Orlando / por Rima Brusi

Opinión

Es el nombre de la ciudad donde ocurrió la masacre. No es el nombre de una de las víctimas, pero pudiera haberlo sido, porque éstas eran en su mayoría hombres, y en su mayoría latinas. Puertorriqueñas, de hecho.

Terminé con otra cosa, pero originalmente llegué aquí, a la ventanita del bló, pensando en escribir algo sobre los discursos contrastantes que usan la derecha y la “izquierda” acá en Estados Unidos para hablar de la tragedia.

De una parte borran el hecho de que tanto el espacio elegido por el atacante como los muertos y los heridos por él pertenecían a la comunidad LGBTTQ; nos recuerdan que no son las pistolas las que matan gente, sino las personas que las usan para ese propósito; y utilizan la ascendencia afgana del asesino, y sus múltiples referencias a distintas facciones (a veces incompatibles) del fundamentalismo militante islámico, para establecer que el asunto se trata simplemente de un acto terrorista equivalente a 9/11, o a los recientes ataques en Europa.

De la otra parte encontramos la denuncia tristemente–y creo que apropiadamente–repetida de lo fácil que resulta comprar armas claramente diseñadas no para para cazar animales sino para asesinar humanos masivamente; la anotación de que el espacio elegido por el asesino no es neutral sino indicativo de un crimen de odio; y, por parte de algunos pero no todos los sectores, el señalamiento de que en casos como este usamos etiquetas como “terrorismo”, “crimen de odio” y “locura” de manera diferencial y atada a la identidad étnica del asesino.

Mi ubicación en el espectro de esos discursos debe ser a estas alturas más o menos obvia para los lectores habituales de este sitio. No descarto la posibilidad de la radicalización o auto-radicalización de este individuo, de nombre Omar. (Otro nombre que podría muy bien ser nuestro.)

Después de todo, las ideologías fundamentalistas son particularmente atractivas para aquellos que están llenos de odio, y estar obsesionado con ISIL (o con cualquiera de los grupos que parecía gustarle mencionar) no es incompatible con la homofobia, todo lo contrario. Es tan compatible con la homofobia como lo es el cristianismo fundamentalista que se ha apoderado de nuestra propia isla.

Sí me parece curiosa, dolorosamente curiosa, la ironía de que el mismo país que hasta hace muy poco no le permitía a sus ciudadanos la libertad de matrimoniarse con quien les diera la gana sí permita que las compañías que fabrican “rifles de asalto” anden mercadeándolos y vendiéndolos por la libre, sus cabilderos encamados con los legisladores americanos (con esos affairs del bolsillo, no del corazón, nadie se mete), a pesar de que se usan una y otra vez para masacres cuyo estilo y estampa son únicas en el mundo desarrollado.

La libertad de amar o manifestar la sexualidad propia está siempre en entredicho, pero la libertad para comprar un arma que claramente no está diseñada para apuntarle a los venaditos es sagrada, constitucional, intocable.

Pensando en estas cosas estaba según iba leyendo noticias y ensayos sobre este asunto cuando empezaron a aparecer los nombres y las caras de los muertos y los heridos. Y entonces la pena se me metió en los huesos de una manera distinta y más personal. Porque es que como puertorriqueña viviendo en Estados Unidos (soy una de las que se mudó, pero ojo, #nomehequitado) los reconocí.

Esta sensación tal vez no es políticamente correcta, tal vez es hasta racista, qué se yo, pero la sentí y aquí está. Sus rostros, los de las víctimas, los de los heridos, me resultaron familiares a pesar de no conocer personalmente a ninguno de ellos.

¿Cómo describir la sensación? Quiero decir que se me parecieron a nosotros, que eran de algún modo míos, que después de estar viviendo acá cinco años y viendo tanta gente distinta, tenían un cierto trasunto físico que me sobrecogió.

Y creo que esa sensación de pertenencia, de conexión, no se debía solamente a sus rostros, a sus rasgos. Creo que hay algo más. Estas personas habían emigrado, como lo hicimos mi familia y yo, a Estados Unidos en busca de ciertas oportunidades. Y–esto es importante–estaban allí esa noche haciendo comunidad.

Porque los clubes “gay” son, como escribió alguien aquí, no solamente espacios para divertirse o buscar pareja; son mucho más que eso. Son espacios seguros, espacios donde dejar atrás la máscara opresora y cotidiana, espacios para buscar, crear y reafirmar comunidad.

Los heterosexuales y cisgénero tenemos tantos espacios disponibles para encontrarnos, reconocernos y querernos que a veces pasamos por alto el rol de “la discoteca gay” en la vida de nuestros hermanos y hermanas LGBTTQ. En estos lugares a veces comienza un romance o una amistad que dura toda la vida; en estos lugares se forjan a veces lo que Rolón llamó “la familia-otra” en un libro reciente.

Las noticias iniciales me habían conmovido, me habían indignado, me habían entristecido. Pero fue cuando vi caras y nombres que sentí esta tristeza distinta, eso que llaman duelo. Porque esos muchachos eran y son mis hermanos, y los asesinaron e hirieron justo cuando se embarcaban, como lo hice yo, en la próxima etapa, en la próxima aventura de sus vidas; los mataron justo cuando estaban haciendo comunidad en su nuevo hábitat; los mató el odio, la intolerancia, la falta de voluntad política, los fundamentalismos variopintos.

En más de una ocasión me han preguntado, sin maldad pero con cierta malicia, porqué me involucro en activismo LGBTTQ, si vivo casada con y enamorada de un hombre y mi identidad de género coincide con el aparato sexual con que nací. Creo que lo que pasó en Orlando es parte de la respuesta a esa preguntas. Es que el momento es claro: todas tenemos que ser activistas, en mayor o menor medida, y trabajar hacia la igualdad de género, orientación, identidad.

Aquí no hay neutralidad posible. Aquí no se puede rezar por las víctimas mientras juzgas su “estilo de vida”. Aquí no se puede “amar a pesar de”. Aquí no se puede “tolerar”, o contar con la invisibilización del otro. Aquí hay que amar, unir, y actuar. Ahora.

Rima BrusiRima Brusi es antropóloga cultural, escritora y profesora universitaria residente en los Estados Unidos.  Ademas de  investigación académica y comunitaria en las áreas de etnografía, historia de vida, desigualdad, educación, y espacio/lugar culltiva la escritura creativa para examinar eventos cotidianos en su blog, Parpadeando. Su más reciente libro, publicado en verano de 2011 por la Editorial Educativa Emergente, es un texto de ensayo y narrativa breve titulado Mi Tecato Favorito y otras Crónicas de la Cotidianidad Puertorriqueña..

Fuente: Parpadeando

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