Cuando lo vio ir, caminó al mercado a buscar los artículos que él se negó traer. De paso le buscó la ropa al laundry.

Ya en el hogar, fregó los trastes, barrió y mapeó el piso, pasó la aspiradora al resto de la casa, dividió la ropa para después lavarla y secarla, ablandó granos, puso a hornear un pernil, podó el frente de la casa, terminó de preparar la cena y se tiró en el sofá a esperar su arribo.

Aún dormitaba cuando él cruzó el umbral de la puerta.

― A la verdad que tú eres bien haragana -le dijo.

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