principios de siglo XX. Y así se hizo. En particular, el gran capital se las ingenió para subir, imaginamos que por la fuerza bruta, poderosas locomotoras de vapor a los picos de las montañas más elevadas de nuestra Cordillera Central. Conocidas como «dinkey trains», estas máquinas formidables transportaban la tierra extraída de los montes, para así hacer espacio a millones y millones de galones de agua represadas. Aún hoy, en pleno siglo XXI, estos montes solo son accesibles por carretas estrechas; de hecho, mal pavimentadas y a una altura de 3,000 pies sobre el mar. Miles y miles de trabajadores raquíticos y padeciendo de anemia fueron movilizados por contratistas estadounidenses y del patio que se subdividieron repartieron porciones específicas de las obras de construcción, incluyendo la transportación y abastecimiento de materiales de construcción. Dice la gente más supersticiosa del centro de la isla que los quejidos desgarradores de las mulas, arrastrando sus pesadas cargas por las empinadas montañas, aún pueden escucharse en las noches sin luna de Villalba.

En rigor, la edificación de la obra del riego del sureste se extendió por dos periodos, de 1909 a 1914 y de 1924 a 1929. Fue financiada mediante la emisión de bonos a nombre de la colonia, o sea, por el endeudamiento obligatorio de los súbditos del imperio, que quedaron empeñados por 46 años. El costo total, con intereses, no ha sido cuantificado, pero es probable que represente billones de dólares en precios actuales.

José Martí solía decir que «es ley que anuncia lo uno en lo alto, y lo eterno en lo análogo», que todo organismo que invente el ser humano, y avasalle o fecunde la tierra, esté dispuesto a semejanza de los seres humanos. Efectivamente, el sistema de riego creado entre 1906 y 1929 en el sureste de Puerto Rico es una copia o imagen muy cercana del sistema sanguíneo de un hombre o una mujer. Las arterias y venas naturales del flujo hidrológico de nuestras fértiles montañas fueron sustituidas por venas y arterias de concreto y metal, muchas de ellas subterráneas, otras suspendidas en el aire a 1,000 pies de altura; a través de las cuales se logró forzar a presión el agua para que moviera las poderosas turbinas de generar electricidad, uno de los componentes esenciales de los modernos sistemas de riego. Del lago El Guineo, por ejemplo, a 900 metros de altura sobre el mar, sale todavía una tubería de 36 pulgadas de ancho que desciende rápidamente por 200 metros de distancia, en un proceso de progresivo achicamiento, hasta no tener más de 18 pulgadas. Esa caída forzada de agua, genera 300 libras de presión y entra de cantazo en lo que se conoce como la planta hidroeléctrica Toro Negro II. Allí mueve los generadores de electricidad, que ya en 1937 producían 4,320 kilovatios. El azúcar era el principal consumidor de electricidad, tanto para el bombeo de agua a través de 40 millas de sembradíos, como para operaciones auxiliares en la central.

Más abajo, en lo que constituye una de las obras de ingeniería hidrológicas mejor pensadas en la historia de Puerto Rico, se encuentra lo que quizás sea la válvula más importante del sistema de irrigación del sureste. Se trata del splitter, o caja de separación, en la que convergen tres grandes arterias de tuberías de metal y canales, que recogen el agua de tres municipios de la región montañosa del centro de Puerto Rico: Ciales, Villalba y Orocovis. Por el lado occidental del splitter, o cámara de cemento, entran las corrientes de dos represas secundarias (Las Delicias y la Mina) localizadas a 750 metros de altura sobre el mar. La caída es de 100 metros por una tubería de 24 pulgadas, formando, pocos metros antes de entrar, la antigua represa Toro Negro. Por el lado oriental, ingresa, a modo de chorro ruidoso, el agua de la represa Matrullas. Aquí también hay una caída de 100 metros por una tubería de 24 pulgadas. A Matrullas se unen, por el camino, las corrientes de tres represas secundarias, conocidas como La Torre, Molina y Navaja.

