Grupos ambientalistas de Estados Unidos y Puerto Rico unen sus voces contra las peligrosas cenizas de carbón que genera AES

Solicitan a la EPA una audiencia pública en la isla.

Salinas, Puerto Rico – El Comité Diálogo Ambiental se unió formalmente al reclamo de 103 organizaciones de interés público de los Estados Unidos, que reclaman a la Agencia de Protección Ambiental federal (EPA en inglés) tiempo y participación para debatir las radicales enmiendas propuestas al reglamento que regula el manejo de las cenizas de carbón en los estados y territorios.

El 1 de marzo, el administrador de la EPA, Scott Pruitt, propuso debilitar significativamente los estándares y restricciones que se exigen a las compañías eléctricas que producen y disponen cada año millones de toneladas de cenizas de carbón.

Pruitt anunció su plan justo un día antes de que sobre 400 centrales eléctricas que utilizan carbón como materia prima revelaran los resultados de sendos exámenes sobre la calidad de agua subterránea en sus predios. En la inmensa mayoría, los estudios evidenciaron abundante contaminación con tóxicos de las cenizas de carbón.

En una petición dirigida a Mary Jackson, de la División de Recuperación de Materiales y Manejo de Desechos, de la Oficina de Conservación y Recuperación de Recursos de la EPA (RCRA en inglés), el colectivo de organizaciones explicó que estos residuos de la combustión del carbón (RCC) figuran entre las variantes de “desperdicios tóxicos más grandes en los Estados Unidos”.

“Estos datos (exámenes) contienen información sobre muchos depósitos de cenizas que nunca se habían monitoreado y que evidencian la presencia de ciertos productos químicos peligrosos, como el radio, el cobalto y el litio, que nunca antes habían sido medidos. Estos datos revelan que la disposición de cenizas de carbón conlleva nuevas y significativas amenazas a la salud pública, y estas amenazas están muy ligadas a los cambios técnicos y legales que se proponen en las enmiendas al reglamento”, recalca la petición.

En Estados Unidos y Puerto Rico se producen 110 millones de toneladas de desechos industriales de cenizas de carbón al año. Estos residuos conllevan una mezcla de carcinógenos, neurotoxinas y venenos, entre los que resaltan el arsénico, boro, cromo hexavalente, plomo, radio, selenio y talio.

En su petición, las organizaciones solicitaron además que la EPA extienda de 45 a 90 días el período para someter comentarios y que se realicen cuatro audiencias públicas, una de ellas en Guayama, Puerto Rico, debido a que es “esencial realizar múltiples audiencias para que las comunidades impactadas expresen sus inquietudes”.

“Debido a que las cenizas de carbón afectan de manera desproporcionada a las comunidades minoritarias y de bajos ingresos, muchas personas impactadas no pueden recorrer largas distancias para asistir a una audiencia”, insisten los grupos en su misiva, tras la intención de la agencia federal de realizar sólo una audiencia en Washington D.C. el 24 de abril.

Una investigación de La Perla del Sur y el Centro de Periodismo Investigativo reveló días atrás que en las aguas subterráneas de la planta de carbón AES en Guayama ya existen indicios de radioactividad, además de rastros de arsénico, cromo, selenio y molibdeno.

“La montaña de desperdicios está liberando químicos peligrosos al agua subterránea y ya fluye fuera de la zona de la planta”, comentó a ambos medios Lisa Evans, abogada con más de 25 años de experiencia en litigios ambientales y asesora de Earthjustice, organización de derecho ambiental con larga trayectoria en Estados Unidos

Esta institución, además, es una de las 104 entidades que firmaron la petición a la EPA.

Enviado por Víctor Alvarado Guzmán

Foto La Perla del Sur

###

In Memorian : Isabel Rivera Pérez, Chan

Un buen día un ángel descendió de los cielos con la encomienda de formar, cuidar y ser parte de una familia muy, muy especial.

Hoy ese ángel fue llamado a ascender nuevamente a los cielos para continuar cuidando y protegiendo a su familia, aunque ahora desde otro nivel más profundo y espiritual.

Acepto que te fuiste, más no que me abandones, aceptó no volver verte, pero ahora vives en mi corazón, en mi mente, en mis recuerdos.

Quiero darte las gracias porque me amabas infinitamente, siempre quisiste lo mejor para mí y me lo demostraste a lo largo de mi vida, y con el más profundo dolor debo aceptar tu partida. Nuestro clan familiar es único, somos de un todo un UNO y cuando físicamente falta un pilar nos reagrupamos para permanecer unidos.

Esta vez nos toca de nuevo estar FIRMES, apoyarnos, llorar y decir hasta luego. Nuestro lazo familiar es inquebrantable y ahí nos aferraremos para seguir viviendo a pesar del dolor y de las pérdidas.

Nos abandonas hoy y para mí esto es la “LA DEBACLE DEL SIGLO” como solías decir siempre que conversábamos por horas. Que mucho aprendí de ti. Me dejas con un gran legado, de fortaleza, tranquilidad, sabiduría, alegría, honestidad, bondad, valentía y sobre todo amor incondicional.  Solo me queda como consuelo esa frase que siempre decías una y otra vez y otra vez y otra vez
“TODO VA ESTAR BIEN, YA LO VERAS”

Te amare siempre, al infinito y más allá, sigue cuidándonos, siempre danos tu bendición.

