El Lienzo / por Roberto López

Al anochecer la fiesta se dio por concluida.  Atrapada por la observadora curiosidad de los pintores, Claricia tenía la mirada fija en Manolo el mesero.

Le siguió los pasos al verlo salir de la casona con el excedente de carne asada, camino hacia la desolada playa, donde los perros cansados y flacos descansaban en la vieja glorieta.

Los perros rodearon a Manolo y él los alimentó con la generosidad y ternura de San Roque.

Claricia quedó amelcochada y a toda prisa fue en busca de sus pinceles para dibujar aquella hermosa escena.

A su regreso ya las nubes habían cedido paso a luna llena y se tuvo que conformar con pintar el mundano paisaje de aquel humanoide velludo y con rabo bañándose en el mar.

Sin ningún desaliento, desde entonces y hasta el final de sus días alimentó y protegió a los perros desamparados.

©Roberto López

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