Sin embargo, la verdadera carga de presión llega por el centro del splitter; mediante un orificio por el cual penetra el agua proveniente del lago El Guineo, una vez ha movido las turbinas de la planta Toro Negro II. En el interior de la caja de convergencia, las corrientes se juntan en un remolino potente que, por virtud de la ley de gravedad, no tiene otro remedio que escaparse por la entrada de un tubo 42 pulgadas, para caer ahora 500 metros más. La imponente tubería se achiquita progresivamente, de 42 pulgadas a 30, hasta llegar a la planta hidroeléctrica Toro Negro I. De allí, y solo después de mover las turbinas poderosas de Toro Negro I, con sus tres generadores de miles de kilovatios, la corriente va a parar a los lagos Toa Vaca y Guayabal en la cuenca del río Jacaguas. El agua de esos dos embalses suple el canal de Juana Díaz, el embalse de Coamo y todo el sistema de regadío de Santa Isabel, la parte occidental del sistema del sureste. Carite y Patillas, en el extremo oriental de la región, hacen lo suyo para suplir la costa que va de Salinas a Arroyo. Así, por este medio, se completa el sistema de riego del sureste. Gravedad, remolinos, válvulas y presión, ¿qué son estos sino los mismos principios del sistema circulatorio de los seres humanos? Todo el sistema parece la obra de un cirujano que ha implantado, con precisión, venas, arterias y hasta un corazón monumental y mecanizado en el cuerpo de la Cordillera Central de Puerto Rico.

El pensamiento formalista, insistía Hegel, se aferra a las categorías del pensamiento y las toma como fijas, carentes de movimiento. Así, la sociología en nuestro país, incluyendo la progresista, adoptó la visión equivocada de que la producción de azúcar en el sureste era una actividad esencialmente agrícola. Por eso, el análisis de la conexión interna del sistema de riego con la moderna acumulación de capital no se estableció nunca. La verdad es otra. Entre 1898 y 1930, el sureste de Puerto Rico fue convertido en una gran fábrica, comprensible únicamente por el enlace entre sus partes. Las labores de siembra y cosecha, conducidas por métodos capitalistas de fundamento manufacturero, suplían la caña que era molida en una fábrica de alta tecnología casi automatizada. En la base de toda esa actividad estaba la «producción» de agua para usos de la agroindustria. No es que crearan artificialmente el agua; es que por medio de un complejo sistema de riego automatizado (la energía de la gravedad es tan poderosa como el vapor) suplían una de las materias primas fundamentales que entran en la producción de azúcar: el agua. Tan avanzado, o por así decirlo tan industrial, fue el sistema de riego creado entre 1909 y 1929 que aún hoy, casi un siglo después, continúa funcionando, como si fuera un corazón artificial que bombea agua dulce y pura por todo el sureste. Un verdadero autómata.

Y es, precisamente, la base industrial de nuestro sistema de riego lo que explica que compañías como Monsanto y Dow Growers lo hayan integrado a sus gigantescas operaciones agroindustriales en la isla en pleno siglo XXI. Apenas tuvieron que reparar las viejas compuertas y lagunas de retención. El sureste de Puerto Rico sigue siendo objeto de codicia del gran capital que produce alimentos para el imperio. Toda la región es una gran fábrica que concentra la población más pobre y proletarizada de Puerto Rico.

¡Acompáñenos, lector o lectora, al lado sur de la represa El Guineo, en las colindancias de Ciales, Villalba y Orocovis, los montes más elevados de la Cordillera Central de Puerto Rico! Allí, al sur del hermoso y gigantesco lago, está la placa de 1929 que conmemora el trabajo de los ingenieros directores de la magna obra. Pero ¿y qué de los trabajadores, de las miles de vidas proletarias que trabajaron en ella? ¿No fueron estos acaso los verdaderos héroes? ¿Y qué de las mujeres que subían los empinados montes para llevar comida y trabajar en la construcción? ¿Es que acaso no importan? Ya lo decía José Martí, al hablar de las manos proletarias que crean las grandes obras de la modernidad, aun bajo la esclavitud capitalista: «Oh trabajadores desconocidos, oh mártires hermosos, entrañas de la grandeza, cimiento de la fábrica eterna, gusanos de la gloria».