Karylí Santiago Rodríguez

Exigen remoción de todas las cenizas de carbón y el cierre de AES

COMUNICADO DE PRENSA

Amenazadas las aguas subterráneas de 14 pueblos por los residuos tóxicos que dañan la vida y las riquezas naturales del sur de Puerto Rico

San Juan, Puerto Rico – Ante la impactante evidencia científica sobre la contaminación de aguas subterráneas en Guayama con metales tóxicos y particulado radiactivo de las cenizas de carbón, diversas organizaciones y comunidades exigieron la remoción de todas las cenizas desparramadas por la isla, incluyendo la inmensa montaña de residuos acumulada en la planta de la empresa AES, y el cierre definitivo de sus instalaciones.

Un trabajo investigativo de La Perla del Sur y el Centro de Periodismo Investigativo reveló que indicios de radiactividad, además de rastros de arsénico, cromo, selenio y molibdeno han sido descubiertos en las aguas subterráneas de AES en Guayama. El estudio, pagado por AES y realizado entre agosto y noviembre pasado por orden de la Environmental Protection Agency (EPA), “evidencia que la montaña de cenizas está liberando cantidades elevadas de químicos al agua subterránea y que esa contaminación ya se desplaza del lugar, incluyendo en dirección al mar”.

La portavoz del Campamento contra las cenizas en Peñuelas, Yanina Moreno Febles, aseguró que los hallazgos de contaminación descubiertos en el informe pagado por la propia AES, desvela todas las mentiras que la empresa carbonera a esbozado durante años.

“Una vez más queda al descubierto la realidad sobre las cenizas de carbón: sí son tóxicas, permiten la lixiviación de sus elementos tóxicos y radioactivos hacia los acuíferos, y no son una piedra sólida e inocua como ha insistido AES, sino un polvillo que se degrada con el paso del agua, así como es transportada por el viento. AES ha contaminado nuestro aire, suelos y acuíferos. ¿Qué más hay que esperar? Hay que detener inmediatamente la generación de estas cenizas”, aseveró Moreno.

Por su parte, Víctor Alvarado Guzmán del Comité Diálogo Ambiental de Salinas, dijo que los acuíferos de catorce (14) pueblos podrían estar amenazados por la contaminación de los metales pesados y desechos radioactivos del carbón.

“Entre el 2004 y el 2017, la carbonera AES desparramó sobre 2.4 millones de toneladas de cenizas tóxicas en nuestra isla. Catorce (14) pueblos fueron impactados por el depósitos de cenizas tóxicas, cuyos acuíferos podrían estar ya contaminados. Estos pueblos son San Juan, Dorado, Toa Alta, Caguas, Ponce, Guayama, Salinas, Arroyo, Santa Isabel, Coamo, Peñuelas, Juncos, Mayagüez, y Humacao. Cerca de algunos de estos depósitos hay ríos y quebradas, por lo que la contaminación pudiera expandirse más allá de los terrenos y acuíferos impactados directamente. La Junta de Calidad Ambiental (JCA), la EPA y el Departamento de Salud deben establecer con urgencia un protocolo de emergencia en los pueblos en donde se han transportado, usado como relleno, y depositado cenizas en los últimos 14 años, y comenzar un proceso inmediato de monitoreo y remediación”, comentó Alvarado Guzmán.

Por otro lado, Timmy Boyle, portavoz de la Alianza Comunitaria y Ambiental del Sur Este (ACASE), exigió a las agencias estatales y federales a tomar acción inmediata.

“Desde el 2011, la EPA ya había manifestado su preocupación por la posible contaminación de los acuíferos y no hizo nada. El año pasado, ante el inminente paso de los huracanes Irma y María, la JCA ordenó a la carbonera AES a tapar la montaña de cenizas que tiene a la intemperie en su patio trasero y, no sólo la empresa se negó temerariamente a cumplir, sino que en pocos meses comienza la temporada de huracanes y las cenizas siguen al descubierto. Además, según el informe revelado, hubo un alza de 100 por ciento de arsénico en el agua luego del paso del huracán María. El incumplimiento de AES provocó más contaminación.”, manifestó.

Los líderes de Peñuelas, Salinas y Humacao exigieron que se clasifique las cenizas de carbón como desperdicio peligroso, se cambien las inadecuadas pruebas de Toxicity Characteristic Leaching Procedure (TCLP) y Synthetic Precipitation Leaching Procedure (SPLP) por el método Leaching Environmental Assessment Framework (LEAF), realizarle pruebas de radioactividad a los residuos de carbón, comenzar un proceso de monitoreo y remediación en los pueblos donde se ha depositado cenizas, remover todas las cenizas depositadas en Puerto Rico y cerrar definitivamente la planta de carbón.

También, José M. Díaz, portavoz del Comité Pro Salud, Desarrollo y Ambiente de Tallaboa, Inc., emplazó al presidente del Senado, Thomas Rivera Shatz, para que se enmiende la Ley 40-2017.

“Esto no pare más. Tras esta prueba irrefutable del peligro que constituye el depósito de cenizas en Puerto Rico, es necesario que se enmiende la Ley 40-2017. Emplazamos a los presidentes de Cámara y Senado para que aprueben el Proyecto del Senado 600, del senador Juan Dalmau, y el Proyecto de la Cámara 1160, del representante Denis Márquez, y establecer claramente la prohibición del depósito y uso de las cenizas en la isla. Aquellos legisladores y legisladoras que se arrepintieron de haber apoyado un proyecto defectuoso, tienen la oportunidad de enmendar su error. Emplazamos al presidente del Senado, Thomas Rivera Shatz, a que proteja y dé a respetar nuestras comunidades, y que informe al pueblo los resultados de la investigación sobre las enmiendas al contrato entre AES y la Autoridad de Energía Eléctrica”, comentó.

