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Jugar a los Vaqueros / por José A. Correa

Cuando pienso en mi niñez lo primero que me viene a la mente es lo inocente que éramos los niños de entonces.  Gratos recuerdos vienen a mi mente y unos de los muchos recuerdos es “Jugar a los Vaqueros”.

Imaginen a un jibarito pensando que era un héroe de las películas del viejo oeste de “Hollywood”. Como Jopalon Casidy (Hopalong Cassidy), Jony Mabraun (Johnny Mack Brown), Cisco Kid y Pancho, Gene Autry, Roy Rogers y Gabby, Bos Til (Bob Steele), John Wayne, Tin Macoy (Tim McCoy) Boste Crabe (Buster Crabbe) y Fuzzy entre tantos otros. Héroes que representaban el bien, la justicia, la honestidad y la valentía. Pero nosotros no usábamos la palabra héroe sino “el muchacho bueno de la película”.

Montando siempre su caballo blanco, con su sombrero blanco (que nunca se le veía caer aun cuando peleaba con el villano y si lo perdía en la próxima escena ya lo traía puesto.), su grande sonrisa mostrando su bondad y esas doble pistolas con la cacha blancas. Siempre dispuesto a ponerlas al servicio de ley y el prójimo sin importarle su propia vida.

Sentados frente al televisor disfrutábamos las aventuras de los héroes de nuestra niñez como si estuviéramos hipnotizados. Cierto que habían escenas violentas, pues no podemos tapar el cielo con la mano, la violencia siempre ha existido, pero en las películas del viejo oeste de antaño el bien siempre triunfaba sobre el mal y el muchacho de la película vencía al villano.

Tan pronto se terminaba la película, dábamos un salto y las primeras palabras que salía de nuestros labios era “vamos a jugar a los vaqueros”. Inmediatamente aparecía el sombrero de vaquero, la pistola, el cinturón con la vaqueta de plástico que se tenían guardados. Dije guardados, pues claro que sí, estos eran los regalos más populares de todos los niños en los días de los Tres Santos Reye; ¡si, los Tres Santos Reyes!  Pues eso de Santa Claus no se celebraba en nuestro Puerto Rico, como se iba a celebrar si en Puerto Rico  no cae nieve. Bueno en una ocasión  la hubo, esto fue en un día de Los Tres Santos Reyes,  pero no fue que nevó sino que la alcaldesa de la capital, Doña Fela, trajo en avión nieve de los Estados Unidos para que los niños la vieran. Además, por donde iba Santa Claus a entrar a dejar los regalos si nuestras casas no tenían chimeneas. Hombre, Santa Claus era para los americanos, vamos a decir: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Todavía faltaba lo más importante para empezar a jugar, el caballito de palo de mangle.  Como yo nací en la costa, en el barrio La Playa de Salinas, los muchachos íbamos hasta la orilla del mar a buscar el palo de mangle más derecho posible. Si queríamos un caballito blanco como el del muchacho de la película, se le quitaba toda la corteza y se dejaba el palo pelado, ese era un caballito blanco.  Si se querías pinto como el de Cisco Kid, se dejaba la vara con pedazo de corteza, ese era el caballito pinto.  Los muchachos que eran un poco vagos, siempre los hay, lo dejaban con la corteza y decían que era su caballito negro.

Con pistolas, vaquetas y caballitos nos lanzábamos al juego, pero no sin antes tener la sana discusión  de quien iba a ser el muchacho de la película, porque nadie quería ser el villano o el indio salvaje.  Pues ambos eran los malos de la película y los  vencidos, y desde niño uno quiere ser un ganador, no un perdedor.

Estando todo eso resuelto, nuestras mentes tomaban el control del escenario y con una gran imaginación, más grande que nuestros pequeñitos cuerpos,  abandonábamos la isla y nos transportábamos a las praderas del viejo oeste americano. El juego siempre terminaba igual, cuando el muchacho se encontraba con el villano, sonaban los tiros, ban! ban! ban! El que era el muchacho de la película decía: « te mate» y el villano decía. «no, yo te mate primero», nadie quería morir. Empezaba una discusión que siempre terminaba cuando alguien decia: «No juego más»”.  Para empezar de nuevo…

Se imaginan que cuadro, unos jibaritos jugando de vaqueros  Así gozaban la niñez y pasaban  las horas.  Era una niñez de mucha energía, creatividad e imaginación.  Muchos en el continente desconocían que al igual que sus niños nosotros también jugábamos a los vaqueros, aun cuando por ignorancia creían que nosotros vivíamos en bohío y nos vestíamos con tapa rabos.

Mi niñez no la cambio por nada del mundo, pues siento que cuando niño a través de mi imaginación fui más libre que los niños de ahora. Pues poco era dado, y estabas obligado a usar la imaginación sin la ayuda de la tecnología digital de los juegos electrónicos.

Por más adelantados que estemos para darles entretenimiento a nuestros niños, siempre se escucha la misma frase “estoy aburrido, aquí no hay nada que hacer”. Los padres quieren darles a los hijos todo lo que ellos desean creyendo que esto es la felicidad. Pienso que así se fomenta la dependencia y en muchos casos se mata la creatividad.

©José A. Correa Rivera

2 pensamientos en “Jugar a los Vaqueros / por José A. Correa

  1. Correa solo se te quedó en tu escrito el hecho de que las pistolas, como se conocía el arma de los vaqueros, sus tiros no tenían fin. Había escenas donde el vaquero disparaba 15 y hasta 20 veces sin recargar la misma. Me trajiste muy buenos recuerdos de mi niñez… Te felicito por tu escrito…

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