¿Qué filosofía y literatura podían surgir, entonces, en medio de tanta violencia económica y ecológica por parte del invasor en el sureste? ¿Qué podían hacer nuestros poetas y escritores sino producir una prosa y una poesía de amor al ser humano y a la naturaleza ultrajada? También, de identidad caribeña y afroantillana. Compungidos por el terrible drama que vivió la región en esos años, nuestros bardos fueron los filósofos de los montes y del mar Caribe. Sin la obra de Lloréns y, en particular, sin la obra gigantesca de Luis Palés Matos, no podríamos hablar en el siglo XXI de la lucha por nuestra identidad como pueblo antillano y subyugado por el imperio. Ambos poetas le cantaron al mar Caribe, desde una perspectiva universal. En ellos, el tema de la identidad boricua en el sureste era uno con la creación lírica y literaria nacional. ¡Filósofos fueron! ¡Y también poetas y prosistas!

© Rafael Rodriguez Cruz

A qué le temes… / por Carlos Román Ramírez

¿A qué le temes…

a la vida? De todas maneras

tienes que vivirla, camínala,

respírala, afróntala, si tu voluntad

es grande la vida cede.

¿Le temes al olvido?

¿A que te olviden?

¿Acaso no has llegado a comprender

que todo pasa?

El olvido es alivio, tú también

has olvidado antes de que te olviden.

¿Le temes al sufrimiento?

¿No sabes que al igual

que la dicha a todos toca,

hoy a tí, mañana a mi?

¿Temes extraviarte?

Todos nos perdemos a veces,

es parte de la aventura.

¿Temes equivocarte, a eso le temes?

Me ha pasado tantas veces

y, mírame, aún estoy aquí

platicando contigo, mirándome

en tus ojos nocturnales,

paladeando el momento,

la casa nos cobija mientras la lluvia

acompasada cae sobre el tejado…..

tranquila, confía, reclínate, abrázame,

soy tuyo, mi amor te proteje.

               junio 2018

               Carlos Román Ramírez

El caso Rosenberg y la política de separación de familias indocumentadas en Estados Unidos / por Rafael Rodríguez Cruz

Recientemente me encontré con un viejo amigo activista: Robert Meeropol, hijo menor de Julius y Ethel Rosenberg. La ocasión no podía ser más apropiada. Ambos asistimos, en Springfield, Massachusetts, a un evento en repudio a la práctica de separación familiar y el encarcelamiento de los hijos e hijas de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. A Robert y a mí nos une una vieja amistad; de hecho, una amistad que se originó en los tiempos en que fui parte de la junta directiva de la Fundación Rosenberg Para Niños. Me animé, pues, a preguntarle sobre la coyuntura actual, en que todo parece indicar que la administración del presidente Trump ha dado un paso nuevo y significativo en su curso al fascismo.

Recordemos, brevemente, que Julius y Ethel Rosenberg fueron arrestados en Julio de 1950, acusados de conspirar para cometer espionaje a favor de la extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. El juicio se llevó a cabo en marzo de 1951. Julius y Ethel fueron encontrados culpables, y ejecutados, después de múltiples apelaciones y reclamos de clemencia, el 19 de junio de 1953. La pareja Rosenberg tenía dos hijos: Michael y Robert, entonces de 7 y 3 años, respectivamente. Durante todo el proceso, Robert y Michael vivieron con distintas familias, sin mucha estabilidad de vivienda. Pocas personas se atrevían a correrse el riesgo de ayudar a los niños Rosenberg. Finalmente, Robert y Michael terminaron en la residencia del poeta y compositor Abel Meeropol y su esposa, Anne, quienes comenzaron un proceso de adopción. Sin embargo, poco después de la ejecución de los Rosenberg, la policía federal removió a los niños de la casa de los Meeropol y los puso en un orfanatorio. El ensañamiento de la fiscalía federal con los dos niños tenía una base funesta: la fiscalía intentó manipular a Julius y Ethel para que cooperaran con el caso, a cambio de la posibilidad de ser parte de la vida de sus hijos. Los Rosenberg, por razones que más adelante se explican, no claudicaron.