Por último, Aldwin Colón Burgos, del grupo “Comunidad guayamesa unida por tu salud” y vecino de la instalación de carbón, catalogó como una “tragedia” el efecto negativo que ha tenido sobre los vecinos la planta de AES.

“Hemos pagado un alto precio por culpa del gobierno que permitió la construcción de esa terrible planta de carbón. Es una tragedia ver cómo nos seguimos enfermando y muriendo, y la AES sigue contaminando el aire que respiramos y el agua que bebemos. Esto tiene que parar. Es hora que el gobierno piense en la vida de las personas y no en las ganancias de AES”, reafirmó Colón, quien es paciente de cáncer.

###

Coloniaje y corrupción: El sistema de irrigación del sureste de Puerto Rico, 1906-1914

Por Rafael Rodríguez Cruz

La visita de Roosevelt, 1906

El buque de guerra USS Louisiana ancló sin dificultades en el puerto de La Playa de Ponce, Puerto Rico, el 21 de noviembre de 1906. Las facilidades portuarias de esa ciudad eran las mejores de la isla. La llamada “perla del sur boricua” no tenía la mejor bahía natural; pero, su ancladero poseía la profundidad necesaria para acomodar la portentosa nave visitante. De todos modos, la mejor bahía natural de la isla, Jobos, estaba en su estado virgen. Aunque esta maravilla en la costa sur de Puerto Rico no se encontraba muy lejos de Ponce, únicamente la National Geographic y la Central Aguirre la tenían en la mirilla.

La nave USS Louisiana no era una embarcación castrense cualquiera. Formaba parte de la primera generación de barcos de guerra construidos de acero en Estadios Unidos. Con sus 16,000 toneladas de desplazamiento y sus cañones de 305 milímetros, era impresionante por los estándares militares de la época. Entre otras cualificaciones, tenía una tripulación de 900 marinos listos para cualquier invasión. Desde principios del siglo XX, Estados Unidos buscó ampliar su poder militar en los océanos del mundo, creando barcos ciclópeos con armas monumentales.

El control de las naciones caribeñas, por supuesto, era de vital importancia para esa nación. De hecho, apenas dos

Theodore Roosevelt llegando a Puerto Rico

meses antes de llegar a Ponce, el USS Louisiana estuvo en Cuba durante el evento que quedó bautizado como la «segunda invasión» de ese hermano país. El propio secretario de guerra de Estados Unidos, William H. Taft, se trasladó en la nave a La Habana el 16 de septiembre de 1906, para contener la insurrección en contra del gobierno del presidente Estrada Palma. Ahora, el 21 de noviembre de 1906, la nave llegaba al puerto de La Playa de Ponce con un tripulante todavía más acreditado en los círculos guerristas: el presidente Theodore Roosevelt. Este regresaba a Estados Unidos después de una «visita de inspección» a la zona del canal de Panamá.

De seguro que no faltó, en nuestra isla, quien le atribuyera un significado místico y hasta religioso a la visita de Roosevelt en 1906. Nunca antes, en toda la historia del imperio estadounidense, se había dado un viaje de un mandatario de la Casa Blanca al exterior. Panamá fue el primer país en recibir una visita de ese tipo, a principios de noviembre; Puerto Rico, el segundo. Además, el año 1906 había sido bien difícil para muchos países del océano Atlántico y del Caribe. Un total de 11 fenómenos atmosféricos, entre ellos seis huracanes y tres grandes ciclones, impactaron a lugares como Cuba, Florida y Mississippi. Entre el 8 de junio y el 9 de noviembre parecía que el mundo había llegado a su fin en la costa sureste de Estados Unidos, incluyendo los Cayos y las Carolinas. En Puerto Rico, sin embargo, la época de huracanes de 1906 fue inusualmente tranquila. Apenas se sintieron cambios en los patrones de vientos; es más, la caída de lluvia estuvo por debajo de lo normal, acentuando un patrón de sequía en las llanuras costeras de la isla, que había comenzado en 1904.

Quizás la única persona que experimentó alguna dificultad «natural» en Puerto Rico en 1906 fue el propio

Auto presidencial atascado en Adjuntas

presidente Roosevelt, cuando su chofer intentó cruzar un río de Adjuntas en el vehículo presidencial; y el Studebaker F-124, de último modelo, se atascó en el fango. Por suerte, un grupo de políticos puertorriqueños, que se había unido a la comitiva, prontamente se metió hasta las rodillas en el agua y lodo para empujar el carro. Roosevelt, vestido de un traje blanco de dos piezas, y gordinflón como era, dejó que los «nativos» resolvieran el problema. Ni él ni su escolta se bajaron del Studebaker. El asunto quedó consagrado en una fotografía que los ayudantes del presidente transformaron en tarjeta postal. En fin, Puerto Rico, «la isla bendita», supuestamente tenía en 1906 la suerte de una visita del mandatario estadounidense.

Demasiada suerte, sin embargo, a veces trae mala suerte, como decía Bertolt Brecht. Efectivamente la dura sequía de 1905-1906 tuvo el efecto de agudizar el conflicto entre los pequeños agricultores puertorriqueños y los grandes intereses azucareros, en su mayoría extranjeros. Como bien constató el chofer de Roosevelt, en la costa del sureste todo estaba seco; pero, en las montañas del centro, el agua sobraba. De hecho, luego de una breve estadía en San Juan, Roosevelt partió para Arecibo, con el objetivo de cruzar diagonalmente la Cordillera Central. Apenas comenzó a subir las mismas montañas majestuosas que el hidrólogo Herbert Wilson había descrito con elogio en la revista National Geographic de marzo de 1899, el presidente expresó que se sentía como en una «verdadera Suiza del trópico». Añadió que, en su opinión, San Juan tenía una bahía en estado deplorable, pero que la belleza y fertilidad de los campos del centro de Puerto Rico eran incomparables. El elogio habría de costarnos caro.