Ante la pregunta de si el caso Rosenberg es relevante hoy, en que niños y niñas de hasta meses de edad son separados de sus padres y madres indocumentados por la fiscalía federal de Estados Unidos, Robert señala que en realidad no hay nada nuevo: «La fiscalía federal de Estados Unidos siempre ha utilizado a los niños para extorsionar a las personas inocentes que arrestan, o sea, para obligarlos a cooperar». En el caso de sus padres, la idea era que Julius y Ethel colaboraran con la fiscalía identificando miembros de una supuesta conspiración; aquí, en el caso de las familias indocumentadas, se trata de que abandonen toda petición de asilo, a cambio de una prometida reunificación familiar. Una promesa, no una garantía. (Hoy las cortes han intervenido ordenando la pronta reunificación de familias con niños de edad temprana, pero aun así la administración del presidente Trump ha objetado a la fecha del 26 de julio para completar los casos de 3,000 niños).

El pasado 2 de julio de 2018, Robert fue entrevistado sobre este tema por los periodistas del Proyecto Marshall, una agencia de noticias independiente y no comercial, que busca crear y mantener un sentido de urgencia nacional respecto al sistema criminal de Estados Unidos. Robert me pidió que tradujera sus declaraciones, para los medios de habla hispana. A continuación, reproducimos, con permiso, sus declaraciones al Proyecto Marshall:

Las imágenes perturbadoras, así como los llantos, de niños siendo arrancados forzosamente de los brazos de sus familiares han reabierto muchas heridas de mi niñez.

Mis padres, Ethel y Julius Rosenberg, fueron arrestados y encarcelados poco después de mi tercer cumpleaños en mayo de 1950. Hasta entonces, mi hermano Michael, quien tenía siete años, y yo vivíamos en lo que recuerdo como una familia calurosa y de mucho amor. Por los próximos tres años, fuimos movidos entre diferentes miembros de la familia extendida. Algunos estaban atemorizados de tenernos en sus casas, por el efecto del odio virulento difundido por las políticas del periodo del macartismo. Así que también pasamos un tiempo en orfelinatos.

Yo estaba perplejo y con el corazón roto. ¿Dónde estaban mis padres? No los vi por cerca de un año. En el albergue, incluso me separaron de mi hermano. Cuando a Michael y a mí, finalmente, nos permitieron visitar a nuestros padres en la prisión, mi primera pregunta fue: ¿Por qué no han venido a la casa?

Mucha gente conoce el caso de mis padres; ellos fueron encontrados culpables de conspirar para cometer espionaje y, al final, los ejecutaron en 1953 por supuestamente robar lo que el gobierno llamó el ‘secreto de la bomba atómica’.

La decisión absoluta del gobierno, de que ellos pagaran por sus actos y nombraran a otros, claramente tuvo mayor importancia que cualquier preocupación por nuestro bienestar como niños. Lo que Michael y yo no sabíamos entonces es que nos estaban usando también como fichas de extorsión. El expediente hoy público deja ver claramente que a nuestros padres les ofrecieron un acuerdo. Si cooperaban, y si implicaban a otras personas, a mi padre no lo ejecutaban y a mi madre la liberaban para que se hiciera cargo de nosotros.

Después de la ejecución, comenzamos a vivir con Anne y Abel Meeropol, quienes comenzaron el proceso de adopción. Pero las fuerzas del gobierno no habían acabado con nosotros. Nuestro guardián legal, Emmanuel Block, murió de un ataque al corazón antes de que él completara la trasferencia de tutela a los Meeropol. Los grupos de derecha se enteraron y radicaron una acción en la Corte de Menores; reclamando, correctamente, que los Meeropol no eran nuestros guardianes y alegando, falsamente, que estábamos siendo abusados políticamente. Luego de un mes de nuestra nueva vida con Anne y Abel, policías armados llegaron a la residencia para removernos. Al otro día, fuimos llevado a un orfanatorio.

Como mencioné en mis memorias, Una ejecución en la familia, ‘yo no le temía al monstruo debajo de la cama. En vez de eso, la casa, como Michael y yo llamábamos al orfanatorio, era un Bogeyman demasiado real. Teníamos que ser cuidadosos; nos estaban tanteando, y yo temía lo que podía pasar si fallábamos’.

Esta segunda separación forzosa resulta alarmantemente muy similar a lo que le ha pasado a miles de niños en nuestra frontera con México. Claro está, aquí hay una posibilidad de que ellos verán a sus padres de nuevo. Imagino que el terror que experimentan es incluso peor que el mío. Aunque nuestra remoción de la casa de Anne y Abel fue vigorosamente protestada y combatida, los Meeropol sabían en qué lugar estábamos. Además, nosotros nos encontrábamos en un territorio relativamente conocido. Hablábamos el idioma dominante. Las víctimas de hoy se encuentran en un país desconocido y no hablan inglés. Al menos dos trabajadores de cuido en los centros de detención han renunciado, al darse cuenta de la manera en que estos niños indocumentados son tratados. Ambos trabajadores informaron del llanto incesante de los niños y de que a los cuidadores no se les permite abrazarlos.

Al igual que ocurrió conmigo y con Michael 65 años atrás, estos niños están siendo victimizados como fichas de extorsión por un gobierno con una agenda política muy fuerte. Por ejemplo, hemos escuchado que las personas que buscan asilo han sido informadas de un posible acuerdo de corte nefasto: el retorno de sus hijos a cambio de que renuncien a todo reclamo de asilo y de que regresen a sus países.

La historia quizás no se esté repitiendo de nuevo, pero el eco del pasado se siente con fuerza. La manipulación salvaje de niños y niñas es una forma de abuso de los derechos humanos, una modalidad de terrorismo auspiciado por el estado. Para mí, es un asunto personal. Para todos nosotros y nosotras, la manipulación de niños debe de ser inaceptable. Actuando en conjunto, podemos y debemos de pararla.
Robert culminó su conversación conmigo expandiendo lo ya dicho en sus declaraciones a los periodistas del Proyecto Marshall. Su visión, claro está, es la de un adulto que fue victimizado por el gobierno de Estados Unidos cuando era un niño. La otra perspectiva, que tampoco debe de olvidarse, es la de los padres y madres de los niños y niñas inmigrantes. Sabemos del sufrimiento de Julius y Ethel, por la correspondencia que mantuvieron con Robert y Michael. Pero estos padres y madres indocumentados, también encarcelados, sufren la violación de sus derechos humanos. Y el dolor de la separación de sus hijos e hijas no puede ser sino inmenso. (Las porciones aquí citadas del Proyecto Marshall se publican con permiso del autor).

Luis Méndez Forestier / Lilia E. Méndez Vázquez

Serie Genealogía

Muchas veces, los datos, sean de la índole que sean, parece que le hacen jugarretas al investigador, escondiéndose, permitiendo que se frustre y abandone la búsqueda para no terminar en un manicomio. Más cuando menos se espera, aparecen como de casualidad y pareciera que tienen vida propia. Esto me sucedió con la historia que voy a contar sobre mi abuelo paterno, Luis Méndez Forestier.

Niños en Carlisle

Con motivo del escándalo de las cárceles para niños hijos de inmigrantes en Estados Unidos, han aparecido en la red social Facebook unas historias sobre unas escuelas que los norteamericanos crearon a finales del siglo 19, con el propósito de que los niños indios y niños negros olvidaran sus raíces y su cultura y se asimilaran a la cultura norteamericana. Así surgieron Carlisle Indian Industrial School, Hampton Normal and Agricultural School y Tuskegee Normal and Industrial School, entre otras. Las mismas eran muy estrictas al estilo de las escuelas militares y muchos niños lograron salir adelante, pero otros fueron abusados, escaparon y murieron ya que no se acostumbraban a la vida sin sus familias. Una de las prácticas que acostumbraban las escuelas era dispersar a los alumnos que venían de una tribu o pueblo para que no pudieran hablar su  lenguaje y se vieran forzados a aprender el inglés.