Creación del sistema de riego del sureste, 1907-1914

La caña de azúcar es una planta sedienta, y en Puerto Rico no abundan las llanuras húmedas. Respondiendo de manera directa a los grandes intereses azucareros extranjeros en el sureste de la isla, la legislatura colonial aprobó en 1907 la suma de $4,000 para estudiar la viabilidad de un sistema de irrigación en los terrenos llanos que van de Patillas a Salinas. El contrato de evaluación fue a parar, por medio de conexiones personales, a manos de un ingeniero de hidrología estadounidense, de nombre B.M. Hall, quien supuestamente ya dirigía proyectos de irrigación en Nuevo México y Texas. Hall llegó a Puerto Rico tan pronto se aprobó el dinero. Entre 1907 y 1908, él y sus ayudantes llevaron a cabo varios a estudios de medición de flujos de corrientes de agua e identificaron posible lugares para la construcción de represas en la ladera sur de la Cordillera Central.

En realidad, era muy poco lo que Hall y su gente tenían que hacer. Apenas una década antes, el ingeniero Herbert Wilson había llevado a cabo un estudio abarcador del drenaje de agua en toda la isla. Además, en 1866 un ingeniero inglés, de nombre E.W. Webb, había trazado planes preliminares para un sistema de riego en el sureste. Concretamente, Webb propuso en 1866 apresar las aguas de la cabecera del río La Plata y crear una reserva en el valle de Carite. Las aguas embalsadas serían entonces desviadas, por medio de un túnel entre las montañas de Carite y Guamaní, hasta los cañaverales del sureste. Todo el mundo sabía desde tiempo inmemorial acerca del valor del río la Plata, pues este es el cuerpo de agua más largo de Puerto Rico. Nace en los montes de Guayama, a 800 metros de altura, y fluye de sur a norte a través de varios municipios: Guayama, Cayey, Comerío, Naranjito, Toa Alta, Toa Baja y Dorado. Wilson mismo lo describió en detalle en sus estudios de 1898. Lo que Hall hizo fue, pues, meramente actualizar por encima lo que otros habían hecho. En 1908 se lo presentó a la legislatura colonial, junto a una petición de $25,000 adicionales, para extender sus «estudios hidrológicos» a Santa Isabel y Ponce. Qué conexiones tenía él con la administración colonial, no lo sabemos; pero, sí sabemos que en 1908 logró le aprobaron la segunda partida dinero sin objeciones.

El 18 de septiembre de 1908, la legislatura colonial aprobó a la carrera un presupuesto de $3,000,000 (equivalentes a $78,947,368 en 2018) para la construcción del sistema de riego del sureste de Puerto Rico. De acuerdo con la legislación, el proyecto habría de extenderse desde el río Patillas, hasta el río Jacaguas, en Juan Díaz. Potencialmente, se irrigarían 30,000 acres de terrenos ya sembrados de caña en la costa sureste. La longitud total del riego sería de 40 millas y la anchura de dos millas. Para financiar la obra, se aprobó también una emisión de bonos públicos por el costo del proyecto, así como un impuesto especial sobre las tierras a ser irrigadas. Únicamente los agricultores con concesiones previamente reconocidas por el gobierno invasor obtendrían un crédito al pagar el consumo de agua de riego. Finalmente, y esto es verdaderamente importante, la construcción del sistema de riego se haría mediante la contratación de una firma de ingeniería (léase B. M. Hall), bajo la supervisión «administrativa general» del Consejo Ejecutivo. Esto solo imponía en el contratista la obligación de informes trimestrales al gobernador de la colonia. El preámbulo de la legislación anunció que, gracias al sistema de riego, cerca de 30,000 acres de terrenos en el sureste de Puerto Rico «recibirían suficiente agua para convertirse en las tierras agrícolas más valiosas del país».

Entre 1908 y 1910, el ingeniero Hall y su compañía hicieron muy poco para adelantar la construcción del sistema de riego. Decimos «muy poco», porque lo que sí lograron fue que $138,855 (el equivalente de $3, 654,070, en 2018) se desvanecieran sin que se pudieran corroborar los gastos. Fue así que en 1911, probablemente debido a la presión de los intereses azucareros del sureste, se canceló el contrato de construcción que tenía Hall. La legislatura colonial determinó, además, que el gobierno fuera en adelante el jefe directo de la obra y que todo el trabajo de construcción se hiciera «administrativamente por día de trabajo». Sí, se contrató a otro ingeniero principal (J. W. Beardsley), pero este no era un contratista autónomo, como Hall, sino un mero empleado. El asunto es que los años de 1907 a 1911 habían sido de sequías durante los cruciales meses del crecimiento de la caña, y el estado colonial tenía que responderle con prontitud al gran capital azucarero de la costa sur, en particular a la Central Aguirre.

Efectivamente, bajo la «reorganización administrativa» de 1911, comenzaron a llegar máquinas, personal técnico y equipos de excavación para trabajar en la construcción del riego. Además, se construyeron barracones y comedores gigantes para atraer a los trabajadores puertorriqueños de la caña desempleados durante el «tiempo muerto» en el sureste. Muchos trabajaban en la construcción del riego meramente por comida; en lo que es un capítulo de la clase obrera del sureste de Puerto Rico, que nunca se ha escrito. Entre 1911 y 1913, el gobierno colonial adoptó, pues, la forma organizativa propia de una gran empresa capitalista. El resultado fue un avance sustancial en la construcción del sistema de riego del sureste, gracias a la movilización, bajo un régimen de disciplina capitalista y colonial, de una masa gigantesca de trabajadores puertorriqueños.