El cambio de soberanía

La invasión norteamericana a Puerto Rico coincidió con la recién creación de estas escuelas y los funcionarios escolares estadounidenses destacados en Puerto Rico creyeron prudente incluir a los indios-negros puertorriqueños en su estrategia de asimilación. Así fueron seleccionados cientos de niños y jóvenes puertorriqueños, a quienes se les otorgaban becas y eran enviados a estudiar a estas escuelas. Durante la colonización española en Puerto Rico, las familias pudientes enviaban a sus hijos a estudiar a España, lo que era motivo de orgullo y prestigio. Supongo que, al surgir estas becas para ir a Estados Unidos, las familias típicas veían una oportunidad de que sus hijos se prepararan al igual que los hijos de las familias pudientes.

Cuando los norteamericanos invadieron a Puerto Rico, Luis Méndez Forestier tenía 15 años. Su padre Juan Andrés Méndez, era un trabajador administrativo de la Hacienda San José, luego Central Eureka en Hormigueros. A pesar de ser un empleado de la hacienda, su relación con los dueños era una estrecha, ya que fueron los padrinos de su matrimonio. La historia oral de mi familia cuenta que era muy amigo de los hijos de los dueños, Luis y Mateo Fajardo Cardona, éste último, colaborador y asesor del Ejército de Estados Unidos en su paso por el oeste puertorriqueño. Juan Andrés Méndez, no era una persona adinerada, pero gracias a su relación con la familia Fajardo, vivía en una casa amplia y cómoda con su esposa y sus ocho hijos. Es de suponer que esa misma relación facilitara la inclusión de Luis entre los becados para ir a los Estados Unidos.

Luis Méndez Forestier

Luis Méndez Forestier

La historia oral familiar dice que Luis estudió ingeniería eléctrica en la Universidad de Tuskegee, Alabama. Sin embargo, al momento de Luis ir a estudiar, el lugar se llamaba Tuskegee Normal and Industrial School Institute y era una escuela fundada por Booker T. Washington para proveer educación vocacional e industrial y encaminar a la población negra a empoderarse de los derechos civiles que les eran negados. A esta escuela asistieron, no solamente estudiantes puertorriqueños, sino que el gobierno estadounidense incluyó estudiantes de Cuba y otras antillas.

Luis aparece por primera vez como estudiante de la institución en su catálogo de 1901-1902. Tenía 17 años. El programa de estudios duraba 3 años e incluía las siguientes materias:

 

A pesar de que el programa duraba 3 años, Luis permaneció en Tuskegee hasta el 1904-1905. Nunca obtuvo su diploma porque  un accidente en un laboratorio  lo dejó ciego de un ojo y se deprimió de tal manera que regresó a Puerto Rico sin graduarse. No obstante, trabajó como instalador de alumbrado eléctrico en la carretera de Mayagüez a San Germán, en 1910 para la Central Eureka. Ese mismo año se casó con Gregoria Más Rodríguez, con quien procreó diez hijos.

Luis falleció víctima de la tuberculosis, el 20 de agosto de 1929, a la edad de 46 años.

Referencias

Brooks, F. Erik. Booker T. Washington in Encyclopedia of Alabama. [http://www.encyclopediaofalabama.org/article/h-1506]

Carlisle Indian School Digital Resource Center [http://carlisleindian.dickinson.edu/]

Catalogue of Tuskegee University (1903-1904): 73-74.

Commissioner of Education for Porto Rico. Annual Report. 1904 [https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=miun.act0826.1904.001;view=1up;seq=1]

Landis, Barbara. Carlisle Indian Industrial School, (1879-1918).  [http://home.epix.net/~landis/index.html]

Navarro-Rivera, Pablo. Acculturation Under Duress:The Puerto Rican Experience at the Carlisle Indian Industrial School 1898-1918. [http://home.epix.net/~landis/navarro.html]

Rivero Ángel. Mateo Fajardo Cardona y la invasión de 1898. [https://horomicos.wordpress.com/2013/06/11/documento-mateo-fajardo-cardona-y-la-invasion-de-1898/