El sistema de riego del sureste de Puerto Rico fue inaugurado el 1 de septiembre de 1914. Sus componentes principales eran tres. Primero, la reserva de Patillas, con su represa y sistema de distribución en el extremo oriental; segundo, la de Carite, con su represa, túnel y sistema de distribución y, tercero, la de Guayabal, con su túnel y sistema de distribución. La capacidad combinada de las tres reservas era de 33,264 acres-pie de agua, o sea, 11 millardos de galones de agua. Potencialmente, el sistema podía irrigar 30,000 acres de terreno; pero, en 1914 únicamente se activó para 24,000 acres, a razón de 4 acres-pie para todo el año. Sí se mantuvo la extensión original de 40 millas de largo y dos, de ancho. Además de las tres reservas principales, el sistema se inauguró con dos lagos menores de almacenamiento, Melanía y Coamo.

Tanto la reserva de Carite, como la de Guayabal, tenían desde el principio el potencial para generar electricidad. La primera, en particular, poseía una represa y túnel, cuya apertura estaba localizada en el lado sur. Esto resultaba en una caída abrupta del agua, con una fuerza equivalente a 2,000 caballos de fuerza de electricidad. En la reserva de Guayabal sucedía algo similar, pues el agua era desviada del lado norte de la cuenca a través de un túnel con caídas abruptas.

Por último, en 1914 se aprobó legislación que dejó al gobierno colonial como garante principal de la deuda, que al final fue de $4,000,000 (equivalente a $98,609,600, en 2018). Naturalmente, todo el asunto salió relativamente, barato porque la fuerza de trabajo se compró, literalmente, con comida. El pago por concepto de renta de la tierra (en este caso, en la forma de agua) fue muy poco o nada.

El fin de la prosperidad boricua

El año de 1915 también fue uno seco y caliente. Apenas llovió en Puerto Rico y las temperaturas en los litorales eran insostenibles. En los llanos del sureste de la isla, sin embargo, sobraba el agua. Todo gracias a las tres reservas y su sistema de distribución. De acuerdo con los datos del gobierno colonial, durante la zafra de 1914-1915 se vendieron en la zona 26,621.97 acres pie de agua, provenientes todos de las reservas de Carite, Patillas y Guayabal. En total, se irrigaron 23,619 acres de terrenos entre Patillas y Juana Díaz.

Los intereses azucareros del sureste, ahora bajo el control directo o indirecto de la central Aguirre, estaban eufóricos de regocijo. La abundancia de agua de riego en esa zona coincidió con un precio elevado del azúcar en el mercado mundial. Era el efecto de la Primera Guerra Mundial sobre los precios de los alimentos. El informe de 1915 del gobernador colonial, Arthur Yager, al secretario de guerra de Estados Unidos no pudo ser más encomiástico del sistema de riego:

«El evento más importante en la historia financiera de Puerto Rico, durante el pasado año fiscal, fue la culminación exitosa del proyecto de irrigación, que trajo vida y prosperidad a una región hasta entonces severamente afectada por la sequía. Los principales componentes de este proyecto entraron en operación, tan rápidamente como fueron acabados. El 1 de septiembre de 1914, el distrito provisional de irrigación quedó inaugurado; y los resultados obtenidos hasta ahora han sido sumamente beneficiosos para los sembradores de caña y la comunidad en general. Esta importante ayuda para el sembrador llegó en un momento muy oportuno, pues en ese año la lluvia estuvo por debajo de lo normal y las temperaturas en el distrito de irrigación se mantuvieron bastantes altas. De no haber sido por la irrigación pública, se habría producido muy poca caña de azúcar en el lado sur de la isla, y los agricultores habrían perdido la oportunidad de vender su azúcar a los precios inusualmente elevados que han prevalecido desde el comienzo de la guerra europea. Se estima que bastaría con el valor de la caña de azúcar adicional que se ha producido en el primer año de irrigación (sobre y por encima de la producción normal) para reponer una cuarta parte de la deuda total contraída en la conclusión del proyecto».

La última oración es una joya que merece repetirse: gracias al sistema de irrigación pública, la producción adicional

Estructura del sistema de riego del sur

de caña de azúcar en 1914-1915 en el distrito «provisional» de riego (26,000 acres) fue igual en valor a una cuarta parte de lo invertido entre 1908 y 1914 para construir todas las reservas, represas, túneles y canales del sureste. ¿Y qué hicieron las centrales de ese litoral, dominadas por la Aguirre, con ese ingreso adicional de $1,000,000 en concepto de ventas? ¿Lo abonaron al pago del principal del préstamo público de $4,000,000? No, se lo embolsillaron. Fue el pueblo de Puerto Rico, sin representación real en la legislatura colonial, el que se quedó con la deuda de 4 millones por 43 años.

Igualmente significativo es el hecho de que el gobernador de Puerto Rico no mencionó, en su informe de 1915, la dimensión colonial de la construcción del sistema de riego del sureste. El año de 1914 fue uno extremadamente seco. De hecho, ya desde 1912 los sembradores independientes de caña de azúcar, en particular los colonos y pequeños sembradores fuera del sureste, venían quejándose de la falta de agua para sus sembradíos. ¿Y qué recomendaciones recibieron estos del gobierno federal para aliviar los efectos de la sequía? Pues que se las arreglaran privadamente entre ellos, mediante la extracción de agua subterránea y la captación de las corrientes superficiales de los ríos en sus desembocaduras.

La alternativa de irrigación privada, costosísima para las granjas de mediano y pequeño tamaño, era la norma en Hawái, debido a las pocas pero gigantescas compañías azucareras de ese archipiélago. Allá, cada compañía azucarera era dueña sus propios canales y sistemas de distribución de agua, cuya construcción sufragaban por completo. En Puerto Rico, sin embargo, se brindó irrigación pública a las grandes centrales del sureste y se promovió la costosa vía hawaiana para los agricultores nativos más pequeños.

El gobernador Yager, ciertamente, no era un hombre inculto. Poseía una maestría de Georgetown College y un doctorado de John Hopkins University. Lo que él no tenía era interés alguno en hablar con claror de la dominación de los monopolios azucareros estadounidenses en Puerto Rico. Así, lo que el educado gobernador llamaba el «distrito de riego» no pasaba de 30,000 acres para irrigación. Si tomamos como base los datos de Herbert Wilson en 1898, encontramos que el tan celebrado «distrito» no era ni una tercera parte de toda la tierra que podía beneficiase teóricamente de la irrigación en la costa sur, o sea, 96,000 acres. Estos a su vez, eran una parte pequeñísima de toda la tierra cultivable en la isla.

De hecho, Wilson señaló enfáticamente en 1898 que «todos los productos que el suelo de Puerto Rico es capaz de producir se pueden cultivar en tres cuartas partes de la extensión de la isla, simplemente con la ayuda de la abundante lluvia».  ¿A qué productos se refería Wilson? Pues a todos, menos la caña de azúcar. Sí, había una cuarta parte de los terrenos, localizados ante todo en el sur, que podían servir para ese tipo de siembra, pero únicamente si se usaba la irrigación. Para él, como para otros científicos que estudiaron la hidrología local, las condiciones naturales más favorables para la agricultura en Puerto Rico no estaban en los llanos, sino en los montes y las pendientes bruscas.

Todavía en 1906, cuando la pequeña producción luchaba por sobrevivir, el Departamento de Comercio de Estados Unidos reconocía las particularidades de nuestra agricultura: «A primera vista, el carácter bruscamente montañoso de Puerto Rico parecería impedir la agricultura sobre la mayor parte de la isla. El hecho, sin embargo, es que algunas de las pendientes más inclinadas tienen las cosechas de mayor rendimiento». Entre ellas, por supuesto, el café y el tabaco; pero no la caña de azúcar, que requiere terrenos llanos, sol y humedad en abundancia. En eso, dicho sea de paso, Cuba y Puerto Rico no se parecen en lo absoluto. Allí abundan los llanos que no necesitan irrigación; aquí, escasean.

Es absurdo pensar que Wilson, un hidrólogo de ideas conservacionistas profundas, habría propuesto en 1908 desviar las abundantes aguas de los montes empinados de Puerto Rico, para suplir las necesidades estrechas del gran monopolio del azúcar en el sureste, en particular, de la central Aguirre. ¡En medio de una sequía espantosa! De hecho, en una observación característica de la genialidad de este hidrólogo estadounidense, Wilson afirmó que buena parte de los terrenos llanos y secos del sur de Puerto Rico eran ya aprovechados en 1898, sin mucha irrigación, para la siembra de habichuelas, lentejas, maíz, vegetales pequeños y frutas. ¡No en balde éramos entonces autosuficientes! Algo fatal intuía Wilson, probablemente, en toda la machacona insistencia del gobierno federal en evaluar la posible irrigación de la costa sureste para el cultivo de caña.

Estructura del sistema de riego del sur

Sin embargo, fue en el análisis del costo del proyecto de irrigación del sureste en que se reveló verdaderamente, y a toda luz, la actitud prepotente e imperialista del gobernador Yager. Los recursos invertidos en la construcción del sistema de riego, según él, eran meramente equivalentes a $4,000,000. ¿De veras? ¿Y qué de la destrucción de los drenajes naturales de la región montañosa de Puerto Rico? ¿Esto no fue acaso un costo? Sí, lo fue para la nación puertorriqueña y para nuestro pueblo, pues los patrones de flujo de agua dulce existentes en las montañas hasta 1906 habían sido la clave de la extraordinaria vitalidad de la pequeña agricultura puertorriqueña. En esto, se nos iba la vida.

Sorprendentemente, todavía a mediados de la primera década del siglo XX, según los estudios del propio gobierno estadounidense, el pequeño agricultor de Puerto Rico hacía esfuerzos sobrehumanos por sobrevivir en el área de la producción de alimentos. Esto, a pesar de la inclusión de la isla en el abusivo sistema tarifario de la nación imperial. Sin embargo, ya para esos días la isla estaba siendo inundada de productos alimenticios caros y de segunda clase provenientes de Estados Unidos. Se sentaban, así, las bases para nuestra completa dependencia, que aún hoy en el siglo XXI es agobiante.

El sistema de riego del sureste, pues, al trastocar en 1906-1914 la hidrología de los montes fértiles y húmedos de Puerto Rico, fue un puñal clavado en el corazón de nuestra nacionalidad. Su impacto fue tan severo como el cambio de moneda o la inclusión de la isla en la tarifa azucarera, o como otras tantas medidas dirigidas a convertirnos en parias en nuestro propio suelo. En ese sentido, fue un instrumento más del poder ocupante. Y no es para extrañarse, pues, como dijera don Pedro Albizu Campos: «El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia. El invasor arrebata al nativo toda su riqueza. Se posesiona de sus tierras, de su comercio, de su industria y de todas las fuentes naturales de riqueza».

©Rafael Rodríguez Cruz

La Casa del Poeta en interacción con los estudiantes

Estudiantes comparten con poetas del sur

La enseñanza es un proceso para el que están disponible todos los escenarios.  Por eso estudiantes del Copek Bilingual School de Salinas el pasado martes 6 de marzo trasladaron el salón de clase a La Casa del Poeta, ese incipiente escenario cultural dedicado a enaltecer la literatura dicha en versos. La visita de los estudiantes fue con motivo de la celebración de la Semana de La Lengua.

 

Los alumnos de Copek fueron recibidos por miembros de La Liga de Poetas del Sur encabezado por la lideresa cultural, poeta y bailarina Nora Cruz.  Los anfitriones dieron un recorrido con los estudiantes por la antigua casona mientras le explicaban su misión objetivos e historia.

Además, los estudiantes tuvieron la oportunidad de participar en un conversatorio con seis poetas, quienes aparte de mostrar la variedad de su poesía, charlaron en torno al proceso de creación poética, Todos hicieron énfasis en la importancia de la lectura en todas las facetas de la vida y en la creación literaria.  Finalmente los exhortaron a perseguir su sueño y a fortalecer sus vidas a través de la educación.

Finalizada la actividad los estudiantes a su vez, invitaron a Nora Cruz a presentar su libro Verso y Tambor.  La presentación se realizó el 8 de marzo con la declamación de los versos al ritmo del tambor interpretado por la familia de bomberos Dorico Santiago de Salinas.  Además participaron las dinámicas profesoras María Judith Sánchez y Carol Torres.

Colaboración de Marinín Torregrosa Sánchez

Santísima carcajada  / por Lucia Cruz

Cuando todo se vuelve tenebroso y tus “patas flacas” se vuelven alas, es que estás enfrentando el momento más oscuro, el más cobarde, el que nunca le contarías a nadie.

Hubo pocos testigos humanos; pero muchos espectadores celestiales. Hoy deseo develar esta verdad que todavía me persigue, cada vez que paso por el camino del que seré para siempre. Hoy abriré mi corazón para hablar de él. Se llamaba León y era un becerrito que amarraban en mi calle. Allí pastaba, rodeado de fresca yerba y era bien tratado por sus dueños: doña Lupita y don Santos.

Todos los niños del “canto” se reunían cada tarde, con la esperanza de ver su enorme biberón. Muchos lo acariciaban y hasta llegaron a alimentarlo. Yo me limitaba a acompañar a mis amigos, a la traviesa muchachada que tanto extraño. Yo miraba de lejitos, porque los saltos de León no me inspiraban confianza y sus escapadas repentinas ya eran famosas.

En una tarde de primavera, cercana a la Semana Santa, por poco me convierto en el Cordero. Yo era buena pa’ “mandaos” y mi madre lo sabía. Tenía que ir a la casa de mi abuela y no se veían rastros de trompos, ni de carreras, ni de jugadas de gallitos.

El camino estaba vacío. Pasé por el lado de León, con el espíritu temeroso, como si un valle de sombras me esperara. El indefenso “hijo de vaca”, me miró con los ojos más redondos que he visto en mi vida. El becerro estaba suelto y nadie lo sabía. Me persiguió alrededor de una “troca”*, pero eso no le bastó. Quise gritar, pero mi orgullo no me lo permitió. Nadie podía enterarse de mi viaje al purgatorio.

Como iba transitando por senderos misteriosos, me refugié en la Iglesia saltando la verja, pero los gentiles portones no estaban muy asegurados y el animalito resultó ser católico, porque quiso hacerme compañía. Cuando ya había repasado todas las bancas, tuve que pensar en acercarme a lo más sagrado. Ya corría hacia El Santísimo, como alma en su hora más amarga y nuestra querida Lupita apareció para hacer el milagro, luego de unos cuantos gritos de auxilio, que estallaron en cánticos gregorianos. Hoy estoy segura de que todas las imágenes del templo me cubrieron con sus santos mantos, luego de una santísima carcajada.

*Camioneta

© Lucia Cruz, 2015

A propósito del llamado “día de la ciudadanía estadounidense” / por Rafael Rodríguez Cruz

 El servilismo de los anexionistas ha marcado la actitud de los estadounidenses hacia Puerto Rico

Ni se había efectuado la mitad del desembarco de las tropas estadounidenses en Guánica en 1898, cuando la clase política anexionista puertorriqueña proclamó que la isla no tenía los medios económicos para sobrevivir sin la presencia del imperio. Esta afirmación falsa, que inicialmente no fue ni tan siquiera solicitada por las fuerzas asaltantes, le dio a Estados Unidos lo que este todavía no tenía: una justificación ideológica para la violación de los derechos supremos de nuestra nación. En realidad, las primeras expresiones intervencionistas del imperio en Puerto Rico destacaban que el propósito de la acción militar era, pura y simplemente, el apoderarse de los recursos de una isla a todas luces rica y autosuficiente. Todas las investigaciones por geólogos, climatólogos e hidrólogos llegados con las tropas estadounidenses afirmaban, precisamente, que Puerto Rico mostraba una riqueza y desarrollo social sin par en El Caribe.

Habría que señalar que los primeros en sorprenderse con las expresiones de los anexionistas del patio probablemente fueron los mismos invasores estadounidenses. En ninguna otra región anexada entre 1860 y 1898 por el ejército de Estados Unidos, se había verificado tal grado de servilismo por fuerzas simpatizantes del imperio. La burguesía anglosajona dominante en Hawái, por ejemplo, condicionó su apoyo a la anexión en 1892, y exigió de Estados Unidos concesiones importantes, en lo económico y político. Primero, la plena inclusión de Hawái en la tarifa azucarera. Segundo, el monopolio político sobre todas las islas del archipiélago hawaiano. Ante la renuencia del gobierno de Estados Unidos a negociar los términos de la anexión, la burguesía azucarera de Hawái impulsó una revolución armada y se constituyó en república soberana en 1892. Esa forma política duró hasta 1898, cuando los grandes intereses azucareros del archipiélago se impusieron a la voluntad del Congreso. Igual pasó en todos los territorios que vinieron a conformar la expansión territorial de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX. Siempre hubo exigencias de los intereses locales y concesiones por parte del gobierno federal. Lo de Puerto Rico, la sumisión y falta de espina de los anexionistas, era algo único, que marcó un hito en la historia de expansión territorial del imperio.

¿A qué respondió esa afirmación falsa y alocada de los anexionistas del patio ante la invasión? Curiosamente, no respondía tanto a la presencia militar norteamericana, como a razones internas a nuestro país. Nos referimos al desarrollo desigual de la colonia en los últimos años de la dominación española. A partir de 1895, Puerto Rico había experimentado un rápido desarrollo económico, que se  alimentaba en gran medida de la fortaleza de nuestra moneda frente a la española. Aunque incipiente, por los estándares de los grandes países europeos, se trataba de un proceso de acumulación originaria de capital, que venía alimentado el comercio y la banca local. Los investigadores estadounidenses se dieron cuenta de esto y lo informaron sin dilación al Departamento de Guerra de Estados Unidos. Y todos, sin excepción, destacaron que las grandes oportunidades de inversión, así como los recursos más importantes, no estaban en San Juan ni al norte de la Cordillera Central, sino al sur. Desde el día 1 de la invasión, la atención de los inversionistas se centró en la región costera que va de Guayama a Cabo Rojo. Uno tras otro, los informes preparados para el U.S. Geological Survey destacaban a Ponce y Mayagüez como las ciudades no solo más bellas de Puerto Rico, sino como las más productivas económicamente. La Playa de Ponce y la bahía de Jobos llamaron en particular la atención de los intereses azucareros. Ponce interesaba por su dinamismo comercial y Mayagüez, por su clase de hacendados. En ese inventario de recursos y desarrollo urbano, la ciudad de San Juan salía siempre algo mal parada. La capital era vista por los invasores como la urbe puertorriqueña de mayor desigualdad social, la menos pulcra y la que tenía más políticos estériles. Mientras los investigadores estadounidenses no encontraban suficientes elogios para las ciudades del sur, era muy poco lo que decían efectivamente de la «ciudad de los políticos», o sea, de la capital, salvo por la majestuosidad de sus murallas.

San Juan, sin embargo, sí tenía algo que podía servir al imperio: una clase política anexionista dispuesta a justificar el coloniaje. Además de no tener la más mínima fibra de integridad nacional, esta clase se erigió en la defensora de un coloniaje inclemente. Mintieron, lo pintaron como una  necesidad histórica, y se consagraron a defenderlo.

Hay que pensar detenidamente en cuál habrá sido el impacto emocional y psicológico de esta acción vil de los anexionistas sobre la conciencia de las masas trabajadoras y campesinas de la isla. Puerto Rico era en 1898 el paraíso de la pequeña propiedad campesina. Gracias a ello era, para usar las palabras de National Geographic, la más próspera de todas las islas antillanas. Ese sistema de pequeña propiedad, que tantos halagos recibió de U. S. Geological Survey, era el recurso económico principal de la mayoría de la población puertorriqueña. Además de suplir las necesidades alimenticias de la población, daba vida a una exportación de medios de vida a islas vecinas. De hecho, si algo era patente en los informes del U.S. Geological Survey era la relativa «felicidad colectiva» existente entre los puertorriqueños, particularmente en el campo. ¡No podía ser de otro modo! El modo de producción de la pequeña propiedad, dominante en Puerto Rico en 1898, no era un legado de las plantaciones esclavistas ni del feudalismo ni de los privilegios mercantiles de los españoles. Fue creado, mantenido y reproducido, desde la tercera década del siglo XIX, por la gran masa de trabajadores del país. Era, efectivamente, el sector económico más democrático de nuestra sociedad. Así lo sentía la gran masa de la población, y no hay una sola razón para ponerlo en duda.

En 1898, respondiendo a motivos completamente mezquinos, la clase política anexionista del país, enarboló la mentira de la pobreza de Puerto Rico para mostrarse útil ante el imperio. Fue un acto de una bajeza enorme, que en nada reflejaba la realidad económica y social del país, según los propios datos de las agencias federales. No se equivocaron, pues, los invasores cuando detectaron en San Juan la presencia de una clase política, corrupta, improductiva y dispuesta a todo para preservar un puesto en la administración de la colonia.

Hoy, los tataranietos de aquellos políticos infelices que, en el 1898, no tuvieron la valentía de defender la tradición democrática de nuestro país, reflejada ante todo el vibrante sistema de la pequeña propiedad, vuelven de nuevo a enarbolar la mentira como instrumento para seguir robando y viviendo del sufrimiento de nuestra nación. Y eso ha de seguir así, como dijera Albizu Campos, a menos que surja una reacción de intenso nacionalismo que logre sofrenarlo.

© Rafael Rodríguez Cruz